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Libro PDF Pasión en el desierto – Beatriz Frías

Pasión en el desierto – Beatriz Frías

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Había transcurrido un mes desde la
muerte de mi madre. Mi mente ya no
estaba en las excavaciones, sino en
Egipto, desde que ella nos desvelase su
secreto a través de esa carta yo no
dejaba de pensar en todas sus palabras,
una y otra vez se repetían en mi mente.
Todos los días la memorizaba y cada
vez me intrigaban más detalles de ella
en los que, en un principio, no había
reparado. No podía dejar de
preguntarme en qué trabajaba la prima
Laura, la misteriosa partida de Jasahn y
ella, así como la muerte de ambos y,
sobre todo, lo que no podía dejar de
cuestionarme era la carta que recibió de
mi tía, ¿por qué la vida de mi madre
podía correr peligro?, ¿por qué le envió
ese escrito? Conforme pasaban los días
sentía que tenía que marcharme al lugar
donde todo sucedió.
Recuerdo aquella noche fría de
invierno, las gotas de lluvia golpeaban
con suavidad la ventana de mi
dormitorio, no podía dormir, por más
que me proponía relajarme y no pensar
en nada siempre regresaba a mi mente la
imagen de mi madre, sus bonitos ojos
verdes y su pelo negro, su preciosa
sonrisa y las palabras que ella siempre
me decía cuando me sentía desorientada:
“Encuentra el camino en tu interior,
haz caso siempre a tu instinto y a la
voz que nos habla a través de nuestra
alma”. Me puse a llorar, necesitaba a
mi madre, la echaba de menos, sentía
que no la conocía, tenía que volver a
reencontrarme con ella, con la vida que
me ocultó para poder sentir tranquilidad
en mi alma. Sabía que las respuestas a
mis preguntas no las iba a encontrar ni
en la cama, ni en la carta que nos dejó,
sólo en Egipto, allí, tal vez, podría
averiguar algo o, al menos, encontrar las
respuestas a mis preguntas. Decidí que
por la mañana compraría un billete para
Egipto, iría a la casa de la prima Laura,
al Puerto de Said, e intentaría encontrar
todas las incógnitas que rodearon en su
día la muerte de Jasahn y nuestra prima,
sabía que era la única forma de hacer
algo por mi madre después de su muerte.
Tras leer repetidas veces su escrito,
estaba segura que nos había dejado un
mensaje tras esas frases, quería que
encontráramos el sentido a esas muertes,
algo que, por sus circunstancias o el
miedo del momento, no pudo realizar.
A la mañana siguiente no dudé en
acercarme a la oficina de turismo de mi
amiga Raquel, sabía que en el momento
que le comunicase mis intenciones de
viajar a Egipto, el bombardeo a
preguntas iba a ser irremediable.
Raquel era una mujer de treinta y tres
años, de complexión fuerte, su cara
siempre me pareció preciosa, su tez
clara y sonrosada, sus ojos azules, en
contraste con su largo cabello rubio y
rizado le hacían parecer una muñeca de
porcelana. Era una de mis mejores
amigas, siempre había estado junto a mí
en lo bueno y en lo malo, y el cariño que
sentía por ella era muy fuerte, se podía
decir que para mí era como una
hermana.
Nada más verme Raquel entrar por la
puerta, una amplia sonrisa se dibujó en
su rostro, le faltó tiempo para levantarse
y dirigirse hacia mí y darme uno de esos
abrazos tan característicos de ella.
—¿Se puede saber dónde te has
metido? ¡No me has cogido el teléfono
desde el funeral de tu madre! –me dijo
mirándome fijamente a los ojos.
No le pude contestar, simplemente me
encogí de hombros. Lo cierto era que
desde que me encerré en mi casa
después de todo lo sucedido, no quise
hablar con nadie, ni siquiera con mi
hermano, que también me había llamado
en varias ocasiones.
—Anda, siéntate en la silla y
cuéntame. ¡Qué delgada estás, Carmen!
¡Vaya aspecto que tienes!
Acto seguido me retiré los rizos que
tapaban mi rostro.
—Lo siento, Raquel, pero no estaba
de ánimos para contestar a nadie,
prefería estar sola…
—Eso no es excusa —dijo
regañándome—. Me tenías intranquila,
no sabía si te habías ido a algún sitio.
Llamé a tu hermano y estaba en la misma
situación que yo. Me tenías preocupada,
yo nunca hubiera hecho eso contigo.
Realmente se le veía dolida, sabía
que no me iba a entender por muchas
explicaciones que le diese, era muy
tozuda.
—¡Bueno! Ahora que estás aquí,
cuéntame, ¿cómo te encuentras?
—Estoy intentado superar la muerte
de mi madre. Raquel, es muy duro,
jamás imaginé que se puede sentir un
vacío tan grande. Necesito salir de casa,
marcharme lejos de aquí. Quiero ir a
Egipto —dije rotundamente.
Mi amiga estaba sorprendida, su cara
reflejaba la incertidumbre que le habían
provocado mis palabras.
—¡Vaya!, ¡eso sí que es una sorpresa!
Pues me parece una buena decisión. Yo,
si no te importa, me apunto contigo a ese
viaje, hace mucho tiempo que no cojo
vacaciones y me estaba planteando irme
unos días, así que busco vuelo para las
dos. Aquella reacción no la esperaba, y
para esa situación sí que no tenía
respuestas. A lo mejor en otro momento
sí que me hubiese alegrado que ella me
acompañase, pero dado el caso y el
motivo de mi viaje, no quería estar
dando explicaciones a nadie de lo que
tenía previsto hacer en Egipto.
—Pero… —dije titubeando—. Yo
quiero hacer el viaje sola, Raquel.
Aquellas palabras provocaron la
curiosidad de mi amiga, apartó su vista
del ordenador y centró sus ojos en los
míos. Yo era consciente que no iba a ser
fácil librarme de ella.
—¿Qué ocurre, Carmen? Te conozco
desde hace muchos años y sé que hay
algo que me estás ocultando. Tú nunca te
irías sola al extranjero, y menos a un
país como Egipto y, ¡mucho menos
rechazarías mi compañía!
—Bueno, la verdad…
No sabía qué decir, le miré fijamente
a sus intensos ojos azules y me sinceré
con ella, en el fondo sabía que era la
única persona, a excepción de mi
hermano, en la que podía confiar.
Conforme le iba relatando todo lo
sucedido, Raquel se iba interesando más
por la historia, cuando finalicé con mi
explicación, mi amiga suspiró.
—¡Vaya! Ahora sí que no te vas a
librar de mí. Voy a ser tu compañera de
viaje. Además, te conozco tan bien que
sé que si yo no te acompaño, te vas a
meter en un lío. —Nos miramos y nos
echamos a reír.
Raquel estaba emocionada con la idea
del viaje, le notaba en sus ojos un brillo
diferente. Mientras la observaba, me
“auto convencí” que no era tan mala
idea que ella viniese conmigo, ya que
era una compañera de viaje fabulosa y
sabía muchos idiomas, incluso el árabe.
—¡Ya lo tengo!, querida amiga —dijo
Raquel mientras no dejaba de pulsar las
teclas del ordenador—. ¡Nos vamos este
sábado! El primer día nos alojaremos en
El Cairo, allí estaremos dos días, los
justos para poder contratar a un chófer
que nos lleve hasta el Puerto de Saiz, y
después, recorreremos todos los lugares
por los que estuvo tu madre, e incluso, si
quieres, por los que estuvo tu tía antes
de su muerte.
Le sonreí, la veía tan entusiasmada
por “nuestra aventura”, como ella lo
catalogaba, que me empezaba a
contagiar su ilusión.
Estuve bastante tiempo con Raquel,
fue como una especie de terapia, la
verdad es que era tan positiva que me
sentía bien a su lado, olvidaba por un
instante mi profunda tristeza y me dejaba
embaucar por sus divertidas
conversaciones.
Recuerdo cuando la conocí, ambas
nos sentamos juntas en el tren que
llevaba a Mérida, yo me sentía dolida
con Marcos, mi exnovio, ya que me
había dejado por la que yo consideraba
mi mejor amiga, y allí estaba Raquel,
con su sonrisa, su mirada cálida y su
espontaneidad. Aquel día comenzó
nuestra amistad y desde entonces fuimos
inseparables.
—¡Ya está todo! —dijo mi amiga
mirándome a los ojos.
Me observó fijamente, frunció el
ceño, sabía que había algo que no le
gustaba.
—Por favor, Carmen, arréglate ese
pelo, pareces una gitana, entre tus rizos,
lo largo y negro que lo tienes y que no te
has debido peinar en una semana, nadie
diría que eres una chica de carrera.
Faltaban dos días para viajar a Egipto
y todavía me faltaban muchas cosas por
hacer, entre ellas la maleta. Raquel me
había puesto deberes, debía ir a la
embajada egipcia para pedir
documentación y mapas del país, así que
aquella mañana me dirigí allí.
El viaje en avión se me hizo largo,
estaba deseando llegar al Cairo y poder
estirar las piernas, la noche anterior no
había pegado ojo y me encontraba muy
cansada. Raquel estaba entusiasmada y
no paraba de hablar, pero yo estaba
lejos de allí y de sus conversaciones, me
negaba a pensar, me encontraba
hipnotizada por las nubes que veía, por
el cielo, era como si allí, en las alturas,
estuviese más cerca de mi madre.
“Mamá”, pensé, “ya voy a Egipto. No
te preocupes, encontraré las respuestas
que tú no pudiste averiguar”.
—No me estás haciendo ningún caso
—me dijo Raquel dándome un suave
codazo—. ¿En qué estás pensando?
—Perdona, es que no he dormido
nada esta noche y me encuentro muy
cansada. ¿Te importa si cierro los ojos e
intento descansar?
—Anda, evádete del mundo —dijo
Raquel con cariño.
En ese momento le escuché hablar con
otro viajero español que estaba sentado
a su lado, ambos parecían cómodos
charlando, así que cerré los ojos y me
quedé profundamente dormida.
Una palmadita en los hombros me
despertó, abrí los ojos y me encontré
con la sonrisa de mi amiga.
—Ya hemos llegado, estamos en El
Cairo, Carmen. ¡Vamos! Que a este paso
sale todo el mundo del avión.
Me levanté e intenté peinarme con la
mano mis rizos, decidí recogerme el
pelo en una coleta, pues imaginaba la
imagen de loca que debía tener.
Cuando bajamos del avión sentí ese
calor sofocante típico del Cairo, era
asfixiante.
Raquel seguía charlando con aquel
hombre, alto, moreno, trajeado, de
aspecto muy agradable. Nos acompañó y
nos guio por el aeropuerto.
—Bueno, señoritas, yo aquí me
despido. Tomen mi tarjeta por si
necesitan cualquier cosa durante su
estancia en Egipto. Y, por favor, sean
muy cautas en este país.
Aquel caballero dio la tarjeta a
Raquel, quien la tomó con mucho
entusiasmo. Mientras él se alejaba,
Raquel suspiró, no dejaba de
observarle.
—¡Uff! ¿Te has fijado, Carmen? ¡Qué
guapo es! Trabaja para la embajada
española y va a estar dos meses aquí…
—Venga, vamos, que como estemos
aquí paradas un poco más, te conozco y
sé que vas a hacerme correr hasta
alcanzarlo para que quedemos esta
noche a cenar con él.
— Qué cosas dices, ni que yo fuese
tan descarada.
La verdad es que ambas sabíamos que
si se le metía una idea en la cabeza no
descansaría hasta realizarla.
Siempre había sido muy atrevida y
enamoradiza, y era capaz de hacer
cualquier cosa.
Nos miramos y nos echamos a reír.
Cogimos nuestras maletas y empezamos
a fijarnos en todos los cartelitos que
tenían los chóferes que allí esperaban a
sus clientes para llevarlos al hotel.
Ansen era un hombre alto, delgado,
moreno y llevaba un turbante blanco que
envolvía su cabeza, tendría unos
cuarenta años. Era poco hablador pero
entendía el español, y al saber que
nosotras éramos españolas,
entusiasmado por nuestro país e idioma,
no dejó de charlar durante todo el
recorrido del aeropuerto al hotel. Ansen
nos aseguró que conseguiría un chófer
de confianza que nos llevaría al Puerto
de Saiz y a recorrer los lugares de
Egipto que más nos interesasen.
El hotel era majestuoso, frente a las
suntuosas aguas del gran Nilo, la verdad
es que Raquel había acertado en
elegirlo, estaba en un lugar estratégico,
muy bien ubicado para visitar la ciudad.
Su interior era de lujo, suelo de mármol,
paredes decoradas con tapices y grandes
cuadros, alfombras majestuosas,
lámparas grandiosas, plantas por todas
partes y una suntuosa fuente en el centro
de la recepción, el tintineo de las gotitas
de agua daba una musicalidad que
transmitía paz, “¡paz!”… lo que más
necesitaba en aquel momento.
Raquel no permitió que descansase ni
un segundo, nos aseamos, nos
cambiamos y nos sumamos a una
excursión guiada por la ciudad del
Cairo. Me sorprendió, mucho ruido pero
muy cosmopolita, ciudad de negocios y
grandes lujos que contrastaban con la
pobreza de muchos de sus habitantes,
callejuelas con encanto, olores fuertes
en sus calles, grandes edificios
desafiando las aguas del gran Nilo. En
la excursión también venía incluido un
mini crucero por el río.
Raquel y yo nos sentamos en unas
butacas a la sombra en la cubierta del
barco, la brisa nos acariciaba las
mejillas y ambas cerramos los ojos.
—Estamos en el paraíso, Carmen —
dijo Raquel dibujando una sonrisa en su
rostro.
—Bueno —contesté—, yo estaría en
el paraíso si me hubieras dejado
descansar un poco nada más llegar.
—Amiga mía, sólo vamos a estar dos
días en el Cairo, y quién sabe si
volveremos otra vez a estar aquí, hay
que aprovechar cada instante, qué digo,
¡cada segundo!
—Me vas a matar, lo sabes, ¿verdad?
Ambas nos reímos. En aquel momento
me alegré que mi amiga se obcecara en
acompañarme.
La excursión por el Nilo resultó ser
muy agradable. Raquel hizo amistades
con los miembros de la pequeña
aventura acuática, y acordó un punto de
encuentro para ir a cenar con un grupo
de británicos y españoles de lo más
variopinto en uno de los restaurantes
más lujosos de la ciudad, iríamos con
chófer desde el hotel, ya que nos habían
alertado de la precaución que debíamos
tener en ese país, y más dos mujeres
solas como nosotras.
Cuando llegamos de la excursión me
desplomé en la cama.
—¿Por qué no vas tú a cenar?, yo
estoy rendida —dije a mi amiga a
sabiendas que esa petición no iba a ser
escuchada.
—No digas tonterías, tú vienes
conmigo, además la compañía nos
vendrá muy bien para distraernos un
poco —me miró con cariño—, tú
descansa mientras yo me ducho. ¡Ah!,
¡por cierto!, ve pensando en lo que te
vas a poner, pues ese restaurante es de
mucho lujo y hay que ir muy arreglada y
elegante —me miró fijamente y comentó
—: Doma ese pelo, entre tus rizos
desordenados y tus intensos ojos negros,
pareces una gitana salida de un
mercadillo —se rio y antes de que yo la
replicase se metió a la ducha.
Lo cierto es que nunca me había
preocupado por mi apariencia. No me
solía arreglar mucho, siempre iba en
vaqueros con camisas anchas y
zapatillas, y el pelo lo solía llevar
recogido o suelto con todos mis rizos
revueltos. Pero tampoco pensaba en esa
ocasión arreglarme mucho, me daba
igual que el restaurante fuese de lujo,
estaba tan cansada que si antes no me
preocupaba por mi aspecto, tampoco lo
iba a hacer en esa ocasión en la que me
encontraba agotada. Me quedé
traspuesta y la voz de Raquel me sacó
de aquel dulce trance.
—¡Pero Carmen! —gritó—. ¿Todavía
sigues así? No has sacado ni la ropa que
te vas a poner. ¡Ve duchándote, que yo
elijo tu vestuario!
—¡No! —dije, ya que sabía que ella
optaría por uno de los vestidos que
había traído por si acaso los necesitaba
para alguna ocasión, y en ese momento
era lo que menos me apetecía ponerme.
De nada sirvió mi negativa, ella
estaba empeñada en hacer lo que quería,
además se aprovechaba de mi flaqueza
en ese momento. Me empujó hacia la
ducha, cerró la puerta y eligió el vestido
azul de seda, de tirantes, que se
entallaba en la cintura para después caer
suavemente por las caderas hasta llegar
a la altura de las rodillas. Ella siempre
me había dicho que el azul era el color
que mejor me sentaba, y en concreto ese
vestido le fascinaba.
Cuando salí del baño, Raquel ya
estaba preparada, radiante, bella. Se
había puesto un vestido rojo, ajustado,
de palabra de honor que realzaba su
prominente pecho. Le favorecía mucho
ese color. Se había dejado suelta su gran
melena rubia. Todo ello contrastaba con
sus bonitos ojos azules.
Vi el vestido que me había preparado,
suspiré, sabía que no tenía nada que
hacer si rechistaba, mi amiga siempre se
salía con la suya.
Cuando me vestí, Raquel se encargó
de pintarme y peinarme, con mucho
mimo y esmero, cepilló cada uno de mis
rizos, los ordenó y me dejó la gran
melena suelta. Realzó mis ojos, eran
grandes y rasgados, con lo cual añadió
rímel a mis pestañas y el cambio era
bastante notable, ni yo misma me
reconocía.
—¡Carmen, estás preciosa! Eres una
auténtica belleza. Si sacases más partido
de ti misma tendrías a todos los hombres
comiendo de tu mano.
Me hizo gracia aquel comentario y me
reí, tras la muerte de mi madre, contadas
veces lo había hecho.
Me levantó y empezó a darme vueltas,
ambas sonreímos; cuando nos quisimos
dar cuenta era la hora que habíamos
acordado con nuestros compañeros de
viaje.
Al bajar las escaleras pude
contemplar la grandiosidad de aquellas
lámparas y el lujo de aquel hotel.
Mientras descendíamos, observé que en
la recepción había un tumulto, un
hombre moreno, bastante atractivo, de
una gran altura, complexión fuerte, pelo
negro rizado y tez morena, muy trajeado,
estaba rodeado de varios hombres como
si le estuvieran escoltando; supuse que
sería un personaje importante por el
trato tan complaciente que estaban
teniendo con él, yo no dejaba de
observarle, me resultaba curioso el
comportamiento tan servil de los
trabajadores del hotel hacia él, me
tropecé y tuve que hacer verdaderas
artimañas para no caer rodando por las
escaleras, cuando me hice con la
situación crucé mi mirada con la de él,
un escalofrío recorrió mi cuerpo,
aquellos ojos negros me intimidaron, fue
un segundo pues él sin ningún tipo de
gesto en su rostro volvió su mirada a una
mujer bellísima que acababa de entrar y
se puso a su lado. Ambos, junto con todo
el personal que les acompañaba,
desaparecieron.
—¿Se puede saber qué te ha pasado?
—me preguntó Raquel.
—Son estos tacones, ¡maldita sea! He
hecho el ridículo.
—¡Ves!, es que no estás
acostumbrada, si te pusieses más
femenina de vez en cuando estas cosas
no pasarían —dijo Raquel burlándose
de mí.
—Qué graciosa… —contesté molesta.
El restaurante al que fuimos era
bastante lujoso. Había muchos jeques
árabes, mujeres muy enjoyadas y
caballeros de mucho nivel adquisitivo.
Yo me sentía fuera de lugar en aquel
sitio tan ostentoso, pero en el fondo, me
estaba divirtiendo observando cómo mi
amiga flirteaba con algunos solteros
compañeros de mesa aquella noche. El
grupo era muy variopinto, desde
matrimonios de jubilados, hasta gente
joven, soltera, con ganas de divertirse.
Yo estuve callada durante toda la cena,
era de las que le gustaba más observar
que ser el centro de la reunión, sonreía
de vez en cuando y en el momento que
las conversaciones empezaron a
aburrirme, pasé a centrarme en los
comensales de aquel restaurante.
Me sobresalté al ver que por la puerta
entraba aquel hombre tan atractivo que
había visto en la recepción del hotel, iba
con los mismos acompañantes. El
camarero les ubicó

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