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Libro Pasión griega – Rebecca Winters PDF

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Después de quitarse el sudor,
Stavros Konstantinos se puso una
toalla alrededor de las caderas y
caminó hasta la terraza. La vista del
Egeo desde su villa privada, situada
en lo más alto del Monte Ypsarion,
siempre le hacía sentirse renovado
por dentro. Gracias a otra de esas
lagunas que se estaban haciendo
tan frecuentes, la reunión que había
tenido ese día en Thessaloniki había
terminado demasiado pronto. Su
propuesta de un nuevo producto
para Konstantinos Marble
Corporation había sido rechazada y
en ese momento una profunda
negrura se había apoderado de él.
Esa inquietud que llevaba más de
un año atormentándole le había
ganado la batalla por fin. La
depresión era una sensación
desconocida para él, pero no
encontraba una etiqueta mejor.
Sabía que los miembros de su
familia, que constituían la mayor
parte de la junta directiva, seguían
llevando la empresa como si
estuvieran en los años cincuenta, así
que el resultado era de esperar. A
excepción de su hermano mayor,
Leon, todos estaban en contra
de cualquier innovación y ni
siquiera habían querido escucharle
hasta el final. Tenían miedo del
cambio.
Pero esa había sido la gota que
había colmado el vaso. En su
tiempo libre había construido una
nueva planta en sus propias tierras
y él y sus dos socios, Theo y Zander,
comenzarían con la producción el
lunes siguiente. Su familia se había
negado a escucharle y no quería
saber nada de iniciativas novedosas,
así que ya no había nada más que
hacer.
Como no había llegado a
ninguna parte con los miembros de
la junta, les había dicho que iba a
abandonar de inmediato su puesto
como director gerente de la
corporación. Todos los lazos habían
sido cortados, por tanto. Ni siquiera
había mantenido su sitio en la
junta. Les había sugerido que
empezaran a buscar a un sustituto
lo antes posible.
Simplemente con decir esas
palabras había sido capaz de
ahuyentar algunas de esas nubes
negras. Estaba en una jaula, pero
esa etapa había llegado a su fin.
Tras dejarlos allí, boquiabiertos,
había abandonado la sala de
reuniones y había subido a un
helicóptero que lo había llevado de
vuelta a su villa de la isla de
Thassos. De camino, había mirado
los mensajes en el teléfono. Tina
Nasso, la mujer a la que había
dejado de ver tres meses antes, le
había vuelto a escribir. ¿Por qué le
mandaba otro mensaje si nunca le
contestaba? ¿Acaso estaba tan
desesperada?
Esta separación no puede
continuar, Stavros. Has sido tan cruel.
¡No te he visto ni he sabido nada de ti
en más de tres meses! No has
respondido ni a uno de mis mensajes.
¡Tengo que hablar contigo! Esto es
importante. Tina.
El mensaje significaba que
seguía presionándole para que
cambiara de idea. Stavros frunció el
ceño. Christina Nasso, la mujer con
la que sus padres esperaban que se
casara, no sabía cómo dejar ir algo
que jamás hubiera salido bien. Sin
intención de contestar, lo borró
también, tal y como había hecho
con todos los anteriores.

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Las presiones de sus padres le
habían llevado a pasar algo de
tiempo con ella, pero no había
ninguna atracción por su parte.
Seguramente los padres de ella
continuaban insistiendo porque
querían a toda costa una alianza
entre las dos familias. No era
ningún secreto que el clan de los
Nasso, una poderosa estirpe de
astilleros de Kavala, quería como
yerno a un heredero de los
Konstantinos. Y su propia familia
también buscaba un enlace
conveniente. Los negocios de ambas
dinastías estaban estrechamente
ligados.
Pero cuando Christina había
buscado un acercamiento más
íntimo no había sido capaz de fingir
emociones que no sentía. No había
querido hacerle daño, pero no había
tenido más remedio que decirle la
verdad. No estaba enamorado de
ella y ambos necesitaban ser libres.
Les había dicho lo mismo a sus
padres cuando le habían exigido
una explicación. Su gran error había
sido complacerles en un primer
momento; un gran error que no
volvería a cometer. Podían esperar
todo el tiempo que quisieran, pero
el matrimonio con Tina jamás se
produciría.
Ese día, sin embargo, había
sentido las consecuencias de sus
actos con una gran claridad. Su
negativa en el asunto de Christina
había causado un enfrentamiento
importante, y su padre había
ejercido toda su influencia sobre sus
tíos y primos para que cerraran filas
en su contra, en vez de apoyar la
nueva aventura empresarial.
En cuanto a Tina, lo único que
podía esperar era que algún día
encontrara a alguien que pudiera
contar con el visto bueno de su
familia. Era una mujer atractiva con
mucho que ofrecerle al hombre que
quisiera casarse con ella, pero él no
era ese hombre. Algún día ella se
daría cuenta de ello y seguiría
adelante. Al igual que la sal cuando
pierde su sabor, todas sus relaciones
con mujeres carecían de ese
ingrediente indispensable para la
felicidad.
La única cosa que le aportaba
algo de placer en ese momento era
pasar tiempo en su nuevo negocio.
Su nueva empresa no competiría
con la de su familia, pero sí caerían
bombas cuando se enteraran de que
había seguido adelante con la
producción sin contar con ellos.
Uno de los suyos estaba haciendo
algo a sus espaldas y no eran
capaces de tolerarlo. No debería
haber sido ninguna sorpresa para
ellos, no obstante. Él casi nunca
agachaba la cabeza ante los dictados
autoritarios de su padre o de sus
tíos.
Había intentado lo de Tina por
su madre, pero también había
encontrado desaprobación en su
mirada una vez se había enterado
de que su hijo pequeño no estaba
enamorado de la chica de los Nasso.
Stavros respiró profundamente. Ese
no había sido un día cualquiera. A
partir de ese momento, su vida iría
en una dirección que no satisfaría a
nadie, pero al menos estaría en paz
consigo mismo.
Y era mejor así.
De camino a la cocina para
buscar algo con lo que calmar la
sed, oyó que sonaba su móvil. Si era
Tina porque no le había contestado,
entonces se llevaría otra decepción
más al ver que continuaba
ignorando sus llamadas y mensajes.
Al mirar la pantalla, sin
embargo, vio que se trataba del
gerente de la cantera tres de la isla
de Thassos.
—¿Qué pasa, Gus?
—¿Kyrie Konstantinos?
Kyrie era un título de cortesía
que en griego significaba «señor».
—Ha surgido un problema con
uno de los grupos de estudiantes
que vienen con los profesores, de
PanHellenic Tours. Falta un
adolescente. Y ha venido la policía.
Eso era todo lo que Stavros
necesitaba oír, sobre todo teniendo
en cuenta que él había sido el único
de la junta que había estado a favor
de permitir visitas turísticas en la
cantera. El programa había
funcionado bien desde marzo, sin
ningún incidente hasta ese día…
Stavros agarró el teléfono con
fuerza.
—¿Han empezado a buscar?
Al oír los detalles, hizo una
mueca. Para un helicóptero era casi
imposible ver algo de movimiento
bajo esa frondosa vegetación del
bosque.
—¿Qué recomienda, señor?
—Estaré ahí enseguida —dijo,
yendo hacia el dormitorio.
Se vistió rápidamente y fue
hacia el coche. Albergaba la
esperanza de que la experiencia en
la cantera fuera útil para los
estudiantes y que sirviera para
mostrar distintas oportunidades de
trabajo. El cuarenta por ciento del
mármol de Grecia provenía de una
fuente casi inagotable situada en la
región de Thassos. La mayor parte
era enviada a Asia, sobre todo a
China, y al resto de Europa. Se
trataba de un recurso natural muy
abundante gracias al que se
generaban muchos puestos de
trabajo, algo vital para Grecia en
esos momentos.
Con ese argumento había
logrado convencer a su abuelo,
fallecido poco tiempo antes, para
poner en marcha las visitas guiadas
en la cantera. Esa clase de
publicidad podía resultar
beneficiosa para el sector y el resto
de la junta había aceptado con
reticencias, bajo la condición de
poner un periodo de pruebas. Si
ocurría algún problema, sin
embargo, las visitas serían
interrumpidas.
Esa cantera en particular, una
de las muchas que su familia tenía
al norte de Grecia, estaba al otro
lado de la cima, a diez minutos en
coche. Conocía muy bien al
teniente de la policía y le pediría su
colaboración para mantener a raya
a la prensa todo el tiempo posible.
La crisis tenía que resolverse
antes de que los medios se hicieran
eco de la historia. Una vez la
convirtieran en un circo
internacional, la isla se llenaría de
espectadores no deseables. Y
aunque el personal de la cantera no
fuera responsable de lo ocurrido, el
público no lo vería de esa manera.
Tal y como él lo veía, el
profesor era el último responsable
en esa clase de situaciones, y podía
enfrentarse a una demanda. Eran
seis grupos de secundaria de seis
estudiantes cada uno con sus
respectivos profesores. ¿Acaso era
tan difícil no perder de vista a seis
chicos?
Gus le había dicho que la
profesora era una guapa joven
americana. A lo mejor era
demasiado joven para manejar a un
grupo de adolescentes. Stavros pisó
a fondo el acelerador al tomar una
curva. Su humor no hacía más que
empeorar por momentos.
En cuanto la familia
Konstantinos se enterara, pondría
fin a las visitas, y como él ya había
anunciado su dimisión ya no
tendría ni voz ni voto. Mientras
tanto, no obstante, sentía esa gran
responsabilidad sobre sus hombros.
El hijo adolescente de alguien se
había perdido en un país extranjero.
Panagia era el pueblo favorito
de Andrea Linford en la isla griega
de Thassos. Después de viajar en
avión desde Thessaloniki hasta el
aeropuerto de Keramoti, había
tomado un ferri que la había
llevado hasta Thassos, la capital a la
que muchos llamaban Limenas.
Desde el agua la isla parecía un
enorme bosque flotante, por todos
los bosques de pinos y olivos que la
cubrían. Había alquilado un coche y
había conducido hasta Panagia, que
estaba a diez kilómetros de
distancia. El pueblo se llamaba así
por la Virgen María y había sido
construido en la falda de la
montaña. Desde las terrazas de las
casas, con sus techos pintados y
tejados de esquisto, las vistas de la
bahía y del mar eran maravillosas, y
los riachuelos naturales que corrían
paralelos a las estrechas calles eran
un espectáculo para los sentidos.
Andrea había estado en la
iglesia de la Virgen María,
construida en el año 1831, y
adoraba ese impresionante estilo
señorial, construido con piedras de
ruinas de antiguos templos. El
exterior y la cúpula estaban
pintados en tonos blancos y azules,
absolutamente exquisitos.
Había estado en muchas
iglesias por todo el mundo, pero el
interior de esa en particular era
como un tesoro de fábula.
Albergaba un estandarte que
databa de los tiempos de las
Cruzadas. Había una esencia
espiritual en ese lugar que no había
encontrado en otros templos.
Pero ese día no tenía tiempo
para entretenerse. Llevaba un año y
medio trabajando para PanHellenic
Tours, en las oficinas centrales de
Thessaloniki. Eran uno de los
mayores tour-operadores de Grecia.
Después de licenciarse en
Humanidades en la universidad de
allí la habían contratado para hacer
traducciones y elaborar rutas
turísticas.
Andrea era la primera persona
que le había sugerido a la empresa
que pusiera en marcha visitas a la
cantera que tanto la fascinaba. Su
jefe, Sakis, se había mostrado tan
entusiasmado con la idea que la
había incluido en los itinerarios de
ese año, pero le habían llegado
noticias de que había habido un
problema con un estudiante
americano que se encontraba
visitando la cantera de mármol de
Thassos. El chico se había perdido y
habían llamado a la policía.
Como Andrea hablaba tanto
inglés como griego, y dado que ella
había sido la que se había ocupado
de los preparativos iniciales con el
gerente de la cantera, Sakis la había
enviado al lugar.
Antes de salir de su despacho,
descargó la ficha del estudiante con
su correspondiente foto en la
memoria del teléfono móvil.
Conocía muy bien el camino de la
cantera, famosa por su mármol
puro y blanco. Sonriendo, condujo
montaña arriba por la vieja
carretera que ascendía por la falda
del monte. Thassos realmente era
una isla de color esmeralda, casi
redonda en su forma. Algunos
lugareños decían que era un
enorme trozo de mármol.
Muchas de las minas que había
por toda la isla eran fosos abiertos,
y un turista que no conociera el
sitio podía pensar que se había
topado con un enorme cementerio
lleno de lápidas de mármol
reluciente y rodeado por inmensos
pinos de color verde oscuro.
Brillaban bajo el sol abrasador de
agosto a última hora de la tarde.
Andrea se dirigió hacia las
oficinas de Konstantinos
Corporation de la cantera, empresa
líder en la producción de mármol
gracias a todas sus minas del norte
de Grecia. En el extremo este de la
cantera estaba el autocar del grupo
turístico, rodeado de media docena
de coches de policía. Los agentes
hablaban con los estudiantes y
profesores.
Andrea aparcó su vehículo al
final de la fila y bajó. Georgios, el
curtido guía turístico, era un ligón
que siempre la hacía sonreír cuando
entraba en la oficina. Ese día, sin
embargo, no tenía muy buena cara.
En cuanto bajó del coche, un
agente le salió al paso.
—Lo siento, pero no pueden
entrar visitantes.
—Soy de PanHellenic Tours —
dijo Andrea en griego.
Se presentó como la
representante de la empresa
turística y le enseñó su
identificación. Normalmente
llevaba su chaqueta azul con la
insignia de la empresa, pero hacía
demasiado calor en la calle.
—Disculpe.
—No se preocupe. Nos han
avisado de que uno de los
estudiantes americanos, un chico de
diecisiete años llamado Darren
Lewis, ha desaparecido durante la
visita. Estoy aquí para ayudar en lo
que pueda. ¿Alguna noticia?
El teniente frunció el ceño.
—Hay un helicóptero
sobrevolando la zona y también hay
agentes peinando el lugar, pero no
hay ninguna novedad todavía.
—¿Cuánto tiempo lleva
desaparecido?
—Casi tres horas. Hemos
hablado con todos los empleados de
la cantera. Nadie nos ha podido
decir nada y al parecer les han
dicho que mantengan la máxima
discreción. Ya casi estamos
terminando de tomarles
declaración a los estudiantes y
profesores. Después podrán irse a
su siguiente parada en Thassos.
Tres horas… Andrea pensó que
había tardado demasiado tiempo en
ir a la cantera. A esas alturas el
chico podía estar escondiéndose en
cualquier rincón de esas montañas,
pero por suerte la temperatura no
bajaba mucho por las noches allí.
—Antes de que se vayan,
necesito hablar con el guía.
—Claro.
—Disculpe.
Andrea fue hacia Georgios.
—Vaya situación se nos ha
presentado de repente. ¿Cómo
estás?
Él sacudió la cabeza.
—Llevo quince años en la
empresa y nunca he perdido a
nadie. Cuando terminamos la visita,
el gerente de la cantera nos dijo que
el grupo podía dar una vuelta. Ya
sabes cómo es la rutina. Les dije que
regresaran al autocar en media
hora. Darren le dijo a su profesora,
la señorita Shapiro, que tenía que ir
al servicio antes de volver al
autocar.
—¿Y fue entonces cuando
desapareció?
—Eso parece.
—Entonces ella tiene que estar
desolada. Él asintió.
—Contamos a todo el mundo
cuando subieron al autocar, pero
faltaba él. Uno de los estudiantes
que se había sentado a su lado nos
dijo que recordaba que llevaba su
mochila mientras paseaban por la
cantera.
—Con este calor, no querrías
cargar con una mochila, a no ser
que tuvieras una buena razón.
Parece que tenía un plan antes de
llegar aquí.
—Eso piensa la policía. Y yo
estoy de acuerdo con ellos. El grupo
sabe que se deben dejar las
pertenencias personales en el
autocar durante las excursiones,
pero la norma no era muy estricta.
Después de esta experiencia, yo voy
a insistir en ello, si no me echan.
Andrea sacudió la cabeza.
—Sakis sabe que esto no es
culpa de nadie más que de Darren
—le aseguró Andrea.
Sabía cómo reaccionaría la
gente, no obstante. Todo el mundo
recibiría su cuota de culpa.
—De acuerdo con la ficha, no
está tomando ninguna medicación,
pero eso no excluye la posibilidad
de que tomara drogas. ¿Qué tal se
ha comportado?
—A lo largo de la visita su
comportamiento no destacó en
ningún sentido. Su profesora dice
que es un estudiante ejemplar,
bastante tranquilo —se rascó la
cabeza—. Hay que avisar a sus
padres.
—Yo informaré a Sakis y él se
ocupará de todo, si es que no lo ha
hecho ya. Ahora mismo tienes a un
grupo de estudiantes hambrientos y
sedientos y a unos profesores que
necesitan toda tu atención. Sigue
adelante y súbelos al autocar. Te
veo luego y te ayudo en todo lo que
pueda.
—Gracias, Andrea.
Andrea se volvió justo cuando
aparecía un lujoso sedán negro de
gama alta. El coche apareció de
repente, cerrándole el paso. Un
hombre moreno y alto salió del
vehículo. El aura de autoridad que
le acompañaba no pasaba
desapercibida. Tendría unos treinta
y pocos años y su exquisito
atractivo griego resultaba
irresistible. Andrea se quedó en
blanco unos segundos, pero al final
apartó la vista para evitar mirarlo
fijamente. Llevaba un reloj de oro,
pero no había ninguna alianza en
sus dedos.
Andrea creía que los hombres
así no existían más que en las
portadas de las revistas. ¿De dónde
había salido?
—¡Señor Konstantinos!
La exclamación del teniente,
acompañada de una evidente
deferencia, despejó todas sus dudas.
El hombre estrechó la mano del
oficial.
—Cuando el gerente me puso
al tanto de todo, vine en cuanto
pude. Dígame qué ha pasado.
Los dos hombres discutieron la
situación y hablaron de mantener la
mayor discreción posible ante la
prensa mientras prosiguiera la
búsqueda.
Esos ojos de color gris oscuro se
volvieron hacia Andrea de repente.
—Supongo que es usted la
profesora americana que estaba a
cargo del adolescente, ¿no? —le
dijo, hablándole en inglés—. ¿Cómo
es posible que haya desaparecido si
estaba bajo su vigilancia?
Le había espetado la pregunta
de golpe, y su acento apenas
revelaba su origen. Pero eso no la
sorprendía, teniendo en cuenta su
educación. Lo que sí la
desconcertaba, en cambio, era el
hecho de que hubiera acertado que
era americana. De alguna forma,
algo la había delatado.
Esperaba que el teniente
interviniera en ese momento,
para explicarle la situación, pero
otro de los agentes se acercó al
magnate en ese momento,
reclamando su atención.
Andrea se dio cuenta de que no
tendría más remedio que
explicárselo ella misma en cuanto
tuviera ocasión, antes de que
extrajera más conclusiones
precipitadas.
—Creo que primero debería
presentarme —le dijo, en griego—.
Me llamo Andrea Linford. Trabajo
para PanHellenic Tours en
Thessaloniki. Mi jefe me ha enviado
para que ayudara al guía turístico,
Georgios Debakis, y para que
elabore un informe.
Le ofreció una mano y él no
tuvo más remedio que
estrechársela.
—¿Cuál de los Konstantinos es
usted? ¿Leon, Stavros, Alexios o
Charis?
Se hizo el silencio durante unos
segundos.
—Stavros —dijo ella
finalmente.
—Ya veo que ha hecho los
deberes, kyria Linford.
—Despinis —le dijo,
corrigiéndole. No estaba casada.
—Mis disculpas por el
malentendido.
Las disculpas casi se le habían
atragantado, pero Andrea no estaba
dispuesta a darle ni un respiro.
—Sí acertó en algo. Uno de mis
muchos pecados es ser americana.
Pero no soy la pobre señorita
Shapiro, quien, sin duda, no le ha
parecido lo bastante madura como
para manejar a un grupo de
adolescentes lejos de sus padres. Si
me he equivocado en algo, le pido
disculpas.
Los ojos de Stavros
Konstantinos emitieron un destello.
—No se ha equivocado.
—Gracias por su sinceridad.
Creo que los dos estamos de
acuerdo en que esta situación es
muy desafortunada y en que nadie
está en su mejor momento. Mi jefe
está muy preocupado. Tiene que
llamar a la familia del adolescente y
explicarles que su hijo ha
desaparecido. Con un poco de
suerte ellos quizás puedan darle
alguna razón por la que podría
haberse fugado en mitad de la
visita.
—Esperemos que lo encuentren
en menos de una hora. Andrea
asintió con la cabeza.
—Todos queremos eso. Por
desgracia, su desaparición ha tenido
lugar en una propiedad de su
empresa y el apellido de la familia
estará en todos los titulares,
atrayendo publicidad muy poco
deseable. En cuanto a la señorita
Shapiro y a Georgios, no se
quedarán tranquilos hasta que
Darren aparezca.
Stavros se pasó una mano por
el cabello.
—Le he pedido al teniente que
lo mantenga todo en secreto
durante el mayor tiempo posible.
—Sí. Le he oído. Esperemos que
ninguno de los agentes lo filtre a los
medios. ¡Hay que encontrar a ese
chico!
Andrea sintió que la voz le
temblaba porque no podía evitar
recordar aquella larga espera de
diez días que había vivido hasta que
habían encontrado el cuerpo sin
vida de su prometido, en la cornisa
de una montaña. Pensar en el
suplicio por el que tendrían que
pasar los padres de Darren la hacía
estremecerse.
Sus emociones no pasaron
desapercibidas para Stavros
Konstantinos, que la observaba con
atención. Ella apartó la mirada
rápidamente justo a tiempo para
ver cómo el autocar turístico salía a
la carretera.

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—Solo nos lleva tres horas y
media de ventaja, así que no puede
haber ido muy lejos —dijo el
apuesto millonario griego, como si
pudiera leerle la mente.
Andrea cruzó los brazos a la
altura de la cintura.
—¿Sabe que llevaba la mochila
encima? Me pregunto si no tenía
planeado escaparse desde hace
tiempo.
—Si es así, escogió el mejor
lugar posible. Es cierto que estas
montañas le darán refugio, y el
bosque es muy tupido, pero yo he
vivido aquí toda mi vida y me
conozco cada palmo del terreno. Si
los equipos de búsqueda no dan con
él, yo lo haré.
Stavros Konstantinos inspiraba
tanta confianza que a Andrea no le
cabía duda de que haría cualquier
cosa.
—Va a necesitar su descripción
y su foto. Puedo enviarle los datos
por correo a su teléfono ahora
mismo.
Él sacó el móvil y le dio el
número. En menos de un minuto
recibió toda la información.
—Es un chico atractivo —le dijo
mientras miraba la foto del
pasaporte de Darren—. Le queda
bien ese corte de Marine. Un metro
ochenta, ojos marrones, pelo rubio
oscuro… Será fácil reconocerle.
—A menos que llevara un
disfraz en la mochila. ¿Y si se hace
pasar por una mujer?
Stavros le dedicó otra de esas
miradas que la hacían sentir un
extraño cosquilleo.
—Eso despistaría a cualquier
que le estuviera buscando. Se lo
comentaré al teniente por si no se le
había ocurrido. Nunca se sabe.
—No sé si se ha fijado en la
fecha de nacimiento de Darren.
Cumplió los dieciocho ayer, con lo
que ya es mayor de edad.
—No me había fijado. ¿Hay
algo más que deba saber? Andrea
respiró profundamente.
—Mi jefe ha averiguado que
Darren pertenece a una familia
adinerada de Connecticut, así que
seguramente lleve suficiente dinero
encima para aguantar durante
mucho tiempo. A lo mejor planeó
todo esto antes de salir de los
Estados Unidos. A lo mejor lo
preparó con alguien que le espera
en algún lugar.
—Cualquier cosa es posible.
—Yo creo que intentará salir de
la isla en un barco, y no en ferri. He
mirado mi mapa de Thassos y hay
docenas de puertos. No le sería
difícil pagarle a un pescador para
que le lleve a otro sitio y poder
pasar desapercibido, ¿no?
Stavros arrugó el ceño y la miró
fijamente.
—Parece que tiene experiencia
con este tipo de contingencias.
—Un poco.
—Si trata de escapar en barco,
la policía del puerto caerá sobre él.
Mientras tanto, voy a volver a mi
casa para cambiarme y saldré a
buscarle. Si no recuerdo mal, su
folleto de la ruta turística
mencionaba la Cueva del Dragón
que está cerca de Panagia.
—Sí. Estuvieron allí esta
mañana.
—Entonces a lo mejor decidió
pasar la noche escondido allí.
—Tiene razón —Andrea no
había pensado en ello—. Habría
sido un excelente detective si no
hubiera nacido con el apellido
Konstantinos.
El comentario se le había
escapado de los labios. ¿En qué
estaba pensando?
Después de una pausa de una
fracción de segundo, los labios de
Stavros Konstantinos hicieron una
mueca.
—Pues es posible —le dijo en
un tono casi divertido.
Andrea había estado en la
Cueva del Dragón . El lugar tenía
unas estalactitas y estalagmitas
gloriosas. Incluso había llegado a
ver la famosa estalactita con forma
de dragón.
—Dicen los libros que la cueva
no ha sido explorada en su
totalidad.
—Ese será el primer sitio al que
voy a ir.
—Señor Konstantinos…
Él la miró con unos ojos tan
profundos que Andrea se sintió
como si la atravesara de lado a lado.
Era alguien muy importante,
pero parecía dispuesto a dejarlo
todo para salir a buscar a un chico
al que ni siquiera conocía. La policía
ya estaba haciendo ese trabajo y no
tenía por qué hacerlo él mismo.
Además, nadie lo hubiera esperado
de alguien como él.
—Me gustaría ir con usted y
ayudar, si es posible. Él pareció
sorprendido.
—¿Por qué quiere implicarse en
esto?
—Porque de alguna manera
siento que esto es culpa mía. Fui yo
quien habló con el gerente de la
cantera para lo de las visitas. Estas
canteras han sido explotadas
durante siglos y, sin embargo,
muchos turistas siguen sin saber
que existen. Yo las encuentro
fascinantes y convencí a mi jefe
para que accediera a incluirlas en
las rutas.
—¿Fue idea suya?
—Sí. Y me imagino que querría
que el gerente me hubiera dicho
que no. Entiendo que todo es un
riesgo, pero no tiene ni idea de lo
responsable que me siento ahora
que esto ha pasado dentro de su
empresa. Y, para serle sincera, hay
otra razón…
—¿Qué otra razón?
—Hace un año y medio perdí a
mi prometido. Era guía turístico en
las montañas y había subido al
Mont Blanc con otros escaladores.
Se vieron atrapados en mitad de
una tormenta. Cuando se dieron
cuenta de que él había desaparecido
m e d i j e r o n que no podía
participar en la búsqueda porque
era demasiado peligroso.
—Lo siento —le dijo él. Una
compasión repentina suavizó su
expresión.
—Tuve que esperar

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