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Pasiones – Christiane Heggan

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Pasiones – Christiane Heggan

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California, febrero de 1993.
Después de tres semanas de lluvias torrenciales que habían puesto fin a seis años de
desgarradora sequía, el sol brillaba nuevamente en el cielo del sur de California.
En lo alto de las colinas de Los Ángeles, donde vivían los privilegiados, acababa de retornar el
pacífico silencio, sólo quebrado por el ronroneo distante de una cortadora de pasto, el chillido del
grajo azul, o por el insistente zumbido de una abeja en busca de néctar.
Se habían formado pequeños charcos a lo largo de la propiedad de tres hectáreas que
Stephanie Farrell tenía en Beverly Hills, y de vez en cuando ella se los señalaba a su invitada, Elaine
Romolo, conductora del programa de televisión Los famosos en su casa.
Mientras las dos mujeres caminaban por los senderos rodeados de flores, una cámara las
seguía, filmándolas con el mar como fondo y bajo un cielo tan azul que resultaba difícil distinguir a
uno del otro.
Para ocultar el leve temblor de sus manos, Stephanie las metió en los bolsillos de su pantalón.
Había dudado mucho antes de decidirse a volver a conceder una entrevista. Desde que, cuatro
años antes, ella misma decidió retirarse de la televisión, había cortado toda relación con el
periodismo y prácticamente desapareció del ambiente artístico.
Pero ahora que había tomado la decisión de volver a actuar, la publicidad era de nuevo un mal
necesario. En realidad, contaba con que esa entrevista y otras que había concedido durante la
semana, volvieran a ponerla sobre el tapete en la mente de los productores de Hollywood.
No le era fácil hablar con la prensa. Ni siquiera años antes, cuando se encontraba en el pináculo
de la fama, le resultaba sencillo hablar de su vida privada. Los periodistas eran demasiado
inquisitivos, demasiado insistentes. Y tenían la habilidad de descubrir los secretos que uno prefería
mantener ocultos. Por suerte, ella había perfeccionado el arte de evadir las preguntas
comprometidas y de decirle a la prensa sólo lo que quería que se supiera. Era una treta que le
enseñó Grant a principios de su carrera y que estaba decidida a volver a utilizar.
Elaine Romolo, una atractiva morocha con más de diez años de experiencia en entrevistar hasta
las más reservadas de las actrices, la miró con interés.
—¿Qué se siente al volver a estar bajo la luz de los reflectores después de tanto tiempo? —
preguntó la periodista.
—Me siento rara. Pero estoy segura de que muy pronto me acostumbraré —contestó
Stephanie. —Es como andar en bicicleta, ¿verdad? Uno nunca se olvida.
—¿No lamenta no haber vuelto antes?
—No. Mi familia siempre estuvo antes que nada. Y lo sigue estando.
—Sabemos que hace poco acaba de enviudar —dijo la periodista. —Algunos recuerdos deben
resultarle dolorosos. ¿Pero le importaría hablarnos un poco sobre su relación con Grant Rafferty, su
marido? Muchos afirman que fue su mentor.
—Sí, supongo que lo fue. Me apoyó mucho y siempre supo cuáles eran los papeles que me
convenía interpretar. En lo profesional, le debo mucho a Grant.
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—¿Y en lo personal?
¡Oh, Dios! Ella misma se había metido en esa trampa. Stephanie trató de ocultar su inquietud e
ignoró la cámara que giraba para tomarla desde otro ángulo.
—No me gusta la palabra “deuda” en lo que se refiere a Grant y a mí. En nuestro matrimonio
creo que ambos contribuimos y que aceptamos lo bueno y lo malo, que nos apoyamos y nos
quisimos y que nos esforzamos mucho para que la vida de nuestra hija fuese todo lo normal que
puede ser en una comunidad como la nuestra.

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—Sin embargo, usted se separó de él poco antes de su muerte. —La periodista sabía
exactamente lo que quería oír su público y estaba decidida a dárselo.
—Teníamos diferencias, lo mismo que cualquier otra pareja. —Con habilidad Stephanie cambió
el rumbo de la conversación. Tenía demasiada experiencia con la prensa para permitir que la
obligaran a hablar de un tema que no quería tratar.
Y mientras Stephanie hablaba sobre sus primeras experiencias como actriz de teleteatros, la
periodista comprendió por qué, camino hacia allí, su camarógrafo la había definido como
“irresistible”.
Personalmente era aún más fascinante que en la pantalla. Por más esfuerzos que uno hiciera,
era casi imposible dejar de mirar esos ojos grises, ignorar la sensualidad de esa boca cuando se
curvaba en una sonrisa, o su resplandeciente cabellera castaña.
Sin embargo, el atractivo de Stephanie no residía sólo en su belleza. Poseía algo del misterio de
la Garbo y el efecto era increíble.
Versátil además de talentosa, pertenecía a esa raza poco común de primeras actrices, capaces
de transformarse en cualquier personaje. En su meteórica carrera de seis años había interpretado
todo; desde la rubia algo tilinga pero de buen corazón, hasta la amante obsesionada por el hombre
al que le resultaba imposible renunciar.
Cada una de sus actuaciones mereció ponderaciones de público y crítica a la vez. Sin embargo,
Stephanie jamás había ganado un Emmy, algo que intrigaba a los expertos.
En 1989 dejó de actuar en televisión, declarando que quería tener más tiempo para dedicárselo
a su marido y a su hija, Sarah. A lo largo de los años, productores y directores le enviaron docenas
de guiones, con la esperanza de hacerla cambiar de idea. Los rechazó todos.
En ese momento la periodista decidió hacer otro intento de develar parte del misterio que
rodeaba a la actriz.
—Usted se retiró en el momento más brillante de su carrera, y lo hizo abruptamente. Algunos
afirman que tomó esa decisión porque a su marido le disgustaba que tuviera tanto éxito. ¿Qué
puede comentar acerca de eso?
—Nada más lejos de la verdad. Grant nunca dejó de ofrecerme su apoyo y su aliento.
—Pero usted no niega que rechazó algunos papeles excelentes porque la hubieran alejado de él.
Hasta el punto de que en una oportunidad una revista la llamó “la actriz renuente”.
Stephanie sonrió porque admiraba la tenacidad de esa mujer.
—No sé cómo me habré ganado ese apodo. Grant no tuvo nada que ver con el hecho de que yo
no quisiera filmar lejos de casa. Sencillamente la idea de alejarme de mi hija me resultaba odiosa.
Eso es algo que cualquier madre puede comprender. —Era una mentira, pero una mentira
necesaria. Por el bien de Sarah.
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La periodista era demasiado profesional para demostrar su desilusión.
—¿Qué clase de papel le gustaría interpretar en su regreso a la televisión?
—¡Ah! —Stephanie frunció los labios. —Algo profundo y fuerte, emotivo. Tal vez el papel de una
mujer valiente que lucha por sus principios. O el de una mujer que está en conflicto con su familia.
—El papel de una heroína.
—No necesariamente. Considero que, en mi profesión, encasillarse equivale al beso de la
muerte. No quiero que un director me llame porque puedo interpretar el papel de la esposa
dedicada o el de la mujer de la alta sociedad. Quiero que me llame porque soy capaz de interpretar
cualquier papel.
Cuando terminó la entrevista, Stephanie se despidió de la periodista y de sus técnicos y lanzó un
suspiro de alivio. Acababa de sortear otro obstáculo.
Cruzó la terraza y entró en la casa por los amplios ventanales que conducían a la sala de estar
íntima.
Hacía diez años que Grant había comprado esa casa de estilo colonial español, cuando firmó su
segundo contrato con Halycon Pictures. Pequeña, en comparación con las mansiones de
Hollywood, la casa fue creciendo a lo largo de los años, cuando le agregaron un gimnasio para
Grant, una biblioteca y una casita junto a la pileta.
Como a los dos les gustaba el encanto rústico de la casa, dejaron los tirantes de madera a la
vista y los pisos de piedra. Poco a poco la fueron acondicionando con muebles mexicanos, con
alfombras Navajo y tapizaron los sillones con telas procedentes de Guatemala para darles un toque
de color.
El efecto era espectacular, aunque poco común en Hollywood. La sala de estar íntima, que era el
lugar preferido de Stephanie, tenía vista al mar. Allí era donde ella y Sarah estaban casi todo el
tiempo, sentadas junto al fuego, jugando al Monopolio o simplemente conversando.
Como a causa de las lluvias de las últimas semanas había mucha humedad, Stephanie agregó
otro leño al fuego, para reavivarlo. Al hacerlo, su mirada cayó sobre el guión que su representante,
Buddy Weston, le acababa de enviar esa mañana y leyó el título: Hasta que la muerte nos separe.
Abajo, en letras mayúsculas se leía: “Producida y dirigida por Mike Chandler”.
—Es el mejor guión que he leído en muchos años —le dijo Buddy por teléfono. —Enseguida
supe que existe sólo una actriz en el mundo capaz de interpretar el papel de Diana Long. Tú. Y con
la dirección de Mike Chandler, es absolutamente seguro que ganarás un Emmy. Y muchos otros
premios.
Cuando media hora antes un mensajero le había entregado el guión, Stephanie hizo un esfuerzo
para no arrojarlo al fuego.
Aunque fuera el único director del mundo, no estaba dispuesta a trabajar con Mike Chandler.
Mike Chandler bajó del ascensor en el tercer piso de Producciones Centurión. Estaba de muy
buen humor.
Después de meses de planear y negociar, Centurión, la productora de televisión creada por él,
por fin enfrentaba una excelente oportunidad. Su ambicioso primer proyecto, una miniserie de seis
horas de duración llamada Hasta que la muerte nos separe acababa de ser comprada por la Red
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United Broadcasting, y pensaban comenzar la grabación en una de las épocas más convenientes de
la temporada: el domingo anterior al día de Acción de Gracias.
—Buenos días, señor Chandler.
—Buenos días, Joanna. —Mike se detuvo ante el escritorio de la secretaria para recibir los
mensajes telefónicos que ella le entregaba y que revisó con rapidez, sin percibir que, a sus
espaldas, las otras dos secretarias, quince años menores que él, lo miraban sin disimular su
admiración.
Era justificada. A los treinta y cinco años, Mike Chandler tenía el físico de un muchacho de
veinte, pelo oscuro y ondulado, con un toque de gris en las sienes que le daba ese aspecto
distinguido que las mujeres jóvenes adoraban, y un par de ojos oscuros e inteligentes a los que
rara vez se les escapaba nada de lo que sucediera a su alrededor.
Consagrado como uno de los directores más talentosos del momento, no poseía el
egocentrismo ni la neurosis que se les atribuían a muchos de los grandes de Hollywood. Mike
Chandler seguía siendo un hombre de gustos sencillos y, de alguna manera, era un enigma para el
resto de los pobladores de Hollywood.
Los actores lo adoraban. No sólo porque les explicaba las escenas con una claridad
extraordinaria, sino porque los trataba como a sus iguales y con todo el respeto que merecían. El
resultado era que hasta las estrellas más temperamentales se convertían en arcilla blanda en sus
manos, un factor que le permitía realizar sus proyectos dentro del tiempo establecido y casi
siempre sin excederse en el presupuesto.
Guardó dos de los mensajes y arrojó el resto a un canasto.
—Contestaré esos llamados después de la reunión —le dijo a Joanna. —Mientras tanto, no
quiero que me molesten.
—Sí, señor Chandler.
Se encaminó presuroso a su oficina, con la esperanza de no haber hecho esperar demasiado al
vicepresidente de programación de la UBC. Osborne era un maniático de la puntualidad.
En cuanto abrió la puerta y vio a Scott Flanigan, su vicepresidente y mejor amigo, mirando por la
ventana, presintió que algo andaba mal. Scott estaba solo.
—¿Dónde está Osborne? —preguntó Mike, mirando a su alrededor. —Creí que teníamos que
encontrarnos aquí a las diez de la mañana.
AI oír la voz de Mike, Scott se volvió. Era un hombre alto y delgado, un año mayor que su ex
compañero de cuarto en la universidad de Nueva York. Tenía cabellos castaños, un bigote a lo Clark
Gabble y amistosos ojos azules. Pero en ese momento su expresión era sombría.
—Canceló la reunión —dijo con un suspiro. —Tenemos problemas, Mike.
Mike cerró la puerta a sus espaldas y se acercó al enorme escritorio de palo de rosa tallado.
Enfrentar problemas era un arte que había perfeccionado a lo largo de los últimos diez años. —
¿Qué sucedió?
—Jonathan reincidió. Ayer por la mañana lo internaron en el Centro de Rehabilitación Palmdale.
Mike maldijo en voz baja. Jonathan Ross, contratado para interpretar el principal papel
masculino de Hasta que la muerte nos separe, era el astro de televisión más famoso del país. Sin su
participación en el proyecto, Mike no podría cerrar trato con Osborne.
—¿Es grave?
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—Sí, está mal. Por lo visto bebió hasta perder el conocimiento. Es un milagro que siga con vida.
—¡Dios! —exclamó Mike, pegando un puñetazo sobre el escritorio. —¿Qué sucedió? Hacía más
de un año que Jonathan tenía un comportamiento ejemplar. Andaba muy bien. Ya ni siquiera le
importaba que la gente bebiera delante de él.
—Ya lo sé. Estoy tan sorprendido como tú.
—¿Pero qué demonios sucedió?
—Lo de siempre. El sábado a la noche asistió a una fiesta, conoció a una chica bonita, la llevó a
su casa y empezó a beber. Cuando perdió el conocimiento, la muchacha se asustó y llamó a los
paramédicos.
—¿Quién es ella?
—Una actriz. Dice que no tenía idea de que Jonathan tuviera problemas de alcoholismo.
Mike se pasó la mano por el abundante cabello negro.
—¿Ya has hablado con él?
Scott hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No permiten que reciba llamados ni visitas. Pero conversé con uno de los médicos de la
clínica. Me dijo que en el estado actual de Jonathan, calcula que la rehabilitación puede demorar
tres meses.
Una demora de tres meses significaría perder el contrato.
—Supongo que Osborne lo sabe.

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—Fue él quien me llamó para darme la noticia. Le dije que en el término de una semana le
encontraríamos un reemplazante, pero se negó a escucharme. Hemos perdido el contrato —
agregó en voz baja.
Mike no se sorprendió. Con la producción de series en su punto más bajo de los últimos diez
años, las cadenas de televisión trataban con mucha cautela a los recién llegados. A menos que uno
pudiera tentarlos con una estrella del nivel de Jonathan Ross.
—Creo que lograremos que lo reconsidere —dijo Scott—.Lo único que tenemos que hacer es
contratar a una figura de primera línea.
—Eso es más fácil de decir que de hacer.
—¿No se te ocurre nadie?
—Así, de repente, no. —Mike revisó su agenda, repasando los nombres de los actores a quienes
había visto en los últimos tiempos. Todos estaban ocupados en otros proyectos.
Scott llenó dos tazas de café humeante y le entregó una a Mike.
—Sé cómo podríamos recuperar a Osborne.
Mike lo miró, alzando una ceja.
—Contratando a un actor menos conocido, pero esmerándonos en conseguir a una gran actriz.
Después de todo, el papel principal es el femenino.
—Hace un par de semanas llamé al representante de Jane Seymour. Ella no puede.
—No estaba pensando en Jane Seymour.
—¿Entonces en quién?
—En Stephanie Farrell. Entiendo que ha decidido volver a trabajar y que está buscando un buen
guión.
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SÍ la situación no hubiese sido tan seria, Mike habría lanzado una carcajada. Stephanie Farrell
hasta se negaría a alcanzarle una venda si lo viera desangrándose en una vereda; y ni pensar en la
posibilidad de que estuviera dispuesta a salvar su compañía aceptando ser la protagonista de la
miniserie. Pero eso era algo que Scott no sabía. No lo sabía nadie.
—No creo que sea la actriz indicada para ese papel —dijo, para evitar el problema.
Scott rió.
—¿Estás bromeando? Stephanie es perfecta para ese papel. ¿La viste hace unos años en El
asunto Cranbury?
—Tal vez. —Mentía. Había visto tres veces esa película, primero cuando se estrenó en 1988 y
luego dos veces más cuando la transmitieron por televisión. La actuación de Stephanie fue
soberbia.
—Ya sé que hace un tiempo que no trabaja, pero un talento como ése no se enmohece, aun con
cuatro años de inactividad. Y estoy seguro de que, en lo que a Osborne se refiere, ella modificaría
por completo la situación. —Al ver que Mike no contestaba, Scott confesó: —Ayer el representante
de Stephanie pasó a buscar una copia del libreto.
—Y lo más probable es que ella lo coloque en la parte de abajo de una pila alta de otros
libretos.
—Quizá. Pero estoy seguro de que si fueras a verla la convencerías de que lo leyera enseguida.
Sé que no es lo habitual. Pero tal vez en este momento lo que nos haga falta para inclinar la
balanza a nuestro favor sea el toque personal. Sobre todo, considerando que hasta ahora ella
nunca ha trabajado contigo.
Y nunca lo haría. Eso era algo que Mike sabía con seguridad.
—Lo pensaré.
—Pero no lo pienses demasiado tiempo —aconsejó Scott, palmeando a su amigo en la espalda.
—Algo me dice que Stephanie no estará disponible indefinidamente.
Cuando Scott salió, Mike se acercó a la ventana y contempló el tránsito que circulaba por Sunset
Boulevard. Aunque trataba de pensar en la forma de reemplazar a Jonathan Ross, Stephanie Farrell
ocupaba todos sus pensamientos.
La última vez que la vio, ella acababa de graduarse en la escuela secundaria y él estaba por
embarcarse en la carrera cinematográfica. Desde entonces habían sucedido muchas cosas,
incluyendo el hecho de que ambos se hubieran mudado a vivir a Hollywood. Pero a pesar de que
esa era una ciudad chica, en diez años nunca se habían encontrado.
La sugerencia de Scott de que fuera a ver a Stephanie para tratar de convencerla de que
interpretara el papel de Diana Long era decididamente interesante. Pero Mike ni siquiera sabía si
Stephanie lo recibiría en su casa.
¿Y si no lo recibía? ¿Si lo echaba de su casa antes de darle la oportunidad de hablar?
Involuntariamente, Mike se encogió de hombros. ¿Y qué? No sería la primera vez que alguien lo
rechazaba. Comparado con lo que estaba a punto de perder, un amor propio herido era la menor
de sus preocupaciones.
Vaciló. ¿Sería prudente remover el pasado? ¿Ir en busca de problemas? Aunque conservó su
nombre verdadero, él había pasado los últimos diez años asegurándose de que nadie supiera nada
acerca de su vida pasada. Dar un paso en falso podía significar destruir todo lo que había
construido.
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—¡Qué diablos! —Ya decidido, se acercó al escritorio y apretó un botón del intercomunicador.
—Joanna, ¿tenemos la dirección de Stephanie Farrell?
—Sí, señor Chandler —contestó la secretaria. —Vive en el veintidós de…
—Anótelo. La recogeré al salir.
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CAPÍTULO 02
Era otro día caluroso en La Playa Spa de Palm Springs. Con el cuerpo largo y delgado cubierto de
bronceador, Shana Hunter permanecía perfectamente inmóvil en una reposera verde. El rostro,
con sus facciones angulosas pero atractivas, estaba protegido por anteojos oscuros.
A sus treinta y ocho años, no era hermosa en el verdadero sentido de la palabra. Sin embargo,
había en ella algo cautivante, una sensualidad que los hombres encontraban irresistible.
Su cuerpo con pechos generosos, cintura de avispa y caderas angostas, era su mejor arma y la
cuidaba casi con fanatismo, sometiéndolo a un régimen que la mayoría de las mujeres habría
encontrado imposible de seguir.
La única desilusión era su rostro, que había heredado de su padre. Aparte de los ojos de un azul
profundo, todo lo demás le resultaba odioso: los pómulos altos, la mandíbula cuadrada y el cabello
renegrido.
Shana lanzó un suspiro y estiró los brazos por sobre la cabeza. Nada aliviaba tanto el estrés y las
presiones de la vida diaria como los cuidados que una recibía en esos santuarios para los ricos y
famosos. Pese a no ser una celebridad de Hollywood, Shana pasaba muchos fines de semana en La
Playa. Le encantaban la tranquilidad del lugar, el trato que recibía, el calor del desierto y el
completo anonimato.
También le gustaban los jóvenes que atendían todas sus necesidades con el encanto consumado
de gigolós bien entrenados.
Sin embargo, en ese momento no pensaba en sexo.
Pensaba en vengarse.
—¿Quiere beber algo más, señorita Hunter?
Shana se sacó los anteojos y estudió al muchacho que acababa de hacerle la pregunta. El
nombre que llevaba adherido al bolsillo de la inmaculada chaqueta blanca lo identificaba con
Derek.
—Sí, Derek, gracias.
Pocos instantes después el muchacho regresó con una copa y un teléfono celular.
—Acaba de recibir un llamado, señorita Hunter. Es su padre.
Sin preocuparse por agradecerle, Shana tomó el teléfono con no disimulada excitación. —Papá.
¡Por fin!
—¡Hola, princesa! ¿Cómo estás pasando tus vacaciones?
¡Mierda de vacaciones! Él sabía demasiado bien que se había refugiado allí para huir de los
fotógrafos y de los reporteros que desde hacía dos semanas la perseguían como buitres.
—Sí me llamaste para decir pavadas, te advierto que no estoy de humor para eso.
Adrián Hunter rió.
—En realidad, llamé para darte una buena noticia.
Shana se irguió, repentinamente alerta.
—¿Sobre Mike?
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—Shhh. Nada de nombres, querida —advirtió él. —¿Tienes a mano un ejemplar de la edición de
hoy de Los Ángeles Times?
—No, pero lo puedo conseguir.
—Hazlo. Y lee el artículo de la página doce. —Lanzó una risita. —Creo que te caerá bien.
Después de cortar apresuradamente, Shana se encaminó al bar donde estaban los diarios del
día. Sin molestarse en volver a su reposera, revisó el Los Ángeles Times hasta encontrar el artículo
al que se refería su padre. Lo encabezaba una fotografía del actor Jonathan Ross.
“El tres veces ganador del premio Emmy, Jonathan Ross, el sábado por la noche se desplomó en
su casa a causa de una sobredosis de alcohol. Fue trasladado en ambulancia al Centro Médico
Cedars-Sinaí y después transferido al centro de Rehabilitación de Palmdale, donde se lo someterá a
un tratamiento. La joven no identificada que lo acompañaba en el momento del colapso, no pudo
ser encontrada para entrevistarla. Tampoco fue posible entrevistar a Mike Chandler, con quien Ross
acababa de firmar contrato para protagonizar Hasta que la muerte nos separe, la miniserie que
Producciones Centurión se apresta a filmar.”
Shana bajó el diario. Esto es una perfección, pensó, no pudiendo menos que admirar a su padre.
Con Ross internado en un centro de rehabilitación, la miniserie de Mike estaba condenada al
fracaso. Y su preciosa compañía no valdría un solo centavo.
Una sonrisa que era más una mueca que una demostración de alegría, curvó sus labios muy
rojos. ¡Qué dulce placer el de la venganza!
Sentado en su Jaguar verde, Mike observó las verjas de hierro forjado que protegían de intrusos
la propiedad de Stephanie Farrell. Ahora que estaba allí, no sabía qué hacer. Si tocaba el timbre y
se anunciaba, dudaba que Stephanie lo recibiera. Si esperaba que las verjas se abrieran para dar
paso a alguien más, tal vez tendría que esperar largo rato.
Años antes habría tenido la osadía de trepar el muro que rodeaba la propiedad. Pero ahora era
un miembro respetado de la comunidad. Y los miembros respetados de la comunidad no se
dedicaban a trepar los muros de las casas de las estrellas de cine.
Mientras se debatía en la incertidumbre, por el camino pasó una camioneta con las palabras
“Tintorería Rodeo Orive” grabadas en la carrocería.
Mike jamás había sido capaz de negarse a aceptar un desafío. Oprimió el timbre del portero
eléctrico.
Casi de inmediato preguntaron desde la casa:
—¿Quién es?
—Tintorería Rodeo Drive —contestó él sin vacilar.
Instantes después las verjas se abrieron. Mike entró al volante del Jaguar, recorrió un camino
zigzagueante y no se detuvo hasta llegar a la puerta de la mansión.
Bueno, hasta allí había llegado.
Lo que sucedería de allí en adelante era una completa incógnita.
Stephanie estaba por cambiarse de ropa cuando oyó el timbre.
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—Yo atenderé —exclamó.
Abrió la pesada puerta de madera tallada. Y se le detuvo el corazón.
Parado frente a ella, sonriente y buen mozo hasta un punto inconcebible, estaba Mike Chandler.
El impacto la recorrió como una descarga eléctrica. No habló, no se movió. ¿Cómo iba a hacerlo
cuando tenía el corazón en la boca y el cuerpo paralizado por el miedo?
No se preguntó cómo habría logrado Mike trasponer las verjas, ni como averiguó donde vivía.
Por el momento, nada de eso tenía importancia.
“Lo sabe —pensó, mientras se apoyaba en la puerta para que la ayudara a sobreponerse del
pánico. —Por eso está aquí.”
Después de doce años, después de todas las precauciones que había tomado, después de los
esfuerzos que hizo por mantenerse alejada de él, el pasado por fin la alcanzaba.
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CAPÍTULO 03
Nueva jersey, mayo de 1980.
Cuando el semáforo se puso rojo, Stephanie Farrell detuvo abruptamente el Mercedes negro de
su padre.
¡Maldita seas, Tracy Buchanan!, pensó. Lo voy a pagar caro por llegar tarde y es todo por tu
culpa. Pero enseguida lamentó la acusación injusta. Las dos tenían la culpa. Tracy por haber
permanecido demasiado tiempo en Moorestone Hall y ella por quedarse sin nafta en el camino de
regreso.
—Dile a tu padre que estuvimos en el Museo de Arte de Filadelfia y que en la sala del
Renacimiento perdimos la noción de la hora —sugirió Tracy cuando Stephanie la dejó en su casa.
—Supongo que no tendrá nada en contra de la cultura, ¿verdad?
—No, siempre que pueda decirle esa mentira con tono convincente.
Stephanie seguía pensando en la excusa que daría para explicar su tardanza cuando entró en el
largo sendero rodeado de cedros que conducía a su casa. La mansión de los Farrell, una casa
colonial de tres pisos, construida por su bisabuelo, se erguía majestuosa como símbolo
permanente del poder y la fortuna de sus antepasados.
No cabía duda de que se trataba de una casa fabulosa, llena de antigüedades de un valor
incalculable, un lugar histórico que la gente señalaba al pasar. Pero para Stephanie siempre había
sido una prisión, una prisión en la que uno pagaba muy caros sus errores.
El pensamiento de que pronto abandonaría esa casa para iniciar su vida universitaria le levantó
el ánimo.
A los diecisiete años, Stephanie, que bien podía pasar por una joven de veinte, era muy
parecida a su difunta madre, Alicia Karr, la ex actriz de Broadway. Tenía sus mismos hermosos ojos
grises, la misma frondosa cabellera castaña, su misma gracia fascinante.
A diferencia de las demás chicas, Stephanie se vestía de una manera conservadora, no por
elección propia sino por exigencia de su padre. No le estaban permitidos los jeans, ni las remeras,
ni las zapatillas. Siempre debía vestir de polleras o pantalones de buen corte, en colores oscuros,
acompañados por blusas clásicas.
Aterrorizada desde muy chica por los arranques de furia de su padre, recién el otoño anterior
5tephanie se atrevió a enfrentarlo con respecto a su guardarropa.
—Ahora ya soy toda una mujer, papi. ¿Por qué no me puedo vestir como las demás?
—Porque en este condado yo debo mantener una reputación —contestó el padre. —Y no
permitiré que mi hija ande dando vueltas por ahí con aspecto de rebelde.
A Stephanie nunca se le ocurrió desafiarlo. Después de años de vivir bajo el mismo techo que su
padre, había aprendido que era más fácil hacer lo que él le ordenaba que enfrentar su enojo.
Y en ese momento, rogando no ser oída por su padre, se deslizó por el pasillo oscuro y
silencioso cuyas paredes estaban cubiertas por retratos de familia que se remontaban hasta el año
1700. Cruzó habitaciones en las que jamás se permitía que entrara el sol para que no dañaran los
muebles antiguos o destiñeran los valiosos cuadros.
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Contuvo el aliento y subió corriendo la ancha escalera, silenciosa como un gato.
Cuando todavía no había alcanzado la seguridad del tercer piso, se abrió la puerta del estudio y
la voz de trueno de su padre hizo que se detuviera en seco.
—¡Stephanie!
—¿Sí papá?
—Baja inmediatamente. Quiero hablar contigo.
Preparándose para los reproches que iba a recibir. Stephanie bajó al segundo piso.
Warren Farrell la esperaba en la puerta del estudio, con los brazos cruzados sobre el pecho. A
los sesenta y ocho años, era un hombre corpulento, con ojos parecidos a los de una lechuza,
cabello canoso muy corto y facciones germánicas.
—Buenas noches, papá.
—Llegas con veinte minutos de atraso.
—Ya sé. Lo siento. Tracy y yo…
Para su sorpresa, el padre hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia.
—No fue por eso que te llamé. —La miró, entrecerrando los ojos. —Lionel Bergman me informa
que todavía no has contestado la invitación para la fiesta con que celebran la mayoría de edad de
su hijo.
Stephanie contuvo un suspiro de exasperación. Aunque le había dicho a su padre que ella y
John no eran más que amigos, tanto él como el senador Bergman no ocultaban sus deseos de ver
unidas a través de un matrimonio a las dos familias más poderosas del condado.
—Es que ya le dije a John que no podría ir —contestó, tratando de hablar con tono indiferente.
—¿Por qué no? ¿Qué motivo te puede impedir que asistas a uno de los acontecimientos más
importantes del año?
—Tengo que estudiar mi papel para la obra de teatro. Estamos a sólo una semana del estreno.
—¡Ésa es una ridiculez! —dijo Warren con un gesto de impaciencia y regresando a su escritorio.
—Quiero que envíes enseguida una nota al senador Bergman aceptando la invitación. Douglas la
entregará personalmente.
—Pero papá…
—El tema está terminado, Stephanie. —Warren se sentó y miró el cabello despeinado de su hija
con expresión de desaprobación. —Y ahora ve a arreglarte un poco, ¿quieres? Dentro de un rato se
servirá la comida.
Stephanie lanzó un suspiro de resignación y recordó que el viernes su padre partía a pasar un
fin de semana largo en la casa de su hermano en Grosse Point. Aunque era muy riesgoso dejar de
asistir a la fiesta en lo de Bergman, ella y Tracy podían irse temprano y alcanzar la función de cine
de las diez de la noche.
Ya en su cuarto, buscó el severo vestido gris y rosado que a su padre tanto le gustaba.
Personalmente, ella lo odiaba pero lo mejor que podía hacer era ponerlo de buen humor. En
realidad, durante los tres meses siguientes, sería un ejemplo de buen comportamiento. Tres cortos
meses. Después estaría camino a la universidad y podría hacer lo que se le diera la gana.
Vassar no era lo que a ella le hubiera gustado. Habría preferido mil veces ingresar en la
universidad de Nueva York para estudiar una carrera actoral, lo mismo que lo había hecho su
madre. Pero ante la sola mención de esa posibilidad, su padre tuvo un acceso de furia.
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CHRISTIANE HEGGAN
11° de la Serie Multiautor Romantísima
—¡Actuar es para putas! —aulló. —Y una puta en la familia ya es bastante, ¿me oyes?
A Stephanie le resultaba odioso que hablara así de su madre. Una vez, cuando tenía doce años,
enfrentó a su padre en la mesa cuando él hizo un comentario parecido.
—¡Mamá no era una puta! —exclamó con voz temblorosa por la indignación. —¡Y nunca
vuelvas a decir eso de ella delante de mí!
Esa reacción fue un error que le costó muy caro.
Blanco como el papel, Warren se puso de pie, se sacó el cinturón y la azotó sin piedad.
Gracias a la intervención de Anna, la niñera que adoraba a Stephanie, ese día Warren Farrell no
llegó a matar a golpes a su hija.
Aparte de su madre, Anna fue la única mujer a quien Stephanie quiso en la vida. Y hubiera
querido que se quedara indefinidamente en la casa. Pero cuando Stephanie cumplió catorce años,
el padre anunció que Anna ya no era necesaria, puesto que su hija ingresaría pupila en un colegio.
Stephanie lloró e imploró, con la esperanza de que su padre cambiara de opinión. Le resultaba
insoportable la sola idea de separarse de Anna. Pero Warren permaneció inconmovible, afirmando
que Stephanie se estaba convirtiendo en un marimacho y que necesitaba que le enseñaran buenos
modales.
El primer impulso de Stephanie fue portarse mal, ser indisciplinada hasta el punto de que la
expulsaran del colegio. Pero Tracy, con toda sabiduría, le aconsejó que no lo hiciera.
—Te mandará a algún otro colegio. Tal vez a Suiza, donde estudian todas las chicas ricas y
tontas.
Aterrorizada ante la idea de que la separaran de su mejor amiga, Stephanie, modificó su
estrategia. Se esforzó por estudiar y ser la alumna perfecta. Durante cuatro años figuró siempre en
el cuadro de honor.
Y valió la pena, pensó Stephanie, mientras se abrochaba el último botón del vestido.
Ahora, lo único que tenía que hacer entre ese momento y el 26 de agosto era mantenerse
alejada de todo problema.
Silbando alegremente, Mike Chandler detuvo su camioneta frente a la casa del senador
Bergman. En ese momento pasó junto a él un convertible colorado, lleno de chicas alegres vestidas
de fiesta.
Mike lanzó un suspiro. Dedicarse a estacionar autos en la casa de un ricachón no era su
programa preferido para un viernes por la noche. Pero su jefe del club de campo donde él por lo
general estacionaba coches los fines de semana, lo llamó para preguntarle si quería hacerlo y
ganarse cien dólares y Mike aceptó.
Mike Chandler trabajaba desde que recordaba. No era que no le gustara divertirse, pero para él
el trabajo era un medio para obtener un fin, la única manera que conocía de conseguir lo que
quería. Al principio sus necesidades fueron las de todos los chicos de su misma edad: una bicicleta,
un guante de béisbol, y con el tiempo el dinero necesario para invitar a salir a una chica bonita.
Durante muchos años los padres de Mike creyeron que su destino sería casarse con alguna chica
del barrio y con el tiempo hacerse cargo de la cerrajería de su padre.
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Pero desde el momento en que, doce años antes, Mike entró a un cine y descubrió la magia de
la cinematografía, sólo tuvo un pensamiento: ser director de cine.
Y aunque su padre lo apoyó y lo alentó, Mike sabía que en el fondo esperaba que se le pasara el
entusiasmo.
No fue así. Con el tiempo, el sueño se convirtió en pasión. Durante su segundo año de estudios
en la Universidad de Cine de Nueva York, sus profesores, asombrados por el talento del muchacho,
lo declararon uno de los alumnos más prometedores.
Cuando Elie Amberg, uno de los principales directores de cine de Nueva York vio el corto escrito
y dirigido por Mike, de inmediato le ofreció trabajo en Amberg Pictures. Era el trabajo de un
principiante: asistente del asistente de dirección. Pero significaba dar el primer paso en una carrera
con la que Mike sonaba desde hacía muchos años.
La decisión fue una desilusión para Ralph Chandler, el padre de Mike, y por momentos el
muchacho se sentía culpable por abandonarlo. Desde la muerte de su madre, ocurrida siete años
antes, ambos dependían uno del otro.
Y en ese momento, mientras rodeaba la camioneta, Mike notó una manchita en el capó y la
limpió con la manga. Esa vieja camioneta lo había servido bien durante los últimos cuatro años. Era
lógico que la cuidara con esmero hasta septiembre, fecha en que la vendería.
Había comprado esa camioneta en cuanto terminó la escuela secundaria y enseguida la
convirtió en una manera de ganar dinero para pagar los gastos de su carrera universitaria. A la
semana la camioneta ya estaba pintada de azul y exhibía una leyenda en ambos costados: “Disfrute
de su pileta y deje su limpieza en nuestras manos. Llame al Servicio de Piletas de Mike al 555-
2728”
Eso no lo convirtió en un hombre rico, pero costeó la mitad de los gastos de sus estudios. El
resto lo obtuvo a través de un préstamo estudiantil.
Un Porsche plateado, con un adolescente al volante, entró en el camino, desparramando grava
a su paso. Mike se metió las manos en los bolsillos y corrió a hacerse cargo de su estacionamiento.
Ya estaba convencido de que esa noche sería terriblemente aburrida.
La orquesta que la señora Bergman siempre contrataba para sus fiestas estaba tocando
Copacabana cuando Stephanie llegó a la gran mansión estilo Tudor.
Por suerte, Douglas había cedido, y le permitió ir sola a la fiesta.
—¿Y si su padre se llega a enterar de que usted misma manejaba el auto? —le preguntó el
antiguo mucamo.
—¿Cómo se va a enterar cuando está a mil quinientos kilómetros de distancia? ¡Douglas, por
favor, déjeme ir por mi cuenta! Ya es bastante malo tener que ir. Pero si me presento en un auto
con chofer, seré un verdadero papelón.
Douglas cedió con un suspiro, y le recomendó que no fuera a excederse en la velocidad.
Después le entregó las llaves del auto.
En cuanto entró en lo de Bergman, Stephanie depositó su regalo sobre la consola, junto con los
demás, y contempló el living inmenso donde ya se había reunido una verdadera multitud.
Entonces repasó mentalmente su plan ridículamente sencillo.
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Alternaría alrededor de una hora entre los invitados, asegurándose de ser vista, y cuando todo
el mundo estuviera ocupado bailando y comiendo, se iría con disimulo.
—¡Stephanie, querida! ¡Qué gusto me da que hayas venido!
Con una sonrisa en los labios, Stephanie se volvió a saludar al senador

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