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Libro Paula necesita una sonrisa – Carmen F. Etreros

Libro Paula necesita una sonrisa – Carmen F. Etreros

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PDF Descargar Jueves por la mañana y me he
levantado como si estuviese en una
nube. Por primera vez en muchos años
me siento joven, una treintañera loca y
sin cabeza. ¿Qué me había ocurrido la
noche anterior?
A mi alrededor la ropa usada tirada
por el suelo, mi sujetador negro
colgando de la lámpara de la mesilla,
los cojines lanzados encima del sofá…
Estaba claro que la pasada noche había
perdido la cabeza. Algo que no hacía
desde hace muchos, muchos años.
Si cerraba los ojos solo veía los
ojos azules de Jonás mirándome
fijamente mientras me susurraba después
de tomarnos dos botellas de chianti:
¿Nos vamos un rato a tu casa?
Y luego todo fue como la seda.
Como nunca me había ocurrido. Sin una
palabra de más ni de menos. Él, yo y
toda la noche por delante.
Miré por la ventana encantada, la
ciudad de Madrid estaba amaneciendo y
la luz se asomaba poco a poco por los
edificios grises. La Gran Vía elegante y
victoriosa desplegaba sus calles. Luego
me revolví dos veces en la cama y me
puse la almohada en la cabeza, como
solía a hacer cuando era adolescente y
no quería que se me olvidase lo que
había pasado el día anterior.
Al volverme la segunda vez de
repente mis ojos se cruzaron con la foto
de mi mesilla: mis trillizos llenos de
mugre y churretes me hacían la v de
victoria en una foto que nos habíamos
hecho el pasado verano en Faunia.
Estaban verdaderamente sucios pero
muy felices. La foto se le había hecho
después de encontrarlos y volver
durante media hora loca del todo al
creer que los había perdido por ese
complejo lugar lleno de alimañas. Ya
les veía atacados por un mono o caídos

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en un foso rodeados de zarigüeyas.
Detrás se podía ver claramente la cara y
el bigote del enfadado vigilante de
seguridad (y también bastante atractivo
todo sea dicho) que no dejaba de
quitarles todavía el ojo de encima.
“Señora a ver si tiene un poco de
cuidado que son de lo peorcito que ha
venido por aquí y mira que veo a diario
niños”, me dijo al despedirnos muy
enfadado mientras los niños le tiraban
de los pantalones.
Criaturas del demonio -sonreí
acordándome de la aventura. Estaba
pensando en ellos, en lo que estarían
haciendo ahora mismo con su padre.
Seguro que le estaban volviendo loco
antes de irse al colegio. Volví a sonreír
pero al ver la ropa tirada por el suelo,
me asusté. ¡Dios mío me había acostado
con Jonás! Mi mejor amigo de la
Facultad, mi amor platónico, el hombre
con el que siempre había deseado
casarme, irme a vivir a una choza de
Tailandia, tener hijos… Sí mi Jonás del
alma. Pero ahora en 2015 también el
político, el candidato del partido con el
que se enfrentaba Gabriel, mi exmarido.
Pero, ¿cómo podía haber sido tan
inconsciente y tan boba?
Por un momento entré en un estado
de pánico. No sabía si nos habrían
seguido, si alguien nos había visto en el
restaurante. Y ¿si tenían fotos? ¿O peor
un vídeo? Podría ser horrible. Gabriel
mi exmarido no me volvería a hablar en
la vida. Aunque la verdad eso podría ser
una ventaja. Ya me había asustado
bastante el otro día cuando al dejarme a
los niños en el portal, me dijo que
tuviese cuidado, que podíamos tener
pinchados los teléfonos, que nos podían
estar siguiendo a los niños y a mí. Por
un momento pensé que ya se había
vuelto totalmente loco y que si nos
seguían seguro que sus hijos le ponían
en algún aprieto. Yo intenté aparentar
normalidad y le dije muy tranquila que
menuda tontería pinchar el teléfono de
una madre que va a buscar a sus hijos al
cole.
– ¡Por Dios, eres un paranoico
Gabriel! -le solté riéndome en su
cara y me fui seguida por mis
retoños que se partían de risa.
Un mar de remordimientos se
agolparon en mi cabeza y junto con el
dolor punzante en la sien izquierda que
me producía el chianti, me quedé por
unos instantes en trance. Pero a los dos
minutos me repuse y me di cuenta de que
estaba feliz, muy feliz. A él no le había
importado ni mis diez kilos de más
desde que nos conocimos (o puede que
sean doce), ni mi serpenteante cicatriz
de la cesárea, ni mi tripilla de madre de
trillizos…
Estaba claro que fue él el que
propició la cita y que yo no había
movido en estos veinte años ni un dedo
por verle. Seguro que me había visto en
algún sitio no sé en la tele, en alguno de
mis recientes reportajes. Fue él que me
escribió ese whatsapp después de veinte
años de no saber el uno del otro. A mí

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nunca se me habría ocurrido.
Aunque también tengo que reconocer
que después de recibir su mensaje me
puse rápidamente a buscar en google
toda la información disponible sobre sus
últimos diez años: fotografías, parejas,
rumores, novias… ¿Cómo no lo iba a
hacer después de recibir este mensaje?:
“Hola soy Jonás no sé si te acordarás de
mí. Tu compañero de la facultad. Me
gustaría quedar contigo esta noche en el
italiano de Francisco Silvela. Prometo
no hablar de Gabriel” (Jonás 18:00 pm).
Al principio pensé que era una
broma de mis compañeras de clase de la
facultad que desde sabían que Jonás se
presentaba a las elecciones me
machacaban desde hacía unos meses por
el whatsapp con fotos, vídeos, cotilleos
y bromas: “¿Os habéis fijado lo guapo
que se ha puesto esta mañana Jonás para
ir a la entrevista en la Primera?
Chaqueta azul ultramar, corbata a juego,
camisa blanca… Igualito, igualito que
Richard Gere pretty womans” (Luisa
9:45 am).
Todas hablaban de él: por teléfono
cuando me llamaban, en el whatsapp
cuando tenían que cotillear, en correos
electrónicos graciosillos…
“Chicas me he enterado de que
nuestro Richard Gere se ha separado.
Parece ser que su mujer no ha aguantado
la presión de los focos… Luego os
mando unas fotos que me ha mandado
una amiga que le ha visto en el gimnasio.
Menudo cañón” (Concha, 18:45 pm).
Separado, padre de una niña rubia
con trenzas monísima, igualito que
Richard Gere, todas mis amigas
llevaban años como locas detrás de él
desde hace años y se presentaban por
sorpresa en sus conferencias,
presentaciones de libros o mítines.
Y ahora yo la madre desquiciada de
los trillizos más famosos del colegio,
Mario, Julio e Isabel, la que les llevaba
siempre tarde a clase y más de un día se
había olvidado de recogerlos, la que
nunca podía ir a la peluquería, la que
tenía que esconder una cicatriz de
cesárea serpenteante todos los veranos
en la piscina y en la playa y había
ganado más de diez kilos en los últimos
años era la afortunada contra todo
pronóstico había pasado una noche de
pasión salvaje con Jonás.
Plink, plink
En ese momento sonó mi teléfono
para anunciarme la llegada de un nuevo
whatsapp:
Jonás, 8: 21 am
“Ha sido estupendo de verdad. A
ver si lo repetimos. Eso sí
confidencialidad por favor. ;)”
Confidencialidad claro. No se lo
diría a nadie por supuesto. A ninguna de
mis compañeras de la Universidad, a
ninguna de mi amigas, a ninguna de mis
compañeras de la televisión… Estaba
claro. Pero iba a estar un poco difícil no
contárselo al club de las madres
separadas…
Volví a dar dos vueltas en la cama y
pensé en sus ojos claros, sus hombros
firmes, su sonrisa, su mirada cuando me
separó un mechón de pelo de la cara
para besarme…
En la radio el grupo Atacados: “La
pegatina de mi felicidad es tu sonrisa
pegada. Pegada a tu forma de andar. Por
eso yoooo, quiero estar contigo, oooh.
Yo quiero estar contigo, Oohh, yo quiero
estar contigo… “.
Feliz era la palabra. Más feliz que
en toda mi vida.
Plink, plink —volvió a sonar el
móvil.
Gabriel 8:11 am.
Tus hijos como siempre un desastre.
Mario se ha olvidado la flauta y no ha
podido practicar, dice que le van a
suspender. A mí ya me da igual. Julio se
ha tirado el colacao por encima cuando
íbamos a salir, como no teníamos más
polos Raquel le ha puesto una camiseta
suya blanca del padel. Isabel le ha
quitado el pintalabios a Raquel y quería
ir al cole pintada como una puerta
porque dice que está enamorada de un
tal Jorge. Por Dios con ocho años…
Espero que hayas descansado. Esta tarde
te toca recogerles. Raquel quiere
conocerte. Te llamará.
¡¡Que castigo Dios mío!! Otro día
me habría puesto histérica, hubiese
lanzado la almohada y alguna figurita
inútil contra la pared, me hubiese
enfadado con Gabriel, con su nueva y
estúpida novia Raquel y contra el mundo
en general pero hoy no, hoy solo podía
pensar en Jonás. En ese “a ver si lo
repetimos” y en esos ojos azules
mirándome desde la otra almohada. Y
por supuesto en contárselo a mi amiga
Virginia nada más llegase al cole esta
tarde.
“Quiero estar contigo, oooh. Yo
quiero estar contigo, Oohh, yo quiero
estar contigo… “, seguí cantando
mientras me vestía.
Silbando al trabajar
Salí como siempre escopetada de
casa. Había tenido que entrar otra vez
para buscar el dossier del reportaje del
martes que se me olvidaba y para entrar
tuve que rebuscar en mi atestado bolso
las llaves del portal durante dos
minutos. Como siempre mi vecino
Víctor estaba en el rellano del portal y
me saludó muy efusivo:
– Buenos días Paula. ¿Qué tal va
todo? A ver si un día quedamos para
cenar.
– Muy bien Víctor. Estos días estoy
muy liada. Lo siento. A ver si algún día
de la semana que viene podemos los dos
y quedamos —le contesté por quedar
bien—.
Y salí corriendo escaleras arriba
mientras él me seguía hablando todo el
rato como si le hubiesen dado cuerda.
Abrí mi puerta, cogí el dossier, salí de
casa y volví a bajar las escaleras
acompañada por Víctor que me contaba
todos los cotilleos de la comunidad.
– Víctor lo siento pero llego tarde a
trabajar y mi jefe es un ogro. Si quieres
un día pasa por casa y tomamos un café
—le solté lanzándole un beso en la
puerta del portal para que no se
enfadase para que me dejase salir de
cada lo antes posible.
Me caía bien Víctor, era mi vecino
puerta a puerta, estaba también separado
y me hacía favores como quedarse con
los niños cuando no tenía más remedio
que ir a algún recado y no tenía con
quien dejarles. Los niños le adoraban y
en los últimos meses se pasaba más
tiempo en mi casa que en la suya.
– No te preocupes Paula. Que pases
un buen día —me contestó como
siempre con una gran sonrisa y luego me
lanzó un beso.
Al final logré salir del portal
pensando que Víctor era lo mejor que
me había ocurrido en mucho tiempo y
que tenía mucha suerte por haberme
encontrado con él. Tenía que cuidar esa
amistad porque era muy buena persona y
me ayudaba muchísimo todos los días.
Crucé la calle y como siempre saludé al
vagabundo rumano que pide en la
entrada del metro con su albornoz tan
sucio que en vez de blanco parece
marrón claro.
-Hola princesa rusa. Hoy sonrisa en
cara. Todos necesitamos sonrisa.
Había leído que en realidad era un
millonario excéntrico que había
abandonado a su familia porque no los
soportaba. De vez en cuando su hermano
gemelo le encontraba y le hacía volver a
casa. Pero vamos era un bulo, una
leyenda urbana madrileña.
Le sonreí. Era el primero que se
había dado cuenta de que había pasado
algo en mi vida y de que estaba feliz.
Me puse los cascos y comencé a
escuchar música:
“Regálame tu risa. Enséñame a
soñar. Con solo una caricia me pierdo
en este mar”.
Pablo Alborán, la música, el metro
atestado de gente, cierto olor a sobaco
mezclado con colonia de imitación, y yo
era de nuevo feliz, muy feliz después de
la temporada más gris de toda mi vida.
Al salir por la boca de metro me
volvió a sonar el teléfono. Supliqué para
que no fuese del colegio por Dios. Solo
llevaban media hora dentro. No era
posible que ya hubiesen liado alguna.
– Hola Paula. No me conoces.
Soy Raquel la novia de Gabriel.
Supongo que ya te habrá hablado
de mí.
No era posible que mi día de
“Máxima felicidad” esta petarda me
llamase para hablar conmigo. No era
justo de verdad. Gabriel llevaba en
estos años cinco novias y yo era el
primer día que había salido con alguien
masculino. Tendría que despacharla
rapidito para que no me destrozase el
día.
– Ah, hola Raquel. Los niños
me han hablado de ti. Me pillas
algo mal. Voy corriendo al trabajo
y ahora no me viene muy bien la
verdad hablar.
– Sí, sí, claro no te preocupes.
Me gustaría hablar contigo cara a
cara por supuesto. Ya sabes que
Gabriel está en la recta final para
las elecciones y necesita nuestro
apoyo y tenemos que coordinarnos.
¿Qué tal si quedamos a las 16.30
antes de que recojas a los niños en
la cafetería de enfrente del
colegio?
Me quedé callada. La verdad es que
no me gustaba nada conocer los nuevos
rollos de mi ex ni iba a mover un dedo
para ayudarle ni en su campaña electoral
ni en nada, pero también estaba claro
que mis hijos tenían que soportarla
cuando vivían con él y tenía que
descubrir si era alguien normal o una
loca paranoica que les iba a hacer la
vida imposible. Aunque conociendo a
mis trillizos lo más seguro es que fuese
al revés. Y viendo lo tonta que parecía
mis trillizos se la van a merendar en dos
meses.
– Mira es que esta tarde no sé
si tendré tiempo… Voy siempre
muy justa a recogerles… Ya sabes

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como todas las madres…
– Es imprescindible Paula.
Tengo que hablarte de la boda…
La boda, ¿qué boda? ¿Se iba a casar
este cretino y no había sido lo suficiente
valiente para contármelo antes que ella?
De verdad que la cobardía de este
hombre no tenía límites. No sé cómo
alguien pensaba que podía dirigir un
país…
– Bueno pues entonces nos
vemos a las 16.30 horas…
– ¡Qué bien Paula! Creo que
vamos a ser grandes amigas… Me
lo dicen los astros…
– Vale, vale. Luego te veo.
La colgué sin más miramientos. Otra
tarada. No me lo podía creer y encima
me decía que se iban a casar… Pero, ¿se
había vuelto loco Gabriel? No había
tenido ya suficiente con las cuatro
anteriores locas. Porque por lo que me
contaban los niños llevaba con esta tal
Raquel desde antes del verano con él.
Los niños la conocieron cuando se
encontraron por sorpresa que iban a
pasar juntos en un resort de lujo en
Marbella la segunda quincena de julio
en la que le tocaban los niños.
– No sé —me contó Mario
muy categórico tocándose la cabeza
— no parece como las demás. Ésta
parece que tiene la cabeza más
amueblada. Es mucho mejor que la
modelo esa que nos encontrábamos
en ropa interior en cualquier sitio.
Raquel es broker mamá. Se pasa
todo el día comprando y vendiendo
acciones por teléfono. Eso sí a
veces se pone muy desesperada
cuando pierde dinero o algo así y
muerde los lápices y los marcos de
las puertas.
Ese fue el primer dato que me llegó
de la nueva novia de su padre en la
primera quincena de agosto. Isabel por
supuesto no fue tan benevolente.
– El pelo mamá es teñido pero
no de rubio sino de negro azabache.
¿Te puedes creer que alguien se

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puede teñir el pelo de negro siendo
rubia natural? Se le clarea el rubio
si te fijas un poco. En la playa
mamá, un horror – me contó
ofendida y luego me soltó un beso
la muy pelota.
Yo sabía que nunca le gustaba
ninguna de las novias de su padre pero
en este caso no podía haber entrado con
peor pie: el pelo. Si a Isabel no le
gustaba el pelo de alguien estaba
perdido.
Julio dio la opinión definitiva: “una
plasta mamá. Solo habla por teléfono y
no le gusta el fútbol ni la música”.
Siempre acertaba. Un desastre para
todo pero siempre acertaba. Después de
estos comentarios y de pasar quince días
intentando que no la liaran parda en la
urbanización en la que había alquilado
el apartamento, me olvidé totalmente de
la nueva novia. Después del verano
seguro que pasaba a la historia como las
últimas cuatro novias de mi ex: La sin
cejas, la loro, la torpe y la “eso no se
hace chicos”. Siempre era lo mismo al
principio a Gabriel le parecían
maravillosas pero luego tras unos días
conviviendo con los trillizos se acababa
el amor porque empezaban a poner
pegas a los niños y lo peor intentaban
“cambiarlos”.
Y es que mis trillizos eran lo mejor
de vida pero había que reconocer que
eran tremendos cuando actuaban como
un equipo. Podían ser terribles.
Cuando nacieron yo estaba
destrozada: cesárea, trillizos, veinte
kilos de peso de más… Cuando bajé a
neonatología a verles y les vi tan
pequeños en sus incubadoras no podía
parar de pensar lo diferentes que eran.
Los tres tan pequeños y tan diferentes.
Subimos a la habitación y empezamos a
negociar los nombres. En sus pulseras
habían puesto trillizo 1, trillizo

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