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Libro PDF Bailando con lobos BLAKE Michael

Bailando con lobos BLAKE Michael

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piso del carro. A veces, permanecía allí
durante horas. Otras veces, saltaba
sobre la alta hierba, desataba a «Cisco»
y exploraba el terreno, adelantándose
uno o dos kilómetros. Ahora, se volvió a
mirar a «Cisco», que avanzaba con
lentitud tras el carro, con el hocico
enterrado en el saco de forraje y la piel
brillándole bajo el sol. Dunbar sonrió
mientras contemplaba a su caballo y, por
un momento, deseó que los caballos
pudieran vivir tanto tiempo como los
hombres. Con un poco de suerte,
«Cisco» estaría con él durante diez o
doce años más. Luego le seguirían otros
caballos, pero este animal era de los que
sólo se presentan una vez en la vida.
Una vez que hubiera desaparecido, no
habría forma de sustituirlo.
Mientras el teniente Dunbar lo
observaba, el animal levantó los ojos de
color ámbar sobre el borde del saco de
forraje, como si quisiera comprobar
dónde estaba el teniente. Luego,
satisfecho con lo que había visto,
continuó mordisqueando su grano.
Dunbar se acomodó en el asiento y
deslizó una mano en el interior de la
guerrera, sacando un papel doblado. Se
sentía preocupado por esta hoja de
papel del ejército, porque en ella
estaban escritas sus órdenes. Sus ojos
oscuros y sin pupilas habían recorrido el
contenido del documento en media
docena de ocasiones desde que
abandonara Fort Hays, pero eso no
había logrado que se sintiera mejor.
Su nombre estaba escrito de forma
equivocada en dos ocasiones. El mayor
de aliento alcohólico que lo había
firmado había pasado descuidadamente
una manga sobre la tinta, antes de que
ésta se secara, y la firma oficial
aparecía emborronada. La orden no
tenía fecha, de modo que el teniente
Dunbar la escribió una vez que
emprendieron el camino. Pero lo hizo
con un lápiz, que contrastaba con los
garabatos de la pluma del mayor y con
las letras de imprenta del formulario.
El teniente Dunbar suspiró ahora, a
la vista del documento oficial. Aquello
no parecía ninguna orden del ejército.
Más bien parecía basura.
Ahora, mientras la miraba, pensó en
cómo se había producido, y eso aún le
hizo sentirse más preocupado. Todo
había ocurrido durante aquella extraña
entrevista con el mayor de aliento
alcohólico.
En su avidez para que se le asignara
una misión, en cuanto descendió del
tren, en el apeadero, se dirigió
directamente al cuartel general. El
mayor fue la primera y única persona
con la que habló entre el momento de su
llegada y el de su partida, aquella misma
tarde, cuando subió al pescante del
carro para sentarse junto al maloliente
Timmons.
Los ojos inyectados en sangre del
mayor le habían sostenido la mirada
durante largo rato. Cuando finalmente
habló, su voz sonó francamente
sarcástica.
—Conque un luchador contra los
indios, ¿eh?
El teniente Dunbar nunca había visto
a un indio, y mucho menos había luchado
con ninguno.
—Bueno, no en este momento, señor.
Pero supongo que podría suceder y en
ese caso puedo luchar.
—Conque un luchador, ¿eh?
El teniente Dunbar prefirió no decir
nada. Se quedaron mirando en silencio
durante lo que pareció un largo rato
antes de que el mayor se pusiera a
escribir. Lo hizo furiosamente,
ignorando el sudor que le resbalaba por
las sienes. Dunbar observó otras gotas
aceitosas que empezaban a formarse en
la parte superior de su cabeza casi
calva. Los jirones grasientos del escaso
cabello que le quedaba al mayor
aparecían pegados sobre la calva. Era
un estilo que al teniente Dunbar le hizo
pensar en algo insalubre.
El mayor sólo interrumpió una vez
su escritura. Tosió, arrancó una flema y
escupió hacia la escupidera de feo
aspecto situada en el suelo, junto a un
costado de la mesa. En ese momento, el
teniente Dunbar deseó que la entrevista
ya hubiera terminado. Todo lo que
rodeaba a este hombre le producía una
sensación de náusea.
El teniente Dunbar se habría
preocupado aún más de haber sabido
que, durante algún tiempo, la cordura de
este mayor había estado pendiente de un
delgado hilo, y que ese hilo había
terminado por romperse apenas diez
minutos antes de que el teniente Dunbar
entrara en el despacho. El mayor había
permanecido tranquilamente sentado
ante su mesa, con las manos entrelazadas
delante de él, y en esos breves instantes
se había olvidado de toda su vida.
Había sido una vida impotente,
alimentada por las miserables limosnas
que reciben aquellos que sirven
obedientemente, pero que no dejan
huella. Pero de pronto, como por arte de
magia, se desvanecieron todos los años
de indiferencia, de soledad, de lucha
con la botella. La amarga rutina de la
existencia del mayor Fambrough había
sido sustituida por un acontecimiento
inminente y maravilloso. Sería coronado
rey de Fort Hays en algún momento
antes de la cena.
El mayor terminó de escribir y le
tendió la hoja de papel.
—Le destino a Fort Sedgewick; se
presentará directamente al capitán
Cargill.
El teniente Dunbar miró el
documento garabateado.
—Sí, señor. ¿Cómo llegaré allí,
señor?
—¿Acaso cree usted que no lo sé?
—replicó el mayor mirándolo con
intensidad.
—No, señor, en modo alguno. Lo
que sucede es que soy yo el que no lo
sabe. El mayor se reclinó en el asiento,
descendió las dos manos sobre las
perneras del pantalón y sonrió con
presunción.
—Me siento generoso y le voy a
hacer un favor. Dentro de poco saldrá un
carro lleno de vituallas. Encuentre a un
campesino que se hace llamar Timmons
y vaya con él. —Se detuvo y señaló la
hoja de papel que el teniente Dunbar
sostenía en la mano—. Mi sello le
garantiza un salvoconducto para
atravesar doscientos kilómetros de
territorio pagano.
Desde el principio de su carrera, el
teniente Dunbar había aprendido a no
cuestionar las excentricidades de sus
oficiales superiores. Así que saludó con
viveza y dijo:
—Sí, señor.
Luego, giró sobre sus talones.
Localizó a Timmons y después regresó
apresuradamente al tren para recoger a
«Cisco». Media hora más tarde salía de
Fort Hays.
Ahora, mientras contemplaba las
órdenes, después de haber recorrido
ciento cincuenta kilómetros, se dijo que
todo terminaría por salir bien.
Notó que el carro ralentizaba su
marcha. Timmons estaba observando
algo que fue apareciendo entre la hierba
a medida que se acercaban, hasta que se
detuvieron.
—Mire ahí.
A menos de veinte pasos de
distancia del carro había una mancha de
blanco tendida sobre la hierba. Los dos
hombres saltaron al suelo para
investigar.
Era un esqueleto humano, con los
huesos totalmente blancos y la calavera
mirando al cielo.
El teniente Dunbar se arrodilló junto
a los huesos. La hierba crecía a través
del costillar. Y un montón de flechas
surgía como si estuvieran clavadas en un
cojín. Dunbar extrajo una de la tierra y
la hizo girar entre sus manos. Mientras
pasaba uno de los dedos por la flecha,
Timmons dijo por encima de su hombro:
—Allá en el este habrá alguien
preguntándose por qué no escribe.
Aquella noche llovió a cántaros.
Pero lo hizo por oleadas, como suele
suceder con las tormentas de verano,
que de algún modo no parecen tan
húmedas como en otras épocas del año,
y los dos viajeros durmieron
acurrucados bajo el carro cubierto por

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