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Libro PDF Brillo de luna – Kristel Ralston

 Brillo de luna - Kristel Ralston

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Ashley—. Me encanta contemplarte, en especial cuando dejas tu fabuloso cabello rojo a su
aire… —Pasó sus manos por las suaves hebras que se habían salido del tocado—. Quizá podamos hacer un pequeño anticipo antes de irnos. ¿Qué te parece, cariño?
Ashley rio. Enlazó las manos detrás de la nuca de Caine.
—Mmm… —murmuró antes de pegar los labios a los de su esposo, perdiéndose en los movimientos de aquella lengua experta que la empezó a recorrer,
mientras las manos fuertes le acariciaban la espalda.
La corriente que entre ellos se creaba era de alto voltaje. Con solo mirarse, el otro sabía exactamente qué dar y qué pedir… sin límites.
—Si empiezas a tocarme de esta manera…
—¿Cómo? —preguntó sonriendo, mientras frotaba su mano contra el sexo de Caine, y este le devolvía el favor apretando sus nalgas con ambas manos,
pegándola contra sí.
—Me casé con una mujercita provocadora y muy guapa. —Le tomó el rostro entre las manos y el beso dejó de ser sensual. Se volvió voraz. Se enzarzaron en
una deliciosa batalla que ninguno de los dos quería perder. El anhelo mutuo era siempre la satisfacción del otro. Las manos de Caine volaron hacia los pechos de Ashley,
y sus dedos apretaron los pezones sobre la tela suave del vestido. Enseguida los sintió duros contra sus caricias—. Te deseo —dijo con voz ronca. Empezó a
desabrocharle el vestido—. Odio tener que trabajar tanto…
—Y yo… —susurró moviendo las caderas contra él. Recorrió con sus uñas la espalda que tanto le fascinaba. Su esposo hacía ejercicios todos los días con el
entrenador personal. Y cuando ella bajaba a entrenarse también, antes de ir a la oficina inmobiliaria donde ahora era gerente de ventas, al terminar los ejercicios acababan
en una sesión de sexo alucinante en la ducha—. Caine, tenemos que irnos —murmuró, cuando logró alejarse con la respiración agitada— o llegaremos al final de la cena y
no creo que Joshua se sienta muy halagado.
—No me importa —dijo riéndose cuando ella le dio un cachete en el trasero de modo juguetón. Luego suspiró y se apartó con renuencia—. Lo sé, lo sé,
tenemos que ir, Ash —la llamó con el apelativo cariñoso—, es que no quiero compartirte.
—Tenemos toda la noche para recuperar estos diez días sin vernos —dijo tomando su clutch de la cómoda de teca importada.
Él sonrió.
—Feliz aniversario, Ash.
—Feliz aniversario, mi amor. —Caine le dio un beso lleno de promesas pecaminosas para esa noche—. ¿Nos vamos? —preguntó con voz temblorosa. Era el
efecto que él causaba en su cuerpo. Menos mal sabía que era mutuo.
Caine asintió, la tomó de la cintura y salieron de la casa.
La cena se celebraba en la casa de Joshua Terrence, uno de los mejores amigos de Caine. Los invitados eran alrededor de quince parejas.
Debido a la naturaleza del trabajo de Caine solían estar en pasarelas de moda, cocteles, cenas de gala y toda la parafernalia que Ashley detestaba. Sin embargo,
la toleraba porque entendía que era parte del trabajo de su esposo. No podía dejar de apoyarlo, así que estaba sumergida en una vida social incesante.
—¡Dos años de soportar a este bobo! —dijo Joshua con su resplandeciente sonrisa a Ashley y Caine.
Ella se echó a reír y asió del brazo a su esposo con cariño, mirando al anfitrión. Joshua era dueño de ArtDual, una empresa dedicada a la venta de materiales
para organización de eventos multitudinarios. La empresa era un monstruo corporativo con sucursales en las principales ciudades australianas. Ligeramente más bajo
que Caine, Joshua poseía una personalidad que brindaba seguridad y confianza, además era gracioso y encantador.
—Gracias por esta bonita velada, ¿dónde está tu famosa novia? —preguntó Ashley. El amigo de su esposo era un mujeriego incorregible.
Caine se aclaró la garganta de modo jocoso.
—Cariño, vas a tener que esperar que se congele el infierno para que este granuja siente cabeza.
—Me ofendes. Si mal no recuerdo, el Don Juan de Sídney eras tú —replicó Joshua tomando de su copa un Merlot. —Caine sonrió. Su amigo no decía más que
la verdad. Durante muchos años las mujeres que pasaban por su cama era muescas en su cinturón. A ninguna tomaba en serio. Básicamente porque todas, luego de
compartir una sesión de sexo, lo dejaban indiferente. Pero cuando conoció a Ashley, desde el primer instante en que la vio, supo que con ella todo sería distinto.
Después del primer beso, él entendió que no la podía dejar escapar. La presencia de Ashley lo llevó a replantearse su vida sentimental. Se casó con ella, aunque le costó
trabajo ganarse su confianza, pues con la fama de Don Juan, Ashley quiso estar segura de que era la única para él. Y se lo demostró con creces—. ¿Qué tal han ido las
cosas en Bhuran?
—No puedo darte detalles, ya lo sabes, pero sí te puedo decir que nos quedan reuniones adicionales con los abogados.
Joshua no era tonto. Si ya estaban los abogados, entonces el trato iba viento en popa. Él y Caine eran amigos desde la infancia. Sus padres eran amigos, así que
crecieron en un entorno de bastante familiaridad. Sin embargo, respetaban la confidencialidad del otro en sus negocios. Habían sido unos diablos con las mujeres, y
aunque Joshua ya no tenía en Caine su compinche de juergas, sí que se alegraba de que su amigo hubiese encontrado a Ashley. La chica era realmente única.
—¡Eso maravilloso, cariño! —dijo Ashley.
Caine la estrechó de la cintura acariciándola con los dedos sobre la suave tela del vestido.
—Ya no pasaré tanto tiempo fuera de casa. —Le dio un beso rápido, pero firme.
Joshua se rio consciente de que Caine no era dado a demostrar afecto, peor en público. Era más que obvio que estaba tontamente enamorado de su mujer.
—¡Tiempo de tener niños! ¿Eh, pareja? —comentó Joshua con una sonrisa, ajeno a la tensión que se operó en Ashley y de la que Caine fue consciente al
tenerla tan apegada a su cuerpo—. Este muchacho siempre ha querido una familia grande, ¿cierto? —palmeó el hombro de su amigo.
—Por supuesto —repuso Caine—. Estamos en ello, así que prepárate que vas a ser uno de los padrinos de nuestro primer hijo.
—Ya veremos sobre la maternidad —se apresuró a agregar Ashley, mirando a su esposo, mientras Joshua, ajeno a ellos, entregaba la copa vacía a una de las
camareras. Luego agregó observando a su anfitrión—: Seguro que en el momento que ocurra, Joshua, serás nuestra elección segura para ser padrino.
—Vaya, qué honor. Pues entonces ya quiero conocer a mi ahijado, pronto —dijo con una risa—. Tendrán que trabajar duro —agregó con picardía. Caine no le
permitía ese tipo de comentarios a nadie, pero Joshua era casi como su hermano. Ashley puso los ojos en blanco—. Por cierto, contraté a la mejor banda de Sídney. No
suelen dar conciertos privados, pero como son clientes míos y prometí hacerles un descuento —sonrió—, ¡los Gangster Aussies están aquí! —exclamó antes de alejarse
para ir a reunirse con Esmee, su amante de turno. Las demás parejas empezaron a avanzar hacia el patio para ir a la pista al tiempo que sonaba la música.
El resto de la velada, los Valliard bailaron, comieron y contaron anécdotas que hicieron reír a sus amigos. Algunos de los invitados eran socios de Casa Valliard,
la empresa de moda que poseía Caine, y otros trabajaban con Ashley en Pastridge Agency, la empresa inmobiliaria.
Entre los invitados estaba Mitch Williams, el socio de Caine, con su esposa, Miranda. La única que no había asistido a la velada era Darlene Morrison y su
esposo Mark, que se habían excusado por un compromiso adquirido previamente.
Casi a la una de la madrugada, Caine y Ashley se despidieron. El resto de invitados poco a poco también se fue retirando.
El trayecto en el automóvil fue ligeramente incómodo. Ambos sabían el motivo. Pero no quisieron comentarlo y dejaron que la música de la radio llenara el
silencio. Una vez en casa, Ashley subió a la habitación y empezó a desvestirse.
Caine no tardó en reunirse con su esposa. La observó mientras ella dejaba a un lado los zapatos y empezaba deslizar el zipper lateral del vestido hacia abajo.
Se le secó la boca; su esposa era una preciosidad. Ashley llevaba un sujetador de randas negras sin tiras que realzaba sus pechos perfectos; unos pechos que él había
saboreado infinidad de veces, y de cuya dulzura no se cansaba nunca.
En lugar de una braga, llevaba un tanga a tono con el sujetador. Estaba enfadada y no reparaba en su mirada voraz, notó Caine. «Vaya si la conozco», pensó
tratando de contener las ganas de tomarla en brazos y tumbarse con ella en la cama.
—Ashley, ¿cuál es el problema? —preguntó sin dilación, aunque ya sabía la respuesta.
Ella lo fulminó con la mirada y se quitó las horquillas del cabello. Había hecho todo el uso de su fuerza de voluntad para no discutir en la cena.
—Lo sabes bien.
Caine se quitó la chaqueta del traje, luego los gemelos y se desanudó la corbata. Recogió las mangas hasta los codos y deshizo dos botones de la camisa azul
marino. Ella fingió no reparar en el modo en que se tensaban los músculos de sus brazos en medio del proceso. Era muy apuesto.
—Ilústrame. No quisiera asumir —replicó con calma.
Ella achicó los ojos. Tomó una bata de seda y se cubrió con ella. Anudó el lazo sobre la cintura con fuerza.
—¡Yo no soy una máquina de reproducción! —exclamó—. No me siento lista para ser madre, Caine, punto. ¿Por qué tenías que decirle que estamos en plan
de ello a Joshua?
—Me parece que estás haciendo una tormenta en un vaso de agua, cariño —repuso con la misma calma con la que avanzó hasta ella y le puso las manos en los
hombros. Se los acarició con pausa, pero Ashley se echó hacia atrás, y él no hizo ningún intento de volver a tocarla—. No creo que haya cometido ningún pecado al
confirmarle algo a nuestro amigo.
—Pero…
—Ashley, primero que todo, haznos un favor —interrumpió con suavidad—. No me insultes sugiriendo que soy machista o inhumano, pensando en ti como
en una fuente de reproducción. Te lo dije desde que éramos novios. Quiero tener hijos contigo, porque te amo y porque quiero tener una extensión de los dos. Una
consecuencia natural de un matrimonio sólido y que se quiere —explicó tratando de controlarse.
Ella lo miró.
—Bueno, pues, te toca esperar entonces —dijo con beligerancia—. Tienes treinta y siete años, y yo acabo de cumplir veintinueve. Toda una vida por delante
para tomarnos esto con calma.
—Ashley… Para mí es importante tener una familia. Quiero criar y disfrutar a mis hijos ahora que estoy joven, y quiero que tú también lo puedas hacer. Han
pasado dos años desde que nos casamos. Anhelo compartir contigo esa etapa… Sabes que soy hijo único, y aunque los granujas de mis amigos son como mis hermanos,
no es lo mismo, lo sabes bien —dijo. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón a medida.
—Ya somos una familia… los dos.
—¡Sabes que no es a eso a lo que me refiero! —exclamó. Se contuvo de decir algo que luego podría lamentar. Cerró los ojos un segundo, como si aquello
pudiera infundirle calma para continuar. No sabía en qué momento su afable y flexible esposa se había vuelto tan tirana—. ¿Cuánto tiempo más me vas a hacer
esperar…? —preguntó sin ningún atisbo de enfado. Más bien sonaba resignado.
Ashley tragó en seco. ¿Cómo se lo decía? ¿Cómo le hablaba de Tim sin quebrarse y ganarse el repudio de Caine, al igual que había ocurrido con sus propios
padres? El enfado era más manejable a la incertidumbre.
—Yo… no lo sé —se encogió de hombros—, no es como si fuera parte de un plan de negocios. Ahora estás relajado, entonces sí, tengamos hijos, pero, ¿qué
pasa conmigo? ¿Me has preguntado si tengo metas en la empresa que anhelo cumplir, además de ser gerente? ¿Me has preguntado acaso si estoy dispuesta a renunciar a
mi carrera para dedicarme un tiempo a la maternidad?
—Esta es la quinta ocasión que hablamos del tema, y jamás has sacado a colación el asunto profesional. Pensé que eras consciente de que durante estos años
siempre te he apoyado y que jamás te pediría que dejaras a un lado tu carrera, porque sé que es importante para ti ser independiente. Y para mí no hay nada que admire
y respete más que una mujer luchadora. Para florero, los adornos.— ¿Por qué tenía que portarse tan comprensivo, cuando lo que quería era alejarlo y lamerse sola las
heridas?, pensó Ashley—. Sé que eres una mujer capaz de tener varias actividades al mismo tiempo, y…
—La mujer maravilla es una caricatura por si no lo sabes —espetó sarcástica, interrumpiéndolo. No le gustó para nada el brillo en la mirada de Caine. La
paciencia se le estaba acabando. Era más que evidente.
Él la miró un largo rato y se apartó. Dejó escapar un suspiro, resignado.
—De acuerdo, supongo que una vez más, estamos en un punto muerto. No entiendo tu renuencia. No entiendo por qué te cierras tanto a mí en este aspecto.
¿Hay algún tema médico del que no quieres hablarme? Sabes que puedes contar contigo.
—No hay ningún asunto médico de por medio. Yo… estoy bien de salud.
—Entonces, Ashley, ¿qué escondes? —indagó, inquisitivamente—. ¿De qué tienes miedo? Háblame.
Ella tragó en seco. Lo miró.
—Simplemente no estoy preparada —soltó a la defensiva. Odiaba ver la decepción en Caine. Ella sabía que el mayor anhelo de Caine era extender la familia.
Cuando se lo dijo mientras estaban de novios no fue capaz de hablar de Tim, porque la sola idea de que la dejara de lado le causaba más dolor del que pudiera imaginar.
Así que pensó que solo era un anhelo propio del enamoramiento y que con los años podían irlo conversando. Pero ahora sabía que no estaba siendo sincera. Que nunca
lo fue. Caine no le guardaba secretos, y ella no se sentía segura contándole los suyos. Tenía miedo—. ¿De acuerdo?
Caine resopló. Su expresión de desilusión al encontrarse con ese muro emocional en Ashley se reflejó en su mirada triste.
—Qué pena que nos entendamos tan bien en la cama, pero tan poco fuera de ella.
—Yo… solo dame un poco más de tiempo —susurró dolida por el comentario injusto, pero Caine ya se había ido de la habitación.
«Vaya celebración de aniversario», pensó con tristeza. Se sentó en el borde de la cama y dejó escapar un sollozo. Acomodó la cabeza en la mullida almohada y
estiró la mano en el lado donde dormía Caine. Entendía que estuviese frustrado y triste. Pero no tanto como se sentía ella.
Con resignación cerró los ojos.
A las dos de la madrugada, Caine volvió a la habitación.
Contempló a Ashley, mientras su torso subía y bajaba pausadamente. Él no la consideraba una mujer caprichosa ni egoísta. Casarse con ella había sido la
decisión correcta. Lastimosamente no pensó que su empresa iba a crecer un veinte por ciento más rápido que los años antes de su matrimonio, y se había visto obligado
a ausentarse mucho de casa.
Cuando empezaron a salir juntos, él llevaba muy claro que la familia de Ashley era bastante complicada. Una madre emocionalmente dependiente, un padre
infiel e indiferente ante sus dos hijas, así que por eso Camille, la hermana menor de Ashley, vivía desde hacía ocho años en Nueva Zelanda. Él entendía el pasado de su
esposa, no era insensible, sin embargo, no lograba penetrar ese muro infranqueable que ella había erigido cada vez que surgía el tema de los hijos.
Él quería ser padre, sí, pero no a costa de la felicidad de su matrimonio. Estaba dispuesto a esperar… tan solo no lograba dilucidar porqué Ashley se mostraba
tan abiertamente hostil al respecto.
Lo frustraba y le dolía en partes iguales la actitud de ella. Si se abriese a él, quizá no la presionase tanto, pero era ese hermetismo el que lo exasperaba más que
el hecho de que se rehusara tener un hijo pronto.
Se desnudó, apartó las mantas y se deslizó en la cama acercándose a su esposa. La abrazó con suavidad y ella instintivamente apegó la espalda a su pecho.
Caine esperaba poder tener cabeza para capear el temporal. Eran tiempos complejos en la oficina.
—Ash… —le susurró a la oreja, con pesar, sin esperar respuesta.

CAPÍTULO 2
Ashley decidió arriesgarse. No podía continuar esa dinámica con Caine. Le hablaría de Tim… aunque eso le partiera el corazón. ¿Quién querría tener un hijo
con una mujer irresponsable como ella?
Eran ya las siete de la mañana cuando bajó las escaleras del segundo piso. A esa hora Caine ya debería estar por concluir la sesión de ejercicios.
Ella llevaba un pantalón blanco ajustado, una blusa color salmón y chaqueta a tono con el pantalón. Sus sandalias eran de tiras y tacón de aguja del tono de la
blusa. Por su aniversario, Caine le había regalado una preciosa gargantilla de diamantes, un nuevo automóvil y la promesa de un fin de semana romántico en La Riviera
Francesa. Pero en ese momento, ninguna de esas tres cosas le quitaba el nudo que sentía en la garganta.
—Buenos días, señora Valliard —saludó Adrián, el entrenador, mientras empuñaba una pesada bolsa en donde llevaba implementos deportivos diariamente—.
La echamos de menos hoy en el entrenamiento.
Ella sonrió.
—Adrián, ¿te gustaría desayunar con nosotros? Creo que si mañana me pongo bajo tu tutela podré bajar esas calorías del croissant que pienso comerme.
El fornido ex-pesista, negó con la cabeza, sonriente.
—Pagará dos tandas de abdominales por ese croissant. —Ashley rio—. No puedo quedarme a desayunar, porque tengo otro cliente a las ocho y media. Pero le
agradezco la invitación.
Ella asintió.
—¿Mi esposo sigue en la piscina?
—No, no, hoy le tocaba solo pesas. Hasta mañana —dijo antes de marcharse, seguido

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