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Libro PDF La Novela De La Lujuria Anonimo

La Novela De La Lujuria  Anonimo

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aproximadamente un año menor, y Eliza tenía doce años y medio. Mamá nos
trataba a los tres como a niños, ciega al hecho de que yo había dejado de ser el de
antes. Lo cierto es que, pese a no ser alto para mi edad y a no tener un aspecto
precisamente viril, mis deseos empezaban por entonces a despuntar, y el aspecto
de mi sexo, ya de por sí bastante llamativo, aumentaba considerablemente de
tamaño cada vez que se veía sometido al influjo de los encantos femeninos.
Sin embargo, carecía de toda noción acerca de los usos de los distintos
órganos sexuales. Mis hermanas y yo dormíamos en la misma habitación. Ellas
juntas en una cama, yo solo en otra. En más de una ocasión, estando a solas, nos
habíamos examinado las distintas configuraciones de nuestros sexos.
Descubrimos así que tocándonos mutuamente obteníamos cierto placer; más
tarde mi hermana mayor descubrió que cada vez que subía y bajaba mi cacharrito,
como ella lo llamaba, entonces éste se erguía automáticamente y se ponía tan duro
como un palo. Ella también experimentaba gozo cuando yo le acariciaba su rosada
rajita, aunque bastaba que intentara introducirle un dedo para provocarle un dolor
inmenso. Era tan poco lo que habíamos avanzado en tales attouchements, que aún
no podíamos ni siquiera vislumbrar las posibilidades de ese camino recién
descubierto. A mí me habían comenzado a crecer unos rizos como de musgo en
torno a la base de la polla; luego, y para nuestra sorpresa, en Mary se manifestó
una tendencia similar. Mientras tanto, Eliza seguía siendo tan lampiña como la
palma de una mano, pero ambas estaban magníficamente constituidas, con dos
macizos y abultados montes de Venus. No teníamos ninguna malicia y estábamos
acostumbrados a contemplar nuestros cuerpos desnudos sin el menor recelo;
cuando jugábamos en el jardín y alguno quería aliviar su vejiga, los tres nos
poníamos inmediatamente en cuclillas y entrecruzábamos aguas, compitiendo para
ver quién orinaba más rápido. Aparte de estos síntomas de deseo en momentos de
excitación, cuando estaba sosegado podía pasar perfectamente por un chico de
diez u once años.
Mi padre nos había dejado una renta más bien módica, y mi madre, en su
afán de llevar una vida holgada, había preferido darme clases en casa, junto a mis
hermanas, en vez de enviarme al colegio. Sin embargo, cuando su salud comenzó a
desmejorar puso un anuncio en el Times solicitando una institutriz. Luego, de entre
un elevado número de aspirantes, eligió al fin a una joven llamada Evelyn. Al cabo
de diez días llegó a casa, y pronto se convirtió en una más de la familia.
La primera noche apenas pudimos verla, pero a la mañana siguiente,
después del desayuno, mamá la condujo al salón que hacía las veces de aula y dijo:
«Bien, hijos míos, os dejo desde ahora al cuidado de Miss Evelyn. Debéis
obedecerla en todo. Ella va a encargarse de vuestras clases, porque yo ya no estoy
en condiciones de seguir ocupándome de ellas». Luego, volviéndose hacia nuestra
nueva institutriz, añadió: «Temo que puedan parecerle algo consentidos y
malcriados. Pero le recuerdo que tenemos un potro, y que Susan sabrá hacerle
excelentes varas cuando las precise. Si no les azota usted el trasero cuando se lo
merezcan, le aseguro que me enfadaré con usted seriamente». Mientras mamá
hablaba, pude notar que los ojos de Miss Evelyn se dilataban con cierto gozo, de lo
que deduje que si mamá ya había sido severa con los azotes, Miss Evelyn nos
azotaría todavía con más severidad cada vez que nos lo mereciéramos. Parecía una
persona realmente amable, tenía veintidós años, un rostro en verdad hermoso, un
cuerpo perfecto e imponente, y vestía siempre con la pulcritud más estudiada. Era,
sin lugar a dudas, una criatura encantadora, que me cautivó nada más verla. Pese a
ello, la dureza de su expresión y la dignidad de su porte nos infundió en seguida a
todos respeto y temor. Naturalmente, al principio todo marchó sobre ruedas;
además, en cuanto Miss Evelyn notó que mi madre me trataba exactamente igual
que a mis hermanas, a sus ojos ya no fui más que un niño. Luego supo que tenía
que compartir el dormitorio con mis hermanas y conmigo. Imagino que esa
primera noche a Miss Evelyn no le gustó tal arreglo, pero lo cierto es que no tardó
en hacerse a la idea, hasta que aparentemente dejó de preocuparle.
Como siempre, al llegar la hora de acostarnos dimos un beso a mamá y nos
retiramos a nuestra habitación. Miss Evelyn nos siguió unas horas más tarde.
Después de entrar y cerrar despacio la puerta, miró hacia mi cama para ver si
dormía. Yo, aunque no sabía por qué, intenté hacerle creer que estaba dormido. Y
conseguí mi propósito, no obstante la vela que pasó delante de mis ojos. Acto
seguido comenzó a desvestirse. En cuanto me dio la espalda, yo abrí los ojos y
comencé a devorar ávidamente sus encantos desnudos según iban apareciendo
ante mí. Al girarse nuevamente, volví a fingir que dormía. Ya he dicho que por
entonces empezaban a despuntar mis deseos, aunque desconocía todavía su fuerza
o dirección. Me acuerdo muy bien de aquella primera noche, cuanto toda una
mujer fue despojándose poco a poco de sus prendas tan sólo a dos metros de mi
vista: la contemplación de esas maravillas, tanto la de sus adorables y magníficos
pechos, como la de sus piernas esbeltas y sus pequeños pies y tobillos cuando pasó
a descalzarse y a quitarse las medias, hizo que mi polla se empinara y alargara
hasta un extremo doloroso. Una vez despojada de todo salvo de la camisa, se
agachó para recoger las enaguas que había dejado caer hasta sus pies, al tiempo
que alzaba la camisa: mis ojos vieron entonces un culo esplendoroso, de una
blancura deslumbrante y brillante como el esmalte. Como la luz le daba de lleno y
seguía inclinada, pude ver que un vello oscuro le cubría la parte inferior de la raja.
Luego, al volverse para poner sus enaguas sobre una silla y coger el camisón, y
mientras dejaba caer la camisa al suelo y se pasaba el camisón por la cabeza, tuve
por unos segundos delante de mí su precioso vientre, cuyo monte de Venus estaba
tapado por un vello oscuro y rizado. Fue tal la excitación que me produjo esa
visión tan voluptuosa que estuve a punto de desvanecerme. Se acercó después a la
cama, donde se sentó para quitarse zapatos y medias, y ¡oh, qué muslos, piernas,
tobillos y pies tan maravillosos tenía!
Ahora, con muchos más años, puedo asegurar que jamás volví a ver un
cuerpo tan voluptuoso, pese a haber poseído a muchas mujeres hermosas, todas
ellas muy bien proporcionadas.
La luz se apagó a los pocos minutos y en seguida un potente reguero
comenzó a llenar la bacina: no podía compararse a los chorlitos que soltábamos
mis hermanas y yo, sentados en cuclillas y riendo de las distintas fuentes de las
que manaban. Mis hermanas solían envidiar mi capacidad de dirigir el chorro
donde quería; y es que aún éramos tan pequeños que ni siquiera podíamos
imaginamos cuál era la verdadera mira de ese pequeño instrumento apuntado.
Oí cómo la preciosa criatura se acostaba y poco después respiraba
profundamente. Yo en cambio no podía dormir. Permanecí despierto casi toda la
noche, pese a que quería evitar desvelarme por el temor de turbar a Miss Evelyn
con la sospecha de que había estado observándola mientras se desvestía. Y cuando
por fin me dormí, no fue más que para soñar con todas las maravillas que había
visto.
Transcurrió así cerca de un mes. Noche tras noche Miss Evelyn iba cobrando
confianza y, segura de mi ingenuidad, volvía a brindarme exquisitos y
prolongados panoramas de sus encantos; aunque la verdad es que sólo podía
gozar de ellos cada dos noches, ya que, al provocarme su contemplación siempre
insomnio, a la noche siguiente la naturaleza reclamaba sus derechos y me obligaba
a dormir profundamente, cuando hubiera preferido mil veces seguir admirando
los encantos de mi adorable institutriz. Con todo, no cabe duda que esos sueños
agotadores permitían que bajara aún más la guardia, con lo que me ofrecía
ocasiones de las que de otro modo no habría podido gozar. Solía utilizar una o dos
veces la palangana antes de ponerse el camisón, momento en el que yo veía sus
rosados labios abrirse en medio de unos exquisitos rizos oscuros para vaciar toda
el agua que contenían; lo cual hacía con admirable ímpetu, excitándome
tremendamente. Sin embargo, es extraño que nunca se me ocurriera acudir a los
dedos para dar alivio a mi polla, cuya rigidez era tal que temía verla estallar de un
momento a otro.
No sé si fue porque mamá había reparado en los frecuentes abombamientos
de mis pantalones, o porque comenzó a considerar inadecuado que compartiera la
habitación con Miss Evelyn, pero el hecho es que decidió trasladar mi cama a su
propia habitación. En cualquier caso, y como quiera que seguía siendo tratado
como un niño por todos los de la casa, Miss Evelyn daba la impresión de haberse
olvidado de mi sexo; además, ciertamente no se hubiera comportado con la
desenvoltura que lo hacía, ni mostrado tal abandon en sus ademanes, si se hubiese
sentido cohibida por la presencia de un chico en sus años de pubertad.
En los días fríos solía sentarme en un taburete bajo, al lado de la chimenea.
Cuando ocupaba ese lugar, con mi libro sobre las rodillas, Miss Evelyn se sentaba
enfrente de mí, con sus preciosos pies apoyados contra la pantalla de la chimenea y
su labor sobre el regazo, atenta a la lección que recitaban mis hermanas y sin la
menor conciencia de pasarse media hora exhibiendo ante mi mirada ardiente sus
deliciosos tobillos y piernas. Y es que, sentado donde estaba, en una posición más
baja que la de ella y con la cabeza reclinada como si estuviera absorto en el estudio,
mis ojos quedaban justo debajo de sus enaguas alzadas. Sus medias blancas, bien
ajustadas y ceñidas, resaltaban los contornos de sus esbeltas piernas, ya que
prescindía de los calzones las mañanas que se quedaba en casa dándonos clase.
Sentada en esa postura, con las rodillas más elevadas que los pies apoyados en la
ya de por sí alta pantalla, y las piernas algo separadas para sostener más
cómodamente la labor sobre su regazo, quedaban enteramente expuestos a mi
vista sus gloriosos muslos y la parte baja de su voluminoso culo, entre el que
sobresalía su rajita rosada abrigada por una mata de rizos oscuros. La luz del fuego
que ardía debajo de sus enaguas alzadas iluminaba el conjunto, encendiendo en mí
un deseo tan intenso que me dejaba al borde del desvanecimiento. Podría haberme
zambullido en sus enaguas y haberle besado esa deliciosa rajita y todo su
alrededor. ¡Oh, qué podía saber ella de la pasión que estaba despertando en mí!
¡Oh, querida Miss Evelyn, te amaba tanto, desde tus primorosas zapatillitas y
apretadas y brillantes medias de seda, hasta el glorioso abultamiento de tus pechos
en los que mis ojos podían deleitarse plenamente casi todas las noches, y esos
adorables labios, que de todo lo tuyo era lo que más ansiaba poseer!
Siguieron pasando los días y Miss Evelyn fue convirtiéndose para mí en una
diosa, en una criatura a la que, en lo más profundo del corazón, literalmente
veneraba. Cuando ella abandonaba el aula y me dejaba solo, iba a besar el lado de
la pantalla que había pisado y el lugar donde se había sentado, e incluso el aire que
flotaba unos centímetros más arriba, donde situaba con la imaginación su adorable
coño. Ansiaba algo más de todo aquello, pero no sabía exactamente lo que quería;
y es que en realidad seguía ignorándolo todo acerca de la unión de los sexos.
Un día subí a la habitación que mis hermanas compartían con la institutriz;
quería arrojarme sobre su lecho y abrazar en sueños su precioso cuerpo. De pronto
oí que alguien se aproximaba y, sabiendo que no tenía nada que hacer ahí, fui
rápidamente a esconderme debajo de la cama. Un instante después la propia Miss
Evelyn entró y cerró la puerta. Faltaba aproximadamente una hora para la cena. Se
quitó entonces el vestido y, después de colgarlo en el armario, sacó una arqueta
que se había encargado para su uso personal y cuya finalidad había sido siempre
un misterio para mí; la destapó, llenó de agua la palangana y colocó a su lado una
esponja. Luego se bajó la falda, se subió las enaguas y la camisa hasta la cintura y,
finalmente, se sentó en cuclillas sobre la arqueta.
Gocé así de placer al contemplar todos sus portentosos encantos: mientras se
remangaba la ropa de pie, delante del espejo, ofreció a mi devoradora mirada su
glorioso culo blanco en todo su esplendor y, al volverse para acercarse al bidé, me
mostró igualmente su bajo vientre y su hermoso monte, con todo su abundante
vello. Por fin, cuando fue a sentarse en cuclillas en el bidé, los rosados labios de su
coño estallaron ante mis ojos atónitos. Jamás podré olvidar la extrema emoción de
aquel instante. Por fortuna, y dado que aquello era ya demasiado para mis
excitados sentidos, al sentarse desapareció el motivo que estaba a punto de
volverme loco. Estuvo frotándose las entrepiernas con la esponja durante casi cinco
minutos. Luego se levantó del bidé, volviéndome a mostrar por un momento los
prominentes labios de su coño; y todavía permaneció de pie delante de mí dos o
tres minutos más, mientras se secaba, con la esponja recién enjuagada, las gotitas
de agua que quedaban sobre la rica mata de rizos que le rodeaba el chocho. De ese
modo vi, como nunca antes y en la postura más voluptuosa, sus carnosos muslos,
vientre y monte; creo que cualquiera podrá hacerse una idea del estado en que me
sumió semejante contemplación.
¡Oh, Miss Evelyn, querida, deliciosa Miss Evelyn! Qué hubieras pensado si
hubieras llegado a saber que me dedicaba a contemplar tus admirables encantos, y
que mis ansiosos ojos pugnaban por atravesar aquel bosque de rizos oscuros que
cobijaban esos labios prominentes y maravillosos. ¡Oh, cuánto anhelaba besarlos!,
besarlos y nada más, porque por entonces no se me ocurría otro modo de poseerlos
y menos la posibilidad de penetrarlos.
Terminadas sus abluciones se sentó y se quitó las medias, exponiendo sus
bellas pantorrillas blancas y sus encantadores y diminutos pies. Creo que fue esta
primera contemplación de sus pies realmente exquisitos, y de sus piernas y tobillos
perfectos, lo que despertó en mí la pasión por tales objetos, por los que siempre he
sentido un atractivo especial desde entonces. Los zapatos —negros y pequeños,
auténticos bijoux— los portaba igualmente con tal gracia que siempre que me
encontraba a solas en la habitación los cogía para besarlos. Y en fin, sus medias de
seda, que siempre llevaba ceñidas y ajustadas como un guante, no hacían más que
resaltar la maravillosa esbeltez de sus piernas.
Se cambió las medias de algodón por unas de seda, se puso un traje
escotado, terminó de lavarse y abandonó la habitación. Yo salí de debajo de la
cama, me lavé la cara y las manos con el agua de su bidé, e incluso bebí un poco
llevado por mi excitación.
Habían pasado unas seis semanas desde la llegada de Miss Evelyn. El deseo
que sentía por ella hacía que me plegara a todas sus órdenes y deseos, y, por el
mismo motivo, que siguiera con atención sus clases, siempre que no me distrajeran
las circunstancias ya explicadas. Mi ejemplo provocó que mis hermanas mostraran
más o menos la misma actitud, pero aquella situación no podía durar: era poco
natural. Mientras las cosas marcharon bien, Miss Evelyn nos trató con la mayor
amabilidad. Y nosotros, creyendo que podíamos hacer lo que nos viniera en gana,
comenzamos a portarnos cada vez peor.
Miss Evelyn se volvió más reservada, empezó por llamarnos la atención, y
acabó amenazándonos con la vara. Pero nosotros no creíamos que la fuera a
emplear. Mary se comportaba de un modo cada vez más insolente, hasta que una
tarde se atrevió a desafiar a nuestra maestra negándose a continuar sus deberes.
Miss Evelyn, tremendamente irritada, le ordenó que se pusiera de pie. Mary
obedeció con el mayor desdén. Miss Evelyn cogió entonces por un brazo a la
desobediente niña y la arrastró hasta el potro. Mi hermana era fuerte y se resistió
con uñas y dientes, pero inútilmente. Nuestra institutriz enrojecía de ira: la alzó en
brazos y la montó en el potro, donde, sujetándola con una mano mientras con la
otra le rodeaba el cuerpo con una cuerda, la dejó firmemente atada. Luego con
otras cuerdas le amarró cada tobillo a los aros del suelo, forzándola la parte
saliente del potro a separar las piernas y a doblar ligeramente las rodillas, de
manera que su trasero quedaba completamente expuesto, al igual que todas sus
partes íntimas.
Miss Evelyn salió entonces para ir a pedirle una vara a mamá. Pocos
minutos después regresó, manifiestamente acalorada, y procedió a remangarle a
Mary las enaguas hasta la cintura, dejando su rosada raja y su trasero al aire y
expuestos de lleno ante mis ojos. Como habían pasado al menos dos meses desde
la última vez que le viera sus partes íntimas, me sorprendió mucho descubrir que
ahora los labios le sobresalían más y que su monte estaba cubierto por un musgo
bastante más tupido. Aquello resultaba ciertamente más excitante de lo esperado,
dado que, con mi mente totalmente absorbida por los esplendores de Miss Evelyn,
durante ese tiempo había dejado prácticamente de juguetear con Mary.
Aquella panorámica de todas sus partes íntimas despertó en mí viejas
sensaciones y aumentó su intensidad. Miss Evelyn se despojó primero de su chal,
dejando al descubierto sus carnosos hombros de marfil y la parte alta de sus
preciosos senos, que se agitaban alentados por su ira. Se descubrió en seguida su
magnífico brazo derecho y, asiendo la vara, retrocedió unos pasos y levantó el
brazo; los ojos le brillaban de una manera especial. Estaba francamente hermosa.
Jamás olvidaré ese instante, aunque duró sólo eso, un instante. La vara cortó
silbando el aire y restalló con saña sobre el pobre y rechoncho culito de Mary. La
carne volvió a estremecerse, y Mary, que había resuelto no llorar, enrojeció y
mordió el damasco que cubría el potro.
El brazo volvió a alzarse y otra vez, con un silbido cortante, restalló sobre las
palpitantes nalgas de Mary. Su terquedad le impedía rendirse, y, aunque la vimos
hacer una mueca de dolor, ni un solo sonido escapó de sus labios. Retrocediendo
otro paso, Miss Evelyn volvió a alzar la mano y el brazo, ahora con una intención
tan clara que las puntas más largas de la vara se partieron entre las nalgas y se
incrustaron en los labios de las partes pudendas de Mary. Esta vez ya no pudo
aguantar el dolor y lanzó un grito desesperado. La vara volvió a caer exactamente
sobre el mismo lugar.
—¡Ay, ay, ay, Miss Evelyn, querida Miss Evelyn! Le prometo que nunca,
nunca más volveré a portarme mal.
Sus chillidos fueron inútiles. Tras un varazo vino otro, tras un grito otro,
hasta que la vara se rompió en pedazos y el trasero de Mary se llenó de
verdugones y quedó tan rojo como un filete crudo. Era algo penoso de ver; sin
embargo, tal es nuestra naturaleza que verlo resultaba, al mismo tiempo, excitante.
Yo no podía apartar los ojos de la turgente raja, cuyos labios abultados no sólo
aparentaban ahora una mayor hinchazón por efecto de tan severo castigo, sino que
además comenzaron a abrirse y cerrarse, sin duda estremecidos de dolor. Pero
para mí era enormemente excitante presenciar todo aquello. Decidí allí mismo
hacer un examen más minucioso en un momento más oportuno, el cual no tardaría
en presentárseme.
Mary se encontraba ya totalmente aplacada, o mejor dicho molida. En
realidad, todos estábamos asustadísimos, pues sabíamos lo que nos pasaría si nos
portábamos mal. A partir de ahora ya no podríamos permitirnos la menor rabieta,
y tendríamos que obedecer dócilmente a nuestra institutriz en todo cuanto se le
antojara ordenarnos. Habíamos aprendido instintivamente a temerle.
Pocos días después de aquella memorable azotaina, llegaron unas visitas: un
caballero y una dama. El caballero era un viejo amigo de mamá que acababa de
casarse; mamá le había rogado que la visitara durante su viaje de bodas y que
pasara unos días con nosotros.
El caballero era un hombre atractivo, alto y de fuerte constitución; el aspecto
de la dama era más bien delicado, aunque tenía un buen tipo, con hombros y
pechos bien formados, talle fino y piernas recias, brazos esbeltos, manos y pies
pequeños, y ojos muy brillantes.
Creo que fue a los tres días de su llegada cuando por la tarde entré en la
habitación de los huéspedes, donde estaban instalados nuestros invitados; estando
ahí, los oí subir las escaleras. La dama entró primero, y yo apenas tuve tiempo de
meterme en el vestidor y de cerrar la puerta, que sin embargo quedó ligeramente
entornada. Un instante después apareció el caballero, el cual empujó suavemente
la puerta y la cerró con llave. Mrs. Benson sonrió, y dijo:
—Amor mío, en verdad eres un guasón de cuidado, no me dejas descansar
un solo momento. Ahora dirás que no has tenido bastante con lo de anoche y lo de
esta mañana.
—Claro que no —dijo él—. Nunca puedo tener bastante de tu delicioso
cuerpo. Pero vayamos a lo nuestro, no podemos entretenernos mucho si no
queremos que noten nuestra ausencia.
La agarró entonces por la cintura, le acercó los labios y le dio un larguísimo
beso sin dejar de estrecharla entre sus brazos. Luego se sentó, la alzó sobre sus
rodillas y deslizó sus manos debajo de sus enaguas, permaneciendo sus bocas
pegadas todavía durante un rato.
—Tenemos que darnos prisa, cariño —murmuró ella.
Él se puso de pie y la sentó en el borde de la cama, la reclinó y, separándole
las piernas con los brazos, la dejó totalmente expuesta ante mi vista. No tenía tanto
vello sobre el monte de Venus como Miss Evelyn, pero su raja mostraba unos
labios más turgentes y parecía más abierta. Júzguese mi excitación cuando vi a Mr.
Benson desabotonarse los pantalones y sacar una verga inmensa. ¡Dios mío, era tan
larga que casi me asustó! Con sus dedos acomodó la cabeza entre los labios de la
funda de Mrs. Benson, y luego, soltando su puntal y sirviéndose de ambos brazos
para sujetarle las piernas, se la metió sin más hasta el fondo. Yo estaba asombrado
de que Mrs. Benson no gritara de dolor ante el tamaño de aquello que acababa de
introducirle en el vientre. El caso es que no sólo no pegaba alaridos, sino que
además parecía disfrutar. Sus ojos brillaban, tenía el rostro encendido y sonreía con
la mayor simpatía a Mr. Benson. Ambos parecían muy felices. Su larga verga
entraba y salía sin ninguna dificultad, y sus manos apretaban las nalgas lisas y
anchas, atrayéndolas hacia sí en cada arremetida. Siguieron así unos cinco
minutos, al cabo de los cuales Mr. Benson se detuvo en seco; en seguida, y
mientras la miraba de un modo bastante estúpido, tuvo un par de sacudidas
convulsivas. Por fin, después de permanecer quieto unos instantes, sacó la verga,
ahora fláccida y empapada de algo que goteaba sobre la alfombra. Cogió entonces
una toalla y limpió la alfombra, se envolvió con aquélla la verga, y se acercó a la
palangana para lavársela.
Mrs. Benson siguió echada unos minutos más, exhibiéndolo todo y con la
raja más abierta que antes, de la que vi rezumar una baba blanca.
Difícilmente se puede imaginar la terrible excitación que aquella escena me
produjo. De pronto había dado con la explicación del gran misterio, y mis torpes
afanes acababan de descubrir su objetivo. Después de dejarme tiempo suficiente
para admirar la hermosura de sus partes íntimas, ella se puso de pie, se ajustó las
enaguas y alisó la revuelta colcha, y luego se acercó al espejo para arreglarse el
cabello. Hecho esto, abrió despacio la puerta, y Mr. Benson salió. La puerta se
volvió a cerrar y Mrs. Benson fue hasta la palangana, la vació y la llenó otra vez, se
remangó en seguida las enaguas y se lavó las entrepiernas con una esponja, y
finalmente se secó con una toalla, sin dejar durante todo ese rato de ofrecerse a mi
ardiente mirada. Pero ¡oh horror!, al terminar vino directamente hacia el vestidor
donde yo me escondía: abrió la puerta y, nada más verme, lanzó un gritito. Los
colores se me subieron hasta las orejas y traté de balbucear una disculpa. Ella al
principio se quedó mirándome con mudo asombro, pero al cabo dijo:
—¿Cómo ha llegado hasta aquí, señor?
—Estaba aquí cuando ustedes entraron. Vine por mi balón, que guardo en
este cuarto, y al oírles llegar no se me ocurrió otra cosa que esconderme aquí.
Por unos minutos pareció observarme y estudiarme detenidamente. Luego
dijo:
—¿Sabrá ser discreto?
—Por supuesto, señora.
—¿Nunca le contará a nadie lo que ha visto?
—No, señora.
—Bien, si sabe mantener su promesa veré el modo de recompensarle. Ahora
márchese.
Fui al aula, pero me encontraba enormemente agitado, tanto que casi no me
daba cuenta de lo que hacía. La escena que había presenciado se había apoderado
por completo de mi mente. Siendo apenas un niño, la práctica explicación de ese
misterio había despertado en mí todos los deseos del hombre. En lugar de estudiar
mis lecciones, no hacía más que pensar en Mrs. Benson recostada sobre la cama con
sus piernas y muslos estupendos totalmente al descubierto; pensaba

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