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La pátera del lobo F. Xabier Hernández Cardona

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  La pátera del lobo  F. Xabier Hernández Cardona


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F. Xavier Hernàndez Cardona es doctor,
historiador y catedrático de Didáctica de las
Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona.
Ha escrito varios volúmenes sobre historia militar
y ha participado en numerosos proyectos de
museización de temática bélica. Asimismo, ha
impulsado y colaborado en la investigación
arqueológica de campos de batalla del siglo XVIII
y de la Guerra Civil española. En Punto de Vista
ha publicado la serie Emporion, a la que
pertenecen La guerra de Catón y La pátera del
lobo; y Guerras, soldados y máquinas.
Niebla y lobos
Iltirda (Lleida, colina de la Seu Vella),
capital ilergete, duodécima hora de la
cuarta vigilia de los idus de december
del año 543 Ab urbe condita ─de la
fundación de Roma (madrugada del 13
de diciembre del 210 a. C.). Hace nueve
años que dura la Segunda Guerra
Púnica. Aníbal lucha en la península
Itálica, mientras, en Hispania, los
ejércitos romanos comandados por el
joven Publio Cornelio Escipión
consolidan una línea defensiva al norte
de los ríos Sícoris y Hiberus (Segre y
Ebro).
La gran sacerdotisa inspeccionaba la bestia.
Colgaba en posición invertida, sobre el ara
principal del templo, con las cuatro patas atadas
en un palo. Nada había peor para un lobo que
dejarlo suspendido en el vacío. Un fuerte bozal de
cuero impedía los aullidos, pero no los espasmos
desesperados del animal. Todavía era pronto, la
madrugada no llegaba. La sacerdotisa se cubrió
con una capa de lana y salió al exterior. La noche
era fría, no pudo reprimir un temblor al notar cómo
la humedad le penetraba en los huesos. No se veía
nada, la acrópolis de Iltirda estaba rodeada por
una nube fantasmagórica que difuminaba la
claridad de la Luna llena. Apenas se intuía el
resplandor de los braseros en los callejones. El
sacrificio ritual debía ajustarse al amanecer, pero
la acuosa niebla era demasiado espesa. El
momento justo de las primeras luces lo tendría que
decidir de manera aproximada. Ya hacía muchos
días que la niebla se había adueñado del llano de
Iltirda. En el país de los ilergetes sólo habitaban
fantasmas, apenas se podía distinguir la cara de
una persona cuando estaba muy cerca. Según las
tradiciones los vengativos espíritus lémures
vagaban erráticos esperando la llegada del
solsticio de invierno y, ese año, el maldito día más
corto no llegaba nunca. Mientras tanto, los
habitantes de la Ilergecia preferían mantenerse
encerrados en casa, y no salían si no era
absolutamente necesario.
Finalmente se intuyeron las tenues luces del
amanecer, pero tan sutiles que ni siquiera los
gallos se atrevían a anunciar el nuevo día. Hacía
muchas lunas que Indíbil, régulo de Iltirda y
estratega de ilergetes y cosetanos, había partido
con Mandonio y cientos de guerreros para luchar
bajo los estandartes cartagineses. La magia de la
sagrada pátera ilergete sumada a la fuerza guerrera
de Indíbil había ganado gloria para Cartago. Las
poderosas sacerdotisas de Iltirda propiciaron la
victoria lanzado conjuros contra el enemigo. Los
generales romanos Publio Escipión y su hermano
Cneo habían muerto en el lejano sur hispano a
manos de cartagineses e ilergetes. Pero las
serpientes, incluso troceadas, siguen moviéndose.
Publio Cornelio Escipión había vuelto del Averno
encarnado en su joven hijo que respondía también
al nombre de Publio. Publio era Publio, y volvía,
sediento de sangre, dispuesto a castigar a Iltirda.
El nuevo Publio, insaciable, exigía plata y oro del
Sícoris para suavizar odios. Indíbil había sido
previsor, durante meses miles de monedas de plata
y lingotes de oro se habían acumulado para
afrontar el futuro. Depositadas en ánforas, y
custodiadas en el Templo del Lobo, quizás podrían
ser útiles para aplacar a los romanos hasta que
Indíbil, caudillo de caudillos, volviera para
disponer de ese futuro. Pero toda prevención era
poca y la gran sacerdotisa llevaba semanas
bebiendo sangre en la pátera sagrada y ofreciendo
sacrificios a Molokark y a los licántropos de los
abismos. Había dedicado hechizos al joven
general romano. Mejor si se olvidaba de Iltirda.
El día se filtró, difuso, entre la neblina. La
sacerdotisa volvió al templo, dejó cuidadosamente
la capa junto a la puerta exhibiendo su portentosa
desnudez. Las llamas de los pebeteros
magnificaron sus sensuales curvas lubricadas con
aceite. El collar de plata y la pulsera helicoidal,
únicos complementos que permitía el ritual,
chispeaban reflejos mágicos mientras preparaba
los vasos sagrados con oraciones y conjuros.
Tomó la pequeña pátera del Lobo, talismán
supremo de los ilergetes, para iniciar un diálogo
con el bajorrelieve que decoraba el fondo de la
pieza y que replicaba un cánido morrudo de orejas
puntiagudas. Había llegado la hora. El resto de
sacerdotisas formó un corro a su alrededor
entonando monótonas salmodias. Los eunucos
hacían sonar caracolas, golpeaban rítmicamente
sus bastones contra las tablas de madera y
proferían escalofriantes gritos. El ritmo era
ascendente y ensordecedor. En la penumbra, en un
extremo del templo, veinte jóvenes candidatos a
guerreros rigurosamente depilados esperaban,
arrodillados, el momento de la purificación.
La sacerdotisa cogió con decisión el pelo de la
nuca del lobo. Miró las pupilas azules y frías para
captar el miedo de la bestia. Con rapidez su daga
celtíbera se hundió en el cuello del animal. Notó la
tensión de la muerte y los agradables borbotones
de sangre caliente deslizándose por su cuerpo.
Puso la sagrada pátera bajo la yugular, y bebió con
avidez. Despanzurró la pieza con habilidad, y
esparció tripas, estómago e hígado sobre el ara.
Las sacerdotisas, aumentando el volumen de la
salmodia, se apresuraron a mojar las manos y, con
las palmas ensangrentadas, tintaron, con gran
excitación, sus propios cuerpos y los de los
jóvenes guerreros.
La daga llegó al corazón del lobo, seccionó
venas y arterias y troceó el órgano. Los jóvenes,
anhelantes, procedieron a ingerir el trozo que les
correspondía para obtener la fuerza del animal.
Los ojos de la bruja, sin embargo, se habían
centrado en el hígado desgarrado sobre el ara. Su
forma era extraña y el color, demasiado verdoso,
no anunciaba nada bueno… Presentía que la
llegada de un lémur maligno era inmediata. Los
perros habían comenzado a ladrar. La muerte
llegaba, estaba segura. Quizás no tendría tiempo
de lanzar el último conjuro contra el joven
Escipión…
P
Probus, un centurión de Escipión
Río Sícoris frente a Iltirda. Tropas
romanas y aliadas se preparan para
atacar la ciudad. Duodécima hora de la
cuarta vigilia de los idus de december
del año 543 (madrugada del 13 de
diciembre del 210 a. C.).
robus, centurión romano al mando de una cohorte
aliada de íberos suesetanos, esperaba órdenes.
Tenía la serenidad, la paciencia y también el
fatalismo de los veteranos. Llevaba ocho años
largos en Hispania. Había llegado al comenzar la
guerra contra los cartagineses, con las fuerzas que
desembarcaron en Emporion, el 535. A las órdenes
de Publio y Cneo Escipión luchó en las sangrientas
batallas de Kissa y de Atanagrum, y en el duro
asedio de Ausa, y aún en la terrible batalla de
Bocas del Hiberus. Sin embargo reconocía que
había tenido suerte cuando le encargaron la
dirección de tropas indígenas y pudo quedarse
vigilando la frontera del Hiberus. Muchos de sus
amigos, de los que habían marchado hacia el sur
estaban muertos. Incluso los invencibles Publio y
Cneo habían caído en manos de íberos y
cartagineses. Ahora la línea defensiva de Roma en
Hispania la marcaban Tibissi, Dertosa y el
campamento de Bocas de Hiberus, era el limes
definido por los ríos Sícoris y el Hiberus, e Iltirda
había de

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