---------------

Libro PDF Peligrosa Lucinda – Sunny

Peligrosa Lucinda – Sunny

Descargar Libro PDF Peligrosa Lucinda – Sunny 


Dicen que uno se hace más sabio con los
años. No sé qué decir al respecto. A mi
juicio, a veces uno se vuelve más tonto.
Una reina nos vio y gritó. Una reina
monère, con el característico vestido
negro y largo que denota su estatus.
Como si no pudieras reconocerla por su
sola presencia. Nos miró a los siete y
dejó escapar un aullido de terror, como
si los jinetes del Apocalipsis se
hubiesen escapado del infierno y
vinieran a por ella.
En realidad no era culpa suya. Aunque
tenía edad suficiente para ser más
madura: cerca de setenta y cinco años,
por lo que pude ver. Por esa misma
razón, podríais decir que yo también
debería haber actuado con más madurez.
Yo tenía más de seiscientos años. Más
de setecientos, si tengo en cuenta mi
vida anterior a esta, mi vida monère.
Eso es lo que había sido antes de morir
y convertirme en una demonio muerta.
Ahora vivía en el infierno. O, al menos,
eso había hecho antes de que me
expulsaran por culpa de unos incidentes
de los que había sido responsable.
Esos incidentes (los dos seres con los
que me había unido) estaban ahora a mi
lado, asustados al ver cómo la joven
reina se desgañitaba. Uno de ellos era
una criatura del infierno tan negra como
la noche. No, rectifico, era más negra
todavía. Su cuerpo, su pelo, su piel y sus
ojos eran negros como el carbón. Sus
ojos no tenían blanco, solo oscuridad
sobre oscuridad. Garra. Mi floradëur,
que significaba literalmente «flor de las
tinieblas». Un nombre poético que
describía apropiadamente su talle
esbelto como una vara de sauce y sus
delicados rasgos que rozaban la belleza
femenina.
Al otro lado estaba mi otro compañero
de enlace, Nico, el guerrero monère que
me había penetrado cuando Garra
estableció el vínculo entre nosotros. El
enlace sobrenatural nos había unido a
los tres de forma accidental, como si
dijese: «Uy, no sabía que podía pasar
eso». No solo desconocía la posibilidad
de hacer un enlace a tres bandas,
tampoco sabía que un ser muerto pudiera
unirse a un ser vivo. Ahora los tres
estábamos unidos, dos criaturas del
infierno y un monère. Y no solo era un
monère vivo, sino un antiguo monère
descastado: antiguo porque Nico me
pertenecía ahora. La Gran Corte, donde
estábamos, lo había reconocido como
tal. Lo que nos lleva de nuevo a la boba
gritona que nos había visto.
Nico y yo no la asustábamos. Aunque
yo era una demonio muerta, era una
mujer menuda. Mi apariencia no era muy
amenazante, a menos que quisiera serlo,
lo cual, doy mi palabra, no era mi
intención en ese momento. Tampoco
Stefan (el hermoso Stefan, el guerrero
monère al que yo amaba) ni su pupilo
humano/monère mestizo Jonnie, un
muchacho de dieciocho años. En
absoluto. Los que aterraban a la reina y
le hacían armar aquel estrépito eran los
dos últimos miembros del grupo: Ruric
y Hari. Mis guardianes reales
demoníacos.
Sí, reales. Yo era una princesa, hija
del gran señor del infierno y hermana
del actual gobernador, el príncipe
Halcyon. Era la princesa Lucinda. Pero
en la práctica se trataba de un título
inútil. Solamente gobernaba al demonio
díscolo al que había capturado mientras
él erraba por este reino terrestre. En
tanto que guardiana, mi tarea había
consistido en encontrar a estos demonios
traviesos y llevarlos de vuelta al
infierno antes de que siguieran causando
problemas.
Otro problema, y bien grande, era que
mi filiación había sido puesta en duda.
Pero ya no. Había demostrado de modo
irrefutable que era la hija del gran
señor. Y, a cambio, papá me había
asignado a sus dos mejores guardianes.
Se suponía que debían vigilarme y
protegerme. ¡Ja!
Fueran cuales fuesen las intenciones de
mi padre, parecía haberse equivocado.
Bastaba con mirar a Ruric para que uno
sintiera muchas ganas de gritar de
miedo.
Ruric significaba «roca» en el viejo
idioma, y eso era exactamente lo que él
parecía: una enorme masa rocosa. No
tan grande en cuanto a altura (medía
poco menos de dos metros) como en
anchura y profundidad. Una mole de
músculos descomunal. Su impresionante
físico lo hacía de por sí intimidante,
pero era la asombrosa fealdad de su
rostro lo que te cortaba la respiración, y
no en el buen sentido. Sus rasgos toscos
y desproporcionados eran rudos y
primarios; sus ojos, profundos y algo
desnivelados. No había ningún monère
tan feo como él. Hasta el hijo de la luna
más anodino encandilaba a los humanos,
y todos habíamos sido monère en algún
momento: criaturas sobrenaturales
descendientes de la luna, agraciadas con
sus dones. Los que tenían la suerte de
convertirse más tarde en demonios
muertos también eran agraciados con un
buen físico. No había sido así con Ruric.
Él era suma y asquerosamente feo.
También era uno de los últimos
demonios, dejando aparte a mi familia,
que llevaba la sangre de los drakons. La
estirpe de los dragones.
El otro demonio vivo de esa estirpe
casi extinta estaba a su lado. Hari era
guapo al estilo de los chicos malos.
Delgado y mezquino, arrogante y
mordaz, tenía de cautivador lo que Ruric
de feo. Las pieles de ambos eran de
color bronce, ligeramente más oscuro
que el de mi tono dorado, porque habían
vivido más tiempo que yo en el infierno.
Solamente mi padre, Blaec, tenía la piel
más oscura que ellos: la suya era
brillante, de color bronce bruñido,
después de haber vivido durante más de
mil años en nuestro reino. Eso situaba a
Ruric y Hari entre mis seiscientos años
de edad y los mil del gran señor.
Hari significaba literalmente «listo
como un mono». Pero, si lo era, lo era
de forma infantil y caprichosa. Era tan
alto como su compañero de clan. En ese
momento, sus rasgos afilados se
arrugaban, componiendo una sonrisa
sarcástica. No estaba tan guapo con ese
gesto de disgusto que distorsionaba su
rostro y lo hacía, si cabe, más
demoníaco.
Formábamos un grupo raro. Pero de
todos los que allí estábamos,
probablemente fueron Hari, Ruric y
Garra quienes asustaron a la reina. Hari
y Ruric porque eran justo lo que
parecían: depredadores demoníacos
grandes y malvados; Garra porque era
algo que ella no había visto nunca: una
criatura tan oscura como si la hubiesen
engendrado las mismas entrañas del
infierno. Solo alguien que no conozca
muy bien el infierno podría pensar eso,
claro está. Había cosas mucho peores
que las hermosas flores de las tinieblas.
—Cállate —salté. Fue mi reacción
instintiva. Porque los gritos no solo me
avergonzaban, sino que también me
herían los oídos. Se calló. No porque
quisiera hacerlo, sino porque no tenía
otra opción. Para el bien de todos sus
guardianes, que habían desenvainado sus
espadas, mi orden verbal, así como mi
orden mental, que era aún más poderosa,
le habían impedido hacer otra cosa que
no fuera obedecerme: era una de las
razones por las que los demonios
éramos tan temidos. No solo por nuestra
fuerza física superior, sino por el poder
mental que poseíamos. ¡Caramba! Digo
yo que teníamos derecho a recibir
alguna compensación por haber muerto.
—Déjanos —le dije agitando la mano
—. Vete. —No fueron tanto mis gestos
como mi orden mental lo que hizo que
ella y sus hombres se alejasen de
nosotros rápidamente.
En su lugar, un montón de guardianes
(oficiales pertenecientes a la Gran
Corte) vinieron corriendo hacia
nosotros.
No habíamos salido de la nada y
aparecido delante de ellos, aunque su
reacción extrema daba esa impresión.
De ningún modo. Habíamos llegado de
la forma tradicional, a través del portal
del bosque que había detrás de la casita
de campo de Halcyon, a la Gran Corte
de la reina. Habíamos parado en los
cuarteles generales de Halcyon, nos
habíamos reunido con Stefan y Jonnie y
después habíamos caminado todos
juntos como seres tranquilos y
civilizados por la acera, donde nos
habíamos cruzado con esa reina idiota,
que reaccionó como si nunca hubiese
visto un demonio.
Para concederle el beneficio de la
duda, supondremos que nunca lo había
visto. La mayoría de los monère no lo
hacían a no ser que asistieran a las
sesiones bimestrales del Consejo y
vieran a mi hermano Halcyon. Él era
como yo, su presencia no resultaba
intimidante. Desafortunadamente, no se
podía decir lo mismo de Ruric y Hari,
que intimidaban hasta a los otros
demonios. Y a eso hay que añadir el
factor sorpresa de un oscurísimo
floradëur.
Pero aun así, la mayoría de los
guardianes me conocía. O, al menos,
habían oído hablar de mí. Había estado
merodeando entre ellos unos días antes y
habían visto a Garra. Pero (mi memoria
tardaba en volver) él era entonces un ser
atrofiado. Ahora era tan alto como Ruric
y muy guapo, con una cabeza
proporcionada con su cuerpo. Imagino
que el cambio que se había producido en
él era bastante sorprendente. Y la
presencia de mis dos nuevos demonios
guardianes, además de los gritos de
terror de la reina, que debieron ponerlos
de los nervios…, así que ahí teníamos a
los guardianes acercándose a nosotros
con las espadas en alto.
Exactamente lo que yo quería evitar.
Un alboroto.
Contuve mis ganas de darles una orden
mental, como había hecho con la reina:
Bajad vuestras espadas.
No lo hice por respeto a la reina
madre; esos guardianes le pertenecían a
ella. Pero apreté los dientes del enfado y
mis dedos se crisparon en forma de
garras por el hecho de que me tratasen
como a la peligrosa depredadora que
era. Qué malos modales.
Se oyó una voz que reconocí al
instante.
—¡Deteneos! Envainad las espadas. Es
la princesa Lucinda. —El capitán
Gilbert acudía al rescate. No al mío,
sino al de sus hombres. Los dóciles
guardianes obedecieron a su capitán y
apartaron las espadas.
El capitán Gilbert se adelantó y miró,
precavido, a Ruric y Hari, que emitían
un agradable calor corporal cuando se
acercaron a mí.
—Princesa Lucinda —dijo. Hizo una
reverencia y besó el dorso de mi mano;
su bigote rozó mi piel suavemente. Era
uno de los pocos que tenían permiso
para tocarme de esa forma, porque el
hombre me caía bien. Y, además, porque
me había donado sangre gustosamente
las últimas veces que había estado aquí.
»Bienvenida, princesa. No
esperábamos que volviera tan pronto —
dijo el capitán Gilbert. Tenía razón.
Casi nunca iba ahí. Quizá solo una o dos
veces cada siglo, si acaso. Ahora había
venido tres veces seguidas, la última
hacía solo unos días. Unos días que
parecían haber traído un cambio
considerable en la Gran Corte de la
reina. Antes estaba todo bastante
tranquilo. Ahora bullía de gente.
—¿Hay sesión en el Consejo? —
pregunté, sorprendida.
—Una sesión rutinaria —dijo el
capitán Gilbert—. ¿No está aquí por
eso?
Yo había ocupado el asiento de
Halcyon en el Consejo poco antes,
cuando se convocó aquella reunión
extraordinaria para interrogar a Mona
Lisa en relación con la muerte de otra
reina. Halcyon no había tenido agallas
para hacerlo. Todavía estaba
recuperándose del ultraje que la reina
muerta se había atrevido a infligirle.
Ocupé su sitio porque la otra persona
que podía haberlo sustituido era el
propio gran señor. Pero mi padre
hubiera matado a la reina monère por no
haber respetado una de nuestras reglas
principales y estaba descansando de su
reciente viaje al reino de los vivos
donde había cumplido su venganza. Yo
había ido porque no quedaba nadie más
que pudiera acudir. De otro modo, me
habría mantenido alejada de la política
monère. Era el demonio menos político
de la familia. Halcyon había sido
educado en esa tradición y se
desenvolvía muy bien en la política de
ambos reinos. Pero yo no. A mí me
importaba un bledo. No tenía ataduras ni
intereses. Bastante atada estaba ahora
con ellos: cinco personas que de repente
me pertenecían por diferentes razones. Y
por las que ahora estaba aquí.
—No —respondí a su pregunta—. He
venido a ver a la reina madre por otro
asunto. Se trata de algo personal.
El capitán miró a los que estaban
detrás de mí y, como yo era una demonio
educada, al menos mientras estaba en la
Gran Corte, hice las presentaciones.
—Capitán Gilbert, ya conoce a Garra,
Nico, Jonnie y Stefan.
El capitán inclinó la cabeza y ellos
respondieron con un saludo cortés.
—Los otros dos demonios son Ruric y
Hari, los guardianes reales que me ha
asignado mi padre.
—¿Se encuentra en peligro, princesa?
—preguntó el capitán, y su mirada se
volvió aún más penetrante.
—Hay un demonio suelto… es uno de
los asuntos de los que tengo que hablar
con la reina madre. Ruric y Hari me
acompañarán hasta que sea capturado.
—¿Un demonio descastado?
—Sí. Es Derek, un antiguo guardián.
Los ojos del capitán revelaron una
preocupación aún mayor. Que hubiera un
demonio suelto era motivo suficiente
para preocuparse. Atacaría a los
humanos: eran más numerosos y fáciles
de cazar. Pero no había nada tan dulce y
vigorizante como la sangre monère.
Había habido matanzas en el pasado,
territorios enteros que habían sido
asolados cuando los demonios
descastados pasaban al otro reino y
saciaban su sed con la sangre de los
monère: incidentes de los que ya casi
nunca se producían debido a la
presencia de demonios guardianes.
Un demonio descastado era un rival
fácil para un guardián. Pero un antiguo
demonio guardián descastado… Pues
eso, que el capitán Gilbert tenía sus
razones para alarmarse.
El pobre capitán estaba metido en un
lío. El sentido común le decía que debía
comunicarle esto inmediatamente a la
reina madre, que gobernaba la Gran
Corte y era la mayor autoridad en el
continente sobre todo lo relacionado con
los monère. El sentido común le decía
también que no debía dejarme a mí ni a
mis otros demonios sin supervisión.
Tampoco podía arriesgarse a llevarnos
ante la reina madre, y menos cuando el
principal cometido del capitán era
protegerla. ¿Qué debía hacer? Y ¿a
quién podía enviar con la noticia de
nuestra llegada minuciosamente
explicada?
La aparición de lord Thorane salvó al
capitán Gilbert. La presencia autorizada
y familiar del portavoz del Consejo, así
como su cálida sonrisa, supusieron un
alivio tanto para el capitán como para
mí.
Lord Thorane me saludó con una leve
reverencia. Percibió a los dos demonios
que estaban a mi lado, pero no pareció
alarmarse.
—Princesa Lucinda. Su presencia es
bienvenida. Aunque creo que lo hubiese
sido más en otro momento.
—¿Se refiere a cuando el Consejo no
estuviese reunido?
—Es el nuevo año lunar —dijo,
informándome y desanimándome. ¡Vaya!
Por eso había tanta gente. De todos los
días que había para regresar, este era el
peor con diferencia: cuando la Gran
Corte estaba atestada de miles de
monère reunidos para asistir a las
fiestas.
—Mucho peor aún para intentar ver a
la gran reina —murmuré. La presencia
no solo de uno, sino tres demonios en la
Gran Corte (dos de ellos muy
intimidantes) aterrorizaría a todos los
monère.
Miré subrepticiamente a los dos
demonios situados a mi lado para ver si
habría alguna forma de apartarlos de mí.
Ruric respondió a mi mirada con un leve
fruncimiento de cejas, mientras que Hari
parecía estar divirtiéndose. Sin
embargo, la sonrisa burlona que había
en los ojos de Hari no podía ocultar la
férrea determinación que tenían. Ni lo
pienses, princesa. Te acompañaremos
dondequiera que vayas. Ruric parecía
ser el más amenazante, pero las
apariencias, como yo bien sabía, podían
resultar engañosas. Para mí, Hari era el
único al que había que vigilar, el menos
predecible.
Ya que no me iba a separar de ellos, se
me ocurrió suavizar su aspecto. Por
alguna razón absurda, pensé en faldas y
pelucas, y sonreí con malicia. Lo cual
hizo que la sonrisilla de Hari
desapareciera y que la sustituyera por
una preocupación con la que me sentí
mucho más cómoda.
Lord Thorane se aclaró la garganta:
—La reina madre ha dejado su
aeronave privada lista para despegar
por si teníais necesidad de regresar en
estos momentos tan ajetreados. —No
hacía falta preguntar adónde. No tenía
otro sitio para ir excepto mi pequeño
territorio. Y no necesitaba decir cuándo.
Sería ahora mismo, claro está.
»Será un placer escoltaros hasta allí —
se ofreció cortésmente, confirmando lo
que ya sabía: que cuanto antes nos
marchásemos, mejor. Nuestra presencia
en la celebración del nuevo año solo
podía acarrear perturbaciones, cuando
no sembrar el pánico. No era el tipo de
diplomacia demoníaca que mi padre
hubiera promovido.
—¿Y qué hay de nuestro equipaje? —
pregunté, aunque en realidad solo era lo
que habían traído Jonnie, Stefan, Hari y
Ruric. Habíamos dejado sus cosas en la
casita de campo de mi hermano. Garra,
Nico y yo no traíamos más que lo
puesto.
—Mis hombres llevarán vuestro
equipaje a la aeronave —me tranquilizó
lord Thorane antes de apartarnos
discretamente hasta un patio trasero
donde había dos furgones esperándonos.
—Tres demonios, un negro floradëur,
dos monère descastados y un mestizo
que desaparecen en menos de dos
minutos. Eso sí que es magia —dije,
fríamente, una vez que estuvimos
sentados y de camino hacia la pista de
despegue. Hari iba detrás, mientras que
Nico, Garra y yo estábamos en la fila de
en medio. Lord Thorane se hallaba en el
asiento delantero, al lado del conductor.
Ruric, Stefan y Jonnie nos seguían en el
segundo furgón.
—La reina madre la aprecia mucho y
la tiene en gran estima —respondió
cálidamente lord Thorane—. De hecho,
habla de usted con mucho cariño. Y lo
mismo siente por sus hombres. No los
considera simples lacayos —añadió
medio en broma.
—Ya lo sé. Lo siento —dije,
disculpándome—. Ojalá hubiera podido
verla. Pero te lo puedo contar todo a ti.
—Y le relaté que mi padre y mi hermano
habían buscado a Derek en el infierno,
pero no habían podido capturar al
demonio descastado. Derek había
intentado acabar con mi vida eterna, y
había estado a punto de conseguirlo—.
Ya se lo hemos dicho a los otros
guardianes —le dije—, que estarán
alerta hasta que sea apresado.
—Eso mismo haremos nosotros. Por
eso su padre le ha asignado dos
guardianes —dijo lord Thorane
pensativo, antes de girarse para mirar
con curiosidad a Hari.
Entonces se lo presenté.
A lord Thorane le brillaron los ojos.
—Es un placer conocerlo —le dijo—.
¿Ruric es el otro demonio guardián?
—Los conoces —dije, sorprendida.
Asintió, complacido.
—Sí. He oído hablar de los dos
últimos grandes guerreros de la estirpe
dragón. La reina madre se arrepentirá
aún más por no verla cuando sepa quién
la acompañaba.
—Estaremos cerca. Seguro que
podremos verla dentro de poco. —Tenía
la certeza de que iba a estar mucho
tiempo en la parte superior del reino.
Cuando llegamos, los motores de la
aeronave ya estaban en marcha. Y
nuestro equipaje llegó tres minutos
después que nosotros. En un lapso de
tiempo sorprendentemente corto,
estábamos en el aire, volando hacia
Arizona, nuestro nuevo hogar.
2
Estar sentada en un aeroplano constituía
una dicotomía incómoda. Hacías algo a
mucha velocidad y, a la vez, no tenías
nada que hacer mientras recorrías la
larga distancia. Tuve tiempo de ponerme
nerviosa, y no el suficiente para poder
controlarme. No me había dado tiempo a
preparar las cosas con antelación, ni a
limpiar la casa.
Bienvenidos a casa. A las telarañas y a
Dios sabe qué más.
Había previsto entretener a mi grupito
en la Gran Corte durante un par de días
mientras yo limpiaba y lo dejaba todo
preparado. Pues bien, el plan había sido
abortado, y viajábamos más rápido de lo
que yo quería hacia mi pequeño
territorio de Arizona.
Sin tener nada más que hacer, fui a la
cabina y le dije al piloto que llamara a
Donald MacPherson, un humano que, sin
saberlo, había trabajado para el infierno
durante (¿cuánto tiempo hacía ya?) casi
doce años. A la noticia de que llegaría a
Arizona en unas pocas horas y de que
tenía pensado quedarme en casa,
respondió tranquilamente:
—Intentaré que te den de alta en las
compañías de la luz y el teléfono antes
de que llegues, y procuraré que alguien
vaya a limpiar mañana.
Le recité de un tirón la ubicación de mi
coche y le pedí que se encargara de que
me lo trajesen. Luego le pedí que hiciese
lo mismo con el coche de Stefan. Se
quedó en silencio después de que le
dijese la marca, el modelo, el número de
matrícula y la plaza de aparcamiento del
aeropuerto: detalles que había
conseguido memorizar. Estuve a punto
de reírme al imaginar al escocés bajito
que estaría con el ceño fruncido
intentando formular una pregunta.
Mi voz se suavizó, convirtiéndose en
un arrullo burlón.
—No te preocupes. No voy a robar el
coche. El propietario del vehículo va a
estar conmigo en la casa de Arizona.
Solo tienen que remolcarlo hasta allí —
le dije, y colgué el teléfono.
—Has sido muy amable por encargarte
de que me traigan el coche —dijo Stefan
cuando regresé al asiento de la cabina.
Volábamos hacia nuestro nuevo hogar
envueltos en cuero acolchado y
rodeados de madera de primera calidad.
Lo cual era una faena, porque el
contraste entre aquel lujo y la casa
desastrosa que nos esperaba iba a ser
desolador. Esto casi me hizo morderme
mis uñas afiladas como cuchillas—.
Pero yo habría podido encargarme de
mis asuntos al llegar. Cuando supiera la
dirección —añadió.
—Tuviste que abandonar el coche por
mi culpa. —El recuerdo de todo a lo que
había renunciado voluntariamente para
estar conmigo me humedeció los ojos y
me relajó un instante—. Es lógico que
me encargue de que lo recuperes. —Me
sorprendió, como siempre, que esa
criatura viva y hermosa me quisiera…
me deseara.
Unos ojos negros y acuosos me
miraron sin rastro alguno del miedo que
normalmente yo inspiraba en otros
monère: lo que los demonios muertos
suelen inspirar en los vivos. Yo temía un
poco la reacción de Stefan, que me viera
regresar acompañada por dos demonios
varones, pero en sus ojos solamente
había percibido alivio por mi regreso.
Él no sabía si volvería a verme; ni
siquiera si sobreviviríamos al viaje.
—Estás nerviosa —dijo Stefan—. No
tienes por qué.
—Aún no has visto la casa —lo
advertí—. Hace dos años que no voy
por allí. —No tenía en cuenta el tiempo
que había estado entrando y saliendo de
mi territorio para cazar a Nico, que
entonces era un guerrero descastado al
que me habían encargado capturar, pero
al que finalmente retuve conmigo—. No
va a ser muy agradable verla sin haber
tenido tiempo de limpiarla antes.
—¿Un par de años? Pensaba que tu
residencia estaba aquí.
Me encogí de hombros.
—Es una provincia pequeña situada
entre dos territorios que la Gran Corte
de la reina me otorgó hace treinta años
en reconocimiento a mis siglos de
servicio. —Había estado patrullando
ese reino durante casi quinientos años,
velando por los intereses de los monère
y los demonios… aunque lo primero
había sido más bien una ocurrencia feliz
y tardía que coincidió con mis
desordenadas capturas de demonios
traviesos y malvados—. No es tanto un
hogar como una zona neutral donde
puedo aterrizar de vez en cuando sin que
la gente se ponga nerviosa. No me
malinterpretes. Tengo el poder de
cualquier reina. Ningún monère ha
entrado en mi provincia sin mi permiso.
—Eso lo dejé bien claro cuando
desmembré a los dos primeros
infractores que se atrevieron a cruzar
ilegalmente mi frontera y los devolví a
sus respectivas reinas—. Pero suelen
pasar años entre mis visitas.
—Entonces tendrás otros lugares de
residencia.
—Todas las reinas mantienen un lugar,
por orden del Consejo, para los
guardianes que estén de paso.
Normalmente es un apartamento
pequeño en la frontera de su territorio.
Tras desabrocharse el cinturón, Stefan
se puso en pie y se acercó a mí.
—Vamos —dijo, ayudándome a
levantarme.
—¿Adónde vamos? —le pregunté,
siguiéndolo, perpleja. La aeronave era
más amplia de lo habitual, pero no tanto
como un avión.
—Vamos a intercambiar los asientos
—anunció Stefan, y se detuvo junto a un
asiento alargado que podían ocupar tres
personas en el que Jonnie, su pupilo,
estaba tumbado viendo una película en
un artilugio portátil. Al otro lado del
pasillo, Garra y Nico estaban sentados
frente a frente en el mismo tipo de
asientos que había en el resto de la
aeronave.
—Claro que sí —dijo Jonnie. Se puso
de pie con cuidado, lo que me recordó
que todavía se estaba recuperando de la
herida de bala. Me guiñó un ojo y fue al
sillón que había desocupado Stefan.
Por raro que parezca, me sonrojé.
Stefan se sentó y tiró de mí para que
me instalase a su lado. Terminamos
mirando directamente a lo que debían
haber sido los perfiles de Nico y Garra,
pero se habían girado y nos miraban.
Todos los que estaban en la cabina lo
hacían.
—Estás nerviosa y cansada —murmuró
Stefan—. Cierra los ojos y apoya la
cabeza en mi hombro. Intenta descansar.
Sorprendentemente, le obedecí y
disfruté de su contacto: su brazo
alrededor de mi hombro, mi suavidad
femenina descansando contra su dureza
masculina. Por primera vez en varios
días, me relajé. Sin preguntas. Sin tener
que dar respuestas.
Él me trajo la paz, me ofreció una
breve tregua en mi existencia alocada e
increíblemente compleja. Una
oportunidad de descansar. Y eso hice,
tras dejar escapar un leve suspiro.
Todo lo demás podía

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------