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Libro PDF Regreso al país de las sombras largas – Hans Ruesch

Regreso al país de las sombras largas - Hans Ruesch

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LA primera vez que Viví rehusó reír, Papik
comprendió que estaba grávida, aunque los dos
ignorasen la razón por la cual la preñez en las
mujeres de su raza imponía su rechazo al hombre.
El motivo no es otro que no dañar la prole, tal
como sucede entre los animales.
Por otra parte, desde que la larga noche polar
cubriera de oscuridad y silencio la cima del
mundo, Papik había tenido más deseos de dormir
que de reír.
Cuando los primeros albores de la primavera
penetraron la pared circular del pequeño iglú, la
pareja salió de la pereza invernal como en un acto
de resurrección; sus cuerpos habían quemado
totalmente sus grasas y debido a que sus
provisiones se habían agotado era preciso, como
siempre, pensar en la subsistencia, en la nutrición
inmediata y en el hijo en camino. Sin embargo, no
era el alimento lo que preocupaba a Viví, ni
tampoco la criatura que pataleaba como si quisiera
echar abajo, a puntapiés, la puerta materna.
—Una tonta mujer otra vez se ha despertado en
lágrimas soñando con su niña —dijo con aire
culpable mientras ayudaba a su marido a ponerse
las botas.
—La olvidarás en cuanto nazca el varón —le
aseguró Papik sin evidenciar la menor duda ya que
los vuelos de los cormoranes durante el otoño
pasado habían pronosticado claramente el
nacimiento de un varón—. Ahora alguien va en
busca de carne.
Y salió del iglú arrastrándose a lo largo del
angosto túnel. En cuanto su nariz quedó al
descubierto sintió el mordisco de la helada en los
ojos, la única parte de su persona que no podía
revestir de grasa o de pelo. Permaneciendo de
bruces en el suelo escrutó el ilimitado desierto de
hielo trastornado por las corrientes ventosas y
marinas. Los rayos del sol aún escondido
enrojecían los picos más elevados. De no ser así,
el glacial panorama hubiese sido lívido. Aquella
era la cima del mundo. El país de las sombras
largas. Donde todo es distinto: hombres, bestias, y
la naturaleza misma. El mar es sólido. Nieva sólo
en verano ya que en invierno el intenso frío impide
toda precipitación. Donde el sol está bajo aun
cuando alcance el vértice, pero en compensación

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no se pone hasta el otoño. Donde los perros son
los mejores enemigos del hombre. Donde existen
pájaros que no vuelan, mamíferos que viven en el
mar, animales acuáticos que se arrastran por tierra,
y algunos seres humanos que el mundo llama
esquimales, o sea, comedores de carne cruda, si
bien ellos se definen simplemente como Inuit: los
hombres.
Pues se consideran los únicos dignos de
llamarse así.
Papik no había salido totalmente de la boca del
túnel y ya su aliento le había escarchado las cejas
y el borde del capuchón. Cuando estuvo en pie
escupió y oyó el ruido seco del hielo al caer sobre
el hielo.
No hacía calor.
Ante la agresión del frío, los perros
hambrientos ladraban y gruñían en dirección al
amo, erizando su pelo en el que se había
incrustado la escarcha, mostrando los dientes
quebrados a golpes de piedra. En cuanto Viví hubo
librado del túnel su vientre grávido, los apaleó sin
razón alguna, menos a Toctú que era el jefe.
Cuando el grupo de perros se persuadió de la
necesidad de hacer silencio, se oyeron lejanos
soplos provenientes de los agujeros de aire que las
focas mantienen abiertos en la costra del mar
helado. Papik no había sabido encontrarlos las
pocas veces en que, sacudiéndose la pereza
invernal, había salido en medio de la noche polar
a sus exploraciones.
A Viví se le iluminó el semblante mientras se
golpeaba el vientre: «¡El chiquito tiene hambre!»
Viví era bella, especialmente cuando sonreía,
lo que en los últimos tiempos sucedía muy de

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cuando en cuando. Su palidez de fines de invierno
hacía resaltar sus ojos oscuros y vivaces. Los
labios carnosos y los pómulos altos acentuaban los
rasgos asiáticos de su fisonomía. Era alta, y
cuando no estaba encinta, era bastante esbelta para
ser esquimal.
—¡Escóndete! —le ordenó Papik—. Y haz
callar a los perros. Alguien quiere regresar antes
del sol. —Y se encaminó sobre el Océano Glacial
con su paso de joven ánade, los pies separados, a
causa de las ceñidas botas de foca que le llegaban
a la ingle.
La costra marina resonaba bajo sus pasos y él
tuvo que volver más elástico su andar hasta
sentirlo casi silencioso.
Antes de llegar a los agujeros de aire avistó
una forma familiar tendida sobre un banco de
hielo; una forma hinchada, oscura, ahusada. Una
hembra mañanera ya salida del mar, le ahorró a
Papik un acecho que podía durar toda una
eternidad junto a una abertura de ventilación, a
riesgo de quedar congelado.
No tenía más que acercarse y matarla.
La vista de las focas es débil pero su olfato
agudo, y Papik llevaba encima tanta grasa de foca
que olía más a foca que a hombre. Antes de entrar
en el campo visual de la presa, a menos de
trescientos pasos, se quitó la pelliza de oso blanco
que la habría espantado y avanzó de bruces, sólo
cubierto por su ropa interior de pájaro. Compuesta
exclusivamente por pequeñas pieles negras,
cosidas por mujeres que no medían el tiempo en
horas sino en estaciones, esa indumentaria era
escudo insuficiente contra la helada; pero ayudaba
a quien la vestía a asemejarse a una foca.
Por otra parte, Papik había dejado de reparar
en el frío. Desde el momento en que había
divisado la presa, la fiebre de la caza se le había
encendido en las venas hasta tal punto que empezó
a babear; le temblaba el mentón, hilos de saliva
pendían de las comisuras de su boca y se
congelaban hasta volverse opacos, quebrándose
cuando él movía la cabeza.
La foca estaba encogida entre dos agujeros de
aire, pronta a sumergirse a la primera señal de
peligro. Agotada por la larga vigilia del invierno
durante la cual había debido roer la costra helada
para mantener abiertos los agujeros, trataba ahora
de recuperarse con pequeños, brevísimos sueños y
algunas palpitaciones. Entre uno y otro cabeceo
giraba el pescuezo para inspeccionar el hielo o se
rascaba con una aleta o se sacudía sobre su grueso
vientre, desplazándose sólo algunos palmos.
Cuando su cabeza permaneció en alto dirigida
hacia donde él estaba, Papik comprendió que
había sido descubierto.
Se enmascaró la cara con un largo mechón
negro y se ocultó, boca abajo, como una foca
adormecida. Después, miró en torno a él moviendo
la cabeza; empezó a mugir estrechando los brazos
y el arpón contra su cuerpo, se rascó con un pie y
avanzó moviéndose sobre su vientre.
Cuando el resplandor del sol ausente recorrió
un buen tramo de horizonte, la foca pareció
fascinada; Papik ya se encontraba a tiro; no podía
arriesgarse a fallar y tuvo que recurrir a toda la
fuerza de su voluntad para frenar la propia
impaciencia. Sólo cuando estuvo tan cerca de su
presa hasta el punto de poder mirar sus grandes
ojos redondos y negros, arrojó el arpón,
convencido de haberse asegurado la comida.
Ilusiones.
No había advertido al oso blanco en acecho, el
único animal que sobre los hielos puede vencer al
hombre.
Tampoco la foca había husmeado su presencia,
distraída por el galanteo de Papik. Pero cuando
vio levantarse el brazo armado se precipitó hacia
la salida segura saltando sobre las aletas a
sorprendente velocidad.
El arpón fue más veloz.
Mientras la correa se desenrollaba, la punta en
forma de garfio penetró en la nuca del animal que
no por esto detuvo la huida. Pero antes de que
pudiera zambullirse, una gran garra blanca y
velluda le arrojó desde atrás un bloque de hielo y
la aturdió, inmovilizándola. Luego el resto del oso
salió al descubierto.
Era un macho de gran tamaño, pobre en carnes
pero rico en experiencia. Como desde lejos
hubiera bastado su hocico negro para traicionar su
presencia sobre la blancura, el oso se lo había
enharinado restregándolo sobre la costra marina.
Se acurrucó plácidamente sobre el hielo; en señal
de posesión apoyó una zarpa sobre la foca que
estaba como muerta y yacía, la cara vuelta hacia
abajo, y se puso a examinar al hombre que,
estupefacto, lo observaba a su vez. Más aún,
observaba a ambos.
Porque los osos se habían convertido en dos.
El macho había llevado tras de sí a la hembra,
evidentemente preñada, y también ella había
salido al descubierto. Sin duda la pareja, riendo
sarcásticamente bajo sus bigotes, había espiado al
hombre en espera de recoger los frutos de sus
esfuerzos.
La mano de Papik corrió en busca del cuchillo
pero los dedos rígidos, no lograron extraerlo; la
vista se le empañó y a causa del miedo se le
doblaron las rodillas. Enseguida se dio cuenta por
qué había fracasado: no llevaba consigo los
amuletos de caza. Eso explicaba todo. Para su
seguridad Viví se los había cosido a la chaqueta
que se había quitado. Ahora se encontraba a
merced de los osos. En su estado no habría podido
burlar su ataque; además el arpón había quedado
metido en la foca. Sintió el cansancio de golpe y
todo el frío en el que antes no había reparado, ese
aire glacial que le había penetrado profundamente,
hasta la médula. Tuvo una fugaz visión de Viví: la
vio congelarse lentamente, esperando su regreso,
junto al niño que llevaba en las entrañas. La cima
del mundo tiene esparcidos sobre toda su
superficie pequeños iglús convertidos en
sepulcros.
Mientras tanto, los osos parecían satisfechos
de su botín. De pronto se olvidaron totalmente de
Papik porque la foca, reponiéndose, empezó a
temblar bajo la garra del macho que con sus uñas,
a modo de abanico, le desgarró el vientre. Salió a
la luz un cachorrito rosado que se contorsionaba
en la grasa humeante, con ojos sanguinolentos y
ciegos bajo la frente huidiza y llena de arrugas. La
osa se adelantó, aferró por la nuca el goteante feto
y se alejó para devorarlo sin ser estorbada.
Pésimo perdedor, Papik quiso replicarle a la
bestia que se había mofado de él: un macho que le
permitía a la hembra sustraerle el mejor bocado,
simplemente debía esconderse. Vano consuelo;
sobre todo porque él mismo no se comportaba en
forma distinta con Viví. Aunque sólo en ausencia
de testigos.
Viví no manifestó su júbilo cuando Papik volvió a
casa, así como no había evidenciado su
preocupación cuando lo vio partir. Él jamás debía
saber lo que ella sentía cuando se quedaba sola en
la cima del mundo con los perros famélicos que
gruñían en el túnel y un niño impaciente que
pataleaba en sus entrañas.
Preguntándose si el marido regresaría.
Papik se sacudió sobre la piel que recubría el
levantado lecho de nieve y permaneció inmóvil
mirando la baja cúpula interior convertida en hielo
durante el invierno. Viví no había encendido el
pabilo para economizar la grasa de foca que da
más calor cuando se quema en el cuerpo, y el iglú
estaba neblinoso por la humedad que produce la
epidermis humana. Con la piedra de sílice y la
yesca de hongos secos dio fuego al pabilo de
heces resecas de perro, y a medida que en el velón
de esteatita la grasa se derretía, creció la diminuta
llama devorando la niebla y atacando el frío.
Ayudándose de manos y dientes Viví consiguió,
al cabo de un gran esfuerzo, quitarle las botas
heladas al marido.
Casi siempre el cuerpo de Papik, todo carne y
grasa, irradiaba más calor que un candil y bastaba
para calentar el iglú. Pero ahora no era más que
una masa fría e inerte. Viví se bajó los pantalones
y oprimió con sus muslos los pies helados
colocando las plantas en sus partes más cálidas.
Mientras tanto le sonreía, aunque sin obtener
respuesta.
Entonces le lamió los dedos de los pies para
hacerlos entrar en calor. Y dado que Papik no
reaccionaba le tocó la cara y advirtió que estaba
dura como un hueso.
Su sonrisa se desvaneció.
Con los nudillos le martilleó las mejillas hasta
que la capa de grasa rígida se rompió como una
máscara de creta. Entonces vio la nariz con las
manchas blancas de hielo y la tomó con la boca
insuflándole calor y frotándola dulcemente con su
propia nariz; insistió mucho tiempo.
Cuando la nariz se volvió mórbida y los ojos
se hicieron más vivos, Papik lanzó un largo
suspiro y farfulló, la mandíbula todavía
endurecida:
—¡Si supieras lo que ha sucedido! ¡Como para
reír!
—Una mujer se lo estaba preguntando. —
Tranquilizada, Viví se apoyó contra una pared y
puso los pies de Papik sobre su propio vientre
bullente.
—Escucha. Alguien consigue arponear una
foca grande, y ya piensa en la espléndida comida.
Después llega una pareja de osos y alguien pierde
no sólo la foca sino también el arpón. ¿Has oído
alguna vez una cosa más cómica?
Viví debió haber oído historias más cómicas
porque mientras Papik se dislocaba los maxilares,
ella consiguió esbozar una sonrisa.
—¡Y ahora deberemos matar a uno de nuestros
perros! —continuó Papik maravillándose de que
Viví no riera también a mandíbula batiente—.
¡Como si tuviésemos de sobra! ¡Es como para reír!
Cuando el calor femenino comenzó a excitar a
Papik, quitando de sus miembros los residuos del
frío, y él le sugirió sacarse los pantalones, Viví
frunció la nariz en señal de negativa, indico el
ventanuco de hielo transparente encastrado en la

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