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Libro PDF Un compromiso real Sophie Weston

Un compromiso real  Sophie Weston

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Heller anunció que desheredaba a su hija, el interés amoroso
de Barry se evaporó, llevándose por delante todos los sueños
de Francesca y gran parte de su autoestima.
–Deberías haber pensado en ello antes, al fin y al cabo no
sabías casi nada de Barry –dijo Jazz.
–¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta? –
Francesca se mordió el labio.
–En realidad te lo temías. Aunque tu padre haya
investigado su pasado, la responsable del fracaso final eres
tú –afirmó Jazz.
Durante la escena en el almacén, Francesca había
plantado cara a su padre, había enlazado su brazo con el de
Barry y había acusado a Peter Heller de manipulador y
troglodita obsesionado por el dinero.
–Mi dulce paloma –le dijo Barry con ternura. Le quitó las
gafas y se guardó estas en el bolsillo de la chaqueta. Aquel
era uno de sus gestos embaucadores de más encanto. Esa
costumbre le había costado a Francesca una fortuna en gafas
de repuesto, que habían quedado desperdigadas por los
apartamentos de ambos–. No puedo hacerte esto –la besó en
la frente, en un gesto de renuncia galante que daba por
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terminada la relación.
Peter Heller resopló. Francesca se mareó: sin gafas lo
veía todo borroso.
–Pero los dos somos jóvenes. Tenemos salud… ¿Para qué
necesitamos el dinero de mi padre? Podemos trabajar –dijo
ella con entereza–. No me importa tu pasado. Estoy contigo.
Juntos podremos con todo.
–No, no podremos –aseguró Barry sin un ápice de
ternura en la voz.
–Ajá –Peter estaba encantado y chasqueó los dedos.
Francesca no le hizo caso y se dirigió hacia la sombra
borrosa que constituía la figura de Barry.
–Yo no necesito el dinero…
–Pero yo sí –dijo él con una nota de angustia–. ¿No lo
entiendes? Me he pasado toda la vida sin saber dónde iba a
comer al día siguiente, y no estoy dispuesto a volver a lo
mismo.
Francesca no dijo nada.
–Adiós, señor Trott –dijo Peter. Después de todo ese era
el verdadero nombre de Barry, y no «de la Touche».
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Francesca siguió sin prestarle atención.
–Así que piensas que no puedo mantenerte –le dijo a
Barry. Su propia voz le sonaba extraña.
–El canalla de tu padre acaba de echarlo todo a perder.
A partir de ese instante se dio por vencida. Era el final.
Aquel era el peor día de su vida. Rio brevemente con
amargura y le tendió la mano educadamente.
–Supongo que tienes razón. Adiós, Barry.
Se adentró en el almacén, sin dirigir la palabra a su
padre, para buscar el último par de gafas de repuesto. Las
encontró en el botiquín de primeros auxilios. Era un par
viejo, una de las patillas se había roto y estaba sujeta de
cualquier manera con una banda adhesiva.
Jazz parecía una bruja subida en lo alto de la escalera.
–¿Qué quiere decir eso de que la verdadera autora del
fracaso soy yo? –preguntó Francesca.
–Pues que nunca le dijiste a Barry que tenías un montón
de dinero propio. Esa ha sido tu manera de ponerlo a prueba
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–le contestó Jazz con cariño.
–¿Cómo dices? –farfulló Francesca sobresaltada.
–¿Lo has olvidado? Me lo contaste. Cuando empezamos
a hablar de abrir la librería, te dije que me preocupaba
mucho encontrar un inversor que estuviera dispuesto a
perder dinero al principio. Yo creía que el negocio era viable,
pero también sabía que habría que esperar cierto tiempo
para obtener beneficios. Y tú me dijiste que tu padre te había
donado una gran cantidad de dinero cuando todavía eras
una niña, que el dinero era tuyo y que podías hacer con él lo
que quisieras. Y yo te contesté que, en ese caso, podíamos
seguir adelante con el negocio. ¿No te acuerdas?
–Sí, es verdad, ya veo lo que me quieres decir –Francesca
tragó saliva con dificultad.
–¿Por qué no le contaste a Barry que la herencia ya era
tuya y que podías disponer de ella en cualquier momento?
–Lo intenté.
–No, no lo intentaste –dijo Jazz astutamente–. Tú
también querías saber la verdad, Franny.
–¿Saber qué?
–Si a él le importaba el dinero o no.
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Francesca se estremeció, pero era una mujer fuerte que
podía encajar las verdades, por muy desagradables que
fueran.
–Sí, supongo que sí.
–¿Te das cuenta? No estabas totalmente convencida.
Tenías tus dudas, como corresponde a la mujer sensata que
eres.
–Soy una mujer sensata y poco atractiva –dijo entre
dientes.
–Jamás te hubieras casado con ese idiota.
Francesca cambió de postura con torpeza.
–Todos los hombres que se han interesado por mí
estaban deslumbrados bien por el título nobiliario de mi
madre bien por los millones de mi padre. Y cuando
finalmente se fijan en mí, en lo que puedo ofrecer por mí
misma, abandonan –la verdad se había abierto paso
definitivamente.
Jazz estaba impresionada, tanto por lo que había dicho
Francesca, como por el tono de resignación que había
utilizado.
–Tonterías –dijo con diez segundos de retraso.
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Francesca sonrió cansinamente.
–No sabes cuántos desengaños que he sufrido.
–¿No los hemos sufrido todos? A eso se le llama hacerse
mayor.
–Con veintitrés años ya debería haberlo asumido –dijo
Francesca secamente–. No, la verdad es que tengo
problemas para entender a la gente. Con las cifras me llevo
bien, con los datos también, pero con la gente… Ya he
perdido toda esperanza.
Jazz no sabía qué decir.
Francesca se puso de pie y enderezó los hombros.
Incluso fue capaz de esbozar una pequeña sonrisa.
–Todo esto significa que no me queda más remedio que
concentrarme en mi carrera profesional. Así que llévame a
esa maldita fiesta.
Conrad Domitio sacudió la cabeza. Estaba sentado en un
sillón antiguo y sintió deseos de tomar un poco de aire
fresco.
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–¿Cuánto va a durar esto? –le gritó a la relaciones
públicas.
Esta se acercó un poco al dios moreno que tenía enfrente.
Alto, con ojos de color miel, complexión atlética y cejas de
filósofo, Conrad Domitio lo tenía todo. Incluso la voz
resultaba sexy. La hacía estremecerse, a ella y a todas las
mujeres que trabajaban en Gravon&Blake, su editorial.
–Una hora –gritó ella a su vez.
Sabía perfectamente que iba a durar más, pero no quiso
empeorar la impaciencia que Conrad Domitio sentía en
manos de los relaciones públicas. Al fin y al cabo, no solo era
un héroe y un hombre guapo, además era un príncipe.
El departamento de relaciones públicas apenas se creía
la gran suerte que había tenido: un príncipe. Aunque el
editor les había recordado que, además, era un escritor de
los pies a la cabeza, ellos habían dejado de lado ese dato para
concentrarse en lo que realmente vendía libros. Y Cenizas al
viento iba a ser el bestseller de esa primavera, se podía palpar
en el ambiente.
–¿Una hora? –Conrad consultó su reloj. Podría
aguantarlo.
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La sesión de promoción del libro no sería tan
desagradable si las paredes de la estancia no estuvieran
llenas de gigantescas fotos suyas que le hacían parecer una
estrella de cine. No le gustaban las fotos. En realidad, ni
siquiera deseaba escribir el libro, pero el fotógrafo de la
expedición había tomado unas instantáneas sobrecogedoras
del volcán en erupción y de la precipitada huida del grupo.
Honradamente, Conrad tenía que reconocer que las fotos
merecían que se escribiera un libro sobre ellas. Además,
siendo como era un cronista empedernido, ya tenía más de
la mitad del libro escrito en su diario cuando se lo
propusieron. Así que aceptó. No lo lamentaba, de hecho
estaba bastante orgulloso del resultado, pero desde luego, no
estaba preparado para aguantar el circo que los relaciones
públicas estaban montando. Conrad tembló, pero se dijo a sí
mismo que era capaz de aguantar una hora de cualquier
cosa. Al fin y al cabo, los beneficios del libro estaban
destinados a una buena obra.
Y esa era la razón de que, nueve meses después de haber
sacado a un grupo de seis personas agotadas de la oscuridad
cenicienta de un volcán en erupción, se encontrara en las
oficinas de Gravon&Blake bebiendo champán, rodeado de
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gigantescas fotos de montañas humeantes y saltamontes de
ojos prominentes. La iluminación estaba a medio camino
entre la de una discoteca y la de una tormenta en el bosque;
la música reproducía el sonido de los tambores en la jungla.
La relaciones públicas agitó una mano hacia la bulliciosa
multitud.
–Circulen, por favor, circulen.
La boca de Conrad se contrajo con un gesto nervioso. Por
un instante, aquel tono amable pero autoritario le había
recordado a su abuelo, el ex rey de Montasuro. Se encogió de
hombros con indiferencia.
–Supongo que cuanto antes terminemos de informar a
todos, antes podremos irnos a casa –dijo con resignación. Y
se adentró en la zona de luz cavernosa para cumplir con su
obligación.
La iluminación tipo discoteca alejó un poco a Francesca
de sus preocupaciones.
–Debería haberme cambiado de ropa –dijo mirando a
una mujer que se alejaba saludando con un vestido plateado.
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–Es una de las organizadoras de la fiesta –comentó Jazz
sonriendo complacida–. No te preocupes. La mitad de la
gente viene directamente del trabajo, como nosotras.
Jazz echó un vistazo a Francesca e hizo un
descubrimiento desagradable.
–Ay, no… las gafas del botiquín de primeros auxilios no.
–Son las únicas que he podido encontrar –contestó
Francesca, desafiante.
–Dámelas ahora mismo –ordenó Jazz alargando la
mano.
–Pero sin ellas estoy más ciega que un murciélago. Tú no
sabes lo que es ser tan miope como yo.
–Ninguna mujer de negocios seria puede trabajar con
unas gafas sujetas con una banda adhesiva. Y al parecer tú
has decidido entregarte de lleno a tu carrera profesional,
¿recuerdas?
–A pesar de todo, me gustaría ver.
–No –dijo Jazz tajantemente–. Esta noche representas a
The Buzz. Nosotras somos interesantes, estamos en la onda.
Las gafas desentonan.
Francesca se rindió y le entregó las gafas. Jazz tomó una
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de las bolsas que estaban preparadas para los invitados y se
la dio a Francesca.
–Son notas de prensa y pequeños obsequios. Escoge lo
que te interese y deja lo demás.
–Tengo mucho que aprender –dijo Francesca,
compungida, mientras Jazz examinaba el contenido de la
bolsa.
–Chocolatinas, qué bien, quédatelas. El programa de la
fiesta, lo necesitamos. A ver, ¿qué libros hay? Localiza a la
ballena. No interesa. Cinco mil años de desperdicios. Tampoco.
Cenizas al viento. Dos autores. Mira, este tiene buena pinta –
Jazz le tendió una foto mientras buscaba ávidamente por el
salón.
Francesca sabía que le iba a resultar imposible ver ni leer
nada sin las gafas. Apenas podría moverse sin tropezar con
algo o con alguien, miró la foto en blanco y negro
entrecerrando los ojos, pero solo logró adivinar un rostro
borroso.
–Es guapísimo –exclamó Jazz buscando más
información sobre él en el folleto–. Escucha: «Conrad
Domitio es uno de los mejores sismólogos del mundo, pero
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no es un vulcanista. Cuando se unió a la expedición del
profesor Roy Blackland al Salaman Kao, era su primera
aventura dentro del cráter de un volcán».
–Oh no, otro libro de volcanes, no.
–Escucha –dijo Jazz haciendo una lectura rápida del
folleto–. Ahora viene lo más interesante: «A Conrad Domitio
se le conoce también como Príncipe de la Corona de
Montasuro. Es el heredero de su abuelo, el octogenario y
depuesto rey Felix. El propio Felix tuvo que huir del país
hacia Londres, vía Italia, después de haber dedicado su
juventud a combatir a los diversos invasores de la
inexpugnable fortaleza de los Domitio en las montañas.
Felix no tiene ninguna duda: “mi nieto es un líder nato”,
declaró en cierta ocasión. La heroicidad de salvar a seis
personas de las garras de un volcán

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