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Peligroso amor ruso – Leona Lee

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La ceremonia iba a ser una de las más largas de la historia de la academia, ya que iban a pasar más de trescientos graduados por el escenario y, aunque Bethany se
moría por recibir su placa, todavía estaba soportando los efectos de la resaca y no tenía muchas ganas de pasar varias horas sentadas esperando que dijeran su nombre.
Encima, teniendo en cuenta el lugar que ocupaba en la cola, imaginaba que no iba a ser fácil pasar desapercibida.
Suspiró y se colocó en su asiento con las gafas de sol puestas. Estaba cabeceando cuando de repente se dio cuenta de que los de su fila estaban poniéndose de
pie, así que se levantó rápidamente y arrastró los pies tras el resto de compañeros esperando que dijeran su nombre.
El nombre Bethany Michaels resonó en el recinto y cruzó el escenario para darle la mano al director.
—Pásate luego por mi despacho —le dijo al tiempo que le ponía en las manos un porta diplomas vacío y se dirigía al siguiente estudiante. Asintió, se bajó del
escenario y volvió a su asiento.

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La ceremonia duró otras dos horas y se puso en la cola para recibir el diploma de verdad. Le sorprendió descubrir que el porta diplomas seguía estando vacío y
recordó lo que el director le había dicho. Se disculpó para salir del grupo de estudiantes, entre los que estaban sus amigos, subió las escaleras para dirigirse a la planta
donde estaba el despacho del director y llamó a la puerta.
Cuando entró en la oficina del director Williams se sorprendió al ver que a su lado había dos desconocidos con traje de chaqueta. El director le indicó que tomase
asiento y le presentó a los dos hombres.
—Bethany Michaels, estos son Miles Turner, director de la región suroeste, y Jacob Sanderson, el agente a cargo de nuestra oficina de Fort Worth, en Dallas. —
Bethany inclinó la cabeza y volvió a mirar al director, esperando que continuase—. Según tengo entendido, has demostrado interés en trabajar en la División de
Narcóticos de alguna de nuestras oficinas regionales.
»Dados los excelentes resultados de tus exámenes y tu nada ejemplar informe de antecedentes —continuó Turner al tiempo que Bethany apretaba los puños con
nerviosismo—, nos gustaría destinarte a Texas para que trabajases en el nuevo equipo que estamos formando liderado por Sanderson.
—¿Y qué haré allí? —Consiguió preguntar Bethany. «¿Texas? Creía que no tendría que volver a Texas».
—Estamos teniendo problemas con el tráfico a gran escala. Como ya sabes, dadas las estrictas medidas que hemos tomado recientemente en la Autoridad
Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, han empezado a moverse por lugares como Maine, Florida, Lousiana y, ahora, Texas. Necesitamos que alguien con tu pasado
y tus habilidades para los idiomas nos ayude a coger a esta gente y así acabar con esto de una vez.
—¿De qué tipo de tráfico estamos hablando? —preguntó Bethany mientras se hacía a la idea de volver a Texas.
—De todo: alcohol, tabaco, armas de fuego, drogas e incluso de personas —contestó Sanderson.
—Pero no tengo experiencia en el campo —se atrevió a decir.
—Conocemos de sobra tu experiencia —interrumpió Turner—. De todas formas, teniendo en cuenta tus antecedentes, pensamos que serías la candidata ideal
para llevar a cabo algunas de nuestras operaciones encubiertas. Dado que tu padrastro está en prisión con cargos por asesinato en primer grado y que tu tía cultiva
marihuana… —Cuando Bethany se disponía a hablar, Turner levantó el brazo para silenciarla —. No tenemos nada en contra tuya. De hecho, queremos aprovecharlo
para que te acerques a ellos más de lo que lo hemos podido hacer hasta ahora.
—¿Y qué tendré que hacer exactamente?
—Te matricularemos en la Facultad de Filología de la Universidad de Texas, donde te reunirás de manera regular con tu superior —contestó Sanderson.
—¿Y cómo voy a ayudar si en teoría voy a estar estudiando?
—En tu tiempo libre. Tendrás que frecuentar los clubs y demás negocios regentados por el cártel Drobilka —contestó Sanderson sonriendo—. Por cierto, en
caso de que no te lo hayas imaginado al ver que tu porta diplomas estaba vacío, no aparecerás en la lista de graduados del FBI hasta que hayamos acabado con todo
esto. Bienvenida a las operaciones encubiertas del FBI, graduada.
—¡¿Qué?!
—Es muy importante que nadie sepa que trabajas para nosotros. Vas a la universidad con una beca de investigación. Ellos serán los que te paguen el sueldo. Tu
trabajo consistirá en acercarte al cártel y averiguar todo lo que puedas sobre cómo consiguen pasar los cargamentos de droga por aduanas, cosa que no será posible si
descubren que trabajas para nosotros.
—¿Y los demás estudiantes?
—De cara a la galería, no habrás pasado la prueba del informe de antecedentes. Así nadie hará preguntas.
Bethany bajó la mirada y se quedó mirando las marcas con forma de medialuna de las palmas de las manos. «¡Texas!».
Capítulo 3
Bethany salió del edificio con aire acondicionado, y se quitó las gafas de sol para limpiar los cristales empañados, que dada la humedad de Texas, se convertiría
en una actividad habitual en los próximos meses. Acababa de reunirse con su superior, que daba la casualidad que también era la Orientadora Académica de la facultad.
Suspiró y repasó mentalmente su plan.
Cuando llegó a Dallas encontró un apartamento amueblado en una zona poco recomendable de la ciudad. Se instaló con lo necesario y escondió todo aquello que
quería mantener fuera del alcance de miradas inquisidoras. Su superior, la profesora Marci Chase, serviría de intermediario para cualquier cosa que necesitara. Como una
de sus estudiantes, Bethany tenía vía libre para entrar y salir del campus, y todas las investigaciones y análisis de documentos los haría en su despacho.
Sin saber qué hacer durante el resto del día, Bethany se detuvo en una frutería. Cuando estaba a punto de salir, se topó con un tablón de anuncios con una
selección de ofertas de trabajo y objetos en venta. Una de las ofertas era para trabajar de camarera en un club regentado por el cártel Drobilka. No quedaban más tiras,
así que se llevó el anuncio. Se sentó en el coche y, mientras esperaba que el aire acondicionado enfriara el vehículo, se puso a darle vueltas a la idea. Le habían dicho que
tenía que encontrar la forma de acercarse al cártel, pero no le gustaba beber ni se veía enseñando las tetas en ningún club fingiendo estar borracha. Y, siendo sinceros, le
aterrorizaba la idea de bailar encima de un escenario.
Absorta en sus pensamientos, dio un respingo cuando oyó que alguien la llamaba por la ventanilla del coche. Levantó la vista y vio a dos chicas rubias dando

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saltitos y saludándola con la mano. Las reconoció inmediatamente a pesar de que habían pasado cinco años. Salió del coche y las chicas la abrazaron entre gritos de
alegría. Cuando acabaron, sonrió a sus antiguas amigas del instituto, Susan y Charlotte.
—¿Qué haces aquí? Creíamos que te habías mudado a Nueva York.
—¿Tienes novio? ¿Te has casado?
—¿Cómo está tu tía? ¿Sigue cultivando hierba?
—¿Qué le pasó a tu padre, esto… padrastro? ¿Y tu madre qué tal?
Cuando empezaron a dispararle preguntas, Bethany soltó una carcajada y levantó las manos para que parasen.
—He decidido volver a para hacer un posgrado en la Universidad de Texas. No tengo novio ni marido, he estado demasiado ocupada estudiando. La familia bien,
gracias.
Las chicas siguieron charlando y Bethany no pudo evitar darse cuenta de que ninguna de las dos estaba sudando. «¿Cómo es posible con el calor que hace
aquí?».
Se echó sobre el coche y puso fin a la charla. Quedaron en verse más tarde para salir a cenar y tomar unas copas. Bueno, ella no bebería.
Se metió en el coche y se dio cuenta de que, mientras que nadie supiera que era una graduada de la Academia del FBI, salir con unas viejas amigas podría
ayudarle a pasar desapercibida. Siempre que se asegurase de que no las ponía en peligro, claro. Dio un suspiro y arrancó el coche para poner rumbo a su apartamento y
decidir qué ponerse para ir a una entrevista de trabajo en un club de striptease.
Capítulo 4
Unas horas más tarde, Bethany se encontraba en la puerta del Rubicon cuestionando su decisión de buscar trabajo en un local regentado por el cártel Drobilka. Si
descubrían su identidad, estaba muerta. O quién sabe si algo peor. Suspiró, echó un vistazo a sus vaqueros ajustados y la camiseta de cuello de pico que acentuaba sus
atributos y se dirigió a la entrada con la esperanza de que aquello se pareciese más al reino de César Augusto que al de Calígula.
Cuando entró, se fijó en las zonas de descanso salpicadas por la habitación principal y rodeadas de cortinas del suelo hasta el techo. Había bailarinas subidas a
varias plataformas contoneándose al ritmo de una música más sensual que sexual. Un portero se le acercó para mirar su DNI y ella aprovechó la oportunidad para
preguntarle por el trabajo. Él le señaló a un grupo de hombres que estaban sentados alrededor de una mesa y ella tragó saliva antes de acercarse a ellos.
Los hombres se volvieron uno a uno cuando se percataron de su presencia.
—¿Necesitas algo? —exigió un hombre con un acento muy marcado y vestido con un traje de chaqueta.
Ella le enseñó el anuncio con la oferta de trabajo.
—He visto esto y… —empezó a decir.
Antes de que pudiera terminar, el mismo hombre la interrumpió.
—No necesitamos a nadie más —le dijo antes de volver a girarse. Cuando vio que el resto de hombres retomaban la conversación, Bethany se dispuso a
marcharse.
—¡Espera!
Ella se volvió y vio que uno de los hombres se había levantado de la mesa y se acercaba a ella. Llevaba puestos unos pantalones de vestir negros y una camisa
blanca con las mangas remangadas y parcialmente desabrochada, mostrando un cuerpo intimidante y musculoso cubierto de tatuajes. Se quedó sin aliento al levantar la
cabeza y toparse con unos ojos grises del color de las nubes que anuncian tormenta enmarcados en un rostro de facciones angulosas. Llevaba el pelo cortado al estilo
militar y tenía una barba de un par de días que pedía a gritos que la acariciasen.
Dio un paso atrás cuando él se puso delante de ella con el aspecto de un depredador con piel de lobo. No estaba segura de si la tensión que sentía en el estómago
cuando levantó la cabeza para mirarlo a los ojos era miedo o excitación. «¿Por qué las mujeres siempre nos sentimos atraídas por los chicos malos?», se preguntó. Él le
cogió el anuncio de las manos y lo miró.
—Está escrito en cirílico. ¿Cómo sabes lo que pone?
—Me especializo en lenguas en la Universidad de Texas —contestó recordando cuál era su identidad falsa, sin saber qué más decir.
—¿Entonces hablas ruso? —le preguntó en ese idioma.
—Dah —contestó.
—¿Dónde lo has aprendido?
—Con el programa Rosetta Stone —le dijo cuando él la miró escéptico. Ella levantó las manos y sonrió—. Es verdad, lo tenían en la biblioteca que había al lado
de mi casa.
De repente, despertó la curiosidad de los otros hombres y uno de ellos le preguntó:
—¿Qué otros idiomas hablas?
—Ahora mismo estoy aprendiendo español —contestó sin querer darles más información de la necesaria.
Retomaron la conversación cuando los hombres empezaron a discutir los beneficios de tener a una americana que hablaba ruso. El primer hombre se giró hacia
ella.
—¿Y qué quieres hacer aquí? —le preguntó.
Ella señaló el anuncio.
—Pone que buscáis camareras. —Los hombres continuaron hablando y Bethany empezó a echar humo al escuchar cómo decían que era demasiado alta,
demasiado delgada y que sus pechos no estaban mal. Al cruzarse de brazos y mirarlos con nerviosismo, se dio cuenta de que el segundo hombres seguía de pie delante
de ella. Se sonrojó al comprobar que la estaba mirando fijamente—. Esto… ¿Te puedo ayudar en algo? —le preguntó sin saber qué más decir.
—¿Nos hemos visto antes?
Ella negó con la cabeza.
—No creo, no llevo mucho tiempo aquí —contestó, e inmediatamente se estremeció al darse cuenta de que había dicho demasiado.
—¿Ah, no? ¿Dónde has estado?
Decidió que era mejor decir parte de la verdad.
—Me saqué la carrera en Barnard, Nueva York.
—¿Es una universidad solo de mujeres?
—¿Qué mas da? —le contestó mirándolo fijamente.
Él se encogió de hombros y se dirigió a los hombres de la mesa.
—Está contratada. Ya veremos cómo se le da. —Los hombres asintieron rápidamente, y él se volvió para mirarla—. Empiezas el viernes. Tienes que estar aquí a
las siete para probarte el uniforme y que te digan lo que tienes que hacer. Si no lo haces bien, no vuelves.
Al darse cuenta de que la habían despachado, Bethany se dirigió a la salida. Al pasar por delante del portero se paró para preguntarle si tenía que rellenar alguna
solicitud, pero él soltó una carcajada.
—Aquí no hace falta —le dijo, y continuó riéndose como si le hubiesen contado la mejor chiste de la historia.
—¿Ni si quiera necesitan saber cómo me llamo?
—Te darán un nombre cuando empieces —le dijo antes de alejarse.
Al salir se encontró con el sol de última hora de la tarde. Limpió las gafas empañadas y juró que nunca podría volver a acostumbrarse a esa humedad.
Capítulo 5
Cuando llegó el viernes, Bethany no pudo evitar que el miedo le inundara ante la perspectiva de trabajar en el Rubicon. Le había echado un vistazo a los
uniformes cuando estuvo allí y aunque no cubrían mucho, imaginó que se las apañaría para mantener casi todo el torso cubierto. Marci le había dado el visto bueno (con
mucho entusiasmo) y la había animado a que aceptara el trabajo, y Bethany había conseguido convencerla de que se esperasen a que llevase más tiempo trabajando antes
de que le pusieran un micrófono. Acordaron reunirse de nuevo para revisar las fotos de los diferentes miembros del cártel el lunes siguiente.
Cuando llegó al parking, vio una zona más apartada con el cartel «Solo para empleados». Aparcó el coche y mentalmente hizo una lista de todos los coches antes
de meterse en el local. La recibió una mujer que se presentó como Sasha y procedió a enseñarle brevemente el lugar. Cuando atravesaron la zona principal, Sasha señaló
las diferentes zonas VIP, que ella se encargaría de servir, y le dio un informe detallado de la limitada variedad de comida que ofrecían, que consistía básicamente en
aperitivos.
—¿Has trabajado alguna vez de camarera?
Bethany asintió.
—Trabajé en un pequeño restaurante cuando estaba en el instituto y también he colaborado como voluntaria en un comedor social.
Sasha puso los ojos en blanco y se volvió para mirarla.
—Aquí es normal que te metan mano de vez en cuando, así que intenta no llenar mucho la bandeja. Si alguien se pone demasiado pesado, hazle una señal a
cualquiera de los porteros y deja que ellos se encarguen del resto. Nunca intentes solucionarlo por ti misma. Y nunca derrames nada encima de un cliente. Algunos son
gente peligrosa… En resumen: no los mosquees. Sonríe con educación y lárgate en cuanto puedas —finalizó Sasha cuando terminó de enseñárselo todo. A continuación
señaló una serie de mesas y las zonas de descanso a la izquierda—. Tú te encargarás de esta zona. Ven, voy a darte el uniforme.
Entraron en la zona de empleados y Sasha le señaló la sala de personal y un amplio vestuario que era solo para las bailarinas. Pasaron por delante y entraron en
una habitación que parecía el vestuario de un gimnasio. Al lado de una pared había un burro de ropa con toda clase de trajes: desde togas hasta disfraces de esclavas.
Sasha la miró de arriba abajo y sacó un traje de esclava del perchero.
—Este te quedará bien. Cámbiate y pon tus cosas en una taquilla vacía. Asegúrate de coger la llave.
Bethany encontró una taquilla, se quitó la ropa rápidamente y se puso el uniforme pasándoselo por la cabeza. Se colocó delante del espejo y se ajustó el sencillo
cinturón que acentuaba su cintura y sus curvas sin mostrar demasiado. Se recogió el pelo en una coleta y se lo onduló un poco con los dedos.
Dio un respingo cuando una voz masculina y grave interrumpió sus pensamientos.
—Recibirás más propinas si enseñas más carne. —El hombre que la había contratado estaba observándola desde el final del pasillo.
—¿Cuánto… Cuánto tiempo llevas ahí?
—No mucho —contestó con una sonrisa. Se acercó para ajustarle el uniforme y Bethany se quedó inmóvil cuando la rozó con la mano. Sintió como si su tacto le
abrasara la piel. Lo miró sorprendida y notó que él también estaba afectado. Al bajarle la cintura del vestido hasta las caderas, ella rápidamente le cubrió la mano con la
suya. Tragó saliva y se retiró para ajustarse el vestido, pero a él le dio tiempo de verle la piel. Él volvió a acercarse y le colocó el vestido de manera que le tapase.
—Todos tenemos cicatrices —murmuró, y dio un paso atrás para asegurarse de que no se veía nada—. Aunque unas son peores que otras. —Bethany lo miró y
no supo qué responder. De repente se sintió más vulnerable de lo que lo que se había sentido en años. Asintió, sin saber si sería capaz de seguir hablando.
—Necesitas un nombre.
—Bethany.
Él negó con la cabeza.
—No, aquí no. Tiene que ser otro.
Ella cerró los ojos y empezó a decir nombres.
—Sapphire, Seneca, Sheila…
Él le cogió la barbilla y le levantó la cabeza. Ella lo miró a los ojos.
—No tienes los ojos lo suficiente azules para llamarte Sapphire. Seneca no te pega. Mejor Sheila. —Bethany siguió mirándolo, aún incapaz de moverse. Él
siguió mirándola, y ella se preguntó de repente cómo sería besarlo, pero el bajó la mano, dio un paso atrás y se dirigió a la salida.
—¿Y tú? —preguntó ella.
Él dio media vuelta.
—¿Qué?
—Tu nombre… ¿Cómo te llamo?
—Me llamo Vadim. Ahora te veo en la sala.
Y con eso, desapareció. Cuando se fue, Bethany se sentó en un banco. Estaba demasiado aturdida para moverse. Nunca en la vida la había afectado un hombre de
esa forma. Mucho menos sin apenas haberla tocado. Cerró los ojos e intentó recordar la lista de miembros del cártel, pero no recordaba que hubiese ningún Vadim. Si es
que ese era su verdadero nombre.
Intentó recomponerse y se miró en el espejo una vez más antes de salir.
Sasha la estaba esperando cuando llegó a la pista. Le dio una Tablet pequeña y le enseñó cómo funcionaba el sistema de ventas para registrar los pedidos de los
clientes y le dijo dónde colocársela en el cinturón para evitar que se le cayera.
Los clientes empezaron a llegar. Al parecer, había una despedida de soltero en su máximo esplendor. Bethany se alegró de que no estuviesen en su sección al ver
a dos hombres mayores sentados en ella. Dio media vuelta y se acercó a saludarlos. Al escucharlos hablar

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