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Libro PDF Perros victorianos – Clovis

Perros victorianos – Clovis

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Creo que fue dentro de ese útero
cuando entendí que la mejor manera de
borrar el pasado era reemplazándolo
por uno inventado o desconocido. Había
algo raro en ese espacio incuestionablemente
femenino, una
atmósfera distinta, reflexiva, tenue,
apestosa; como la de un baño público.
Mi prematura mente entendió (al menos
eso intentó) que el pasado es un gran
desperdicio de tiempo.
Con mi hermano intentamos llamar a
nuestra madre por su nombre o por su
función social: mamá, mami, madrecita,
etc. Nunca pudimos hacerlo, nos
acostumbramos desde el primer día que
la conocimos a llamarla, simplemente,
Uterina.
Pero ojalá ese fuese mi único problema
en este mundo donde un número
importante de personas (incluido mi
padre, eso creo) suelen apellidarme
Declan. El origen es irlandés, por lo
menos eso me explicó un posavasos que
soportaba la constante transpiración de
mi cerveza negra en un bar llamado
Fuck all the English & Sons1. Mi
nombre es Fimus Marcos y con el
apellido entonces se forma la frase
Fimus Marcos Declan. No encontré
posavasos que me explicara el origen
del nombre Fimus, no sé en verdad bien
qué significa. Sí al menos tuve suerte
con Marcos. Hace algunos años un
vendedor de baratijas me vendió por una
suma grande de dinero el mejor
posavasos del universo, eso tenía
escrito con letras rojas oscuras sobre un
fondo verde. El vendedor se llamaba
Marcos y me explicó que su nombre lo
había elegido su abuelo. Por lo tanto, yo
creo que el significado y origen del
nombre Marcos es la elección de un
viejo desconocido y seguramente muerto
por ahí. Es hermoso mi nombre (aunque
me parece que deben existir otros aún
más bonitos como, por ejemplo, Marco).
Ese nombre es superior.
1 A la mierda con todo lo inglés e hijos
Pero ahora tengo otras cosas en qué
pensar y ocupar mi cabeza. Soga-Stella-
Gris, mi esposa, una tarde me dijo:
—¡Estoy embarazada, haz algo
urgente Marcos, por Dios, ya!
Pensé que yo ya había hecho suficiente
y sin embargo me encontraba
equivocado. Dios estorbaba en esa
conversación y mi vida se había
convertido en una búsqueda frenética de
un lugar donde habitar. Eso que tiene
paredes… caños… ventanas… techo…
puertas, ¿cómo es que llamaba a eso mi
tío dos veces muerto por el mismo
infarto?…
Hogar.
Tenía que encontrar un lugar así porque
Soga-Stella-Gris amenazaba con
embarazar mi vida y transformar mis
futuras actividades diarias en una
cadena infinita de partos y úteros
expulsa niños. Con sus ojos
desquiciados sentenció una mañana:
—Y escucha bien Marcos, mejor
encontrar casa o siempre tendrás
pesadillas de cordones umbilicales
apretándote el cuello.
Y ese mismo domingo salí a buscar
casa; en alquiler, en venta, en donación,
en herencia, de caridad, en la estúpida
ciudad, en el campo, flotante, de hielo,
casa con drogas ilegales, con manchas
de humedad, sin agua corriente, con
gatos, apestosa, con vista a una
autopista, a un hospital, aeropuerto, en
el Delta, lo que sea, lo que se consiga
ya, pronto, rápido; ese embarazo crecía
con los minutos y no con las semanas.
Siempre creí que la naturaleza era sabia
y paciente pero no, nada de tolerancia,
el niño iba a nacer en tan solo ¡87 horas!
¿Comprar un hogar? Era una pregunta
difícil. ¿Sacar una hipoteca? Conseguir
prestamista no es complicado, prestar
dinero no requiere de fuerza física
destacable ni de ingenio, es un talento
que cualquiera puede tener. Uterina
siempre me decía que hay dos cosas
básicas que hacen de un hombre un ser
adulto y maduro: lo primero es respirar,
aunque esto sea aburrido, lo segundo es
tener en cuenta que la tasa de interés
sobre la cantidad total del capital
solicitado siempre estará relacionada
con un margen de ganancias
desproporcionado a favor del
prestamista y en un total detrimento casi
inmoral del ingreso real de quien
solicita ese préstamo. La frase de
Uterina me pareció algo difícil de
memorizar, aunque ella se encargó
durante toda mi infancia y mi
adolescencia de hacerme repetirla en
cada Navidad y en mi cumpleaños.
Un domingo por la mañana salí a
caminar en búsqueda de ese hogar. Lo
primero que encontré con un cartel de
venta fue esa casa de la calle Freire a
metros de la esquina con Juramento. Las
vías del ferrocarril cortan la calle y la
convierten a esa altura de Belgrano R en
un callejón sin salida para coches. El
tren cada vez que se acerca a la estación
asusta con su bocina a la gente como si
fuese un despertador enajenado. Uterina
tuvo durante toda su vejez miedo a los
trenes. Ahora comprendo por qué.
Era domingo, nueve de la mañana, un
domingo de verano: caluroso, brillante,
soleado y con Soga-Stella-Gris
excesivamente embarazada.
El frente de la casa estaba pintado de
blanco, tenía cuatro grandes ventanales,
dos en la planta baja y dos en el primer
piso, uno de ellos tenía un pequeño
balcón estilo francés curvado. La falta
de mantenimiento era evidente; el
abandono es una forma sucia de pasado
y lo oscuro del pasado solo puede ser
reemplazado con más oscuridad. Había
una puerta de madera, un pequeño jardín
delantero y un lugar para estacionar un
coche.
Fácil, ya había localizado un “hogar”.
Golpeé la puerta de la casa. No había
timbre. En ese instante, un tren pasaba y
creí que nadie dentro podía realmente
escuchar mis nudillos musicales. Insistí
sin reparos hasta que una voz femenina y
adulta interrumpió: ¿Quién es?
Fimus, respondí. Marcos Declan,
aclaré. Quiero ver la casa, necesito ya
un “hogar”, necesito comprar su
“hogar” señora.
Ella no respondió inmediatamente,
pareció reflexionar con atención desde
el otro lado de la puerta.
Finalmente dijo:
Eso no será necesario.
Pasillo de entrada
Lo primero que ella hizo cuando entré
en la casa fue agarrarme del brazo
izquierdo, empujarme hacia el pasillo y
decirme a los ojos:
—Todo sucedió un veinticuatro de
febrero —después dijo en un idioma que
jamás le solía gustar a Uterina— The
bus took me too far2.
2 El autobús me llevó demasiado lejos.
De repente me sentí como en otro país:
esa mujer me hablaba en un idioma
extranjero, las paredes estaban
recubiertas con una madera oscura,
jamás en mi casa hubo una lámpara
como la que colgaba del techo, en
realidad, jamás hubo en mi casa un
pasillo de entrada así.
—I found myself beyond the
embankment3, ¿entiende?
3 Me encontré a mí misma más allá del
embarcadero.
—No —le respondí.
El aire me parecía raro, hacía frío allí
adentro, mucho frío. La señora estaba
vestida como para asesinar varios
inviernos juntos. La luz que entraba por
debajo de la puerta era extraña también,
en ese lugar era todo raro.
—Señora, ¿no es todo raro aquí?
—This is how it looked fifty years ago,
I suppose.4
4 Así es como esto se veía hace 50 años,
supongo.
—¿Qué dice?
Ella dijo algo más pero seguía sin
entenderla hasta que finalmente me dijo
su nombre.
—Perdone usted, mi nombre es Adeline
Virginia Stephen o Virginia Woolf,
como la mayoría me conocen.
—Mi nombre es Fimus Marcos Declan,
la mayoría me conoce por Declan
aunque Soga-Stella-Gris quiere que
utilice su apellido paterno también.
—¿Quién es ella? —preguntó.
—Una mujer demasiado embarazada y
con necesidad de “hogar”.
—¿Ahogar? ¿A quién?
—No —aclaré— “hogar”.
Uterina nos enseñó a mi hermano y a mí
cuando éramos adolescentes un dibujo
que ella había realizado en lápiz donde
la figura de un feto estaba sumergida en
un balde repleto de agua turbia.
—Así estuvieron ustedes dos dentro de
mi cuerpo durante varios meses.
De esta manera fue cómo sentenció su
explicación sobre los menesteres y
complicaciones que se tienen durante la
gestación humana. Años más tarde, mi
hermano tuvo que consultar en la
biblioteca pública una enciclopedia
(tenía curiosidad sobre la historia del
pie, especialmente el derecho).
Finalmente, no encontró nada que lo
satisficiera aunque allí había un dibujo
parecido al que nos había mostrado
Uterina, con la única diferencia de que
el balde era un vientre femenino. Mi
hermano creyó que Uterina había sido el
modelo para esa enciclopedia. (Esta
parte está un poco descolgada del
relato, ¿no es cierto?).
—¿Usted está interesado en la casa? –
preguntó Virginia Woolf.
Dentro de esa casa no volví a escuchar
nunca más el ruido del tren
aproximándose a la estación de
Belgrano R. El frío comenzaba a
molestarme y fue algo evidente para
ella. Descolgó un saco marrón claro de
un perchero y me lo dio:
—Por favor, cuídelo mucho, por favor,
era uno de los sacos preferidos del
señor. Su malhumor sigue en esta casa y
prefiero no encontrarlo de nuevo.
—¿Cuál señor? ¿El señor Mal Humor?
Las preguntas la incomodaban, bajaba
la cabeza y me contestaba de forma
pausada.
—El señor Thomas Carlyle – susurró.
—¿El dueño de esta casa?
—No —dijo ella con una sonrisa
pequeña – el último inquilino.
—¿Es usted vendedora de casas señora
Virginia Woolf?
Cuando ella notó que me había
decidido llevarla al fango cruel de los
negocios inmobiliarios, algo cambió en
su actitud.
—Primero —contestó— solo le
permito llamarme señora, nada de
Adeline o Virginia ni mucho menos
Woolf. Segundo —siguió— no soy
vendedora ni estoy en el territorio de los
bienes raíces. Actualmente soy un ama
de llaves o housekeeper. Solía ser antes
una escritora pero ya nunca más podré
serlo.
—¿Escribía sobre cómo vender casas?
—No —respondió algo enojada.
—¿Y el señor Carlyle vendía casas?
—No —respondió otra vez con la
sonrisa burlona— aunque de haberlo
realizado hubiese sido un mediocre.
—¿Escritor o vendedor de casas? —
insistí.
La respuesta en su rostro fue algo muy
evidente. Me sentía cansado, no me
gustaba estar parado mucho tiempo, me
molestaba. Le pedí una silla o un lugar
donde poder sentarme y ella dijo:
—El precio final de esta casa es de
850.000 libras.
—¿Libros?
—Libras esterlinas.
Pensé que finalmente el género
femenino se había impuesto en todos los
aspectos de nuestra vida cotidiana, el
sueño de Soga-Stella-Gris se había
cumplido. Comencé a preocuparme:
dónde iba a conseguir 850.000 libros,
¿robando una biblioteca pública o las
librerías de la calle Corrientes o varias
ferias del libro alrededor del mundo?
¿Cómo iba a obtener tantos libros o su
equivalente femenino, libras? ¡Qué
importa el género de la encuadernación,
mundo loco el nuestro!
—No puedo conseguir tantos libros
señora.
—¿Qué? Libras —exclamó—
¡¡Libraaaasss!!
La molestia persistía en mis piernas,
mis rodillas temblaban, fueron muchos
días de caminar y caminar, Soga-Stella-
Gris tuvo en esa época embarazosa la
necesidad de ingerir cantidades
excesivas de papas y remolachas, era
insaciable su apetito, en cinco días
recorrí cada supermercado y almacén de
Buenos Aires. Volvía a casa cargado
con kilos y kilos de papas y remolachas
que Soga-Stella-Gris devoraba
ansiosamente. Fueron frecuentes las
veces que sentí arcadas y asco al verla
masticar pero ella me gritaba:
—¡¿Eres estúpido o qué Marcos?!
¡Tengo un apetito infernal y a ti lo único
que se te ocurre es querer vomitar, por
Dios, cuántos idiotas se necesitan para
armar tu cerebro!
Otras veces que sentí malestar fue al
verla transpirar como rinoceronte en el
desierto y eructar como dinosaurio.
Soga-Stella-Gris era desagradable,
especialmente durante las tardes
odiosamente cálidas.
—¿Por qué hace tanto frío en esta casa,
señora?
Porque es invierno, ¿no observó la
nieve al venir hasta aquí?
¿Nieve? Lo único semejante que había
visto en mi vida era a Uterina
descongelar el congelador para
limpiarlo y mostrarnos la “nieve
artificial” que se adhería a las paredes
del mismo. Disfrutábamos mucho
tocando esos congelados pedazos
invernales, ella nos hacía vestir a mi
hermano y a mí como exploradores de la
Antártida, con gruesas camperas
anaranjadas, guantes de lana, gorros,
bufandas y botas de lluvia. Esas fueron
las únicas veces que salimos de viaje
fuera de la ciudad, Uterina nos
recomendaba siempre hacer viajes
imaginarios, nos decía que el mejor
paisaje es el que dibuja el cerebro
humano. Creo que esa última frase se la
había plagiado a un amigo escritor que
ella tenía.
—Necesito sentarme señora, por favor.
—¿Usted quiere comprar la casa o no?
—preguntó seriamente.
—Necesito comprar la casa, pero no
puedo juntar tantas libras o libros, lo
que sea. Es imposible para mí.
Finalmente, con un tono severo le
ordené, sabiendo que pronto SogaStella-
Gris iba a estallar y que de su
impaciente útero iban a salir mis peores
problemas:
—¡Haga algo señora! ¡Ayúdeme, por
favor!
Ella se quedó postrada y tiesa contra
uno de los paneles de madera oscura que
tenía el pasillo de entrada. Yo he sido
esa clase de personas que tienden a
pensar lo peor, esperar un desenlace
fatal, yo creo que cualquiera petición
que le pueda hacer a otro ser humano va
a ser respondida de la peor forma, como
cuando le pedí amor a Soga-Stella-Gris
y ella como respuesta me dio un
embarazo de ochenta y siete horas.
La señora Virginia tenía una mirada
pérdida, como una adicta a marihuana de
baja calidad o una anciana obsesiva por
las pastas rellenas. Esa mujer era
bastante rara, ¿son todos los escritores
o los vendedores de bienes raíces así?
Ella tardó en responderme. El saco del
señor Carlyle que me había dado no me
abrigaba demasiado y por debajo de la
puerta entraba una brisa congelada.
—Puedo hacer algo –

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