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Libro Persiguiendo espejismos – Mireille Pasos

Libro Persiguiendo espejismos - Mireille Pasos

Libro Persiguiendo espejismos – Mireille Pasos

Descargar libro PDF Siete de la mañana.
Al abrir los ojos, Alejandra no reconoce la habitación en la
que se encuentra, pero la ola de besos que se desata sobre
ella le trae recuerdos de la noche anterior: el club nocturno,
la música, el alcohol; haber distinguido a Samanta desde el
extremo opuesto de la pista y haberse encerrado con ella en
el baño del lugar.
—Buenos días —dice Samanta mientras le besa el cuello. Su
mano derecha sube, amenazante, por el interior del muslo de
Alejandra.
Alejandra mira su reloj sin responder.
—Anoche fue una de las mejores noches de mi vida —
Samanta sonríe, encuentra el lóbulo de la oreja de Alejandra
y lo atrapa con sus dientes—. Fue como si nos hubiésemos
conectado en otros niveles; fue casi…
Alejandra la empuja suavemente, aprovechando la inercia
para incorporarse.
—¿Estás bien? —la voz desencantada de Samanta no
detiene a Alejandra en la recolección de las ropas que dejó
en el suelo entre las prisas de la madrugada.
—Sí.
—¿Entonces cuál es la prisa?
—Tengo que ir a trabajar.
—Pero todavía es temprano.
Alejandra sigue vistiéndose. Entra al baño, se lava la cara y
la boca, sale del baño. La mirada endurecida de Samanta se
le resbala sin causar un estrago.
—Nos vemos, Sam.
—¿Así nada más?
—Sí —se acerca a la cómoda, toma su cartera y la
pone en la bolsa trasera de sus jeans. Luego mira las
llaves que tiene en la mano para asegurarse de que
sean las suyas.
—¿No me vas a pedir mi número ni siquiera para guardar las
apariencias?
—No hago eso.
—¿Te das cuenta de lo cruel que eres? —Samanta se pone
de pie, recoge su ropa interior y comienza a vestirse.
—No es mi intención lastimarte, pero ya que estamos en eso,
dime una cosa ¿te prometí una relación?
—No.
—¿Te prometí amor?
—No —Samanta se pone la blusa.
—¿Qué te dije anoche cuando te acercaste?
—Que te gusta divertirte y que si yo estaba en el mismo
canal nos podíamos pasar una noche muy divertida —
Samanta se cruza de brazos, presintiendo el rumbo que
tomará la conversación.
—¿Te mentí?
—No.
—¿Te divertiste? —la sutileza y sinceridad en el tono de
Alejandra son quizás lo que más daño le hace a Samanta.
—Sí, pero…
—¿Pero qué? No te prometí absolutamente nada más que
eso y eso es lo que te di.
—Sí, pero…
Alejandra aguarda en silencio con las cejas arqueadas, casi
retando a que el final de esa oración tenga algún argumento
de peso.
—Fue mágico, no lo puedes negar. Fue algo muy intenso;
fue más que algo de una noche.
Alejandra niega con la cabeza mientras sale de la habitación
y atraviesa la sala para llegar a la puerta principal.
—¿Ale? —Samanta la sigue de cerca.
Ella se detiene pero no voltea.
—¿Nunca te has considerado que alguna de las mujeres que
dejas con tanta prisa en la mañana podría ser el amor de tu
vida?
—No.
—¿Por qué?

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Alejandra voltea hacia ella y por primera vez desde que se
despertó, mira a Samanta a los ojos.
—Porque el amor no existe, Sam; por eso —Alejandra se da
vuelta una vez más y se marcha.

CAPÍTULO 1
Noctámbula
Junio de 2012.
Al abrir los ojos, Alejandra no reconoce la habitación;
algunos parpadeos después, siente la mirada insistente de la
mujer que está a su lado. La hace esperar un poco antes de
mirarla. Al encontrarse con los ojos maravillados de Lucía,
presiente lo que se avecina.
—¡Buenos días! —el tono acaramelado de Lucía y el modo
en que estira las letras para hacer que esas palabras duren
más de lo necesario, causa escalofríos en Alejandra, pero no
del tipo que Lucía quisiera.
—Buenas —responde Alejandra con el tono más frío que
puede encontrar en su escala de groserías matutinas.
—¿Quieres desayunar o prefieres repetir la dosis de
anoche? —Lucía estira la mano debajo de las sábanas para
recorrer el vientre desnudo de Alejandra con dedos ligeros.
Alejandra le empuja la mano sutilmente, se pone de pie casi
de un salto y comienza a vestirse.
—Gracias, no puedo; tengo que irme.
—¿No puedes o no quieres? —el tono de Lucía menos
amable, pero aún sin rayar en el enojo.
—¿Hay diferencia? —Alejandra sigue vistiéndose; el tono
de su voz, cada vez más frío.
No hay respuesta.
—Tengo que ir a bañarme —Alejandra se esfuerza por
suavizar su tono, pero no lo logra—, nos vemos después
¿de acuerdo?
—No es como que tengas alternativa —ella deja caer la
cabeza sobre su almohada. Un suspiro de frustración la
traiciona cuando Alejandra toma las llaves que están sobre
la cómoda.
Alejandra hace caso omiso; continuando, impasible, con su
ritual de retirada.
A las ocho con cuarenta y cinco de la mañana, Alejandra
entra a las oficinas de «Croma Visión» —el despacho de
publicidad más exitoso de Cancún— vistiendo una blusa
blanca de mangas de tres cuartos, sobre la cual contrasta un
chaleco gris que hace juego con sus pantalones sastre del
mismo color; lleva zapatillas color humo y un collar turquesa
que resalta alegremente sobre la seriedad de su conjunto. Su
cabello ondulado resbala por sus hombros hasta descansar
en su pecho, enmarcando con elegancia su rostro afilado.
Fresca como una lechuga, café en mano y portando una
enorme sonrisa en el rostro, se abre paso por la recepción
del edificio en su camino hacia los ascensores; saluda de
nombre a los tres guardias de seguridad y apresura el paso
al ver que las puertas de un elevador están por cerrarse. La
última persona en subir sostiene la puerta para darle
oportunidad de llegar.
—Gracias —dice, usando un tono que no marca diferencia
entre amabilidad y coquetería.
—Un placer —responde el hombre sonriendo—. ¿A qué
piso vas? —él ya con la mano cerca del panel.
—Al tres, por favor.
El hombre presiona el botón. Alejandra se da vuelta,
quedando de espaldas al hombre, con la mirada hacia las
puertas del ascensor. Entonces él aprovecha para bajar la
mirada y examinar con lentitud los atributos posteriores de
Alejandra.
Cuando la pantalla digital del ascensor marca el piso tres, y
las puertas se abren, Alejandra lo mira sobre su hombro y le
sonríe una vez más, mientras comienza a bajar, exagerando el
movimiento de sus caderas.
—Hasta luego.
—Hasta luego —responde él sin dejar de verle el trasero.
Alejandra deja sus cosas sobre su escritorio, toma su
agenda y su café y se va directo a la sala de juntas B, donde
ya se encuentran todos sus compañeros en espera de
Gonzalo Urzaiz, el gerente del departamento de diseño y jefe
directo de todos los presentes; su asistente —una mujer
voluptuosa de bucles rubios y ojos color miel—, derrama su
galanura por cada rincón de la sala de juntas mientras
reparte la agenda a cubrir.
Alejandra hace un barrido rápido de la mesa buscando a
Renata, la única compañera a la que considera su amiga. La
única persona de todas las presentes a quien en realidad
aprecia y en la cual puede confiar. Renata, como siempre,
tiene un asiento reservado para ella. Alejandra toma asiento
al lado izquierdo de su amiga.
—Buenos días.
Renata la mira, la examina, frunce el ceño.
—Me das miedo cuando tienes esa sonrisa. ¿Qué hiciste?
En ese momento Lucía se planta frente a Alejandra y le
extiende, con toda frialdad, una copia de la agenda.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Renata espera a que Lucía se aleje un poco, pero en cuanto
considera que la distancia es suficiente, se inclina para estar
más cerca de su amiga.
—Eres una sinvergüenza —dice en voz baja.
—Yo también te quiero, amiga —Alejandra sonríe.
—¡No te hagas! —la voz de Renata apenas escalando unos
pocos decibeles— Reconozco esa actitud a kilómetros de
distancia.
—No sé de qué hablas —la combinación de su tono de voz
y la mueca que le hace juego basta para incriminarla ante los
ojos inquisitivos de su amiga.
—De la actitud con la que te trata una mujer después de
haberse acostado contigo —Renata voltea hacia Lucía,
luego regresa su atención hacia Alejandra—. ¿La asistente
del jefe? ¿Cómo se te ocurre? —le pega en el brazo con la
agenda.
—No fue mi culpa.
—Ni pongas esa cara de inocente, que no te queda.
—Es en serio. Me fui de fiesta anoche —Alejandra voltea
para asegurarse que ninguno de los presentes esté
poniendo atención a su conversación con Renata. Aunque
todos están distraídos, ella baja aún más el tono de su voz
—. Yo solamente la saludé. Un rato después fue ella la que
se acercó a mi mesa.
Renata hace una mueca de incredulidad.
—Ella fue la que comenzó a ofrecer cosas: primero una
bebida, luego bailar; y cuando la acompañé al baño fue ella
quien me besó.
—Y yo que pensaba que tenías límites.
—¡Yo no tenía intención alguna con ella! ¡Fue ella quien
provocó todo! —Alejandra se finge ofendida.
—¿Estaba sobria?
—Por supuesto que no.
—¿Y no se te ocurrió que a lo mejor no sabía lo que hacía?
—¡Oye! Tampoco estaba al borde de la inconsciencia,
estaba un poco desinhibida, eso es todo. Créeme, Lucía
sabía muy bien lo que hacía.
—Es la asistente del jefe —insiste Renata.
—Eso ya lo dijiste.
—¿Qué parte de que no debes meterte con compañeros de
trabajo no has aprendido?
—Mira quién lo dice…
—Precisamente eso me da derecho a regañarte. Mis malas
experiencias deberían haberte dejado algún aprendizaje.
—Nadie escarmienta en pellejo ajeno, amiga. Nadie.
La sala de juntas queda en silencio absoluto al instante en
que Gonzalo Urzaiz entra apresurado, como de costumbre.
—Disculpen la espera, el director de publicidad quiso
aclarar un par de puntos conmigo antes de la junta.
Sin dar tiempo a distracciones, comienza a hablarles de los
proyectos que están por cerrarse y de los nuevos contratos
que la empresa ha adquirido. Los ojos de Alejandra están
fijos en su jefe, pero una mirada insistente llama su atención
en otra dirección. Si los ojos de Lucía disparasen fuego,
Alejandra ya estaría convertida en cenizas.
—Te lo dije —murmura Renata entre dientes, alargando la
«e» para darle un tono casi macabro.
Alejandra sonríe.
—Ale, ¿cómo vas con la imagen corporativa de la agencia
de viajes? —pregunta su jefe, señalándola con un bolígrafo.
—Está casi lista, necesito un par de días más.
—Perfecto. Quiero que te reúnas con publicidad, van
a necesitar varias propuestas para uno de nuestros
nuevos clientes —Gonzalo abre un tríptico del hotel
«Red Seduction».
Alejandra siente una punzada profunda en la boca del
estómago, pues aunque ya han pasado meses desde que
dos amigas suyas fueron discriminadas por el gerente de ese
hotel, ese demonio activista que vive dentro de ella le hace
perseguir misiones a veces ridículas en su eterno intento de
defender los derechos de los homosexuales; principalmente
cuando se trata de sus amigas.
—Como quizás algunos ya sepan —continúa Gonzalo
—, el «Red» lleva algunos años en decadencia. Les
urge levantar su ocupación y están dispuestos a invertir
cuantiosamente en un cambio de imagen que les ayude
—Gonzalo mira a Alejandra—. Sé que este hotel no
está entre tus consentidos, pero el señor García no
olvida el buen trabajo que hiciste con la imagen de la
galletera estatal y te quiere trabajando en esto tan
pronto como sea posible.
Alejandra no responde. Que el director de publicidad —el
jefe de su jefe— la haya solicitado personalmente, no le
resulta halagador.
—Confío en tu profesionalismo —remata Gonzalo al ver el
rostro endurecido de su empleada—. No me dejes mal —
luego voltea hacia otro de sus empleados—. Mario, hay más
cambios para los folletos del parque acuático.
—Ya me tiene harta con el cuento de la galletera —murmura
Alejandra, inclinándose para quedar más cerca de Renata.
—Renata ¿cómo van los carteles para festival de cine de la
Riviera Maya?
—Los termino antes del mediodía, ya sólo estoy afinando
unos detalles para el tercero —responde ella, aún
sorprendida de la rapidez con la cual Gonzalo detectó que
Alejandra estaba confesándole sus penas.
—Excelente, porque te va a encantar lo que te tocó —
Gonzalo le lanza una carpeta con el logotipo del festival de
jazz del año anterior.
—¿De verdad? ¿Para mí?
—Carteles, espectaculares, volantes. Pidieron el
paquete premium; vas a tener diversión para rato.
Tienes reunión el viernes a las 10 de la mañana con los
organizadores y con el departamento de publicidad.
—Perfecto —dice Renata, abriendo su agenda para anotar
la reunión.
—Te odio —murmura Alejandra.
—Lo sé —responde ella, sonriendo—. Cuestión de karma.
Media hora después, ya fuera de la sala de juntas y muy
cerca de su cubículo, Renata retoma el regaño en donde lo
había dejado.
—Lucía podría hacerte la vida imposible si se lo propone.
—De hecho no dudaría que ella haya tenido algo que
ver en esto del «Red» —asegura Alejandra—; no es
ningún secreto que lo detesto.
—No creo que tu karma sea tan inmediato. El destino no
puede haber respondido tan rápido a las plegarias de una
mujer despechada.
—¿Qué, acaso se necesita tomar un número como en el área
de salchichonería del supermercado para que el karma haga
lo suyo? —Alejandra se ríe.
—Sigue burlándote y te va a ir peor.
—¿Peor?
—Aquí estás pagando por una indiscreción ¿qué tal si el
karma decidiera cobrártelas todas juntas?
—Estoy convencida de que ya pagué todos mis pecados
por adelantado —responde Alejandra—, y como resultado
ahora tengo pase libre por la vida.
—No tienes vergüenza.
—No —Alejandra se apoya en el escritorio de su amiga
mientras ésta acomoda sus papeles—. ¿Te veo para comer?
—Si termino el cartel, sí.
—¿No estabas en los último detalles? —Alejandra, segura
de lo que había escuchado en la sala de juntas.
—Sí, pero ya me conoces —Renata hace una mueca.
—Tu perfeccionismo me asusta.
—Lo sé —Renata, orgullosa.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
—Nos vemos al rato —Alejandra se va a su cubículo—.
Esclava del sistema —dice entre dientes mientras se aleja.
—Ninfómana irremediable —responde Renata, sonriendo.
A las once de la mañana, después de varios intentos de
hablar con su jefe, Alejandra da dos golpecitos sobre la
puerta de la oficina de éste y entra sin esperar respuesta.
Gonzalo está por colocar el auricular del teléfono de regreso
sobre su base, pero Alejandra no espera.
—No puedes hacerme esto, Chalo, por favor.
—No puedo hacer nada por ti, Ale. De verdad lo siento
mucho. Sé que odias ese hotel, pero Federico te solicitó a ti
específicamente.
—No puedo hacerlo.
—¿Qué quieres que le diga a mi jefe, eh? ¿Que la
diseñadora que quiere para este proyecto no puede
encargarse de una cuenta millonaria porque un gerente
cometió un error hace meses?
—Ese desgraciado llamó a mis amigas «desviadas
sexuales» y les negó un servicio insistiendo en que su
hotel es para gente «normal». ¡Son un hotel swinger,
por el amor de Dios!
—Alejandra, necesito que seas fría y profesional. No
puedes dejar que tus asuntos personales nublen tu visión.
—¿Personales? Esto no es una cuestión de preferencias
artísticas o de ética profesional. Esto es una cuestión de
derechos humanos, derechos que ellos violaron cuando
discriminaron y ofendieron a mis amigas. Por mí, todos ellos
y su estúpida doble moral pueden irse directo a la quiebra.
—A ver —Gonzalo abre las manos y le indica con un
ademán que se calme, deteniéndola antes de que sea
imposible hacerlo—, lo primero que tienes que entender es
que la opinión obtusa del gerente no refleja necesariamente
la del negocio.
Alejandra hace una mueca.
—Existe la posibilidad de que ese gerente haya sido
despedido hace tiempo y mientras tanto tú sigues culpando
a la firma entera de algo que a lo mejor ignoran que sucedió.
Alejandra se cruza de brazos.
—Además, el jefe te pidió a ti y no voy a darle razones para
creer que no tengo autoridad sobre mis empleados. Mucho
menos puedo ir a darle razones de tus preferencias sexuales
o de tus batallas activistas.
Alejandra suelta un resoplido de frustración.
—Si todas esas razones no te bastan, te voy a dar la
más poderosa de todas: el «Red» está invirtiendo
muchísimo dinero en esta campaña y ni Federico ni yo
vamos a arriesgarnos a perder esta cuenta. Por eso se
designó exactamente al mismo equipo que levantó la
imagen de la galletera.
—Tienes un piso entero lleno de diseñadores talentosos.
¿Por qué te parezco tan indispensable para este proyecto?
—Porque ninguno de ellos fue el que diseñó el logotipo
que ha logrado que los locales vuelvan a comprarle a la
galletera estatal.
—El logotipo no es la razón y lo sabes bien; fueron las
enormes cantidades de dinero que invirtieron en
espectaculares, comerciales de televisión y espacios en
radio.
Gonzalo no responde.
—No vas a quitármelo ¿verdad?
—No.
—¿Aunque te ofrezca sacarte el doble de trabajo si me
asignas otra cosa?
—Aunque me ofrezcas las perlas de la virgen.
Alejandra niega con la cabeza. Se

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