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Libro PDF Peso cero – Antonia Romero

Peso cero - Antonia Romero

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las carencias que
llevan al ser humano
a caminar con
muletas invisibles.
Escrita con maestría
(el lector se ve
impelido a seguir
leyendo hasta el
final), con una gran
riqueza en los
personajes que se
entrecruzan, esta
novela, ‘PESO
CERO’, nos lleva a
comprende no sólo
el drama de la
anorexia, que es el
hilo conductor y
nervio de la
historia, sino
también las
deficiencias de un
vivir poco atento
con la propia vida y
de la lucha, con
frecuencia a ciegas,
por lo
auténticamente
valioso.
Autor: Antonia Romero
©2007, DIALOGO
ISBN: 9788495333896
ANTONIA ROMERO
PESO CERO
TENGO dieciocho años y soy
anoréxica.
Digo soy, aunque hace ya dos años
que me alimento todos los días de un
modo casi normal, si por normal
entendemos lo que hace la mayoría.
A pesar de ello sigo siendo
anoréxica.
Mi cerebro y mi corazón siguen
siendo anoréxicos.
A veces, incluso, padezco una
angustia mortal al sentir que traiciono a
ambos y he de acudir a mi propio
raciocinio para superar esa presión en el
pecho y en la cabeza.
El espejo sigue hablándome en otro
idioma diferente al que hablan la
mayoría de los que me rodean y debo
enfrentarme a él, no sin temor, como si
un demonio lo habitara.
La única y auténtica diferencia entre
yo y aquella muchacha de quince años,
es que yo sé que tengo un enemigo
viviendo conmigo. Alguien ladino y
traicionero que me susurra falsedades al
oído, que me insulta, me maltrata y
pretende que me autodestruya. Yo lo sé
porque me lo han dicho. Me lo ha dicho
ella y jamás me mentiría. Lo sé. Y a
pesar de que sigo escuchando esa
vocecilla que tiene mi timbre, y al
mirarme en el espejo sigo viendo a una
gorda, puedo separar esa imagen y esa
voz del resto del cuadro, bajar las
escaleras cuando mi padre me llama
para comer y sentarme frente a él a la
mesa, sin que me tiemblen las piernas.
PRIMERA
PARTE
Ser o no ser, esa es la
cuestión.
Abrió los ojos lentamente, el dolor se
extendía por todo su cuerpo. Lo
primero que vio fue un crucifijo
colgado en la pared blanca. Después
siguió revisando el resto de aquel
tétrico lugar que le parecía sacado de
una película de terror

recuerdos. Recuerdos sentimentales que
no pueden cambiarse por dinero, dijiste,
¿ya no lo recuerdas?
—Sigo pensando lo mismo, pero
ahora mis necesidades…
—¿Tus necesidades? ¿Un coche de
lujo?—
Ya te he dicho que debo mantener
una imagen
—¡Pero si vendes seguros! ¿Qué
imagen es esa?
—Soy la persona que más vende en
mi empresa, estoy muy bien
considerada…
Mario movió la cabeza a uno y otro
lado. Intentaba calmarse, aunque a
juzgar por el rojo intenso de su cara, sin
éxito. Isabel no estaba allí para
apaciguar los ánimos y él temía que
perdería el control si no respiraba
hondo y se callaba. Después de todo,
Cristina siempre había sido así, desde
pequeña nunca le importó lo que le
ocurriera a los demás. Fingía
preocuparse de ti, pero siempre había un
motivo oculto y egoísta detrás de esa
preocupación. No le importó que su
hermano tuviese que renunciar a
aumentar la familia, se negó
rotundamente a vender la casa, una casa
que no había pisado en más de tres
ocasiones durante esos cinco años.
Había cedido, porque para él sí tenía un
valor sentimental y solo la acuciante
necesidad le impulsó a plantear la
posibilidad de perder la casa. Isabel
confiaba en él y sabía que si lo proponía
era porque no veía otra salida, pero
Cristina se negó en redondo,
argumentando una sensibilidad que
jamás había tenido. Ahora pretendía
vender su parte para comprarse un coche
de lujo, algo con lo que aparentar, algo
que supliese su poca importancia. En el
fondo, Mario sentía lástima de su
hermana, estaba tan vacía…
—Tengo todo el derecho a vender
mi parte —gimió con los ojos húmedos
—, si queréis me la podéis comprar
vosotros y así todo queda en familia.
A Alicia había dejado de parecerle
divertido, la cara de su padre reflejaba
una profunda tristeza y eso no le
provocaba hilaridad, precisamente.
Miró a su tía y pensó que se parecía un
poco a ella: el pelo, la nariz. Rezó por
no tener ninguna neurona clonada de su
pariente.
—Déjame pensarlo. Tendré que
hablar con Isabel. Ya te diré algo.
—Claro, claro ¿Te parece que te
llame dentro de una semana?
Mario la miró con profundo
desprecio, Alicia tembló al imaginar
que algún día su padre la mirase así.
Comieron el postre intentando
disimular el malestar que pululaba por
toda la habitación. Andrea se esforzó en
sacar temas de conversación, pero el
silencio y el frío glacial que Mario
desprendía en dirección a Cristina, lo
hizo totalmente imposible. Una vez
acabado el último plato se despidieron y
se marcharon dejando la casa helada.
—Mañana iré a hablar con Isabel —
Mario dijo esto y se fue a la cama.
Andrea y Alicia, se miraron
compungidas.
—Hoy las aguamarinas no me han
servido de mucho.
Andrea encontró a Mario sentado en
el sillón que había junto a la cama.
Había abierto las puertas que daban a la
terraza y el aire frío de la noche
inundaba la habitación. Se acercó
rápidamente y las cerró.
—¿Por qué tienes que hacer siempre
eso? —Mario no había movido ni un
músculo.
—¿A qué te refieres? —Andrea se
sentó junto a él en la cama.
—Si yo abro una ventana, tú vienes
y la cierras, si coloco una silla del
comedor junto a la terraza, tú llegas a
toda prisa y la devuelves a donde
estaba…
—Mario… —le hizo un gesto
cariñoso pasando su mano por el pelo.
—Solo me faltaba la imbécil de mi
hermana… —se levantó y comenzó a
caminar por la habitación.
—¿Qué vamos a hacer? —Andrea le
contemplaba sin moverse.
—No lo sé. No quiero vender esa
casa, pero no podemos embarcarnos en
otra hipoteca, ahora no.
Aquellas palabras le sonaron a
Andrea como una sentencia. Ella podía
leer entre líneas “ahora no, porque no
sé que va a pasar con nosotros”.
—Quizá sea mejor que duermas,
mañana estarás más lúcido.
Mario la contempló, notó la tristeza
de su voz y se le encogió el corazón. Se
acercó a ella y volvió a sentarse, pero
esta vez le cogió la mano y la acarició
entre las suyas.
—Andrea, no sé que hacer, estoy
hecho un lío. Siento que el suelo es
inestable bajo mis pies, miro a mi
alrededor y no entiendo nada.
—Lo sé, Mario, puedo verlo.
—¿Qué me está pasando?
—Puede que sea una crisis, te
acercas a los cuarenta ¿no?
Mario la miró intensamente a los
ojos, aquellos ojos que tanto le habían
estremecido y buceó en ellos buscando
algo, intentando encontrar lo que había
perdido. Finalmente, bajó la mirada y se
entretuvo con los dedos de su esposa,
finos y suaves entre sus huesudas y
grandes manos.
Andrea sintió un fuerte dolor en el
pecho, sus pulmones se esforzaban por
recuperar el oxígeno. Ante sus ojos
pasaron montones de imágenes, como
cuando alguien está a punto de
enfrentarse a la muerte. Vio todos los
momentos que había compartido con
aquel extraño que le sujetaba las manos
como si temiese que fuera a desaparecer
y las lágrimas acudieron prontas. Mario
la sintió estremecerse y la abrazó, la
pegó a su cuerpo con fuerza como si
intentase que traspasara la extraña e
insensible capa de piel que ahora lo
recubría y que ya no la reconocía como
parte de su mismo ser.
Mario salió de casa a las cuatro y
media de la tarde. Era sábado y, por
tanto, uno de los días de más trabajo en
el restaurante. La noche anterior había
tenido que avisar a Juanjo para que le
sustituyese. Juanjo era su mano derecha,
le conoció cuando estudiaba el
bachillerato y le transmitió su interés
por los fogones. Juntos salieron del
Instituto y juntos estudiaron Alta Cocina.
Cuando cinco años atrás Juanjo le
propuso que fuesen socios, Mario estaba
entre la espada y la pared cargado de
deudas y de trabajo. Comprendió que sin
ayuda no lo lograría. Juanjo invirtió
todo su capital y juntos consiguieron que
su restaurante apareciese con tres
tenedores en la Guía Michelín. Juanjo
era un hombre abierto, alegre, y muy
trabajador. Hablaba poco de sí mismo,
pero mucho de cualquier otra cosa.
Mario le conocía bien, quizá mejor que
nadie. Por su parte Juanjo entendía a
Mario incluso cuando no hablaba y
sabía de él más que él mismo. Marga, la
mujer de Juanjo, siempre decía que eran
un error de la naturaleza, que dividió a
uno en dos partes, dando la sensibilidad
a Mario y dejando la simpatía para
Juanjo.
Ambos tenían claro que un cocinero
no debe hacer dos turnos de comida, y
como ese día a Mario le correspondía el
segundo, tuvo que avisar a su socio para
cambiarlo.
El Convento de Santa María en el
que profesaba su hermana Isabel desde
los 19 años, era un conjunto monumental
de gran interés histórico y turístico.
Apartado del núcleo urbano, formaba
parte de una ruta de monasterios
cistercienses que atraía numerosos
visitantes. Las diferentes épocas vividas
por sus habitantes podían observarse
atendiendo a los diferentes estilos
arquitectónicos. El refectorio, el
claustro o la sala capitular, eran algunos
de los lugares que se encontraban a
disposición del visitante a horas
establecidas. Junto con la Biblioteca,
lugar de trabajo y lectura, también
pueden verse las estancias de poniente,
habitaciones donde las hermanas
realizan algunos de los objetos que
después venderán en su tienda de
recuerdos. En la parte trasera un gran
huerto abastecía las necesidades de las
religiosas y sus huéspedes. La Iglesia,
en la que se ofrecía la Eucaristía todos
los domingos, era un edificio no
unificado al resto, con planta basilical
de tres naves alargadas y nave de
crucero. Aunque apartada del conjunto
monumental, se mantenía dentro de la
muralla que las monjas se vieron
obligadas a construir después del
Concilio de Trento y que a Mario le
resultaba de lo más revelador.
Él nunca entendió la decisión de su
joven hermana, tan decidida y segura de
lo que decía. Estaban sentados a la
mesa, era de noche y acababa

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