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Libro PDF Pez en la hierba – Angel Gil Cheza

Pez en la hierba - Angel Gil Cheza

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Gemma Llop era una chica de trece años
como cualquier otra. Dulce, tierna. Un
poco frágil. Su imaginario era el de una
niña de doce u once, y su cuerpo, el de
una mujercita de catorce o quince, con
sus atributos sexuales despertando, sus
pechos en plena formación y dos perlas
duras de caramelo por pezones. Su
padre hacía tiempo que había dejado de
entrar en el baño cuando ella lo estaba
utilizando, también había dejado de
darle besos cerca de los labios como
cuando era pequeña y ahora apuntaba
con pudor y nerviosismo hacia la frente,
se diría que temía desear a su propia
hija algún día y que esa idea no dejaba
de asolar el resto de sus pensamientos
cada vez que estaban a solas en la casa
o se cruzaban, camino del baño, en ropa
interior por el pasillo.
La pequeña Gemma fue la primera en
desaparecer. Ocurrió el día en que llegó
la primavera de 2000, hace ya casi
catorce años. Había quedado en verse
con su novio y el chico se retrasó diez
minutos. Nadie la volvió a ver con vida.
Fueron tres meses de conmoción para
este pueblo de no más de cincuenta mil
habitantes rodeado de naranjales a
medio abandonar a orillas del mar
Mediterráneo, Vila-real. Las chicas
jóvenes dejaron de salir solas, la
seguridad se reforzó en muchas casas,
sobre todo, en las que pueblan el
término rural desde la localidad hasta el
ermitorio de la Virgen de Gracia, un
paraje natural con árboles de docenas de
especies diferentes, conocido como el
Termet, por donde pasa el río Mijares
en su último tramo y hace un meandro
antes de continuar su estampida hacia el
mar. En ese paisaje verde y frondoso, de
geografía caprichosa, con terraplenes,
cuevas, sendas y recovecos, a diferencia
de la llanura que la embosca, abundan
las residencias estivales por el fresco
que la naturaleza desprende en las
noches de verano. Aunque también en
invierno hay quien habita este pequeño
bosque a dos kilómetros del pueblo, y su
entorno parece más bien el montañoso
de un país alejado al norte que el propio
valenciano de clima mediterráneo.
Desde el momento en que desapareció
la joven, todo el pueblo se volcó en su
búsqueda, fueron ochenta y un días de
insomnio, de ruidos a medianoche, de no
transitar por callejones oscuros, por los
aledaños rurales. Pero lo peor estaba
por venir. Imaginar qué le ha podido
suceder a una chica de trece años no es
peor que saberlo con certeza.
La incertidumbre anublaba toda la
comarca de La Plana Baixa. Los medios
de comunicación más destacados del
país ya no prestaban demasiada atención
a los detalles que iban envolviendo la
desaparición, pero la prensa local y la
provincial todavía le dedicaban un gran
número de titulares y artículos. El
resultado, una psicosis general, y una
empatía popular hacia el dolor que
sentía la familia de Gemma Llop,
quienes fueron enfermando poco a poco
después de aquello. Se diría que la vida
transcurría con los engranajes torpes,
lentos, se diría también que la primavera
florecía menos, que la brisa era más
trémula aquel año, más fría.
El 15 de junio, casi tres meses
después de que Gemma Llop faltase a su
cita, un hombre que paseaba con su
perro por el paraje del Termet se alarmó
cuando llevaba casi diez minutos sin ver
al animal. Le llamó de un silbido, que
era casi como introducirse en su cerebro
y accionarle el sistema locomotor,
porque aquel can era fiel y obediente sin
igual, y no obtuvo respuesta alguna.
Ningún ladrido de advertencia ante algo
que le asustase, ni rastro del sonido de
su aliento fatigado viniendo de muy
lejos, ningún ruido entre la maleza que
le indicara por dónde regresaba el
chucho, porque no lo hacía, no
respondía a la llamada. Tan solo el río,
con su latir profundo, se escuchaba. El
hombre comenzó a inquietarse, nada
podía hacer que aquel perro
desobedeciese a la llamada de manera
voluntaria. Algo le debía de haber
ocurrido.
—¡Setán!, ¡Setán! —vociferaba
mientras recorría el sendero hacia un
lado y otro sin sentido alguno.
No era un animal presto a perderse,
nació siendo adulto; hay perros así,
capaces de mirar a un hombre a los ojos
y saber lo que piensa. Comenzaba a
oscurecer y todavía no había rastro del
animal. El hombre sacó un teléfono
móvil del bolsillo y marcó el número de
su casa con la intención de dar la voz de
alarma y que acudieran allí su hijo y su
mujer para ayudarle a buscar a Setán.
Mientras escuchaba el tono de llamada
la maleza crujió tras él, no lo vio venir
porque no andaba fatigado dando fuertes
resoplidos, ni jadeos, ni mostraba
sofoco alguno.
—¡Gracias a Dios, Setán! Buen susto
me has dado, hijo de puta.
Escuchar una voz, aunque fuese la
suya, le hizo espantar los fantasmas y los
miedos que crecen en el pensamiento a
veces. Pero entonces observó algo en la
boca del animal, era una zapatilla roja.
De pronto sintió el terror más profundo
que había experimentado en toda su
vida. De sobra sabía a quién podía
pertenecer aquel calzado, hacía semanas
que no aparecía otra cosa en la prensa.
La policía hizo un despliegue aparatoso
por la zona, se podría pensar que todos
los efectivos estaban esperando una
pista como aquella. Había por lo menos
una docena de coches patrulla
cañoneando sus sirenas entre el ramaje y
también algún otro auto sin distintivo
alguno, que debía de pertenecer a los
inspectores de la brigada criminal. Era
ya noche cerrada en aquel enjambre de
árboles y la luna se colaba por donde
podía para husmear con su luz; estaba el
cielo despejado y silencioso.
Aquella noche no encontraron nada.
Los dos únicos perros de que disponía
la brigada de bomberos de la provincia
habían sido enviados a realizar una
prueba de simulacro a la ciudad de
Valencia, de la que distan poco más de
sesenta kilómetros. Y lo mismo ocurría
con el resto de unidades caninas de
rescate más cercanas. Había que esperar
al amanecer.
Las noticias corrieron por el pueblo y
antes de medianoche ya era extraño
tropezar con alguien que no hablase de
lo ocurrido. El miedo volvió a abrazarse
a las sombras en las calles. Y a pesar
del calor, las ventanas se cerraban al
paso de los corrillos, que atravesaban la
población como un grupo organizado de
insectos. Y la narración de lo ocurrido
se propagaba de forma ordenada de
oeste, que es donde queda el ermitorio y
la zona boscosa, a este del término de
Vila-real.
A pesar de ello, desapareció la
segunda chica; nadie había informado ni
advertido a Gisela Vidal del hallazgo de
la zapatilla de Gemma Llop y al
respecto de las medidas de precaución
extraordinarias que aconsejaba adoptar
la policía hasta tener a algún sospechoso
bajo arresto. Tenía diecisiete años,
acababa de realizar las pruebas
selectivas para acceder a la universidad,
y le esperaba un verano de descanso
hasta comenzar el curso. Volvía de
tomar algo con una amiga. Nadie la
volvería a ver con vida.
El municipio, como todos los de su
entorno, dispone de un complejo sistema
de riego por acequias para canalizar el
agua desde el río hasta cada uno de los
huertos de naranjos que rodean sin
descanso el núcleo urbano. Un sistema
perfecto que permite el riego a manta
de toda esta planicie junto al mar, finca
a finca, con sus portillos, sifones y
cambios de nivel para conducir el agua
hacia cualquier lugar donde haya un
árbol plantado. La acequia Mayor
atraviesa todo el pueblo, de norte a sur.
Tiene una anchura de cuatro metros y
una profundidad de dos con veinte en el
tramo urbano. Varios puentes la cruzan a
cada vial, a cada calle, y en algunas
entradas a fincas de pisos o casas cuyo
único acceso es la fachada que da al
canal. La acequia Mayor le da a la
población un aire distinto que hace
recordar ciudades europeas de climas
más fríos y lluviosos. Con un cierto
encanto extraño y lejano.
Poco antes de la medianoche un
anciano fumaba en el balcón mientras
tomaba el fresco. Su piso forma parte de
uno de los pocos edificios privilegiados
que miran hacia la acequia Mayor, frente
a los pinos de más de treinta metros de
altura que custodian el patio del viejo
colegio Cervantes. Una vista hermosa
por dos motivos. El viejo apuró el
cigarro y lanzó la colilla al agua; le
gustaba ver cómo se apagaba al primer
contacto y su luz cobriza se extinguía de
pronto. Pero nada ocurrió al llegar el
cigarro al suelo; la llama seguía
encendida, sobre el agua. Tardó un
minuto en apagarse poco a poco. Aquel
hombre no tenía nada mejor que hacer
que preguntarse cómo era posible
aquello. Así que cogió una pinza de
tender la ropa del recipiente lleno de
ellas que había junto a él y trató de
hacer puntería en el mismo punto donde
había caído la colilla. No lo consiguió y
escuchó el chasquido del agua al
romperse. Lo intentó de nuevo, más
como un chiquillo travieso que como un
señor caduco. Esta vez sí le dio al
mismo punto donde había caído el
cigarro y nada se escuchó, ni chapoteo
ni ruido alguno, quizá un golpe seco,
pero tan lejano que podía no ser más que
un producto del deseo de escucharlo. El
viejo siguió, probando puntería y
comprobando si las pinzas caían o no al
agua. Al final vació la cesta. Y luego
continuó allí, observando desde la
altura, aunque no era capaz de distinguir
nada, estaba demasiado

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