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Libro PDF La pieza que faltaba – Antonia Romero

 La pieza que faltaba - Antonia Romero

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dejado tirada la noche anterior sobre el
sillón del salón de su apartamento, y se
puso los zapatos camino de la puerta.
Cerró de un portazo y llamó al ascensor
al tiempo que se abrochaba el reloj de
pulsera, que menudo servicio le hacía.
Una vez en la calle corrió hasta
la carretera principal e hizo una señal a
un taxi que se acercaba. El taxista se
cruzó delante de un coche y se detuvo
para que subiese. El conductor del
coche pitó con ganas la entorpecedora
maniobra y se alejó de allí pisando el
acelerador.
—¡Menudo genio a primera hora
de la mañana! —dijo el taxista
levantando la bandera.
Eva le dio la dirección a la que
debía llevarla y se recostó en el asiento
tratando de relajarse. Se dijo que era un
caso perdido, se merecía que se le
escapase aquella oportunidad. Apartó un
mechón de pelo de su cara y lo colocó
detrás de la oreja.
«Te vas a quedar orejona» —
escuchó en su cabeza la voz de su
madre.
Su madre no era precisamente
fan suya, ahora mismo sentía que la
estaba defraudando. Como siempre.
Cuando se fue a vivir sola a la capital,
desde el pequeño pueblo en el que se
había criado, no imaginó que todo le
resultaría tan difícil. Había conseguido
un buen trabajo en una clínica del centro
de Madrid, pensaba que iba a ser verdad
eso que decían: «de Madrid al cielo».
Después la echaron y tuvo que trabajar
de camarera, de telefonista, incluso hizo
una sustitución como cajera de
supermercado, cualquier cosa con tal de
no volver con su madre. Vivía en un
apartamento de mierda, en una calle
suburbial, y pagaba un alquiler tan alto
que por las noches solo podía aspirar a
cenar cereales sin leche, porque lo que
ganaba no le daba para más.
Por eso aquella era una
oportunidad que no debería haber
perdido. Quizá el hecho de que fuese su
madre quién se la había conseguido,
influyera en su incomprensible retraso
aquella mañana. Miró por la ventana
apoyando la cabeza en su mano derecha.
¿Realmente creía que había sido su
subconsciente el que había parado el
reloj? ¿En serio? Sacudió la cabeza
tratando de despertar a las neuronas que
le hacían falta para pensar con claridad.
Suspiró, el daño estaba hecho, hacia
media hora que la esperaban en la calle
Príncipe de Vergara, y estaba segura de
que su tren había partido. Recordó la
llamada de su madre la tarde anterior.
—Es una mujer mayor con
muchísimo dinero, que necesita una
dama de compañía.
—Yo soy enfermera, mamá, no
criada.
—Ya, por eso estás trabajando
en una cervecería en la que te pagan
ochocientos euros por trabajar diez
horas diarias.
Eva escribió una de esas notas
mentales que tanto le gustaba escribir y
puso en letras mayúsculas: NO
CONTAR NADA A MI MADRE,
SUSCEPTIBLE DE SER UTILIZADO
EN MI CONTRA.
—No tendrás otra oportunidad
como esta. El sueldo es de cuatro mil
euros al mes —dijo su madre haciendo
hincapié en lo relevante del asunto—. Y
no tendrás que pagar alquiler por el
apartamentucho ese en el que vives. Ni
tendrás gastos de comida. Nena, es
dinero limpio. Todo para ti sola.
Eva estaba segura de que su
madre exageraba. O eso o la vieja tenía
muchas ganas de librarse de unos fondos
ganados de modo poco honorable.
—¿Y tú cómo te has enterado?
—preguntó inocentemente.
—Pues porque la señora Paquita
ha venido esta mañana al colmado y me
ha contado que su hijo Fran, aquel que
estudió para abogado. ¿Te acuerdas? Sí,
hija, ¡pero si era amigo tuyo!
Eva sabía a qué Fran se refería.
Iba a su colegio en primaria, aunque
nunca compartieron clase porque era
tres años mayor que ella. Sus madres
hablaban en la puerta del colegio y eso
fue suficiente motivo para que la madre
de Eva decidiese que eran amigos.
Salieron una vez cuando iban al
instituto, pero por aquel entonces ella
solo tenía ojos para Luis, que estaba en
su misma clase, y no quiso repetir. Eva
sabía que de nada servía intentar que su
madre cambiase una de aquellas ideas
peregrinas que aparecían de la nada y se
quedaban a vivir para siempre en su
atolondrada cabeza.
—Sí, mamá, ya sé quién es Fran.
—Se sintió ridícula llamando de aquel
modo a todo un señor abogado.
—Pues es el que lleva los
asuntos de la señorona esa y le ha
pedido que busque a alguien de
confianza para que sea su dama de
compañía. A la señora Paquita siempre
le caíste bien. Me preguntó dónde
andabas y qué hacías y, cuándo le
expliqué lo mal que te han ido las cosas,
me dijo que hablaría con su hijo. Hace
un ratito que me ha llamado para darme
la dirección.
Eva tapó el auricular y sopló
tratando de desatar el nudo de ansiedad
que le provocaba hablar con su madre.
Estaba segura de que no se había
guardado ningún detalle y que la señora
Paquita conocía, con pelos y señales,
todos sus infortunios en la gran ciudad.
—Está bien, mamá, dale las
gracias a la señora Paquita y a su hijo.
Mañana iré a esa entrevista.
Y ahora estaba allí, metida en
aquel taxi que se estaba tragando uno
tras otro todos los semáforos en rojo,
con más de media hora de retraso y sin
excusa.
Cuando Eva se encontró dentro
del edificio se quedó sin habla. Una
preciosa escalera de mármol,
con alfombra y todo, paredes igualmente
de mármol y lámparas de techo de
cristal. De repente le entró el pánico y
pensó en salir corriendo.
—¿Estás tonta o qué? —se dijo
en un susurro—. Tú de aquí no te
mueves. Seguro que ver esta casa cuesta
dinero y tú la vas a ver gratis. Espero.
Cuando estuvo ante la puerta del
principal dudó si llamar o esperar allí
hasta que alguien saliese por casualidad.
Aunque si la mujer vivía sola, igual no
salía nunca. ¿Pero cómo iba a vivir
sola? Eva empezó a imaginarse a una
anciana decrépita, rodeada de muebles
llenos de polvo, gatos por todas partes,
telarañas colgando de las lámparas y
vestida con un traje de novia ajado por
los años.—
Tengo que dejar de leer a
Dickens —se dijo.
La puerta se abrió y Eva dio un
respingo sorprendida.
—¿Qué haces? ¿Llegas tarde y te
quedas ahí fuera cotilleando?
La mujer, con un marcado acento
castizo, mantenía la enorme puerta
abierta y la miraba con el ceño fruncido
y una mueca de disgusto en la boca. Eva
no se hizo de rogar y entró con el
aspecto encogido que tenía siempre que
se sentía intimidada. Algo que, por otro
lado, ocurría demasiado a menudo.
Sin decir nada más, y sin
presentarse, la mujer que le había dado
tan cálido recibimiento, le hizo un gesto
para que la siguiese. Atravesaron un
pasillo con vinilo azul en las paredes y
varias sillas de patas torneadas y
mullidos cojines tapizados con motivos
florales.
—Aquí está la chica —dijo y
después dio media vuelta y se marchó
por el pasillo.
La anciana tendría… muchísimos
años. Por un segundo tuvo la impresión
de que no era la primera vez que la veía
y pensó si la habría visto en alguna de
aquellas películas antiguas de cine
clásico americano. Su cara era un mapa
arrugado, pero su piel era blanca como
el nácar y parecía extremadamente
suave. Llevaba un vestido negro de
encaje que realzaba su estilizada figura
y su pelo blanco tenía un brillo
admirable. Eva bajó la vista a sus
pantalones tejanos y su camisa blanca
habitual, todo ello rematado con sus
inseparables manoletinas azules. De
pronto sintió como si alguien hubiese
encendido un foco para iluminar su mal
gusto. En aquel escenario y con aquella
elegante dama, desentonaba como un
muslo de pollo en una pescadería.
—¿Te vas a quedar ahí todo el
día? —dijo la mujer haciendo un gesto
con la mano—. Vamos, entra y siéntate.
Eva obedeció con timidez y no
quitó la vista de la alfombra hasta que su
trasero dio con el mullido cojín del sofá.
—Supongo que ya sabes que
Frankie fue quién te recomendó, aunque
no me dijo que fueses tan tímida.
Eva se dio cuenta de que no
sabía nada de la mujer, ni siquiera su
nombre, y tardó unos segundos en
relacionar a ese Frankie con Fran, su
compañero de colegio.
—¿Eres muda o algo? ¿No
piensas decir nada?
—Perdóneme, es que no he
podido hablar con Fra…Frankie y no me
ha dado ninguna información.
La anciana miró a la joven con
curiosidad.
—¿No te ha hablado de mí? —
preguntó.
Eva negó con la cabeza antes de
responder.
—Fue mi madre la que me dio su
dirección. Hace mucho tiempo que no
veo a Francisco Medina.
La mujer asintió.
—Ya veo. Pues él me habló muy
bien de ti. Mi nombre es Carmen
Grimaldos.
La mujer que la había recibido
en la puerta entró sin previo aviso
llevando en las manos una bandeja con
dos tazas de café y pastas.
—Esta es Lisa, está conmigo
desde hace… muchos años, tantos que
he perdido la cuenta —dijo la anciana.
—Asegúrese de que come al
menos una pasta. Se alimenta como un
pajarito y hay que vigilar que no se salte
ninguna comida —dijo Lisa mirando a
Eva a los ojos.
Eva asintió y siguió con la
mirada a la mujer, que salió del salón y
desapareció tras las puertas.
—¿Por qué se va Lisa? —
preguntó volviendo la vista hacia la
anciana.
—¿Lisa se va a alguna parte? —
La anciana parecía sorprendida.
—Usted necesita otra dama de
compañía, ¿no? —preguntó la joven un
tanto confusa.
Carmen soltó una carcajada.
—Lisa ha sido mi gobernanta,
siempre se encargó de que todo
estuviese a mi gusto en casa. Ahora tiene
poco trabajo, pero no es mi dama de
compañía. Nunca había necesitado
niñera, hasta ahora. —Cogió la taza de
café que tintineó al chocar con la
cucharilla que había en el plato—.
¿Cuántos años tienes, niña?
—Veintitrés.
Carmen Grimaldos puso cara de
sorpresa. —Pensaba que eras más joven.
Serán estos ojos de vieja que ya no
distinguen. Hace tanto tiempo que no
veo a nadie más que a Lisa y a Frankie
que he perdido mi buen ojo. —Se llevó
la taza a los labios y bebió con
delicadeza.
Sus movimientos eran hipnóticos
para Eva, que no podía dejar de mirarla.
—¿Y cuántos años crees que
tengo yo? —preguntó de pronto.
Eva se pensó muy bien la
respuesta a aquella pregunta. Resultaba
evidente que era una mujer coqueta a la
que le importaba mucho su aspecto. Iba
perfectamente coordinada en todos los
detalles, incluso el pasador con el que
se sujetaba el pelo tenía las mismas
piedras que adornaban la solapa de
encaje del vestido. Y los zapatos negros
tenían en la punta un adorno idéntico a
ese encaje. Eva también se había dado
cuenta de que la anciana tenía sus
facultades mentales en perfecto estado y
su mirada inquisidora era la de una
mujer inteligente que ha vivido mucho.
—No podría decirle una edad
concreta —respondió de manera
ambigua.—
Pues tengo la edad suficiente
para necesitar que alguien se asegure de
que sigo respirando —dijo sin apartar
su mirada de los ojos de la joven—. ¿En
qué has trabajado hasta ahora? No te
preocupes, ya sé que no has sido dama
de compañía antes.
Durante unas décimas de
segundo, Eva se planteó inventarse una
historia más interesante que la real. Pero
por algún extraño motivo aquella oferta
de trabajo había empezado a resultarle
demasiado atractiva. Y no era por el
estupendo sueldo que le había dicho su
madre que iba a tener, sino por la
curiosidad que había empezado a sentir
por la mujer que tenía delante.
—He trabajado en un centro
médico, de dependienta en tiendas de
ropa, de camarera, de cajera en un
supermercado… Pero soy enfermera y
fisioterapeuta —aclaró.
—No entiendo qué hace una
enfermera trabajando de dependienta.
—La crisis ha provocado
muchas incongruencias —respondió Eva
tratando de no sonar demasiado arisca.
—Entonces, el trabajo que yo te
ofrezco es un poco distinto a lo que has
hecho hasta ahora. —La anciana apuró
el café de su taza y la dejó en la mesilla
con mucho cuidado—. Se resume en que
deberás estar conmigo la mayor parte
del día y no te pienses que soy una
ancianita adorable, porque no lo soy.
¿Crees que podrás aguantarlo?
Eva no pudo evitar sonreír
tímidamente. Aquella anciana no sabía
lo insoportable que era el dueño de la
cervecería en la que estaba trabajando.
—No tengo muchos achaques.
Creo que eso es lo que pasa cuando te
estás muriendo de viejo, que ya no te
duele nada. Quita esa cara, si hay algo
que no soporto es la lástima —dijo muy
seria—. ¿A ti qué te gusta hacer?
Eva pensó durante unos segundos
antes de responder.
—Leer, el cine, pasear…
—Bien, entonces será sencillo
—dijo Carmen—. ¿Conoces
Barcelona?
Eva negó con la cabeza. Era una
de esas ciudades a las que siempre dices
que vas a ir, pero nunca encuentras el
momento. Había visitado París, Londres,
Roma y no conocía una de las más
importantes ciudades españolas.
—¿Tienes algo contra los
catalanes? —siguió preguntando.
Eva volvió a negar.
—No, no, no es eso —dijo
tímidamente.
—Voy a volver a mi casa.
Bueno, a la casa de mi marido —dijo
Carmen pensativa—. Me fui de allí un
año después de que él muriese y ha
estado vacía desde entonces.
La señora Grimaldos miró a Eva
de un modo extraño, como si estuviese
analizándola.
—¿Te interesa el trabajo? —
preguntó taxativa.
Eva no respondió
inmediatamente. Tenía la sensación de
que si aceptaba, su vida iba a dar un
giro de ciento ochenta grados y no
estaba segura de que eso fuese bueno.
Era cierto que no tenía un trabajo por el
que valiese la pena quedarse. Y
tampoco había nadie esperándola en el
pequeño estudio que llamaba casa.
—Debería comerse una galleta
—dijo levantando la bandeja para
acercársela.
MENSAJE DIRECTO – TWITTER
♂Hola. ¿Qué tal tu día?
♀Bien. ¿Y el tuyo?
♂Como siempre. Hoy he pensado
en ti.
♀¿Ah, sí?
♂Lo hago a menudo.
♀Ya será menos.
♂¿Te lo cuento o no?
♀Cuéntamelo.
♂He pasado por delante de una
lavandería…
♀Qué americano suena eso.
♂Y dentro había una chica
esperando a que acabase su
lavado. Era morena y llevaba
una falda plisada y unas botas
con cadenas.
♀¿Así es como me imaginas?
♂La primera vez que hablamos fue
a raíz del comentario de un friki
de los pies.
♀Se dice fetichista.
♂Lo que sea. Tú pusiste una foto de
una chica con una

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