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Pixie en los suburbios Trilogía pixelada 1 – Ruy Xoconostle

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Si llego a ser vicepresidente de La Compañía antes de los treinta, voy a proponer que no se permita la contratación de hombres y mujeres casados, ya sea por bienes
separados o mancomunados. Soy un hombre interesado en tecnicismos, pero no en esos tecnicismos.
Bien, bien, mi caso: no sé por qué demonios me casé. Si ahora me lo cuestionan, diría “no lo sé”. Lo xodido del asunto es que esa es la respuesta que doy a muchas
de las preguntas que me hago últimamente. Es como andar dándole vueltas a lo mismo una y otra vez. A veces me pasa que estoy dice y dice y dice y dice lo mismo —
no sé si a ustedes les suceda algo similar, y en ese caso los compadezco—, la misma frase, la misma expresión pendeja, la misma palabrilla, la misma vulgaridad todo el
pinche día (como no poder detener tu mente de decir panocha una y otra vez. Panocha y panocha y panocha. Y panocha.

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Y ni siquiera piensas en una jugosa panocha
peluda y olorosa, sólo en la palabra panocha. Panocha. Tres sílabas. Origen desconocido. Pero ahí está. Pa.No.Cha). Incluso sueño con la frase o palabra o vulgaridad.
Me persigue en mi sueño. ¡Ahh! Y con esto del “no lo sé” pasa así, pero de una forma consciente. Me preguntan algo y milagrosamente surge el “no lo sé”. Imaginen
que alguien me dice “¿cuántos años tienes?” y yo paroleo, automáticamente, “no lo sé”; mierda, allá viene el “no lo sé” barriéndose en primera en segunda en tercera
(nunca en home), de nuevo surge el “no lo sé”, carcomiéndome las sienes. Otro “no lo sé”. Y otro. Casi diría que somos la Generación Del No Lo Sé.
¿Por qué me casé? No lo sé.
Hace unos meses habría dicho que el matrimonio es una de las instituciones más peligrosamente inútiles y huecas que se han creado. Diría que sólo trae amargura y
conflicto y resentimiento. Pondría mi ejemplo. Les habría hablado de cómo me llevó a la ruina. ¿Por qué te casaste?, me preguntan. De nuevo, no lo sé.
Afortunadamente, ahora no pienso igual. Hay gente que es feliz casada. Ese no es tampoco el punto, pues no voy a simplificar la cuestión asegurando que el matrimonio
no es para mí. No. El matrimonio podría ser para mí, es sólo que me tocó un mal matrimonio. Hay gente que tiene buenos matrimonios. Yo tuve un mal matrimonio.
Todo indicaba lo contrario, pero, ¿saben algo? , la vida es poco seria en sus cosas.
Tampoco quiero decir que haya cambiado mi opinión en cuanto al tema de contratar empleados casados. El rendimiento de un hombre felizmente desposado es
mediocre. Nada que ver con el de un workaholic en sus veintes medios, soltero, sin ningún compromiso más que sus obsesiones y fetichismos personales, amargado o a
punto de amargarse, lleno de energía. Ese es el tipo de soldado que una corporación necesita. Ahora bien: ¿cuánto puede durar un cheloveco en semejante estado antes
de caer en una crisis nerviosa? Bueno, esto es lo hermoso de mi trabajo: los cambiamos por nuevos vecos, tiernos y jóvenes, dispuestos a amargarse y terminar con un
aneurisma por una puta empresa que le acabará dando una patada en el fondillo. Créanme: ese sujeto estúpido, trilingüe, hiperinformado, emprendedor, altivo, vivaz y
energético, existe.
Le llamamos recién graduado.
Yo fui uno, y realmente ya no lo soy. Lo repito: fui uno y ya no lo soy. Ahora me considero un sobreviviente. Mi existencia ahora tiene un poco de sentido. Hasta
los veintitantos viví una vida relativamente estúpida. Podría decir que dediqué las primeras dos décadas que pasé en el mundo a estar frente a una consola de
videojuegos y un fido. Lo demás que hice carece de interés —comer, cagar, dormir—. Por desgracia, pasaba demasiado tiempo con Madre. Así, pueden suponer que me
sentí vivo cuando conseguí matricularme en la universidad.
Si lo suponen, están en lo correcto.
Estudié una carrera bastante estúpida. Hice algunos amigos, aprendí, quizá, un par de cosas… bebí demasiada cerveza. Lo que hice durante la carrera tampoco es
muy interesante de relatar —comer, cagar, dormir—, de no ser porque en mi año de sófmor aparecieron las primeras consolas de treinta y dos bits y algunos botones
más en los controles (y ya eran ergonómicos… buuuuuu, una gran palabra, venga de ahí con comillas, “ergonomía”, otro orgasmo sintáctico): además del pad, un botón
ye, uno equis, uno erre, uno ele y los clásicos a y be. Ah, y después comenzaron a vender controles vibratorios (veinticuatro dólares con noventa y siete centavos).
Diría que eso fue lo más relevante que me pasó.
Estoy exagerando un poco. Olviden la mitad de lo que he dicho (soy un tipo voluble, y casi no sé nada; a lo mejor de ahí viene el “no lo sé”). Realmente la carrera
no era tan estúpida. De hecho, mi educación universitaria fue de primera (hey, pendejo de mierda, que las clases hayan sido de primera no quiere decir que no fueran
estúpidas… vale, lo acepto). Como valor añadido, me gradué como el Tópofdeclás. En lo que no exageré fue en el verdadero valor de estudiar… probablemente haya
gente, no digamos de mi generación, sino de mi misma edad, que hallara útil estudiar. Yo no. No quiero decir que me aburriera —cosa que me cuesta bastante trabajo, por
lo que más tarde comprenderán mejor mi inmunda situación—, sino que estudiar es demasiado obvio. Esto les puede decir, en principio, que yo no buscaba que las
cosas salieran de la mejor forma posible. No es una actitud mediocre, es sólo que no lo quería, y muchos no entienden eso. ¿Por qué hay que estudiar? Porque sólo así
puedes llegar a ser alguien. ¿Por qué quiero ser alguien? Porque eso es lo correcto. ¿Por qué debo hacer lo correcto? Porque si no le darás un mal ejemplo a tus hijos (a
eso derivó exactamente una discusión que tuve en casa de Amigos Cagantes cuando anuncié que me iba a hacer un tatuaje. Ya hablaremos de eso en su momento). ¿Por
qué debo querer lo que todos quieren, ese mierda estado de bienestar social? Y allá va el Gran Hermano, con su vozarrón de Mago de Oz, a responder desde la cima de
La Gran Moral Que Todos Compartimos: ¿Y por qué no?
Sí sí, hay que hacerse objetivos. La cantidad idónea es tres. Menos equivale a autocomplacencia, más de eso a glotonería.
¿Cuáles son tus objetivos en la vida, tus tres objetivos?, me preguntó el otro día, en una fiesta, un veco al que nunca había visto. ¿Habían escuchado una pregunta
más pendeja?
Al salir de la uni, tenía dos “objetivos” (añádanle comillas dobles a una palabra de mierda y súbitamente se convertirá en una ironía) por delante: a) conseguir una
beca para estudiar una maestria o b) obtener un empleo. No podía cumplir ambos “objetivos”, sólo uno a la vez. El inciso A me haría un raquítico huevón escolapio
condenado al pupitre ad infinitum. El B, un lacayo corporativo alineado y autodestructivo. Lo segundo me llamó más la atención. Y a muchos de mis compañeros de
generación también. Varios de ellos encontraron trabajo al terminar la carrera; otros no. La mayoría metió aplicaciones de empleo en los lugares de costumbre: estaciones
de radio, canales del fido, revistas, periódicos, agencias de publicidad. Para ciertos vecos pasaron algunas semanas; para otros, un par de meses, otro par… nada. Sé de
casos que hoy, a un lustro de la graduación, trabajan en lo que pueden. ¿Cómo puede pasar eso en México, nuestro México, nuestro Gran México? Déjenme decirles
algo sobre este país: somos la nación de Primer Mundo más curiosa que existe. Tenemos la única franquicia latinoamericana de la nfl pero ningún jugador nacional en sus
filas. Somos dueños de las instalaciones sanitarias más grandes del continente, pero los vecos se mueren de frío en las calles. También poseemos algunas de las mejores
universidades del mundo, pero a la vez disponemos de miles y miles de contadores y abogados y veterinarios acomodando cintas de vhs en estanterías de Blockbuster,
preparando Whoppers y lavando autos afuera de un Target. Y el cincuenta por ciento de ellos aún dicen “hayga”.
(Target, por cierto, es una mierda. Han pasado setenta y cuatro horas desde que metí mi formulario para la H. Tarjeta de Cliente Frecuente y no me ha llegado una
xodida respuesta, aún cuando sé que mis credenciales son impecables.)
En mi caso, recibí media docena de propuestas de empleo al otro día de graduarme. La cosa funciona así cuando funciona bien desde el principio: si eres el
Topofdeclás, como les mencionaba, te inundarán con promesas y te sacudirán una gorda chequera frente a la cara de la misma manera que le zangoloteas la pinga a una
ramera después de que te acaba de exprimir la última gota de semen. Yo no lo buscaba y me lo dieron. Y lo tomé. ¿Fue un error? No lo sé. Lo que es cierto es que a los
veinticinco años ganaba seis veces más que lo que llegó a ganar Padre en su mejor empleo y tenía más responsabilidades que el xodido deán del campus. Entiendan esto,
y grábenselo muy bien: aún no aprendía a limpiarme las nalgas y ya estaba en un puesto de responsabilidad, dándole órdenes a dos decenas de vecos más viejos que yo.
¿Cómo se siente alguien que ha estado jugando al pendejo estudiantillo de mierda por cinco años cuando le dan un Ford nuevo, una tarjeta American Express
corporativa, una oficina con muebles importados que puedes acomodar como un quarter, sacar tu patineta y ponerte todo el día a dar de brincos a la Tony Hawk sin
que nadie te moleste?
Tenía veinticinco años. El empleo ni siquiera era cerca de casa o del campus. En cuestión de semana y media me vi en Ramos Arizpe, Coahuila. El lugar más frío y
lejano del mundo. Bueno, así lo ves cuando tienes veinticinco años.
Pude haberme consolado pensando que al fin me había emancipado de Madre, que no tendría que despertarme con la letanía de humillación que todos los
desempleados del mundo tienen que soportar, ya sea de su cónyuge o de sus progenitores, y que siempre comienza al son de “¡huevón de mierda!” De la misma forma,
iba a evitar los sábados con padre en el country, los horrendos sábados de horrendo golf, los horrendos sábados rodeado de pegacanicas chistines de chalecos Chemise
Lacoste y caquis Nautica y spikes Nike y pelotas Titlest y maderas de titanio Taylor Made y caddiebar y un Black Label tras otro y pendejas conversaciones en torno
a… nada. Nada interesante. Ya no tenía que sacar el tema de Madre en el hoyo diecisiete (“dale dinero, Padre”), ni soplarme horas y horas de mentiras y agujeros
pastosos en el suelo (esos que los golfistas llaman “divots”, y los mortales como yo “panochas”… ese hoyuelo es el “objetivo” de todo pegacanica).
Podía respirar aliviado pues iba a evitar tantas cosas… claro que, al entrar en la amplia oficina en el piso ciento catorce después de tres horas y media de
explicaciones y presentaciones, me sentí totalmente cogido. Tómala puto, straight in the asshole. ¡Auch! Cómo duele que te cojan por primera vez. Alguien, Jackie,
probablemente, cerró la puerta detrás de sí y hasta ese instante me vi a mí mismo, solo, y con un gran dolor anal, frente a una ventana desde donde podía observarse el
espantoso paisaje de Ramos Arizpe, con una gran computadora de escritorio, una pequeña laptop a un lado, unos ocho muebles de cedro blanco, un sillón de piel
italiano y un sensual ronroneo, el del aire acondicionado, manteniendo mi impecable corte de pelo y mi impecable traje Valentino azul naval y mi impecable corbata de
Hermès muy en su lugar.
(Mi reloj era un Swatch, por cierto. Luego lo cambiaría por un Rolex Daytona. Y me vale verga que me digan que los Rolex son para nuevos ricos. No lo son.)
En ese momento, curiosas paradojas, envidié a aquellos chelovecos llamados “paikis”, que viven el dorado momento en el que se dan cuenta que tienen treinta y
cinco años de edad y están en piyama, despeinados, descalzados y con un aliento de mierda frente al fido un miércoles a las once de la mañana. Y no pocos miércoles,
sino cientos, miles. Yo, en cambio, tenía veinticinco años y estaba en una oficina gigantesca de uno de los pisos más altos de una de las corporaciones más grandes del
país. Y no estaba limpiándola, ni sacando los ceniceros, ni aspirando.
Envidié estar despeinado, en piyama y descalzado frente al fido viendo cómo un homosexual preparaba huevos motuleños en el canal 128 o el clásico y
multipremiado sitcom Mi novia se convirtió en un cheerio. Quise dedicarme a entregar paquetes en el área de Irving, cerca de Naucalpan, pasar todo el día sentado en un
coche o en una camioneta de tres y media toneladas, manejar a ciento diez millas por hora en el Lyndon B. Johnson, volar en un Chevrolet, contar los anuncios de neón,
detenerme a mear en el Hilton de San Bartolo, punketear a las viejecillas que manejan sus Blazers llenas de bolsas del grocerí, abriendo y cerrando las ventanillas
eléctricas o xodiendo con el clima del auto, girar sin parar la perilla del radio e imaginar que cogía con una puta que conocí en Flynn’s, robar chocorroles del QuickStop
de la 42º, vociferar contra las hermosas negraspedazosdeparaíso de Irving, imaginando que lamía sus enormes culos, sus relucientes bembas, sus tetas desbordantes, sus
morados pezones, y beber cerveza Miller High Life mientras perdía el tiempo con Joey Brocoli, el del Burger King de Lomas Verdes. O por lo menos jugar Adventure
en mi Atari.
Respiro.
Traté de tomar las cosas con calma. Sí, el primer secreto para no perder los nervios es tomar las cosas con calma. Ommmmmm. El segundo secreto es masturbarse
viendo a Britney en el canal de videos musicales. Okey. El tercer secreto es hacerse de una rutina. Venga, me despierto a las cinco y media, me baño, me arreglo, me
visto, me desayuno el pene y por la noche me vuelve a crecer (here comes Johnny!). Llego a La Compañía y no hay nadie más que Jackie y yo. Me encierro en la
oficina. Llamo a Jackie por el interfón. Le pido un café. Al salir, pierdo unos cincuenta segundos imaginando que me mama la verga hasta dejarme seco. Respondo
correos, no sé, durante una hora, hora y media. Salgo a fumar al Ágora del Cáncer. Veo a Putrefoy, de Recursos Humanos, quien siempre va a chuparse sus dos Vantage
de las diez de la mañana, pitillos de maricón, y platicamos del mnf, de la nba, de la mlb, de la nhl, de los Rams y de la madriza que le metieron al equipo local (alguna de
las putizas que le deben de meter por lo menos dos veces al año). Termino de fumar y regreso. Cuatro Breath Assure. Una lavada de dientes. Un chicle. Las Breath
Assure hacen efecto: es hora de cagar (el perejil sintético es tremendo). Regresar a responder e-mails, los que ya me han contestado para entonces. A lo mejor abrir la
puta hoja de cálculo y ver con qué xodencias me entretendré ahora. Recibir a uno de los creativos y discutir ideas para la campaña del nuevo proyecto. A la una, tomar
la llamada de La Gran Pendeja Secretaria del Pendejo Mayor Que Gana Dieciséis Veces Más Que Yo y subir al Consejo Jedi en el piso ciento cincuenta y cinco a ver
cómo, a ver cómo… arreglan el mundo. La junta se acaba a las tres, ir a comer, con buena suerte solo en una tortería que está en uno de los mismos pisos de la torre y
luego salir a comprar otro ejemplar de Button Mashers! que nunca leeré; con mala suerte, se pega alguno de los pendejos relamidos de la junta del Consejo Jedi o algún
estúpido de los departamentos aledaños que ni sé cómo se llama. De regreso, unos correos más, cerrar, silenciosamente abandonar el lugar, ir a casa a dormir,
masturbarme con mi colección de películas de Drew Barrymore, cagar de nuevo, exprimirme barros, jugar con la consola de Sony un par de horas y a las nueve, o diez de
la noche, regresar a la oficina y adelantar los proyectos hasta la una o dos de la mañana.
Mis fines de semana eran ligeramente más entretenidos. Decidí no trabajar ni sábado ni domingo. Evidentemente, no tuve que avisarle a nadie de la decisión, a nadie
más que a Jackie, mi asistente, para que en el extremo y pendejo caso de que alguno del Consejo Jedi necesitara hablar conmigo y me encontrara en mi lindo teléfono
móvil que tiene capacidad para mil quinientas entradas acceso a la web y al informe vial del radio y a mis doce cuentas de e-mail y pila ultradelgada de litio que dura en
stand by hasta ciento doce días y manoslibres y localizador gps en caso de que todo lo demás falle.
Con tanto trabajo de lunes a viernes, es evidente que podía perderme (en el sentido de San Agustín) en el ocio del sábado-domingo. Por eso, la clave (de nuevo) es
armarse una rutina. Una rutina menos cuadrada o, si quieren, o menos rutinaria, pero a fin de cuentas una rutina. Pero no se preocupen, no voy a cansarlos de nuevo con
los detalles.
Me gustaba subirme a un tren e ir a conocer pueblos que están cerca de Ramos. Verán, Ramos Arizpe es un lugar espantoso: imaginen a Bosnia-Herzegovina, pero
recién bombardeada. Siempre hace mucho frío o mucho calor. La mitad es industrial y la mitad corporativa. Está cabronamente contaminado. Y ahí vive la gente. Yo no,
por suerte. Más tarde les hablaré de Saltillo.
Qué mejor, pues, que salir a pueblear los fines de semana.
A decir verdad, Ramos Arizpe está rodeado por puro, puro desierto. Y algunos pueblos. Son una mierda, claro. Como de película del oeste. Una sola calle y varias
casillas de dos pisos a los costados. Listo: siguiente pueblo.
¿Y la diversión?
Bueno, para empezar, el tren. Les estoy hablando de una máquina de cientos de toneladas de peso que funcionaba cuando Porfirio Díaz caminaba en la faz de la
Tierra, pero recién ajustada, afinada, pulida, lavada y pintada. El carro comedor era una maravilla, algo así como Art Decó… bueno, no lo sé (soy pendejo para esas
cosas), pero era una cosa de lindos. Así es que me pedía un rickshaw desde la casa y me iba a la estación de trenes y agarraba patín hasta donde fuera. A veces ni me
fijaba qué boleto y para qué destino compraba.
(Una vez amanecí en Magdalena, Sonora, y me cagué del susto.)
En lo que sí ponía mucha atención era en el equipamiento que cargaba. Verán, creo que somos parte de una generación de mierda, y si algo nos define es la obsesión
por la tecnología. Somos la Generación Tecnofetichista. Nos fascina la tecnología en miniatura. Mientras más pequeño, mejor. Somos la Generación Minitecnofetichista.
Y si tiene más mierdas encima, excelente. Si un solo aparato es capaz de realizar docenas de funciones para las que no fue pensado en un principio, maravilloso. Somos
la Generación Multimediaminitecno-fetichista De Mierda. Podríamos ver cintas de vhs en un fido y hacer llamadas por un teléfono, pero estamos obsesionados por
lograr que las cosas funcionen al revés, es decir, hacer llamadas por el fido y ver películas por el teléfono.
Ajá.
Me cargaba mi omnipresente teléfono móvil, un radio de onda corta, una laptop con miles de megas en ram y un par de procesadores más rápidos que cualquier
guepardo del Discovery Channel, una pequeña quemadora de discos no más grande que una rebanada de pan Bimbo, una impresora plegable que cabía en el bolsillo de
mi camisa, un poco de papel (no hacía mucho bulto), reloj con gps, cámara digital con una resolución de 33 übermegapixeles, enfoque automático y pila de níquelcadmio
(una mierda, debo decirlo), consola de videojuegos portátil con un emulador capaz de soportar títulos retro de Intellivision, Atari y Coleco, así como otros
objetos menos importantes, como ropa, dinero, tarjetas de crédito, cancros, lentes oscuros y encendedor.
Me frustaba pensar que ninguno de mis aparatejos multimedia servía también como encendedor. Me quedaba horas mirando la flama, tan primitiva junto al bello
montón de silicio y plástico que amontonaba en mi mochila, una llama tan pulida, tan perfecta, tan pulcra…
Alquilaba un camarotillo en el que podía montarme todo mi teatrito. Ponía un disco, algo de Smashing Pumpkins o Iggy Pop o Pixies o el soundtrack de
Trainspotting o el soundtrack de Pulp Fiction o el soundtrack de Almost Famous. Somos la Generación del Soundtrack. Me ponía a ver el desierto por la ventana. El
desierto azul en la mañana. El desierto rojo en la tarde. El desierto púrpura en la noche. Mandaba correos. Me metía a los anuncios personales de Yahoo! y trataba de

Pixie en los suburbios Trilogía pixelada 1 – Ruy Xoconostle

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