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Por siempre te amo – Silvana D. Saba

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Por siempre te amo – Silvana D. Saba

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La mañana amanece fría en San Siro, Milán, el sol aún no ha salido, Lorenzo
abandona la casa paterna muy temprano, la niebla lo cubre todo con su manto blanco.
Son los primeros días de frío, queda por delante un largo invierno.
«Tal vez no haya sido una buena idea coger la moto hoy…» piensa mientras
acelera y zigzaguea por las calles atestadas y mojadas.
Mira el reloj en su pulso mientras detiene la moto en un semáforo. Son más de las
siete y treinta y aún se encuentra lejos de las oficinas de la empresa de su padre.
«Con todo lo que he trabajado y lo bien que ha quedado mi propuesta para los
americanos, por fin mi padre no tendrá más remedio que valorar lo que hago, pero
estoy llegando tarde…»

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Otro día más, no es algo inusual en él. Claro que a su padre cualquier cosa que
haga Lorenzo le molesta, siempre encuentra una excusa para reprenderle sin importar
lo mucho que se haya esforzado.
Mientras da gas a la moto y el motor ruge como una furia, la Harley Davidson fat
boy negra y cromada vibra entre sus piernas, el ronroneo del motor es música para sus
oídos. El calor que emana del motor calienta sus piernas. Hace crujir las vértebras de
su cuello girando la cabeza, siente el nerviosismo que se ha apoderado por completo
de su cuerpo, un escalofrío le recorre la columna vertebral, el semáforo se pone en
verde, Lorenzo acelera y la moto sale disparada.
Muy a su pesar viste traje, que se lo tiene que mandar a hacer porque no hay
ninguno que le quede, es como un Dios nórdico. Por algo se ha hecho merecedor del
sobrenombre de «El Vikingo». Por su altura, su cuerpo musculoso, su larga cabellera
rubia y esos ojos de hielo, aunque su carácter es todo lo contrario a su aspecto, es
dulce y muy apegado a su familia, un cachorro.
Mientras tanto ensimismado en sus pensamientos, sintiendo que le falta el aire por
el nudo de la corbata y la ansiedad que supone siempre enfrentarse a su padre y
esperar su aprobación, continúa su camino.
En una esquina, un camión no respeta un stop, Lorenzo acelera la moto porque
tiene la preferencia, entra al cruce y en una fracción de segundos viene embestido por
la mole de metal que lo golpea haciéndolo volar por los aires. Se estrella contra el
duro pavimento. Lo último que recuerda es volar con su fat boy entre las piernas y el
sonido metálico de los hierros arrastrándose por el suelo.
En la clínica más exclusiva de San Siro, «Nostra signora della Misericordia»
anuncian por megafonía que es necesario que el personal de enfermería se presente en
Urgencias, que necesitan ayuda. Aurora está a punto de cambiarse tras un turno de
noche tranquilo, pero decide por un impulso dirigirse a Urgencias.
Cuando llega la ambulancia acaba de entrar, los paramédicos están bajando una
camilla en la que yace un hombre absolutamente cubierto de sangre. La brecha de la
ceja es la que más sangra, pero no la única de sus heridas, por la comisura de sus
labios corre un pequeño reguero, sus pantalones están destrozados y se puede ver el
hueso presionando sobre la pernera.
—Tenemos que llevarlo al quirófano, tiene varias fracturas, pero no hay que
descartar hemorragia interna —anuncia un médico, de prisa y corriendo.
—Enfermera, prepárese, no podemos esperar —le ordena el doctor, no parece
conocerla a pesar de que ambos se han cruzado durante los últimos dos años por los
pasillos de la clínica, pero el eminente doctor Mengoni no suele prestar atención a las
enfermeras en prácticas. Aurora mira a su alrededor, es la única que ha acudido a la
llamada.
—Sí, claro, doctor… pero…—Aurora quería señalarle que aquella sería su
primera vez en quirófano.
—Pero nada, prepárese. No hay tiempo que perder.
Responde el médico mientras empujan la camilla hacia el quirófano. Comienzan
todos los preparativos, el equipo de médicos, que se encuentra siempre pronto para
intervenir, se presenta en la sala.
Aurora coge la carpeta que descansa sobre el pecho del accidentado y lee:
Sexo: Varón
Edad: 30 años
Fracturas múltiples en pierna derecha, contusiones a la altura del bazo y los
riñones, cortes profundos en la cara y el cuerpo. Posible hemorragia interna.
Accidente de moto.
Aurora alarga los dedos y acaricia el dorso de la mano del herido para
tranquilizarle, ya que se revuelve inquieto en la camilla, él reacciona y se la coge con
fuerza, el muchacho abre los ojos y ella puede ver dos enormes ojos celestes como el
cielo límpido, casi cristalinos, que la observan con absoluto desconcierto y terror,
que contrastan con la sangre apelmazada en su rostro. Intenta moverse, pero se
encuentra inmovilizado por las correas de la camilla. Se lamenta, está dolorido.
Ella está asustada, pero no puede permitirse flaquear, se acerca al oído del chico
y habla:
—Shhh, tranquilo, no te muevas. Has tenido un accidente y estás en el hospital,
estarás bien —su voz suena segura y amable, ha logrado su cometido, el muchacho
afloja su presa, y le suelta la mano.
Los médicos en el quirófano se mueven rápidos, pero sin crear confusión. Las dos
horas que pasa allí dentro son las más largas de toda su vida.
Aurora nunca ha visto la sangre salir a borbotones como en este caso, las
prácticas son una cosa, pero enfrentarse a la realidad es otra muy diferente.
Hace memoria y recuerda por qué ha elegido este oficio, ella quiere ayudar a la
encajan los huesos como piezas de puzle. Aurora había visto encajar piezas de
plástico, pero nunca un hombre de verdad, siente que el estómago se le revuelve.
Aguanta, va tomando confianza con la situación y al final se mueve ágil y realiza su
trabajo como una enfermera experta.
Cuando termina la operación el médico jefe la llama para agradecerle su ayuda, y
le informa que el paciente se encuentra fuera de peligro.
—Estoy contento con tu trabajo ahí dentro. ¿Tu primera vez?
—Gracias, doctor —sonríe tímidamente Aurora, aún pálida. Siente que los
hombros le pesan como si hubiera estado cargando toneladas sobre su espalda —Sí.
Responde y siente las piernas como dos flanes, todo le da vueltas y está segura
que de un momento a otro se va a ir al suelo, la tensión se va disipando y la
adrenalina disolviendo, dando paso a un cansancio aplastante.
—Ve a por un café y descansa. Has estado muy bien.
—Mi turno ha terminado.
—Entonces márchate a casa y muchas gracias de nuevo. Tu nombre es Aurora,
¿no?
Ella no sale de su asombro porque él sabe quién es, aunque estaba convencida de
que, como el resto del personal, era una más.
El doctor Mengoni está a punto de jubilarse, pese a su vitalidad y su reputación de
despistado, al parecer sabe qué ocurre en su hospital, Aurora lo mira con sorpresa y
él le devuelve una sonrisa amable que le ilumina la expresión cansada y le ablanda
las facciones duras, por las que se ha ganado la fama de “el Ogro”.
Mientras Aurora se dirige a su taquilla intentando sacudirse la tensión y los
nervios, por el camino se encuentra
Por siempre te amo - Silvana D. Saba

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