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Por una cama de princesa – Hadha Clain

Por una cama de princesa – Hadha Clain

Por una cama de princesa – Hadha Clain

Descargar Por una cama de princesa En PDF todas son princesas. Porque el rosa no
es solo un color, es lucha, es renacer y
es el color de tus vaqueros negros
favoritos manchados con lejía.
Comencemos con unas pocas palabras
mezcladas con la demencia de la
introversión, porque los sueños, sueños
son, ¿o no?
Hablemos también del valor de los
deseos y de la calidad del tiempo que
invertimos en conseguirlos porque de
eso se trata en realidad. De lo que haces
con el tiempo mientras persigues tus
sueños. Por una cama de Princesa es un
retrato de superación y esperanza, una
batalla suprema donde la inocencia y el
corazón pueden ganar la partida.
Eva trabaja duro en base a unos firmes
principios de honestidad, esfuerzo y
sacrificio. Por su parte, Oliver vive
envuelto en lujo, extravagancia y
excesos. Con el dinero suficiente para
comprar cualquier cosa y no desear nada
que no pueda obtener, ni siquiera su
preciado tiempo.
Dos personas que colisionan en dos
frentes irreconciliables, siempre y
cuando ninguno de ellos traicione los
principios que orgullosamente sostienen.
Aquí no encontrarás flechas chispeantes
con corazones y margaritas en un amor a
primera vista. De lo que se trata es de lo
que se pierde de nosotros mismos
cuando nos entregamos a otro y, sobre
todo, de lo que queda cuando volvemos
a estar solos.
Capítulo 1
Las intenciones buenas no siempre
son ideas geniales
Porque nunca sabemos dónde irán a
parar nuestros esfuerzos. Hay golpes
que resuenan eternamente… Depende
de la traición y del duelo.
—Tita, quiero merendar.
— ¿Sí? ¿Y qué desea, la princesa, para
su merienda?
—Pues… Nocilla y galletas, tita. —
Sonrió juguetona.
—Vamos a ver, Leti. Yo nunca he
conocido a una princesa que todas las
tardes meriende galletas con Nocilla,
¿qué te parece si hoy preparamos unas
fresas con zumo de naranja?
—Bien, tita, ¡merienda de princesas!
¡Bien!
—¡Cielo, no tardes que tengo que ir a
trabajar!
Totalmente convencida, mi sobrina fue
al baño para lavarse las manos y
preparar juntas la merienda. Media hora
después estábamos listas para salir. Ella
con su diadema rosa y su bolso a juego;
a sus nueve años de edad era la niña
más coqueta del mundo. Más que su tía,
incluso. Andamos hasta la casa de sus
padres en un largo paseo en el que la
pequeña no metió lengua en paladar.
—Tita, ¿cuándo vas a tener tu cama de
princesa?
—Pronto, Leti. —Resoplé.
—¿Ya la has encargado a don José?
—No, aún no. —Seguí resoplando.
—¿Por qué?
—Pues porque aún estoy ganando el
dinero suficiente para comprarla.
—Tita, pero las princesas de la tele no
tienen que trabajar tanto como tú, solo
se sacan fotos, ¿por qué?
Vaya nueve años que tenía la niña.
—Porque hay princesas con suerte y
princesas con menos suerte —añadí.
—¿Tú no tienes suerte, tita?
—No mucha, reina.
Menos que pelos tiene una rana, pensé.
—¿Por qué?
Cielo santo, otro por qué, y otro y
otro… Adorable, pero impertinente a
partes iguales.
—Porque toda la suerte que tenía la
gasté cuando me tocó tener una sobrina
tan linda como tú.
—Entonces… ¿mamá también es una
princesa sin suerte? ¿También la gastó
conmigo?
¿Cómo no la iba a querer? Qué
inocencia tan sana.
—Tu madre es una excepción —contesté
—. Una chica con mucha suerte.
—¿Qué es una excepción?
Con esta y treinta y nueve preguntas más,
llegamos a su casa. Adela ya estaba de
vuelta de su viaje a París con Eduardo,
mi cuñado superperfecto. Durante sus
dos días de viaje, Leti había llenado
todos mis huecos en casa, que no eran
pocos. Tenía veintiséis años y acababa
de comprarme un ático en el centro de la
ciudad de Valencia, en Carrer de Martí.
Un edificio más antiguo que viejo, tal y
como yo adoraba. Literalmente
encantador. Ahora solo tenía que
preocuparme de pagarlo y, quizás algún
día, convertirlo en un verdadero hogar
donde los recuerdos llenaran los
cajones.
De vuelta a casa pasé de nuevo por el
escaparate de la tienda de don José.
Hacía años que quería comprar el ático
situado encima del hotel. Cuando llegué
a la ciudad viví de alquiler en varios
pisos compartidos muy cerca de allí.
Antes de tomar la decisión de casarme

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con la hipoteca, tenía muy claro qué
quería hacer con aquel romántico rincón.
Había pasado horas planeando y
dibujando en la trastienda de los padres
de mi amigo Rubén. Él mismo había
traído esa cama para mí el día que
formalicé la compra del ático, dispuesto
a dejarme instalarla para pagarla
después, poco a poco. Pero era tan
perfecta, tan ideal… que se merecía
ocupar un hogar vestido con sus mejores
galas: cortinas, cuadros, ropa de cama,
vajillas a juego, mesitas de noche… Así
que mi cama esperaba en aquel
escaparate, luciendo como el enorme
neón rojo de un club nocturno,
recordándome por qué merecía la pena
hacer todo lo que hacía. Todo por mi
cama de princesa.
Tres calles detrás de casa estaba
aparcado Carlos, mi MINI Cooper
(2001) de segunda o tercera mano.
Conseguí comprarlo hace un año, bueno,
aún lo sigo pagando como todo hoy en
día. Había dormido en él tantas noches
que ya tenía hasta nombre. Cuando no
me daba tiempo de volver a casa, antes
de ir al trabajo, siempre tomaba café en
La Sonrisa de Julietta, me cambiaba de
ropa y aseaba en sus baños. Carl, el
propietario, era un hombre de sesenta y
siete años que había visitado medio
mundo antes de establecerse aquí. De
origen irlandés, su esposa era italiana y
la mezcla era, como poco,
contradictoria. Él, serio y formal, un
gran comunicador cargado de
experiencia. Julietta era una fuente
inagotable de vitalidad, sonrisa y
algarabía. Una morena tempestuosa que
besaba los labios del irlandés cien
veces al día, sonrojándolo en cada una
de las ocasiones. Ella, siempre con
vaporosos vestidos que guiñaban a su
madurez bien llevada. Él, con su eterno
chaleco de ante y su camisa de cuadros.
Las noches que dormía en el coche, Carl
tenía que ayudarme a arrancar el MINI
por la mañana; le fallaba continuamente
la batería. Jamás podré decir que la vida
no me puso personas de valor en mi
camino. Pero todos los cuentos tienen un
fin y un final. El fin es el felices/jodidos
para siempre, hay historias para todos
los gustos. El final es la muerte, un
accidente, un infarto, la vejez. Murió de
un ataque al corazón hace ocho meses.
Julietta y yo bautizamos el MINI en su
honor. Desde entonces ayudaba a Letta
en la cafetería siempre que podía. Por
las noches y algunas mañanas, trabajaba
en la Torre ImPossiTion, en el centro.

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Una megaconstrucción que pretendía dar
ejemplo de internacionalidad
albergando las sedes de doce empresas
extranjeras. En la Torre un viaje en
ascensor era, cuando menos, anecdótico:
un chino, una india, un alemán y una
española tarareando a Pablo Alborán, ¡y
la chica india se sabía la letra! Lo que
no me pasara a mí… Esporádicamente,
también participaba como azafata y
conseguía algún dinero extra. ¿Qué no se
puede hacer tanto? Sí, se puede.
Hoy tenía turno de noches en las
oficinas de la duodécima planta con
Catalina y Alberto. En Ginger
Mantenimientos había turnos nocturnos
muy bien pagados que yo cubría siempre
sin rechistar. El dinero me venía genial
y podía compaginar con otros trabajos
durante el día. Solo coincidía con Cata
un par de tardes a la semana y siempre
nos reíamos con alguna travesura a los
jefazos. Pero por la noche odiaba la
planta de los Okley, siempre escondía
alguna sorpresa.
Otra vez estábamos con las mismas…
—No me jodas, Cata, no he tenido un
buen día…
—¿Tú nunca tienes un buen día? En
serio, Eva, Daniel es insaciable. No sé
cuántos orgasmos fueron, lo juro. Era
uno y otro, y luego otro…
—¡No! Se acabó, Cata, no quiero
escuchar una palabra más, ¿sabes qué?
Prefiero hacer la oficina del Dandi
Okley antes que seguir escuchando cómo
me restriegas tu exitosa vida sexual por
las narices.
Entre quejas, ninguna de las dos
podíamos parar de reír. La mujer no
sentía ninguna pena por mi nulo disfrute
de los placeres de la carne. Si tuviera
mi vida sexual no se burlaría de mi mal
humor.
—¡Oh, Evita! Necesitas un poco de
marcha en tu vida, se te está avinagrando
el carácter limpiando la mierda de los
ricachones.
Las últimas palabras de mi compañera
resonaron en toda la planta y,
acostumbrada como estaba a sus salidas
continuas de tono, ni alcanzó a
sonrojarme. El vigilante de seguridad
me acompañó para darme acceso a las
instalaciones. Alberto era sobrino de
Julietta y había conseguido el trabajo
por mi recomendación, y yo por la de su
tía. Su agradecimiento rozaba límites
insospechados, casi comparables con su
insistencia en salir a cenar conmigo.
—¿Qué tal el Foster, Eva? ¿Vendrás por
fin a cenar conmigo? —Hoy realmente
tenía la guardia demasiado baja…
Suspiré sin sonreír, dejándome llevar
por las palabras de mi amiga.
Últimamente, había una línea muy
delgada entre Miss Simpatía, la abuela
del bajo, y yo misma.
—Bueno, ¿qué te parece si me invitas a
desayunar cuando terminemos el turno?
—acepté.
—Eso está hecho, preciosa. Voy a bajar
ahora, el jefe me ha llamado. Avísame
desde el timbre del ascensor cuando
termines, ¿de acuerdo?
—Ok. —Le hice un gesto con el pulgar.
—Y ten cuidado con el Ogro, no se ha
marchado aún…
—Otro que se ríe hoy de mí, ¡vaya día!
¿De verdad te tienes que ir?
—Volveré en cuanto hable con el jefe
—prometió.
Casi le lloré, pero finalmente asentí con
la cabeza sin más remedio. El Ogro y el
Dandi eran la misma persona para el
personal de la Torre. Para nosotras
Oliver Okley era el tipo más guapo y
atractivo que cualquier mujer pudiera
conocer dentro y fuera de las revistas de
moda y cotilleos del país y parte del
extranjero. Solo por debajo de Ryan
Gosling, por supuesto. Para los
compañeros era un ogro desagradable,
seco e insoportable que nos traía a todas
babeando. Aun así, sabían que
estábamos a salvo, el señor Oliver
Okley, propietario de Okley Recording
and Films, era un excéntrico y salvaje
animal del sexo de alto standing:
masculino y femenino. Hijo de un
matrimonio norteamericano afincado en
España desde hacía dos décadas había
asumido la presidencia de la empresa
con la friolera de veintitrés años,
convirtiéndola en un referente europeo a
nivel musical y cinematográfico. Al
menos, esa era la historia que había
trascendido a los medios. Todo
personaje más o menos famoso que
pasara por la Torre, visitaba la sala de
esparcimiento-entretenimiento de Mr.
Okley. Estos eran los escabrosos
detalles que trascendían, en el Petit
Comité, dentro del edificio.
Francamente, demasiado elitista e
insoportable para ser de este mundo.
Sexualmente escandaloso y visualmente
demasiado hermoso. Como jefe,
insufrible.
La planta duodécima del edificio tenía
más de quinientos metros cuadrados
entre oficinas, salas de espera,
comedores y salas de reunión. Sin
olvidar los aposentos del Ogro.
Esperaba tener suerte y que aún
estuviera dentro, así tendría que pasar
de largo y me libraría de limpiar los
restos de sus encuentros carnales.
Aunque era bastante cuidadoso al
respecto, solo imaginar lo que podían
haber hecho allí dentro me provocaba
escalofríos y sobrecalentamientos. Una
no es de piedra; ese olor a sexo…
mmm… qué recuerdos tan lejanos.
Durante mi turno solo realizábamos un
repaso y la reposición de enseres en los
aseos y offices, así que solía permitirme
mimar un poco a mis niñas. Ni quince
jardineros las consentirían como yo. En
el gran recibidor contaban con dos
enormes Costillas de Adán que
agradecían cada uno de mis mimos.
Varias kentias y ficus completaban la
estancia. Pero mis mimadas eran las
orquídeas del despacho del Sr. Dandi, el
Ogro. ¿Qué pensaría si nos escuchara
llamarle así? La puerta de la sala del
sexo estaba cerrada, así que deduje que
no habría nadie en el despacho y entré
sin llamar. Estaba pulverizando las
raíces cuando una explosión seca
retumbó en toda la planta. Nunca había
escuchado un sonido así antes, pero supe
de inmediato, que se trataba de un
disparo. Lo siguió el sonido de una
puerta al cerrarse demasiado fuerte. Me
escondí en el aseo personal del
despacho. ¿Por qué? Supervivencia,
supongo. Por la rendija abierta, pude
ver a una mujer alta y semidesnuda con
un arma en la mano. Impávida y sin
aliento, no pude quitar mis ojos de ella.
La chica entró con los ojos muy abiertos
y las manos temblorosas. Dejó el arma
sobre el escritorio de cristal, el material
chirrió por el roce del metal. Se
recompuso la ropa y el pelo mientras
forzaba un par de cajones y acababa
abriendo uno de los archivadores
ocultos tras las láminas de la pared. Lo
último y más chic en el diseño de
oficinas de gente importante, cómo no.
Ella sabía bien lo que estaba buscando.
Sacó varias carpetas de color manila y
las metió en un bolso enorme que aún no
sé de dónde sacó. Volvió a coger el
arma y la contempló durante largos
segundos. Yo contuve la respiración.
Después, sencillamente se dio la vuelta
y salió bamboleando su trasero y su
rubia melena a la espalda. Como si no
llevara una enorme pistola en el bolso y
como si no acabara de dispararla.
¡Mierda! ¿A quién habría herido? En
aquella planta solo había alguien más.
Temblando más que Bambie en la peor
escena de la película, llevé mis pies
hasta la puerta del despacho y escuché
el timbre del ascensor al cerrarse las
puertas. O la tipa se había largado o
Alberto había vuelto. No escuché voces,
así que un minuto después decidí que se
trataba de la primera opción. La noche
se había convertido en la escena de un
tráiler de 007, me temblaban las
rodillas, pero aquí estaba yo, ¡decidida
a rescatar al señor Ogro! Aunque
también podría aparecer Daniel Craig
atravesando el ventanal y sacándome del
edificio en su súper helicóptero. En fin.
Se supone que cuando eres la heroína

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