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Libro PDF Porque lo dice Low Sea Breeze 2 – Abbi Glines

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compañero de habitación era todo un
ligón. Uno de los buenos. Dejaba a
Preston, mi mejor amigo, en evidencia.
Giré la manilla y abrí la puerta sin mirar
antes por la mirilla.
Y me llevé una sorpresa. Estaba
preparado para decirle cualquier cosa a
una despampanante chica alta de pechos
obviamente falsos, escuetamente
vestida, esperando frente a la puerta a
que Cage no estuviera ocupado con otra
muy parecida a ella; sin embargo tenía
ante mí a una pelirroja con apenas
curvas. Unos ojos rojos y una cara
surcada de lágrimas me observaron. No
había restos de rímel corriendo por ella.
Su pelo no era precisamente estiloso,
sino estirado en una coleta descuidada.
Llevaba vaqueros y lo que parecía una
camiseta auténtica del concierto «Back
in Black» de AC/DC. Tampoco veía un
pirsin en el ombligo llamando la
atención sobre un vientre plano; no
llevaba ropa muy ajustada. Bueno,
quizás los vaqueros sí se adherían a sus
piernas, pero la hacían ver más
adorable. Sin embargo, detuve mi
examen de sus piernas cuando vi la
pequeña maleta que llevaba en la mano.
—¿Está Cage? —Su voz sonó rota y
musical al mismo tiempo.
Me llevó unos segundos digerir que
esta chica estaba aquí buscando a Cage.
No era para nada como las que había
visto hasta ahora. Todo desde su coleta
hasta las zapatillas Chuck Taylors en sus
pies gritaban: «No es el tipo de Cage».
El hecho de que llevara una maleta,
bueno, no podía ser bueno.
—Um, no.
Sus hombros cayeron y se le escapó
un sollozo. Una mano pequeña pero
delicada intentó tapar el sonido de su
propia desesperación. Sus uñas eran
perfectas, ni muy largas ni muy cortas,
redondeadas y pintadas de un tono rosa
pálido.
—Me he dejado el móvil… —Dejó
escapar un suspiro antes de continuar—
… En casa de mi hermana. Tengo que
llamar a Cage. ¿Puedo entrar?
Cage había salido con una modelo de
bikinis que, aparentemente, tenía
debilidad por jugadores de béisbol
universitarios. Sabía, por su forma de
hablar, que no tenía intención de pasar
fuera la noche. No le contestaría y
odiaría ver cómo se ponía más triste de
lo que ya estaba. Un pensamiento
horrible cruzó mi mente: seguro que la
había dejado embarazada. ¿No era capaz
de ver lo inocente que era esta chica?
—Um, claro, pero no creo que te
conteste. Él está ocupado… esta noche.
Me obsequió con una sonrisa agria y
asintió, entrando en la casa.
—Se cuán ocupado esta, pero hablará
conmigo.
Sonaba muy confiada; yo no lo estaba
tanto.
—¿Tienes un móvil que pueda usar?
Metí la mano en el bolsillo de mis
vaqueros y se lo tendí, incapaz de
llevarle la contraria. Dejó de llorar y
deseé que siguiera así durante un rato.
—Gracias. Intentaré llamarle.
La observé mientras se dirigía al sofá
y soltaba su maleta en el suelo, con un
golpe seco, antes de hundirse abatida
sobre los cojines gastados, como si
hubiera estado en esta situación cientos
de veces. Solo hacía dos días que me
había mudado, por lo que no podía saber
si había estado aquí antes o no. Cage era
un amigo de un amigo que buscaba un
compañero de piso. Necesitaba un lugar
en el que vivir urgente y el sitio estaba
bien. Preston estaba en el mismo equipo
de béisbol que Cage en la universidad
local. Cuando escuchó que necesitaba un
lugar en el que vivir, llamó a Cage y lo
convenció.
—Soy yo. Me he dejado el móvil al
salir corriendo. No estás aquí, pero tu
nuevo compañero me ha dejado pasar.
Llámame. —Sorbió y colgó.
Observé, fascinado, cómo le enviaba
un mensaje de texto. De verdad creía
que el gigoló con el que vivía le
devolvería la llamada o el mensaje.
Estaba intrigado y cada vez más
preocupado.
Terminó y me entregó el teléfono. Una
sonrisa apareció en su rostro enrojecido
y dos hoyuelos se formaron en sus
mejillas. Mierda, era preciosa.
—Gracias. ¿Te importa si espero
hasta que me devuelva la llamada?
Negué.
—No, en absoluto. ¿Quieres beber
algo?
Asintió y se levantó.
—Sí, pero ya voy yo. Mis bebidas
están en el último cajón de la nevera
detrás de las Bud.
Fruncí el ceño y la seguí a la cocina.
Abrió la nevera y se inclinó para
hacerse con una de las bebidas
escondidas. Al hacerlo, tuve una visión
de lo bien que le quedaban los ajustados
vaqueros desgastados, el culo que le
hacían era difícil de ignorar. Tenía una
forma perfecta y, aun sin ser muy alta,
sus piernas parecían larguísimas.
—¡Ah! Aquí están. Cage tendrá que
comprar más. Debería prohibir a sus
ligues de una noche que se beban mis
Jarritos.
No podía seguir en ascuas.
Necesitaba saber quién era. Estaba
seguro de que no era una de sus novias.
¿Quizás la hermana con la que Preston
había salido? Estaba seguro de que no.
Me interesaba y llevaba mucho tiempo
sin que nadie captara mi atención, desde
que la última chica me rompió el
corazón. Abrí la boca para preguntarle
quién era cuando el teléfono en mi
bolsillo empezó a sonar. Se dirigió
hacia mí y tendió la mano. Estaba
convencida de que era Cage. Bajé la
vista y, por supuesto, era Cage
devolviendo la llamada.
Cogió el teléfono sin preguntar.
—Hey.
»Es una egoísta imbécil.
»No puedo quedarme allí, Cage.
»No pretendía dejarme el teléfono.
Estaba enfadada.
»Sí, tu compañero es buen tipo. Me ha
sido de mucha ayuda.
»No, no te preocupes, no dejes a tu
cita. No salgas de tu rutina. Esperaré.
»Prometo que no volveré.
»Ella es la que es, Cage.
»Simplemente, la odio. —Pude
escuchar las lágrimas en su voz.
»No, no, de verdad que estoy bien.
Solo necesitaba verte.
»No. Me iré.
»Cage…
»No.
»Cage.
»Vale, bien.
Levantó el teléfono en mi dirección.
—Quiere hablar contigo.
Esta conversación no se parecía a
nada de lo que esperaba. Debía de ser
su hermana.
—Hey.
—Escucha. Necesito que te asegures
de que Low se queda hasta que vuelva a
casa. Está enfadada y no quiero que se
vaya. Dale una de sus malditas bebidas
mexicanas que hay en la nevera. Están
detrás de las Bud Lights del cajón de
abajo. Es para ocultarlas a las otras
chicas que vienen, al parecer las
mujeres prefieren las bebidas
desagradables. Enciende la tele,
distráela, lo que sea. Estoy a diez
minutos, me estoy poniendo los
vaqueros mientras hablamos y salgo
directo hacia allí. Intenta distraerla de
sus cosas, pero NO la toques.
—Em, vale, bien. ¿Es tu hermana?
Cage rio.
—Demonios, no, no es mi hermana.
Nunca le compraría bebidas ni le
devolvería la llamada en medio de un
puto trío. Low es la chica con la que voy
a casarme.
No tenía respuesta para eso. La
observé, de pie junto a la ventana, de
espaldas a mí. Sus rizos, largos, rozaban
la parte de atrás de su espalda. No se
parecía en nada a las chicas con las que
Cage se juntaba. ¿Qué significada que
ella era la chica con la que iba a
casarse? No tenía sentido.
—Solo mantenla allí. Estoy de
camino. —Y colgó.
Dejé caer el móvil sobre la mesa y
me quedé observándola. Se dio la vuelta
y me estudió. Al momento una sonrisa
apareció en su rostro.
—Te ha dicho que va a casarse
conmigo, ¿no? —dijo, riendo, antes de
coger la lata de refresco con letras en
español—. Pirado. No debería haberle
molestado, pero era todo lo que tenía.
Se acercó y se dejó caer en el viejo
sofá verde, con las piernas dobladas
junto a ella.
—No te preocupes. No voy a irme.
Destrozaría la casa de mi hermana
buscándome y la escandalizaría. Ya le
había dado suficientes motivos para
preocuparse. No quiero que ella se
lance contra Cage también.
Me dirigí hacia la única silla que
había y me senté.
—Entonces, ¿estáis comprometidos?
—pregunté, con la vista fija en su dedo
anular, sin anillo alguno.
Con una sonrisa triste, negó.
—Ni en un millón de años. Cage tiene
ideas locas. Solo porque las diga no
significa que sean verdad.
Frunció el ceño y dio otro sorbo.
—Entonces, no vas a casarte con
Cage. —Necesitaba aclarar eso, pues
estaba realmente confuso y bastante
interesado en ella.
Se mordió el labio inferior y, en aquel
momento, me di cuenta de lo grueso que
era.—
Cage era mi vecino de al lado
cuando era pequeña. Es mi mejor amigo.
Le quiero mucho y, realmente, es todo lo
que tengo. La única persona con la que
puedo contar. Nunca hemos tenido una
relación porque él sabe que no quiero
acostarme con él y él necesita el sexo.
También le asusta la idea de tener una
relación entre los dos antes de casarse,
que no vaya bien y termine
perdiéndome. Tiene un miedo irracional
a perderme.
¿Conocía al chico que se había
acostado con tres chicas diferentes
aquella semana y que estaba en un trío
cuando le había llamado? Ella era
mucho mejor que Cage.
—Borra esa expresión de tu cara. No
necesito tu compasión. Sé cómo es
Cage. Sé que probablemente hayas visto
el tipo de chicas que le atraen y que no
me parezco en absoluto a ellas. No vivo
en un mundo de fantasía. Soy muy
consciente de todo. —Inclinó la cabeza
y sonrió—. Ni siquiera sé tu nombre.
—Marcus Hardy.
—Bueno, Marcus Hardy, soy Willow
Montgomery, pero todo el mundo me
llama Low. Es un placer conocerte.
—El placer es mío.
—Así que eres amigo de Preston.
Asentí.
—Sí, pero no me lo tengas en cuenta.
Rio por primera vez, ante mi
comentario, y el repentino placer que
ese sonido me causó, me sorprendió. Me
gustaba su risa.
—No lo haré. Preston no es tan malo.
Le gusta usar su carita de niño bueno
para salirse con la suya, pero conmigo
no funciona. Cage lo mataría si intentara
usar sus métodos conmigo.
¿Era porque Preston era un mujeriego
o simplemente porque era un chico? ¿De
verdad esperaba que ella estuviera ahí
para cuando él decidiera sentar la
cabeza y casarse con ella?
—LOW. —La voz de Cage se
escuchó mientras abría la puerta del
apartamento. Giró la cabeza
bruscamente y sus ojos se fijaron en
Willow.
—Oh, señor. Pequeña, tenía miedo de
que te hubieras ido. Ven aquí. —Este
era un Cage que no conocía. Al parecer,
la pequeña pelirroja llegaba donde
nadie podía. La rodeo con sus brazos, se
agachó y cogió la maleta, mientras se la
llevaba a su habitación, susurrándole al
oído.
Si no me hubiera dicho que se negaba
a tener sexo con él, la furia de pensar
que iba a tocarla después de haber
estado con dos chicas momentos antes,
me habría comido por dentro. Sin
embargo, la envidia me comía por
dentro, pues sabía que la abrazaría y
escucharía su angelical voz mientras ella
le contaba todos sus problemas. Él
debía solucionarlos, no yo. Acababa de
conocerla. ¿Por qué me molestaba tanto?
Capítulo dos
Willow
Observé a Cage, dormido a mi lado.
La noche anterior, consiguió encontrar
algunas mantas y una almohada, al
regresar de su encuentro sexual a las dos
de la mañana. Apestaba a sexo y whisky.
No le permitía dormir conmigo cuando
había estado follándose a alguna chica
sin nombre. Maldito fuera. Resistí la
tentación de extender mi mano y apartar
los mechones oscuros de sus ojos. Tenía
que irme y si lo despertaba, intentaría
detenerme. Mi hermana estaba
esperándome para que cuidara a mi
sobrina, Larissa. Seguía enfadada con
ella, pero Larissa era un bebé y me
necesitaba. No era culpa suya que su
madre fuera una mocosa egoísta.
Cogí el edredón y, suavemente, cubrí
el cuerpo de Cage. La noche anterior se
había quedado en calzoncillos, en un
intento de deshacerse de su ropa
infestada de humo, whisky y mujeres
baratas. No importaba, seguía
apestando. Su ridículamente cincelado
cuerpo siempre estaba bronceado. Su
madre era India y eso era obvio en sus
rasgos. Sus intensos ojos azules tenían
que ser lo único que había heredado de
su padre. Ese era uno de los muchos
lazos que Cage y yo compartíamos:
padres ausentes.
En mi maleta llevaba las tres únicas
prendas que me quedaban limpias. Mi
ropa sucia se amontonaba en un rincón
de la habitación de Cage, dentro de una
cesta de lavandería. Necesitaba hacer la
colada urgentemente. Cogiendo unos
pantalones de mezclilla y una camiseta
de «Hurricane’s Baseball» que Cage me
había regalado, debido a mi escaso
suministro de ropa, me vestí
rápidamente y en silencio. Tras haberme
cepillado el pelo, cerré la maleta y puse
mi ropa sucia en la cesta.
Cerré la puerta de la habitación detrás
de mí, lentamente, para no despertarlo,
giré y me dirigí hacia la nevera.
Necesitaba un poco de café y quería
dejarle algo listo para cuando se
despertara. Dios sabía que lo necesitaría
después de su noche movidita.
—Creía que te marchaste anoche.
Me giré y vi a Marcus Hardy sentado
en la mesa de la cocina, con un
periódico y una taza de café entre las
manos. Me hubiera gustado que no fuera
tan guapo. Marcus Hardy no estaba en
mi liga, ni siquiera en mi atmósfera.
¿Cómo había conseguido Cage que
Hardy fuera su compañero de piso? No
tenía ni idea. Preston y Marcus debían
de ser buenos amigos, lo cual era
extraño, ya que Preston creció con Cage
y conmigo.
—Um, no. Fue Cage el que se marchó.
Marcus frunció de nuevo el ceño de
forma desaprobatoria, igual que la noche
anterior. No nos entendía. No estaba
segura de si me juzgaba a mí o a Cage,
pero me molestaba. A pesar de tener los
ojos verdes más bonitos que hubiera
visto en mi vida.
—¿Cage no está aquí?
Negué con la cabeza.
—Sí, ya volvió. Tuvo una um…
llamada anoche y salió. Volvió hace
unas horas.
—Así que te dejó aquí mientras él…
salía.
Suspiré y me puse una taza de café.
—Síp.
—Iba a prepararme unos huevos y
tostadas. ¿Quieres un poco?
Esa no era la frase que esperaba.
Estaba segura de que iba a continuar con
todo el tema de Cage. En cambio, se
ofrecía a prepararme el desayuno.
—No, gracias. Tengo que ir a cuidar
a mi sobrina hoy. —Sostuve la taza de
café en mi mano—. Me llevo las tazas
llenas de café cuando me voy, pero
siempre las devuelvo.
Marcus se encogió de hombros.
—No te preocupes. No son mías, de
todas formas.
—Lo sé. Las compré para Cage
cuando se hizo con este apartamento.
Marcus se inclinó para abrir el
armario junto a mí. El olor a jabón
limpio mezclado con café y algo más,
que me recordaba a los días cálidos del
verano, inundó mi nariz. Luché contra la
urgencia de agarrar su camiseta y tomar
una profunda bocanada. Pensaría que
estaba loca. Siempre había pensado que
el olor de Cage, cuando llegaba tras
celebrar la victoria en un partido, era el
mejor olor en el mundo. Sin embargo, el
sudor de Cage

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