---------------

Libro Postdata: ¿Quien eres? – Julie Buxbaum PDF

Postdata: ¿Quien eres? – Julie Buxbaum

Descargar  Libro Postdata: ¿Quien eres? – Julie Buxbaum  PDF 

Veis? Eso es lo que tiene el e-mail. A mí jamás se me ocurriría decir algo así a la cara. En plan bruto. Sugerente. Como si fuera la clase de chica capaz de improvisar
una salida como esa; una chica que, ante un espécimen del género masculino, sabría coquetear, sacudir la cabeza para cambiarse la melena de lado e incluso, llegado el
caso, saber hacer con él algo más que besarse. (Para que conste en acta, sí sé besar a un chico. No estoy diciendo que fuese a sacar una matrícula de honor si existiese una
asignatura sobre eso, ni que me fuesen a dar el oro olímpico, pero estoy segura de que no se me da del todo mal. Y lo sé simplemente por comparación. Adam Kravitz.
Penúltimo curso de secundaria. Él: todo babas y movimientos furiosos y rítmicos con la lengua, como un zombi intentando comerme la cabeza. Yo: una activa
participante más que dispuesta. Resultado: tres días enteros con la cara toda irritada.)
Coquetear por e-mail es un poco como cuando te diagnostican hiperactividad y te dan un poco más de tiempo para contestar el examen. En la vida real, claro, no soy
tan rápida, y me paso todo el rato reconstruyendo mentalmente las conversaciones, corrigiéndolas una y otra vez hasta perfeccionar todas mis respuestas ingeniosas y
mis chistes ocurrentes, y las edito hasta que mi desparpajo queda supernatural. Una pérdida de tiempo, por supuesto, porque cuando me decido a hablar ya es
demasiado tarde… Y, sin embargo, todo eso a las demás chicas les sale sin más, sin hacer ningún esfuerzo… Si hicieran un diagrama de Venn con mi vida, mi personalidad
imaginaria y mi personalidad real nunca se encontrarían en la intersección. Con el correo electrónico y por escrito, en cambio, dispongo de todos los minutos de más que
necesito para ser una versión mejorada y corregida de mí misma. Para ser la chica de la gloriosa intersección.
Quizá debería tener más cuidado. Ahora me doy cuenta. «Eso habría que verlo.» ¡Dios mío! No sé si parece algo escrito por el típico machirulo o por la típica
guarrilla; el caso es que no suena para nada a como soy yo en realidad. Y lo que es aún más importante: no tengo ni idea de a quién le estoy escribiendo. No es muy
probable que el tal Alguien sea realmente una persona tan buena que sienta lástima por la chica nueva. O mejor aún, un admirador secreto. Porque, claro, eso fue lo
primero que pensó mi cerebro: ahí tenéis el resultado de pasar una vida entera viendo comedias románticas y devorando libros imposibles. ¿Por qué creéis que besé a
Adam Kravitz? Era mi vecino cuando vivíamos en Chicago. ¿Acaso hay mejor historia que la de la chica que descubre que el amor verdadero había estado esperándola en
la puerta de al lado todo ese tiempo? El chico de al lado, justo como en las pelis… Claro que mi vecino resultó ser un zombi con la boca llena de saliva carbonatada, pero
eso no importa. A veces se gana y a veces se aprende.
Lo que está claro es que lo de Alguien forma parte de una broma cruel. Seguramente ni siquiera es un tío; seguro que es alguna chica que disfruta metiéndose con los
más débiles. Porque, admitámoslo: soy débil. Puede que incluso patética. He mentido. No soy cinturón negro de kárate. No soy una chica dura. Hasta el mes pasado,
creía que lo era. De verdad que sí. La vida me había dado unas cuantas bofetadas y me había colado unos cuantos goles de mierda, pero yo lo había encajado todo con
mucha deportividad, por seguir con mis metáforas. O no. A veces estaba hundida en la más mierdosa de las derrotas. Mi único motivo de orgullo: nadie me había visto
llorar. Y entonces me convertí en la chica nueva del ISWV, que se encuentra en este sitio tan raro llamado el Valley, que está en Los Ángeles, pero no está en Los
Ángeles, o algo así, porque mi padre se casó con esa señora tan rica que huele a almendras de cultivo ecológico, y donde los zumos cuestan doce dólares y… no sé. Yo
ya no sé nada.
Nunca he estado más perdida, más confusa ni más sola. No, la del instituto no va a ser nunca una época que vaya a recordar con cariño. Mi madre me dijo una vez
que el mundo se divide en dos clases de personas: las que disfrutan cada momento de sus años de instituto y las que se pasan la siguiente década recuperándose de sus
años de instituto. «Lo que no te mata te hace más fuerte», me dijo.
Sin embargo, a ella la mató algo, y yo no me he hecho más fuerte. Así que vete a saber, a lo mejor hay una tercera clase de personas: las que nunca llegan a recuperarse
de sus años de instituto.
2
A ver si va a resultar que he ido a dar con la única cosa en el mundo que no se puede encontrar en San Google: «¿Quién es Alguien?». Una semana después de recibir los
misteriosos mensajes de correo, sigo sin tener ni pajolera idea. El problema es que a mí me gusta saber las cosas. A poder ser, por adelantado, para saber a qué atenerme
y tener tiempo para prepararme.
Está claro que la única opción posible es ponerse en plan Sherlock para descifrar toda esta historia.
Empecemos por el Día 1, ese horrible primer día de clase, que fue una auténtica mierda, aunque para ser sincera, fue igual de mierda que todos los demás días desde la
muerte de mi madre. Porque lo cierto es que todos los días después de que ella muriera ha seguido estando muerta. Definitivamente. Para siempre. Y todos han sido una
auténtica mierda. Sin excepción. El tiempo no lo cura todo, a pesar de lo que escriban todos los conocidos y familiares del mundo en esas tarjetitas cursis el día del
funeral. Bueno, supongo que en ese primer día de clase debió de haber algún momento concreto en que emití las suficientes vibraciones de pobre niña desvalida pidiendo
ayuda como para captar la atención de Alguien. Debió de haber algún momento en que el rollo ese de «mi vida es una mierda» se me transparentaba completamente.
Aunque descubrir cuándo fue eso no es tan sencillo, porque ese día resultó estar plagado de momentos vergonzosos, tengo un montón de situaciones horrorosas entre
las que escoger. Para empezar, llegué tarde a clase por culpa de Theo. Theo es mi nuevo hermanastro, el hijo de la nueva mujer de mi padre, quien —¡tachán, tachán!—
va al mismo curso que yo en el instituto y que ha decidido enfrentarse a toda esta nueva dinámica familiar tan chachi haciendo como que no existo. Por alguna razón,
tonta de mí, di por sentado que por el hecho de vivir en la misma casa e ir al mismo instituto iríamos juntos en coche por las mañanas. Error. Resulta que el lema HAZTE
VERDE de la camiseta de Theo es puro postureo y, naturalmente, él no tiene que calentarse su preciosa cabecita con cosas tan insignificantes como…, qué sé yo,
conseguir dinero para gasolina, por ejemplo. Su madre dirige no sé qué gran empresa de marketing cinematográfico y su casa (puede que ahora mismo yo también esté
viviendo ahí, pero de ninguna manera la considero mi casa) tiene su propia biblioteca. Solo que, claro, la biblioteca está llena de pelis y no de libros, porque esto es Los
Ángeles, ¿sabes? Así que al final acabé teniendo que conducir mi propio coche para ir al instituto y me quedé atrapada en un atasco de tres pares de narices.
Cuando al fin llegué al I. S. Wood Valley, atravesé sus intimidatorias verjas y, tras encontrar una plaza libre en su inmenso aparcamiento lleno de coches de lujo,
enfilé el largo camino de entrada. La encargada de secretaría me guió hasta un grupo de chicos que estaban sentados en el césped con las piernas cruzadas, formando un
corro. Parecía como si estuvieran en una reunión de iglesia, con fundas de guitarra desperdigadas alrededor. Todos en plan «Kumbayá, Señor». Al parecer, eso son cosas
que pasan en Los Ángeles: puedes hacer clase fuera en un césped imposiblemente verde en pleno septiembre, con la espalda apoyada en los troncos de los árboles en
flor. Yo, en cambio, no estaba nada zen; en realidad, estaba superincómoda y sudando a mares con mis vaqueros oscuros, intentando sacudirme de encima el
nerviosismo y la mala leche del trayecto en coche. Pero por lo que parecía todas las demás chicas se habían puesto de acuerdo para ir vestidas igual el primer día de
clase: llevaban vestiditos claros de verano que colgaban de sus hombros diminutos por unos tirantes aún más diminutos. Hasta ahora, esa es la diferencia más
significativa entre Los Ángeles y Chicago: aquí todas las chicas están delgadas y van medio desnudas.
La clase ya había empezado hacía rato y me daba vergüenza estar ahí plantada de pie, sin acabar de decidirme a entrar en el corrillo. Al parecer, estaban hablando por
turnos, en el sentido de las agujas del reloj, contándole al resto del grupo lo que habían hecho durante las vacaciones de verano. Al final, me escondí detrás de dos chicos
altos con la esperanza de que ya hubiesen hablado y así poder pasar desapercibida.
Pero claro, escogí mal.
—Hola a todos. Caleb —dijo el chico que tenía justo delante con tono autoritario, como dando por sentado que todo el mundo sabía su nombre. Me gustó su voz:
llena de confianza, estaba tan seguro de su lugar en el mundo como insegura me sentía yo respecto al mío—. Este verano fui a Tanzania, y estuvo genial. Primero, mi
familia y yo subimos al Kilimanjaro y tuve agujetas en los cuádriceps durante dos semanas. Luego me fui de voluntario a construir una escuela en una aldea rural, para
aportar mi granito de arena y esas cosas. En general, un verano muy bueno, pero me alegro de estar en casa. Echaba mucho de menos la comida mexicana.

Libro Postdata: ¿Quien eres? – Julie Buxbaum  PDF

Libro Postdata: ¿Quien eres? – Julie Buxbaum PDF

Me puse a aplaudir cuando acabó de hablar. ¡Había subido al Kilimanjaro y construido una escuela, joder! Teníamos que aplaudir, ¿no? Pero dejé de hacerlo en cuanto
me di cuenta de que era la única. Caleb llevaba una sencilla camiseta gris y vaqueros de marca y era guapo en el sentido más inofensivo de la palabra, con unos rasgos lo
bastante suaves e insulsos como para poder ser la clase de chico con quien yo podría tal vez, algún día, a lo mejor… Bueno, vale, iba a decir llegar a salir, pero
probablemente no. No estaba a mi alcance, no lo estaba para nada; demasiado buenorro para mí. Pero no era una fantasía tan descabellada como para no poder
regodearme en ella solo un momentito.
Después le tocó el turno al chico de pelo desgreñado y, llamadme observadora, pero vi que él también era muy mono, casi tanto como su amigo.
Mmm… Tal vez hasta me sorprendería a mí misma y acabaría gustándome este instituto después de todo. Al menos podría inventarme una vida de fantasía
estupenda, aunque no tuviese una vida real.
—Como ya sabéis, soy Liam. Pasé el primer mes del verano trabajando como becario en Google, en la zona de la bahía de San Francisco, y estuvo muy bien. Solo la
cafetería ya merecía la pena el viaje. Luego pasé la mayor parte de agosto recorriendo la India en plan mochilero.
Una buena voz también. Melódica.
—¿En plan mochilero? ¡Ja! ¡Y una mierda! —exclamó Caleb (el de la camiseta gris que había subido al Kilimanjaro), y el resto de la clase se echó a reír, incluido el
profesor. Yo no, porque, como de costumbre, reaccioné un poco tarde. Estaba demasiado ocupada preguntándome cómo era posible que un alumno de secundaria
consiguiera un trabajo como becario en Google y rumiando que, si tenía que competir con aquellos dos, nunca entraría en la universidad. Y vale, lo admito: también
estaba fichando todavía a aquellos dos chicos, preguntándome de qué palo iban. A pesar de su escalada al Kilimanjaro, Caleb tenía la pinta impecable y aseada del típico
chico pijo, mientras que Liam era más rollo hípster y guay. Una combinación interesante de yin y yang.
—Bueno, vale, no fui en plan mochilero. Mis padres no me dejaban ir si no les prometía que me hospedaría en hoteles buenos, por lo de la diarrea del viajero y todo
eso, ya sabéis. Pero igualmente tengo la sensación de que aprendí un montón de cosas de la cultura y saqué unas ideas geniales para mi carta de acceso a la universidad,
que era el objetivo del viaje al fin y al cabo —dijo Liam y, por supuesto, para entonces ya había aprendido la lección y me aguanté el aplauso.
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas? —me preguntó el profesor, que, según me enteré luego, resultó ser el señor Shackleman, el profe de educación física al que le gusta mirarle
el culo a las chicas, de acuerdo con la advertencia de Alguien—. No te recuerdo del año pasado.
No entiendo muy bien por qué tuvo que señalarme para que toda la clase se volviera a mirarme, pero no importaba. Adelante, me dije. Aquello era como la típica
redacción encomendada a un niño de primero de primaria: ¿qué has hecho estas vacaciones de verano? No había razón para que me temblaran las manos o se me
acelerara el pulso; no había ninguna razón para sentirme como si estuviese al borde de un paro cardíaco. Conocía las señales. Había visto los anuncios de la tele. Todos
los ojos estaban puestos en mí, incluidos los de Caleb y Liam, quienes me observaban con una mirada entre burlona y recelosa. O puede que fuese curiosidad. Imposible
saberlo.
—Mmm… Hola, me llamo Jessie. Soy nueva. Este verano no he hecho nada emocionante. Bueno, sí, me… me vine a vivir aquí desde Chicago, pero hasta entonces
había estado trabajando en… mmm… en la heladería Smoothie King del centro comercial.
Nadie fue tan maleducado como para reírse, pero esta vez sí supe leer la expresión de sus rostros: de lástima absoluta. Los demás habían construido escuelas y
viajado al extranjero, habían hecho prácticas en empresas que valían miles de millones de dólares.
Yo había pasado mis dos meses de vacaciones batiendo jarabe de glucosa.
Ahora que lo veo en perspectiva, me doy cuenta de que debería haber dicho que había ido a ayudar a los huérfanos parapléjicos de Madagascar. Ni siquiera habrían
pestañeado.

Libro Postdata: ¿Quien eres? – Julie Buxbaum  PDF

Ni tampoco aplaudido, dicho sea de paso.
—Espera. No te tengo en mi lista —dijo el señor Shackleman—. ¿Estás en el último curso?
—Mmm… No —dije, mientras notaba una gota de sudor resbalándome por un lado de la cara. Hice una valoración rápida de la situación: si me la secaba, ¿atraería más
atención o menos sobre el hecho de que estaba expeliendo una cantidad indecente de sudor a través de mis poros? Me la sequé.
—Te has equivocado de clase —dijo—. ¿Tengo pinta de ser la señora Murray? No, ¿verdad? —En ese momento todos estallaron en risas al oír aquel chiste que, si
era gracioso, lo era muy por los pelos, y eso siendo generosa. Veinticinco caras se volvieron a mirarme de nuevo, repasándome de arriba abajo por si se les había
escapado algo. Algunos me miraban con tanta intensidad que habrían podido calcular mi talla de ropa—. Tu clase está dentro.
El señor Shackleman señaló al edificio principal, así que tuve que levantarme y marcharme mientras toda la clase, incluido el profesor e incluidos también los objetos
de mis tórridas fantasías, Caleb y Liam, nos observaban alejarnos a mí y a mi trasero. Y no fue hasta más tarde, cuando en la clase que me tocaba tuve que levantarme y
volver a contar todo el rollo de las vacaciones de verano de nuevo delante de otros veinticinco compañeros —y pronunciar las palabras Smoothie King por segunda vez
delante de un público igual de horrorizado que el primero—, que me di cuenta de que llevaba un pegote de hierba pegado en el culo.
Ahora que lo pienso, ¿cuánta gente debió de oler mi desesperación aquel día? Por lo menos cincuenta personas, y eso haciendo un cálculo a la baja para sentirme
mejor.
La verdad es que Alguien podría ser cualquiera de ellos.
Ahora, catorce días después, nada más y nada menos, estoy en la cafetería con mi triste bolsita marrón de bocadillo reconociendo el terreno —donde todo es flamante
y carísimo (aquí los estudiantes conducen BMW de verdad, no viejos Ford Focus con pegatinas de BMW compradas en eBay)—, y no sé adónde ir. Me enfrento al
eterno problema de todos los alumnos nuevos desde que el mundo es mundo: no tengo con quién sentarme.
Descartado sentarme con Theo, mi nuevo hermanastro, el mismo que, la única vez que lo saludé con un «¡Hola!» en el pasillo, me fulminó con la mirada con tanta
intensidad que hasta he dejado de mirar en su dirección. Por lo visto, siempre va con una chica llamada Ashby (sí, se llama así de verdad) que parece una supermodelo
en pleno desfile por la pasarela: supermaquillada en plan gótico, ropa de diseñador con una pinta de incómoda total, facciones anchas y rotundas y el pelo rosa de
punta. Empiezo a tener la sensación de que Theo es uno de los chicos más populares de este instituto —se pasa el rato entrechocando los puños con los demás cuando
camina por el pasillo—, cosa que me extraña mucho, porque es justo la clase de chico del que la gente se habría burlado en Chicago. No porque sea gay —mis
compañeros de mi antiguo instituto no eran homófobos, al menos no abiertamente—, sino porque es muy exagerado. Exageradamente exagerado. Todo lo que hace Theo
es teatral, salvo todo lo relacionado conmigo, claro.
Anoche, en casa, me lo encontré antes de irme a la cama y llevaba un batín de seda, como un modelo en un anuncio de colonia. Sí, vale, es verdad que yo llevaba la
cara embadurnada de crema para los granos y que apestaba a aceite de árbol de té, parecía mi propia parodia de la adolescente obsesionada con las espinillas. Aun así,
tuve la decencia de fingir que no me parecía extraño que, de pronto y sin que nadie nos pidiera opinión, nuestras vidas se hubiesen juntado bajo el mismo techo. Le di las
buenas noches con la mejor de mis sonrisas. Qué sentido tiene ser maleducados (no vamos a deshacer el matrimonio de nuestros padres con borderías), pero Theo se
limitó a soltarme un elaborado y elegante gruñido, acompañado de un subtexto bastante potente: «Tú y el cazafortunas de tu padre ya os estáis largando de mi casa».
Y no le quito la razón. Es decir, a mi padre no le interesa el dinero de su madre, pero deberíamos irnos. Deberíamos subirnos a un avión esta misma tarde y volver a
Chicago, aunque eso sea imposible. Nuestra casa está vendida. En mi habitación, la habitación en la que dormí toda mi vida, duerme ahora una niña de siete años y su
extensa colección de muñecas. La he perdido, junto con todo lo demás que conozco.
En cuanto al almuerzo de hoy, pensé en llevarme mi triste bocadillo a la biblioteca, posibilidad que se vio truncada por un muy severo cartel de P ROHIBIDO COMER.
Una lástima, porque la biblioteca es alucinante. De hecho, de momento es el único sitio que admitiría que es mucho mejor que lo que tenía en mi antiguo instituto. (Allí
no teníamos una biblioteca propiamente dicha: era un cuartucho con libros que básicamente todo el mundo utilizaba para ir a enrollarse y meterse mano. Aunque, todo
hay que decirlo, la verdad es que era…, bueno, un instituto público. Este, en cambio, cuesta al año un riñón y parte del otro, recibos que me paga la nueva mujer de mi
padre.) En el folleto informativo sobre la escuela decía que la biblioteca fue una donación del magnate de algún estudio de cine con un apellido famoso, y las sillas son
todas supermodernas y elegantes, como las que se ven en las revistas de diseño de lujo que la nueva mujer de mi padre deja estratégicamente colocadas por toda la casa.
«Fuentes de inspiración», las llama, con esa risita nerviosa que deja claro que solo me habla porque no tiene más remedio que hacerlo.
Me niego a comer en el baño, porque eso es lo que hacen los más patéticos del instituto en los libros y las películas, y porque es asqueroso. Los fumetas han
invadido el césped de la parte de atrás, y de todos modos no quiero sacrificar mis pulmones en aras de la falsa amistad. Luego está esa chorrada del CuquiCoffee, que en
condiciones normales sería lo mío, pese a ese nombre tan ridículo. ¿A qué viene lo de «cuqui»? ¿Es necesario? Pero da igual la prisa que me dé al salir de mates, porque
los dos sillones más cómodos siempre están pillados. En uno siempre está ese tío tan raro que lleva la misma camiseta vintage de Batman y vaqueros negros todos los
días y que lee libros más gordos todavía que los que me gusta leer a mí. (Pero ¿lee de verdad? ¿O los libros son de mentira? Venga ya, ¿quién lee a Sartre por gusto?) El
otro está ocupado por un grupo rotativo de chicas escandalosas que siempre se están riendo y coqueteando con Batman, cuyo verdadero nombre es Ethan, cosa que sé
porque tenemos el mismo tutor y vamos juntos a clase de literatura, solo por eso. (Aquel famoso primer día descubrí que había pasado el verano haciendo de voluntario
en un campamento de música para niños autistas. Todo lo contrario de pasar el verano dale que te pego con una batidora. La parte positiva es que no me miró con esa
cara de lástima con la que me miró el resto de la clase cuando les conté mis emocionantes aventuras con los smoothies, aunque también hay que decir que eso fue porque
ni siquiera se molestó en mirarme. En fin.)
Pese a todos los esfuerzos de las chicas, Batman no parece muy interesado en ellas. Hace lo mínimo imprescindible —se limita a quitárselas de encima abrazándolas a
medias sin establecer contacto visual— y parece encogerse un poco después de cada abrazo, como si el esfuerzo le costase mucho trabajo. (Al parecer, en este instituto
están locos por los abrazos y los besos dobles, uno en cada mejilla, como si todos fuésemos parisinos de veintidós años y no americanos de dieciséis y torpes
socialmente en todos los asuntos importantes.) No entiendo por qué las chicas siguen insistiendo y abalanzándose sobre él, flotando cada vez en la misma burbuja de
risas y buen rollito, como si ir al instituto fuese ¡lo más superdivertido del mundo! En serio, ¿de verdad es necesario repetirlo? Para la inmensa mayoría de nosotros, el
instituto no es nada divertido; los años de instituto son lo contrario de divertido, no, lo siguiente…
Me pregunto cómo será eso de hablar siempre en grado superlativo, como hacen esas chicas: «¡Ethan, eres superdivertido! Te lo juro. ¡Superdivertido de verdad!».
—Necesitas un poco de aire fresco. Sal a dar un paseo con nosotras, Eth —dice una chica rubia, y le alborota el pelo, como si fuera un niño pequeño y desobediente.
Ligar a los dieciséis años es igual en Los Ángeles que en Chicago, aunque me atrevería a decir que aquí las chicas gritan más, como si creyeran que hay una correlación
directa entre el volumen de la voz y la atención masculina.
—Igual mañana —responde Batman, cortés, pero frío. Tiene el pelo oscuro y los ojos azules. Un chico mono si te va el look ese de «A mí me la suda todo». Ahora
entiendo por qué esa chica le ha alborotado el pelo. Lo tiene espeso y tentador.
Pero parece un chico malo. O triste. O ambas cosas. Como si estuviera contando los días que le faltan para graduarse y largarse de aquí y, mientras tanto, no se
molestara en disimularlo.
Por cierto: 639 días, incluidos los fines de semana. Yo sí que me las arreglo para disimularlo. Casi siempre.
No he podido mirar bien sin que me pille, pero estoy casi segura de que Batman tiene un hoyuelo en la barbilla, y hay una posibilidad muy real de que lleve lápiz de
ojos, lo cual, pues es… un punto menos, la verdad. O a lo mejor solo son las ojeras, que le resaltan los ojos; parece como si sufriera cansancio crónico, como si el sueño
fuese un lujo para él.
—No pasa nada —dice la chica, haciendo como si no le doliera su rechazo, aunque está claro que sí le duele. Como respuesta, se sienta en el regazo de otra chica, en la
butaca de enfrente, otra rubia que se parece tanto a ella que podrían ser gemelas, y le empieza a hacer carantoñas. Ya sé cómo va esto.
Paso por delante de ellas, ansiosa por llegar al banco de fuera, justo al otro lado de la puerta. Un lugar solitario para almorzar tal vez, pero también una zona libre de
ansiedad. Allí es imposible cagarla.
—¿Se puede saber qué miras? —me suelta la primera rubia, rabiosa. Y esas son las primeras palabras que alguien me dirige de forma voluntaria desde que llegué al
instituto Wood Valley hace dos semanas: «¿Se puede saber qué miras?».
«Bienvenida a la selva —pienso—. Bienvenida a la selva.»
3
Esto no está tan mal, me digo, ahora que estoy sentada en un banco dándole la espalda a Batman y a esas arpías, con la cafetería y el resto de mi clase a salvo detrás de
él. Así que aquí hay un montón de gente muy mala. No pasa nada. Hay gente mala en todas partes.
Me recuerdo a mí misma que al menos el clima es alucinante. Hace sol, porque por lo visto en Los Ángeles sieeempre luce el sol. Me he fijado en que todos aquí
llevan gafas de sol de diseño; en general, la gente que intenta ir de guays me pone de muy mala leche, pero es que resulta que aquí las gafas de sol son imprescindibles.
Me paso el día entrecerrando los ojos, haciéndome visera con una mano, casi como imitando el saludo militar.
Mi mayor problema es que echo de menos a mi mejor amiga, Scarlett. Mide metro ochenta y es mi guardaespaldas personal, mitad judía, mitad coreana, y seguro que
se le habría ocurrido el zasca perfecto para darle a esa chica en toda la boca, algo mordaz y cáustico a la vez. Pero en vez de a ella, solo me tengo a mí: a mí, a mi reacción
de efectos retardados y a mis retinas chamuscadas por el sol. He estado intentando convencerme de que podré arreglármelas perfectamente yo sola los próximos dos
años, de que, si necesito una inyección de moral, solo tengo que mandarle un whatsapp a Scarlett y será como si la tuviera aquí al lado, y no a tres mil kilómetros de
distancia. Ella es muy rápida con el gatillo. Ojalá me sintiese un poco menos estúpida en este sitio. En el fondo, Alguien tiene razón: tengo un montón de preguntas. Me
vendría de perlas una aplicación de Wood Valley que me dijese cómo utilizar las tarjetas de crédito para almorzar, qué narices es el día de la Comunidad de Wood Valley
y por qué se supone que tengo que llevar zapatos cerrados ese día. Y tal vez lo más importante, con quién no se debe establecer contacto visual de forma involuntaria,
en ninguna circunstancia. «¿Se puede saber qué miras?»
Ahora mismo las rubias ligonas pasan riéndose por delante de mi banco; imagino que su intento de hacer salir a Batman ha sido infructuoso.
¿Se están riendo de mí?
—Pero ¿tú la has visto? —susurra la chica rubia a su amiga algo menos rubia, y entonces se vuelve a mirarme otra vez. Las dos son guapas en el sentido más
convencional y afortunado de la palabra: melena rubia y brillante, recién lavada, ojos azules, piel clara, delgadas. Unas tetas exageradamente grandes. Minifaldas que
estoy segura de que infringen el código de vestimenta de la escuela y cuatro capas de maquillaje que sin duda se han aplicado con la ayuda de un tutorial de YouTube.
Seré sincera: no me importaría nada ser afortunada en el mismo sentido que ellas, ser esa rara avis adolescente que nunca ha tenido que mirar de frente a una espinilla.
Mi cara, aun en sus días más luminosos, posee lo que mi abuela siempre ha llamado, de forma quizá poco caritativa, carácter. Hay que pararse a mirarme dos veces,
puede que incluso tres, para ver todo mi potencial. Bueno, eso suponiendo que tenga algún potencial—. ¿Has visto el coletero que lleva?
Mierda. Tenía razón. Están hablando de mí. No solo voy a pasarme los próximos dos años más sola que la una y sin amigas, sino que todos esos documentales y
reportajes sobre el acoso escolar al fin van a tener sentido para mí. Puede que Alguien sea producto de alguna broma a mi costa, pero tiene toda la razón: este sitio es
una zona de guerra. Voy a necesitar mi propio vídeo de autoayuda y superación.
Tengo la cara ardiendo. Me toco la cabeza con el dedo, un signo de debilidad, lo sé, pero también un reflejo. Mi coletero no tiene nada de malo. He leído en la revista
Rookie que vuelven a estar de moda. Scarlett también lleva uno a veces y ganó el premio a Miss Elegante del año pasado. Lucho por contener las lágrimas. No, no van a
verme llorar. Borrad eso. No van a hacerme llorar.
Que les den.
— ¡Chis! Que te puede oír… —dice la otra, y entonces me mira, entre avergonzada y muerta de risa. Está con el subidón de haberse metido conmigo, aunque sea
indirectamente. Luego siguen andando, bueno, contoneándose en realidad, como si creyeran estar ante un público que las mira y les lanza silbidos de admiración. Miro
detrás de mí, solo para asegurarme, pero no, allí fuera solo estoy yo. Están meneando sus culos perfectos solo para mí.
Saco el móvil y envío un mensaje a Scarlett. Para mí es la hora del almuerzo, pero ella acaba de terminar las clases. Odio que estemos tan separadas en el espacio,
además de en el tiempo.
Y o Aqu no encajo para nada Todas son talla 0 o 00
S c a rl et t Oh no No me digas que vamos a tener que pasar por todo el rollo ese de nooo si t no ests gordaaa La base de nuestra amistad precisamente es que no
somos de esas amigas que tienen que decirse esa clase de gilipolleces
Nunca hemos sido de la clase de chicas que están todo el día dale que te pego con «¡Odio mi meñique izquierdo! Es que es tan… ¡curvo!». Scarlett tiene razón. Tengo
cosas mejores que hacer que compararme con los ideales inalcanzables que establecen los directores de arte de una revista que eliminan los muslos de una pasada con el
dedo. Sin embargo, mentiría si no admitiese que me he dado cuenta de que aquí formo parte del grupo de las rellenitas. ¿Cómo es posible? ¿Es que le echan laxantes al
agua?
Y o Y rubias Todas son taaan rubiaaas Las tpicas californianas
S c a rl et t NO DEJES QUE TE CONVIERTAN EN UNA DE ELLAS Me prometiste que no te convertiras en una californiana
Y o No te preocupes Para convertirme en una californiana tendra que hablar con gente
S c a rl et t Mierda De verdad Tan malo es
Y o Peor
Rápidamente, me hago una selfi allí sentada, sola en el banco con mi bocadillo a medias. Sonrío, en vez de poner morritos, y la etiqueto con el hashtag #día14. Esas
rubias pondrían morritos, la convertirían en una foto de «Pero qué sexy estoy» y luego la subirían a Instagram. «¡Mirad qué sexy estoy no comiéndome mi bocadillo!»
S c a rl et t Qutate ese coletero Te queda demasiado de pueblerina con esa camisa
Me suelto el pelo. Por eso necesito a Scarlett aquí conmigo. A lo mejor es gracias a ella por lo que nadie se había metido conmigo hasta ahora. Si no nos hubiésemos
conocido a los cuatro años, ahora sería todavía más cateta.
Y o Gracias Coletero eliminado oficialmente Considralo quemado
S c a rl et t Quin es el to buenorro que chupa cmara
Y o Qu
Examino la pantalla del teléfono con más atención. Batman estaba mirando por la ventana justo en el momento en que me saqué la selfi. No es que esté chupando
cámara exactamente, pero ha quedado capturado para la posteridad. Así que resulta que Rubia y +Rubia sí tenían público después de todo. Pues claro que lo tenían. Las
chicas como ellas siempre tienen público.
Me vuelvo a poner roja como un tomate. No solo soy una pringada total que almuerza sola con un coletero hortera en el pelo, sino que soy lo bastante estúpida como
para dejar que alguien me vea haciéndome una selfi de este maravilloso momento de mi vida. Y para colmo, ese alguien es un macizorro.
Marco la casilla que aparece junto a la foto y le doy al botón de borrar. Ojalá fuese igual de fácil borrar todo lo demás.
4
—La tierra baldía, de T. S. Eliot. ¿Alguien lo ha leído? —pregunta la señora Pollack, mi nueva profesora de literatura. Nadie levanta la mano, incluida yo, aunque lo
leí hace un par de años, en lo que ahora me parece como si fuera una vida anterior. Mi madre dejaba libros de poesía desperdigados por casa, como si formaran parte de
alguna caza del tesoro, enrevesadas pistas diseminadas por todas partes que conducían a vete a saber qué. Cuando estaba aburrida, cogía libros de su mesilla de noche o
de la pila que tenía junto a la bañera y los abría por una página al azar. Quería leer lo que hubiese subrayado o las notas ilegibles que hubiese garabateado en los
márgenes. Muchas veces me preguntaba por qué una línea en concreto estaba señalada con amarillo desvaído.
Nunca se lo pregunté. ¿Por qué no se lo pregunté? Una de las peores cosas que tiene la muerte de alguien es recordar todas esas veces en que no le hiciste las
preguntas necesarias, todas esas veces en que diste por sentado, como un idiota, que tendrías todo el tiempo del mundo para hacerlo. Y también: cómo todo ese tiempo
no parece que sea mucho tiempo en absoluto. Lo que queda se te antoja algo fabricado de forma artificial. Los fantasmas sobreexpuestos de los recuerdos.
En La tierra baldía, mi madre había subrayado la primera frase y la había señalado con dos entusiastas asteriscos: «Abril es el mes más cruel».
¿Por qué abril es el mes más cruel? No estoy segura. Últimamente, a mí todos me parecen igual de crueles a su manera. Ahora estamos en septiembre: toca afilar los
lápices. Un nuevo año y un año que no es nuevo en absoluto. Demasiado pronto y demasiado tarde para buenos propósitos y para empezar de cero.
Los libros de mi madre están empaquetados en cajas de cartón, enmoheciéndose en un trastero de alquiler en Chicago, el olor a papel transformado en olor a polvo y
humedad. No me permito pensar en eso ni en el hecho de que toda la materia acaba desintegrándose. En que todos esos subrayados fueron una pérdida de tiempo.
—Es un poema de cuatrocientos treinta y cuatro versos. O sea que equivale a… ¿cuatrocientos treinta y cuatro tuits?
La profesora arranca una carcajada de la clase. Es joven —veintitantos quizá— y atractiva: mallas con estampado de leopardo, sandalias de cuña de cuero y top de
seda que deja al descubierto sus hombros recubiertos de pecas. Viste mejor que yo. Es una de esas profesoras a la que todos los alumnos han decidido tácitamente dar
su apoyo, puede que admirar incluso, puesto que su vida no parece tan lejos de la nuestra. Es una figura reconocible.
Mi primer día, me presentó al resto de la clase, pero no me hizo poner de pie y decir algo sobre mí, como habían hecho el resto de los profesores. Fue muy
considerado por su parte ahorrarme esa humillación.
—Así que, chicos, que sepáis que La tierra baldía es un poema difícil. Muy, muy difícil. Vamos, como de nivel universitario de difícil, pero yo creo que estáis
preparados. ¿Estáis preparados?
Se oyen algunos síes no muy convencidos. Yo no digo nada. No hace ninguna falta que exhiba mi vena empollona todavía.
—No, no. Podéis hacerlo mucho mejor. ¿Estáis preparados para este poema? —Entonces recibe unos gritos exaltados y entusiastas, lo cual no deja de
impresionarme. Creía que aquí la gente solo se emocionaba con la ropa, las revistas de cotilleos y los viajes caros con los que adornar sus solicitudes de ingreso en la
universidad. A lo mejor me había precipitado un poco juzgándolos a todos—. Muy bien, ahora os explicaré cómo lo vamos a hacer. Vais a trabajar en parejas y a lo
largo de los dos próximos meses, una vez a la semana, abordaréis juntos este poema.
Oh, no, no, no, no. ¿Sabéis qué es lo único peor que ser la nueva en el instituto? Ser la nueva que tiene que buscar un compañero para trabajar en pareja. Mierda.
Paseo la mirada por la clase. Theo y Ashby están sentados delante, y está claro que Theo no va a ayudar a su hermanastra. Las dos rubias que se burlaron de mí antes
se sientan a mi derecha. Resulta que se llaman Crystal (la rubia) y Gem (la más rubia), lo cual sería para partirse de risa si no fueran un par de cabronas. Miro a mi
izquierda. La chica que tengo a mi lado lleva unas gafas negras grandes preciosas y muy modernas y unos vaqueros rotos; parece la clase de persona que habría sido
amiga mía en Chicago. Pero antes de que se me ocurra una manera de preguntarle si quiere ser mi compañera, ya se ha vuelto hacia la persona que tiene al lado y han
hecho todo el proceso de «Juntas, ¿vale?» sin ni siquiera intercambiar una palabra.
De pronto, toda la clase ya tiene pareja. Miro alrededor intentando no parecer muy desesperada, aunque hay un brillo suplicante en mi mirada. ¿Tendré que levantar
la mano y decirle a la profe que no tengo pareja? «Por favor, Dios, no…» Pero justo cuando flexiono el brazo, lista para levantarlo en señal de derrota, alguien me da
unos golpecitos en el hombro con un bolígrafo desde atrás. Lanzo un suspiro de alivio y me vuelvo. No me importa quién sea. A caballo regalado…
No puede ser.
Es Batman.
Se me hace un nudo en el estómago. Me hace una señal con la cabeza, como cuando Theo saluda a otro tío, pero esta vez no hay duda: es evidente que me está
pidiendo que sea su compañera. Sus ojos azules son muy penetrantes, casi violentamente, como si no solo me estuviera mirando, sino también buceando en mi interior.
Midiendo algo. Viendo si merece la pena malgastar su tiempo conmigo. Yo pestañeo

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

4 Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------