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Libro Publio Vitelio Longo y la fabrica de dinero – Enrique Santamaria PDF

Publio Vitelio Longo y la fabrica de dinero – Enrique Santamaria

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y el costo será alto. La última copa está hecha, hablando claro, con alguna mierda recubierta por una capita de plata. Os la podéis quedar.
El hombre puso cara de asombro; tomé el martillo y el cincel, y, antes de que pudiera hablar, le dije:
―Si quieres la corto, pero la estropearía. Así aún te puede servir para timar a otro.
Giró la cabeza hacia sus secuaces, pero no pude ver sus miradas; el gordo estaba justo delante de mí y tapaba a los otros. Se volvió y se echó a reír otra vez.
―¡Muy bien, chico! ¡Eres realmente bueno! Si alguna vez necesitas trabajo, ven a buscarme.
―De acuerdo ―le contesté con expresión imperturbable―. Preguntaré por el señor Verpus.
Esta vez nos reímos todos y la tensión se disipó un poco.
―¿Cuánto puedes dar, chico?
―Todo junto apenas supone un octavo de talento de plata. No tendré en cuenta el costo de separar el cobre de la segunda bandeja, porque aunque, seamos
sinceros, todo esto parece la cacharrería de mi abuela, por lo que nos han asegurado tenéis material para hacer negocios de verdad y este lote debe de ser solo alguna
especie de prueba. Si no es así, decídnoslo, por favor, y nos ahorraremos todos perder el tiempo. Bien, con todo eso, puedo sacar de aquí, descontada nuestra comisión
de un cuarto, unos ciento treinta denarios redondeando, denarios buenos, de los de Augusto, no esa mierda que emite ahora Tiberio.
El gordo se levantó de un salto, indignado.
―¡¡¡Una cuarta parte!!! ¡¿Estáis locos?! ¡Si las llevo a la ceca del templo de Juno Moneta solo me descontarán un décimo!
―Tienes razón ―convine con él―. Deberías llevarles todo esto. No veo por qué no lo haces.
Se volvió, una vez más, hacia sus hombres. Se sentó y gruñó.
―Lo siento, chico, no puedo aceptar eso. ¿Es tu mejor oferta?
―Depende, como ya te he dicho, nuestra comisión puede variar en función del volumen del negocio. ¿De cuánto hablamos, realmente?
Se removió en su asiento, guardó silencio durante algunos momentos y luego me miró y dijo:
―Para esta primera operación, cincuenta talentos.
―¡Mierda! ―se me escapó, impresionado―. ¡El rescate de César!
El amo nos dejó para que aprendiésemos a leer un viejo libro de su hijo sobre la infancia y juventud de César, Alejandro y otros grandes héroes. A mí siempre
me encantó la historia de César y los piratas.
―Vaya, un perista culto. Tranquilo, muchacho, no hablamos de oro, solo de plata… aún.
Negociamos durante un rato y, al final, cerramos en un séptimo. Estábamos ante el negocio de nuestra vida.
Decidimos que yo los acompañaría hasta su almacén para valorar in situ lo que ofrecían. Flavo, nerviosísimo, insistía en venir conmigo, pero lo disuadí.
―Tranquilo, no me van a hacer nada: no llevo ninguna cosa de valor, nadie pagaría un rescate por mí y, además, Lelio Balbo responde por ellos.
Bestia, junto a la puerta entreabierta, me agarró al pasar el hombro con su manaza.
―Ten cuidado, Longo, y mantén los ojos bien abiertos ―me dijo, a modo de despedida.
Al salir, el brillo del sol me cegó y solo poco a poco conseguí distinguir lo que me rodeaba. Desde hacía tiempo apenas salía a la calle de día y andando. Siempre
entrábamos en la ciudad tras el ocaso; dado que la normativa sobre carros seguía vigente, nos encerrábamos en nuestro refugio y, al terminar, nos marchábamos también
por la noche. Si en la oscuridad el espectáculo ofrecido por las calles era aterrador, a plena luz sobrecogía.
Habíamos alquilado la tienda en una insula10 de alto nivel en el populoso y tradicional barrio del Aventino, en una zona, hasta hacía poco, de clase media y muy
comercial, entre el Emporio y el Circo Máximo. Tenía, además, la ventaja de ser accesible con facilidad desde la vía Latina, nuestra ruta habitual para entrar en Roma.
Era un sólido edificio de cuatro alturas, con estructura de piedra y ladrillo en las dos primeras, situado junto a una bonita plazoleta adornada por una fuente con
forma de escultura de Tritón. Estaba directamente comunicada con el vicus11 Piscinae Publicae, una de las dos grandes arterias del barrio, por medio un callejón bastante
amplio… para tratarse de Roma. Un lugar discreto y céntrico, con numerosos bloques de apartamentos bien construidos, todos con desagües propios en el patio
comunicados con red general de alcantarillado y alguno, incluso, con agua corriente en los primeros pisos.
Por aquella época las calles principales estaban vigiladas, al menos durante el día, por las cohortes urbanas y los vigiles12, pero las secundarias habían sido,
simplemente, abandonadas a su suerte.
El aspecto que presentaba nuestra, hasta hacía bien poco, coqueta plazuela era una muestra palpable de la situación a la que había llegado Roma: mendigos de
toda clase y edad te acercaban sus temblorosas manos esqueléticas, unos sin levantar la vista del suelo, otros clavando en ti sus ojos desesperados y hambrientos;
bandadas de niños, sucios y desnutridos, corrían detrás de nosotros suplicando algo para comer; un grupo de hombres reunido en los soportales nos observaban con
miradas voraces.
Dos matones más se nos unieron al salir. Avanzamos en formación de cuadro, con un hombre en cada esquina mientras el jefe y yo permanecíamos en el centro.
Los sicarios sujetaban gruesos garrotes bien a la vista, y era evidente que escondían armas mucho más efectivas… y prohibidas.
Allí donde mirases veías comercios y talleres cerrados, insulae enteras en venta o en alquiler; otras, abandonadas, presentaban un aspecto sucio y destartalado y
se iban deteriorando con rapidez. De su interior salían columnas de humo, ruidos y voces, provenientes de los mendigos que habían encontrado allí un refugio temporal
y cuyas fogatas amenazaban con provocar un incendio catastrófico que arrasaría el barrio. Bestia tenía razón: debíamos convencer al patrón para buscar otra base de
operaciones.
Tres figuras apretujadas en el suelo junto a la pared de una casa llamaron mi atención. Eran una madre y sus dos hijos pequeños. Los niños, famélicos, con los
ojos hundidos, la piel pegada a los huesos, las venas asomando palpitantes y las barrigas vacías paradójicamente hinchadas, se aferraban a los harapos de su madre, que
yacía inmóvil, emitiendo como único signo de vida un ahogado y monótono lamento. Sin saber por qué me vino a la cabeza la imagen de mi propia madre y ya no pude
desviar la mirada. Cogí los higos y el queso que no había tenido tiempo de terminar en el desayuno, eché a correr y se los entregué. Ella se volvió sin cambiar su
expresión perdida, mientras los niños se encogían, aterrados, clavando en mí aquellos ojos redondos y saltones. Di media vuelta y regresé a la seguridad de mi grupo.
La banda que nos observaba, vigilante, se abalanzó sobre la desgraciada familia, los golpearon con un absurdo e innecesario ensañamiento y les arrebataron
aquellos restos. Me quedé allí mirando, sin saber qué hacer, hasta que uno de nuestros escoltas me cogió del brazo y me obligó a seguir mientras gruñía entre dientes.
―¡Imbécil! ¡Vuelve a salirte del cuadro y te dejo solo en mitad de la puta calle!
¿Esta era Roma, la dueña del mundo? ¿A esto habíamos llegado? Me acerqué al jefe y le pregunté:
―¿Cómo es que hay gente muriéndose de hambre? ¿Qué ha pasado con la annona13?
―Nuestro ilustre emperador, el magnánimo Tiberio, vela por la buena marcha del Estado ―me contestó, aséptico―. Como los ingresos han disminuido, por
culpa de esta mala época con que nos han maldecido los Dioses a causa de la impiedad de la plebe y los perversos manejos de Sejano y sus cómplices, ha decidido
reducir los gastos. Eso no quiere decir que haya dejado de cuidar de su pueblo ―se apresuró a puntualizar, desviando durante un segundo la mirada―, al contrario.
Aunque supone un gran esfuerzo, se sigue repartiendo la misma cantidad de siempre, pero, como ahora son muchos más los que solicitan el auxilio de su generosidad, ha
decidido aplicar las normas con rigor, excluyendo a todos los «no ciudadanos» completos, es decir, libertos no censados, esclavos y extranjeros. Gracias a esta sabia
medida la mayoría de los verdaderos romanos consigue su ración de trigo ―me pareció ver una mueca en su boca―, siempre y cuando estén lo bastante adelante en las
colas del pórtico de Minucio y sean lo suficientemente fuertes para defenderla.
―¿Y estos? ―dije, señalando a los mendigos.
―Esclavos a quienes sus amos no pueden mantener, liberados de manera legal, ilegal, o arrojados sin más trámites a la calle; extranjeros llegados a la capital del
mundo en busca de una oportunidad; ciudadanos ancianos, enfermos o niños abandonados por sus padres. Son tiempos duros, sobre todo para los débiles.
3
Desde hacía años, la situación económica había sido tema recurrente de conversación en casa de mi difunto amo, Publio Vitelio, un senador estrechamente vinculado a
Tiberio y a su entonces mano derecha, Sejano.
Aunque al principio de su carrera había acompañado a Germánico en calidad de legado durante sus campañas para vengar la derrota de Teotoburgo, no
congeniaron, por decirlo con suavidad, demasiado. Su expedición, según él, había sido un completo fracaso que había consagrado la pérdida para Roma de los territorios
entre el Rin y el Elba, y si sus legiones no habían terminado como las de Varo, o peor, había sido solo gracias a sus legados. Despotricaba de manera abierta contra «el
principito», a quien calificaba de «hipócrita ambicioso, engreído e incompetente, preocupado tan solo por su imagen en las calles de Roma»; de «petimetre manejado
por la arpía de su esposa» o de «estúpido egoísta, cruel y cobarde, capaz de abandonar a miles de sus hombres para que murieran ahogados solo por disponer de más
sitio en su barco». Y cosas aún peores. El origen de su inquina contra el popularísimo sobrino del emperador se remontaba ―según me contó Bestia― a la retirada del
ejército tras su primera e infructuosa campaña contra Arminio, en la que perdieron el tiempo persiguiendo fantasmas, enterrando huesos y dedicándose al pillaje.
Cuando al fin llegó el frío, sin haber podido encontrar al enemigo y con toda la provincia unida como jamás lo había estado por su odio a Roma, Germánico decidió
retirarse a las Galias.
Creyó más cómodo, rápido y seguro hacerlo por mar, pese a que le advirtieron una y otra vez de los peligros de aquellas aguas en esa época del año. Como no
había previsto nada para tal eventualidad ―ni para ninguna otra, según mi amo―, no disponía de suficientes embarcaciones, un problema que solucionó de forma bien
sencilla: dividiendo el ejército. Abarrotó las naves que tenía de soldados y envió al resto por tierra, con el botín, ¡y a través de un pantano! Los germanos, naturalmente,
los emboscaron y casi los aniquilan. Los demás zarparon rumbo al Hades. A medio camino, los sorprendió una violenta tormenta; Germánico, aterrado por el
monstruoso tamaño de las olas, decidió aligerar los barcos y ordenó dirigirse a tierra de inmediato. Luego hizo desembarcar sin más, en el primer punto de la costa que
tocaron, a dos legiones, la Segunda, donde servía Bestia, y la Decimocuarta. Publio Vitelio quedó al mando de ambas.
En aquellos lugares el terreno es increíblemente plano. El mar, sin nada que lo detenga, penetra millas hacia el interior cuando sube la marea, sobre todo en esa
época del año, cuando Aquilón, el temible dios de los vientos del norte, junto a cuyo gélido palacio debían de encontrarse, sopla con toda su fuerza. Doce mil

Libro Publio Vitelio Longo y la fabrica de dinero – Enrique Santamaria PDF

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legionarios, más sirvientes, artillería, carros de pertrechos y animales de carga, sin conocer en realidad ni dónde se encontraban ni el peligro que corrían, se pusieron en
marcha tratando de alcanzar un lugar elevado.
Al principio lo hicieron de forma ordenada, contentos incluso por haber bajado de aquellos malditos barcos. Cuando las olas alcanzaron los últimos carromatos,
muchos bromearon, hubo carreras y se oyeron risas, pero, al ver que el mar continuaba avanzando cada vez con más rapidez, engullendo todo cuanto encontraba a su
paso, la alegría dio paso al pánico y la retirada se transformó en una huida sin control.
Sobre el suelo cenagoso de aquella interminable marisma que desaparecía por momentos bajo el agua, una masa compacta se lanzó a una carrera desesperada,
aplastando bajo sus pies a todo aquel que tenía la desgracia de caer. Los rezagados eran arrastrados por olas gigantescas hacia las profundidades, oscuras y heladas.
Miles de hombres encontraron así una muerte horrible y sin gloria. Nuestro amo intentó hasta el final mantener el control, pero a punto estuvo de ser asesinado por sus
propios soldados para tratar de apoderarse de los caballos que montaban él y sus oficiales. Lo salvó el propio Bestia, entonces un simple legionario, ganándose con ello
su gratitud eterna… y un jamelgo decente con el que salir de allí, solía contar guiñándome un ojo.
Cuando Germánico murió, Publio Vitelio, aprovechando que había servido bajo sus órdenes, se postuló como uno de los acusadores contra Pisón, su supuesto
asesino, pero al mismo tiempo defendió a Tiberio con bravura, esforzándose en desligar la figura del emperador de la de su subalterno, ya condenado por la plebe.
Gracias a esta hábil maniobra, fue admitido en las más altas esferas gubernamentales, y, cuando el César marchó a Capri, se convirtió en un íntimo colaborador de
Sejano. A su sombra fue medrando, acaparando influencia, poder y riquezas. En los últimos tiempos se había ocupado nada menos que del Erario, las finanzas públicas,
un puesto solo superado en importancia, quizás, por el del propio prefecto del pretorio.
Toda Roma buscaba su amistad… y sus favores. Nuestra casa estaba permanentemente rodeada de gente suplicando ser recibida, y su portero, el bueno de
Bestia, obtenía más «ofrendas» que el mismísimo Júpiter Capitolino. Incluso sus esclavos éramos objeto de las mayores atenciones allá donde fuéramos.
Los buenos tiempos.
Pero, poco a poco, su postura se fue volviendo cada vez más crítica. En las cenas solía mantener acaloradas conversaciones con sus íntimos, en especial con su
mejor amigo y colaborador, Cotta Mesalino, el banquero Balbo y algunos otros, todos senadores, hombres de negocios influyentes o cargos importantes de la
Administración.
―¡¿Cómo no va a escasear el dinero?! ¡Está todo enterrado en el templo de Saturno, en el Palacio y en saben los Dioses cuántos sitios más! ¡Por Hércules!
Siempre he apoyado la política de austeridad y ahorro del César, Cotta, tú lo sabes, pero incluso las mayores virtudes, si no se practican con moderación, pueden
transformarse en el peor de los vicios. ¡No gasta en nada, no para de recaudar y de acumular el dinero! ¡Va a secar el Imperio!
―Entonces…, ¿es verdad eso que cuentan, hay más de dos mil millones de sestercios en el Tesoro?
―Eso y mucho, mucho más: en monedas, en lingotes, en objetos y joyas sin fundir… Os lo he dicho un millar de veces.
―¿Y que Tiberio pasa días encerrado, contando su fortuna?
―¿Y que duerme en las bóvedas, sobre su oro?
―¡Joder! Y luego echa la culpa a los ricos por acaparar el dinero para especular.
―Pues yo no conozco a nadie que no esté hasta el cuello de deudas.
―Tampoco exageres.
―¡No exagero! A ver, ¿a cuántos conoces tú que no se pasen la noche en vela cada vez que se acerca el vencimiento de un crédito?
―¡Dímelo a mí! La falta de numerario está disparando los intereses ―terciaba Lelio Balbo, cabeza de la saga de banqueros de origen fenicio-hispano― y
haciendo caer nuestros depósitos en picado. Cada vez cuesta más recuperar los préstamos, los deudores piden prórroga tras prórroga y nadie quiere pagar.
―Pero no es solo eso ―le apoyaba Pettio, otro banquero―, todo va cada vez peor. Las ventas, y con ellas los precios, de cualquier clase de producto se han
hundido, no importa si son alimentos, telas, herramientas, muebles…, incluso inmuebles. Cada día acuden clientes solicitando créditos, poniendo como garantía fincas
que no se sabe, realmente, cuánto pueden valer ahora. Se está tardando meses en vender propiedades, cuando hasta hace poco no necesitabas ni colocar un cartel para
tener a los compradores haciendo cola… Y eso en el propio centro de Roma; en los barrios hay casas que ya ni se intentan sacar al mercado.

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―Igual no se venden porque los banqueros no soltáis un miserable sestercio. ¡El otro día, en una subasta de bienes confiscados a los enemigos del Estado fue
preciso anular más de la mitad de las adjudicaciones porque los compradores no consiguieron financiación para pagar!
―No podemos prestar como antes, la situación económica es la que es y ahora no basta como garantía una simple hipoteca, es necesario demostrar solvencia y
capacidad de pago… Además, a nadie le sobra el dinero, por tanto, nadie ahorra; en cuanto colocamos nuestros bancos en el Foro se arremolina gente para sacar fondos
y muy pocos para dejarnos depósitos, y a estos debemos pagarles unos réditos exorbitantes.
―¡Solo me faltaba ver llorar a los banqueros y a los terratenientes! Cada vez que salgo a la calle hay cerrada alguna nueva tienda o algún taller, no sé cómo la
gente aguanta…
―Por el reparto de trigo y por miedo a los pretorianos.
―Es todo lo mismo: no hay dinero y, sin dinero, nadie puede comprar ni vender nada.
―Hay otro problema ―añadía Pomponio Segundo, otro habitual de aquellas reuniones―; ahora todo el mundo espera para comprar porque sabe que cualquier
cosa valdrá mañana menos que hoy, lo cual reduce aún más el volumen de dinero en circulación y agrava la situación.
―¡O se guarda sus pocas monedas por puro miedo a lo que vendrá!
―No sé qué va a pasar si no se hace algo pronto…
―¿«Si no se hace algo»? ¡Nosotros somos quienes debemos hacer algo!
―Tiberio es como esos ancianos que viven miserablemente mientras ahorran hasta el último as en previsión de un futuro que ya no tienen. Luego, cuando
mueren, sus felices herederos descubren millones debajo del colchón de su sórdida alcoba.
―Calígula cuenta con ello, seguro ―gruñó Balbo.
―¡Gayo Germánico! ¡Menudo heredero! ¡Cada día me recuerda más a su padre!
―Pues Tiberio chochea, su nieto es aún un crío y Druso está de atar, así que ya me diréis qué futuro nos espera…
Las conversaciones se iban animando según avanzaba la noche y se consumía el vino de las cráteras, colocadas en el centro de la sala al estilo de los simposios
griegos. Esa moda se impuso por aquella época entre las clases altas de Roma, dispuestas, al parecer, a imitar en cada cena El banquete, de Platón, con la esperanza de
halagar así al emperador, gran admirador, según decían, de la filosofía helenística.
Cotta solía apuntar que era un esfuerzo inútil, porque Tiberio no era, evidentemente, un admirador de Platón y su República, sino de Diógenes. Casi siempre
soltaba el mismo chiste hacia el final de la noche y todos se reían mucho.
Nunca dejó de llamarme la atención cómo aquella gente, que dedicaba el día a encontrar nuevas formas de adular al César, se pasaba la noche burlándose de él con
auténtica ferocidad, en especial tras su retiro en Capri. No me animo a reproducir todo cuanto decían, porque aún sigue existiendo el delito de lesa majestad, y no
quisiera terminar ―si escapo de esta― como acabaron todos ellos. Bueno, no todos, el escurridizo Pomponio y el miserable de Cotta supieron reptar por aquel mar de
sangre y se salvaron, mientras tantos otros, mucho menos responsables que ellos, perecían de la forma más atroz.
Con frecuencia, sobre todo hacia el final, nos visitaba el propio Sejano, aunque en esos casos todo era mucho más discreto y a los esclavos no se nos permitía
quedarnos. Dejábamos las viandas junto a las puertas cerradas, alguien de confianza del prefecto salía, las recogía y dejaba en su lugar las fuentes y las ánforas vacías.
Así eran los viejos tiempos, y al recordarlos ese día, mientras cruzaba Roma, me parecieron felices. Desde entonces la situación no había hecho más que
empeorar, el amo estaba muerto y mi familia, la que formábamos todos cuantos vivíamos en aquella casa donde nací, había sido destruida.
4
La mujer y sus hijos volvieron a mi mente; giré la cabeza y entonces algo me hizo despertar. Al mirar atrás en busca de aquellos desgraciados, durante un instante, vi una
sombra perderse por un callejón lateral. Su silueta, su forma de moverse, me resultaron familiares; no era la primera vez que la veía, estaba seguro. Sentí el miedo trepar
por mis entrañas, como una garra, apretando hasta causar verdadero dolor.
De repente me di cuenta de que estaba solo, indefenso, entre desconocidos. Respiré hondo, luchando por controlarme.
Salimos al vicus Piscinae Publicae y el ambiente se relajó un poco. Los mendigos, allí, permanecían suplicantes en las aceras, mientras los «profesionales del
amor» ―de uno y otro sexo y que, al parecer, no cabían ya ni en los baños ni en las escaleras de los templos― se abalanzaban sobre los viandantes ignorando sin recato
alguno la puritana reglamentación del emperador ausente, que todo el mundo parecía haber olvidado, empezando, según las malas lenguas, por él mismo.
Un supuesto efebo, ya entradito en años y que había tratado de depilarse de una forma bastante burda y artesanal, se ganó un buen porrazo de uno de nuestros
escoltas cuando, a su modo de ver, se puso demasiado insistente en sus intentos de aproximación. Después de aquello, el resto de los desesperados «vendedores de
diversión» se alejaron de nosotros entre una lluvia de insultos, y pudimos continuar avanzando seguidos tan solo por los niños mendigos, de los que se deshicieron
arrojando al suelo unos trozos de pan.
Según el gordo, nos dirigíamos a unos almacenes situados entre el Virinal y el Quirinal, en la Subura, cerca de los mercados de la Colina Capitolina y la Saepta
Julia, una zona de la ciudad que nunca había gozado de buena fama. Me preguntaba qué aspecto presentaría entonces.
Cuando salimos a la explanada frente al Circo Máximo el ambiente cambió por completo. La multitud deambulaba de un lado a otro, los puestos de los
comerciantes se alineaban junto a la mole del gran hipódromo; se seguía apostando, incluso más que antes, se negociaba y se charlaba. Nada parecía haber cambiado. Una
única novedad, la presencia de soldados de las cohortes urbanas fuertemente armados y patrullando por todas partes, nos recordaba los tiempos en que vivíamos.
Seguimos hacia el Foro. Yo llevaba mucho tiempo sin recorrer el lugar y reduje el paso, disfrutando de la tranquilizadora visión de la multitud, tan abigarrada y
atareada como siempre. Aquí y allá se veían grupitos formados en torno a los orgullosos padres que, sin esperar a las tradicionales y masificadas Liberalia14, dos días
después de los idus de marzo, presentaban a sus hijos en sociedad mediante la deductio in forum15, parte de la ceremonia de transición a la edad adulta. El despilfarro
que siempre acompañaba a estas celebraciones no parecía haber disminuido… ¿O los regalos eran menos espléndidos y muchas de las togas parecían de alquiler?
Al cruzar la vía Sacra, vi una animada multitud reunida en torno a una figura vestida de oscuro. Lo reconocí al instante: era Falco, el gladiador, el ídolo de la
arena. Pequeño y nervudo, había derrotado a adversarios muchísimo más grandes que él sin importar el modo de lucha. Pese a lograr su libertad hacía ya unos años, la
gente lo seguía recordando y parando por la calle, gracias, en parte, a que, por ser nuestro césar muy poco aficionado a las luchas de gladiadores, el número y la calidad
de estos espectáculos se habían reducido de manera drástica en los últimos tiempos. En vez de prohibirlos, el astuto Tiberio se limitó a dejar de financiarlos, y a hacer
comprender a los aspirantes a cargos públicos, principales organizadores desde siempre de todo tipo de juegos y festejos, que a él, de quien dependía cualquier
nombramiento, no le agradaban. En las fiestas donde era obligatorio ofrecer algún combate, se limitaba a contratar el número mínimo de gladiadores, y siempre de
ínfimos categoría… y precio.
Para redondear la jugada, el Anfiteatro de Statilius Taurus, situado junto al Teatro de Pompeyo, permanecía, al igual que este, cerrado desde hacía años debido a
unas interminables obras de restauración. Solo algún empresario particular se animaba a organizar de vez en cuando luchas de gladiadores en las cercanías de la urbe, las
cuales, pese a su pésima calidad, seguían atrayendo multitudes.
Al parecer, las matanzas gratuitas desagradaban al viejo guerrero, pero la población, privada de su segundo espectáculo favorito tras las carreras del Circo, lo
achacaba a su ya legendaria tacañería y encontraba en ello otro motivo más para aborrecerlo.
En aquel momento, el mismo guardaespaldas que me había agarrado antes empezó a empujarme, llevándome casi en volandas. Nuestro grupo avanzaba tan
rápido como le era posible sin llamar demasiado la atención.
Atravesamos espléndidas columnatas y pasamos bajo las estatuas de los héroes de Roma, cuya pintura seguía siendo retocada con asiduidad y que resultaban
tan reales que casi parecían a punto de arrancarse a declamar. Ojalá alguno de ellos pudiera volver a la vida, aunque mejor no; si lo hiciera, seguro que al contemplar la
Roma actual decidía arrojarse al Tíber.
Al pasar junto a ellas, traté de no mirar hacia las escaleras Gemonias.
Antes de darme cuenta, nos encontrábamos en la Subura. No es que hubiera una señal indicando la entrada, ni se veían, por lo menos al principio, más moscas o
ratas más gordas: se la reconocía por el olor.
Yo nací en Roma, entiéndanme, y nunca acompañé a mi amo ni en uno de sus viajes ni a una de sus fincas de recreo; de hecho, no había salido de la ciudad hasta
el día en que tuvimos que huir tras su muerte. Cuando regresé, al aproximarme por el camino imaginaba que lo primero en verse sería el brillante tejado de bronce del
templo de Júpiter Capitolino, o quizás las altas insulae de seis o siete pisos trepando por las colinas. Pero no, antes que nada se ve el humo, un humo que brota de
miles de hogares, de hornos, de piras, de altares…, que forma un manto sobre la ciudad y se eleva en el aire como una gigantesca columna gris visible desde decenas de
millas. Lo siguiente que percibes es el olor. Cuando el viento cambió y llegó desde Roma hasta el punto de la vía Latina donde me encontraba sentí un intenso hedor,
ácido y dulce a un tiempo, una mezcla de mil aromas diferentes; de hombres y animales, de comida y excrementos, del río y del polvo, de altares sagrados y curtidurías,
de incienso y basura, de piras funerarias y hornos de pan, de vida y de muerte. El olor de la ciudad.
Cuando vives en Roma dejas de notarlo, te acostumbras, pero la Subura es otra cosa. El muro levantado por Augusto para separarla del Foro puede impedir ver
la miseria, pero no detiene su pestilencia. El suelo está cubierto de un limo pegajoso que se adhiere a las sandalias formado por tierra, arena, excrementos, basuras…, un
barrillo inmundo cuyo hedor en los días de verano, en especial cuando sale el sol después de alguna tormenta, resulta insoportable incluso para los propios vecinos. Por
el centro de las calles serpentea un regatito de líquido fétido y oscuro, el famoso «arroyo» donde se supone que terminarás cuando lo hayas perdido todo en la vida. A
eso debes sumarle el tufo de las curtidurías, de los batanes, de las lavanderías… Si no han estado allí o en un sitio similar, créanme, no traten de imaginarlo.
De cada ventana cuelga la ropa puesta a secar, ondeando al viento como los estandartes de un ejército multicolor; a su lado, los trapos que sirven de cortinas, los
toldos de la infinidad de tenderetes que ocupan las aceras, las lonas que cubren las entradas a las tiendas y a las casas. Además muchos de esos viejos y desportillados
edificios tienen decoradas algunas de sus zonas más visibles con pinturas llamativas, más que nada para poder identificarlos en aquel maremágnum de bloques, callejones
y pasadizos levantados sin orden ni concierto. Junto a las tradicionales combinaciones de blanco y ocre se pueden encontrar azules brillantes, rojos imposibles o
amarillos chillones. Algunas insulae acumulan a la vez varios de estos colores; un trozo marrón, el otro naranja, el de más allá negro hollín mezclado con negro brea…
Como la mayoría están elaborados a base de tintes vegetales de ínfima calidad, se decoloran y deterioran con rapidez ―según decía mi madre, a los pobres les sale todo
más caro, porque compran barato, una, y otra, y otra, y otra vez―, y sus zonas más dañadas se recubren con petachos recién pintados que contrastan con la suciedad y
la degradación del resto.
Si algún pigmento predominaba sobre los demás, ese era sin duda el blanco, y después el rojo, el ocre y el negro, fáciles de obtener y, por tanto, muy asequibles.
No verán por allí el lujosísimo púrpura o el sofisticado azafrán.
Yo, acostumbrado a la cuidada combinación de tonalidades de las mansiones de los ricos, miraba aturdido aquel caos cromático; sin duda grotesco, sí, pero
rezumante de vitalidad, de fuerza, de una energía feroz.
Pese a mis temores, el barrio presentaba un aspecto bastante tranquilo. Un grupo de hombres sentados frente a la taberna de un concurrido cruce nos miró
fijamente mientras pasábamos. Cuando nos alejamos los oí escupir al suelo que acabábamos de pisar y maldecirnos. Las prostitutas deambulaban ofreciendo su
mercancía a una clientela quizás menos numerosa de lo habitual, pero era preciso tener en cuenta lo inadecuado de la hora… y que les había surgido mucha competencia
por toda la ciudad.
Infinidad de puestecitos cochambrosos se arremolinaban a un lado y otro de la calle, ofreciendo a los viandantes un batiburrillo de productos de lo más variado:
ropa vieja; frascos de perfumes y ungüentos baratos, algunos a medio usar, platos y vasos descascarillados; bisutería; muebles solo un poco rotos, ánforas con
apariencia de haber sido rescatadas de ese inmenso basurero a donde se arrojan las que han sido utilizadas para transportar aceite desde la Bética… Una mezcolanza
asombrosa de la que sus antiguos propietarios se habían visto despojados por culpa de la pobreza… o de los ladrones.
En un pequeño ensanchamiento ―no merecía siquiera el nombre de plazuela― se había instalado una gran olla, y una rolliza matrona repartía cucharones de
gachas calientes a una fila de mujeres con niños sucios y desgreñados, pero de aspecto saludable.
Todo transcurría bajo la atenta vigilancia de los hombres del cruce. La fila no era demasiado larga; el reparto de comida debía de ser algo habitual. «Los pobres
saben sobrellevar la miseria mejor que quienes nunca lo han sido», pensé para mí.
Cuando nos acercábamos las conversaciones cesaban y la gente se quedaba mirándonos, ceñuda y en silencio. Esperaban a que estuviéramos bastante lejos antes
de volver a hablar.
Por fin llegamos a nuestro destino: un tenebroso callejón, estrecho, largo y serpenteante, que partía del vicus Longus, la gran arteria que atraviesa el Quirinal.
Parecía estar totalmente deshabitado. Nos abrieron una cancela y entramos en un conjunto de lonjas formado por los bajos unidos de diversas insulae destartaladas y
apoyadas entre sí. Era un verdadero laberinto de pasillos, locales, escaleras, patios, almacenes e incluso sótanos, en el que cualquier visitante se perdería sin remedio a
menos que contase con un guía.
Con pasmosa seguridad mis acompañantes avanzaron hasta una gran sala, cuidada e iluminada, donde nos esperaban otros miembros de la banda. Uno de ellos se
acercó al matón que me había arrastrado hasta allí y le dijo algo al oído; este asintió con la cabeza, fue hasta su jefe, me miraron, intercambiaron unas palabras y, sin más
preámbulos, el gordo me hizo una seña para que lo siguiese.
Me condujeron por una escalera hasta una sala oscura y allí esperé mientras encendían las lámparas. A medida que el lugar se fue iluminando, pude distinguir un
espectáculo digno de las cuevas de ladrones que aparecían en los cuentos con que mi madre me dormía de niño. Esparcidos por la gran estancia había cofres y baúles
llenos de objetos de plata y oro, sacos, bolsas, cajas de toda forma y tamaño… Nunca había visto, ni siquiera soñado, algo así. Allí había mucho, muchísimo más de
cincuenta talentos.
―¡Al trabajo, chico! Tómate tu tiempo y míralo todo bien, no volverás a ver algo así en tu vida.
―¡Pero sin más numeritos de circo! ―interrumpió, nervioso, el matón de antes a su jefe―. Revísalo rápido y haznos tu oferta; no podemos seguir aquí todo el
día.
Fui catalogando aquel tesoro tratando de mantener una frialdad profesional. ¿De dónde habían sacado aquellos bandidos semejante botín? ¿Cómo era posible que
los dueños no hubieran removido cielo y tierra para recuperarlo? Había objetos realmente preciosos: trabajos de orfebrería de una belleza sobrecogedora, antigüedades
griegas y asiáticas cuyo valor era enormemente superior al que yo podía darles al peso. En los últimos tiempos, no podía negarlo, había conocido y colaborado con
algunos de los rufianes más hábiles y rapaces del Imperio, pero ninguno con un éxito así.
Me concentré en el trabajo y traté de olvidarme de todo lo demás. Perdí la noción del tiempo, me dolían los ojos y llegué a un punto en el que ya casi no podía ni
oler. Entonces fue cuando lo vi. Al principio no le presté atención, lo aparté para depositarlo junto a los demás objetos de oro, pues mi principal interés era la plata,
pero cuando lo tuve en mis manos brilló con un resplandor rojizo a la luz de las lámparas, y aquel brillo no me cegó, me abrió los ojos y me hizo comprenderlo todo en
un instante, de golpe, sin margen para la duda, sin posibilidad de escape.
Recordé los golpes en la puerta de la casa, breves pero enérgicos, que, sin saberlo, había reconocido aquella mañana, y a los pretorianos entrando en tropel,
arrasándolo todo, buscando al amo. Calisto, el intendente, fue acorralado para obligarlo a confesar dónde se escondía, pero no lo sabía; el pobre hombre, aterrado, no
acertaba a pronunciar palabra, y lo golpearon, lo golpearon delante de nosotros una y otra vez, hasta matarlo. Luego empezaron a interrogarnos a los demás, sin
importarles sexo o edad. Solo pararon cuando un mensajero les comunicó que Publio Vitelio, tras asistir en el Senado a la caída de Elio Sejano, había huido y se había
refugiado en casa de su hermano. Acurrucado llorando en una esquina, cubierto de sangre y abrazado a mi madre y a mis hermanos, vi al oficial al mando señalar el gran
disco de oro que colgaba de la pared del salón, un disco adornado con unas curiosas figuras de animales en torno a un feroz rostro de guerrero, un disco que el amo
aseguraba haber arrancado del pecho de un jefe germano después de matarlo en combate, un disco que, ahora, yo tenía en mis manos.
El gordo cubierto de oropel, siempre mirando a sus hombres, era solo una fachada. Estaba en manos de la Guardia Pretoriana. Estaba muerto.
Tenía que echar a correr, rápido, mientras aún estaba solo en aquella cueva del tesoro. El pánico me dominó, se extendió desde mi estómago y fue abrasando mi
pecho, mis piernas, mi garganta, mi cerebro…, pero allí algo lo detuvo. Debían de estar vigilándome, nadie dejaría semejante fortuna sin protección, si intentaba escapar
estaba perdido. Calma, mantén la calma, reflexiona… ¿Qué quieren de ti? Han descubierto nuestro negocio y nos han tendido una trampa, está claro. Pero entonces…,
¿por qué no nos han detenido? Quieren que los llevemos hasta nuestros cómplices. ¿Y para eso hace falta mostrarme toda esta fortuna? ¡Les bastaría con torturarnos
hasta que suplicásemos morir! Es el cebo, tonto, solo eso… Demasiado cebo, ¿no? ¿Cómo ha ido a parar esta fortuna a un callejón de la Subura? Fíjate en las marcas en
el polvo, lleva tiempo aquí, eso está claro. ¡Piensa, Longo! ¡Piensa rápido!
Un ruido. ¡Volvían! ¡Finge, Longo! ¡Finge hasta que llegue tu oportunidad de huir! Toda tu vida has sido esclavo, y si algo aprende un esclavo es a fingir.
El «jefe» entró, se acercó y preguntó cómo me iba. Le respondí, con una serenidad que me sorprendió a mí mismo, que apenas había tenido tiempo de analizar
una parte de los objetos de plata. El matón de siempre, en quien ahora me parecía reconocer a un centurión, le interrumpió.
―¿Y qué pasa con el oro?
Lo miré con atención. Daba la impresión de acabar de dejar el uniforme y las armas en el cuarto de al lado, parecía inquieto e irritable. A decir verdad, pensé que
todos estaban muy nerviosos.
―Nosotros negociamos con plata, no con oro. Los áureos llaman demasiado la atención.
―¡Pues mucho mejor! ¡Dadnos su valor en denarios de plata!
―¡No tenemos semejante cantidad! A ver si nos entendemos: nosotros no compramos objetos, fundimos los de nuestros clientes, los acuñamos en monedas y
se las entregamos descontada la comisión… Yo no puedo convertir el oro en plata.
Me miró con verdadero odio, apretó los puños y crispó la mandíbula; me preparé para recibir los golpes, otra cosa que todo esclavo sabe hacer muy bien. Sin
embargo permaneció quieto, cerró los ojos, dio media vuelta con brusquedad y se marchó.
―Espérame aquí ―gruñó al salir.
El «jefe» lo siguió un momento después, tratando de no parecer azorado.
Me quedé solo de nuevo, pensando desesperadamente en cómo escapar de aquella situación. Entonces oí unas voces, respiré hondo y me acerqué con aire
distraído a la pared de donde parecían provenir. Apoyé la espalda y agucé el oído. Los tabiques eran basura, se podía escuchar sin ningún problema todo cuanto decían
al otro lado: discutían qué oferta proponerme. Pensé, un poco más animado, que a la hora de negociar siempre es bueno conocer los planes de la otra parte.
Una voz se impuso a las demás, una que no conocía, pero que era, a todas luces, la de la persona realmente al mando.
―Debemos terminar con esto ahora. Aceptad para el oro otra rebaja de un sexto y el pago de la mitad en denarios y la otra mitad en áureos; los denarios pueden
abonarlos a plazos, Balbo se ocupará. Proponédselo así, sin negociaciones ni regateos de mercachifle, no podemos seguir aquí más tiempo. Si no acepta, matadlo. En
cualquier caso, traed los carros y empezad a cargarlo todo. Es preciso sacar esto de Roma ya.
Nadie le replicó. Un momento después el gordo y tres matones entraron, me hicieron su propuesta y yo ―os lo podéis imaginar― acepté sin pestañear.
Parecía que iba a librarme de aquello felizmente, pero aún faltaba por concretar los detalles:
―Esta noche os lo llevaremos todo a la tienda. Estad preparados para salir de Roma de inmediato.
―¡¿Todo?! ¡Habíamos hablado de unos cincuenta talentos!
―Cambio de planes. ¿Tienes algún problema? ¿Vas a intentar sacarnos aún más tajada?
―No, no ―me apresuré a contestar―. ¡Pero es imposible llevarlo en nuestro carro!
―Ya te he dicho que nosotros nos ocuparemos, os lo llevaremos cargado en tres carros… ―pareció dudar un momento―, en tres carros grandes. Dejadnos el
vuestro tal como está, los denarios que hay en su interior servirán como fianza.
―La fianza habitual es la quinta parte del valor de la mercancía, no disponemos, ni de lejos, de esa cantidad.
―Lo sabemos. Según Balbo, traéis solo veinticinco mil denarios. Es una mierda, pero nos conformaremos con eso.
¡Joder con el bocazas de Balbo! Mi mente se debatía buscando una salida, como una rata atrapada, pero no la había, o yo no fui capaz de encontrarla. Acepté,
tratando de poner mi mejor sonrisa.
Sin más preámbulos me acompañaron a la salida. Ya en la cale me fijé en que su callejón estaba, justo, entre el vicus Longus y el vicus Patricius, las dos arterias
que conducían al cuartel de los pretorianos.
Unos chicos listos.
5
Era cerca del mediodía y avanzábamos a través de la Subura con rapidez. Me escoltaba el mismo grupo de antes, salvo el «jefe», al que ya no volví a ver. La hostilidad
se palpaba en el ambiente y ahora comprendía muy bien por qué: la guardia nunca había sido, precisamente, muy popular en aquel barrio.
Un grupo de chicos empezó a seguirnos; de vez en cuando nos insultaban y luego se alejaban corriendo, entre risas y chillidos, mientras algunos vecinos los
animaban, jaleándoles la gracia. De repente, alguien tiró un balde con excrementos desde una ventana, acertando de lleno al matón a quien yo había identificado como un
centurión, y las carcajadas resonaron de un extremo a otro de la calle.
Nos detuvimos. El oficial empapado se revolvía buscando dónde descargar su furia, sus compañeros, nerviosos e irritados, miraban en todas direcciones con aire
amenazador. Empecé a asustarme de verdad.
Los golfillos aparecieron tras una esquina, nos arrojaron algunas piedras y se fueron corriendo calle abajo, bromeando y riendo. El centurión crispó la mandíbula,
recogió uno de los proyectiles del suelo, echó hacia atrás su poderoso brazo, apuntó fríamente y lo lanzó a una velocidad endiablada. Uno de los niños, que corría hacia
el final del grupo, agachó la cabeza con un movimiento extraño y cayó al suelo, como un títere al que le hubieran cortado las cuerdas.
Los demás chicos desaparecieron y nosotros reanudamos apresuradamente la marcha, mientras la calle permanecía, durante un momento, en un silencio
expectante, como si todo se hubiera detenido. Vi salir a una mujer corriendo de los soportales gritando algo que no pude entender, se agachó junto al niño caído, lo cogió
con ternura entre sus brazos, lo acunó, lo agitó, le acarició delicadamente el pelo. Entonces se quedó mirando su mano, roja por la sangre, y lanzó un alarido desgarrador.
Los guardias aceleraron el paso mientras el barrio entero parecía explotar. Gritos, insultos y amenazas sonaban por todas partes, al tiempo que una multitud
cada vez más numerosa y excitada empezó a reunirse junto al cuerpo del niño. Todos los brazos, todos los gestos, señalaban en nuestra dirección.
Por las ventanas de las casas comenzaron a aparecer vecinos furiosos, sobre todo mujeres, y una lluvia de los objetos más diversos cayó sobre nosotros. Una
maceta golpeó en la cabeza a uno de los guardias, que se tambaleó mientras el rostro se le cubría de sangre. Estábamos indefensos ante aquel tipo de ataque.
Pero los pretorianos no son simples matones; son máquinas de combate, bien entrenados, seleccionados entre multitud de aspirantes y preparados
específicamente para la lucha urbana. Se les exige ser altos, de origen italiano, estar en una forma física extraordinaria… y carecer del más mínimo escrúpulo a la hora de
matar.
No se iban a dejar liquidar tan fácilmente.
El centurión dio una orden y sus tres hombres sacaron de debajo de las túnicas sus gladios, la corta y sólida espada reglamentaria en las legiones. Se lanzaron a la
carrera cruzando la calle y yo los seguí, sin saber qué otra cosa podía hacer.
Entraron en una taberna cercana. Una mujer, madura y rolliza, se atrevió a hacerles frente arrojándose sobre uno de los guardias, tratando de arañarlo o de
agarrarlo por el pelo mientras lo insultaba con el vocabulario más soez que yo había oído nunca. El hombre no se inmutó, y le lanzó una brutal estocada que le atravesó
la boca arrancándole la mayoría de los dientes, salió por la nuca y casi le corta media cabeza. Según tengo entendido, el barrio la convirtió luego en una heroína, pero, a
juzgar por cómo olía, para mí que, simplemente, estaba borracha.
El resto de los parroquianos huyeron despavoridos. Los pretorianos destrozaron los muebles, agarraron cada uno el tablazón de una mesa y, poniéndolos
encima de sus cabezas, formaron un testudo. Así parapetados, salieron de nuevo a la calle.
No se habían olvidado de mí, el centurión me ordenó ocupar el centro de la formación y, allí metido, entre aquel grupo de asesinos y rodeado por una turba
decidida a despedazarnos, emprendí, muerto de miedo, un incierto camino hacia el Foro.
Avanzamos a la carrera. Había gente por todas partes, pero, aparte de insultarnos y arrojarnos cuanto tenían a mano, nadie se atrevió a detenernos. Casi
habíamos alcanzado el final de la calle cuando nos encontramos con un nutrido piquete de hombres armados que bloqueaba el camino y nos impedía el paso. Eran unos
cincuenta; llevaban espadas, cuchillos, hachas e incluso picas y escudos. Pude reconocer entre ellos a varios de los tipos que había visto sentados en la taberna del cruce
al llegar al barrio. El centurión reaccionó con rapidez, nos ordenó dar media vuelta y retrocedimos corriendo, arrojando los tableros para ganar velocidad, mientras el
grupo se lanzaba detrás de nosotros entre feroces gritos de júbilo.
Ahora la gente nos había perdido el miedo, y centenares de brazos trataban de agarrarnos mientras los guardias respondían lanzando tajos y estocadas con atroz
precisión. Los heridos empezaron a sumarse por decenas. Yo, por desgracia, no era un soldado entrenado y no tardé en verme atrapado por dos tipos musculosos y
malolientes, que me arrastraron entre risas mientras pataleaba desesperadamente. Una sombra cayó sobre nosotros, algo silbó en el aire y noté cómo me alzaban en
volandas. Vi a uno de mis captores mirándose un enorme corte sangrante, anchísimo y muy profundo, en el antebrazo, mientras que el otro se retorcía en el suelo entre
extrañas convulsiones. El centurión había vuelto a por mí y ahora me llevaba al hombro, como un saco, en una frenética carrera calle abajo.
Irrumpimos en un callejón lateral y nos dirigimos, resueltamente, hacia el sólido portón de un taller que, pese a los golpes y gritos de los soldados, nadie acudió
a abrir. Pero eso no los detuvo. Uno de ellos colocó la punta de su gladio entre la cancela y el portón, bajo la zona donde debería estar la tranca, y lo fue introduciendo
con rapidez, a base de forcejeos y empujones, mientras los demás lo rodeaban espada en mano y mantenían alejada a la multitud. Justo cuando el grupo armado asomó
por el callejón, el guardia dio un golpe seco y hacia abajo al pomo de la empuñadura, haciendo así subir la punta que estaba ya al otro lado: un «clac» sordo nos indicó
que el travesaño había saltado, y la portezuela se abrió.
Estaba claro que tenían mucha experiencia en forzar entradas.
Cruzamos a toda velocidad. De pronto un gigante musculoso, con el pecho descubierto y blandiendo una especie de mazo enorme, se abalanzó sobre nosotros;
uno de los pretorianos se agachó, esquivó con facilidad el golpe y le clavó su espada profundamente, justo en el ombligo. Cuando la sacó, un verdadero surtidor de
sangre manó del vientre de aquel pobre hombre, que se desplomó de rodillas mientras todo a nuestro alrededor, incluidos nosotros, quedaba cubierto por aquel líquido
pegajoso y tibio. Otros dos sujetos aparecieron y trataron de auxiliar al primero, pero fueron abatidos por los soldados sin contemplaciones. El centurión cerró la puerta
y la atrancó, mientras fuera empezaban a sonar golpes furiosos.
En la penumbra traté de averiguar dónde nos encontrábamos. Se trataba del taller de un herrero. El horno aún permanecía encendido, señal de que habían estado
trabajando hasta hacía bien poco, y su luz tenue y rojiza iluminaba el local, mostrando una amplia colección de objetos de ferretería: clavos, martillos, herramientas… y
armas, muchas armas de todo tipo; espadas, puñales, picas, escudos, cascos, incluso corazas y cotas de malla.
―Es el taller de Marco Varrón e hijos, proveedor de las cohortes ―me informó el centurión―. Trabajos por encargo, pedidos especiales y, sobre todo, piezas
de reemplazo para sustituir las que se pierden del equipo reglamentario. ¡¡¡Ese mamón trabajaba tan mal que nadie podía distinguirlas de las originales!!!
Se echó a reír estruendosamente ante mis ojos pasmados. Al cabo de unos momentos se tranquilizó y continuó:
―Tenía echado el ojo a este local hace tiempo, por si alguna vez esos perros se atrevían

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