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Puro glamour – Amaya Felices

Puro glamour – Amaya Felices

Puro glamour – Amaya Felices 

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El aludido, ves do con un traje de chaqueta blanco y tumbado s obre una nube, con los codos medio hundidos en la algodonos a mas a de
vapor de agua y s u barbilla apoyada s obre s us manos , lo miró mal. Muy mal. Pues ambos eran cons cientes de que es taba prohibido: un cupido no
podía enamorars e de s u mortal.
—Sabes que no puedo cons entirte que digas es o, ¿verdad? —le acabó preguntando Eyén tras unos minutos de cons iderar s us opciones .
Porque lo que es te no quería era que s e le aplicara el Cas go. Sí, con mayús culas . Pues era uno tan terrible que s e s us urraba a es condida
de padres a hijos , tan innombrable que nadie lo pronunciaba nunca, tan impens able que inclus o aquellos que lo habían merecido eran s umidos
en el más terrible de los olvidos .
Diofanor, que es taba como s u compañero tumbado s obre la nube y mirando hacia abajo, hacia la ciudad humana, s us piró.
—No te preocupes , jamás s e lo diría a nadie. Solo quería ayudarte. Al fin y al cabo, antes de dejarnos madre me dijo que cuidara de , del
pequeñajo.
Eyén lo miró con una ceja enarcada. Como s i para él fuera impens able que s u perfecto y recs imo hermano no hubiera renegado de
cualquier petición que ella le pudiera haber dado.
—Tengo veintiocho años , puedo cuidarme s olo —le contes tó.
—Pues entonces ayuda a tu protegida a res olver s u vida porque, lo que es yo, muy feliz no la veo. Mírala, con dos niños y un marido que la
ignora.
Cerrando los ojos por un ins tante en un ges to de res ignada aceptación, una que llevaba culvando des de que, a los diez años , dejó de
parecerle “guay” y “diverdo”, Eyén comenzó a brillar con una luz dorada bas tante potente. Su compañero miró hacia otro lado para no
des lumbrars e. Cuando la luz des pareció, en lugar de un hombre atracvo ves do con un elegante traje blanco había uno ataviado con pañales , un
arco al hombro y un carcaj cruzándole la es palda. Sus mus culados abdominales , que venían de s erie en lo de s er un ángel, quedaban ridículos
s obres aliendo de un pañal de es os blancos de recién nacido. Y s us alas , de plumas níveas pero tan pequeñas que no podría volar con ellas ,
acababan de completar el as pecto del pico dis fraz que s e ponía un chico cuando había perdido una apues ta. Pero es to era peor porque Eyén era
un cupido. No importaba que cuando llegó a la prepubertad hubiera decidido que no quería s erlo, que cualquier cos a s ería mejor que lucir con
es e as pecto.

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“Un cupido para cada mortal. Cuando nace un niño humano, nace un cupido. Son uña y carne. Protector y protegido. Su guardián encargado
de hacer que s e enamore y viva feliz”.
Las palabras de s u madre, que le cantaba en forma de nana cuando era un bebé y lo acunaba en s us brazos , volvieron como un recuerdo a
s us oídos ; pero no uno dulce, pues es ta vez adoptaron un s ons onete de burla. Porque él s abía lo que era s u madre.
—La veo, Diofanor —le dijo a s u amigo ahora que s us s endos afinados por s u as pecto real le permian mirar dentro de la cas a donde
ella es taba, des es perada y amargada, diciéndos e una y otra vez que s olo eran unos años malos , que cuando los niños crecieran todo volvería a
es tar bien.
—¿Y tú s abes que debería es tar dis frutando de ellos , no? —s e refirió a s us pequeños .
Diofanor había cambiado también s u traje por los pañales y miraba a la mis ma mujer que s u hermano menor.
—Sí.
—Te toca, Eyén. Tienes que bajar a la Tierra y lanzarle otra flecha, una que de verdad la haga feliz.
—¿Y el motero?
—¿El motero? —Diofanor apretó los labios como s i es o fuera un problema—. Bueno, s i me neces itas por aquí es toy.
Diofanor podía permirs e decirle es o. Y cumplirlo. Al fin y al cabo, s u protegida apenas requería de s u empo ya que era una actriz famos a
que iba de affair en affair, cada uno más apas ionado y que le reportaba más fama y dinero. Algo que s u cupido s e limitaba a obs ervar des de
arriba, ya que aún no había llegado el momento de que la mujer replanteara s u vida a caus a de una flecha de amor. Eyén, que conocía de s obras
todo el tiempo libre del que s u único hermano dis ponía, s e encogió de hombros .
—Gracias . —Es bozó una s onris a.
—Para es o es toy.
En medio de un es tallido de luz dorada, Diofanor s e volvió a cubrir con s u traje.
—Bueno, pues es toy lis to —le dijo Eyén, no muy convencido.
—Ánimo, tú puedes .
Y de un empujón lo tiró fuera de la nube, hacia abajo, hacia el lejano mundo humano.
Eyén agitó s us alas , demas iado pequeñas para volar, en un intento de frenar s u caída.
Diofanor lo vio precipitars e hacia el s uelo con una s onris a preocupada en s us labios . El nombre de s u hermano s ignificaba protector, s e lo
había pues to s u padre porque era el que más potencial tenía de ambos y, s in embargo, lo des perdiciaba porque no es taba a gus to s iendo un
cupido. Se s uponía que era él el que, de los dos , podría s eguir los pas os de s u padre y as cender a guardián, hacers e inmortal, crecerle las alas y
ocupar para s iempre un lugar en la Corte Celes al. Pero no… a es te pas o s e iba a ganar el honor Diofanor (lo cual no le dis gus taba en abs oluto) y
s u hermano pequeño corría el ries go de s er condenado al Cas go. El ángel, mientras obs ervaba cómo Eyén impactaba contra el s uelo de un
parque, s e incrus taba varios metros en la erra y luego s e levantaba como s i nada, des eó que ojalá es te fuera capaz de tomar la decis ión
correcta.
*****
CAPÍTULO DOS
Mientras los dos ángeles cus todios hablaban s obre ella, Daniela, ignorante de tal atención, connuaba con s u agobiante y atareada vida
de madre afincada en Zaragoza, con dos niños pequeños y un marido camionero.
Con un poco de magia, una diferente a la que Eyén podía hacer pero que yo s í controlaba, os adentraré en el fas cinante mundo que hay
dentro de s u cerebro. Y s í, lo de fas cinante es una broma tan grande como el tamaño de las alas de s u cupido.
¡Bienvenidos pues a la vida de Daniela! Y, para todos los que quieran conocer mi nombre, os aclararé que los s ecretos del Cielo y del
Infierno no s e dan tan fácilmente. Más bien, como cas i todo lo que de verdad merece la pena, hay que ganárs elos .
(Ah, y que nadie piens e que Eyén s e hizo daño en s u caída o que alguien pudo verlo. Porque un cupido con s u forma de ángel s olo puede
s er vis to por quien él des ee y s olo puede s ufrir daño s i s e lo hace otra criatura no terrenal).
Entonces , como decía, ¡bienvenidos , en primerís ima pers ona, al fas cinante, atrayente, hechicero, s uges tivo y s eductor cerebro de Daniela!
Once de la mañana, un niño en el colegio y el otro en el carro… hora de mis diez minutos de des ahogo del día. Sin parar de empujar el
carrito s aqué el móvil del bols o y marqué el número de Ana. Des de que era madre a empo completo me encantaba cómo mis amigas s e
quejaban de no tener empo de nada. Por ejemplo, Ana, quién cuando s alía del trabajo a las cinco primero merendaba, luego iba al gimnas io,
veía la tele y… ¡ops ! ya s e le había es capado la tarde. Al pens ar es o me di cuenta, una vez más , de que me es taba convirendo en una res enda.
Res piré hondo y decidí que era mejor no pens ar en la atareada vida de Ana durante s u des cans o para el almuerzo, pues para un rato que yo
tenía de charla femenina (aunque fuera a través del móvil) prefería que fuera algo jugos o. O por lo menos más jugos o que recordar que yo no s olía
comer ni s entada ni s in niños aferrados a las piernas , como s eguramente es taría haciéndolo ella en es os momentos , en la coqueta cafetería que
había a poca dis tancia de s u trabajo.
—¡Hola! —Me cogió el teléfono cortando mi s oliloquio mental—. ¿Qué tal es tás hoy?
—Bien, ¿y tú? ¿Sabes ya con quien vas a ir a la boda?
Yo es taba cans ada pes e a que todavía era por la mañana pues el que los peques me des pertaran una media de diez veces cada noche
dejaba s us huellas . Por es o, miré con nos talgia las s illas de una terraza por delante de la cual es tábamos pas ando; pero s i me s entaba Dani
empezaría a llorar, s eguro.
—No. —Su voz s onó tan pícara que me pareció verla jugando con s u pelo rizado, un c que tenía des de niña cuando planeaba algo pervers o
—. Pero tengo una idea.
—¿Ir s ola o con tu hermana? —Pus e voz a mis pens amientos .
—No. ¿Es tás loca? —Se horrorizó—. Eva la cool me invita a s u boda cuando no nos vemos des de que acabó el ins tuto y yo voy a ir s ola o,
¡peor aún!, con mi hermana… Tú-es -tás -lo-ca —s ilabeó cada palabra con incredulidad.
«El ins tituto… —pens é yo—, es o eran… ¿cuánto?, ¿Trece o catorce años ? Dios cómo pas a el tiempo».
—Perdona, no es que es té loca —le contes té—, tan s olo es el no poder ni lavarme la cara tranquila. Ya s abes , vigilar que Luis no le haga
daño al tato decidiendo que uno de s us cochecitos encajaría genial en s u cabeza y es as cos as .
Luis , de tres años , era mi primer hijo y s u hermano Dani, de quince mes es , la fuente de todos s us celos .
—Sí, claro. Cómo os quejáis las madres . Encima de que te pas as el día en cas a, en vez de currando como yo.
—Dejemos el tema, ¿vale? —le contes té con acritud mientras pens aba que qué más quis iera yo que es tar currando como ella— Anda,
mujer, dime con quién vas a ir.
—Pues ya que tú no vas , con es a excus a tan grande que enes de “mi marido trabaja en s ábado y no tengo con quien dejar a los niños ”; es
decir, traducción, “yo —remarcó— ya tengo niños y tú no: chúpate es a, Ana”… pues es o, que como me dejas s ola tengo que tomar medidas
drás ticas .
—Que te dejo s ola… —ironicé—. Pues nada, s iempre puedes decir que te quedas conmigo a ayudarme a bañarlos y dormirlos .
—Sí, claaaro y que piens e que s oy una canguro. En fin, que voy a ir en plan cita a ciegas .
—¿Qué? —Elevé más de la cuenta la voz y Dani emitió un ruidito de curios idad; le dejé s u s onajero y s eguí hablando—. ¿Qué has dicho?
—Mi prima me va a pres entar a un amigo s uyo que es médico y s ingle. Pero vamos a hacer como que s omos novios , vamos , que llevamos
s aliendo más veces . As í no quedaré tan patética por haber cumplido los treinta y s eguir a dos velas .
—Ejem —carras peé—, no eres patética, tienes un buen trabajo y no neces itas demos trarle nada a es a arpía.
—¡Oh, s í!, s í lo neces ito. Con que me mirara por encima del hombro en el ins tuto en plan “mira qué guay s oy y con qué chicos voy y tú no”
ya tuve bas tante, gracias .
—Sabes que hemos crecido, ¿no? —me atreví a preguntarle en voz muy bajita.
—Sí, tres cenmetros en barriga y dos en pis toleras . Anda, mejor te dejo que s e acaba mi rato del almuerzo. A ver s i puedo pas arme
mañana un poquito a ver a tus niños . Pero es o s í, dile a Luis que la araña cos quillera es tá de vacaciones .
—Vale. —Sonreí para mí—. Cuídate, bonita.
—Y tú también.
«Y yo también… —pens é—. Si mi marido no tuviera unos horarios tan malos ya lo creo que me cuidaría. Empezando por un mas aje para los
dolores de es palda. Levantar diez kilos de bebé mayorcito con un brazo y quince de nene con el otro no es precis amente terapéuco. Y luego, ¡s í!
—me permití s oñar—, luego la peluquería».
*****
CAPÍTULO TRES

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Mientras tanto, mientras el ángel cus todio de Daniela s e raba de la nube, había una des pampanante morena bajo erra, en es o que los
mortales llamaban el Infierno. La morena, cuyo nombre era Deyanira, es taba apretando s us labios en una mueca de des agrado que no hacía más
que res altar que eran perfectos , ters os y rojos . Una de es as bocas tan carnales que parecían es tar hechas , más que para s er bes adas , para jadear,
morder y chupar en todo tipo de pos turas pecaminos as .
A Deyanira no le gus taba nada lo que es e tonto de Eyén es taba haciendo. Los cupidos no es taban hechos para enamorars e de s us
mortales . Mucho menos para retar las leyes celes tiales . Por s uerte para él, tenía a s u demonio particular para ayudarle a volver al buen camino.
Deyanira s e mordis queó uno de s us dedos , pens ava. Un ges to tan s ens ual y hecho de puro des eo como ella mis ma. De hecho, cuando los
hombres la veían hacerlo, no podían evitar quedars e anonadados mirándola mientras en s u mente intercambiaban el índice de la diables a por
uno de s us miembros . El más grande (en la mayoría de los cas os ) y el que cuando Deyanira es taba cerca s olía hacer las funciones de s egundo
cerebro.
Pero allí, en medio de las lenguas de fuego de los jardines infernales donde la morena es taba tomando el s ol (o como quiera que s e
llamara es a bola de fuego que ardía en lo alto, pegada a la lejanía del techo de la caverna que había s obre s u cabeza), no había ningún mortal
para enamorars e de ella.
Una pena… confundir a humanos era diverdo. Pero todavía lo s ería más cuando es e imbécil de Eyén cayera bajo s us s uaves , delicadas ,
habilidos as y de uñas pintadas de rojo, garras .
Sonriendo, acabó de tomar una decis ión y s e marchó en medio de un s onoro “pluf ”. No s e trató de un “pluf ” cualquiera, s ino de un s onido
de s ucción que no fue más que el indicavo de que la diables a acababa de des aparecer del Infierno y que el aire a más de 800 grados que allí
había s e apres uraba a ocupar el s io que es ta acababa de dejar vacante. Porque s e acababa de ir. A la Tierra. Dis pues ta a jugar s ucio con el
angelito cupido que había fichado como padre de s us hijos . Todo ello en medio de un olor a azufre que dejaría a los huevos podridos a la altura
del betún.
Porque es a era ella, Deyanira, una de las diables as más influyentes de la corte infernal y todo glamour.
*****
CAPÍTULO CUATRO
Mientras Daniela acababa s u mañana de pas ear a los niños , comprar, limpiar y cocinar, Eyén comenzó a movers e por la ciudad. Lo primero
de todo, s e había dirigido a la oficina de Correos principal. Algo que podría parecer una tontería pero que no lo era ya que en todas las urbes
humanas había una oficina de es as y era allí donde los ángeles tenían a uno de los s uyos que s e encargaba precis amente de dar cas a e
idendad a los cupidos . A veces inclus o les daba un trabajo de verdad pero lo normal, como en el cas o de Eyén, era que s e limitara a pas arles
unas hojas con s u s upues to trabajo, s u s upues ta vida, un DNI fals o y una tarjeta de crédito as ociada a una cuenta a donde iba a parar s u
s upues to s ueldo y s us s upues tos ahorros de toda una vida. Demas iados s upues tos , lo s é. Pero era y s igue s iendo lo normal. Al fin y al cabo, un
ángel cus todio no puede hacer bien s u trabajo s in una infraes tructura decente. Por es o, mientras Daniela connuaba con s u monótona vida, Eyén
des cubría que era un informáco con un s ueldo mileuris ta y que trabajaba en una oficina bas tante céntrica cuyo aire acondicionado es taba tan
fuerte que la mitad de los empleados llegaban a s u cas a medio acatarrados . Por s uerte para la imaginaria vida de Eyén, es te tenía una s alud de
hierro y ni el aire más glacial podía con él. Además , le gus taba mucho hacer deporte (había que jus ficar es os abdominales y es os bíceps que
venían de s erie en todos los ángeles ) y era un experto en perros . Es to úlmo no tenía nada que ver con los gus tos reales del cupido; pero el
encargado de la oficina s e había dado cuenta de que los humanos s e diferenciaban entre los que adoraban a los gatos y los que preferían a los
perros , y había decidido que Eyén s ería de los s egundos . Por s uerte para Daniela, porque ella, des de que de pequeña un gato intentó arañarle en
el ojo, no les tenía demas iado aprecio. Y hablando de Daniela… demos otro pas eo por s us fas cinantes pens amientos …
(Y no, yo no trabajo en una oficina de Correos , por s i os lo es táis preguntando).
—¿Qué tal el día, cariño? —me preguntó mi marido tras s aludarme con un bes o en la mejilla.
—Ahora que has llegado, mejor. Los peques es tán en s us tronas lis tos para cenar. As í que ya s abes lo que te toca.
—¿Dárs ela a Luis ?
—Sí.
—Dame un s egundo que voy al baño.
—Bien. —Me dirigí a la cocina a calentar las cenas en el microondas—. Por cierto —elevé la voz para que me oyera—, ¿cuántos días libras
has ta que vuelvas a coger el camión?
—Tres .
—Genial, pues mañana me tomo la mañana libre s i no te importa.
—Claro —Se dirigió a la cocina y cogió los bebedores de los niños—. ¿Alguna novedad?
—¿Aparte de que Ana s e ha vuelto loca?
—Es o no es una novedad por lo que me s ueles contar. —Es bozó una s onris a, una que le iluminó es os ojos s uyos tan bonitos
—Bueno, pues ahora más . Pretende hacer pas ar a un des conocido por s u novio. —Saqué del micro la cena de Luis y s e la tendí.
—Me lo cuentas luego s i hay tiempo. Voy a encargarme del nene.
—Un s egundo —le pedí y él me miró interrogante a medio camino de la puerta de la cocina—, aún no me has dicho cuánto empo tú y el
camión vais a es tar fuera es ta vez.
—Doce días .
—¡Aggg! —Me s alió del alma—. Ya s é que neces itamos el dinero pero, ¿tanto empo?, ¿no puedes quedarte algún día más en cas a antes
de irte?
—Ya s abes que s i pudiera lo haría. —Rehuyó mi mirada—. Es cucha, ya hablaremos cuando duerman los niños .
—Es decir, nunca —ironicé contrariada al cuello de mi camis a.
No me oyó. Ni falta que hacía. Cuando los niños es tuvieran dormidos , yo es taría encadenada a la cama porque Dani, que todavía tetaba, s e
dormía al pecho y s i me levantaba s e enteraría y s e echaría a llorar. No es que me quejara, no… ¡pero quién me mandaría tener niños con un
marido camionero!
*****
CAPÍTULO CINCO
Ahora era Diofanor el único que miraba des de la nube que tanto le gus taba a s u hermano. Es te llevaba varias s emanas s obre la faz de la
Tierra, en una vida humana que no era la s uya pero que había adoptado para acercars e mejor a Daniela. Es o era algo de lo bueno de s er un ángel
cus todio, que podías ocultar tus alas , bajar allí abajo y tener una vida fingida. Lo malo era que es e cuento s obre tus s upues tos años viviendo
como humano no s e implantaba en el cerebro de nadie. Por es o la protegida de Eyén todavía no s abía que es e des conocido con el que a veces s e
cruzaba cuando iba a comprar el pan era s u cupido.
Des de arriba, Diofanor obs ervaba s us intentos de bus carle un buen pardo a Daniela. Pero no era tan fácil. No bas taba con elegir un
hombre que mereciera la pena y lanzar una flecha a los dos corazoncitos , el de ella y el de él. No… Su protegida primero tenía que des earlo, tenía
que querer s alir de es e es tado de runa y de agobio impos ible que era s u día a día. Ser capaz de ver que ella tenía una vida que, a veces , debía
poner por delante de las de s us hijos ; no s olo por ella s ino para que los pequeños vieran que no s e les iban a dar todos los caprichos . Tenía que
dars e cuenta de que s u matrimonio no era lo que ella es peraba. Y, s obre todo, tenía que plantars e y decidir. Elegir. Ser capaz de mirar a los ojos a
la vida y decir qué es lo que es peraba de ella. Y entonces , s i s u marido es taba en la ecuación, hablar con él s eriamente para cambiar las cos as .
Es e era otro de los comedos de Eyén, relanzar la flecha al matrimonio s i as í creía que Daniela s ería más feliz. Por es o s u hermano s e cruzaba de
vez en cuando con s u protegida, que ni s iquiera reparaba en él porque s olo tenía ojos para s us niños . Eyén la obs ervaba del único modo que
podía ahora que había ocultado s us alas : como otro s er humano más . Ya que una vez que las volviera a s acar es taría obligado a dis parar s us
flechas y volver al Cielo.
Qué s encillo s ería todo es to s i no es tuvieran ellas . Ellas … La contraparda os cura de los ángeles cupidos , las que echaban a perder las
flechas que es tos dis paraban.
Porque ellas , es as s eductoras impuras , tenían unas s aetas capaces de hacer que un hombre perdiera la cabeza por cualquier par de
piernas largas que s e pus iera en s u camino. Y el marido de Daniela no era inmune.
Diofanor había des cubierto demas iado tarde lo de Pedro; s i no, le habría acons ejado a Eyén que no le lanzara la fecha a s u protegida.
Imaginaba que es e era uno de los movos principales de s u hermano para bus carle otra pareja a Daniela, s u plan alternavo por s i ella decidía
no perdonar a s u es pos o cuando por fin s e diera cuenta de que le era infiel.
Sin embargo, el cupido que vigilaba des de la nube no es taba convencido de que de verdad Eyén fuera a cumplir es e plan alternavo. Pues ,
por des gracia, Diofanor tenía una duda, una que no había logrado quitars e ni con más de veincuatro horas s eguidas de contemplación divina. Y
era que s os pechaba que a s u hermano, pes e a s u gran potencial, no le gus taba s u trabajo y pudiera hacer alguna locura. En momentos como es e,
el cupido echaba de menos la guía de s u padre. Pues s u progenitor había as cendido a guardián hacía unos pocos años y es o limitaba mucho el
contacto que podía tener con s us hijos . En las filas de la luz, s i as cendías , tenías que acos tumbrarte a dejar a tus familiares y amigos atrás , ya que
las normas eran claras y prohibían un contacto no autorizado entre dis ntas razas de ángeles . Diofanor y Eyén, como todos los cupidos , tenían un
guardián y un vigilante as ignados . El guardián era el que s e encargaba de ejercer de policía en cas o neces ario y los jueces no s olían permir que
es te tuviera el comedo de cas gar o premiar a s us propios hijos o nietos . Por es o, porque s u padre no era s u s uperior directo, Diofanor no podía
acudir a él para intentar pedirle que le ayudara a lograr que s u hermano no pecara, no s e des viara del camino res ervado a un cupido. As í pues , ya
que s abía que no podía es perar ningún po de favor de s u guardián, al igual que es taba s eguro de que s u padre no iba a recibirle (es taba
prohibido), Diofanor s e s ena s olo. Solo ante una duda que llevaba varios años s embrada en s u corazón, una que acababa de germinar y crecer
con la bajada de Eyén a la Tierra. Pues era ahora cuando des cubriría s i le había elegido un mal marido a Daniela tan s olo para que a es ta s e le
rompiera el corazón cuando lo des cubriera, dejara a Pedro y, entonces , Eyén pudiera convertirs e en s u s alvador y ofrecerle cons uelo.
Porque s u hermano ya le había confirmado que s e había enamorado de ella.
Aunque debería hacerlo, el ángel no pens aba comparr es os miedos con nadie. Eyén era s u hermano pequeño. Por lo menos , le debía la
oportunidad de equivocars e antes de condenarlo y mandarlo directo al Cas tigo eterno.
BOLETÍN OFICIAL ANGELICAL
AÑO 2016 DESPUÉS DE CRISTO – NÚMERO 356.889
SUMARIO
III. Otras dis pos iciones y acuerdos
Departamento de Vigilancia s obre cupidos y guardianes
ORDEN de 31 de agos to de 2014, del Cons ejo de Aguaciles , por la que s e modifica la Ley Divina número cuatro-A.
ORDEN de 31 de agos to de 2014, del Cons ejo de Aguaciles , por la que s e aclara el punto 67-c del Reglamento de guardianes .
Departamento de Saturno
ORDEN de 31 de agos to de 2014, del Cons ejero de Saturno, por la que s e aprueba el pres upues to compardo para crear un nuevo res ort de
lujo.
III. Otras dis pos iciones y acuerdos
Departamento de Vigilancia s obre cupidos y guardianes
ORDEN de 31 de agos to de 2014, del Cons ejo de Aguaciles , por la que s e modifica la Ley Divina número cuatro-A.
Mediante la Ley Divina número cuatro-A, s e es tableció la conducta apropiada en cupidos y guardianes , as í como las vías de promoción a
guardián y los cas tigos de degradación de rango.
De conformidad con la modificación 17, tratada en el Cons ejo de Aguaciles el pas ado 15 de julio, s e modifica el párrafo cincuenta y ocho de
la Ley Divina número cuatro-A. Donde decía dos años ahora dice tres :
Los cupidos, una vez que han lanzado su flecha a su protegido, deberán volver al Cielo durante un mínimo de tres años. Así, se garanza el libre albedrío
humano, quedando la flecha como una sugerencia del corazón pero nunca como un mandato impuesto. Durante ese empo, el cupido debe permanecer un mínimo
de una hora diaria en la zona de observación de nubes, para documentarse sobre los progresos de su protegido.
El movo de es ta modificación han s ido los numeros os informes de guardianes y vigilantes que reportan un aumento del 318% en el
número de cupidos que, en vez de permanecer en el Cielo, bajan a la Tierra pas ado dicho periodo de empo, interfiriendo con los des nos de s us
protegidos más de lo que s e cons idera neces ario.
La felicidad del protegido connúa s iendo la prioridad principal y primera ley del cupido pero, una vez que es te ha dis parado s u flecha, en
es os tres años deberá pas ar al menos un cincuenta por ciento de s u empo realizando tareas burocrácas o contemplación divina. Sigue vigente
la excepción del periodo de cría en Saturno.
Departamento de Vigilancia s obre cupidos y guardianes
ORDEN de 31 de agos to de 2014, del Cons ejo de Aguaciles , por la que s e aclara el punto 67-c del Reglamento de guardianes .
En el Reglamento de guardianes , en el punto 67, s e tratan los criterios con los que los guardianes deben puntuar el buen comportamiento
de s us cupidos as ignados . En el punto 67-c s e comunica:
Los cupidos deben mantenerse fieles a su naturaleza angelical, sin dejarse corromper por las costumbres humanas. Por ello, no deben implicarse
demasiado en los asuntos de la Tierra. Se consideran indicadores objetivos de dicha implicación:
1.- Estar más de cinco horas diarias en la zona de nubes.
2.- Bajar a la Tierra nada más acabado el periodo de carencia tras el lanzamiento de una flecha. Al menos se deberá esperar un día.
3.- Lanzar más de cinco flechas a su protegido.
Mediante es ta orden de 31 de agos to de 2014, s e añade a dicho punto 67-c la s iguiente aclaración s obre el indicador objetivo número 3:
Lanzar un número elevado de flechas implica un deseo no natural de experimentar la vida en la Tierra. Por ello, para una vida humana media de ochenta
años, cinco flechas son un claro indicador de una conducta por parte del cupido no adecuada, una que se reportará de inmediato para mandar al cupido a cumplir
servicios a la comunidad según el anexo 48 del presente Reglamento. No se descartará tampoco un mayor número de horas diarias de contemplación divina, para
que la imagen del Señor limpie su alma.
Departamento de Saturno
ORDEN de 31 de agos to de 2014, del Cons ejero de Saturno, por la que s e aprueba el pres upues to compardo para crear un nuevo res ort de
lujo.
Según el acuerdo número 56 es tablecido en la tregua 14-a con el Infierno, cuando las ins talaciones en el planeta de cría s e queden
pequeñas , s e realizará un aporte económico para s u ampliación.
As í pues , el Cons ejero de Saturno aprueba la parda económica detallada en los anexos I y II de la pres ente orden. Las ins talaciones del
res ort es tán definidas en el anexo III y la parcipación del archidemonio de finanzas , con s us aportaciones económicas y en mano de obra, s e
detalla en el anexo IV.
*****
CAPÍTULO SEIS
¿Daniela una cornuda? ¿Su marido el camionero poniéndole los cuernos ?
¡Pero quién lo iba a imaginar!
Des de luego, ella no. Demas iado inocente y confiada. Es o que s u ángel cus todio llevaba años obs ervándolo des de arriba y no s e había
decidido a intervenir has ta ahora. Yo, por s upues to, lo s upe des de el momento en el que s e cas aron y él le pres tó más atención a la chica del
s tripteas e de la des pedida de s oltero que a s u mujer ataviada con s u blanco, precios o y recatado ves tido de novia.
¿Qué quién s oy yo para s aber es as cos as ?
Alguien que las s abe.
Juzgarlos , es o no puedo. Pero conocer s u alma, s us más ínmos pens amientos y además hacerlo con decenas de miles de humanos a la
vez, s í.
Por s upues to, no os hagáis ilus iones porque no voy a deciros quién s oy. No todavía. Pero s í que os dejaré con un poco más de es a
telenovela tan agobiante e ins uls a… eh… fas cinante, quería decir fas cinante, que es la mente de Daniela.
Es taba con Ana en s u s alón, cenando. Habían pas ado las fadicas dos s emanas de s ocorro-tengo-dos -hijos -y-es toy-s ola (es lo que pas aba
cuando tus padres y hermano vivían en otra ciudad) y, en medio de los cuatro días de des cans o que s e tomaba es ta vez mi marido, había
aprovechado para es caparme a cas a de Ana. Yo habría preferido un res taurante, por aquello de ver mundo (el parque infanl y las cuatro paredes
del Sabeco no contaban) pero Ana decía que s u s ueldo daba para cena o copas , no para las dos cos as . As í que cuando yo volviera a cas a ella s e
iría de bares con unas amigas . Bares … ¡anda que no hacía años que yo no pis aba uno! Bueno, en realidad cuatro, des de que tuve a Luis . Y me iría
encantada con ella, pero s i tardaba horas en aparecer por cas a podría encontrarme a mi marido as omado a la ventana y reflexionando s obre las
bondades de la defenes tración mientras el bebé no-quiero-bibe-a-mí-dame-teta ens ayaba para entrar en un coro de gatos (es que mi vecina
tenía tres y cada vez que Dani lloraba, s obre todo s i era de noche, parecía que s e entendieran).
En fin, como s iempre me decía a mí mis ma, céntrate Daniela, bonita, que es to pas ará cuando, en vez de tres y uno, tengan s eis y cuatro
añitos . Y ahora… ahora a dis frutar de mi cena s in niños . Sin s obres altos . Sin temer que s i dejo de es tar atenta a todo por un s egundo s e me va a
accidentar un hijo.
—… fataaaaal —acabó Ana s u larga fras e y me miró como es perando una res pues ta.
«¡Ops !, me ha pillado… —pens é—. A ver, céntrate bonita. Y pens ar que no tenía jamás que hacerlo en es a vida ya tan lejana del a. L. (antes
de Luis )… ¡Céntrate! Ana te es taba contando lo de la boda de Eva, donde conoció a s u cita y era “guapíííííís imo” y tenía una voz taaan s exy.
(Céntrate, leñe; prohibido reírs e ante la cara de boba que había pues to al deciiiirlo). Es to… y te decía que todo era genial, tú te tragabas el rollo
de todo lo que hablaron (¿para qué neces itaré s aber yo que el tal Juan ene dos muelas empas tadas y us a colonia Hugo Bos s ?) y todo iba bien,
tan bien que has ta habían tenido un breve pero apas ionado es carceo en una es quina os cura de los jardines del res taurante. Y es entonces
cuando cometes el imperdonable error (des de el punto de vis ta de Ana, claro) de abs traerte pens ando en tus niños . Me da igual. No enendo
nada. ¡Pues s i todo iba bien por qué narices me mira ahora con expres ión de perra apaleada?».
—Es to… —intenté es currir el bulto— ¿por qué no me dices cómo te s ientes ?
Es o cas i nunca fallaba.
Ana me miró como s i s e enfadara.
—¡Pero s i te acabo de decir que fatal!
Lo dicho: cas i nunca fallaba.
—Ya… me refería más en detalle.
—Joder, Daniela, que a veces parece que no me es cuches . ¿Pues no te digo que cuando s e enteró que lo de aparentar noviazgo era para
fas tidiar a es a pres untuos a s e lo tomó muy a mal?
«¿Me es tá mirando con s us picacia o me lo parece? —no pude evitar pens ar—. Porque como Ana s e entere de que es taba en Babia ante lo
que debe s er la gran revelación de s u gran noche… me mata».
—Bueno, pero ya lo s abía, ¿no?
—¡Es o creía yo! Pero s e ve que mi prima olvidó decírs elo —aclaró ante mi mirada des concertada—. Y cuando le agradecí s u ayuda para
hacer s udar de envidia a es a arpía, él va y me pide que s e lo repita. Lo hago y s e larga. As í, tal cual. —Es cenificó con las manos—. Va y s e larga. As í
que, ¿cómo cojones quieres que me s ienta?
—Es os tacos , Ana…
—Oye, chatita, que yo no tengo niños . Y ahora al grano, ¿tú qué habrías hecho?
—Bueno, pues s upongo que nunca habría entrado en s emejante s ituación pero —recfiqué rápidamente ante s u mirada cada vez más
peligros a y s u manera de as es inar el s olomillo con el cuchillo— de haberlo hecho s eguramente me habría quedado tan de piedra como tú.
—¡Hombres ! Son unos gros eros .
Me apres uré a emir unos ruiditos s olidarios mientras tomaba un s orbo de vino. Supongo que no le apetecería oír que habers e ido decía
bas tante a favor de él. Al menos , era lo que yo habría hecho s i fues e un o y lo que parecía s er una cita a ciegas con una chica s impáca s e
trans formara en una es pecie de culebrón s in pies ni cabeza, uno donde la protagonis ta s ufría un cas o de infanlis mo agudo. En fin, a lo que
íbamos :
—Si es que enes una mala s uerte con los hombres … —s olidaricé pues es lo que s eguro que es peraba de mí. ¿Debería hurgar más en la
herida recordándole lo del novio traves ti?
—Y que lo digas … —Se llevó a la boca un pedacito del mas acrado s olomillo—. Oye, ¿y tú por qué tienes tanta s uerte?
—¿Eh?
«Nota mental —pens é—. Si yo también le pego es tos cambios de tema a mi marido, no me extraña nada de que s e queje de que conmigo
es difícil mantener una convers ación coherente».
—Sí, mírate. —Señaló mi plato—. Te es tás poniendo morada de patatas y allí es tás , tan feliz en tu talla 38.
—Déjalo anda… ya s abes que es por el pecho. Que el bebé come mucho.
—Es o, encima recuérdame que tienes hombre y niños .
—Ana…
«Hum… fas e depres ivo-agres iva —pens é—. ¿Sería el momento de irme a cas a aunque aún me quedara hora y media? En todo cas o, para
haberla pues to as í el tal Juan debía de haberle gus tado bas tante antes de s u huida».
—Aunque tampoco te me pavonees , que el otro día, mientras me preparabas el café cuando te fui a ver a cas a, ojeé el libro de s upernany
que tenías s obre la mes a y leí aquello de que dormir con el bebé en la mis ma cama es el mejor método anticonceptivo que hay.
—Muy gracios a, Ana. En fin, s iento mucho que s e fuera tu cita pero…
—¿Fuera? —me interrumpió indignada—, hizo más que es o. ¡Me decepcionó y me dejó rada! Ya no es s olo que fuera médico, es tuviera
bueno y conectáramos , ¡es que Eva me lanzó luego una mirada s arcás tica de es as de “te pillé” y cas i me muero!
—Bueno bonita, creo que mejor s erá que en vez de tomar pos tre vayamos fuera a tomar una copa. Invito

Puro glamour – Amaya Felices 

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