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¿Que haría sin ti? – Sophie Saint Rose

¿Que haría sin ti? – Sophie Saint Rose

¿Que haría sin ti? – Sophie Saint Rose

Descargar ¿Que haría sin ti? En PDF tortura.
—Por favor, firme en la pantalla.
—dijo volviéndose para meter su
compra en las bolsas.
Con la bolsa de papel en la mano
sonrió a su amigo Marcos, que entraba
en ese momento en la tienda empujando
un montón de carritos.
—Descanso en cinco minutos,
chica de ojos azules. — dijo él
guiñándole el ojo.
—Vete preparando el café.
Se volvió con una sonrisa a la
mujer para comprobar que hubiera
firmado—Que tenga un buen día.
—Gracias. — dijo cogiendo sus
bolsas.
Otra mujer esperaba a la cola y
empezó a atenderla, cuando vio que
entraba un hombre en el supermercado
con un traje negro y una impecable
camisa blanca. Debía estar asándose.
Distraída pasó las cosas de la mujer por
el lector de códigos, viéndole ir hacia la
parte de atrás. Debía ser uno de los
contables del supermercado. Le habían
dicho que se iba a hacer inventario,
porque se habían encontrado
irregularidades en los pedidos.
Cuando llegó su descanso, la
sustituyó una compañera y salió del
edificio por la puerta de empleados que
daba al callejón. Allí estaba Marcos
sentado sobre unas cajas, pero en lugar
de café, a su lado tenía unos refrescos
de cola.
— ¿Y mi café?
—Hace demasiado calor. —
respondió su amigo del colegio
mirándola con sus ojos castaños. Se
quitó la gorra mostrando su pelo moreno
totalmente empapado —No sé cómo
soportas esa melena metida ahí dentro.
Riendo se quitó la gorra dejando
caer sus espesos rizos hasta mitad de la
espalda —Es la costumbre. — se sentó
a su lado cogiendo una de las latas y
abriéndola mirando la nueva pintada que
habían hecho en la pared de enfrente —
Te ha salido muy bien.
—Gracias.
—Un día te vas a quedar sin curro
cuando se les ocurra mirar las imágenes
de las videocámaras.
—Si no me han echado ya, no lo
creo.
—Por cierto, tengo que pintar mi
casa. — Marcos gimió— Vamos, no es
para tanto. Con tu talento lo harás
enseguida.
— ¡La última vez me hiciste pintar
toda la casa de blanco!
—Limpio y luminoso. Y barato.
—Tampoco es tanta la diferencia.
Tengo un colega que…
La puerta de empleados se abrió y
su gerente salió con el hombre del traje
negro. La miró muy serio e Ivonne se
tensó.
—Ah, estás aquí. Te estaba
buscando. — dijo el hombre
acercándose a ella.
— ¿Ocurre algo, señor Peters? —
preguntó levantándose mirando de reojo
al hombre que la observaba fijamente.
—No. Al parecer te busca este
hombre. Bueno, les dejo solos. Si
necesitas más tiempo de descanso, no te
preocupes.
Su gerente entró en el edificio sin
mirar atrás e Ivonne se volvió hacia el
hombre. Debía tener unos cincuenta, con
algunas canas en sus sienes morenas.
Seguía sin sudar, algo realmente
increíble con cuarenta y tres grados a la
sombra.
El tipo observaba a Marcos, pero
como no se dio por aludido al final dijo
—Señorita Martin, ¿podríamos hablar
solos en algún sitio?
Se volvió sorprendida hacia
Marcos que entrecerró los ojos.
—Si es por mi amigo, no se
preocupe. Se lo contaré después. — se
encogió de hombros sin darle
importancia.
El hombre asintió y extendió la
mano —Soy Raymond Welles, el
abogado de su padre.
Confundida miró a Marcos que se
acercó a ella queriendo enterarse de lo
que pasaba.
— ¿El abogado de mi padre? No
tenía conocimiento de que mi padre
tuviera abogado. ¿Está seguro que
quiere hablar conmigo?
— ¿Es usted Ivonne Martin?
¿Tiene veinticinco años y su fecha de
nacimiento es el seis de mayo?
—Sí, esa soy yo, pero…
—He venido desde Australia para
comunicarle la triste noticia de que su
padre ha fallecido hace cinco días.
A Ivonne se le paralizó el corazón,
pero aun así dijo atónita— Tiene que
haber un error, mi padre está sano y
salvo. He hablado con él esta mañana y
se iba al trabajo.
El hombre la miró sin comprender.
Metió una mano en el bolsillo interior
de su traje y miró un sobre— Disculpe
señorita, pero no hay error. Usted es hija
de John Martin, nacida en Landor hace
veinticinco años.
—Sí, sí. Nací en Australia cuando
mis padres trabajaban allí, pero no soy
hija de ese John sino de James Martin.
Creo que hay un error…
El hombre negó con la cabeza—

¿Que haría sin ti? – Sophie Saint Rose

No, señorita. James Martin no es su
padre natural. Su padre es John Martin y
le ha dejado una herencia muy
sustanciosa.
Ivonne le miró con la boca abierta
durante unos segundos. Durante ese
tiempo el hombre le tendió el sobre. Un
codazo de Marcos la hizo reaccionar
negando con las manos —No, escuche.
Soy hija de James Martin, tiene que
haber un error. Seguro que la chica de
busca, estará encantada de recibir esa
herencia. No sé quién ese John, pero
seguro que querría que esa herencia
fuera a para a manos de su auténtica
hija.
—Disculpe señorita Martin, pero
yo no cometo errores. Usted es la hija de
John Martin, fruto de su matrimonio con
Eloisa Smith. Se casaron el veinticinco
de junio de mil novecientos ochenta y
ocho en Landor.
Al mencionar el nombre de su
madre se quedó en shock y miró a
Marcos que escuchaba atentamente al
hombre— Su madre abandonó a su
padre dos años después de su
nacimiento. Usted es la hija de John
Martin y su heredera universal.
—Disculpe…— susurró sintiendo
que su corazón iba a mil por hora. Se
sintió tan mal que tuvo que sentarse—
¿Me está diciendo que el que creo que
es mi padre, no es mi padre?
—No sé lo que le habrán contado,
pero sólo puedo decirle quién es su
padre real y que desafortunadamente
falleció hace cinco días. Debo añadir
que si no sabía nada de quién era su
padre, lo siento muchísimo, porque era
un hombre extraordinario. Uno de los
mejores que he conocido.
Ivonne no sabía cómo reaccionar.
Se llevó una mano a la frente porque
estaba sudando en frío y vio que su
mano temblaba. ¿Qué coño estaba
pasando allí?
—Aquí tiene las estipulaciones del
testamento. Al parecer había intentado
ponerse en contacto con usted, pero
nunca recibió respuesta.
Pálida miró al hombre— ¿Qué
intento ponerse en contacto conmigo?
¿Cuándo?
—Creo que debería hablar con los
que considera sus padres. Al parecer le
han ocultado muchas cosas y hechos muy
importantes. — miró con desprecio el
edificio del supermercado— Usted
debería haber llevado otra vida muy
distinta a esta.
— ¿Está diciendo que es rica? —
preguntó Marcos alucinando.
—Estoy diciendo que es la
heredera de uno de los Ranchos más
importantes de Australia.
— ¡Un rancho! — Marcos se echó
a reír — ¡Alucina, Ivonne! ¡Con el
miedo que te dan los bichos!
Ella no sabía qué decir. Sólo
podía pensar que sus padres le habían
mentido toda su vida. La cara de su
padre sonriéndole esa mañana cuando se
subía a su camioneta le pasó por la
mente.
—Por favor, coja el sobre. — dijo
el hombre extendiéndoselo de nuevo —
Siento haberla trastornado tanto, pero
tengo que cumplir con mi deber. Me
alojo en el Plaza y estaré allí dos días
por si tiene alguna pregunta. Tiene mi
tarjeta en el sobre.
—Gracias, señor Welles. —
susurró mirando el sobre y cogiéndolo
como si fuera a morderle en cualquier
momento.
—Espero noticias suyas. Buenos
días. — dijo antes de volverse
dejándola allí sentada con el sobre en la
mano.
Marcos la miró preocupado—
¡Alégrate, eres rica!
—No tiene gracia. Dios mío, ¿qué
es lo que han hecho?
—Conoces a tus padres. Seguro
que había una buena razón.
— ¿Para ocultarme que soy hija de
otro? ¡Tiene que ser una razón muy
buena! — dijo enfadada— ¿Cómo se le
puede ocultar a un hijo que su padre está
vivo en el otro lado del mundo?
— ¿Cómo no te has enterado
antes? En tu partida de nacimiento…
— ¿Mi partida de nacimiento?
Nunca la he visto.
—Pero para el carnet de
conducir… Joder, es verdad que no
tienes. —Marcos se puso la gorra
mirándola preocupado —Deberías
hablar con tus padres y averiguar lo que
ha pasado. Igual era un monstruo y tu
madre tuvo que huir o algo de eso.
—Esa no es excusa para no
decirme la verdad. — se puso de pie y
fue hasta la puerta — Voy a pedir
permiso para irme a casa.
—Sí, es lo mejor.
Su amigo la siguió hasta el
despacho del gerente que estaba
hablando por teléfono. Esperó
impaciente de pie ante el escritorio
hasta que por fin colgó.
— Señor Peters…
— ¿Ya has terminado de hablar
con ese hombre? —la miró y entrecerró
los ojos— ¿Te sientes bien?
—La verdad es que no. ¿Puedo
irme a casa?
— ¿Malas noticias?
—Pésimas. Debo ir a hablar con
mi familia de inmediato.
El señor Peters miró a Marcos que
asintió— Sí, claro. Puedes irte. Espero
que no sea nada grave. —dijo muerto de
la curiosidad— Marcos, acompáñala a
casa. Asegúrate de que llega bien. No
tiene buena cara.
—Sí, señor. — dijo aliviado —
Volveré después.
—No hace falta que vuelvas hoy.
No hay mucho trabajo. Nos
arreglaremos.
Marcos asintió y cogió del brazo a
Ivonne— Vamos, tienes que cambiarte.
—Gracias, señor Peters.
—No te preocupes. Espero que
todo se arregle.
—Y yo.
Marcos la acompañó a su casa en
silencio. Ivonne vivía en una pequeña
casita en la misma manzana que la de
sus padres en Brooklyn, porque aquel
barrio le encantaba y aunque gran parte
de su sueldo se iba en la casa, no se
arrepentía de ser independiente.
Observó la casa de sus padres y miró a
su amigo con miedo.
—No te achiques ahora. Enfréntate
a ello. Es lo mejor.
— ¿Vienes conmigo?
—Estaré aquí por si me necesitas,
pero esto debes hacerlo sola. Es algo
muy íntimo para que yo esté por el
medio. —dijo preocupado.
Ivonne abrazó a su amigo—
Siempre estás ahí cuando te necesito.
Marcos se echó a reír— Mira
quién fue a hablar. Si no fuera por ti, ya
estaría muerto por las drogas.
—Va, eso lo hiciste tú solo. — le
dio un beso en la mejilla y fue hacia el
pequeño porche casi con miedo de lo
que ocurriría a partir de ahora.
Entró en la casa donde se había
criado y escuchó ruido en la cocina.
Atravesó el hall y se detuvo en la puerta
de la cocina donde su madre estaba
fregando una olla. Ni se había enterado
que había entrado en la casa, cuando le
había dicho mil veces que debía cerrar
la puerta, pero ella siempre le
contestaba que el barrio cada vez era
más seguro.
—Mamá.
Su madre gritó sorprendida
dejando caer la olla en el fregadero y
mojándose entera. La miró como si
quisiera matarla— Menudo susto. —al
ver su cara frunció el ceño y se secó las
manos con el delantal— ¿Qué ocurre,
hija? ¿Te han despedido con los
recortes?
—No. — se sentó en una de las
sillas de la cocina y dejó el sobre
encima de la mesa.
Su madre se acercó preocupada —
Entonces, ¿qué pasa? ¿Estás enferma?
Observó a su madre. Estaba algo
más rellenita que unos años antes, pero
seguía siendo muy guapa pues sus ojos
azules seguían teniendo el mismo brillo
de felicidad de siempre. Llevaba su pelo
castaño cortado por los hombros y
siempre lo tenía impecable. Había
cuidado siempre su aspecto y hacía
auténticos milagros para vestir muy bien
con poco presupuesto. No les sobraba el
dinero, pero siempre habían sido
felices. ¿O era todo una mentira?
— ¿Quién es mi padre, mamá?
Su madre palideció al escucharla y
se apoyó en el respaldo de la silla que
tenía ante ella — ¿Cómo te has
enterado?
— ¿Qué clase de pregunta es esa?
¡Lo normal es que me dijeras dónde has
escuchado esa locura! — Ivonne estaba
empezando a enfurecerse.
—Tranquilízate. Hicimos lo que
nos parecía mejor para todos.
— ¿Lo mejor para todos o para
vosotros?
Los ojos de su madre se llenaron
de lágrimas—Era muy joven. ¡No sabía
lo que hacía!
— ¿Podrías empezar por el
principio para que pueda enterarme yo
también? — preguntó irónica — ¿Mi
padre es John Martin?
—Sí. — su madre se echó a llorar
—No me odies, hija. Todo aquello fue
una locura y…
—Desde el principio, por favor.
— el nudo que sentía en la garganta casi
no la dejaba hablar.
Su madre se limpió las mejillas
sentándose ante ella.
—Cuando conocí a tu padre
acababa de llegar a Australia. Decían
que allí había mucho trabajo y emigré
para buscar una oportunidad. Tenía
dieciocho años y todo era tan nuevo…
Había conseguido un trabajo de niñera
en una familia rica de Sydney y me iba
muy bien. — la miró a los ojos
arrepentida, pero Ivonne no abrió la
boca impaciente por enterarse de todo—
Mis señores hicieron una fiesta en el
jardín de su casa y saqué a los niños
para que jugaran con otros niños que allí
había. Entonces le vi. —se encogió de
hombros echándose a llorar— Era tan
atractivo y tenía una personalidad tan
arrolladora que no pude evitarlo.
—Te enamoraste de él.
—No sé si estaba enamorada.
Fascinada mas bien. Es un hombre tan
carismático. La gente le admiraba y se
enamoró de mí. Fue imposible
resistirme. Me encandiló. Antes de tres
semanas estaba casada y camino al
Rancho Martin. Cuando llegué fue como
entrar en otro mundo, pues la vida en el
rancho era muy distinta a la ciudad. No
tenía nada que hacer en todo el día.
Cuando él llegaba estaba cansado y a
veces mostraba muy mal carácter. Hecho
que a veces
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