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!Que quieres de mí! – Norah Carter

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realidad
El timbre de la puerta sonó a las siete de
la mañana.
No recordaba haber quedado con mi
amiga Marta para desayunar antes del
comienzo de la jornada laboral en la
revista Maxwoman, donde trabajaba
como periodista desde hacía casi una
década. Pero escuchar el timbre de casa
a esa hora tan temprana me hizo
recuperar la memoria. ¡Quería morirme!
Además, me había costado coger el
sueño la noche anterior. No entendía por
qué, ya no me atraía Hugo, ni sentía por
él ese cosquilleo que me causaba
cuando lo conocí, pero me jodía que me
hubiese dejado de esa forma tan
inesperada. Y sin dar la más mínima
explicación. Quizás había sido todo lo
valiente que yo no conseguí ser.
Había sido una historia bonita, de
muchos años. Nos conocimos cuando los
dos estudiábamos en la universidad.
Desde el principio hubo mucha
atracción, y al poco tiempo empezamos
una relación, que años después, ahora,
se había acabado. Hugo era un chico
muy peculiar, con una personalidad
fuertemente definida, muy suya.
Practicaba surf, patinaba al aire libre, le
encantaba escuchar a Bob Marley y a
Joaquín Sabina. Amaba la fotografía y la
naturaleza, no solía ser problemático y
esquivaba las redes sociales y el
contacto virtual. Tenía Facebook pero
apenas lo usaba.
El timbre volvió a sonar. ¡Deja de
pensar y abre la puerta! Me levanté
rápidamente y la abrí. Marta estaba allí
plantada con una postura un poco
desesperante debido a mi tardanza. La
abracé y la invité a pasar con una cara
de pena que me llegaba al suelo.
—Pero Daniela —dijo nada más verme
—. ¿No era lo que querías?
La miré con lágrimas en los ojos.
—Me arreglo y te lo explico mientras
desayunamos.
Me vestí lo más rápido posible. Me
puse unos vaqueros slim, mis
maravillosas botas de vestir y un jersey
marrón a juego con las botas. Aunque
siempre intentaba que mi larga melena
castaña estuviera lo más arreglada
posible, en ese instante no pude
dedicarle tanto tiempo como solía. El
maquillaje disimuló mi cara de muerta
viviente que tenía tras una noche rara en
la que había dormido sola por primera
vez en mucho tiempo.
Marta me esperaba impaciente. La
paciencia no era su virtud más
destacada. Es más, ¡no estoy segura que
la conociese siquiera! Mi amiga no era
despampanante, pero tenía un buen
físico, además de una bonita cara muy
aniñada y una melena larga y rizada que
muchas veces se alisaba con plancha. Le
gustaba ir conjuntada, a la moda, y era la
reina de los complementos.
—¿Lo echas de menos? —me preguntó
con voz cortésmente confidencial
mientras bajábamos a la calle.
—No sé, la verdad.
Nos miramos y nos entró esa risa
tonta que sólo sale cuando dos personas
se conocen lo suficiente como para
entender cualquier respuesta. Si fuera
hombre creo que sería mi pareja ideal.
Nadie me entendía como ella ni me
sabía llevar a la perfección, en cada
momento sabía lo que me apetecía y me
hacía la vida más fácil. Era una amistad
sincera desde la infancia.
Caminábamos hacia el coche. Nos
fuimos a desayunar a ese bar que tanto
nos gustaba que estaba al lado del
Puente de Hierro, frente al mar, en un
muelle lleno de barquitos, como una foto
de postal. Nos sentamos por supuesto en
la terraza, ¡el cigarrito con el café era
imperdonable!
Soy la reina de los expresos con una
gotita de leche. Suelo desayunar dos de
ellos de golpe, aunque hoy no sabía si
sería la mejor opción. Decidí sin
embargo que sí. Mi carácter me hace ser
fiel a lo que me gusta.
Marta me dijo, siempre con ese
toque de humor que le ponía a las cosas,
que lo mejor sería afrontar esos
primeros días de soledad, que mi vida
volvería poco a poco a la normalidad.
—Ya verás como aparece otro hombre
que te haga temblar las campanillas de
tu garganta.
¡Ella tan bruta como siempre! ¡En su
línea! Pero me hizo reír, que era lo que
pretendía. La tía, además, lo soltaba con
una gracia abismal. En humor no había
quien la ganara. Y cuando se ponía
irónica ya era para reventar. Marta
lograba que me dieran unos golpes de
risa impresionantes.
¡Pero otro hombre en mi vida! ¡Lo
que me faltaba! Lo mejor sería empezar
a aprender a vivir sola, y disfrutar de las
cosas que tanto me gustaba, como viajar,
que lo solía hacer con Hugo, aunque al
final siempre discutíamos por el destino.
Ahora podría ser buen momento para
empezar a visitar aquellos lugares
deseados y de la manera que quisiera.
Necesitaba sin duda una época de
reflexión, soledad y volver a estabilizar
mi vida. En solitario.
—¿Nos vamos unos días de viaje? —
inquirió Marta, que parecía leerme el
pensamiento —. Elige tú el destino.
La idea me alegró un poco el momento.
Viajar es mi mayor debilidad. Una
sonrisa brotó en mi cara.
Marta me dejó en Maxwoman,
amenazando con esa risa de niña buena.
—Luego vendré a recogerte, y nos
vamos a comer al Wok.
La miré aprobando su propuesta. Me
encanta la comida asiática, y el día en su
compañía se haría más ameno.
De todas formas, incluso saliendo con
Hugo, muchos días de la semana solía
quedar con Marta para comer. Ambas
teníamos una fuerte dependencia.
Entré en la redacción sabiendo que
ese día sería el centro de atención de
mis compañeros, porque la mayoría de
la plantilla ya estaría al tanto de mi
ruptura sentimental. Hugo era el
fotógrafo publicitario de la revista, así
que estaba condenada a encontrarlo casi
a diario por los pasillos de la redacción.
Con suerte, ese día podría estar
haciendo un reportaje en cualquier lugar
fuera de allí. Verle era lo último que
deseaba.
Comenzamos a trabajar casi a la vez.
Él entró en la revista y al poco tiempo
salió una vacante como redactora. Me
avisó, me presenté y me escogieron. De
inmediato nos fuimos a vivir juntos.
Tragué saliva y atravesé el pasillo
como si nada fuese conmigo, saludando
a los que se cruzaban en mi camino.
Tenía la sensación de que todos me
miraban buscando cualquier señal que
desvelara mi estado de ánimo.
¡Mierda! Allí estaba, al final del pasillo,
enseñando unos papeles a un compañero
justo delante de la puerta de mi
despacho. ¡Qué marronazo!
—Buenos días —dije mientras abría la
puerta y atravesaba el umbral.
No me atreví ni a levantar la cabeza.
—Buenos días —respondieron los
dos con tono suave, casi sincronizado,
de la forma más natural e indiferente que
jamás sentí, ¡sobre todo la de mi ex!
Entré apresuradamente y de los nervios
cerré de un portazo que debió enterarse
hasta el portero que estaba tres plantas
más abajo. Me quedé un rato apoyada en
la puerta, respirando de manera rápida.
¡Lo que me esperaba a partir de ahora!
¿Cómo sabría llevar esta situación?
Encendí el ordenador mientras me
preparaba otro expreso para terminar de
poner mis nervios más en su punto.
Me senté café en mano y observé la
foto de nosotros en la pantalla del
ordenador. Ese día fue precioso.
Recordaba cuando nos la hicimos, casi
la conversación completa que tuvimos…
pero era el momento de cambiarla.
Tenía que desprenderme de todo lo que
tenía de Hugo en el despacho. Quería
hacer borrón y cuenta nueva rápido.
Nada de esperar.
Intenté concentrarme en el trabajo, pero
no podía. Necesitaba irme lejos con
Marta, aprovechar ese precioso puente
largo de la Semana Santa. Creo que era
una señal.
Abrí mi buscador de vuelos
preferido y ¡premio! ¡Oferta de vuelo de
cinco días a Roma! Ya conocía esa
ciudad por reiteradas ocasiones, pero
me apasionaba enseñarle la belleza de
aquel lugar a mi amiga Marta, sería su
guía personal, pasearíamos por sus
calles, veríamos el Coliseo, la Fontana
di Trevi, la Piazza Navona… Seguro
que nos lo pasábamos bomba. ¡Qué
peligro las dos solas!
Agarré el teléfono y tras un par de
señales de espera lo cogió Marta. En el
despacho flotaba el olor ligero del humo
del tabaco.
—¿Me llamas para decirme que en tan
poco tiempo has conocido al amor de tu
vida?
Me entró una carcajada floja. Tras
conseguir calmar la risa le solté.
—¡Haz las maletas que en pocos días
nos vamos a Roma! La vida es bella,
dicen allí.
Un momento de silencio, tras el que rió
fuerte. —¡Acepto! 2. Preparando el
viaje La semana pasó de manera rápida.
No pensé que me acomodaría tan pronto
a mi vida sin Hugo. Comprendí que no
quedaba amor, solo cariño y respeto. Lo
encontraba a diario por Maxwoman, nos
limitábamos a saludarnos cordialmente y
en alguna ocasión alguno de los dos
preguntaba al otro que cómo estaba.
Vive y deja vivir. Pero todo resultaba
muy frío. Suerte que el día que me dejó,
sacó todas sus pertenencias del
apartamento y se fue sin dejar nada por
lo que tuviese que volver. Tampoco
había nada que separar, ya que el
apartamento fue un regalo de mis padres.
Siete de la mañana, café y ducha. Mi
último día de trabajo, y por fin ¡mañana
saldríamos a esa escapada por Roma!
Llegué a la redacción, saludé a mis
compañeros más alegre que nunca y eso
debió de sorprender. El conserje me
echó un piropo y yo le guiñé el ojo,
alzando además una mano con la palma
abierta para decirle adiós. Creo que se
alegraba sinceramente de verme con una
sonrisa de oreja a oreja.
Cuando entré a mi despacho me
encontré con un correo electrónico
donde decía que tenía una reunión con el
señor Mateo Castro, que quería
asesoramiento para montar un ejemplar
especial para su empresa de vehículos
de alta gama, y quería enfocarlo como
una entrevista al equipo directivo de su
marca.
¡A joderse!, pensé. Había imaginado
un día tranquilo en el que poder cerrar
los flecos de mi viaje. Saqué un
cigarrillo del bolso y me lo colgué en la
boca, sin encenderlo. Opté por aligerar
en hacer las cosas que tenía pensadas
para tenerlo todo listo a la hora de la
reunión.
En ese momento sonó el teléfono.
Era Marta. Respondí con un hola
eufórico y empecé a escuchar al otro
lado del aparato la canción Caruso
cantada por Andrea Bocelli. ¡Sonaba a
puro italiano! Me entró la risa y me
relajé para escuchar la canción. Al
terminarla, oí a Marta carcajeándose
nerviosamente al otro lado del hilo
telefónico.
—¡¡¡Mañana nos vamos!!!
Respondí con la cabeza, echándome
hacia atrás en el asiento.
—Sólo te llamé para hacerte la mañana
más bonita —apuntó mi amiga.
Inicié el gesto de alzar una mano
para acariciarla la mejilla a través del
teléfono, pero opté por dejarla caer,
como si lo que estaba a punto de hacer
fuera inútil. ¡Ains! Marta tan especial y
detallista como siempre.
A las doce menos cinco sonó el
teléfono desde la central de recepción y
se escuchó la voz de Sonia, la
recepcionista, anunciándome que el
señor Castro había llegado a la
redacción. Y que lo acompañaba a mi
despacho. Esperaba terminar rápido la
entrevista con él y dejar todo planteado
para después de las vacaciones.
En ese momento Sonia abrió la
puerta y abrió paso a mi entrevistado.
Sus ojos se fundieron rápidamente con
los míos, al mismo tiempo que le daba
las gracias a Sonia mientras cerraba la
puerta. Entró con una sonrisa y
mirándome de manera fija. En ese
momento me puse de pie con uno de
esos gestos en los que invertía una
eternidad, acercándome a él y
tendiéndole mi mano aparentemente
firme, que sintieron entre los dedos y la
palma aquel contacto tan masculino.
—¿Nos sentamos?
Por Dios, ¡qué tío más guapo! Medía
alrededor de metro setenta, moreno,
pelo corto, ojos color miel, una barbilla
perfecta, una cara para comérsela —
bueno, no solo la cara — y un cuerpo
perfectamente definido que denotaba que
le daba al gimnasio. Me impresionó su
semblante serio con esa sonrisa tan
tierna. Se me pasaron mil cosas por la
cabeza. Un escalofrío recorrió mi
cuerpo, tensión pura y dura. Estaba
viendo semejante belleza ante mis ojos y
únicamente podía pensar en llevármelo
a Roma para dejarlo en pelotas como al
David de Miguel Ángel.
¡Baja de las nubes y atiéndelo!,
pensé avergonzada. Mateo Castro entró
con rapidez en conversación,
comentándome que mi jefe le había
recomendado una reunión conmigo.
Su mirada me intimidaba, y no era su
propósito, pero sus expresiones me
ponían a flor de piel. ¿Qué estaba
pasando? Me costaba concentrarme en
la conversación, y me pasaban mil cosas
por la imaginación. Él me contó en qué
quería basar la entrevista y empecé a
darle ideas mientras soltaba esa risa
cortada, que cada segundo que pasaba
me parecía más sensual. Su tono
educado, su mirada noble pero a la vez
sensual, era toda una provocación para
mi vista. Tenía un semblante serio,
aunque parecía un portero de discoteca,
con una leve risa que le proporcionaba
un encanto especial. Como no podía ser
de otra manera, terminamos tomando
café y aportando muchas ideas. A Mateo
se le notaba cómodo. Percibí que
saldrían buenos resultados, de todo tipo,
de esa reunión.
Cuando quise darme cuenta eran las dos
de la tarde, hora de irme. Parece que me
leyó la mente.
—¡Me marcho! Es hora de cierre para
ustedes. Me voy contento de esta
primera reunión. Espero que a tu vuelta
me busques un hueco.
¿Un hueco? Yo a semejante bombón le
preparo mi vida, pensé evitando reír por
ello. Soy de las que me río conmigo
misma.
—Me incorporo el próximo lunes. Te
llamaré a primera hora.
Me confirmó que a las diez era el mejor
momento, para disponer así de más
tiempo. Todo el que quieras, pensé. Y si
no le añado horas al reloj.
Bajamos en el ascensor, charlando.
Me comentó que por fin tendría unos
días de relax, que los necesitaba para
descansar. Luego me miró, y con toda su
espontaneidad y educación me soltó «¡tú
tienes pinta de tragarte todas las
procesiones!».
Me entró una carcajada sonora y le solté
con teatralidad que era atea.
—Pero aunque sea atea, me voy
cinco días con una amiga a Roma. Me
volvió a sonreír de una manera tan
seductora que creo que no le hizo falta
decirme lo que pensaba. ¡Qué peligro!
Cuando llegamos a la calle encendí
un cigarro y le ofrecí. Como había
imaginado, era deportista nato y no
fumaba. Me señaló con la cabeza a la
terraza de un bar frente a Maxwoman en
el que solía desayunar y me preguntó si
aceptaba un refresco. Le dije que sí con
la longitud casi juguetona de mis
pestañas, aunque me dieron ganas de
decirle «yo te acepto el refresco y tú me
aceptas una pizza en Roma mañana,
conmigo». Pero claro, me tuve que
contener para no soltarlo.
Nos sentamos donde daba un poco el
sol de ese mes de marzo que en Cádiz
parece verano. En mi tierra podemos
disfrutar de muchos días radiantes,
aunque precisamente hoy era uno de
esos días raros donde la lluvia parecía
que iba aparecer. Sol y sombra.
Llegó el camarero, que siempre me
recibía sonriente, y nos preguntó lo qué
íbamos a tomar.
—He terminado mi jornada laboral, así
que toca una cerveza bien fría —dijo en
tono ligero.
—¡Que sean dos!
El camarero, acostumbrado a ponerme
expresos y molletes, me miró con
sorpresa. Al menos, no dijo nada.
—¿Te vas de procesiones?
—Para nada. Pelis, hogar, relax…
Aprovecharé para leer y hacer deporte.
Mi mujer, Telva se llama, como la
revista, se va unos días a la casa de su
hermana en un pueblo del sur de
Portugal, para estar las dos solas,
chismorrear y hacer un poco de turismo.
Le ofrecí mi número privado de móvil
por si se le ocurría alguna pregunta,
tenía alguna duda sobre su proyecto o
por si necesitaba localizarme si no
estaba en mi despacho. Mientras se lo
daba pensé si se le ocurriría llamarme al
estar fuera su mujer.
Anotó mi número y me dio un toque
desde su móvil.
—Añádeme como Mateo a secas.
Nos reímos de ese toque informal con el
que quería tratar el asunto.
Al rato nos despedimos y quedamos
en volver a vernos el lunes. Me deseó un
bonito viaje y que no lo olvidara. Siguió
un instante de silencio. No me atreví a
preguntarle si era por lo del ejemplar o
a modo personal. Lo miré con asombro y
le sonreí a la vez que le tendía mi mano
para despedirme. Casi siempre se me
escapa mucho lo de usted y esas cosas.
Mateo se había tirado los primeros
minutos de nuestro encuentro
recordándome que lo tratase de tú. Para
mi sorpresa, me la agarró y me empujó
suavemente hacia él para darme dos
besos.
—Un placer, Daniela. 3. Roma eterna
Por fin llegó el día. Marta y yo
habíamos dormido en mi apartamento
para salir a las seis de la mañana hacia
el aeropuerto de Sevilla. A las siete y
media ya estábamos listas para facturar
y embarcar. Mi Volkswagen Escarabajo
nunca falla.
La noche anterior habíamos estado
hasta las tantas hablando de Mateo. Se
lo describí de mil formas, babeé, hice
bromas, hasta nos reímos planificando
un secuestro, en el Caribe, a un todo
incluido. Pero hasta que no le enseñé su
foto de perfil en wasap, Marta no se dio
cuenta de lo espectacular que era.
—Qué tío más buenorro.
Al final, tras las risas, volvíamos a
la realidad: Mateo estaba casado.
Además, por su perfil, tendría mil
mujeres despampanantes esperándolo,
en cola, así que únicamente podría soñar
despierta.
Por fin el avión despegó. En ese
momento me vino el recuerdo de Hugo,
siempre había viajado con él, aunque ya
no estaba a mi lado. Ni siquiera en mi
vida. Kaput. Decidí cambiar el chip y
disfrutar de ese viaje con mi mejor
amiga, sin echar de menos nada ni a
nadie. ¡Fuera, melancolía! ¡Fuera, Hugo!
¡Fuera, hombres!
El vuelo pasó rapidísimo, tanto que
tuvo que venir la azafata a decirnos que
nos abrocháramos los cinturones, que
íbamos a aterrizar. La cháchara de la
noche anterior nos hizo caer en un sueño
profundo durante todo el vuelo.
—¡Roma, ya estamos aquí ¡—gritó
Marta en el mismo aeropuerto
Fiumicino.
Cogimos un taxi y nos dirigimos al
hotel, a 500 metros de la Fontana de
Trevi. Como dos huracanes, soltamos
las maletas en la habitación, nos
duchamos y nos fuimos a tomar una
cerveza a la Piazza Navona. ¡Qué bien
sabía!
Marta estaba encandilada con el acento
italiano. Y con los italianos. Siempre le
había reprochado que no viajase más
con la vida tan cómoda que tenía. Mi
amiga tenía tres propiedades, regalos de
sus padres en vida, más la casa en la que
vivía. Las tres las tenía alquiladas, por
lo que vivía de las rentas. Además, tenía
una pensión de viudez pues se quedó
viuda a los tres años de casarse. No le
hacía falta trabajar. Y solo tenía 35
años. El dinero lo hace todo fácil.
El sol estaba alto. En la Piazza de
Navona se respiraba un aire tan
pintoresco que casi invitaba a quedarse
observando todo. Estábamos disfrutando
del momento, sin prisas. En ese
momento solamente nos apetecía eso,
cervezas, mirar, charlar y relajarnos.
Vivir.
Después de un acoplamiento de una
hora, nos decidimos a callejear para
buscar un buen restaurante fuera del
núcleo turístico. Queríamos comer
donde comían los lugareños, no los
turistas. Anduvimos un buen rato y
encontramos un local con una terracita
llena de gente hablando en italiano, con
platos con una pinta estupenda. Allí nos
íbamos a quedar. La elección fue todo
un acierto. El camarero bromeó con
nosotras —ese acento nos atraía mucho
— desde el primer momento. Era guapo,
con un aire pillín de esos de aquí te
pillo aquí te mato. En plan broma, le
dijimos que le íbamos a dejar una
servilleta con la dirección de nuestro
hotel y el número de habitación

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