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¿Quién es esa chica? – Mhairi McFarlane

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La vida vista a través de un teléfono móvil es una farsa. Edie imaginaba el proceso como un diagrama de una clase de física, como el que aparece en la portada del famoso
álbum de Pink Floyd: un rayo de luz refractado sobre un prisma, multiplicándose y dispersándose como un arcoíris.
Y se preguntaba: ¿cuánto artificio habría en una bonita fotografía? Mirando las bellas ficciones de la pantalla cálida —y algo grasienta— que llevaba en la mano,
aguardó en la fila del bar del hotel.

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La actividad de la sala bullía a su alrededor como un revoltijo de vida desordenado y sudoroso enmarcado con la canción de Las Supremas Where did our love go? La
imagen del teléfono móvil, en cambio, reflejaba una realidad inmutable y perfectamente dispuesta.
Engaño número uno: parecía que Louis y ella se adoraban. Para que ambos aparecieran en el encuadre, Edie había apoyado la cabeza en su hombro y mostraba un
ademán coqueto. Sus labios describían esa ligera sonrisa de autosatisfacción, en plan 007, que decía que la vida era maravillosa, que todo estaba controlado. En realidad,
nada lo estaba.
Acababan de pasar cinco horas de posturitas en compañía de otra pareja de invitados —el organizador de la boda exigía que las sesiones de fotos se hicieran de dos en
dos, como en el Arca de Noé—, y en aquel momento apenas se soportaban el uno al otro, agotados por el calor, el alcohol y los trajes de ceremonias, que se habían ido
estrechando cada vez más, como si fueran un enorme tensiómetro inflándose alrededor de sus cuerpos.
Los tacones de Edie, aquellos tan altos que utilizaba solo en ocasiones especiales, habían pasado de finos e incómodos, pero más o menos soportables, a torturarla
con un dolor tan agudo que se diría que formaban parte de un conjuro mágico mediante el que había cambiado su cola de sirena por un pie del número 37 para conseguir
el amor de su príncipe.
Engaño número dos: la composición. Edie estaba radiante y festiva, mirando hacia arriba a través de esa mata de pestañas postizas. Se distinguía la parte superior de
su vestido rojo, de forma que mostraba un atractivo escote y escondía estratégicamente la barriga. Por su parte, Louis, con la barbilla inclinada hacia abajo, hacía destacar
sus afilados pómulos, lo que le daba un aire todavía más marcado de «psicópata de una novela de Bret Easton Ellis».
Sin embargo, se trataba de un efecto muy calculado. Con las cámaras puestas sobre sus cabezas, descartaron las cinco imágenes menos favorecedoras tras negociar en
cuál se gustaba más cada uno. Si en una fotografía Edie se veía muchas ojeras, en otra, Louis pensaba que parecía enfermo; en la siguiente, ambos estaban de acuerdo en
que sus expresiones eran demasiado estudiadas y las sombras no les favorecían. «Vale, ¡otra, otra! Pose, clic, Flash.» A la sexta fue la vencida: ambos salían bien,
aunque no tanto como les hubiera gustado. «¿Por qué todo el mundo hace ahora esa mueca, como si estuvieran chupando un limón?», preguntó el padre de Edie. «Para
parecer delgado y sensual a la vez, supongo.» «Pero nadie pone esa cara en la vida real. Qué raro, ¿no?» Louis, un experto de Instagram y chupador de limones
profesional, retocó la luz y el contraste de la foto. «Y ahora, a ponernos un filtro impresionante.» Seleccionó el «Amaro», lo que les sumergió en una neblina amarillenta
de cuento de hadas y dejó sus rostros impecables. La imagen adoptó un aire de ensueño, de película; uno diría que capturaba un momento perfecto. (No.) Tendríais que
haber estado allí…
Y después, venía el pie de foto: ¡el mayor engaño de todos! Louis lo escribió en el comentario:
¡Felicidades, Jack & Charlotte! ¡Un día maravilloso! Somos tan felices por vosotros Eso fue sobre todo en relación con el resto de la agencia Ad Hoc, donde casi toda la plantilla había puesto alguna excusa elegante para no viajar de Londres a Harrogate.
Y es que nada pone más a prueba la popularidad de alguien que varias millas de autopista.
La respuesta tras el me gusta tampoco tuvo desperdicio:
Ay, vosotros también sois otras #parejaperfecta! Qué pena que yo sea marica contestó Louis. «Ese sería el menor de nuestros problemas», pensó Edie. Y es que la
gente ya le había calado: si siempre echaba pestes de los demás a sus espaldas, era de esperar que hiciera lo mismo con ellos. Así que, por supuesto, Louis se dedicó a
quejarse por lo bajini de la «maravillosa» boda. Edie, por el contrario, creía que criticar el gran día de alguien era tan feo como burlarse de su forma de comer o del
tamaño de sus tobillos. Las buenas personas entendían instintivamente que aquello no era un buen comportamiento.
—De veras, pensaba que Charlotte elegiría algo más minimalista y recatado. Estilo Carolyn Bessette en su boda con John John. Los abalorios de cristal del vestido…
tan, tan Pronovias, ¿verdad? Parece que hasta las mujeres con buen gusto lo pierden y apuestan por la horterada Disney en una tienda de novias. Me he quedado a
cuadros con esos buqués de rosas con trozacos de perlas y cintas blancas alrededor de los tallos: ¡parecen muñones vendados! Cuando la mujer de algún famosillo pone
algo de moda… se queda para siempre. Y, lo siento, pero una novia bronceada me parece vulgar. ¡Puaj! Dos tragos de este Mimosa y el resto, a la primera maceta que he
encontrado. Es que no soporto el zumo de naranja que han usado para disimular el champán barato. ¡Y el DJ…! Mírale, debe de tener unos cincuenta años… ¡Y qué
pinta, con esa cazadora de cuero! ¿De dónde la ha sacado, de 1983? ¡Ni que tuviera que aparecer en A Todo Motor ! Te apuesto a que pincha Sex on fire de Kings Of
Leon’s y a Toni Braxton para el ligoteo. ¿Por qué las bodas no pueden ser un poco más MODERNAS?
El hotel El Viejo Cisne, en Harrogate, como el mismo nombre indicaba, no era moderno. Además, tenía el encanto añadido de ser el lugar donde Agatha Christie se
refugió durante su «desaparición» en los años veinte, aunque seguramente no había nada de encantador en hallarse en un estado de ánimo de huida y confusión.
A Edie le parecía un sitio precioso y tampoco le hubiera importado esconderse de su vida en una de esas habitaciones de camas con dosel. De hecho, todo lo relativo
a El Viejo Cisne le resultaba reconfortante: la fachada cubierta de enredaderas, el robusto pórtico de entrada en forma de cuadrado, el olor del edificio, el aroma a
desayunos preparados y la comodidad de la felpa.
Era un abrasador día de verano —gran suerte la suya, porque la socorrida conversación sobre el tiempo para romper el hielo había venido con naturalidad— y las
puertas con mosquiteras del bar se abrían a la luz color miel de los jardines. Los niños, vestidos con brillantes chalecos, correteaban y gritaban jugando a los aviones,
excitados tanto por la Coca-Cola como por la novedad de estar despiertos hasta tan tarde.
Y aun así, había sido, y no por ninguna de las razones descritas por Louis, la peor boda a la que Edie había asistido nunca.
Esperando su pedido en el bar, se situó junto a un grupo de mujeres de unos setenta años, puede que incluso ochenta, vestidas a la moda de los años veinte. Edie
supuso que estaban allí por la Semana del Crimen y el Misterio; antes había visto detenerse a un autobús que venía de Scarborough.
Una «sospechosa» sin piernas, sentada en una silla de ruedas y que llevaba un tocado de plumas, un largo collar de perlas y una boa blanca, daba sorbos con una
pajita a una pequeña botella de vino Prosecco. A Edie le hubiera gustado abrazarla o vitorearla.
—¡Qué guapa estás! —le dijo una de las mujeres a Edie, quien sonrió y contestó:
—¡Gracias! Ustedes también lo están.
—Me recuerdas a alguien… ¡Norma! ¿A quién se parece esta adorable jovencita?
Edie esbozó la sonrisa embarazosa de rigor para cualquiera sometido al escrutinio de una panda de achispadas señoras mayores.
—¡Clara Bow! —exclamó una.
—¡Eso es! —coreó el resto—. ¡Aaah, Clara Bow!
No era la primera vez que Edie recibía un cumplido como aquel. Su padre solía decirle que tenía una cara de estilo antiguo. «Solo te falta un sombrero cloche y unos
guantes, y estar de pie en una estación, como en una de las primeras películas habladas.» Y añadía: «que es lo apropiado». (No es que Edie hablara mucho, pero su
padre y su hermana eran más callados.) Su negra melena caía sobre los hombros y enmarcaba un rostro en forma de corazón, de grandes y expresivos ojos y boca
pequeña. En la cara destacaban las cejas, gruesas y oscuras, cuya geometría mantenía con una constante y agresiva depilación, para que así parecieran las de una actriz
clásica en vez de dos protuberancias.
Un muchacho, tan cruel como elocuente, le había dicho una vez, durante una fiesta en su casa, que parecía «una muñeca victoriana animada con magia negra». A
menudo, intentaba convencerse de que ese comentario lo había propiciado el hecho de que por aquel entonces atravesaba su fase de adolescente gótica, pero era
consciente de que seguía siendo válido hoy en día. Sobre todo, si no había dormido lo suficiente y su expresión traslucía su mal humor. Como dijo Louis en otra ocasión,
fingiendo que no se refería a ella aunque ambos sabían que en el fondo sí era así, «los que tienen caras de bebé no envejecen bien. Por eso es tan trágico que mataran a
Lennon en vez de a McCartney».
—¿Has venido con tu marido? —le preguntó otra mujer, mientras Edie se hacía con la copa de vino blanco y el vaso de vodka con tónica.
—Soy soltera —contestó Edie, lo que despertó más «¡ohhhs!» curiosos y admirativos entre sus interlocutoras.
—Tienes tiempo de sobra para eso. Primero, a divertirse, ¿eh? —intervino otra de las señoras.
Sonriendo, Edie estuvo a punto de decir: «Tengo treinta y cinco años y no me divierto demasiado», pero, pensándoselo mejor, repuso:
—Sí, ¡jajaja!
—¿Eres de Yorkshire? —fue la pregunta de otra de sus «admiradoras».
—No, vivo en Londres. Es la familia de la novia la que es de…
En aquel momento, apareció Louis desde el restaurante, apremiándola para que se uniera a él con un silbido y un gesto de la mano:
—¡Edie!
—¡Edie! ¡Qué nombre más bonito! —exclamaron a la vez las señoras, mirándola con renovada adoración.
Se sentía tan conmovida como perpleja por su repentina posición de celebridad; eran las consecuencias de tomar Prosecco con una pajita.
—¿Eres el novio de esta joven? —le preguntaron a Louis, que acababa de unirse al grupo.
—No, queridas, me gustan las pichas —replicó ante el bochorno de su amiga, mientras tomaba su bebida.
—¿Qué dice que le gusta? —intervino una de las mujeres—. ¿Las bichas?
—No. Las pichas —Louis puntuó su explicación flexionando uno de sus brazos para mostrar el bíceps, un gesto que para Edie no aclaraba demasiado el asunto.
—Oh, le gustan los hombres, Norma. Es uno de esos «palomos cojos» —dedujo otra.
Como resultado, la atención del grupo de ancianas se concentró en Louis, que poco tenía de cojo o de avícola.
—Pues yo ahora prefiero una partida de Rummy —dijo una tercera—. Aunque a Bárbara le sigue gustando un buen pichón.
—Bueno, ¿y quién cometió el crimen? —preguntó Louis mirando los disfraces de las señoras—. ¿Quién es la sospechosa principal?
—Todavía no ha habido ningún crimen —dijo una—. Pero los rumores indican que aparecerá un cadáver en la tercera planta.
—Pues entonces ya podéis ir descartándola a ella —afirmó Louis frotándose la nariz y señalando a la mujer en silla de ruedas.
—¡Louis! —gimió Edie.
Por fortuna, el comentario causó una oleada de sonoras carcajadas.
—Sheila acostumbraba a quitarse los callos con imperdibles. Cuidadito con Sheila.
—Parece que se le fue la mano.
Edie contuvo otra vez el aliento, pero las ancianas se partieron de la risa.
No podía creerlo: Louis acababa de encontrar el público perfecto.
—¡Qué bien haberos conocido, chicas! —exclamó Louis, y ellas casi le aplaudieron. Edie había pasado a la historia; ahora era la última mona.
—Volvamos a la mesa —le sugirió Louis—. Empieza lo gordo en la carpa principal: ya es hora de los discursos.
Con pesadumbre, Edie se despidió de las mujeres. Venía el momento temido: una cita con la etiqueta «pareja perfecta», viviendo su etiqueta «mejor momento».
Capítulo 2
—¿Es gratis? —preguntó a gritos un señor de unos sesenta y tantos que llevaba un audífono y vestía como un engolado terrateniente, clavando la mirada en la copa que
Edie sostenía. A Edie y Louis los habían metido en la mesa cajón de sastre, la chunga, la de la gente que no tenía nada en común. No es de extrañar que, en el tedioso
interludio entre la comida y el baile, la mayor parte de comensales se hubiera dispersado. Solo este tipo seguía allí, junto a su esposa, una mujer también de aspecto pijo,
pero con un aire de timidez mucho más tolerable.
—Pues, no, pero si quiere le traigo algo de beber…
—No, no hace falta. Uno viene a estas estúpidas e interminables ceremonias y aprovechan para trasquilarlo como si fuera una oveja. Como si la lista de bodas no
fuera ya una tomadura de pelo suficiente. Cuatrocientas libras por una horrible batidora azul de hacer pasteles, los muy bobos. ¡Oh, cállate, Deidre! Sabes que tengo
razón.
Edie se apretujó en su silla tratando de no reírse, porque a ella también le había parecido un atraco lo del robot de cocina.
Dando otro trago de ese ácido vino blanco, dio gracias a Dios por el don del alcohol, lo único capaz de hacerle soportable todo aquello. En aquel momento, en la mesa
presidencial, el novio, Jack, con el micrófono en ristre, carraspeaba y hacía resonar su copa dándole leves golpecitos con el tenedor. Entonces, la recién estrenada suegra
le tiró de la manga, y Jack levantó la mano para indicar «lo siento, será solo un momentito».
—Pero ¿a quién se le ocurre hoy en día llevar unos zapatos marrones con un traje azul y una corbata rosa? —masculló el del audífono en referencia al atuendo del
novio—. Ni que fuera un enlace de disimulo.
Aunque Edie creía que al tipo alto y delgado de Jack le sentaba que ni pintado ese traje de Paul Smith de verano, no era quién para defenderle.
—¿Qué quiere decir con lo de «enlace de disimulo»? —preguntó Louis.
—Pues un matrimonio de conveniencia para ocultar la naturaleza del novio, sus verdaderas inclinaciones, no sé si me entiendes.
—Oh, claro que sí. De hecho, nosotros estamos ahora en uno de esos enlaces —sonrió Louis, abrazando a su amiga.
—Perdóname si no busco escandalizado mi inhalador —replicó el hombre, mirando el tupé de Louis—. Ya te tenía como a alguien a quien le gusta oler las flores.
A este paso, Edie iba a oír más eufemismos creativos para homosexual de lo que hubiera imaginado posible en un solo día.
—¿Crees que algún día te molestarás en casarte? —le preguntó Louis por lo bajo.
—La cosa es más bien si lo de casarse se molestará conmigo —contestó Edie.
—Encanto, montones de personas se casarían contigo. Eres tan… ¡esposa! Te miro y pienso: «¡Casémonos!».
Edie soltó una risa hueca.
—Pues es sorprendente que toda esa gente de la que hablas no esté tratando de casarse conmigo ahora mismo…
—Eres todo un misterio, ¿lo sabías? —murmuró Louis mientras revolvía el fondo de su vaso con el agitador de plástico.
Edie notó un nudo en el estómago; siempre que entraba con Louis, mediante digresiones, en una línea de pensamiento como esa, terminaban en la parada No-puedocreer-
que-me-hayas-dicho-esto.
—En realidad, no.
—Quiero decir que nunca te han faltado los admiradores. Eres el alma de cualquier fiesta. Pero siempre estás sola.
—Supongo que ser admirador no equivale forzosamente a querer una relación —repuso Edie en un tono neutro, echando una mirada al bullicio de la habitación con la
esperanza de que algo más captara su atención y cambiaran de tema.
—¿Eres tú la «alérgica al compromiso»? ¿O crees que lo son ellos? —preguntó Louis mientras apartaba el agitador a un lado para poder beber.
—Oh, creo que los repelo con algún tipo de fuerza centrífuga —dijo Edie—. ¿O es centrípeta?
—Oh, venga —protestó Louis—. Hablo en serio.
Edie suspiró.
—Me ha gustado mucha gente y yo le he gustado a mucha, pero nunca me ha atraído nadie de la misma manera en la que yo lo hacía a los demás. Es así de simple.
—A lo mejor no saben que estás interesada en ellos. Eres difícil de leer.
—A lo mejor —aceptó Edie, pensando que si le daba la razón a su amigo acabaría antes con el tema.
—Así que, ¿nadie te ha prometido nunca una vida de felicidad? ¿No has roto ningún corazón?
—Nop.
—Entonces eres una paradoja, mi bellísima Edie Thompson. La chica que todos quieren… y que nadie escoge.
Edie estalló ofreciéndole a Louis la reacción que andaba buscando hacía rato.
—¡Que nadie escoge! ¡Exactamente, maldita sea! ¡Gracias, Louis!
—¡Encanto, no! Si a mí me pasa igual, nadie se va a casar con el pobre Louis en breve. Y tengo treinta y cuatro años; eso es la muerte según las escalas gais.
Por supuesto, semejante comentario en boca de su amigo era una estupidez. Y es que Louis deseaba casarse tanto como contraer un cáncer terminal. Lo cierto es que
pasaba la mayor parte de su tiempo a la caza y captura de revolcones con desconocidos a través del Grindr; el último de ellos había sido con un hombre rico y peludo al
que llamó «el Chewbacca de su Princesa Louis». Mostrar la diferencia que había entre ambos era su forma de tomarle el pelo a Edie.
—¡Si te he llamado bellísima, diva mía! —se quejó Louis como si Edie hubiera sido la agresora. Uno no podía sino admirar la coreografía de la crueldad de Louis: una
serie de trabajados y diestros pasos, ejecutados a la perfección.
—Señoras y señores, disculpen la demora… —por fin, la voz de novio sonaba en el micrófono.
El discurso de Jack, bastante flojo, tocó todos los temas de rigor, al menos según las sugerencias de Internet sobre el asunto. Así, dijo lo hermosas que estaban las
damas de honor y agradeció a los asistentes su presencia. Luego leyó los mensajes de los familiares ausentes para, a continuación, dar las gracias al hotel por su
hospitalidad y a los padres de ambos por su apoyo. Y, finalmente, terminó su arenga con la siguiente promesa: «No sé qué he hecho para merecerte, Charlotte, pero me
voy a pasar el resto de mi vida asegurándome de que no lamentes la decisión que has tomado hoy».
Edie casi se «fundió» de un trago la copa de champán para el brindis.
En cambio, el discurso del padrino, Craig, resultó tan divertido como totalmente inapropiado, al consistir en una serie de chistes sucesivos sobre las aventuras
sexuales de Jack en la universidad. Se diría que esas historias le parecían adecuadas porque, «¡Hey, todos hemos estado ahí!», y era cierto: todos habían formado parte
de «una súper pandilla de tipos». (Jack había ido a Durham.) Cuando Craig mencionó un partido de rugby al que conocían como «la apuesta del cerdo», Jack le
interrumpió bruscamente: «Mejor omitimos esto, ¿eh?», y Craig cortó por lo sano con un: «¡Por Jack y Charlotte!».
La novia mantenía una sonrisa forzada y nerviosa, mientras parecía que a su madre acababan de hacerle una operación de almorranas.
Se pasó entonces el micrófono a la madrina de Charlotte, Lucie. Edie había oído hablar mucho de la legendaria Lucie Maguire, heroína de las asombrosas anécdotas
que Charlotte contaba en la oficina. Lucie era una agente inmobiliaria despiadada y exitosa («Era capaz de venderte un váter al aire libre!»), madre de dos gemelos
inquietos que habían sido expulsados de preescolar («Son muy vivaces.») y campeona de Quidditch («Un juego de un libro infantil.»), le había explicado Jack a Edie.
«¿Qué será lo siguiente? ¿Volar con paraguas a lo Mary Poppins?»). Lucie «decía las cosas como las sentía» (traducción: era maleducada), «no soportaba a los idiotas
de buenas» (era maleducada a la cara de la gente) y «no aguantaba la más mínima chorrada» (era muy maleducada a la cara de la gente). Edie pensaba que Lucie era ese
tipo de persona que uno nunca elegiría como mejor amigo salvo que hubiera una pandemia global y se extinguiera el resto de la humanidad; e incluso quizá ni en esas.
—Hola a todos —dijo Lucie con su tono confiado y cortante como el cristal, con la mano apoyada en la cadera que realzaba su ajustado vestido de seda color salmón
—. Soy Lucie, la madrina de Charlotte y su mejor amiga desde nuestros tiempos en el St Andrews.
Edie casi estaba segura de que acabaría la frase añadiendo: «Estoy graduada con honores por la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios».
—Veréis, tengo preparada una sorpresita cachonda para la afortunada pareja…
Edie se enderezó en su silla y se preguntó si aquello iba de veras. ¿Una sorpresa el día de tu boda y sin derecho a veto? ¡Oh, oh…!
—Quería hacer algo muy especial para mi mejor amiga en este día señalado y esto es lo que se me ha ocurrido. ¡Muchas felicidades, Jack y Charlotte! Va por
vosotros. ¡Ah, y para hacer que la canción funcionara, he tenido que «brangelinizaros» como «Charjack»! Espero que os parezca bien, chicos.
¿Canción? Todos los traseros de la sala se apretaron.
—Vamos allá: un, dos, ¡tres!…
Las dos damas de honor, literalmente rojas de la vergüenza, hicieron aparecer como por arte de magia unas campanillas de mano y empezaron a agitarlas a la vez.
Tenían esa cara típica de las personas que han aceptado su destino adverso desde hace tiempo, aunque no por ello el momento de abrazarlo les resultaba menos intenso
y terrible.
Lucie empezó la canción. Aunque tenía una voz lo bastante buena como para cantar a capela, la sorpresa de que se atreviera a hacerlo era lo que tenía a toda la
habitación con el prototípico ademán de vergüenza inglés, consistente en desorbitar los ojos y tensar el cuerpo. Ajena a ello, Lucie, imitando a Julie Andrews,
parafraseaba «Cosas que me hacen feliz» de Sonrisas y lágrimas, cantando a pleno pulmón.
Basset perritos, botas rojas Hunter y narcisos,
Pelis en HD, teles y Clooney y Clarins,
Land Rover Explorers con barro de abril,
¡son cosas que a Charjack le hacen feliz!
Edie no entendía cómo alguien podía haber pensado alguna vez que aquello era una buena idea; porque sin duda debieron decidirlo durante el «proceso creativo».
Encima, lo de «Charjack» parecía el nombre de un malo de Doctor Who. Un malo cutre.
Dim sum, tés con leche y buenos desayunos,
Largos almuerzos con vino y Fórmula 1,
¡son cosas que a Charjack le hacen feliz!
Pintura fresca, tinte de cejas y Meribel esquí,
Rugby, Wimbledon y The North Face de gris,
¡son cosas que a Charjack le hacen feliz!
Edie no se atrevía a mirar a Louis, a riesgo de perder la compostura, pues sabía que su amigo estaría, por lo menos, en el doceavo cielo. Por su parte, los de la mesa
presidencial se limitaban a mirar el espectáculo fijamente.
Si el trabajo estresa,
Si el teléfono suena,
Si les embarga la pena,
Ven las cosas que les hacen felices
y el dolor se frenaaaaaaaaa…
Edie logró mantenerse impertérrita cuando Lucie vociferó, con los brazos extendidos, esa última palabra; pero íntimamente deseaba con todas sus fuerzas que aquel
horror hubiera llegado a su fin. Sin embargo, Lucie se estaba preparando para el siguiente verso.
Durante esta breve pausa, se oyó al hombre del audífono decirle a su mujer:
—¿Pero qué locura es esta? ¿Quién le ha dicho a esta mujer que sabe cantar? Por Dios, qué vocerío más espantoso.
Aunque Lucie siguió con la siguiente estrofa, ahora la habitación entera se sentía en la gloria con ese comentario del hombre del audífono, que todos habían oído con
total claridad. El pobre señor, obviamente, no se había dado cuenta de que estaba hablando a gritos. De ahí que también se pudiera escuchar con nitidez el desesperado
intento de su mujer de hacerle, en vano, callar.
—Por los clavos de Cristo, ¿y ahora qué? Yo he venido a una boda, no a un espectáculo nocturno de aficionados. Me siento como Felipe de Edimburgo cuando se ve
obligado a mirar los traseros desnudos de los nativos. ¡Oh, tonterías, Deidre! Es de mal gusto, ni más ni menos.
Los perdigones de saliva proyectados por la esposa con su «¡chist!» inflamaron la histeria contenida de los presentes, de forma que una risa nerviosa se propagó
rápidamente por la estancia.
Edie podía notar el cuerpo de Louis, a su lado, temblando de la risa.
Publicidad y empatía y sus metas superan,
Jets y chow mein y rollos de primavera,
Cajas de Tiffany de color regaliz,
¡son cosas que a Charjack le hacen feliiiiiiiiiiiiizzzzzzzzzzz!
—¿Pero no va a acabarse nunca este calvario? No me extraña que este país se vaya al garete si se considera entretenida esta vulgar exhibición de las propias carencias.
¿Qué? Mira, dudo que nadie pueda oírme entre los gorgoritos tiroleses de la María Callas

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