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¿Quién me lo iba a decir? – Mercedes Perles

¿Quién me lo iba a decir? – Mercedes Perles

¿Quién me lo iba a decir? – Mercedes Perles

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Por fin se acabó julio y aquí están mis más que merecidas vacaciones! Apago el ordenador, recojo los papeles, miro el reloj: las seis de la tarde. Salgo escopetada de la
oficina mientras me despido de mis compañeros con la mano, ni me paro a darles dos besos. Necesito salir de aquí cuanto antes, tomar aire, terminar de preparar la
maleta y escaparme a casa de mi prima todo el mes de agosto. Con ella, la vida es de otro color y yo ahora necesito que alguien ilumine la mía, porque últimamente no
sale del gris. Que ¿por qué? ¡Buf! ¿Por dónde empezar? Vale, supongo que por el principio.
Me llamo Ángela, tengo veintinueve años y mi vida este último año ha sido un desastre.
Soy directora de márketing y ventas en una fábrica de calzado en Elda. Llevo nueve años trabajando allí y me gusta lo que hago, pero últimamente echo humo por las
orejas. Siempre he trabajado codo con codo con el dueño de la empresa, pero mi adorado jefe, don Joaquín, se jubiló hace unos meses y le ha sustituido su hijo Pedro,

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un
pijo que no sabe hacer la «o» con un canuto; vamos, lo que se llama un tonto de tomo y lomo. Se cree que lo sabe todo, pero no tiene ni pajolera idea de nada. Ahora le
ha dado por decir que mis campañas no son buenas. Como si yo tuviera la culpa de los años de crisis y de que los chinos nos coman terreno. ¡Que no son buenas, dice!
Pues claro que no, ¡son las mejores!
Pero no todos los sinsabores del año han sido en el trabajo; a los problemas laborales debo sumar también que he anulado mi boda cuando solo faltaban tres meses
para casarme. Pillé a mi futuro esposo en la cama con una de mis «amigas». Menuda zorra ella; y valiente cabrón él. ¡Buf! No lo pienses Angelita, que te sube la mala
leche.
En fin, que con semejante desastre de año solo quiero coger el coche, llegar a casa de mi prima Felisa y olvidarme del mundo. Mi prima es un raudal de energía
positiva y de felicidad. Ambas estamos locas y, como decía mi madre, cuando estamos juntas hacemos que el mundo tiemble. Pues sabéis qué os digo: ¡temblad
pequeños, que Feli y yo vamos a estar un mes juntas! Lo único que me apena es que Mario, el marido de Feli, nos va a tener que aguantar. Ese hombre es un santo
varón. Y se le presenta un mes muy ameno, como diría mi prima.
Suena el despertador. Son las ocho de la mañana. Doy un salto, me meto en la ducha y me visto con unos pantalones vaqueros, una camiseta de tirantes y mis
deportivas, que para conducir son geniales. Cojo el bolso, la maleta, cierro la puerta de casa y al coche. Pero antes de ponerme en carretera desayuno en el bar de
siempre, donde José, el dueño, me saluda desde la barra.
—Niña, ¿te pongo lo de siempre? —me grita mientras seca unas copas con un trapo.
—Sí, gracias. ¿Y el periódico?
—Ahí —responde haciendo un gesto con la cabeza, que indica que el periódico está al final de la barra.
Lo cojo y me siento a mi mesa. Tengo dos costumbres inamovibles. Una: desayunar en el bar de toda la vida café con leche, cruasán y zumo de naranja; el desayuno
es la comida más importante de día, ¿no? Dos: leer el periódico mientras desayuno.
—Toma preciosidad, tu desayuno. —José me planta delante de las narices mi merecido desayuno. Mis tripas rugen. Tengo más hambre que el perro de un afilador
—. ¿No empezabas hoy tus vacaciones?
—Así es, José —le respondo con un pedazo de cruasán en la boca—. Me termino esto y me voy a Valencia, a casa de Feli —concluyo mientras me bebo el zumo de
un trago.
—¿Feli y tú juntas? ¡Ay, Señor! ¡Que tiemble el mundo!
—¡Oye! —me quejo mientras me meto otro trozo de cruasán en la boca.
—Ni oigo ni na —me dice mientras se sienta delante de mí—. Y ahora, preciosidad, sé sincera conmigo. ¿Estás bien? ¿Ya has olvidado a ese gilipollas?
¡Toma delicadeza a las 8:45 h de la mañana! Me explicaré. Llevo viniendo a este bar desde que tengo uso de razón. Primero con mis padres y mis tíos, y Feli, por
supuesto. Luego con los amigos y Feli. Más tarde con Saúl, y ya sin Feli porque se fue a estudiar periodismo a Valencia. Y ahora sola. ¡Leches, qué triste suena eso!
Así que José me conoce desde que llevaba pañales. Cuando se enteró de lo de Saúl, el pasado mes de enero, pasó de llamarlo colega a capullo, gilipollas, imbécil o
cualquier insulto que se le pasara por la cabeza en ese momento.
—Casi del todo —le doy un trago al café y me abraso la garganta.
—¿Casi?
—Llevo sin llorar cuatro meses, y aunque no estoy preparada para tener una relación seria con nadie, no te negaré que he tenido un par de affaires sexuales.
—¡Niña! —exclama José al tiempo que se ruboriza. Yo me parto de risa y por poco me sale el café por la nariz.
—Es broma, José. Ya no lloro por él, pero no quiero que se me acerque un tío ni en pintura. El único que tiene permiso eres tú.
—Me alegra ver que estás bien —sentencia. Se levanta, me da un beso en la mejilla y vuelve a su puesto de trabajo.
Dos tragos de café más tarde, me acerco a la barra, pago mi desayuno, José me sermonea con que tenga cuidado en la carretera y me voy. Casi dos horas después
llego a casa de Feli. Vive en una calle muy cercana a la playa de la Malvarrosa, así que aparco el coche y, como se supone que no iba a llegar hasta mediodía, me voy al
paseo de Neptuno a dar una vuelta. La playa está abarrotada de gente, el sol empieza a apretar y entro en una heladería a comprarme un cucurucho de chocolate. ¡Adoro
el chocolate en cualquiera de sus variedades! Salgo con el helado en la mano y le arreo un lametón de aúpa. ¡Ostras tú, qué rico y qué fresquito! De repente suena mi
móvil y lo busco en el bolso tipo saco que llevo (ahí dentro cabe hasta un dinosaurio), pero no lo encuentro. Busco, rebusco, vuelvo a buscar y cuando lo pesco ya han
colgado.
—¡Mierda! —exclamo. Y no, no es porque hayan colgado, es que acabo de estampar mi cucurucho en la camisa blanca de un hombre. Levanto la vista para pedir
disculpas y me encuentro ¡con el tío más bueno que he visto en mi vida!
¡Madre mía del amor hermoso! ¡Por los clavos de Cristo! ¡San Judas bendito! ¡Qué macizorro! Me sudan las manos y no es por el calor. Comienzo a hiperventilar y
sí, es por culpa del monumento al sexo contrario que tengo delante de mí. Metro ochenta, cachas, moreno, ojos de color azul como las aguas del mar. ¿Guapo? No, ¡lo
siguiente! Sonrío dispuesta a ofrecer mis disculpas y decidida a, si hace falta, lavarle la camisa a mano. ¡Todo sea por ver ese torso desnudo!
—¿Es que no miras por dónde vas? ¿O es que necesitas gafas? —grita, y media playa se gira a mirarnos.
¿He dicho que estaba bueno, verdad? Pues rectifico. Debe de ser el sol que me ha cegado, porque este tío es imbécil.
—Disculpa, pero no te he visto —trato de ser educada, aunque tengo ganas de destriparlo ahí en medio.
—De eso ya me he dado cuenta, bonita —bonita tu madre, guapito de cara—. ¡Dios! ¡Mira cómo me has puesto! —vuelve a gritar. ¿Dije imbécil? Rectifico de
nuevo. Gilipollas.
¡Hale, ya nos está mirando todo el mundo! Saco mi paquete de pañuelos, le doy uno y lo rechaza.
—¿Te crees que esto se arregla con un pañuelito de papel, mona?
¡¿Mona?! Monas las que hay en el zoo, capullo. Le quito el pañuelo de la mano, miro a mi alrededor, compruebo que todo el mundo nos mira y ¡bum!, exploto.
—Mira, ricura —sarcasmo puro y duro—, yo no te he visto, pero tú a mí tampoco, porque si no, me hubieras esquivado. Así que esa mancha —señalo el pedazo
manchurrón marrón que hay en su impoluta camisa blanca—, puede haber sido culpa tuya. Ahora, si estás de mal humor y necesitas pagarla con alguien, por mí
perfecto, ¡págala conmigo! —y acto seguido le pongo lo que queda de cucurucho de sombrero. Y lo digo en el más literal de los sentidos. De fondo se oye un concierto
de carcajadas.
—¡Pero tú te has vuelto loca o qué! —vocifera horrorizado mientras se quita el cucurucho de la cabeza.
—Puede, pero a borde no me gana nadie, guapetón —saco el paquete de toallitas íntimas del bolso, se lo pongo en la mano y añado—: a ver si con esto tienes
suficiente para arreglar el estropicio.
Cuadro los hombros, saco pecho, que no es que sea mucho pero es lo que hay, me doy la vuelta y hago mi salida triunfal. Pero al girar la esquina, como estoy muy
cabreada y no miro por dónde voy, acabo pisando una caca de perro muy pringosa, resbalo y termino agarrada a la farola, como si fuera Spiderman, para no aterrizar
con mis posaderas sobre el pino que ha plantado un can y que el guarro de su amo —o guarra, si es mujer— no ha recogido.
¡Pues sí que empezamos bien las vacaciones!
II
¡Menudo bochorno! Con lo estupenda que estaba después de la pelea con el imbécil de la camisa blanca… Vuelvo hasta el coche para quitarme las zapatillas y limpiar
la dichosa caca, pero no hay manera. Más cabreada todavía, meto las deportivas en una bolsa de plástico, saco las chanclas y me las pongo. Vuelve a sonar el móvil y
repito la operación anterior: rebuscarlo en mi bolso-saco, pero esta vez llego a tiempo de cogerlo.
—Gorda, ¿dónde estás? —Feli siempre me llama gorda, porque de pequeña estaba rellenita.
—En el coche.
—¿Qué? ¿No me digas que estás hablando conmigo y conduciendo? Te van a multar, o peor, te vas a estampar.
—Mira que eres majadera cuando quieres —exclamo mientras contengo la risa—. Estoy aparcada debajo de tu casa.
—¡Coñe! ¿Ya estás aquí? Se suponía que llegabas a mediodía.
—Vamos a ver petarda, ¿a ti qué te pasa? ¿No se suponía que te morías de ganas de verme? ¿Y ahora protestas porque he llegado pronto? A ti no hay quien te
entienda.
—¡Claro que me muero de ganas de verte, so tonta! Pero es que me ha surgido un problema en el trabajo y no iré a comer a casa. Tengo que solucionarlo hoy si
quiero coger las vacaciones mañana. Y me temo que Mario tampoco va a comer. Ha habido un accidente en la carretera de circunvalación y se ha tenido que quedar para
una operación de urgencia —resoplo y me enfado un poco más con el mundo. Pero como en el fondo sé que ni Feli ni Mario tienen culpa, me trago la retahíla de tacos
que iba a soltar y pongo voz dulce.
—Loquita, no te preocupes por mí. Comeré en una terraza e iré un rato a la playa. Cuando termines me llamas, ¿vale?
—Vale, en cuanto termine te llamo. ¡Ay, qué ganas tengo de verte y darte un achuchón! —y dicho esto, me cuelga.
Decidida a reemprender mis vacaciones con mejor talante, abro el maletero y revuelvo media maleta hasta que encuentro lo que quiero: mi bikini, mi vestido playero
y mi toalla. ¡Porras! No tengo crema solar. Vale, no pasa nada. Seguro que encuentro un sitio donde vendan. Agarro la toalla y me meto de nuevo en el coche. Ojeo a un
lado y otro de la calle. No veo a nadie y rápidamente me quito la camiseta y el sujetador. Me pongo la parte de arriba del bikini y el vestido playero. Como puedo, me
quito los vaqueros, el tanga y me coloco mi braguita brasileña —si me machaco en el gimnasio, por lo menos que sea para enseñar carne, ¿no?—. Compruebo que lo
llevo todo. Cartera, móvil, toalla y ¡a la playa! Pero mis tripas rugen al pasar por una terraza en la que se sirven comidas. Miro el menú del día y veo que por diez euros
me puedo comer una ensalada, un plato de fideuá, postre, bebida y pan. Así que le pregunto a la camarera si tienen mesas libres y me indica que espere un momento.
Diez minutos después estoy sentada frente al mar y tengo ante mí una deliciosa ensalada, un exquisito plato de fideuá y una cerveza. Tras una comida rápida me voy a
la playa. Extiendo la toalla y recuerdo que no tengo bronceador. «Venga boba, si por un rato no va a pasar nada», me digo a mí misma. Me tumbo, la brisa del mar ayuda
a aliviar el sofocante calor y cierro los ojos. ¡Dios!, qué a gusto estoy y cuántas ganas tenía de relajarme.
Suena mi móvil y abro los ojos de sopetón. ¡Mierda, mierda y más mierda! ¡Me he quedado dormida! Antes de mirar mi cuerpo, decido responder.
—Gorda, ¿dónde estás?
—En la playa, loquita, ¿y tú?
—En cinco minutos llego a casa. ¿Nos vemos allí?
—Vale, voy para allá —dicho lo cual, Feli me vuelve a colgar.
Cojo la toalla y me niego a mirar mi cuerpo. A pesar de tener el cabello negro como el carbón, mi piel es blanca, casi tan blanca como la de un vampiro, así que sé que
eso que noto en mi trasero y espalda es que estoy más roja que una gamba. No importa, seguro que Feli tiene after sun en casa y tras una ducha le pediré que me unte la
espalda. Con el culo ya me apañaré yo solita.
Cuando llego al portal de Feli, cargada con la maleta, la toalla y el bolso-saco, mi prima me está esperando. Corre hacia mí, empieza a dar saltitos y al final me
espachurra contra ella.
—¡Dios! ¡Qué ganas tenía de verte! —me aprieta un poco más contra ella y yo aúllo.
—¡Ay, ay, ay! —Feli me suelta asustada.
—¿Qué pasa? —Su cara muestra preocupación. Me mira los pies, por si me ha pisado.
—La espalda —digo, mientras me giro y Feli grita horrorizada.
—¡Coño! Si pareces un tomate. —¡Qué graciosa! Pienso, pero callo.
—Es que me he quedado dormida en la playa —reconozco abochornada.
—Anda, vamos a casa que tengo una crema para esto que hace milagros.
Me agarra por un brazo, yo tiro de la maleta y nos metemos en el portal. Tras una ducha de diez minutos con agua fría, Feli me pone su fantástica crema en la
espalda y me deja el bote allí para que me la ponga en las piernas y en el trasero. Siento su efecto calmante al momento. Me pongo un vestido de lino blanco y mis
chanclas. Feli me espera en la cocina, preparando limonada. Me bebo un vaso bien fresquito y me sirvo otro.
—¿Has deshecho la maleta? —me pregunta mientras me imita y se sirve un vaso de la más exquisita limonada que exista en el mundo, receta de nuestra abuela.
—No, mañana por la mañana lo haré.
—No, no la deshagas.
—Y eso, ¿por qué?
—Tengo una sorpresa para ti. —Me mira con cara de gamberra. Y no suelen pasar cosas buenas cuando Feli pone esa cara.
—¿Qué sorpresa? —la interrogo. Últimamente no me gustan las sorpresas. Concretamente desde que sorprendí a Saúl en la cama con Elena.
—Si te lo cuento, deja de ser una sorpresa —dice, guiñándome un ojo.
—Loquita, te lo digo en serio, ¿qué has tramado? —sigo insistiendo mientras pongo los brazos en jarras. Señal inequívoca de que me estoy mosqueando.
—No seas aguafiestas, ¿quieres? —Ahora me saca la lengua. Resoplo.
—Feli, te puedo asegurar que por hoy ya he tenido bastantes sorpresas y ninguna agradable, dicho sea de paso. Así que dime de qué sorpresa estás hablando. —Con
la mano empiezo a repiquetear sobre la encimera, impaciente.
—Vale, pesada, pero que conste que era una sorpresa, así que cuando llegue Mario te quiero callada como si fueras una momia, ¿entendido? —Protestaría, pero sé
que si lo hago Feli no me contará la sorpresa—. Los padres de Mario se compraron una casita en Denia para veranear y nos la han dejado quince días. Estamos
esperando que llegue un amigo de Mario y ¡nos vamos los cuatro a Denia, de vacaciones! ¿Qué te parece?
Cierro los ojos, bufo y cuento hasta diez antes de abrir esa bocaza que Dios me dio.
—Me parece que os voy a matar. —Abro los ojos y observo cómo Feli ni se inmuta—. ¿Es que os habéis vuelto locos? —grito.
—A ver, gorda, ¿qué leches te pasa hoy? Porque estás insoportable. —Ahora la que pone los brazos en jarras es ella. Eso lo hemos heredado de la abuela.
—Me pasa que tengo un mal día. Ayer discutí con el imbécil de mi jefe, hoy llego aquí, voy a dar un paseo, me compro un cucurucho y sin querer tropiezo con un
hombre y le mancho la camisa. Se pone borde, le tiro el cucurucho a la cabeza, piso una caca de perro, por poco me mato, me duermo en la playa y me quemo la
espalda. Y ahora, me dices que tú y tu querido marido habéis planeado que nos vayamos quince días a Denia, ¡con un amigo! Sé lo que pretendes, Feli, y te va a salir
mal.
—¿Has pisado una caca de perro y puesto un cucurucho de sombrero a un desconocido? —pregunta sorprendida.
—No cambies de tema —refunfuño.
Y empieza a troncharse de risa en mi cara. Se ríe tanto que tiene que agarrarse a la encimera de la cocina para no caerse al suelo. Se le saltan las lágrimas y yo me
cabreo aún más. Pero al final acabo como ella, riéndome.
Tras quince minutos, tenemos agujetas en la barriga y nos duele la mandíbula, pero hemos conseguido serenarnos. Feli me dice que me siente en el sofá y obedezco.
Hemos pasado del momento risa, al momento confesiones.
—Gorda, no estamos tratando de liarte con nadie. Ian, el amigo de Mario, acaba de pasar una mala racha y hoy tenía una entrevista para ver si lo contratan en una
clínica privada de cirugía estética. Mario le ha dicho que venga a pasar unos días con nosotros para que se despeje, porque si le dan el trabajo tendrá que buscar piso y
terminar de mudarse, puesto que empezaría en septiembre. El pobre lo ha pasado fatal. Mario y yo pensamos que estaría bien pasar unos días los cuatros juntos. Ian es
un tipo muy agradable y divertido, ya lo verás.
—¿Qué le ha pasado? —Me puede la curiosidad.
—Se ha divorciado hace nueve meses. Su mujer decidió que ya no le gustaban los hombres —responde tranquilamente mientras se encoge de hombros.
—¡Joder! ¿Tan feo es? —¡Hale, ya me salió la vena borde!
—Pero mira que eres burra —responde Feli tronchándose por mi comentario—. Ian está más bueno que el pan. Creo que tiene tanto éxito como cirujano plástico
porque las mujeres se derriten ante él y las tiene que reconstruir. —Ahora la que me río soy yo.
De repente oímos el ruido de la llave en la cerradura. Mario ha llegado y no viene solo.
—¿En serio? —pregunta Mario a su acompañante.
—Sí, colega. Era una borde. Me dirigía a buscar el coche para ir a la entrevista. Menos mal que llevaba otra camisa en el coche, que si no, a ver cómo me presento con
esas pintas.
Ambos pasan al salón, uno de ellos arrastrando una maleta y yo me quiero morir. ¡Tierra, trágame!
¿Cómo es eso de la ley de Murphy? ¿Si algo puede salir mal, saldrá mal?
Pues en mi caso es: si algo puede salir mal, ¡saldrá fatal!
III
A mí me tiene que haber mirado un tuerto, porque si no, no lo entiendo. ¿Cómo es posible que, con todos los hombres que hay en el mundo, Ian tenga que ser
precisamente el tipo guapo, macizorro, imbécil y gilipollas de esta mañana? Con todo el disimulo y la naturalidad de la que soy capaz, me deslizo por el sofá hasta
quedarme completamente tumbada para que el recién llegado no me vea. Feli me mira flipada y con una inequívoca expresión me pregunta qué pasa. Señalo en dirección
a Ian, hago un gesto con la mano y la lengua, como si me comiera un cucurucho y luego indico la cabeza. Veo cómo Feli aprieta los labios para no partirse de risa. Ha
comprendido que Ian es el tipo al que esta mañana le he estampado el cucurucho en la cabeza. Se pone en pie, me mira y me guiña un ojo mientras sigo espatarrada en el
sofá para que el guaperas no me vea.
—¡Ian! Hola, guapetón —exclama Feli mientras se dirige hacia él—. Dame un abrazo, tío bueno. —Oigo como Mario e Ian se ríen. ¡Dios! Si hasta su risa es bonita.
—Ven aquí, cabra loca —responde Ian.
Asomo la nariz por encima del sofá y veo cómo Ian ha levantado a Feli y da vueltas sobre sí mismo mientras le da besos en la mejilla. ¡Quiero ser Feli para que me
espachurre a mí sobre ese torso! No puedo dejar de mirarlo. ¡Joder que trasero tiene! Estoy tan embelesada que no me doy cuenta de que Mario me ha descubierto.
¡Porras!
—Pero bueno, ¿qué haces tú escondida ahí, gorda? —Mato a Mario. Lo mato y lo remato. ¿Cómo se le ocurre llamarme gorda delante de semejante espécimen
masculino?
—Estaba buscando mi pendiente —miento como una bellaca.
Mario arruga la frente y me mira. ¿Tengo monos en la cara o qué? ¡Leches! ¡Pero si no llevo pendientes! Vuelvo a resoplar; esta vez cabreada conmigo. Me pongo en
pie al tiempo que Ian suelta a Feli y me mira. ¡Ostras tú, que cara de mala leche pone!
—¡¿Tú?! —grita.
—Sí, yo, ¿algún problema? —Otra vez la vena borde sale a relucir.
—¿Os conocéis? —pregunta Mario perplejo por la cara de Ian.
Pongo de nuevo los brazos en jarras, fulmino a Ian con la mirada como él está haciendo conmigo y espero.
—La borde del cucurucho —espeta Ian señalándome con el dedo. ¿A que le doy un sopapo por llamarme borde?
Mario me mira, mira a Ian, me vuelve a mirar y al final estalla en sonoras carcajadas. Feli lo imita. Ian me sigue observando mosqueado. Yo le devuelvo la mirada y,
pasados unos minutos, nos estamos riendo los cuatro. Al final conseguimos calmarnos y Mario hace las oportunas presentaciones.
—Ian, esta es la loca de la prima de Feli, Ángela. Gorda, este es Ian, amigo mío de toda la vida.
Ian se acerca. ¡Ay, madre, qué bueno está! Me tiende la mano y se la estrecho. ¡Qué manos más grandes y suaves! Clavo mis ojos en los de él y ¡me derrito! Arquea
una ceja, levanta la comisura de esos perfectos labios que tiene esbozando una sonrisa pícara y me planta dos besos en las mejillas.
—Encantado de conocerte, Ángela —me dice mientras lo miro atontada perdida. Recobro la compostura con rapidez.
—Lo mismo digo —respondo aparentando calma—. Siento lo de esta mañana —me vuelvo a disculpar.
—No pasa nada —me suelta la mano—. Perdona por lo borde que me he puesto. Es que estaba un poco nervioso por la entrevista de trabajo.
—Hale, pues ahora que ya os habéis reconciliado, tengo una cosa que deciros —suelta Mario de golpe—. No deshagáis la maleta que mañana nos vamos de
vacaciones.
—¿Qué? —preguntamos Ian y yo, él sorprendido y yo fingiendo. Miro a Feli, le guiño un ojo y ella me saca la lengua. Ian se percata de que yo ya sé dónde vamos,
pero calla. ¡Un punto a su favor!
—Es una sorpresa —contesta mi prima—. ¿Qué os parece si salimos a cenar?
—¡Genial! —exclamo alegremente—. ¿No os he dicho que Feli es una cocinera pésima, verdad? Mejor cenar fuera que pasar toda la noche con indigestión. Voy a
por mi bolso.
—¡¿Qué te ha pasado en la espalda?! —vocifera Mario asustado al ver el tono rojo bermellón que tengo.
—Me he quedado dormida en la playa mientras os esperaba. —Mario parpadea primero y se ríe después; Ian lo imita; Feli se troncha y yo me cabreo más—.
¡Dejad de reíros los tres que esto escuece!
Ni caso. ¡No me hacen ni puñetero caso! Bufando voy a mi dormitorio, me pongo unas sandalias, un poco de brillo en los labios y cojo el bolso. Les oigo reír y
espero un momento a que se les pase el ataque de risa, porque si no, soy capaz de estrangular a alguien. Cuando ya no les oigo troncharse, salgo.
Ian ha desaparecido y Mario está achuchando a Feli, mi prima se come con los ojos a su marido y yo les envidio. Mario y Feli llevan diez años juntos y para ellos es
como si fuera el primer día. Suspiro mientras veo cómo mi prima le estampa un beso de esos de película a Mario, y él la agarra por el trasero. Me doy la vuelta porque
no puedo seguir observándolos. Algo se remueve en mi interior y no quiero ponerme a llorar por sentirme desgraciada. ¡Y voy y tropiezo con Ian! ¡Qué día, Señor, qué
día!
—¿Piensas pasarte las vacaciones atropellándome? —Ahora no sé si habla en serio o en broma. Pero arquea una ceja y vuelve a poner esa cara de gamberro—. Lo
digo por comprarme un casco.
¿Qué hago, lo mato por gracioso o paso del tema? Mejor paso y le río la gracia, que por hoy ya he tenido bastante. Mario y Feli salen de la cocina y nos vamos. En
la calle veo aparcado un BMW serie 6 descapotable de color negro. ¡Qué pasada de coche!, pienso babeando ante semejante cochazo. Adoro los coches y la velocidad,
pero jamás ganaré lo suficiente para comprarme un vehículo como ese.
—¿Vamos en mi coche? —pregunta Ian, accionando el mando a distancia ¡del BMW!
Nos acercamos al coche. Ian abre la puerta y veo que la tapicería es de cuero rojo. Desde el asiento del conductor, pulsa un botón y baja la capota, destapando una
belleza que me fascina. Nos aproximamos a la puerta del copiloto, Ian abate el asiento y Feli y yo pasamos al asiento trasero. Acaricio la tapicería con mimo antes de
sentarme y cierro los ojos. El sonido del motor me roba el corazón. ¡Me acabo de enamorar de este coche!
Ian se mete en las calles de Valencia. De repente en el equipo de música suena la canción de Pink, Blow Me One Last Kiss. Feli y yo nos miramos y empezamos a
cantar con los brazos en alto, dejando que la brisa nos agite los cabellos. Mario se ríe e Ian nos mira flipado. ¡Este no sabía dónde se metía cuando aceptó pasar las
vacaciones con las dos primas más locas del planeta! Termina sonriendo mientras sube el volumen. Seguro que para no oír nuestros gallos. ¡Porque mira que cantamos
mal!
Cenamos en un restaurante bonito y tranquilo. Pescado, ensalada y vino blanco. De postre, ¡profiteroles de chocolate!
Tras la cena decidimos ir a tomar algo. Acabamos en el Mogambo, en la zona centro de la ciudad. Feli y Mario piden dos whiskys con cola, Ian una cerveza y yo un
mojito. Nos tomamos las copas tranquilamente y Feli saca a bailar a Ian. Mario se cambia de sitio y se aposenta a mi lado. Me coge de la mano y me mira. Yo sonrío,
pero él no. Aquí pasa algo, pero ni idea de qué.
—Gorda, ¿puedo preguntarte una cosa?
—¿Qué pasa? —pregunto preocupada. No entiendo a qué viene esta reacción por parte de Mario.
—¿De verdad estás bien del todo?
¡Otro con el que si todo va bien! Esto no es idea de Mario. Aquí huele a Feli por todos los lados.
—La loquita te ha mandado a interrogarme —afirmo, no pregunto. Mario asiente—. ¿Por qué?
—Porque se preocupa por ti.
Vale, me quiero enfadar con Feli, pero veo que nos observa con poco disimulo mientras baila con Ian. No puedo cabrearme con ella, porque la pobre, cuando se
enteró de lo de Saúl, corrió a mi lado y se tiró una semana conmigo, a riesgo de que la despidieran del trabajo.
—Estoy bien, Mario. La fase de duelo ya ha pasado. Y la psicóloga me ha ayudado mucho. No quiero, pero sobre todo, no debo dejar que esto me supere. Pero
tampoco me apetece hablar de ello. Lo pasado, pasado está. Solo me queda seguir adelante —concluyo mientras alzo los hombros.
—Los dos queremos que vuelvas a ser la descerebrada de siempre. Así que, si por el motivo que sea, necesitas hablar con alguien, aquí nos tienes. —Me pone ojitos
de cordero degollado y me lo quiero comer a besos. Mi prima se casó con un tipo genial.
—Lo sé, Mario —digo mientras lo abrazo. Me da un achuchón y me suelta. Coge su copa, yo la mía y brindamos.
—Por mi prima loca favorita —grita efusivamente. Me río, le doy un trago al mojito y salimos a bailar a la pista. ¡No hay nada como dejarse mimar por la familia!
IV
Bebimos, bailamos, volvimos a beber, volvimos a bailar y seguimos bebiendo. Consecuencia: ¡tengo la resaca del siglo! Ni recuerdo cómo llegué a casa. Me miro y veo
que todavía llevo el vestido puesto. ¡Madre, sí que acabé mal que no me pude ni desvestir! Me incorporo en la cama y me mareo. ¡Buf! ¿A que todavía me dura el
pedo? Me quito el vestido como puedo y salgo corriendo en tanga y sujetador al baño porque voy a vomitar. Llego justa a la taza del váter para poder echar lo que me
queda en el estómago. Me dejo caer al lado de la taza y la abrazo. ¡Dios qué dolor de cabeza! Bajo la tapa y recuesto la cabeza sobre ella a ver si se me pasa el mareo. Y
en eso se abre la cortina de la ducha y ¡aparece Ian en pelotas!
—¡Ah! —grito.
—¡Joder! —exclama él.
Y Feli abre la puerta del baño aullando:
—¿Pero qué pasa? ¡Gorda! —vocifera al verme tirada en el suelo y más roja que un tomate.
Ian saca el brazo por un lateral de la cortina y coge una toalla. Cuando abre la cortina del todo, la toalla solo le tapa de cintura para abajo. Lo miro, me mira, Feli nos
mira a los dos y yo me pongo más roja. ¡Me quiero morir de vergüenza!
—Iré a vestirme a mi habitación —explica mientras coge su ropa. Sigo abrazada al váter, levanto la tapa y vuelvo a vomitar.
Mario aparece y con su ayuda y la de Feli consigo llegar a mi cama. Mi prima me trae un café muy cargado y una palangana por si me da por vomitar de nuevo.
Cosa que, por supuesto, vuelve a ocurrir.
Tres horas más tarde, cuatro cafés y dos vomitonas más, consigo levantarme, ducharme, vestirme y terminar de meter mis cosas en la maleta. Cuando llegamos a la
calle, Mario e Ian charlan sobre si vamos en un solo coche o en dos. Pero Ian se niega a dejar el suyo en la ciudad, y yo tampoco quiero dejar mi humilde Ford Fiesta,
pero no estoy en condiciones de conducir, así que mi tronco-móvil se queda en el garaje de Feli y Mario. Ellos se montan en su coche y yo voy con Ian. Soy incapaz de
mirarle a la cara. Apaga la música en cuanto arranca el motor para que no me moleste; sigo con un dolor de cabeza horrible.
—¿Te encuentras mejor? —pregunta educadamente una vez hemos entrado en la autopista. Asiento, porque soy incapaz de mirarlo y no ponerme de nuevo roja—.
¿Seguro que estás mejor? —Vuelvo a asentir. Decide no seguir interrogándome y se lo agradezco. ¡Otro punto a su favor!
Llevamos un buen rato de viaje cuando me atrevo a mirarle por el rabillo del ojo; contengo el aire cuando lo observo. Se ha puesto unas bermudas de lino en color
crudo y una camisa, también de lino, del mismo color que sus ojos. No se ha afeitado y esa barbita lo hace más sexy todavía. Lleva el pelo revuelto y está para
comérselo. De repente gira la cabeza, me mira y sonríe, pero no me dice nada.
Llegamos a Denia a eso de las tres de la tarde y vamos directos a la casa de los padres de Mario, que está en la ladera del Montgó. Cuando llegamos me quedo alelada
mirándola. Mi prima me había dicho que era una casita. ¿Una casita? ¡Pero si es un chalet de más de quinientos metros cuadrados, mil metros cuadrados de jardín, con
piscina y vistas al mar!
Dejamos las maletas en la entrada y Feli se mete en la cocina a preparar unas pizzas. Nos asignamos las habitaciones después de comer. Dejo la maleta en la mía —
que es enorme—, me tiro en la cama tamaño piscina olímpica y me quedo frita. Cuando me despierto veo que son las ocho de la tarde. Mi prima, Mario e Ian están en la
terraza tomándose una cerveza y unos panchitos. Me uno a ellos para el aperitivo y entre charla y charla decidimos que esa noche salimos a cenar fuera; ya iremos
mañana al súper.
De vuelta en mi habitación, me visto con un mono color turquesa y unas sandalias, me recojo el pelo, me maquillo ligeramente y estoy en la entrada en un periquete.
Acabamos en un restaurante del puerto. Esta vez solo pienso beber agua. Cenamos, charlamos; Ian me da conversación y consigue que se me pase la vergüenza por
lo de esta mañana. Es la una de la madriugada cuando decidimos irnos a casa. Vuelvo a caer rendida en la cama. ¡Qué mala es la resaca!
Me despierto a las cuatro de la mañana porque me ha parecido oír unos golpes y ruidos. Vuelvo a cerrar los ojos mientras pienso que lo he soñado. Pero no, de
pronto vuelvo a oír esos ruidos. ¡Son gemidos! Entonces recuerdo que la habitación contigua es la de mi prima y su marido. Oigo gemir, jadear y gruñir a Feli y Mario.
¡Toma ya! ¡Qué pedazo polvo están echando esos dos! Pero me entra vergüenza ajena y decido salir a la terraza un rato, a esperar que terminen de hacer el amor. Me
estiro en la tumbona, bajo las estrellas. El cielo está precioso. No se oye ni un ruido. Se respira paz. Cierro los ojos y me dejo embriagar por la calma del lugar. Unas
gotitas de agua mojan mi rostro. ¿Va a llover? No recuerdo que hubiera nubes en el cielo. Abro los ojos y lo primero que veo es el rostro de Ian a un palmo de mis
narices. Voy a gritar pero me tapa la boca con la mano.
—¡Shh! No grites o sabrán que nos han despertado —dice mientras señala hacia el interior de la casa. Me quita la mano de la boca, se incorpora y me fijo en que está
en bañador y todo mojado. Hiperventilo—. ¿Te encuentras bien? —pregunta frunciendo el ceño. No querido, es que me has puesto como una moto.
—Sí, es que me has asustado —miento cochinamente—. ¿Qué haces aquí?
—No podía dormir. Y he decidido darme un baño. ¿Te apuntas?
—No llevo el bikini puesto —respondo mientras me deleito observando su cuerpo.
—Eso no es problema. —Sin darme tiempo a reaccionar o a pensar, me coge en brazos y ¡me tira a la piscina! Acto seguido se zambulle él.
—¡Te voy a matar, Ian! —consigo decir tras tragarme media piscina. He caído con la boca abierta. Ian ríe divertido.
—Te debía una, Ángela —me responde cuando llega a la otra punta de la

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