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¿Quién quiere tener una bruja en su escarabajo? – Piia Podersalu

¿Quién quiere tener una bruja en su escarabajo? – Piia Podersalu

¿Quién quiere tener una bruja en su escarabajo? – Piia Podersalu 

Descargar ¿Quién quiere tener una bruja en su escarabajo? En PDF La señora mayor se acomoda sus
gafas con un gesto lento, como si
quisiera verme mejor. Sus ojos
encendidos, esa mirada que se balancea
entre desconcertada y suspicaz, me
sorprenden porque la intención de la
conversación no iba por ahí. Ni de
cerca. Mis palabras deberían haber
provocado ensoñaciones, asentimientos,
sonrisas cómplices, quizá hasta
recuerdos apasionantes, pero no
espanto. Para eso ya está la fila de
migración del aeropuerto, capaz de
estrangular el romanticismo de cualquier
aventurero. Fue por eso, solo por esa
sosería ambiental, que acabamos
conversando mientras esperamos cada
una nuestro turno. Entre unas cosas y
otras le confesé algo que me pasa desde
hace bastantes meses y que debe de ser
familiar a mucha gente. De hecho, por
eso saqué el tema de los anhelos
universales provocados por las
condiciones astrológicas, por tener algo
en común de que conversar con la
señora de gafas. Le hablé de la
esperanza, al principio vaga, que se te
mete dentro antes de un viaje, sea largo
o no, y empieza a crecer y crecer, y a
cobrar vida hasta convertirse en una
certeza, en un saber casi profético, que
esta vez será diferente, que este viaje
por fin, después de tantos años, dará un
giro inesperado e incluirá personajes
inverosímiles, momentos que te erizarán
la piel, conversaciones misteriosas,
descubrimientos secretos que volcarán
tu vida entera, que te regalarán lo
inimaginable. Te lo repites día y noche,
en cada cena, en cada pensamiento, lo
visualizas, lo saboreas, hasta que viajas
y llegas a ese lugar extraño, soñado, a
esa ciudad, a ese pueblo, a ese punto en
medio de la nada, a ese entorno idílico
para la aventura y… En ese instante
suspiré rendida y dije que nunca pasa
nada, que todo sigue igual. Supongo que
fue ese lamento inesperado que incitó la
pregunta atemorizada de la señora.
‒ ¿Que qué quiero que pase? Algo
extraordinario ‒ mi voz suena tranquila,
aunque esté un poco sorprendida por
estar vocalizando algo tan evidente ‒.
Quiero que en este viaje pase algo
radical, algo que lo cambie todo…
Perdone pero, ¿usted no?
Ni un músculo se mueve en la cara
de mi compañera de fila. Como si la
pregunta no hubiese ido con ella o no la
hubiese escuchado, y estoy segura que la
pronuncié en voz alta. Es entonces
cuando desvía su mirada hacia la escena
que está ocurriendo al mismo tiempo en
nuestra misma fila. Sigo sus ojos con los
míos. Dos oficiales varones le piden a
una mujer que les acompañe, a ellos y a
su perro, que salta y da giros nerviosos
alrededor del bolso de la mujer, a una
sala que se oculta tras una pared gris. Es
una mujer exuberante, preciosa, con su
melena ondulada, sus labios rojos y su
vestido de vuelo, y me mira alarmada,
suplicante durante un segundo pero ¿qué
puedo hacer yo? La mujer espectacular
desaparece y la gente, que por un
momento murmuró desconcertada, baja
sus voces y el ruido tedioso de las
lámparas fluorescentes invade el
espacio de nuevo. Tampoco nosotras
encontramos ya nada más que decirnos
hasta que llega el turno de mi compañera

¿Quién quiere tener una bruja en su escarabajo? – Piia Podersalu 

de fila para pasar el control. Antes de
acercarse a la mesa del oficial, la
señora mayor se gira para mirarme. Me
observa seria, pero ya no es la
desconfianza que reflejan sus ojos
marrones tras los cristales de sus gafas,
sino algo más oscuro.
‒ ¿Lo ha visto? A esa mujer le
acaba de pasar algo extraordinario, algo
radical. ¡Tenga usted cuidado con lo que
desea! Los deseos se hacen realidad.
‒ ¿Cómo dice?
Suelto la pregunta sin pensar, por
pura costumbre, para ganar tiempo. Oí
perfectamente lo que dijo. Pero
pregunto, tengo que preguntar, porque
noto como mi corazón empieza a trepar
por las paredes de mi garganta y
necesito una interrupción para asimilar
sus palabras, asimilar la situación
entera. La señora no añade nada más y
se despide con una sonrisa casi
imperceptible justo cuando el
funcionario de la mesa más lejana
empieza a hacerme señales.
‒ Señora, ¿el objetivo de su viaje?
El oficial del ceño fruncido y
pequeño bigote no me mira cuando hace
la pregunta ni cuando yo, como todo el
mundo, le ofrezco una verdad a medias.
El turismo, he venido por el turismo, le
digo distraída mientras busco con la
mirada a la señora de gafas. ¿Qué
demonios quiso decirme? Giro la cabeza
a la izquierda, miro a la derecha, sigo
cabellos negros, nucas morenas, gente
diminuta, pero ninguna resulta ser ella.
Suspirando vuelvo a centrarme en el
oficial que está tosiendo. Es una tos
seca, cerrada que le pinta la cara de rojo
del esfuerzo y es entonces cuando mi
mirada se queda prendida en su bigote.
El fino hilo peludo está un poco más
corto por la derecha que por la
izquierda, y como no es algo que una se
espera encontrar en un sitio así ni en una
persona de estas características acapara
toda mi atención. Mi inquietud crece por
segundos y es cada vez más difícil de
disimular, pero él no parece notarlo. No
se mueve incómodo en su silla, como las
personas que se saben observadas, ni
aparta la mirada de su pantalla mientras
teclea sin parar. Supongo que son mis
respuestas y datos personales, aunque el
hombre podría estar redactando algo
mucho más útil, importante e interesante
para la humanidad. Una manifestación
sociopolítica anticapitalista, por
ejemplo.
‒ ¿Qué le pasó?
‒ ¿En qué sentido?
Miro el bigote con curiosidad. A
esa pregunta, si me apuran, puedo
ofrecer varias respuestas. Y todas muy
interesantes.
‒ A su pie, claro…
Arrastra las palabras como si
hablase con una niña de tres años o con
una borracha.
‒Ah, claro, mi pie… Pues fue el
deporte.
Le examino con interés creciente.
¿Cómo lo ha sabido? Ni siquiera me ha
mirado. El oficial, sin distraerse de su
pantalla, asiente y me devuelve mi
pasaporte de tapas rojas sin más
comentarios, fortaleciendo así mi
convicción de que nada de lo que ocurre
en los aeropuertos, a pesar de lo
rutinario, natural e insignificante que
aparenta ser, realmente lo sea.
Seguro que también sabe que ahora
mismo estoy ovulando.
Paso la migración detrás de una
mujer grande, de espalda ancha, que
sigue con devoción religiosa las flechas
que indican el punto de recogida de
equipajes, pero yo avanzo demasiado
lenta por mi cojera y la espalda ancha
desaparece entre tantas otras. Es solo el
segundo día, después de haber pasado
cinco en el aire, que mi pie derecho se
apoya en el suelo e intenta recordar el
acto de caminar. Lo hace imitando a
todos los demás pies, que nos pasan de
largo y nos miran con curiosidad desde
su arrogancia de extremidades inferiores
sanas. ¿Qué le pasa? ¿Por qué caminará
así? ¿Es de nacimiento? Mi pantalón
tapa la negra tobillera del todo, así que
se quedan con la duda. Mejor. Pienso
con cariño en mi tobillo hinchado, en
sus hematomas, en su apariencia
mutilada. Ahora, una semana después de
la lesión, tiene todos los colores del
arco iris. Y eso, le dije en voz alta entre
caricias, es muy bonito. Sí, hablo con mi
tobillo. También hablo con mi estómago
acariciándolo cuando alguna comida le
ha sentado mal, y con mis senos y mis
ovarios cuando se estresan expulsando
óvulos para renovarme cada mes.
Se entera la gente con quien me
relaciono de esto y dejan de hablarme.
En las pantallas informativas
aparece el cinco, el número de la cinta
donde arrojarán nuestras pertenencias, y
me dirijo hacia el lugar. Somos
semblantes serios, alienados a lo largo
de la rueda de equipajes, iguales a
tantos semblantes a lo largo de tantas
cintas de tantos aeropuertos, esperando
nuestras maletas que habíamos
preparado con cuidado hace apenas unas
horas. La incertidumbre de aterrizar con
vida después de haber alcanzado
velocidades y alturas vertiginosas ha
sido sustituida por el desasosiego que
nos provoca el destino de nuestra
maleta.
Nada en este domingo de
septiembre esperando a mi maleta roja,
entre la gente uniformada y de rostros
serios en el aeropuerto internacional de
Lima, permite presagiar que este viaje
podría ser diferente.
Que este viaje lo cambiará todo.
Capítulo II
El sonido rechinante de las
ruedecillas de la maleta me acompaña
hasta las puertas corredizas, que se
abren en silencio revelando la sala de
llegadas. De repente hay más luz, más
aire, más bullicio. El muro humano que
se ha formado detrás del cordón, justo
en frente de las puertas corredizas, me
observa expectante. Y yo a ellos. Hay
muchos cuerpos comprimidos entre
otros cuerpos aguantando letreros con
nombres escritos, muchas cabezas
buscando, vociferando esos mismos
nombres entre los cuales ninguno es el
mío.
Miro a la derecha como había
sugerido que hiciera Coya, el amigo
peruano de mi compañero Harry Brown,
que nos puso en contacto, y ahí está. Le
distingo en seguida aunque no lleve
ningún clavel en la solapa como en las
películas, ni una bufanda vistosa. Nos
reconocemos, repetimos nombres, luego
un beso seguido de palabras
encantadoras. Le saco la cabeza y,
aunque me esté sonriendo con esos ojos
grandes y cristalinos como dos lagos
volcánicos, tengo la impresión de
haberle causado una especie de
decepción. Sospecho que no me
esperaba tan lejos de sus gustos: ni tan
alta ni tan coja. El entusiasmo, la gracia,
esa simpatía desbordante reflejada en
sus mails se disuelve delante de mis
ojos.
Mejor pasar a otro tema.
‒ Muy bien, te encontré a ti, pero
además debería estar esperándome un
tal señor Rosales con mis billetes para
ir a Cuzco y a Machu Picchu pero no
encuentro a nadie con mi nombre o con
el de la agencia de viajes.
Coya se ofrece en seguida a
buscarle, probablemente para darse un
respiro, un punto y aparte, después de
ese primer encuentro no del todo
satisfactorio. Da la misma vuelta que
había dado yo, delante del mismo muro
humano llegando a la misma conclusión.
Rosales no está, tampoco está mi
nombre ni el de la agencia.
‒ Bueno, los peruanos muy
puntuales no son… Además es domingo
por la tarde, estará viendo el fútbol en
su casa así que… ¿Le llamamos?
Más que preguntar lo sentencia y
saca su teléfono móvil. Rosales no tarda
en contestar y nosotros
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