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¿ Quien Te Lo Ha Contado ? – Marian Keyes

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—¿Gemma? —preguntó él con recelo.
Lo cual no tenía nada de raro. Cuando yo llamaba, papá siempre contestaba con recelo. Y no
sin razón, pues únicamente le llamaba:
a) para decirle que se me había estropeado el televisor y si no le importaba venir con
su caja de herramientas.
b) para decirle que mi césped necesitaba un corte y si no le importaba venir con su
segadora.
c) para decirle que mi sala de estar necesitaba una mano de pintura y si no le
importaba venir con sus guardapolvos, rodillos, pinceles, cinta adhesiva y una bolsa
grande de chocolatinas variadas.
—Papá, estás en el trabajo. —Incontestable.
—Sí, yo…
—¿Qué ocurre?
—Oye, pensaba llamarte más tarde, pero las cosas por aquí se han complicado. —Respiraba
con dificultad—. Los planes del prototipo debieron de filtrarse, la competencia va a sacar un
comunicado de prensa… un producto nuevo, casi idéntico, espionaje indus…
—¿Papá?
Antes de proseguir debo contarte que mi padre trabaja en el departamento de ventas de una
gran empresa de chocolatinas. (No voy a decir el nombre porque, dadas las circunstancias, no
quiero hacerle publicidad gratuita.) Lleva en esa empresa desde que nací y uno de los
incentivos de su puesto es que puede consumir tanto producto como desee, gratis. Eso
significa que en mi casa siempre había chocolatinas y que yo era más popular entre los niños
de la calle gracias a ellas. Obviamente, mamá y yo teníamos prohibido comprar chocolatinas
de las compañías rivales, para no «darles ventaja». Aunque me indignaba semejante
imposición (que en realidad no podía calificarse de tal, pues papá era demasiado bondadoso
para imponerse), tampoco encontraba lógico oponerme a ella, y aunque suene ridículo, la
primera vez que me comí un Ferrero Rocher me sentí culpable. (Sé que se pasan un montón
con eso del «cómo nos mima, embajador», pero me impresionó, sobre todo su redondez. No
obstante, cuando comenté a papá que su empresa debería empezar a pensar en hacer
chocolatinas redondas, me miró con tristeza y dijo: «¿Hay algo que debas contarme?»)
—Papá, tengo a mamá al lado. Está muy disgustada. Dime, ¿qué está ocurriendo aquí?
Estaba tratando a mi padre como si fuera un niño travieso que acababa de hacer una estupidez
que iba a confesar en cuanto yo se lo pidiera.
—Pensaba llamarte más tarde para hablar contigo.
—Estamos hablando.
—Ahora no es buen momento.
—Más te vale que lo sea.
Empezaba a alarmarme. Papá no se estaba desmoronando, tal y como había imaginado que
haría en cuanto le hablara severamente.
—Papá, mamá y yo estamos preocupadas por ti. Creemos que a lo mejor estás… —¿cómo
decírselo?— mentalmente enfermo.
—No lo estoy.
—Eso es lo que crees. Por lo general, la gente mentalmente enferma no sabe que está
mentalmente enferma.
—Gemma, soy consciente de que últimamente he estado un poco distante, pero no es un
problema de senilidad.
La cosa no estaba yendo como yo esperaba. Papá no hablaba como un hombre chiflado. Ni
sumiso. Hablaba como si supiera algo que yo ignoraba.
—¿Qué está pasando? —pregunté con voz débil.
—Ahora no puedo hablar. Aquí hay un problema que debo resolver.
Severamente, espeté:
—Creo que el estado de tu matrimonio es más importante que una chocolatina con sabor a
tirami…
—¡SSSHHH! —susurró papá—. ¿Quieres que todo el mundo se entere? Lamento habértelo
contado.
El miedo me dejó sin habla. Papá nunca se enfadaba conmigo.
—Te llamaré cuando pueda hablar.
Hablaba con firmeza. Un poco como… qué curioso… un poco como un padre.
—¿Y bien? —preguntó ávidamente mamá después de colgar.
—Volverá a llamar.
—¿Cuándo?
—En cuanto pueda.
Mordiéndome los nudillos, me pregunté cuál debía ser mi siguiente paso. Papá no parecía
chiflado, pero su comportamiento no era normal.
Era incapaz de pensar en lo que debía hacer. Nunca me había encontrado en una situación
como esta y carecía de precedentes o de un manual de instrucciones. Solo nos quedaba
esperar, esperar unas noticias que yo intuía que no serían buenas. Y mamá no paraba de decir
«¿Qué opinas? Gemma, ¿qué opinas?». Como si yo fuera la adulta y tuviera las respuestas.
Cabe decir, en mi honor, que no dije, toda animada, «¿Qué tal una taza de té?», o peor aún,
«Pongamos agua a calentar». Yo no creo que el té solucione los problemas y me juré que,
pasara lo que pasara, esta crisis no me convertiría en una bebedora de té.
Barajé la posibilidad de ir a ver a papá al trabajo y plantarle cara, pero si se hallaba en medio
de una crisis con sabor a tiramisú, probablemente no me recibiría.
—¿Dónde va a dormir? —soltó quejumbrosa mamá—. Ninguno de nuestros amigos le
permitirá quedarse en su casa.
Tenía razón. El círculo de amigos de mis padres funcionaba de la siguiente forma: los hombres
controlaban el dinero y las llaves del coche, pero en casa mandaban las mujeres. Ellas tenían la
última palabra en cuanto a quién entraba o salía, de modo que aunque uno de los hombres
hubiera prometido a papá que podía dormir en su cuarto de invitados, la esposa le habría
impedido pasar del umbral por lealtad a mamá. Pero si no dormía en casa de un amigo,
¿dónde dormiría entonces?
No podía imaginarlo en un estudio húmedo, con un hornillo y un hervidor de agua oxidado que
no se apagaba automáticamente cuando el agua rompía a hervir.
Pero de ser ese el caso, duraría muy poco alejado de mamá y de las comodidades de su hogar.
Pasaría tres días jugando con su máquina de golf y regresaría a casa cuando necesitara
calcetines limpios.
—¿Cuándo volverá a llamar? —preguntó de nuevo mamá.
—No lo sé. Pongamos la tele.

a) mamá no sabe conducir,
b) papá se había llevado

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