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Quiéreme si no te abrazo Abrázame que no te quiero 2 – Irene Ferb

Quiéreme si no te abrazo Abrázame que no te quiero 2 – Irene Ferb

Quiéreme si no te abrazo Abrázame que no te quiero 2 – Irene Ferb

Descargar Quiéreme si no te abrazo Abrázame que no te quiero 2 En PDF ibas a dar vacaciones y las semanas
van pasando y no veo indicio de ellas,
Rodri.—
Ya, Urian… ten paciencia.
—¿Te parece que estoy teniendo
poca, quillo? Me entran ganas de
colgarte, te lo juro.
—Venga, tío, unos días más. No te
puedo dar libre esta semana. Me ha
dicho mi contacto de la agencia que
vienen un montón de fines de curso y
sabes el tirón que le da eso al local.
—¿No te lo dijo la semana pasada
también? Y que yo recuerde el bar ha
estado prácticamente vacío todas las
noches.—
No exageres, hemos hecho
bastante caja. —Hace una pausa para
después continuar, algo que ya me temía,
con el tono de ruego que nunca le falla
—. Urian, te necesito. —Rodrigo me
resulta ya tan predecible que empiezo a
adelantarme a sus movimientos como si
poseyera capacidades telepáticas.
—Sí lo sé, picha, pero tengo
familia, amigos, y me encantaría verlos.
—Mezcla de sorna y súplica. Yo
también sé jugar con la voz.
—Si te quedas esta semana te
prometo que te pago yo el viaje a Cádiz.
—Dos semanas, picha. Dos
semanas y me voy.
—Perfecto.
Suspiro antes de colgar. Me siento
el ser más tonto del mundo. La firme
convicción con la que me he levantado
se ha ido al garete nada más oír las
suplicas de Rodrigo. Soy un carajote.
Necesito tirar para Cádiz unos días;
anhelo mi tierra. Nunca pensé que lo
haría, pero ya llevo más de diez meses
en Tenerife y lo de vivir rodeado de
agua me está empezando a agobiar; eso y
las incontables horas en el pub. Siempre
me sentí un poco bicho raro en Cádiz,
mis amigos si no pertenecían a alguna
comparsa, jugaban en el Cádiz, y
continuamente estaban halagando a la
pequeña tacita de plata; pero yo, a pesar
de que creía que era un buen sitio para
vivir, estaba seguro de que no el mejor.
El paro y las pocas perspectivas de
futuro son algo de lo que nunca hablan
los de mi pandilla cuando se les llena la
boca con que Cádiz es un paraíso.
Me abro un sobre de pasta
precocinada… uno, sino el principal
motivo de que añore mi hogar, es que
necesito como el aire para respirar un
puchero de mi madre; con su choco, sus
papas, su cebollita… Mi dieta dejó de
ser mediterránea hace tiempo, pero con
esos horarios lo que menos me apetece
es ponerme a cocinar. Soy consciente de
que estoy entrando en bucle: levantarme
a las tres de la tarde, ver algo de tele,
siesta, ducha y al tajo.
Al principio, bien, eso es lo que
buscaba cuando decidí aceptar la
invitación de Rodrigo de trabajar en su
nuevo pub. Mi salud mental pedía a
chillidos un cambio. Con veinte años y
no tengo nada más que experiencia en
bares, heladerías y hoteles, así me va…
No elegí bien mis estudios, me decanté
por la mecánica y después de echar
currículum por toda Cádiz, dejándome
un dineral en cartas, no me llamaron de
ningún taller y sí de una heladería. Pero,
todo iba bien, al lado de María, todo iba
bien. Hasta que…
¡Ya estoy otra vez pensando en
ella! Enciendo la radio para que la
música me despiste. Nacha pop
¡fenómeno! No hay nadie como Antonio
Vega para quitar las penas. Sintoniza
otra emisora; Hombres G. ¡Ufff!
Apagada está mejor. Paso de esos pijos
que me piden todas las niñatas en el pub.
En este último mes la ausencia de
María me está pesando más. Comparo a
todas las mujeres con ella. Se supone
que el tiempo lo cura todo, pero debo de
ser un bicho raro porque mi mente me
castiga, con una malvada asiduidad, con
sus recuerdos. María por aquí, María en
la playa, María comiendo puntillitas,
María entrando en la heladería… María
está desaparecida. María se fue. Me
dejó una carta. Algo como «se me hace
pequeña esta vida»; algo como «te
quiero muchísimo, pero no te merezco»;
algo como «no me busques». Y no la
busqué. Ni lo haré. Nunca.
Me despierto sudoroso y pegado al
sofá. Me he quedado traspuesto. ¡Son las
siete! Toca correr si no quiero llegar
tarde… en el fondo Rodrigo se lo
merece, pero yo no valgo para ser
informal, me lo enseñó mi padre.
—¡Ves! Te dije que hoy iba a haber
caras nuevas —dice a mi oído Rodrigo
feliz porque parece que sus expectativas
se van a cumplir.
Un grupo de unas diez chicas
acaban de elegir el bar. El Paso no es un
pub al uso, como los otros. El Paso es
un bar mucho más modesto, apenas
treinta metros cuadrados, con
decoración menos moderna y luminosa
que en Gara, la discoteca de en frente.
Rodrigo apostó por un bar de madera,
con toques del oeste, y por música
española. Nada de Michael Jackson,
Prince, The Police y ¡venga! Alaska,
Sabina, Tequila, Los Secretos, Mecano,
Radio Futura. A altas horas de la noche
cambiamos de tercio y solemos triunfar
con Leño, Rosendo, Barón Rojo y
Héroes del silencio. Estos meses me han
servido para elaborar una teoría sobre
los gustos musicales y el alcohol:
cuantas más copas, más roqueros. De ahí
que los cantantes de rock se pillen unas
melopeas de coma etílico.
Miro de soslayo, porque conmigo
no va la cosa, al grupito recién llegado y
reafirmándome en mis apetencias
vitales, de instantáneo, mis pies se giran
en la dirección contraria. Vivo con mi
propio paracaídas abierto, como si
hubiera entrado en el ejército del aire y
un general dictador me obligara a
planear para no acercarme a una mujer
que respire a cien kilómetros de mí.
Me alejo de la barra para ir al
cuartucho que hace los usos de almacén
para traer más cervezas y así dejar que
atienda Rodrigo al peligro. De sobra sé
que él no pondrá ninguna pega a mi
desinterés, ya que se crece como un
pavo real ante tanta fémina. Tiene un
don para las mujeres: o le adoran o le
odian. A mí solían atraerme las que le
detestaban a él, pero ya no, desde lo de
María desdeño conocer a nadie, siento
algo similar a la repulsión, debe de
provenir de que no me imagino tocando
o besando a ninguna otra.
Se nos está acabando la cerveza.
Rodrigo ha vuelto a olvidarse de hacer
el pedido. Resoplo algo indignado; no
es mío el bar y en ocasiones lo parece.
Pero decido no calentarme más y
pedirlo luego, más que nada por si
quiero tener algo que servir mañana. En
el fondo es buena idea, así desaparezco
del bar un rato. A veces, ese cuartucho
sin apenas luz es mi oasis de escape, lo
que es la vida…
—¡Aysss, perdona! —Una chica
acaba de adentrarse en el almacén justo
cuando salía yo cargando con las
cervezas—. Pensaba que era el baño,
¡qué tonta!
«Pues sí, hija, sí, qué tonta». ¡Y
encima se queda ahí plantada como un
pasmarote y no me deja salir! «Urian,
paciencia, que es el arte de la ciencia».
Me enseñaron esa frasecita de pequeño
y no hay manera de decir una cosa sin la
otra; me pasa igual con «digan lo que
digan…», pero suena peor y
generalmente obvio pronunciarlo en
alto, puesto que lo que le acompaña,
irremediablemente, es: «…los pelos del
culo abrigan».
—¿Te importa? —gesticulo para
que desobstruya la salida—. Pesan. —
Señalo con mis ojos a las cervezas.
—Ahhh, sí, perdona. —Se ruboriza
—. ¿Te ayudo?
—No, con que me dejes pasar,
basta.—
Vale, vale.
Me obedece y retrocede unos pasos
para permitirme proseguir mi camino y
así adelantar el cuerpo de la
entrometida.
—Gracias —murmuro, (para el
cuello de mi camisa).
—¡Perdona! —La chica parece
reclamarme. Mis brazos arden del peso
de las bebidas. Giro solo mi cabeza.
—¿Qué?
—¿Dónde está el baño? —Me
sonríe. De pronto las cervezas no pesan.
La sonrisa de esa chica es brutal,
ilumina su cara y no me extrañaría que
contagiara a todo el que la mirase.
Advierto cómo mis labios se han

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arqueado mimetizándose con los de ella;
un acto sorprendentemente involuntario.
—Allí —le indico con la cabeza
—, donde hay un cartelito en una puerta
que pone mujeres.
Ella se me queda mirando atenta,
unos segundos, sin mostrar enfado por la
innecesaria impertinencia que le acabo
de conceder. Y sin más, se da la vuelta y
se encamina hacia el aseo. Hago lo
propio, portando la carga hacia la barra,
pero apenas he terminado de soltarla
cuando me giro para ver el trasero de la
desconocida. La pillo a tiempo entrando
en el baño. Perfecto…
¿Perfecto? ¡Quillo, tú estás
chalado! ¡Céntrate en lo tuyo,
soldado! Me castiga «mi sargento». Me
doy cuenta de que hacía meses que no
me daba la vuelta para calificar el
trasero de una mujer. Sonrío… al menos
era un buen culo.
Capítulo 2
Como pequeños retazos de
recuerdos, en ocasiones despierto y creo
encontrarme en mi anterior vida: una
enfermera de veintiocho años que
compartía piso con su novio, Toño; pero
en cada vez menos tiempo retomo mi
realidad: «Poco dura la felicidad en
casa de los pobres», decía mi abuela, y
¡qué verdad más grande! Con esto no
quiero decir que no me sienta feliz, eso
sería mentir innecesariamente; con esto
quiero decir que me apena no cumplir
veintinueve, ni treinta… y que me duele
provocar daño a las personas que dejé
tras mi muerte, sobre todo a Toño y a mi
gran amiga Tere.
Como puedo bajar a visitarlos, sé
que la vida les está tratando bien; parece
que quisiera recompensarlos por el
sufrimiento vivido. Y todo ello se debe,
en gran parte, a la pequeña Sara, la hija
de Tere y Adan, que crece cada día más
bonita y graciosa. Toño se deshace con
su pseudosobrina, pero también con su
nuevo ligue, la ginecóloga que atendió a
Tere, Marisa. Una tía maja, pero qué
quieres que te diga, bien, bien, lo que se
dice bien, (con la boca llena), pues no,
no me sienta.
Pero por aquí, en el cielo, junto a
mi mitad, Marc, todo marcha con un
r i t mo swing ascendente. Marc, el
americano más juicioso, clásico y
prudente del planeta, ha encajado a la
perfección conmigo, una española
dicharachera y fresca que no suele
pensar lo que dice. Esos son los
adjetivos con los que me clasificaron
mis amigos en un círculo de verdades
con el que nos entretuvimos una tarde,
un tanto aburridos de la rutina celestial.
Menos mal que llegaron las ceremonias,
porque me veía jugando a «beso,
verdad, atrevimiento» o a lo que es
peor, «yo nunca he…» y sin alcohol
para desinhibirse.
Pero todo lo bueno se acaba, (¿por
qué?) y por eso me resulta dolorosísimo
enunciar que hoy es el último día de las
ceremonias y como me venía temiendo,
me han encantado. No imaginaba que
fueran tan mágicas. De momento, lo que
más me cautivado del cielo, si hablamos
de actividades en conjunto, porque en
pareja no existe, ni existirá, nada mejor
que «la unión»; pero en fiestas y
celebraciones varias, he disfrutado más
incluso, que con el torneo del fuego. Es
cierto que a mí, de siempre, me han
gustado más las fiestas que unas buenas
plataformas a un drag queen, aunque
hay que especificar que nada tienen que
ver con las de abajo. En el cielo todo es
orden, estilo y concierto. Aquí no hay
borrachos, ni mirones, ni pesados, ni
folloneros, ni escotes protagonistas de la
velada. Aquí los bailes son organizados
por parejas y no como allí: venga todo
quisqui en la pista sin ton ni son y con
que muevas el tobillo, vale. ¡Ja! ¡Pues
no hay que dar clases para no parecer un
becario! Lo que sí que acepto es que
echo de menos una copita, y no tengo
porque referirme a alcohol, no, con una
simple Coca-cola me bastaba; tan
fresquita, con su limoncito cortado y sus
burbujas… ¡Aysss! Si ganamos en el
próximo torneo del fuego, corrijo, si nos
presentamos al próximo torneo del fuego
y lo ganamos, les pienso pedir a los
TAOS una Coca-cola.
Últimamente las cosas no han
estado muy bien en el grupo. Parece que
la ausencia de Darío y Lara, tras su
conversión en TAOS, nos ha afectado
mucho más de lo que imaginábamos y se
ve el ambiente anubarrado y en
ocasiones con tormentas huracanadas de
las de peli de serie B. Normal, somos
muchos, cada uno de su padre y de su
madre, y encima vivimos en un estado
tan ocioso, rascándonos en la mayoría
del tiempo ciertas partes —como me
oigan los TAOS nos ponen a trabajar en
una mina divina—, que a la que
descuidamos nuestros modales
celestiales, se nos va… Mira,
sinceramente, opino que en algo
deberíamos ocupar nuestro tiempo, a mi
parecer la vagancia agria el carácter.
¿Qué les pasa a los jubilados? Al
principio muy bien, pero luego
vagabundean por las obras de mero
aburrimiento y discuten con sus esposas
hasta por el precio de los kiwis —
menesteres que antes tildaban de cosas
de mujeres—. Pues aquí, en el cielo, no
hay ni obras, ni kiwis, ni precios, ni
nada. Te la pasas hablando, jugando a
memeces varias, paseando por las nubes
y con suerte, «uniéndote» a tu mitad.
Cuando alguno baja, nos cuenta sus
anécdotas y lo que está sucediendo por
la Tierra, con eso nos da para un día de
noticas refrescantes, pero después,
¡bajonazo! Vuelta a la rutina celestial y a
la amenaza de tormenta.
Darío y Lara no hubieran
consentido que nos resquebrajáramos,
ellos eran tan sabios y conciliadores que
no hubiesen permitido las broncas que
vivimos entre Frank y Giel, un maromo
holandés, guapo hasta hartarse y más
hippie que Yoko Ono, John Lennon y sus
súbditos en el festival de Woodstock. Es
un tipo alegre, simpático, bastante
bohemio. Exhibe una expresión diferente
por este mundillo (dicho en plan fino y
diplomático, adecuado a un lugar tan
angelical como en el que me hallo, pero
si siguiera viva en la tierra hubiera
dicho «este va fumao»). Habla muy
despacio, con los ojos medio cerrados y
parece que baila al ritmo de un son
interno. No decirte más, que cuando
aparecieron, mi amiga argentina, Fátima,
se me acercó y me preguntó al oído:
¿De dónde se ha sacado este
pinche el porro?
Al poco Shinji y Alex me
cuchichearon lo mismo. Menos mal que
Linda, tan propia y directa como es ella,
sin pudores, le interrogó:
—Giel, ¿dónde te has colocado?
¡Confiesa!
La mirada de su mitad, Bontu, una
guineana formal y tímida, buscó las
alturas y por primera vez se atrevió a
hablar más de tres palabras seguidas.
—No, no ha fumado… aquí no se
puede. Pero ha fumado tanto…
—¡Que me he quedado así! —le
interrumpió el susodicho con una voz tan
carrasposa que me suelen entrar ganas,
cada vez que habla, de ofrecerle agua
para que se trague el gargajo que
imposibilita a sus cuerdas vocales
vibrar tranquilas.
El caso es que es tan

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