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Quiero confiar en ti – Lorena Concepción

Quiero confiar en ti – Lorena Concepción

Quiero confiar en ti – Lorena Concepción

Descargar libro En PDF – No tranquila, por mí no te preocupes, así estas bien.- Él la miró de arriba abajo una vez más con una sonrisa pícara y le guiñó un ojo. A Atenea se le incendió
la cara y a pesar de que la camiseta la cubría hasta los muslos sintió que estaba desnuda.- Si abres siempre así la puerta vendré más a menudo.- Le guiñó un ojo.
¿Estaba coqueteando con ella? No podía ser, seguro que era algo que le salía sin más.
– Ja, ja. Allí está la cocina, ahora bajo.- Y le dedicó una sonrisa coqueta.
Nunca se había sentido así, ella no era de coquetear con chicos ¡si ni siquiera sabía que sabía hacerlo! Pero un momento con él la había hecho sentir la mujer más
sexy del mundo. Pero tenía que mantener las distancias, él no era para ella, pues solo hacía falta ver con qué clase de chicas iba para saber que ella no era su tipo ni de
lejos.
En cuanto terminó de arreglarse bajó por las escaleras de nuevo con el corazón martilleándole en el pecho. Como deseaba que su sueño se hiciera realidad y él
hubiera subido a su habitación y la tumbara en la cama para hacerla suya << ¿Pero qué estás pensando? ¡Madre mía, qué vergüenza! Menos mal que nadie escucha mis pensamientos…>>.
– ¿Cómo prefieres el café?- Preguntó él mientras ella bajaba las escaleras.
– No, yo no bebo café, no me gusta, prefiero cacao.- Sonrió. Atenea no llegó a pisar bien el siguiente escalón y se cayó de culo bajando un par de escalones.-
¡Au!- Y empezó a reírse.
– ¿Estás bien? – Corrió Kian hacia las escaleras. Atenea no paraba de reír.
– Sí, que caída más tonta. Siempre estoy en el suelo.- Atenea no podía parar de reír, había sido una caída tan tonta que prefería reír a pensar que se había caído
delante de Kian. Intentó ponerse en pie pero el tobillo le dolió un poco.
– Espera, ya te ayudo.- Entonces Kian la cogió en brazos.
– No hace falta…- A Atenea se le iba a salir el corazón, se abrazó al cuello de Kian y aspiró su aroma.
– No te preocupes.- La cortó él sonriéndole encantadoramente.
Una corriente de pura electricidad le recorrió el cuerpo, olía tan bien… Notó como sus duros y tonificados músculos hacían la fuerza suficiente para sostenerla,

Quiero confiar en ti – Lorena Concepción

la cual no parecía que le supusiera ningún esfuerzo. A Atenea le recorrió un deseo ardiente que se anidó entre sus piernas. Quiso que su comedor fuera más grande para
que la sostuviera más tiempo entre sus brazos, su calor la traspasaba y sentía la necesidad de hundir su cara en su masculino cuello y besarlo, pero se contuvo. Evitó
como pudo que él sintiera como su pulso estaba acelerado, y desvió la mirada de su perfecto rostro para no sentir la tentación de besar esos gruesos y seductores labios.
Por fin la sentó con cuidado en el sofá.
– A ver, dame tu pie.- La examinó.- No tienes nada, un poco de hielo y estarás como nueva. Fui entrenador de fútbol de los niños de mi pueblo cuando era
adolescente y vi muchos esguinces y roturas, y esto no es nada. Pero no te fíes mucho que no soy médico. Voy a por hielo.- Le dedicó una sonrisa encantadora que
la fundió como un helado derretido por sol de verano. Antes de ir a por el hielo cogió un cojín y lo puso en la mesilla, y después, con mucho cuidado, depositó el
pie femenino.
Su contacto la quemaba y la hacía desear más, mucho más. Algo que claramente no iba a hacer, ella no era su tipo, pero tampoco quería serlo, ya había sufrido
bastante en el amor como para encapricharse de alguien que jamás la correspondería. Tenía que dejar de pensar en él.
– Gracias.- Dijo Atenea. Él no se había reído de ella cuando se había caído, a pesar de que ella no paró de reír, y eso le encantó ¿Pero qué le iba a hacer si las
caídas tontas le hacían tanta gracia?
Su gata, Diana, una persa blanca de ojos verdes se acercó a ella para pedirle que le pusiera de comer, Atenea la acarició y la gata se tumbó a su lado en el sofá.
Kian volvió enseguida con el hielo envuelto en un trapo de cocina. Él se situó otra vez de rodillas delante de ella y se lo depositó en el pie magullado. Estuvieron unos
minutos en silencio, él aguantándole el hielo en el pie y ella observando como la cuidaba. Atenea se deleitó mirando al impresionante chico que le estaba poniendo hielo
en el pie. Estaba guapísimo y solo deseaba que la mirara con deseo y la tocara ardientemente.
– No sabía que tenías un gato.- Dijo él rompiendo el silencio pero sin dejar de mirar su pie magullado.
– Es una gatita.- Le sonrió aunque él no la miró.
– Ah, es muy bonita.- Señaló mirando ahora a la gata que dormía plácidamente a su lado.
– Sí, pero a veces es una borde.- Rieron los dos.
Atenea no podía dejar de mirar como Kian acariciaba dulcemente su pie alrededor del hielo, proporcionándole caricias calientes que la hacían estremecerse, estaba
haciendo gala de todo su autocontrol para no lanzarse al cuello del hombre. Pensó que por tal de que él la cogiera cada vez que ella se caía, se caería encantada todas las
veces que hicieran falta. Atenea rió ante tal tontería y rió más al recordar su caída.
– ¿De qué te ríes?- No se había dado cuenta de que lo había hecho en voz alta.
– Solo pensaba en la caída.- Y volvió a reír.
– Que rara eres.- Atenea le sacó la lengua.- ¿Te sigue doliendo?- Ella negó con la cabeza. Ya no le dolía sus caricias y el hielo habían hecho efecto.
Estaba muy nerviosa, su corazón le daba un vuelco cada vez que sus miradas se cruzaban y temblaba de anhelo cuando él la acariciaba distraídamente. Estaba
muy cómoda con él, la hacía sentir segura, pero a la vez la asustaba, pues no debía sentir nada por él porque jamás sería correspondida.
– ¿Desayunamos?- Preguntó. Ella asintió. Kian la volvió a coger en brazos y la llevó a la silla.
– Estoy bien, yo…
– No pasa nada, solo es por si acaso.- Le dedicó una sonrisa deslumbrante. Atenea sintió que su corazón explotaba, estaba segura que él oía lo rápido que
bombeaba su corazón. <>.
Una vez Kian lo preparó todo, se sentó a la mesa frente a ella. Hablaron de varios temas, sobre todo de lo buenas que estaban las pastas de su madre.
Conectaron a la perfección y tenían muchas cosas en común, era perfecto, salvo que ella no era su tipo y nunca lo sería. Seguramente él la vería como una amiga, nada
más.
– Mierda, son las doce y media. Me tengo que ir, tengo una sesión fotográfica.- Dijo Kian mirando el reloj que tenía ella colgado en el comedor.
– ¿A si? ¿De qué?
– De ropa interior.- Sonrió él. Le había contado que trabajaba de modelo para sacarse un dinero extra, cosa que no le extrañó nada, pues sabiendo lo guapo que
era y con las chicas que lo había visto…, no era muy difícil de adivinar.
– Ah.- Atenea se puso roja como un tomate nada más pensar en cómo se vería posando ante la cámara con solo unos boxers y su cincelado cuerpo al
descubierto. Se obligó abandonar esos pensamientos pues estaba consiguiendo que un calor húmedo se instalara entre sus muslos.
– Te ayudo a recoger.- Dijo levantándose y poniéndose al lado de Atenea.
– No, no hace falta. Vete, no quiero que llegues tarde por mi culpa.- Se levantó para quedar muy cerca de él. Sus miradas se encontraron.
– ¿En serio? Gracias, se me ha pasado volando el tiempo contigo. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Y si el pie te da problemas llámame.- Y se dieron
los números de teléfono.
– Vale, gracias. Y vuelve cuando quieras, pero solo si traes las pastas.- Rió ella. Atenea vio en los ojos de Kian que quería hacer algo, pero solo suspiró y le
apartó la mirada.
– Eso está hecho.- Dijo mientras se dirigía a la puerta. Ella lo acompañó.- Y ten cuidado de no abrir la puerta a desconocidos de la manera en que lo has hecho
antes.- Le guiñó un ojo y le dio un beso en la mejilla, ella se puso colorada al instante y él lo percibió pues rió.- Nos vemos, Atenea.
– Nos vemos.- Dijo sorprendida por el beso. Le encantaba como sonaba su nombre en su voz.
Cerró la puerta y se sentó en el suelo apoyando la espalda en la fría madera de la puerta. Su corazón latía desbocado y se puso la mano en la mejilla que había
recibido el suave beso de Kian. Esto no era bueno para su corazón, él solo la vería como una amiga mientras ella se estaba enamorando más y más de él. Pero ya no
quería dejarlo, deseaba pasar más tiempo con él y estar a su lado. Estaba perdida.
***
Hoy era su día libre en la joyería en la que trabajaba de dependienta y hasta dentro de unas semanas no tendría los parciales de su máster en historia clásica, así
que había aprovechado la mañana para hacer la compra. Ahora estaba leyendo una novela erótica que le había recomendado una amiga. Pensamientos de ella y Kian
haciendo lo que se relataba en el libro le venían a la mente constantemente. <<Para, Atenea. ¡Deja de pensar estas cosas! >>. Se reprochó así misma.
De repente sonó el teléfono y se sobresaltó, cosa que hizo que su gatita Diana se fuera corriendo. Se levantó para cogerlo.
– ¿Sí? – Preguntó.
– ¿No?- Respondió una voz masculina que Atenea reconoció al instante.
– ¡Liam!- Se echó a reír.- ¿No tienes otra broma? Esta ya cansa.- Dijo en broma.
– Sabes que te encanta, hermanita.- Rieron. Liam era su hermano mayor, solo se llevaban tres años de diferencia y era su mejor amigo, siempre habían estado
muy unidos.- ¿Cómo estás?
– Bien ¿y tú?
– Muy bien. ¿Hoy tienes libre?
– Sí ¿Por qué?
– Estas de suerte, voy a ir a verte.
– ¡Anda, que suerte la mía!- Ironizó en broma.
– Sabes que te mueres por verme.
– La verdad es que sí, estás muy desaparecido.
– Ya, lo siento. ¿Entonces te apetece que vaya?
– ¡Por supuesto! ¿Vienes a comer?
– ¡Perfecto!
– Vale. Nos vemos dentro de un rato.- Sonrió feliz.
– Nos vemos, peque.
Atenea fue a mirar qué tenía de comer, sabía que a su hermano le encantaba la pasta, así que un buen plato de pasta seguro que lo hacía feliz. Se puso a cocinar
pues ya era la una del mediodía. Puso el agua a hervir mientras hacía la salsa de la pasta y llamaron a la puerta.
– Menos mal que hoy vas vestida.- Dijo Kian divertido apoyado en el marco de la puerta derrochando seguridad y masculinidad, solo como él podía hacerlo.
¡Demonios! ¿Porque tenía que ser tan sumamente atractivo? Atenea le sacó la lengua.
– El otro día también lo estaba, para tu información.- Rieron.- ¿Puedes pasar? Es que se me quema la salsa.
– Mmm, que bien huele. Y yo que te venía a invitar a comer.- << ¿De verdad?>> pensó Atenea.
– Lo siento, estoy esperando a alguien, pero si quieres puedes quedarte.
– No, tranquila. No quiero molestar. ¿Cómo va tu pie?
– No molestas y mi pie está estupendo, gracias.- Dijo mientras ponía la pasta y acababa de hacer la salsa. Kian se sentó en una silla mientras la miraba.
– ¿Cómo ha ido la semana? Apenas nos hemos visto.
– Pues muy bien, normal. A veces agotadora.- Rió.- ¿Y la tuya?
– Mucho trabajo. Me hubiera gustado tener un poco de tiempo libre para venir a verte.
– Aaah.- ¿Cómo podía decirle eso y quedarse como si nada? A ella le iba a explotar el corazón por lo feliz que le habían hecho sus palabras. ¿Eso quería decir
que él había estado pensando en ella? Ella también.- Bueno, al menos somos vecinos y nos podemos ver en un momento que tengamos libre.
Atenea fue a coger los platos pero solo quedaban los de la alacena de arriba y no llegaba, es lo que pasa cuando eres bajita. Intentó cogerlos sin la ayuda de una
silla, como siempre hacía, pero fue inútil.
– ¿Necesitas ayuda, enanita?- Rió él.
– ¡Oye! No soy tan bajita ¿Vale?- Le dijo fingiendo que la había ofendido.
– Espera, ya te ayudo.- Y se le pegó a la espalda.
Atenea sintió como su torso se apoyaba en su espalda, sintió como su brazo izquierdo se posaba en su cintura mientras con el derecho cogía los platos, creyó
notar una caricia. Su corazón empezó a latir desbocado y su cara se incendió como una hoguera. Su gran cuerpo, su cálido aliento en su oreja, su olor característico,
estaba tan cerca…, sentía que sus piernas le iban a fallar en cualquier momento. Kian dejó los platos a un lado pero no se movió, ella tampoco pudo. Le retiró el pelo de
la nuca, le acarició el estómago mientras la rodeaba y la acercaba más a su fuerte y cálido cuerpo. Atenea se apoyó en su torso y cerró los ojos, no sabía muy bien qué
hacía, simplemente se dejó llevar. Notó como el miembro de Kian crecía a su espalda ¿Eso era por ella? No podía ser, ella no gustaba a los hombres como él. Pero en ese
preciso momento él de depositó un suave beso en la nuca, consiguiendo que el cuerpo femenino se estremeciera por el placer que le producían sus caricias.
Kian la giró entre sus brazos y la miró directo a los ojos. Atenea a pesar de lo mucho que deseaba que la besara, una vez más dejó de sentir la pasión para dar
paso al miedo, no tenía miedo de él en sí, sino de volverse a sentir impotente y una auténtica idiota, no quería sentirse utilizada nunca más. Y su guapo y ligón vecino
tenía todas las papeletas para hacerlo. No podía, una vez más se bloqueaba ante una situación así.
– Atenea… ¿Te asusto?- Preguntó preocupado acariciándole el rostro. Ella apretó con fuerza las manos en el mármol de la encimera, no podía huir, su gran
cuerpo se lo impedía.
– Yo…, aléjate por favor.- Imploró asustada, era idiota por sentir esto, pero no podía evitarlo, recuerdos amargos volvían a ella para instalar la duda y el miedo
de que la estuvieran utilizando otra vez.
Esas palabras le dolieron más a ella que a Kian, pero hicieron el efecto que ella quería, él se alejó como si le hubiera salido otra cabeza con una expresión en el
rostro que a Atenea le dolió. Su mirada era de reproche, pero no hacia ella, sino a sí mismo, y él no tenía la culpa de nada, el problema lo tenía ella. Estaba tan lejos ahora
mismo, tanto, nunca se había sentido así por ningún otro hombre, pero aun así era complicado para ella confiar en él. Su corazón dolía por haberlo apartado así.
– ¡Joder! Lo siento, soy un cabrón, perdona, jamás te haría daño, eres tan dulce e inocente… no eres como las demás, eres demasiado buena para mí.- Atenea no
sabía qué decir. En otras circunstancias se enfadaría porque le hubiera dicho eso, estaba harta de parecer débil e inocente, en realidad no lo era, pero el miedo que
sentía le impedía tener una relación con un hombre y ser una mujer atractiva le daba pavor, y más si era con Kian.
– No…, no es eso…, es solo que yo…, no puedo, lo siento.- Lágrimas de impotencia pincharon para salir de sus ojos, no quería llorar ante Kian.
De todas formas con sus palabras había dejado claro que como ella no era una modelo alta y sin curvas, había utilizado el eufemismo de que “era demasiado
buena para él”, para darle largas, estaba harta de que la vieran inferior, pero era culpa suya, aquello ya pasó hace muchos años y aún permitía que le afectara. Su rechazo
le dolió, y todo porque no era como esas chicas que traía casi cada fin de semana. Pues no, no era como ellas y estaba bien orgullosa. Y si por eso la había rechazado era
un idiota ¿Qué se pensaba, que era un alma dulce a la que podía herir? Ella era más fuerte que eso y no era tan inocente como parecía.
– Un momento, ¿Soy demasiado buena para ti? Eso es una excusa terrible, sé que no soy como las otras chicas con las que has estado, pero no soy tan inocente
como te crees.- Dijo enfadada, estaba cansada de que todo el mundo la viera como una chica débil. De repente llamaron a la puerta.
– Lo siento, mejor me voy.- Kian abrió la puerta, y allí estaba Liam con su sonrisa característica que se borró en cuanto le vio. Kian era un poco más alto que
Liam, pero no mucho más, y debían tener la misma edad.
– Hola, soy Liam.- Saludó su hermano muy serio.
– Kian.- << ¡Qué momento más tenso!>>, pensó ella.- Ya me iba. Hablamos Atenea.
– Adiós Kian.- Y cerró la puerta tras de sí.
***
Kian no entendía a Atenea, por un momento le había parecido
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