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Redes de pasión – Raquel Antunez

Redes de pasión – Raquel Antunez

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Descargar Redes de pasión En PDF estaba haciendo enloquecer, cuya piel
aterciopelada al contacto con mis labios
hizo que un escalofrío recorriera mi
espina dorsal. Esto ya no le iba a doler,
así que apreté hasta que pude chupar su
sangre. No entendía por qué razón había
hecho tal asquerosidad, sólo sé que en
ese instante me pareció lo más
romántico, sexi y provocativo del
mundo.
—Te quiero Jonás… —le susurré al
oído. Esta vez mis labios aterrizaban en
su mejilla izquierda—. Nunca te
olvidaré.
Empecé a llorar, consciente de que
había hecho la cosa más terrible que
podía haber siquiera imaginado. La
sensación era tal que no podía
arrepentirme, aunque quería. Hundí la
cara entre mis manos, con la esperanza
de que aquella escena desapareciera de
repente, y de pronto me sentí feliz y
radiante como una colegiala al obtener
su primer beso de amor.
El nudo de mi estómago oprimía más
fuerte al recordar ese segundo, ese
instante, en el que dejó de respirar.
Miré a Jonás pensando qué podía
hacer ahora. Acabábamos de hacer el
amor y había huellas mías por toda la
habitación de aquel hotel. La reserva la
habíamos registrado a mi nombre, y
seguro que con el ADN podían
confirmar que había sido yo más rápido
que un estornudo en primavera.
Hacía tan sólo dos semanas que había
conocido a aquel chico tan risueño,
cuando se atrevió a acercase a mí en la
playa. Yo no quería matarlo… ni
siquiera quería conocerlo… pero se
acercó, se presentó y me robó el
corazón, me lo arrebató sin previo aviso
y se lo llevó para siempre con su último
halo de vida.
Al bajar la cabeza pude observar que
mi camiseta favorita estaba hecha un
trapo, estirajada y rota.
—¡Joder! ¡Maldito capullo!
*
Desperté con sudores fríos, no
recordaba haber tenido un sueño tan
extraño en mi vida. Aún sentía el nudo
en el estómago, como un pellizco muy
fuerte que me apretaba y me cortaba el
aliento. Tuve que incorporarme y mirar
a mi alrededor. ¿Estoy en casa? Sí, creo
que sí.
Apoyé la mano en el lado izquierdo
de la cama. Allí estaba Víctor dormido
como un tronco, con su leve respiración
acariciando el silencio de la oscuridad,
como había ocurrido todas y cada una de
las noches que habíamos pasado juntos
los diez últimos años.
Volví a recostarme aunque ya no pude
pegar ojo, juraría tener un leve sabor a
sangre en la boca, y en mi nariz un
perfume que estaba segura de no haber
olido nunca antes. A mi corazón le costó
serenarse de ese salvaje sueño que
acababa de vivir y que me había
parecido tan real. Cuando por fin cerré
los ojos, sonó el dichoso despertador.
Como cada mañana, lo primero que
hice fue encender la cafetera que había
dejado preparada la noche anterior y me
apresuré a meterme en la ducha. En
apenas diez minutos sonaría el
despertador de mi esposo y entonces ya
podría despedirme del cuarto de baño.
Le di mil vueltas con la cuchara a
aquella humeante taza, el aroma que
desprendía ya lograba espabilarme algo.
Casi sentía dolor en los antebrazos y los
examiné en busca de cardenales,
marcas… algo que me dijera que
aquella pesadilla había sido real. Pero
allí no había nada, simplemente el rastro
de una tensión muy fuerte que debí
acumular mientras soñaba.
Víctor pasó a mi lado sonriente y me
dio una palmada en el trasero, como
cada mañana, y rozó mis labios con los
suyos antes de ponerse a cotorrear.
¡Dios! ¿Después de diez años todavía no
se había enterado de que yo no podía
escuchar ningún sonido humano hasta
después de las ocho de la mañana? Me
limité a asentir mientras apuraba los
restos de mi café.
Rápidamente planché mi vestido gris;
como siempre, ya llegaba tarde a la
oficina. Hoy sin falta tenía que ponerme
con el reportaje del Asesino del
Mordisco. Odiaba escribir sobre
asesinatos, odiaba esa sección que mi
jefe, Miguel Suárez, me había otorgado
como un gran premio… No me dejaba
conciliar el sueño.
Hoy necesitaba elevar mi autoestima,
así que después de ponerme dos capas
de maquillaje, cogí la última caja de
zapatos de la fila: unos tremendos
tacones de doce centímetros de color
violeta, a juego con mis pendientes y
mis pulseras favoritas, serían la
combinación perfecta para arreglar mi
mal despertar.
Mientras salía del garaje con mi
BMW Z3 de color azul, que había sido
mi sueño durante los dos últimos años
de trabajo hasta que por fin conseguí
comprarlo, me di cuenta de que
necesitaba otro café urgentemente. El
desvelo me iba a pasar factura, sin duda
alguna.
Paré un par de manzanas antes de
llegar a la oficina, para tomarme una
última dosis de cafeína en mi lugar
favorito: Sweet Café.
Virginia vio como me acercaba y
juraría que ya le había pedido la
comanda a Roberto para que me fuera
sirviendo mi doble capuchino de «hetenido-
un-despertar-horrible» y mi donut
relleno de crema. Este nuevo puesto de
trabajo ya me había hecho aumentar una
talla en el último año, y había pasado de
mi espectacular treinta y ocho a llenar
completamente una talla cuarenta. Mi
culo se veía más voluminoso, pero
Víctor parecía más contento desde
entonces, supuse que debido a que por
fin había logrado llenar una copa
noventa y cinco de pecho.
Sonreí por primera vez en la mañana
al oír unos tremendos piropos que
Roberto había incluido en el menú.
—¿Qué le ocurre a la bella Meritxell
esta mañana? —le oí decir por último a
Roberto, al mismo tiempo que Virginia
lo servía todo antes de que pudiera
apoyar el trasero en mi butaca favorita,
frente a la barra.
—Gracias, guapísima —le susurré a
Virginia—. Pues verás —me dirigí esta
vez a aquel cuarentón que me sonreía
últimamente demasiadas mañanas
(teniendo en cuenta que en un principio
sólo acudía a aquella cafetería cuando
no me sentía con ánimos)—, creo que
anoche me pasó un tractor por encima
mientras dormía. No estoy segura, no
pude verlo, pero estaría dispuesta a
jurarlo. —Roberto soltó una gran
carcajada y me hizo sonreír.
—Anda, exagerada. —Se acercó y
extendió hasta mi plato un bombón de
chocolate—. Invita la casa, es el mejor
calmante que conozco. —Me guiñó un
ojo y se dio la vuelta, perdiéndose por
la puerta que conducía a lo que sin duda
alguna era la cocina, el sitio de Roberto,
donde pasaba más de doce horas
diarias.
—Umm —oí refunfuñar a Virginia—,
a mí nunca me hace esos regalos —dijo
bien alto para que lo oyera Roberto, su
esposo, y me guiñó un ojo.
Hacían una entrañable pareja, eran
muy amables. Él era algo regordete, muy
alto, y acudía a la cafetería
perfectamente afeitado cada mañana.
Virginia parecía mucho más joven que
él, quizá tenía unos treinta y cinco años,
de larga melena pelirroja, que siempre
llevaba bien recogida en una cola de
caballo. Tenía unos grandes ojos de
color miel, y esos hoyuelos que se le
formaban al sonreír hacían que resultara
más encantadora aún.

Redes de pasión – Raquel Antunez

Levanté la cabeza y vi entrar a
Ariadna por la puerta, diría que su
despertar había sido aún peor que el
mío, aunque logré adivinar una pequeña
sonrisa mientras se acercaba a mí.
—¡Cielos, Ariadna! ¿Estás bien?
¿Ocurre algo? ¡Estás horrible!
—Yo también te quiero, preciosa —
me dijo, tras lo cual estampó un beso en
mi mejilla y me robó un mordisco
del donut relleno. Estuve a punto de
fulminarla con la mirada.
—Siéntate, anda. ¿Has pasado mala
noche?
—¿Mala? ¡Mala! ¡¡No había pasado
mejor noche en mi vida!! —dijo con una
risotada.
Ariadna tenía treinta años, igual que
yo, pero a veces olvidaba que su vida
era algo más emocionante que la mía.
Hacía lo que quería, cuando se le
antojaba y con quien le apetecía. Sonreí
al preguntarle:
—Cuéntame, arpía. ¿En qué clase de
orgía estuviste ayer? —Soltó otra
risotada. Reía demasiado mis bromas,
realmente me había equivocado. Ella
tenía muy, muy, muy buen día.
—Anoche tuve un «mano a mano» a
vino y ostras con Gonzalo. —Se sonrojó
al recordarlo y soltó otra carcajada para
zanjar el tema. Sonreí con ella, hacía
dos semanas que conocía a Gonzalo,
pero parecía que este ligue le estaba
durando algo más que el resto—. ¿Qué
tal tú, cielo? Veo que Roberto no ha
dudado en servirte esta mañana el menú
extra de «despertar horrible» —dijo
señalando el envoltorio del bombón que
acababa de zamparme—. Luego te
quejarás de que ese culo sigue creciendo
—dijo, dándome una palmada en la
parte del trasero que sobresalía del
taburete, haciéndome enfurruñar.
—¡Dios, niña! ¡Cierra esa boca! —oí
gritar a Roberto, que salía de la cocina
con una bandeja de sándwiches recién
hechos para ponerlos en el mostrador—.
Mi desayuno es el único de toda la
ciudad que logra arrebatar una sonrisa
de esos labios cuando están así de
apretados.
—Eso es cierto —dije a su favor.
Siempre lograba hacerme reír un
poquito.
Odiaba cuando Roberto y Virginia se
iban de vacaciones porque me sentía
perdida. Desde que trabajaba en Maze
News, pasaba por aquella cafetería al
menos tres veces a la semana y, en el
último año, había parado casi a diario
de camino a la oficina.
Ariadna vio los enormes sándwiches
rellenos de aquella pasta deliciosa que
preparaba Roberto y dejó de escuchar
toda conversación. Sus ojos verdes se le
salían de las órbitas.
—¡Por favor, Roberto! ¡No me hagas
rogarte uno de esos!
Roberto rio y le sirvió uno en un plato
a mi amiga y compañera de trabajo,
mientras Virginia ya preparaba su doble
expreso con leche condensada.
—Tuve una noche horrible —le dije
una vez había dado un par de mordiscos
a su desayuno, cuando estaba segura de
que me escuchaba de nuevo—. Tuve un
sueño espantoso.
—¿Qué clase de sueño? —dijo con la
boca llena.
—No sé, muy raro. Salía un chico
muy joven y…
—Ummm, ¿un chico? ¡Pervertida!
—¡Ariadna! ¡Que no es eso! —Le di
una palmadita en el brazo para que me
dejara continuar—. Lo raro no es que
acabara de tener sexo del bueno con ese
chico —dije ruborizándome—, sino que
después de hacerlo había cogido una
almohada y lo había asfixiado. —
Ariadna abrió los ojos como platos, tan
expresiva como siempre, y masticaba
sin parar—. No contenta con ello, una
vez le quité la almohada de la cara,
mordí su cuello hasta que sangró… ¡Qué
asco!
Mi amiga estuvo a punto de
atragantarse con las risas.
—Meritxell, ¡vampira! —dijo, con la
boca aún llena de comida.
—¡Ariadna! Odio que hables con la
boca llena —dije yo, con la mía no
menos vacía, pues acababa de dar
cuenta de mi último trozo de donut.
Ambas reímos—. La verdad es que es
una tontería, pero fue tan real que
cuando me desperté me sentía perdida.
La angustia me comprimía el pecho y el
corazón iba a salirse de su sitio… me
costó tranquilizarme y ya no pude
conciliar el sueño.
—Pobre Meritxell —dijo Ariadna
acariciando mi pelo, como si consolase
a una niña asustada—. Necesita tanta
emoción en su vida que no puede evitar
soñar con jugar a vampiritos con tal de
agenciarse un auténtico guaperas.
—No entiendes nada —refunfuñé
pensativa.
Se me había puesto la piel de gallina
al recordar la pesadilla. Aún lo veía
todo muy nítido en mi cabeza. Aquel
chico no podía tener más de veintiséis
años, su tez era demasiado pálida para
mi gusto, pero esos tremendos ojos
azules quitaban el sentido. Su pecho y
sus brazos estaban curtidos por algunas
horas diarias de gimnasio, que eran
evidentes a través de su camiseta. ¡Pero
de dónde habría sacado yo tremenda
imagen! Y lo peor, ¡cómo conseguiría
que se borrara de mi cabeza si tan sólo
había sido un sueño! Ariadna carcajeaba
de nuevo.
—Si al final resulta que te lo pasaste
incluso mejor que yo anoche, ¿quieres
dejar de ruborizarte como una
adolescente embobada?
Sacudí la cabeza y me puse en pie
mientras le dejaba un billete de diez
euros a Roberto para pagar nuestro
desayuno. ¡Se había hecho demasiado
tarde! Hacía al menos media hora que
debería estar tecleando mi último
reportaje.
Capítulo 2
Ariadna
Salí huyendo hacia el lavabo, apenas
llevaba mis braguitas de encaje de color
negro y le había tomado prestada a
Gonzalo su camiseta favorita que se
había dejado olvidada una de las
últimas noches que había pasado por
casa. Adoraba esa camiseta, se la había
traído expresamente su mejor amigo de
un viaje a Londres. Eso era todo, o casi
todo, lo que sabía de él…, ah, y también
que me estaba volviendo loca por sus
huesos.
No recordaba cómo había conocido a
aquel chico, apenas recordaba si me
podía mantener en pie después de al
menos ocho copas que mi hígado se
resistía a filtrar. Sólo recordaba unos
labios seductores que me sonreían y me
decían «hola». Apenas

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