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Reencuentro Libro 3 – Robyn Hill

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llamado Dominic Red, del que ansiamos obtener unas cuentas respuestas que nos ayuden a persuadir a Frederick Master. Deseo que por fin la buena suerte nos sonría y
que nuestro esfuerzo comience a dar frutos.
—¿Has estado en San Diego? —pregunto, al volante.
Brooke está sentada a mi lado, en el asiento del copiloto. Por supuesto, me hubiera gustado que se quedara en casa, a salvo, pero sé que es imposible convencerla, así
que me he rendido y no he puesto ninguna objeción a que me acompañe.
—Sí, una vez —dice mirando por la ventanilla. Lleva puesta unas gafas de sol y su melena roja ondea al viento. Está muy sexy, sí.
—¿Y eso? ¿Cómo fue?
—Un cliente me invitó a pasar un fin de semana con él —dice lacónicamente.
Suelto una carcajada y Brooke se gira hacia mí.
—¿Qué ocurre? —pregunta con los ojos abiertos, sorprendidísima.
—Lo dices como si te hubiera invitado a un funeral.
—Bueno, es un tema espinoso para ti y no quería mentirte —me replica dibujando una sonrisa en su cara.
La miro durante un instante, dudado de hacerle la pregunta.
—¿Realmente te gusta tu trabajo?
—Si no me pagaran obviamente no lo haría, pero es que es muy cómodo y se gana mucho dinero. Además, también ejerzo de psicóloga y eso me gusta. Se me da muy
bien escuchar.
Con qué naturalidad habla de su trabajo, como si fuese directora de comunicación de una gran empresa o cajera de un supermercado. En el fondo admiro su valentía,

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ya que no es fácil encerrarse con un desconocido en una habitación y desnudarse. Por mi trabajo he conocido a prostitutas que después de recibir una brutal paliza por
un desalmado, se retiraron para siempre. Pero eso es algo que prefiero no mencionar a Brooke.
—¿Y tú has estado en San Diego? —pregunta ella.
—Estuve unos días con Irene. Nos alojamos en un pequeño hostal, cerca de la playa, en Ocean Beach, y aprendimos surf. Es una ciudad que me gusta mucho. Irene
vivió unos cuantos años de pequeña.
—Creo que me gustaría conocer a tu ex. Es posible que tengamos algunas cosas en común —dice ella, aunque no sé si lo dice en broma o en serio. Con Brooke nunca
se sabe.
Al cabo de una hora más o menos paramos a almorzar en un restaurante pegado a la carretera. Necesitamos reponer fuerzas para lo que se nos avecina. Según el GPS
de nuestro navegador, Dominic Red dispone de una casita cerca de la playa. No sabemos nada de él, pero nos las tendremos que ingeniar para que nos desvele su
relación con Frederick Master.
—Nos haremos pasar por investigadores privados o por inspectores de Hacienda, prefiero no enseñarle la placa por si acaso después me meto en otro lío —digo,
sentados a la mesa, con un Sandwich Club frente a cada uno y un par de cervezas bien frías.
—¿Y una vez que lo sepamos todo, cuál será el siguiente paso?
—Hablar con Master. Eso debo hacerlo yo —digo con rotundidad.
Ella niega con la cabeza. Si es que es más testaruda que una mula…
—Yo le conozco mejor, Richard. Prefiero ser yo quien se lo diga. Además, él fue quien te hizo que te suspendieran. Hay mucho ruido entre vosotros.
Me cuesta admitirlo, pero es posible que Brooke lleve razón. Existe una eleva probabilidad de que acabe rompiéndole la nariz a ese millonario idiota.
—Está bien, como quieras —digo con resignación—. ¿Sabes? Estás llevando todo esto con una entereza admirable, otras se hubieran derrumbado a las primeras de
cambio.
Brooke se encoge de hombros, como si no quisiera otorgarle demasiada importancia. Con una servilleta le limpio la comisura del labio, que está manchada de
mayonesa. Cualquiera que nos viera en el restaurante seguro que nos tomaría por una pareja convencional, pero la realidad es bien distinta.
—Lloré en casa cuando los clientes me empezaron a cancelar las citas, pero no puedo compadecerme de mí todo el tiempo. Hay que hacer algo. Hay que moverse,
siempre —dice mirándome con seriedad.
—Estoy de acuerdo.
—¿Sabemos algo más de ese tal Dominic Red?
—Según los registros está desempleado, pero está claro que algo huele mal porque no para de recibir de Master importantes sumas de dinero. Es posible que ni
siquiera lo declare a Hacienda.
Al cabo de una hora llegamos a San Diego. El calor es más intenso que en Los Ángeles, y enseguida aparecen unas cuantas gotas de sudor en mi frente. Después de
cruzar el centro y pasar muy cerca de la playa, el GPS nos guía a través de una serie de urbanizaciones instaladas en una colina desde donde se observa toda la bahía. El
olor a sal es penetrante.
—Apetece olvidarse de todo y darse un baño —dice Brooke mirando por la ventanilla. La imagen de Brooke en bikini me sube la libido pero, por desgracia, no hemos
venido a San Diego a pecar como locos.
—Un día te llevaré a navegar, cuando todo esto termine.
—¿Tienes un barco? —pregunta con la mirada cargada de ilusión.
—No exactamente, pero tengo un amigo que igual me hace el favor…
—Me apunto al viaje, capitán —dice Brooke sonriendo.
El GPS anuncia que hemos llegado a nuestro destino. Brooke y yo intercambiamos una mirada de intriga y nos bajamos del coche.
La veo mirar alrededor. Estamos rodeados de casas amplias, con jardines rodeados de calles serpenteantes bajo un cielo esplendoroso. Observamos personas
caminando en pareja en dirección a la playa.
—¿Preparada? —pregunto.
Brooke sonríe y levanta el dedo pulgar, sonriente. Me muero por abrazarla y besarla hasta que mis labios se entumezcan, pero enfrente de la casa de Dominic Red es
un riesgo innecesario. Podría echar por tierra nuestra tapadera.
Nos dirigimos a la entrada.
Capítulo 2
BROOKE
Recorremos un sendero de gravilla hasta llegar a un porche amplio y aseado. Desde detrás de la casa nos llega el ruido de un aspersor, así que entendemos que es
probable que alguien esté dentro. Llamamos al timbre y esperamos.
—Hablaré yo —dice Richard con aplomo.
Asiento con la cabeza, confiada en que sabrá cómo guiar la situación para conseguir nuestro objetivo. Está guapo con su barba de tres días, irresistiblemente atractivo.
Procuro apartar de mí los cientos de pensamientos eróticos que me arrastran, y me concentro en lo que va a suceder.
—¿En qué piensas? —me pregunta, desconcertado. Seguramente la expresión de mi cara delata que estoy en otro lugar.
—Que me apetece follarte ahora —digo guiñándole ojo.
—Oh, Brooke, basta —dice riendo entre dientes—. Eres insaciable.
Antes de admitir que no es una idea descabellada, la puerta se abre de par en par. Un hombre de mediana edad, con unas gafas gruesas y sucias, nos mira con
expresión de absoluta perplejidad. Sin cortarse un pelo, me mira de arriba a abajo, desnudándome con la mirada.
—¿Son testigos de Jehová? —pregunta de una forma acelerada, casi incomprensible. Tiene un fuerte acento del sur.
—¿Es usted Dominic West? —pregunta Richard, sin dejarse amedrentar, muy metido en su papel.
El hombre mira a Richard, pero no parece muy interesado en lo que tiene que decir. Sus ojos parecen enormes detrás de las lentes.
—Es posible, ¿lo pregunta usted? —dice mirándome con una sonrisa descarada.
—Déjese de juegos estúpidos, ¿es usted Dominic West o no? —pregunto manteniendo un rictus serio.
—Somos de Hacienda, más les vale responder de una vez —dice Richard, tajante.
La expresión del hombre cambia por completo. Donde antes se asomaba un niño travieso, ahora asoma un adulto percatándose de la gravedad de la situación.
—Yo no soy Dominic, soy su padre. ¿Qué ha hecho esta vez? El muy idiota, siempre metidos en líos.
—¿Dónde podemos localizarle? Es urgente —digo, brazos en jarras, percibiendo cómo la impaciencia me corroe por dentro.
—Está jugando al golf en el club Leisure, cerca del parque Balboa. Ha salido muy temprano esta mañana. Va muy a menudo, es un fanático de ese puñetero deporte.
¿Qué es lo quieren?
—Nada, es un control rutinario —dice Richard casi sin mover un músculo de su cara.
Nos despedimos del hombre de una forma seca pero cortés. Mientras Richard y yo regresamos al coche esperando a estar a solas para intercambiar impresiones, noto
la mirada del hombre pegada a mi trasero.
Cuando nos encontramos lejos del alcance del hombre, intercambiamos una mirada de decepción, pues confiábamos en zanjar el asunto cuanto antes. Un club de golf
no es el mejor lugar para charlar sobre trapos sucios del pasado.
En el coche busco en mi teléfono la dirección del club de golf, y le pido a Richard que la configure en el navegador. Antes de arrancar se gira y me mira fijamente:
—Espera, necesito un beso tuyo para continuar —dice como si se tratase de una pastillita que le hubiera recetado el doctor.
Nuestros labios se rozan en un gesto rebosante de sensualidad. Su lengua cosquillea la mía causando mariposas en el estómago. Me encantan sus besos espontáneos y
apasionados. Su barba de tres días me pincha en la piel, pero no me molesta; es viril y sexy. Es guapo a rabiar, ¿lo he dicho antes?
Richard enciende el motor, pero enseguida lo apaga. Se queda unos segundos mirando al vacío con expresión concentrada.
—¿Qué ocurre? —le digo extrañada.
—El día del funeral de tu hermano, yo estuve allí —responde clavando su mirada en la mía.
La noticia me coge por sorpresa. Parpadeo, abrumada por la avalancha de emociones.
—¿Qué? ¿Cómo? —respondo con la mente buscando un momento de lucidez para determinar lo qué en realidad me está desvelando—. ¿Que estuviste allí?
Me cuesta tragar saliva, me cuesta respirar, mientras recuerdo entre las brumas del pasado aquel lúgubre día…
***
Estaba sentada en la primera fila dentro de la iglesia, abrazada a mis padres, consolándome del dolor que me azotaba por dentro. Mi hermano había muerto en un
atraco a un supermercado y yo no dejaba de preguntarme por qué nos había tocado a nosotros una desgracia tan grande. Mi madre tenía las mejillas rojas de haber
llorado durante días. Mi padre estaba cabizbajo, con la mirada perdida. Aunque no lo expresara, le había afectado tanto como a nosotras. Se había pasado horas en el
cuarto de mi hermano, sentado en su escritorio, en silencio.
Necesitaba mostrarme fuerte para ayudar a mis padres, pero me resultaba imposible incluso fingirlo. Mi hermano había sido mi mejor amigo, la persona con la que
todo lo compartía, mi apoyo incondicional. Descubrir que pasaría el resto de mi vida sin él era una idea insoportable, una herida para siempre abierta. Solo tenía
diecisiete años y ya había recibido una lección dolorosa e inolvidable. Nuestro paso por la tierra es fugaz.
En casa recibimos a todos los familiares y amigos. El salón estaba lleno de conversaciones apagadas y gestos tristes. No cabía un alfiler. Era incapaz de distinguir a
nadie, salvo a mi amiga Patty que estaba a mi lado incondicionalmente, rodeándome con un brazo, consolando mi dolor. Todo era como una pesadilla de la que no
terminaba de despertarme. Me sentía lejos de nuestra casa, en un dimensión donde los movimientos eran pausados y las palabras las oía confusas. Me movía como un
robot. Yo solo deseaba que mi hermano volviese como si no hubiera sucedido nada. ¿Por qué nos tenía que tocar algo así? ¿Qué habíamos hecho para merecerlo?
¿Volvería a ser la misma persona?
***
Estoy de nuevo junto a Richard, quien no cesa de mirarme. Por un momento nos olvidamos de Dominic Red, Frederick y el resto de tipejos que asolan este oscuro
mundo.
—¿Fuiste a mi casa? ¿Me viste? —pregunto con un nudo en la garganta.
—Sí —dice lacónicamente—, pero no quiero que te sientas triste, Brooke. Quería decírtelo desde hace unos días, pero no encontraba el momento. Bueno, en realidad,
no llevo días, sino años esperando confesarlo.
—¿Qué hiciste? ¿Por qué no me dijiste nada? —pregunto con una enorme curiosidad.
—Estabas rodeada de tu familia y amigos. Pensé estúpidamente que ellos te aliviarían mejor que yo. Debería haberte dicho algo, acercarme a ti y decirte cuánto sentía
y siento tu pérdida. ¿Ves? Eso es fácil de decir, pero no sabía cómo reaccionarías. No lo sé, la verdad, no sé por qué no te dije nada, lo único que sé es que me
arrepiento.
No recuerdo a Richard, pero tampoco me sorprende, pues mi estado emocional era frágil. Increíble; a pesar de que se trataba de Richard, el chico del que estaba
enamorada, no reparé en su presencia.
—Perdóname, Brooke —dice tomando mi mano en un gesto de sumo cariño.
Mi corazón se llena de ternura al oírle pedirme perdón. No tengo nada que perdonarle, aunque su noble intención me llega muy adentro. Me parece maravilloso cómo
estamos unidos por el pasado, como si por mucho que nos quisiéramos distanciar, siempre hay algo que nos une para siempre.
—Claro que te perdono, Richard.
Richard me acaricia la mejilla y me besa en los labios.
—Verte en el funeral rota por el dolor me partió en dos —dice casi en un susurro.
—No te preocupes, Richard. Fueron momento difíciles para todos.
—Sí, pero debería haberte apoyado —Richard suspira—. Estaba tan enamorado de ti… Creo que podrían pasar cien años y sentiría lo mismo por ti.
—Yo también, y lo creo de verdad.
Nos volvemos a besar con pasión, pero esta vez nos quedamos unos segundos abrazados, en completo silencio, con las manos entrelazadas. No puedo dejar escapar a
Richard. Nunca he conseguido con nadie un nivel tan profundo de intimidad.
Por desgracia, el deber nos llama, así que Richard arranca el motor con destino al club de golf Leisure. No nos parece extraño que Dominic Red sea un habitual, puesto
que con el dinero de Master estamos convencidos de que se está dando la gran vida.
De nuevo gracias al estupendo invento del GPS, seguimos la ruta sin equivocaciones y por el camino más rápido. Estoy ya impaciente por tener a Dominic cara a
cara.
Me bajo del coche la primera incluso antes de que Richard apague el motor. Con paso decidido vamos al mostrador, donde una chica de aspecto saludable y ataviada
con un uniforme, nos pregunta en qué puede ayudarnos.
—Estamos buscando a Dominic Red. Nos han dicho que viene a menudo —digo con las manos apoyadas en el mostrador.
—Sí, le he visto hace un rato. Creo que ya ha terminado el recorrido. Es posible que esté en el restaurante —dice señalando con el dedo.
Agradezco la amabilidad de la chica y nos dirigimos al restaurante. Justo al lado de la puerta, descubro un panel en el que aparecen varias fotografías de socios con
trofeos. Richard me da un suave codazo para indicarme algo que nos interesa. Dominic Red sale en una de ellas. Es un cuarentón con un bigote ridículo, delgado como un
fideo y con una astuta mirada. Aunque no venga al caso, su parecido con su padre es nulo.
El restaurante solo tiene algunas mesas llenas, el resto está vacío. Copas de cristal, servilletas de tela y un ameno hilo musical. Las paredes están decoradas con
cuadros de ciudades famosas de Estados Unidos y fotografías de golfistas célebres. Un camarero prepara un cóctel con expresión aburrida.
Nos movemos entre las mesas hasta que descubro el perfil de Dominic Red sentado a la barra, frente a otra persona, charlando amigablemente. Richard también repara
en él y nos acercamos de inmediato.
—¿Dominic Red? —pregunta Richard.
Dominic se gira y cuando nos ve su expresión se vuelve lívida, pero antes de que podamos continuar, para nuestra sorpresa, sale disparado hacia el campo. Richard y
yo nos miramos, y corremos detrás de él. Lo último que me esperaba era hacer ejercicio físico, pero no dispongo tiempo para quejarme.
En su huida Dominic arroja sillas por el camino para entorpecer la persecución, incluso nos lanza una copa. Richard solventa los obstáculos con la elegancia y estilo
de un verdadero profesional.
Los golfistas se hacen a un lado y nos miran con estupefacción. A pesar de que Dominic no es un portento físico como Richard, corre a una velocidad nada
desdeñable. Ha invadido el campo de golf y amenaza con desaparecer para siempre.
Con el corazón desbocado sigo corriendo detrás de Richard. A lo lejos veo cómo Dominic, aprovechando que un golfista estaba de espaldas ensayando un golpe cerca
del greeen, se adueña de su carrito de golf y sale disparado ante la indignación

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