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Reinventando el pasado – Janice Maynard

Reinventando el pasado - Janice Maynard

Reinventando el pasado – Janice Maynard

Descargar libro PDF El bar Silver Dollar siempre estaba
lleno los sábados por la noche. Dylan
Kavanagh tomó nota con la mirada de la
clientela: los recién casados en la mesa
seis, el típico borracho al que pronto
habría que echar del establecimiento, el
nervioso menor de edad pensando en
utilizar un carné de identidad falso…
En la barra, una antigüedad de madera
rescatada de un edificio de Colorado,
gente pidiendo bebidas mientras
masticaban cacahuetes. Los turistas eran
fáciles de identificar, no solo porque él
conocía a la mayoría de los habitantes
de la zona, sino porque los forasteros no
cesaban de mirar a un lado y a otro en
busca de gente famosa.
Debido a la belleza natural de la
región occidental de Carolina del Norte,
un gran número de películas se filmaban
allí. La elegante ciudad en la que él
vivía, Silver Glen, recibía constantes
visitas de gente famosa. La semana
anterior, uno de los más prestigiosos
directores de cine de Hollywood había
cerrado un trato para filmar una película
en la zona sobre la guerra civil.
Pero Dylan no le daba importancia a
eso, no le interesaban las celebridades
que pasaban por su establecimiento a
beber o a comer. Estaba quemado.
De repente, se dio cuenta de que,
inconscientemente, había estado
observando algo que le había alarmado:
una mujer, en un extremo de la barra,
bebiendo como si su vida dependiera de
ello. Frunció el ceño, sorprendido de
que Rick, el camarero, no le hubiera
cerrado el grifo.
Dylan se dirigió al otro lado de la
barra y se aproximó a Rick, que contaba
con la ayuda de otros dos camareros en
la barra además de tres camareras
sirviendo las mesas.
Le dio una palmada a Rick en el
hombro y le susurró:
–No vuelvas a servir alcohol a la
mujer de rosa. Creo que ya ha bebido
más de la cuenta.
Rick le sonrió mientras continuaba
sirviendo bebidas.
–No te preocupes, jefe, está bebiendo
daiquiris de fresa sin alcohol.
Fuera hacía un calor infernal, lo que
justificaba que cualquiera de la clientela
quisiera tomar una, dos o tres bebidas
frías. A pesar del aire acondicionado, la
mujer de rosa bebía como si nada
pudiera saciarle la sed.
Tras asentir, Dylan se dispuso a
marcharse.
Rick, veinte años mayor que él, le
indicó la puerta con un movimiento de
cabeza.
–Vete a casa, jefe. Nosotros nos
encargaremos del negocio.
Rick, un hombre alto y corpulento, era
la persona perfecta para ese trabajo. Ni
él ni el resto del personal necesitaban
que Dylan merodeara por ahí dando la
impresión de que no se fiaba de ellos.
Pero lo cierto era que a Dylan le
encantaba el Silver Dollar. Lo había
comprado a los veinte años y, después
de hacer una reforma completa en la
vieja construcción, lo había convertido
en uno de los negocios más rentables de
Silver Glen.

Reinventando el pasado – Janice Maynard

Dylan era un hombre rico a los veinte
años, y aunque el bar fracasara seguiría
siendo rico. Era un Kavanagh, un
miembro de la familia que había hecho
de Silver Glen un lugar próspero desde
mediados del siglo XX y, como tal,
podía permitirse el lujo de vivir sin
trabajar. Pero su madre, Maeve, les
había inculcado a sus siete hijos el
respeto al trabajo.
Pero ese no era el motivo de que
Dylan estuviera en el Silver Dollar
aquel sábado por la noche, ya que había
trabajado en exceso aquella semana y se
había ganado un descanso. No, el asunto
era más complicado. Ese bar
demostraba que su vida no era un
fracaso.
Su adolescencia, en parte, había sido
una pesadilla, por lo que no le gustaba
rememorar el pasado. Había tenido que
enfrentarse al hecho de que jamás
igualaría los logros académicos de su
hermano mayor y, cuando lo hizo,
abandonó la universidad.
La verdad era que en ese bar se sentía
más a gusto que en ningún otro sitio. El
Silver Dollar era un establecimiento de
ambiente relajado, a veces alborotado y
siempre interesante. Allí nadie estaba
enterado de sus fracasos. Nadie, ni
siquiera los lugareños, parecían
recordar que él había sido elegido,
metafóricamente, para ser un estudiante
avocado a ser un parásito.
Le dolía no haber sido buen
estudiante, pero había ocultado su
enfado y frustración tras una máscara de
insolencia, irresponsabilidad y
libertinaje.
Ese viejo edificio le había redimido:
le había hecho sentar la cabeza y
entregarse a algo que realmente le
gustaba. Para él, el Silver
aproximarse a aquella enigmática
clienta. Y cuando vio que el taburete al
lado de la mujer se quedaba vacante, su
sangre irlandesa le llevó hasta allí.
No era extraño ver a una mujer sola
en la barra del bar, pero solían ser
mujeres en busca de una aventura
amorosa. Aquella, sin embargo, parecía
envuelta en una capa de soledad, los
ojos fijos en la bebida.
Dylan se sentó en el taburete, a la
izquierda de ella, y fue entonces cuando
vio lo que no había podido ver hasta
estar cerca de ella.
La mujer tenía a un bebé en los
brazos.
Un niño de pecho, para ser exactos. Y
debía de ser una niña, a juzgar por el
lazo de color rosa en uno de sus oscuros
rizos.
Arrepentido del impulso que le había
llevado hasta allí, Dylan se dio cuenta
de que a esa mujer le pasaba algo. Lo
inteligente era marcharse. Su natural
inclinación a ayudar a la gente a veces
no era reconocida y, en ocasiones,
incluso le acarreaba problemas.
La mujer ni siquiera dio muestras de
darse cuenta de su presencia. Pero justo
cuando estaba a punto de bajarse del
taburete y marcharse, ella dejó la copa
en la barra y, con un largo suspiro, gritó
que había estado llorando o que iba a
llorar o que estaba haciendo grandes
esfuerzos por no llorar.
Él no soportaba ver a una mujer
llorando. En eso se parecía a la mayoría
de los miembros de su sexo. No tenía
hermanas y la última vez que había visto
llorar a una mujer había sido a su madre
en el funeral de su padre. Lo que
explicaba el deseo, o necesidad, que
sentía de salir de allí corriendo.
Pero algo le dejó clavado al taburete:
un caballeroso deseo de ayudar. Eso y el
aroma de aquella mujer, que le hizo
rememorar los rosales en flor de los
jardines de Silver Beeches, el hotel de
su hermano en lo alto de una montaña.
Sin saber qué decir o qué hacer le
lanzó una fugaz mirada a la mujer. Como
estaba sentada, no pudo calcular su
altura, pero le pareció que debía ser de
mediana altura. Llevaba pantalones
caquis y una camisa de color rosa. Tenía
el pelo castaño oscuro y lo llevaba
recogido en una cola de caballo. Su
perfil era delicado y la barbilla
obstinadamente pronunciada.
Su rostro le resultaba familiar, quizá
porque se parecía a la actriz Zoowy
Deschanel, aunque de semblante más
sobrio. Parecía exhausta. Tenía la mano
izquierda descansando en la superficie
de la barra y no llevaba anillo de
casada, aunque eso no significaba nada.
«Levántate y vete».
El subconsciente trataba de ayudarle,
pero no le hizo caso. Se inclinó hacia la
mujer y dijo:
–Perdone, señora. Soy Dylan
Kavanagh, el propietario de este bar.
¿No se encuentra bien? ¿Puedo ayudarla
en algo?
Mia se quedó perpleja al oír la voz de
Dylan después de tantos años. Había ido
a Silver Dollar porque había llegado a
sus oídos que Dylan era el propietario y
sentía curiosidad por ver qué tal le iba.
Pero no había imaginado que él
estuviera allí.
Mia levantó el rostro

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