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Relación prohibida – Marta D’arguello

Relación prohibida – Marta D’arguello

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Ya casi es la hora en que mi mundo
se condensa en la pantalla del
ordenador.
Dejo sólo una luz tenue encendida
en el escritorio y me preparo para ella.
Sé que esta ansiedad es
compartida. Estoy seguro que mi mente
no es la única que cuenta segundo a
segundo el tiempo que falta para vernos
nuevamente.
Aún no está conectada, y ya estoy
sufriendo la sensación de abstinencia.
Mierda, no sé en qué momento se
convirtió en esto que me vuelve loco,
me mantiene lejos de la realidad,
atrapado en un único pensamiento: el del
momento de la cita acordada, en el que
su voz erotice todos mis sentidos y su
imagen me eleve las pulsaciones,
haciendo que los latidos de mi corazón
sean cinco veces más fuertes aquí, en mi
entre pierna.
22:05…
—¿Dónde estás preciosa? —
pregunto abriendo el chat privado y
esperando, rogando que me conteste.
Pasa un minuto… eterno minuto que
me parece un siglo y nada.
—¿Estás? —lo intento de nuevo y
la angustia va ganando terreno dentro de
mi ser.

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Pienso alternativas para no tirar
por la ventana este maldito aparato que
no me está dando lo que yo quiero.
“Tranquilo” me digo a mí mismo,
“ve por un café” le sugiero a la bestia
que está como león enjaulado en mi
interior, pero sobre la marcha descarto
la infusión suplantándola por algo más
interesante como… un whisky por
ejemplo.
Me quito la camisa, bebo un sorbo
generoso y me siento de nuevo en mi
sitio, revolviendo con mi dedo el hielo
dentro del vaso.
22:11…
El sonido que anuncia un mensaje
me toma por sorpresa y por poco hace
que derrame todo el contenido sobre el
teclado.
—Aquí estoy —leo al abrir la
puerta hacia una noche de placer
asegurado.
—¡¡Hola bombón!! ¿Dónde te
habías metido?
—pregunto tratando de disimular el tono
de reclamo que se cuela en mis
palabras.
—Perdón, perdón… es que hoy se
complicaron un poco las cosas y quería
dejar todo listo para estar tranquila…
sin ningún tipo de interrupción.
—Ok, lo importante es que estás
aquí. ¿Puedes encender la cámara ya? —
pregunto impaciente.
—Mmmm, veo que estás
demandante, algo mandón hoy, me gusta.
“Carajo… ¿Cómo hace para
ponerme en este estado con solo una
frase?” Pienso mientras toco mi sexo,
duro como piedra, dentro del pantalón a
punto de reventar la cremallera.
—Que bueno que te guste. Y ahora
prende la puta cámara de una vez —digo
profundizando mi tono de voz,
siguiéndole el juego que ella misma ha
planteado.
Aunque es considerablemente
mayor que yo, esta sumisión que ha
adoptado, me provoca un morbo
tremendo.
La invitación a una video llamada,
no demora en llegar y la acepto en el
acto.
—Hola guapo.
No puedo responderle, quedo
perplejo observando cada detalle de su
imagen.
Mierda, es hermosa. Sus ojos
claros resplandecen haciendo que se vea
más oscura aún su tez trigueña y esa
mezcla de experiencia y timidez que
transmite su mirada me derrite haciendo
que mi imaginación vuele y me excite
aún más, pensando en las cosas que le
haría si pudiera tocarla, sentir su piel, su
boca… su sexo.
Por lo general hablamos de cosas
triviales al principio, pero hoy no estoy
para dar vueltas y voy directamente al
grano:
—Quiero ver tu cuerpo, ponte de
pie.
Obedece. Lleva una camiseta sin
mangas pegada al torso. Puedo notar sus
pezones duros debajo de la fina tela.
Su respiración está agitada y su
pecho se eleva de una forma exagerada.
—¿Estás sin sostén?
Mi pregunta hace que en un gesto
automático ella se cubra los pechos con
ambas manos.
—No te tapes. Quítate la sudadera.
Creo que voy muy rápido, tal vez
demasiado, pero mi pene está tan duro
que comienza a molestarme.
Observo como en silencio se quita
la ropa, mientras yo hago lo mismo con
mi jeans y el bóxer, liberando al fin esta
vara rígida, tomándola en mi mano,
imaginando que es la suya la que la
presiona y masajea.
Veo que se inclina para sentarse
nuevamente.
—Aguarda —le ordeno.
Queda estática, esperando que le
diga que hacer.
Siento una extraña satisfacción en
esta sensación de poder que estoy
experimentando. Me da seguridad y voy
por más.
—Lleva la silla hacia atrás.
Acata mi capricho y lo hace de
forma lenta.
Siguiendo mis instrucciones le
indico donde ubicarla.
—Ahí está bien, ahora siéntate.
Lo hace y mi visual es perfecta.
Solo una pequeña bikini impide que su
desnudez sea total.
Mi voz miente y suena tranquila, en
un tono grave y pausado sigo diciéndole,
paso a paso, lo que quiero que haga.
—Pon ambas manos en la parte
interna de tus rodillas y haz que se
separen, despacio…
Sus movimientos son tan
exquisitos, tan sensuales que temo no
llegar al final de este encuentro virtual,
sin correrme a mitad del camino.
Ahora sus piernas forman un ángulo
de noventa grados perfecto, dejándome
adivinar su parte intima debajo de la
diminuta ropa interior.
Sus pechos, están tan erectos como
mi entrepierna y maldigo la maldita
distancia que nos separa, renunciando,
al menos en esta ocasión, a adueñarme
de ellos y meterlos por completo en mi
boca, succionarlos y lamerlos hasta
saciarme.
Como si me adivinara el
pensamiento se reclina levemente
apoyándose en el respaldar de la silla, y
cerrando los ojos comienza a juguetear
con sus pezones.
No se lo he pedido, pero estoy
disfrutando tanto lo que hace, que la
dejo seguir, mientras mi mano se cierra
alrededor de mi pene, recorriéndolo de
arriba hacia abajo, inhibiendo las ganas
de hacerlo rápido o de lo contrario
acabaré en el acto.
Quisiera estar dentro de ella, sentir
la profundidad de su entre pierna,
abrazarme a su piel y embriagarme de su
olor…
—Deja tu pecho derecho y tócate el
sexo para mí, metiendo tus dedos dentro
del bikini. Sé que debes estar empapada,
preparada para darme el orgasmo que
quiero… ¿Lo estás?
No me contesta. Escucho los
gemidos que salen de su boca,
reemplazando las palabras. Su mano se
mueve y deduzco el recorrido que hace,
sé que sus dedos entran y salen de ella,
esparciendo sus fluidos por toda la
hendidura.
Mi mano acelera el movimiento
imitando la de ella, que a un ritmo
enloquecedor detiene la atención en su
sensibilizado clítoris. No lo veo, pero
sé cuánto está gozando del placer que se
está proporcionando.
Su cuerpo se arquea despegando el
trasero de la silla, elevándolo de manera
temblorosa.
Mis glúteos se ponen rígidos, y una
corriente recorre mi cuerpo, conectando
entre sí cada punto sensible.
Sus piernas se estiran y lleva su
cabeza hacia atrás, convulsionando y
perdiendo todo el dominio sobre su
cuerpo.
De manera involuntaria mis ojos se
cierran y libero toda la energía que, de
forma desbocada, brota a chorros desde
mi interior.
Al cabo de unos minutos, recupero
el aire regulando poco a poco la
respiración.
Incorporándome mientras busco
algo para limpiarme, fijo mi atención en
ella. Está inmóvil, con las piernas
extendidas, la cabeza aún tirada hacia
atrás, el brazo izquierdo cae al costado
de su cuerpo y su mano derecha
permanece oculta dentro de su tanga.
—¿Estás bien? —le pregunto sin
ninguna preocupación, pues sé que está
relajada, disfrutando del minuto post
orgasmo.
Veo como al quitar su mano del
maravilloso lugar donde se encuentra, se
la lleva directamente a la boca,
introduciendo uno de sus dedos en ella,
degustando su propio sabor… Y me
vuelvo loco.
—Mírame —le ordeno mientras me
aferro al borde de la mesa, enfadado con
el mundo entero por no ser yo quién esté
gozando de su néctar.
Obedece sin abandonar lo que está
haciendo.
—Algún día estarás sobre mí en
una silla. Sentirás como cada espacio
del interior de tu sexo, se cubre con el
mío y seremos uno. Acabaremos juntos
como hace unos instantes, pero vaciaré
dentro de tu cuerpo hasta la última gota
que el deseo por ti me arranque, una y
otra vez hasta saciarnos, hasta agotar
nuestras fuerzas.
Te pones de pie, caminas
acercándote al ordenador y colocando
ambas manos a sus laterales, me miras
desafiante a través de la pantalla y
preguntas:
—¿Es una promesa?
—Dalo por hecho.
22:50
La comunicación ha finalizado.
Durante unos segundos quedo con
la mirada fija en la pantalla.
De manera automática apago la
máquina y bajando la tapa doy por
terminada otra de las experiencias que,
de un tiempo a esta parte, me traen loco.
Cojo el vaso y mientras repaso en
mi mente todo lo que acabo de vivir, lo
lleno con una generosa medida de Jack
Daniels, la última que queda en esta
costosa botella, lujo que me doy cuando
la suerte e intuición me acompañan, cosa
que no me sucede en el ámbito laboral
desde…
—Ufff mierda, ya ni recuerdo
cuando fue la última ocasión que la
pegué —pienso en voz alta —y pasará
más tiempo aún si sigo con la idea fija
en ella y en este sexo virtual que me está
llevando a la banca rota —concluyo
botando a la basura el envase vacío.
Voy por más hielo al pequeño
refrigerador que me regaló Coty, mi
novia, con la que estoy a punto de
casarme en poco menos de un mes.
Observo el interior, nada… desierto
como mi sentimiento hacia esa boda…
“mi boda”, por la que lejos de
entusiasmarme, solo me inspira una
terrible sensación de querer salir
huyendo.
Miro el contenido de la copa…
¿Qué más da? Lo bebo de un sorbo, me
visto y luego de apagar las luces, me
retiro del estudio cerrando la puerta con
la imagen de “La Dama” enclavada en
mi mente.
Capítulo 1
Martes 11 de noviembre.
Gastón.
Me estoy yendo al carajo, tirando
por la borda todo el esfuerzo que
durante años he hecho para salir
adelante cuidando como oro la humilde
posición en la que logré ubicarme entre
mis competidores del jodido mercado
financiero.
Con la mano aún sobre el teléfono,
hago un paneo rápido a mi alrededor,
repasando cada detalle del despacho
que me montaron mis padres al
recibirme y del que no podré irme nunca
si mi cabeza juega en contra de mi
progreso, preguntándome cómo es
posible que haya olvidado hacer ese
depósito.
Mariel, la encargada de administrar
mi cuenta en el banco me lo acaba de
informar, a la vez que me comunicó, con
esa voz sensual que la caracteriza, que
ya ha solucionado el problema:
“No se preocupe Gastón, ya le
hemos ampliado el margen del
descubierto para cubrir los cheques y…
bla, bla, bla”
¿Qué no me preocupe? Mierda, si
siempre me he jactado de no dejar nada
a la deriva, seguro no es mi culpa…
“A mí no se me escapa nada”.
Presiono el intercomunicador
—Noe, mi cuenta estaba en rojo
¿qué ha pasado? —le pregunto a mi
secretaria intentando justificar lo
injustificable
—¿Perdón? Gastón, te lo recordé
más de una decena de veces, hasta lo he
anotado en el memo de la semana

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Relación prohibida – Marta D’arguello

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