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Relojes de hueso – David Mitchell

Libro Relojes de hueso – David Mitchell

Relojes de hueso – David Mitchell

 Descargar libro  en PDF  chocolate de Vinny, en el champú corriendo por la espalda de Vinny, en las perlas de sudor sobre los hombros de Vinny, en la risa traviesa de Vinny, y ya se me ha
puesto el corazón a cien, Dios, ojalá me hubiera despertado en su apartamento de la calle Peacock y no en mi asqueroso dormitorio. Ayer por la noche, las palabras me
salieron solas, «Joder, Vin, te quiero un montón», y Vinny escupió una nube de humo e imitó la voz del príncipe Carlos, «Hay que decir que uno también experimenta
una inclinación especial a pasar tiempo contigo, Holly Sykes», y casi me meo de risa, aunque me quedé un poco planchada al ver que no contestaba «Yo también te
quiero», la verdad. Pero, bueno, los novios hacen un montón de chorradas para esconder sus sentimientos, lo dicen todas las revistas. Ojalá pudiera llamarlo ahora
mismo. Ojalá hubieran inventado teléfonos para hablar con quien quieras, cuando quieras, desde donde quieras. En estos momentos estará yendo a trabajar a Rochester
en la Norton, con su chupa de cuero llena de tachuelas que ponen LED ZEP . Cuando llegue septiembre y cumpla dieciséis me llevará a dar una vuelta en la Norton.
Abajo, alguien cierra de un portazo un armario de cocina.
Mamá. Nadie más se atreve a dar portazos así.
«Como se haya enterado…», dice una voz retorcida.
No. Vinny y yo hemos tenido mucho cuidado.
Mamá está menopáusica. Será eso.
Tengo puesto el Fear of Music de los Talking Heads en el tocadiscos, así que bajo la aguja. Este LP me lo compró Vinny, el segundo sábado que nos encontramos en
la tienda de discos Magic Bus. Es un disco alucinante. Mis preferidas son «Heaven» y «Memories Can’t Wait», pero no tiene ni un tema flojo. Vinny ha estado en
Nueva York y los ha visto en concierto. Su colega Dan estaba de segurata, así que metió a Vinny en los camerinos después del bolo, y se fue de marcha con David
Byrne y los músicos. Si el año que viene vuelve a ir, me llevará con él. A medida que me visto voy encontrando los chupetones; me gustaría volver a casa de Vinny esta
noche, pero va a reunirse con unos colegas en Dover. A los tíos no les gusta nada que las mujeres se pongan celosas, así que finjo que no me importa. Stella, mi mejor
amiga, se ha ido a Londres a buscar ropa de segunda mano al mercado de Camden. Mamá dice que aún soy demasiado joven para ir a Londres sin un adulto, así que
Stella se ha ido con Ali Jessop. Conque lo más divertido que voy a hacer hoy será pasar el aspirador por el bar para ganarme mi paga de tres libras. Yuju. Y además

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tengo que estudiar para los exámenes de la semana que viene. Pues no me importaría entregar el examen en blanco para que se enteren de por dónde se pueden meter los
triángulos de Pitágoras, El señor de las moscas y el ciclo vital de los gusanos. A lo mejor lo hago, mira.
Sí, señor. A lo mejor lo hago.
En la cocina hay un ambiente que parece la Antártida. «Buenos días», digo, pero solo Jacko levanta la vista desde el asiento de la ventana, donde está pintando. Sharon
está al otro lado, en el salón, viendo dibujos. Papá está abajo, en el vestíbulo, hablando con el tío de los suministros mientras el camión de la cervecería gruñe delante del
pub. Mamá está cortando las manzanas en cubos para la comida, haciéndome el vacío. Se supone que tengo que preguntar «¿Qué pasa, mamá, qué he hecho?», pero que
le den. Obviamente, se ha enterado de que anoche llegué tarde, pero voy a dejar que saque ella el tema. Echo la leche sobre el Weetabix y me lo llevo a la mesa. Mamá
planta la tapa sobre la sartén y se acerca.
—Muy bien. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?
—Buenos días a ti también, mamá. Hace calor otra vez.
—Te pregunto qué tienes que decir en tu defensa, jovencita.
Ante la duda, siempre hay que fingir inocencia.
—¿Defensa por qué exactamente?
Se le llenan los ojos de maldad.
—¿A qué hora llegaste a casa?
—Vale, vale, llegué un poco tarde, perdón.
—Dos horas no es «un poco tarde». ¿Dónde estabas?
—En casa de Stella. Perdí la noción del tiempo —respondo mascando el Weetabix.
—Pues mira qué raro. Porque a las diez en punto yo misma llamé a la madre de Stella para enterarme de por dónde diablos andabas, y adivina qué me dijo: que te
habías ido antes de las ocho. Conque ¿quién es la mentirosa, Holly? ¿Tú o ella?
Mierda.
—Después de salir de casa de Stella fui a dar un paseo.
—¿Y adónde te llevó el paseo?
Afilo cada una de mis palabras:
—Por el río, ¿vale?
—¿En el sentido de la corriente o en el contrario?
Dejo pasar un silencio.
—Pero ¿qué más dará?
Se oyen unas explosiones en los dibujitos de la tele. Mamá le dice a mi hermana:
—¡Apaga eso y cierra la puerta, Sharon!
—¡No es justo! A la que estás riñendo es a Holly.
—Ahora mismo, Sharon. Y tú también, Jacko, quiero… —Pero Jacko ya se ha esfumado. Cuando Sharon se va, mamá vuelve al ataque—: ¿Y fuiste sola a darte el
paseíto?

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¿Por qué tengo la inquietante sensación de que me está tendiendo una trampa?
—Sí.
—¿Y cómo de largo fue ese «paseo» que diste sola, entonces?
—¿Lo quieres en kilómetros o en millas?
—Y digo yo, ¿no te llevaría el paseo por casualidad a la calle Peacock, a casa de un tal Vincent Costello?
La cocina me da como vueltas, y por la ventana, en la orilla del río que pertenece a Essex, un hombre diminuto, como un monigote, saca la bici del ferry.
—¿Se te ha comido la lengua el gato? Déjame que te refresque la memoria: ayer por la noche, a las diez, estabas cerrando las persianas de la ventana delantera, con una
camiseta puesta y creo que no mucho más.
Sí que bajé a cogerle una cerveza a Vinny. Sí que bajé la persiana de la habitación de delante. Sí que pasó alguien. «Tranquila», me digo. ¿Qué probabilidades hay de

que un desconocido me reconociera? Mamá está esperando que me derrumbe, pero no lo haré.
—Estás malgastando tu vida en el bar, mamá. Deberías hacerte agente del servicio de inteligencia.
Mamá me echa la «mirada terrible» de Kath Sykes.
—¿Cuántos años tiene?
Cruzo los brazos.
—No es asunto tuyo.
Mamá achina los ojos.
—Parece ser que veinticuatro.

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—Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas?
—Porque que un hombre de veinticuatro acose a una colegiala de quince es ilegal. Podría ir a la cárcel.
—En septiembre cumpliré dieciséis, y digo yo que la policía de Kent tiene cosas mejores que hacer. Ya soy bastante mayor para decidir solita sobre mis relaciones.
Mamá se enciende uno de sus Marlboro Red. Yo mataría por uno.
—Cuando se lo cuente a tu padre, va a despellejar vivo al Costello ese.
Hombre, papá tiene que largar a los borrachuzos del local de vez en cuando, como todos los dueños de pubs, pero no le pega despellejar a nadie.
—Brendan tenía quince años cuando empezó a salir con Mandy Fry, y si te crees que no hacían más que cogerse de la mano en los columpios, estás muy equivocada.
No recuerdo que le fueras a él con el rollo de «Podrías ir a la cárcel».
—Con los chicos es diferente —responde recalcando todas las sílabas, como si estuviera hablando con una retrasada.
Suelto un resoplido a modo de «No me puedo creer lo que estoy oyendo».
—Te lo digo, Holly… Tendrás que pasar por encima de mi cadáver para volver a ver a ese… vendedor de coches.
—¡Mira, mamá, en realidad veré a quien a mí me dé la gana!
—Nuevas reglas. —Mamá aplasta la colilla—. Te llevo yo al colegio y te recojo a la salida en la furgoneta. No pones un pie en la calle a no ser que vayas conmigo,
con tu padre, con Brendan o con Ruth. Si vislumbro siquiera a ese asaltacunas por aquí cerca, cojo el teléfono y llamo a la policía para presentar cargos… sí, sí que lo
haré, te lo juro. Y además llamaré a su jefe para que se entere de que va seduciendo a colegialas menores de edad.
Transcurren diez largos segundos hasta que lo asimilo todo.
Mis conductos lacrimales empiezan a contraerse, pero no pienso darle esa satisfacción a la señora Hitler.
—¡Esto no es Arabia Saudí! ¡No puedes encerrarme!
—Si vives bajo este techo, tendrás que obedecer nuestras normas. Cuando yo tenía tu edad…
Y respondo, imitando su acento:
—Sí, sí, sí, tenías veinte hermanos y treinta hermanas y cuarenta abuelos y veinte hectáreas de patateras que excavar porque así era la vida en la vieja Irlanda, pero
esto es Inglaterra, mamá, ¡Inglaterra! Y estamos en los años ochenta. Si la vida era tan magnífica en esa cloaca inmunda del oeste de Cork, ¿por qué coño te molestaste en
venir a…?
¡Zas! Bofetada en la parte izquierda de la cara.
Nos miramos: yo, temblando de estupefacción, y mamá, más enfadada que nunca, y —supongo— consciente de que acaba de romper algo que nunca podrá repararse.
Salgo de la habitación sin decir una palabra, como si acabara de ganar una pelea.
Lloro solo un poco, y son lágrimas de indignación, no a moco tendido, y cuando termino me voy al espejo. Tengo los ojos un poco hinchados, pero eso se arregla con un
poco de lápiz de ojos… Un poco de pintalabios, un brochazo de colorete… Ya está. La chica del espejo es una mujer, con su pelo corto y negro, su camiseta de
Quadrophenia, sus vaqueros negros. «Tengo noticias para ti —me dice—. Te mudas hoy mismo a casa de Vinny.» Empiezo a enumerar las razones por las que no
puedo y me detengo. «Sí», asiento, llena de vértigo y calma a la vez. Además, voy a dejar los estudios. Desde ahora. Las vacaciones de verano llegarán antes de que el
asistente social pueda eructar siquiera, y en septiembre cumplo dieciséis, y entonces, que te den por saco, Windmill Hill Comprehensive. ¿Me atrevo?
Sí que me atrevo. Entonces, haz el equipaje. ¿Qué equipaje? Lo que quepa en mi bolsa de viaje grande. Ropa interior, camisetas, mi cazadora bomber; el estuche de
maquillaje y mi caja de lata llena de pulseras y collares. Cepillo de dientes y un puñado de tampones (se me está retrasando el período, así que me llegará en cualquier
momento). Dinero. Cuento trece libras con ochenta y cinco centavos ahorrados en billetes y monedas. Tengo ochenta libras más en la libreta del banco TSB. Además,
Vinny no me va a cobrar alquiler, y me pondré a buscar trabajo la semana que viene. Puedo hacer de canguro, trabajar en el mercado, o como camarera: hay un montón
de maneras de ganarse un dinerito. ¿Y qué hago con mis discos? No puedo llevármelos todos hasta la calle Peacock ahora, y a mamá la veo capaz de llevarlos todos a la
tienda de Oxfam en un ataque de rabia, así que me cojo el Fear of Music, lo envuelvo con cuidado en mi bomber y lo meto en el bolso de modo que no se doble. Escondo
los demás bajo la tabla floja del suelo, de momento, pero cuando estoy colocando la alfombra me llevo un susto de muerte: Jacko me está mirando desde el umbral. Aún
lleva puesto el pijama y las zapatillas de Thunderbirds.
Le digo:
—Caballerete, casi me matas de un ataque al corazón.
—Te vas. —Jacko tiene un tono algo ausente.
—Entre nosotros, sí, me voy. Pero no muy lejos, no te preocupes.
—Te he hecho una cosa, para que te acuerdes de mí.
Jacko me tiende un círculo de cartón: una caja de quesitos aplastada con un laberinto dibujado. A Jacko le vuelven loco los laberintos: es por todos esos libros en plan
Dragones y mazmorras que leen él y Sharon. El que ha dibujado Jacko esta vez es de lo más simple, para los que suele hacer: consta de ocho o nueve círculos uno
dentro de otro.
—Cógelo —me dice—. Es diabólico.
—Yo no lo veo tan mal.
—«Diabólico» significa «satánico», hermanita.
—¿Y por qué es tan satánico tu laberinto, entonces?
—El Crepúsculo te va siguiendo mientras lo atraviesas. Si te toca, dejas de existir, así que un giro mal dado en un callejón sin salida acaba contigo. Por eso te tienes
que aprender de memoria el laberinto.
Madre mía, qué hermano pequeño más rarito tengo.
—Vale. Bueno, gracias, Jacko. Tengo unas cosas que…
Jacko me coge de la muñeca.
—Apréndete este laberinto, Holly. Hazlo por el rarito de tu hermano. Por favor.
Me asusto un poco.
—Caballerete, qué comportamiento más extraño.
—Prométeme que vas a memorizar el camino, por si alguna vez necesitaras navegar por él en la oscuridad. Te lo pido por favor.
A los hermanos pequeños de mis amigos les gustan los Scalextric o las motos de motocross o intercambiar cromos; ¿por qué el mío hace estas cosas y dice palabras
como «diabólico» y «navegar»? Solo Dios sabe cómo sobrevivirá en Gravesend como sea gay. Le alboroto el pelo.
—Vale, prometo aprenderme tu laberinto de memoria. —Entonces Jacko me abraza, lo cual es raro porque Jacko no es un niño muy de abrazar—. Oye, que no me
voy muy lejos… Ya lo entenderás cuando seas mayor, y…
—Te mudas a casa de tu novio.
A estas alturas no debería sorprenderme.

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—Sí.
—Cuídate, Holly.
—Vinny es muy guay. En cuanto mamá se acostumbre a la idea, nos veremos… Como seguimos viendo a Brendan después de casarse con Ruth, ¿no?
Pero Jacko se limita a meter la tapa de cartón con el laberinto dibujado hasta el fondo de mi bolsa de viaje, me echa una última mirada y desaparece.
Mamá aparece con una cesta llena de alfombrillas del bar en el rellano del primer piso, como si no hubiera estado al acecho todo el rato.
—No es un farol. Estás encerrada. Arriba de nuevo. Tienes exámenes la semana que viene. Ya es hora de que hinques los codos y eches un repaso como es debido.
Me agarro a la barandilla.
—Tú has dicho: «Nuestro techo, nuestras reglas». Pues muy bien, ya no quiero vuestras reglas, ni vuestro techo, ni que me pegues cada vez que te pongas de los
nervios. Tú tampoco pasarías por el aro, ¿o sí?
La cara de mamá se descompone, y si en este momento dice lo que tiene que decir, podremos negociar. Pero no, tan solo repara en la bolsa de viaje y se ríe como si no
pudiera creerse lo tonta que soy.
—Pero si tú antes tenías cerebro.
Así que sigo avanzando por las escaleras hasta la planta baja.
Se oye una voz tensa más arriba.
—¿Y el instituto?
—¡Pues ve tú, si es tan importante!
—¡Yo nunca tuve la puñetera oportunidad de ir, Holly! ¡Siempre he tenido que llevar el bar, y darte de comer a ti, a Brendan, a Sharon y a Jacko, y vestiros y
mandaros a la escuela para que al menos vosotros no tengáis que pasaros la vida fregando baños y vaciando ceniceros con la espalda doblada sin poder ir a dormir
temprano ni una sola noche!
Como quien oye llover. Sigo bajando.
—Pues nada, vete. Anda. Aprende por las malas. Te doy tres días para que tu Romeo te deje plantada. Los hombres no se fijan en la brillante personalidad de una
chica, Holly. Nunca, joder.
No le hago caso. Desde el vestíbulo veo a Sharon detrás de la barra, al lado de la estantería de zumos. Está ayudando a papá a reponer, pero me doy cuenta de que
nos ha oído. Le hago un leve gesto de la mano y me lo devuelve, nerviosa. La voz de papá sube desde la trampilla de la bodega tarareando el viejo éxito «Ferry ’Cross
The Mersey». Es mejor dejarlo al margen. Si está delante mamá, se pondrá de su parte. Si están delante los clientes, se pondrá en plan «No soy tan tonto como para
meterme en medio» y todos asentirán y murmurarán: «En eso llevas razón, Dave». Además, prefiero no estar presente cuando se entere de lo de Vinny. No es que me
dé vergüenza, pero prefiero no estar. Newky está olisqueando
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