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Libro Reset – Lorena Pacheco PDF

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estilo? ¿Y por qué diablos no abría su
pico de ave nocturna?
No recordaba nada, ni siquiera mi
nombre. Ideas absurdas y aterradoras se
me pasaron por la mente: ¿es que yo era
su gran invento? ¿Un robot humanoide,
tal vez? ¿Un Frankenstein del siglo XXI?
Intenté incorporarme, pero la cabeza
empezó a darme vueltas y solo conseguí
darme contra el suelo, que, por cierto,
olía a algo parecido a la naftalina. Qué
asco.
—Eh… tranquila, deberías volver a
tumbarte. —El inventor chiflado tenía
una voz estridente y un tanto aguda. Se
acercó a mí con los brazos extendidos y
yo concentré todos mis esfuerzos en
apartarme de él.
—¿Quién eres tú?
Una sonrisa de satisfacción se dibujó
en su cara.
—Genial. Ha funcionado.
—¿Qué me has hecho? ¿Qué es lo que
ha funcionado? ¿Y por qué me apuntas
con eso?
Bajó la vista hacia el mando a
distancia súper sofisticado. Una luz roja
parpadeaba mientras me apuntaba a la
cabeza.
—No te preocupes, Be. Todo irá
bien.
Arrugué la nariz.
—¿Be? ¿Como el balido de una
oveja?
—Be, de Berenice. Ese es tu nombre.
Y, de repente, lo recordé. Sí, claro
que era mi nombre.
—Pero…
—Lo sé, es abrumador —me
interrumpió—, pero pronto lo
entenderás todo. Es más sencillo de lo
que crees.
Enarqué una ceja.
—Permíteme que lo dude.
¿Sencillo? Aquello tenía pinta de todo
menos de sencillo. Aun así, intenté que
mis pensamientos se estabilizaran para
prestar toda la atención posible.
El búho carraspeó y se sentó frente a
mí.
—Comencemos por el principio.
TOCANDO FONDO
CAPÍTULO 1
Elías me colocó detrás de la oreja un
mechón de pelo que se me había
escapado y yo sonreí como si fuera una
colegiala totalmente colada por el chico
popular que va unos cursos más
avanzado. Me había traído a un buen
restaurante, de esos en los que te cobran
un dineral por porciones ridículamente
pequeñas.
—Hoy estás realmente preciosa —me
dijo. Casi parecía sorprendido.
—Para ya… —contesté yo, apartando
la vista y sonrojándome hasta las
pestañas.
—En serio, cualquier hombre estaría
encantado de estar contigo.
—Venga, déjalo ya… —insistí con
una risita—. ¿A qué viene todo esto?
—Yo… ya sabes que estos meses he
estado un poco ausente y no me he
comportado como debería contigo.
Decir «un poco ausente» era quedarse
corto. Seis meses de indiferencia eran
algo más, pero antes de escuchar el resto
ya lo había perdonado.
—Cariño, no te preocupes. No digo
que no haya sido duro, pero que seas
capaz de reconocerlo y demostrarme tu
amor es más que suficiente para mí.
—Verás… —empezó a decir.
—¿Sí? —le pregunté, sin poder
disimular el entusiasmo de mi voz
mientras le cogía la mano y le animaba a
seguir.
—He conocido a otra persona.
Así. Sin más. Sin piedad. Sin
anestesia. Mi sonrisa a lo Love Story se
había quedado petrificada en alguna
mueca horrible. «Traidor. Traidor.
Traidor.» Esa palabra resonaba en mi
interior como si me hubiese comido un
loro.
Entonces… ¿Para qué me había traído
aquí? ¿Se trataba de humillarme? ¿O
creía que así me dolería menos? «Oh, sí,
nena… Aprovecha estos minutos de
amor fingido hacia ti. Es mi último
regalo y deberías estar agradecida».
Habría preferido un escupitajo en la
cara. Cerdo machista y engreído.
O sea que, cuando me había dicho que
cualquier hombre habría estado
encantado de estar conmigo, en realidad
me estaba diciendo que no tenía por qué
ser una solterona tras su marcha y que,
prácticamente, me hacía un favor por
ponerme de nuevo en el mercado.
Sinceramente, yo había esperado algo
como: «Me he dado cuenta de que eres
la mujer de mi vida y que no he sabido
valorarte como te merecías. ¿Quieres
casarte conmigo?».
Entonces me di cuenta de que mi
mano todavía seguía tocándolo. Seguía
en contacto con la piel de una serpiente
venenosa que me acababa de clavar sus
afilados dientes. Sentí como si me
estuviera desangrando lentamente
mientras la ponzoña me quemaba, así
que intenté sacar de ahí mis dedos, que
parecían haberse enganchado con los
suyos.
—¡Suéltame, maldita sea! —exclamé
histérica, tirando de él.
—Tranquilízate, Be. Vamos a
hablarlo con calma —murmuró mientras
miraba hacia los lados como si le
preocupara que yo montara un
escándalo.
—¿Ahora quieres hablar? ¿Después
de seis meses? ¡Y no me llames Be! ¡No
me llames nada!

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Las mesas de al lado dejaron el
disimulo para otra ocasión y se fijaron
en nosotros sin contemplaciones.
—Oye, no sé cómo ha pasado, pero
ha pasado.
—Y, exactamente, ¿cuánto hace que
ha pasado?
—Pues… —Su mirada se perdió en
el horizonte—. Conocí a Mel…
—Oh, ¡así que tiene nombre! —le
interrumpí, lanzándole la servilleta a la
cara con la esperanza de mancharle o de
que se la tragara y se le encajara en la
tráquea.
Él la cogió sin más y continuó
hablando.
—Es alguien de mi departamento.
Hace un mes que empezamos a salir.
Pero… ¿Cómo que a salir? ¿Salir de
salir? Se me estaba empezando a nublar
la vista. Sopesé la opción de tirarle el
vino a la camisa antes de perder la
visión por completo, pero mi percepción
de las copas ya no era tan acertada como
hacía un momento.
—Ah, discúlpame por ser tan tonta y
pensar que salías conmigo.
—Ya sabes que últimamente las cosas
no han ido muy bien entre nosotros.
¿Esa era su excusa? ¿En serio? Como
teníamos una crisis de pareja, mi novio
prefería no decirme nada, hacer como si
yo fuese parte del mobiliario y echarse
una novia nueva. Quizás debería haber
subrayado con rotulador fosforescente
mi nombre en el buzón para que el muy
cretino recordara que no vivía solo.
—Mel ha llegado cuando yo más…
—Se limitó a suspirar—. En fin, no
encontraba el momento de decírtelo. Lo
siento.
—¿Que no encontrabas el momento?
¡Vivimos juntos!
—Lo sé, pero no es fácil, ¿sabes? —
me dijo con rencor. ¡Encima!
—Ah, perdona por presionarte. Debe
de haber sido muy duro para ti tirarte a
la zorra de tu departamento mientras yo
te lavaba los calzoncillos.
—¿Ves? No se puede hablar contigo
—me recriminó en tono grave.
—¿Que no qué…? —Me reí como
una loca histérica. ¿De verdad me estaba
diciendo todo eso? Me ponía los
cuernos, tenía una doble vida a mis
espaldas y encima se las daba de
ofendido. ¿Alguien podría entender eso?
Porque yo solo entendía mis recién
descubiertas ganas de amputarle las
piernas.
Dio otro sorbo a su copa y se quedó
mirando su contenido, sin atreverse a
enfrentar los rayos X que le dirigían mis
pupilas.
—Bueno, solo quería avisarte
porque… vamos a vivir juntos.
Estupendo. Genial. Sublime.
—¿Solo querías avisarme por eso? —
repuse con sarcasmo.
—No lo había planeado. Surgió así.
Estábamos en casa y…
—Un momento —le interrumpí otra
vez—. ¿Ha venido a casa? ¿A nuestra
casa?
Evitó mirarme directamente a los ojos
una vez más; era obvio que se le había
escapado.
—Sí —admitió un tanto avergonzado.
Ah, ¿pero aún sabía lo que era la
vergüenza? ¡Fíjate!
—No me lo puedo creer… ¿Qué es lo
que intentas? ¿Matarme? ¿Es eso? ¿Tan
mala novia he sido?
«No, por ahí no, Berenice. No
empieces a echarte la culpa como haces
siempre. Es él quien ha decidido
clavarte un puñal en la espalda, es él
quien te ha ocultado una traición
comparable solo a la de Judas.»
—No es eso… Pero supongo que no
estábamos destinados a estar juntos.
—No, por lo visto yo estaba
destinada a que tú me jodieras, querido.
—Me apoyé en el respaldo agotada.
—Vamos, estás a tiempo de encontrar
a alguien genial con el que compartir tu
vida. El tío perfecto para ti está por ahí.
—Su sonrisa Profident me sentó como
una patada en el culo.
El tío era gilipollas, ¿por qué no lo
había visto antes? Me habría ahorrado
muchas lágrimas y noches en vela.
Entorné los ojos.
—¿Y cuál se supone que es el tío
perfecto para mí?
—Bueno, ya sabes.
—No, no sé.
Se rascó la nuca y echó un vistazo
alrededor, seguramente buscando a ese
tío adecuado para mí. Con «por ahí»
debía referirse al restaurante. Menudo
morro…
—¿Sabes qué? —continué—. Déjalo.
No me importa lo que digas.
Me quedé callada, mirándolo con una
mezcla de odio y resignación. Él acercó
su silla y apoyó los codos sobre la
mesa.
—Hay algo más.
—¿Más? ¿Está embarazada? ¿Os
habéis casado en secreto?
—Vamos a vivir juntos.
—Eso ya lo has dicho —contesté con
resentimiento.
—Dios, Be… ¿hace falta que lo diga?
—preguntó exasperado.
—No, puedes esperar otro mes, si
quieres.
Ser borde era lo menos que podía
hacer. Se merecía mucho más. Un
sufrimiento lento y a conciencia para
demostrarle que lo que había hecho era
una aberración.
—Vamos a vivir juntos… en casa.
¡PAM! Segundo golpe. Parpadeé
varias veces, incapaz de articular
palabra.
—Pero la buena noticia es que tienes
un par de semanas todavía para buscar
piso.—
¿Esa es la buena noticia? —Me
dieron ganas de clavarle el tenedor en el
ojo—. ¡Dos semanas! Me engañas, me
echas de mi casa…
—Técnicamente, es mi casa… —me
corrigió.
Tenía razón; era yo quien me había
mudado con él en su día, pero le
dediqué una mirada asesina y cerró el
pico.
—Esto es genial, perfecto. Me alegro
de haberme comprado este vestido tan
caro para esta noche.
Me miró de arriba abajo de una forma
que ya había olvidado. Ni hablar, que ni
se le pasara por la cabeza.
—No te atrevas a mirarme así ahora.
No después de todo esto.
Sus ojos volvieron a subir hasta los
míos.
—Perdona, ya te he dicho que estabas
preciosa.
—Cállate de una vez.
—Bueno, será mejor que me vaya…
—Se levantó—. Me está esperando…
Mi hermano.
Con lo mal que mentía no sabía cómo
no me había dado cuenta antes. Había
una gran diferencia entre lo que me
había dicho todo este tiempo y lo que
había querido decir realmente. Ahora lo
sabía.
«Cariño, esta noche trabajaré hasta
tarde», es decir, «me voy a echar un
polvo».
«Cielo, no me esperes levantada
hoy», lo que venía siendo: «me voy a
echar un polvo».
«Oh, no hace falta que vengas, voy a
estar muy liado», que significaba: «me
voy a echar un polvo».
«La verdad es que esta noche estoy un
poco cansado», o sea, «ya he echado el
polvo».
—Ah, por cierto, yo no estaré en casa
estas dos semanas —me advirtió. Me
quedé callada y lo miré sin fuerzas. Por
supuesto que no estaría—. Yo invito.
¡Solo faltaba! Habría sido el colmo
que me hubiera tocado pagar a mí una
cena que me estaba resultando indigesta
por su culpa.
—Adiós, Be. Cuídate.
Y tras dejar dos billetes encima de la
mesa, se marchó sin esperar el cambio y
sin dirigirme tan siquiera una última
mirada de compasión. Lo habría odiado
por ello, pero al menos habría
demostrado tener un poco más de
conciencia.
Ya daba igual, seguramente iría a
celebrar con Mel haberse quitado tal
peso de encima. Sesenta kilos para ser
exactos. Así que allí me quedé, como
una mujer patética y abandonada,
sentada en la mesa y bebiendo vino,
sola. Observando cómo el resto de
parejas se cogían de la mano y se daban
a probar sus respectivas cenas. Triste.
Muy triste.
De la pequeña llama que se había
encendido en mi interior al principio de
la noche, solo quedaban unas cenizas
negras y desesperadas.
CAPÍTULO 2
Llegué a casa totalmente exhausta. A
esa casa que ya no era mía, que además
me recordaba a él, y en la que a partir
de ahora viviría con esa fulana de Mel.
Seguramente una rubia de veinte años
con las tetas operadas y unas nalgas de
acero.
No podía competir con eso; el acero
era algo inalcanzable para mí, sobre
todo si me llevaba esos disgustos que
solo se calmaban ligeramente con media
tableta de chocolate. Porque… No
seamos hipócritas; una ensalada no sana
a nadie. Vale, está bien, el chocolate
tampoco, pero no me imaginaba viendo
una película romántica y soltando unas
lágrimas mientras me comía unos
espárragos. Era algo antinatural, ¿y
quién era yo para desafiar a la
naturaleza?

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Me miré en el espejo del cuarto de
invitados (no pensaba dormir en la cama
manchada con mi deshonra) y el reflejo
que me devolvió no fue muy
esperanzador: cara desencajada, restos
de rímel y una mirada de perrito
abandonado. Sentí pena por mí misma y
eso hizo que me dieran ganas de
estamparme el cráneo contra el cristal,
como esos monstruos deformes que no
soportan contemplarse ni en una
cuchara.
Imágenes y más imágenes me venían a
la mente como si estuviera observando
una presentación interior de PowerPoint
de mis últimos tres años.
Decidí que el medio ambiente me
perdonaría que esa maldita noche de
perros me llenara la bañera; una ducha
rápida no me servía en un momento tan
crítico. Me sumergí y, por un momento,
sentí que todo iba a ir bien, que podría
con aquello siempre que continuara
dentro del agua. Pero entonces se
empezó a escuchar en la radio

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