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Resplandor en el bosque – Raúl Garbantes

Resplandor en el bosque – Raúl Garbantes

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Detrás de las gotas de lluvia que resbalan por la ventana de la camioneta, Sarah puede ver los árboles gigantescos con los que a veces sueña. En sus sueños se ve
rodeada por ellos, atrapada en aquel tupido bosque que ahora mira detrás del cristal, asustada por los extraños ruidos de la naturaleza y temblando por la falta de calor y
comida; no le gustan esos sueños. Ahora trata de no pensar en esas horribles pesadillas, así que se detiene a apreciar lo bonitas que se ven las gotas de lluvia resbalando
por el vidrio, le parece algo muy encantador y logra distraerse un rato. Pero entonces comienza a pensar en las tormentas y en el invierno que se aproxima; siente cómo
sus manos se entumecen de frío e intenta protegerlas halando las mangas de su suéter azul claro; logra calentarlas un poco, pero sus dedos no pueden ser cubiertos por
las mangas y se quedan helados fuera de ellas. No le gusta el invierno, le parece que el clima hace que las personas se sientan tristes, que las casas parezcan abandonadas
y que no resulte nada divertido salir a caminar. Hay una cosa más que la entristece, lo que realmente le disgusta del invierno: los recuerdos que éste le trae.
Su padre la mira por el retrovisor y siente algo de nostalgia al notar que con aquel suéter se ve muy parecida a su madre. La niña tiene la misma nariz puntiaguda y
los mismos ojos claros y redondos que su progenitora, el cabello lacio y castaño lo sacó de él. Los colores fríos y claros le quedan muy bien, hacen que sus ojos verdes
resalten y que el parecido a su mamá se haga más notorio que de costumbre. El señor Swan deja de ver a su hija y vuelve a repasar las cosas que tiene que hacer al día
siguiente. Tendrá que anotarlas todas al llegar a casa porque si no, al ser tan numerosas, se le olvidarán. Mira de reojo, de nuevo, por el retrovisor y observa a su hija
algo taciturna, perdida en sus pensamientos. No es raro verla así, pero preferiría enterarse si es que algo malo le ha sucedido en la escuela, así que intenta empezar una
conversación con ella.
—¿Te fue bien en la escuela, Sarah?
—Sí. —Sabe que ella no le dirá más, pero también está seguro de que la niña no miente. Si le hubiera ido mal o le hubiera pasado algo desagradable no hubiera
respondido siquiera, la conoce muy bien.
Sarah Swan no es una chica de muchas palabras. Aunque su papá es la persona con la que más puede hablar la pequeña, no le dice mucho. Cada vez que va a
recogerla a la escuela la ve sola, sentada en las gradas de la entrada, trenzando su largo y castaño cabello, jugando con sus dedos o tarareando muy suave alguna de las
canciones de cuna que su madre le cantaba cuando era bebé. Después de llamarla por su nombre ella se sube al auto sin decir nada. En el camino, algunas veces, le cuenta
sobre algún nuevo tema aprendido o sobre alguna cosa divertida que le ha sucedido, pero apenas él quiere extender la conversación, ella comienza a dar respuestas muy
directas y concisas. Algunas otras veces él intenta empezar una plática y mantenerla durante el trayecto de la escuela a casa, pero casi siempre aquel intento es vano y la
niña, después de decir unas pocas palabras, se queda totalmente callada. Solamente habla cuando es realmente necesario o cuando algo muy importante le ha pasado.
Habló bastante, por ejemplo, la vez que reprobó un examen de matemáticas y le pidió ayuda a papá para estudiar; pero por lo general no tiene nada qué contar ni qué
decir. Sus maestros y compañeros ya conocen su temperamento hace tiempo y se han acostumbrado. La dejan en paz, saben que a ella no le gusta mantener charlas muy
largas, saben que no deben esforzarse demasiado en comunicarse con ella porque no tendría muchos resultados. A pesar de su extrema timidez y su constante melancolía
Sarah es una niña bastante normal. Es muy soñadora, muy buena alumna y muy considerada con las personas que la rodean.
Las constantes lluvias hacen que el camino se ponga gredoso y resbaloso. Al señor Swan no le gusta manejar en aquellas condiciones, menos aun cuando sabe que
faltan todavía unos cuantos kilómetros para encontrar las primeras casas después de aquel largo bosque. Voltea levemente la cabeza y mira a su hija en silencio, ella no
despega la mirada de la ventana. ¡La ve tan pequeña y tan indefensa! A pesar de que la niña ha cumplido los diez años hace unas semanas, su apariencia es aún muy
frágil, incluso más frágil que la mayoría de las niñas de su edad. Se acuerda del día que nació, se acuerda de sus manos diminutas, de sus piececitos chiquitos; recuerda
cómo él le juraba a su esposa que cuidaría de la pequeña, aun a costa de su propia vida, y que haría que los tres fueran inmensamente felices. Tiene muy presente la
imagen de su esposa sonriendo al escuchar sus palabras. Después de la muerte de la señora Swan, él no está seguro

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