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Resurreccion La Reina de la Oscuridad n 1 Aleloro

Resurreccion La Reina de la Oscuridad n 1 Aleloro

Resurreccion La Reina de la Oscuridad n 1 Aleloro

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Sonó muy temprano, un ruido chirriante y molesto devolvió a Brenda a
la realidad. Con los ojos cerrados tanteó en la mesilla, lanzando una
pequeña agenda al suelo, en un proceso que culminó con el apagado
del infernal despertador. Se trataba de una mañana helada en Cuatro
Héroes.
Remoloneó cinco minutos bajo las mantas y la sábana, notando con su
cara el frío exterior y, al fin, armándose de valor y con desgana, se
destapó de un manotazo y salió rápido a ponerse la bata.
Encendió un radiador en el baño para ducharse, y luego, adormilada,
desayunó con apatía, después de calentar un vaso de leche con cacao
en el microondas, y volcar el cartón de maíz inflado hasta casi rebosar.
Cuando se calentó el baño, se duchó, agradecida del calor porque era
muy friolera. Las gotas de agua cayeron sobre ella espabilándole y
animándole. Salió de la ducha con más aplomo, y, mientras se secaba,
procuraba estar tranquila para llegar a la cita sin nervios, misión
realmente difícil.
Recogió una carpeta con su currículum y salió deprisa, ya que se le
estaba haciendo tarde. Bajó al metro, al lado de su casa, y pasó con
rapidez los tornos, con paso ligero, descendiendo por las escaleras
mecánicas hasta el andén.

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Afortunadamente el tren llegó deprisa, y subió al vagón con una
extraña sensación, como si algo anormal sucediera cerca. Miró a su
alrededor, pero nada raro pasaba. Pensó que los nervios la estaban
traicionando mientras se sentaba intranquila, pero en seguida se
entretuvo escuchando a la gente hablar del inminente eclipse que se
iba a perder, vaya suerte que coincidiera con una entrevista una
alineación de planetas que se producía cada cuatrocientos años.
Llegó a su parada y anduvo veloz adelantando a la gente, mientras
salía de la boca de metro y llegaba al colegio privado, San Rosco,
dónde le esperaban.
Golpeó con sus nudillos la puerta del despacho del director, tan sólo
diez minutos pasada de la hora convenida. Respiró hondo antes de
abrir la puerta, después de que una voz le dijera desde dentro:
–Adelante, por favor.
–Hola. Buenos dí… –saludó al entrar interrumpiéndose al tiempo que
tropezaba con una silla que no vio, tan nerviosa como iba. La carpeta
voló de sus manos, golpeando con su canto la frente del rostro serio
del sobrio señor, que ya bastante enfadado estaba, pues odiaba la
impuntualidad, sobre todo tratándose del primer día que iba. Cuando
logró recomponerse agarrada a una silla, vio al señor recogiendo las
gafas del suelo, visiblemente enfadado, mientras ella se disculpaba–.
Lo siento mucho señor, ni me di cuenta de la silla.
–Llega usted tarde, y me golpea con su carpeta en la cara –dijo
frotándose la frente–. Bonita manera de empezar. Tome asiento, por
favor –espetó clavando la mirada en sus ojos, con el semblante muy
serio.
–Perdón, señor director, no volverá a pasar –comentó mientras
intentaba recoger la carpeta. Tenía dificultades para alcanzarla debajo
de la mesa y se apoyaba distraídamente, con tan mala suerte, que
derramó su café encima de los papeles que tenía delante.
–¡Oh, dios mío!, ¡qué está haciendo! –dijo mientras se levantaba de la
silla, intentando salvar los folios de mojarse demasiado–. ¡Son los
presupuestos de este año, firmados por nuestro jefe!, tendré que volver
a molestarle por su culpa, y está muy ocupado. ¡Aquí se terminó la
entrevista! No se moleste en volver. No queremos que destroce este
colegio. Buenos días.
Miraba perpleja a ese señor con el rostro rojo y enfurecido, que
contrastaba cromáticamente con su pelo cano. Sentía una mezcla de
emociones, entre la tristeza y la rabia, siendo incapaz de articular
palabra.
–¡Fuera de aquí, ya!, ¿no me has oído? –finalizó el director.
Mientras volvía a su casa en el metro, Brenda trataba de contener el
llanto. No había tenido suerte con el trabajo desde que terminó la
carrera de magisterio. Las oposiciones le resultaban muy complicadas,
y las entrevistas en colegios privados no habían ido bien. En esta
ocasión, había tocado fondo. Ya cuando se iba acercando a su casa y
una lágrima bajaba por su rostro, un escalofrío recorrió su espalda con
la sensación de que alguien estuviera vigilándola. Giró su cabeza
hacia ambos lados, pero la calle estaba vacía. Encogió los hombros
con una mueca de indiferencia, y continuó hacia delante.
Abrió la puerta, abatida, y puso a calentar unos espaguetis con carne
picada y tomate, del día anterior, se dejó caer en el sofá y encendió la
televisión.
Mientras los tertulianos de algún programa del corazón vociferaban,
comía los espaguetis y su mente se relajaba. Ver los problemas de los
demás, parecía hacer menos importantes los propios.
De repente, se produjo un golpe sordo en su habitación que le
sobresaltó, y por poco termina la bandeja en el suelo. Después le
pareció oír un golpeteo en la pared que provenía de una ventana
abierta.
El miedo se dibujó en su cara. Su barrio no era precisamente tranquilo
y podría tratarse de un asaltante. Se acercó a la cocina, sujetó un gran
cuchillo de carnicero con la mano temblorosa, y avanzó por el pasillo
hasta situarse delante de la puerta de su habitación, La abrió
lentamente, asomándose a ver si había alguien, con mucha
precaución.
Cuando la hoja de la puerta estuvo abierta del todo, Brenda pudo ver
cómo, efectivamente, la ventana de su cuarto estaba abierta, y el viento
la zarandeaba contra la pared. Despacio, mirando alrededor en busca
de algo extraño, avanzó por la habitación para cerrarla, y, cuando trató
de hacerlo, comprobó que el pomo estaba roto.
Se volteó de prisa, enfadada, porque no tenía dinero para pagar un
cerrajero, le pondría cinta americana…cuando, de repente, chocó con
algo blando y suave. Velozmente una mano sujeto su muñeca y la otra
le arrebato el cuchillo, sin darle tiempo a reaccionar. Había topado con
el pecho de un hombre de aproximadamente 1,80 de estatura,
bastante alto para su 1,60. Eso, y haber sido desarmada tan rápido, le
hicieron sentir una enorme vulnerabilidad y miedo.
El hombre que tenía delante tenía pelo negro, corto y algo despeinado
con una armonía sorprendente. Poseedor de una musculatura
imponente y le miraba con una expresión seria, con unos ojos
profundos en tono azul oscuro como el mar. Ella comenzó a gritar: –
¡Socorro!, ¡que alguien me ayude!
–Shh –dijo el chico, llevándose el dedo a la boca mientras le miraba
fijamente a los ojos–. No grites, no es bueno que nos oigan.
Sorpresivamente, sus ganas de gritar se evaporaron y comenzó a
hablar en un tono tranquilo, sin poder desviar la mirada de la suya.
–¿Qué quieres? No tengo nada. Sólo tengo deudas… Un momento…
no querrás… –cubrió su pecho y retrocedió hasta dar con la espalda
en la pared.
–No voy a hacerte daño ni a forzarte –dijo mientras bajaba el cuchillo–.
Estás en peligro. Tenemos que salir de aquí. Muchos te buscan para
hacerte daño. Debemos irnos cuanto antes. Luego te explicare los
detalles, debes confiar en mí…por favor –dijo hincando una rodilla en
el suelo.
Ella le observó perpleja, volvió a mirar a la ventana y otra vez a él, y
comentó:
–Rompes mi ventana, entras en mi habitación por la fuerza, ¿y
pretendes que confíe en ti? ¿De qué mundo has salido?
–De uno al que perteneces, pero aún no lo sabes. Mi nombre es David.
Ella le miró con estupor. En su interior, sentía que podía confiar en él.
¿Qué había querido decir con eso? ¿Por qué ya no le asustaba que
ese desconocido estuviera en su habitación? Dubitativa, pensó en
bajar la guardia, pero, de repente y como una exhalación, algo entró
por la ventana y golpeó brutalmente a David en el pecho, que salió
despedido a través del umbral de la puerta, clavándole, literalmente,
en la pared del pasillo.
Brenda comenzó a temblar al ver la patada con dos piernas que se
había llevado David y, sobre todo, al ser que se la acababa de
propinar, que levantaba su cuerpo demacrado, lleno de sarpullidos y
arrugas en la piel. Torciendo su cuello, giró su cabeza, de la que no
nacía ningún pelo, mirándole con una mueca entre asco y odio.
Ella se derrumbó de rodillas, pidiendo clemencia:
–Por favor, no me hagas daño, por favor –mientras el ser hacía un
gesto que podría interpretarse como una sonrisa, destilando maldad,
sus colmillos empezaron a crecer y emitía un sonido similar a un bufido,
clavando su mirada asesina en el cuello de la muchacha.
El monstruo se agazapó preparándose para saltar cuando,
inexplicablemente, David se libró del empotramiento donde se
encontraba, clavado en la pared; y, con una velocidad no humana, se
abalanzó sobre él e incrustó su puño en la mandíbula, con tal
violencia, que el ser salió volando despedido contra una estantería,
reventando todos los estantes en pedazos.
–¡Corre! –le dijo David–. Ya ha empezado… yo me encargo. No te
preocupes, te protegeré.– Y justo vio incorporarse al nosferatu, y pateó
su cabeza hacia arriba, golpeándola brutalmente contra el techo, tanto
que trozos de la mampostería cayeron al suelo de la habitación.
Brenda reunió el valor necesario para salir de su estupor causado por
el miedo, y se incorporó arrancando a correr, saliendo de la habitación
y del edificio, calle abajo.
Mientras tanto, en la habitación, David intentó pisar la cabeza de su
enemigo, dándole el golpe de gracia, pero éste extendió su brazo
derecho sujetando el pie, y, aún tumbado, logró lanzarlo al otro lado de
la alcoba, rebotando en la pared y cayendo sobre la cama. Despacio,
mientras uno bajaba del edredón, el otro se incorporaba. El
monstruoso vampiro abrió la boca, y con una voz gutural profirió:
–Eso último dolió –colocándose bien su cabeza algo ladeada sobre los
hombros–. ¿Por qué la ayudas? ¿Acaso no sabes quién es? –las
palabras salían mientras las salpicaduras de sangre de su boca
mojaban el suelo.
–Lo sé muy bien, y también sé lo que eres tú –dijo mientras masajeaba
la mano con la que le dio el puñetazo y miraba de reojo el cuchillo que
había acabado en el suelo después del golpe que le dio al entrar por
la ventana–. Dejaste que la oscuridad te fuera comiendo y se
apoderara de ti, mataste miles de inocentes y te convertiste en una
aberración que voy a eliminar.
–Gracias a eso que tanto te desagrada conseguí poder para que no
me detectaras, ocultarme en las sombras, acercarme sin que te lo
esperaras y clavarte en esa pared. Creo que vas a ser tú quien muerda
el polvo. Haces ver que no te pasó nada pero mi golpe te destrozó y
ahora voy a terminar lo que empecé. Me llamo Paulo, está bien que
sepas el nombre de quien te va a matar.
Paulo se abalanzó sobre David, al tiempo que unas garras nacieron de
sus uñas, mientras éste último bloqueaba los zarpazos que buscaban
desgarrar su carne, a la altura de sus muñecas. David contraatacó con
un tremendo golpe al pecho que hizo dar varias volteretas a Paulo
contra el escritorio, golpeando su cuello con el cerco, seguido de un
horrible sonido de vértebras rotas. Veloz como un relámpago, antes de
que pudiera reaccionar, David tomó la empuñadura del cuchillo y, con
un golpe seco y duro, seccionó el cuello del oponente, haciendo saltar
su cabeza hasta el suelo.
Luego, mirando con desconfianza la mollera en el parqué, de un
pisotón la reventó y sus sesos se precipitaron por todo el piso de la
habitación. Acto seguido, salió por la puerta raudamente, atravesando
la ciudad a toda velocidad, siguiendo el rastro de olor de Brenda.
En seguida le dio alcance. Ella seguía corriendo casi perdiendo el
resuello ya, con la cara aterrada por lo que estaba ocurriendo,
huyendo por una avenida bastante solitaria. Rozó su hombro y la
sobresaltó, pero al girar el cuello y verle, se calmó. Parecía que esa
persona, o lo que fuera, quería protegerla, así que se dejó guiar
atravesando la ciudad de Nueva Era, en dirección norte hasta el
extrarradio. Llegaron a una zona industrial donde las chimeneas de
una fábrica cercana vomitaban vapor y, por la hora, parecían trabajar
sin descanso.
La llevó detrás del edificio por un callejón oscuro, maloliente y sin
salida. Algo de intranquilidad de su parte más cerebral recorrió su
mente. Se mantuvo un poco más alerta pero moderada. No sabía qué
tenía ese sujeto que hacía que su corazón quiera confiar tanto en él.
David movió unos enormes cubos de basura como si no pesaran más
que pequeñas papeleras de oficina, empujándolos ligeramente.
Tanteó con sus manos el suelo, y encontró una pequeña fisura en el
pavimento. Sacó una paleta de un bolsillo interior de su chaqueta, la
introdujo e hizo palanca, abriendo una trampilla; y, después de pulsar
un interruptor que iluminaba el túnel, añadió:
–Tú primero.
Sorprendiéndose de sí misma, se asomó al agujero, donde unas
escaleras verticales se adentraban cincuenta metros en las entrañas
de la tierra. Respiró hondo y, apoyándose en su mano, comenzó a
descender los escalones de hierro.
–Ve tranquila y despacio, los peldaños están bien sujetos –indicó
David, entrando en el túnel, y cerró la compuerta tras de sí.
Con cuidado y procurando mantener la tranquilidad la calma, llegó al
suelo. Delante de ella se extendía un pasillo recto de unos cien metros
en dirección a la fábrica.
David puso sus pies en el firme, acto seguido, y avanzó hacia adelante,
hasta lo que parecía una puerta blindada.
–¿Esto es lo que creo?, pensaba que estas puertas sólo se veían en
las películas.
–Es una puerta blindada de acero de medio metro de grosor, que da
acceso a un búnker reforzado de la misma anchura. Nuestra
ventilación está conectada al sistema de ventilación de la fábrica que
tenemos justo encima de nosotros. Hay sensores de movimiento,
cámaras en el túnel y en el tubo del aire. En resumen, bienvenida a
casa. Pasa por favor.
Brenda escuchó estupefacta, y luego, avanzó por el interior de la
habitación, sin cambiar la expresión de sorpresa.
Se trataba de un recinto cuadrado con un solo ambiente, excepto por
una pequeña esquina al fondo, a la derecha; eso debía ser un baño. A
la izquierda de la puerta, había una cama de dos por dos metros, junto
a una mesilla de noche y un gran armario ropero. Más allá, contra la
pared, se situaba una cocina americana, en tonos marfil. A su derecha,
había un sofá y una televisión con una mesa delante. Y, el otro extremo,
había un tendedero y una lavadora. Todo estaba perfectamente
ordenado y limpio.
–¡Vaya!, para ser un chico, tienes todo esto muy bien –dijo con ganas
de bromear algo, pero sin lograr animarse, sintiéndose extraña, luego,
por tomar tanta confianza con un desconocido –. Bueno, ¿qué es lo
que pasa exactamente? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué se supone
que no puedo volver a mi casa? ¿Quién eres? ¿Quién diablos era ese
que entró en mi casa? –de repente la realidad cayó a plomo en su
mente y se puso nerviosa, empezándole a temblar ligeramente las
manos.
–Tranquila, siéntate en el sofá, no te preocupes aquí estas a salvo.
¿Quieres tomar algo? –dijo David mientras sostenía un refresco de cola
en la mano.
–Sólo agua, gracias –y, aún nerviosa pero muerta por la intriga,
continuó– Pensaba que los vampiros sólo tomaban sangre.
–Entiendo… –dijo David pensativo–. Las películas no nos hacen
justicia. Podemos procesar el resto de alimentos y líquidos, y a mí me
gusta mucho el refresco de cola. Aunque necesitamos las propiedades
de la sangre para vivir, eso sí, podríamos vivir sólo bebiendo sangre,
muchos de nosotros camuflamos nuestra naturaleza comiendo o
bebiendo frente a los demás. La luz del día y los ajos no nos afectan, lo
de los crucifijos y el agua bendita, depende de si realmente es una
persona pura quién los bendiga o porte, que puedan hacernos daño.
Brenda estuvo seria escuchándolo sin decir palabra, queriendo que
David comenzara su relato cuanto antes.
David, después de servir las bebidas, mientras hablaba, se acercó
colocando dos posavasos en la mesa, y le dijo:
–Bueno, a ver, por dónde empiezo…
Capítulo 2. Explicación de los hechos / volver al índice
–Verás –dijo David recopilando información–, todo comenzó hace unos
quinientos años. –Brenda hizo una mueca, entre la sorpresa y no
entender nada–. Sé que lo que te voy a contar va a sonar fantástico,
pero es la verdad. En aquel entonces, los vampiros se hicieron muy
fuertes, campaban por la noche con sangrientas incursiones. Eran
tiempos de guerra y sus matanzas pasaban desapercibidas. Los
ejércitos de las contiendas que se libraban a lo largo del mundo,
culpaban a los enemigos. Mientras la violencia escalaba más y ríos de
sangre bañaban los campos de batalla, los vampiros se alimentaban y
crecían, y dificultaban los procesos de paz, pues no paraban de cobrar
víctimas, y los países se acusaban unos a otros de no cumplir las
treguas y los acuerdos. Así el mundo entró en un círculo vicioso que
parecía imparable, y el poder de los vampiros creció. Convirtieron
muchos humanos a su raza, y la violencia aumentaba cada vez más,
con más bocas vampíricas que alimentar.
La cara de Brenda era un poema, asistía entre incrédula y extasiada al
relato. Había algo muy atractivo y seductor en David, como si sus
palabras le fueran susurradas en el tono más sensual posible, mientras
pensaba ‘¿me estaré volviendo loca?’
–El consejo de brujos, que mantenía el equilibrio del mundo de las
sombras –prosiguió–, no creyó problemática la situación, ya que los
humanos habían perseguido a los seres distintos a ellos desde el
principio de los tiempos; y, ahora, al abrigo de la fuerza de los
vampiros, creían que los poderes ocultos podrían al fin establecerse en
la sociedad. Pero éstos últimos no sólo diezmaron a los humanos.
También, valiéndose de la superioridad que les sobrevino,
comenzaron a acorralar a los hombres lobo, marginándoles en guetos
y excluyéndoles de la sociedad, incluso encerrándoles o matándoles si
se revelaban, mientras ellos accedían poco a poco a posiciones de
poder en el mundo, reinando desde las sombras, como consejeros de
importantes monarcas, o controlando grandes imperios comerciales
Hizo una pausa. Aprovechó para beber unos tragos de cola, mientras
que Brenda le imitaba, con su vaso, hasta entonces intacto, con agua,
que había mantenido en la mano, atónita; para luego, los dos posarlos
en la mesa, al unísono. Entonces, David continuó:
–Pues bien, en ese contexto, los brujos, demonios, y demás seres no
protestaron ni defendieron a los hombres lobo, en parte, por miedo a
los vampiros, y en parte también, porque podían escalar en la sociedad
a través de ellos; pero una bruja poderosísima, llamada Morgana, la
más fuerte, quizás, en esos tiempos, que formaba parte del Alto
Consejo, donde personalidades del inframundo tomaban las
decisiones más importantes que afectaban a todos los seres que vivían
en el lado oscuro del planeta, resolvió dejar de acatar las directrices
de su propio consejo. De familia humana, no consideraba a las
personas como enemigos, o mera comida, sino todo lo contrario. No le
gustaba ver el sufrimiento humano, tampoco estaba de acuerdo con el
maltrato de los hombres lobo; así que formó una alianza con estos
últimos, y declaró una guerra abierta a los vampiros. Sacó a la luz todos
los nombres de vampiros registrados, pues pudo copiar todos los
registros del Alto Consejo antes de desertar, tanto influyentes como
menos conocidos, les atacó y no tuvieron más remedio que defenderse
saliendo del anonimato, a la luz del mundo. Esto facilitó su detección
por los humanos, que les cazaron, también, diezmándoles y
haciéndoles volver de nuevo a la oscuridad; incluso algunos lupinos
fueron perseguidos, pero tenían menos que perder y volvieron a
quedar ocultos en las sombras, cuando las guerras cesaron, pues se
dieron cuenta de quiénes eran los que azuzaban los conflictos y
atajaron a todos. Además, desde el mundo humano, se dispuso un
control de todos los seres que ahora se conocen como fantásticos, y
creyeron conveniente que volvieran a las sombras, para evitar más
enfrentamientos, persecuciones, quema de brujas, y otras
hostilidades…Toda la información sobre estas guerras se eliminó de los
libros de historia, y pasaron a ser documentos clasificados, ocultos por
los organismos de inteligencia de los veinte países del globo que
habían sido afectados por las tragedias. Morgana se erigió con un
inmenso poder, pero trató de no abusar de él, procurando mantener el
equilibrio en el mundo, razón por la cual había entrado en el Consejo,
y la misma por la que lo abandonó, cuando éste perdió ese papel de
moderador del mundo oculto y el mundo visible. Los hombres lobos
volvieron a tener poder semejante a los vampiros, y tuvieron una larga
tregua, repartiéndose las zonas de poder mediante tratados, y una
convivencia tensa, pero en paz; y el Alto Consejo se volvió a fundar, ya
que los brujos que apoyaban la supremacía de los vampiros, fueron
derrocados.
David se inclinó hacia su refresco, y lo bebió de un trago. Brenda ya
había vaciado el suyo, y escuchaba, tranquila y atentamente, el relato.
David siguió hablando:
–Así transcurrieron cien años. Te sorprenderá, pero Morgana se
mantuvo joven, como si esa centuria no hubiera pasado para ella,
mediante complicados conjuros, con los cuales robaba algo de vida a
enemigos condenados por delitos de sangre. En este tiempo, consiguió
una buena relación con los vampiros, sobre todo con una facción de
ellos que siempre existió, que querían alimentarse de los humanos sin
matarlos o, incluso, alimentarse algunos de animales, lo que suponía
una disminución en su fuerza, agregando a algunos de ellos, en su
círculo de confianza.
En ese momento, las cosas se empezaron a torcer. Había un grupo de
poderosos vampiros que añoraban la vuelta de aquellos años, en los
que su raza dominaba a las demás. Cuando Morgana se encontraba
de viaje diplomático, precisamente en nuestro país, Luvandia, para
estabilizar las relaciones de ambos mundos, sufrió una emboscada a
mitad de camino, mientras atravesaba el Bosque Sombrío. El grupo de
vampiros tuvo un infiltrado que les dio la ruta exacta y horario de viaje.
Por ser demasiado conciliadora, confió demasiado.
La diferencia de fuerzas era abrumadora, diez antiquísimos y
poderosísimos vampiros pelearon contra una débil guardia que no
tardó en caer. Morgana se resistió durante horas, destruyendo a la
mayoría de los atacantes. Tan sólo quedaron vivos cuatro de esos
vampiros, Víctor, Craig, Julius y Melisa, quienes, al final, la subyugaron,
atravesándola uno por uno con sus cuatro espadas. Mientras un hilo
de sangre bajaba de su boca, en su agonía, y los planetas se
alineaban creando un impresionante eclipse, consiguió articular una
maldición, sirviéndose de la energía planetaria, jurando volver a la
vida pasados cuatrocientos años, reencarnándose con la siguiente
alineación de todos los planetas del sistema, que volvería a formar un
eclipse en el ocaso, cuya última luz alumbraría la casa de la mujer con
el honor de recibir su espíritu, y serían perseguidos si aún caminaban
por el mundo, uno a uno, hasta acabar con todos ellos, y luego con el
resto de sus congéneres.
Bueno la última casa que se alumbró antes del eclipse de ayer –David
hizo una pausa y miró a Brenda fijamente a los ojos, y tras respirar
hondo prosiguió– fue la tuya; por eso ha pasado todo esto.
Brenda se quedó pálida como la nieve, no era una persona demasiado
crédula pero los últimos acontecimientos no habían sido lo que se dice
“normales”. La pelea que ocurrió en su casa no la hubieran podido
tener dos seres humanos, y, por raro que pudiera parecer, si bien aún
no sabía si podía confiar plenamente en David, era consciente de que
la había protegido con una fuerza sobrenatural y de que las cosas que
pasaban se salían de la lógica del mundo que conocía.
Cuando logró expresarse con algo de tranquilidad, le preguntó, muy
seria, creyéndose más su relato:
–Tú, realmente, ¿eres un vampiro?
Capítulo 3. Aceptación de la situación / volver al índice
David quedó callado un momento, con expresión seria, queriendo dar
una respuesta, y, al final, inició:
–Sí, todo es verdad. Soy un vampiro, como también lo era el que
irrumpió en tu casa. Ese ser tenía esa apariencia porque, mediante
magia prohibida, trató de incrementar sus poderes por encima de lo
que correspondía a su edad. A cambio, el coste que pagó es esa
degradación que afecta a su salud y le separa de la sociedad,
transformándolo en algo más monstruoso y llenándolo de oscuridad. Él
llevaba siendo un vampiro unos treinta años, yo llevo seiscientos. Si no
hubiera tomado atajos para conseguir más fuerza, ni me habría rozado;
por eso pudo resistírseme, un poco.
–¿Dijiste era? – dijo ella bastante nerviosa, temblándole la voz– ¿le
has… matado?
–Sí, le maté porque si no, te habría matado. Como te dije, Margot tiene
muchos enemigos poderosos, para tu desgracia. Los cuatro vampiros
que quedaron vivos en esa época, siguen con su vida en la actualidad,
mucho más poderosos que entonces, y con ejércitos detrás de ellos.
Ahora, los vampiros son la raza más poderosa del mundo. Han vuelto a
ocupar muchos lugares estratégicos de la política y la economía, y
movilizaron gente por el mundo para ver dónde se reencarnaba. Yo
vine a la ciudad más cercana a su muerte, seguí, veloz, el halo de luz, y,
por lo que veo, acerté. Por cierto, ¿no recuerdas nada de la vida de
Morgana?
Brenda, aún aturdida por la historia y por cómo le afectaba, con
bastantes dudas de toda la situación, contestó:
–Eh… no, nada. No noto nada dentro que no estuviera antes, o eso
creo. Estoy muy confundida ahora, todo esto es demasiado.
–Bueno, no te preocupes. Vamos a dormir. Mañana tendrás todo más
reposado y lo llevarás mejor con el descanso. Yo dormiré en el sofá, es
muy cómodo. Toma, ponte esto –comentó mientras sacaba un pijama
gris liso, que le quedaba ya pequeño, y se lo lanzó. Luego, extrajo otro
de franela gris claro, con rayas negras horizontales y verticales para sí,
y fue al baño a cambiarse. A medio camino, Brenda le dijo:
–David… gracias.
David frenó su marcha, giró la cabeza y agregó:
–Es un placer. Siempre te protegeré.
A Brenda se le entrecortó la respiración, nunca le habían dicho algo
así. También pensó: ‘la entrega de David, ¿será real? ¿Le estaría
ocultando cosas?’ Creyó que no importaba, que no tenía más remedio
que confiar. Le había salvado la vida. Nunca vio un acto de valor igual
hacia ella antes de la pelea en su casa. Resolvió tratar de fiarse de él.
Su familia vivía en un pueblo y no conocía demasiada gente en la
ciudad, ni tenía la confianza suficiente con nadie de allí para contarle
todo eso.
David salió del baño, el pijama se ajustaba perfecto a su fornido
cuerpo. Brenda trató de ocultar su rubor, mirando hacia la cama.
–Brenda, ¡atrápalo! –alertó lanzándole un cepillo de dientes
plastificado desechable. Casi sin mirar, ella lo cogió en el aire. Se
detuvo a observar su mano con los ojos como platos. Siendo toda su
vida tan torpe, ¿cómo pudo haber tenido esos reflejos y percepción sin
casi mirar la trayectoria del cepillo?
– ¡Bien hecho! –dijo David–, sé buena, lávate los dientes y vamos a
dormir. Ya sé que cenaste, tengo muy buen oído. Mañana tendremos un
día interesante. Procura descansar –comentó mientras buscaba unas
mantas y las tendía en el sofá.
–Pensaba que tendrías un sarcófago o dormirías bajo tierra –añadió
Brenda, divertida.
–No creas todo lo que ves… y tampoco en las películas. Buenas
noches, Brenda –y se colocó de lado en el sofá para descansar.
–Buenas noches, David –dijo ella, camino al baño. Se lavó los dientes
tranquilamente, usando su pasta mentolada. Supuso que podría dormir
bien, parecía un sitio resguardado y David le transmitía mucha
seguridad, le tranquilizaba bastante. Pensó en relajarse y en ir viendo
el desarrollo de los acontecimientos. La verdad, su vida, hasta allí,
había sido anodina y aburrida, y ahora todo era tan emocionante… le
hacía sentir muy viva todo lo que le pasaba. Quería dejar atrás esa
existencia melancólica y mirar hacia delante con su nueva situación.
Este punto de inflexión vital podría resultar positivo, así que lo
enfocaría de esa manera. Se internó entre las sábanas, podía percibir
levemente su fragancia con un tenue aire de su olor personal, que, sin
saber por qué, notaba levemente familiar, como si le hiciera sentirse en
casa.
Al día siguiente despertó como nueva. Había dormido once horas y se
sentía plenamente repuesta. Abrió los ojos somnolienta, boca arriba, y
notó un aroma a beicon huevos y tostadas flotando en el aire. Giró la
cabeza y lo primero que vio fue una silla llena de ropa femenina
doblada. Trajes, jeans, ropa deportiva, incluso ropa interior…, después
alzó la vista y observó a David cocinando. ‘No puedo creer que hasta
el delantal le quede bien… ¡dios mío!’, pensó, ‘a ver Brenda, no le
conoces de nada, relájate, ¿por qué sientes esa atracción hacia él?, ¡si
le acabas de conocer!’ se dijo a sí misma. Igualmente se puso nerviosa
al ver la ropa de mujer, y preguntó, señalando la ropa:
–¿Hay alguna mujer que viva aquí o alguna invitada?
–Jajaja ¿acaso estás celosa? Esa ropa es para ti. Creo que calculé
bien tu talla, pero se puede cambiar si fallé –dijo David mientras
guiñaba un ojo–. Ya no puedes volver a tu casa, pueden estar
vigilándola, incluso sospechar que tú eres Morgana, en cuyo caso, te
buscarán por toda la ciudad. Cuanto menos te expongas, mejor. Pero,
no temas, tengo un par de ases en la manga.
Ella, procurando ser muy digna, contestó:
–¿Celosa? ¿Por qué iba a estar

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