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Libro PDF Reyes y dioses – Ruben Pla Cabeza

Reyes y dioses - Ruben Pla Cabeza

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la entrada de la tienda.
Omrí se detuvo entonces a pensar en
lo que estaba ocurriendo. Sus actos
marcarían el destino de su familia y el
suyo propio. Si llevaba a cabo sus
pensamientos y tenía éxito alcanzaría la
gloria que siempre había anhelado. Por
otra parte, si fracasaba, significaría el
final de su familia. Finalmente inspiró y
retiró la cortina.
Frente a él estaba el entero ejército de
Israel, cinco mil hombres de a pie,
doscientos a caballo y cincuenta carros.
Todos ellos formados en orden de
batalla e iluminados por antorchas. Al
verlo salir guardaron silencio. El
general se quedó de pie, observando sus
rostros.
Entonces rasgó su prenda de vestir de
lana roja que vestía debajo de la coraza
de cuero y lanzó un grito que mezclaba
ira y dolor a partes iguales.
—La más pérfida de las traiciones a
ocurrido en Tirzá— exclamó Omrí
alzando la voz y declamando a modo de
endecha. —Nuestro amado rey, Elah,
dijo de Baasá, ha sido asesinado a mano
de uno de nuestros hermanos. El jefe de
los carros, aquel en quien confié la
defensa de la capital, Zimrí, ha
asesinado al rey a toda su casa.
Al oír aquellas palabras los soldados
prorrumpieron en gritos, mientras hacían
chocar sus armas de metal causando
gran estruendo.
—¿Y quién le hará pagar a Zimrí por
este gran mal que ha cometido? ¿Quién
irá a vengar la sangre de nuestro rey?
El entero ejército clamó al unísono.
—¿Y quién será vuestro rey ahora que
Elah, hijo de Baasá yace en el Sheol?
—¡Omrí!— se oyó gritar entre los
soldados.
—¡Si, Omrí!— secundó otra voz.
—¡Viva el rey Omrí!— exclamó
Jeremías levantando su espada.
—¡Viva!— exclamaron todos.
Omrí miró a su alrededor tratando de
contener la sonrisa que su corazón lo
impelía a demostrar. Finalmente alzó su
espada.
—¡Hijos de Israel!— exclamó. —
¡Seguid a vuestro rey! ¡Venguemos la
sangre de Elah, hijo de Baasá!
Mientras sonaban los gritos de las
tropas Omrí se giró hacia Jeremías.
—Manda al mensajero más veloz
hasta Ramá y que informe de lo
sucedido a mi hijo Acab. Nos
encontraremos los dos a la entrada de
Tirzá dentro de tres días para que me
acompañe a la guerra contra Zimrí.
—Mi señor, ¿lo consideráis
prudente?
—Este es el día más importante de
nuestra familia y Acab debe estar
presente. Mi destino es el suyo, sea para
bien o para mal.
Después de esto las trompetas
sonaron e Israel levantó el campamento.
Tres días después Zimrí dormía en la
alcoba del rey, en el palacio de Tirzá, la
capital del Reino de Israel. Por la gran
puerta del balcón entraba una agradable
brisa que movía las cortinas y mecía una
lámpara de aceite que iluminaba la
habitación. Junto a él dos muchachas
cortesanas dormían plácidamente
acurrucadas a cada de la cama, cubiertas
con una suave sábana.
De repente abrieron la puerta con un
fuerte golpe y Zimrí se despertó
sobresaltado.
—Dispense la intrusión, majestad—
dijo jadeando un sirviente.
—¿Qué ocurre?— dijo Zimrí
disgustado, frotándose los ojos y
bostezando por el sueño. —Espero que
sea algo importante, o mandaré que te
apedreen.
—Lo es señor. Traigo mensaje del
atalaya. El ejército de Israel levantó el
sitio de Guibetón.
—Eso no puede ser posible. ¿Acaso
tomaron tan pronto la ciudad? Los
filisteos no se rinden tan fácilmente.
En ese momento se oyó el sonido del
cuero en la distancia, desde el
occidente.
—He aquí el ejército de Israel— dijo
el sirviente.
Consternado Zimrí se levantó de la
cama de un salto y se vistió. Las
muchachas que con él dormían lo
ignoraron y siguieron en la cama.
Mientras tanto Zimrí corrió hacia el
balcón, que miraba al sur. A sus pies
estaba el patio exterior del palacio, sus
pequeñas murallas y la ciudad alrededor
de este. Más al sur se alzaban
imponentes los rocosos montes de Ebal
y Guerizim. Por el camino que pasa al
este del Guerizim pudo distinguir en la
oscuridad de la noche una gran mancha
de color marrón, el ejército de Israel, el
cual levantaba una gran nube de polvo a
su paso.
Aquella visión lo dejó paralizado por
unos instantes y un sudor frío recorrió su
espalda. Entonces un nuevo sonido del
cuerno lo estremeció. Regresó corriendo
al interior de la habitación.
—Que el capitán de la guardia del rey
se presente de inmediato en la sala del
trono, y que convoque a todos los
hombres— ordenó Zimrí.
El mensajero se marchó a toda
velocidad mientras Zimrí se vestía con
el ropaje real sustraído a Elah y se puso
la diadema de oro. Después se marchó
dejando a las jóvenes en la cama.
Media hora después el rey continuaba
esperando impaciente en el trono. El
sonido del ejército era cada vez más
fuerte y las pisadas de los hombres y los
caballos causaban una conmoción cada
vez mayor. Durante aquel tiempo el
palacio fue un continuo deambular de
siervos, siervas y soldados. Zimrí había
dado orden de que todos los guardias
del palacio prepararan, junto con los
sirvientes, una barricada en la puerta.
No obstante ni el mayordomo ni el jefe
de la guardia se presentaron.
Finalmente Zimrí oyó unos presurosos
pasos acercarse a la sala del trono.
—Mi señor— dijo el mismo sirviente
que le había llevado la noticia.
—¿Dónde está el jefe de la guardia y
mi mayordomo?
—No están en el palacio y no he
podido hallarlos en toda la ciudad. He
oído el rumor de que se han rendido ante
Omrí.
—¡Malditos traidores!— exclamó el
rey saltando del trono y abalanzándose
sobre el sirviente. —¿Y los guardias?
—Se entregaron junto con el jefe de
la guardia.
—Así pues, ¿me han dejado solo?—
exclamó Zimrí tomando de las
vestiduras al sirviente y zarandeándolo.
—No, mi señor. Tus siervos seguimos
en vuestra casa. Diez familias de Israel
que os sirven solo a vos.
La actitud servicial de este calmó
momentáneamente al rey.
—¿Algo más que informarme?
El mensajero dudó y una gota de
sudor recorrió su frente.
—¡Dime! No tengo toda la noche.
—Enviaron una avanzadilla y han
anunciado que el ejército nombró rey a
Omrí.
El temor que atenazó a Zimrí durante
la última media hora se convirtió en ira.
Fuera de sí tomo su espada y ante la
aterradora mirada del sirviente le
atravesó el pecho con ella.
Entonces escuchó un coro de
trompetas a poca distancia.
—¡El ejército está en la ciudad!— se
oyó exclamar a un sirviente que acababa
de entrar corriendo en el patio. —¡Las
puertas de la ciudad están abiertas!
Al oírlo Zimrí salió al patio, dejando
en la sala del trono el cadáver del
sirviente en el suelo.
—¡Cerrad la puerta del palacio!—
ordenó. —Que todo hombre, mujer y
niño se presenten aquí. Tomad los
carros, las vasijas de barro, los sacos de
trigo y cebada y las maderas, y atrancad
la puerta. No dejéis que ni uno de ellos
entre en la casa de vuestro rey.
Para entonces, no obstantes, todos los
sirvientes y guardias que quedaban en el
palacio corrían despavoridos, presos
del pánico, para salir de allí y salvarse
de la llegada del ejército el cual, según
los informes, se hallaba a unas pocas
calles de allí.
—¡Adonde vais! ¡Cobardes! No
podéis dejar solo a vuestro señor.
En poco tiempo Zimrí se había
quedado completamente solo en el
centro del patio, rodeado por los
pertrechos que habían dejado
abandonados los sirvientes. Ahora podía
oír las pisadas de los soldados
rodeando el palacio.
El miedo lo impulsó a regresar al
interior del palacio. Al cruzar el umbral
de la entrada cerró las pesadas puertas
de madera de cedro y cobre. Con mucho
esfuerzo, y más lentamente de lo que
deseaba, logró cerrar las dos hojas y
atrancarlas con el travesaño. La puerta
disminuyó considerablemente el
estruendo que producían los soldados de
a pie, la caballería, los carros, los
cuernos y las trompetas situados ya a
poca distancia de allí, convirtiéndolos
en tan solo un rumor. Por un instante se
relajó apoyado en la puerta, llevando su
mente lejos de allí, hasta un hermoso
paisaje de palmeras, dátiles y bellas
vírgenes a su alrededor.
—¡Abrid paso a Omrí, rey de Israel!
La atronadora voz procedente del
patio exterior le hizo volver a su triste
realidad. El coro de trompetas que se
oyó después terminó de hundirlo en la
desesperación. El ejército había
llegado. Corrió las escaleras hacia su
dormitorio y entró. Las puertas estaban
abiertas y la habitación vacía. La
lámpara de aceite seguía encendida y
meciéndose con el aire. Las dos
muchachas se habían marchado, o huido,
y en la vorágine de la locura colectiva y
la histeria ni tan siquiera las había visto
salir. Y eso que las dos jóvenes no
pasaban desapercibidas…
Sin embargo ahora no tenía tiempo ni
ánimo de pensar en ellas. Directamente
se dirigió al balcón. Lo que vio debajo
de este lo dejó paralizado. Sus piernas
temblaban hasta el punto de que las
rodillas chocaban una con la otra. Su
estómago rugió por los nervios y el
rostro se tensionó. El patio estaba
repleto de soldados formados. Y tras los
muros, cual ríos de fuego, miles de
hombres con antorchas ocupaban las
calles de la ciudad. Y al frente de los
soldados en el patio del palacio estaban
Omrí y su hijo Acab montados a caballo.
—¡La sangre de Elah, hijo de Baasá
clama por venganza!— dijo Omrí. —
¡Zimrí debe pagar por ello! ¡El rey de
Israel impartirá justicia!
—¡Yo soy el rey!— respondió Zimrí
furibundo.
—Tal vez llevas la ropa que le
robaste a tu señor, y su diadema. ¿Pero
eres el rey de todo Israel!
Terminando estas palabras Omrí hizo
un gesto al capitán de la unidad de
soldados que había entrado con él.
—¡Viva, Omrí, rey de Israel!—
exclamaron los soldados.
—¡Viva!— repitió el entero ejército
que ocupaba la ciudad.
Al oír aquello el pánico se apoderó
de Zimrí. Se imaginó por un instante
cayendo en las fauces de aquel ejército y
ser despedazado cual carroña por los
buitres. Dio media vuelta, entró en sus
aposentos y cerró la puerta de la terraza.
—¡Ríndete, Zimrí!— exclamó Omrí.
—Tal vez el rey sea magnánimo contigo
en recuerdo de tus servicios pasados.
—¿Magnánimo, con ese traidor?—
espetó Acab.
El hijo mayor de Omrí era un hombre
de veinticinco años de edad, mediana
estatura y complexión gruesa.
—Lo que merece es ser desollado
vivo por traidor— agregó. —Además,
vivo te causaría muchos problemas.
—Nadie dijo que vaya a vivir. Tan
solo que iba a ser magnánimo. Tal vez
pueda tener una muerte digna y
perdonarle la vida a su familia.
—Cualquiera de la casa de Zimrí,
desde el siervo menor hasta el mayor de
sus hijos, podría alzarse contra ti.
—¡Ay de aquel que se convierta en tu
enemigo, hijo!— dijo Omrí riendo.
Mientras hablaban no hubo señal de
Omrí.
—Preparaos para asaltar el palacio—
ordenó Omrí al capitán de los soldados.
Rápidamente una columna de
veinticinco hombres formó delante de la
puerta del palacio con un ariete a la
espera de la orden de tirar abajo la
puerta y entrar. Mientras tanto Omrí
observaba el balcón en lo alto de la
torre del palacio.
Después de unos

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