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Roma Invicta – Javier Negrete

 Roma Invicta - Javier Negrete


Roma Invicta – Javier Negrete

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n julio del año 168 a.C., un poderoso ejército viajaba hacia Alejandría siguiendo la
orilla del Nilo. Lo formaban más de cuarenta mil soldados: jinetes gálatas con
pesados blindajes, arqueros árabes a lomos de dromedarios, caballería ligera,
arqueros, honderos y otros escaramuceros de infantería ligera. Había también elefantes
y carros de guerra armados con afiladas hoces en las ruedas. Pero, como ocurría con
todos los ejércitos helenísticos, la espina dorsal la constituían hoplitas protegidos con
corazas de lino y armados con picas de madera de cornejo que medían más de seis
metros, las temibles sarisas macedonias.
Aquel ejército lo mandaba el rey Antíoco, cuarto de ese nombre y conocido como
Epifanes, «el Ilustre». Antíoco gobernaba el imperio seléucida, el más poderoso y
extenso de los reinos que habían nacido tras la fragmentación de los dominios del
gran Alejandro.
Era la segunda vez que Antíoco invadía Egipto. La primera había sido el año
anterior, pero en lugar de anexionarse el reino permitió que siguiera gobernando su
pariente Ptolomeo VI, que tenía tan solo dieciséis años. Siempre que actuara como su
marioneta, a Antíoco no le parecía mal.
Los ciudadanos de Alejandría, que tenían un carácter muy levantisco, se habían
rebelado contra esta situación nombrando rey a un hermano más joven de Ptolomeo,
llamado también Ptolomeo. En los libros aparece como el octavo de ese nombre,
aunque es más conocido por el apodo que se ganó con el tiempo por su extrema
obesidad: Fiscón o «el Panzudo». (Hubo un Ptolomeo VII, pero en realidad no llegó a
reinar y no interviene en esta parte de la historia).

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Ptolomeo VI decidió hacer la paz y reinar junto a su hermano. O, por ser más
precisos, junto a su camarilla, pues Ptolomeo VIII, que con el tiempo demostraría un
innegable talento para la intriga y el asesinato, no tenía entonces más que trece años.
A Antíoco, sin embargo, no le gustó aquel arreglo fraterno. Por eso decidió
invadir Egipto por segunda vez y poner las cosas en su sitio. Como ya tenía una
guarnición plantada en la ciudad de Pelusio, cruzar la frontera le resultó muy fácil.
Desde allí su ejército remontó la boca Pelúsica del Nilo hasta llegar a la antigua ciudad
de Menfis, la capital religiosa del reino. Cuando los menfitas aceptaron someterse a
Antíoco, este se dirigió hacia el norte para seguir el curso de la boca Canópica que lo
conduciría a las inmediaciones de Alejandría.
A unos veinte kilómetros de Alejandría, el ejército seléucida giró hacia el este. No
había pérdida: de la boca Canópica salía un gran canal que desviaba las aguas del Nilo
para llenar las cisternas de la enorme ciudad fundada por Alejandro. Avanzando entre
bosques de papiros, las tropas de Antíoco no tardaron en llegar al suburbio de Eleusis.
Alejandría estaba ya a la vista, a menos de una hora de marcha. A seis kilómetros, la
silueta blanca del gran Faro se recortaba contra el cielo y el sol arrancaba destellos de
la estatua de bronce de Zeus que vigilaba el puerto desde más de ciento veinte metros
de altura.
Y entonces los hombres de Antíoco vieron algo que les hizo detenerse en seco.
No se trataba de un ejército enemigo. En el camino solo había tres hombres
acompañados por una pequeña escolta que permanecía unos pasos atrás. No llevaban
armas, ni las necesitaban.
Eran romanos.
Cuando Antíoco se adelantó a saludar, uno de aquellos tres hombres hizo lo
propio. El rey seléucida lo conocía: se llamaba Cayo Popilio Lenas y había sido cónsul
de Roma cuatro años antes. Aquel manto con franjas púrpura que llevaba en pleno
verano era la toga, una prenda de la que los ciudadanos romanos se enorgullecían
tanto como si fuera la égida del mismísimo Zeus.
A Antíoco le irritó sobremanera toparse con aquel hombre, pero sonrió tratando
de ser diplomático y se acercó a él con la mano tendida para estrechársela. Para su
sorpresa, el romano sacó de los pliegues de su toga un haz de tablillas y se lo puso en
la palma abierta.
—Es un decreto del senado —dijo Popilio—. Quiero que lo leas y me des una
respuesta.
Cualquier otro que hubiera osado dirigirse así a un rey seléucida habría muerto al
instante, alanceado por sus escoltas. Pero los guardias de Antíoco se habían retrasado
unos pasos por orden expresa de su rey.
Antíoco abrió las tablillas y leyó el decreto, que estaba traducido al griego. El
senado de Roma le ordenaba renunciar a la guerra, evacuar Egipto antes del 30 de
julio y no inmiscuirse en los asuntos de aquel país.
El rey cerró las tablillas y dijo:
—Tengo que consultar con mis consejeros antes de responder.
El romano se acercó a él y, con la punta de un sarmiento que llevaba en la mano,
dibujó un círculo alrededor de los pies de Antíoco.
—Antes de salir de aquí debes darme una respuesta para que se la lleve al senado
—dijo Popilio.
Asombrado ante aquella orden tan perentoria, Antíoco dudó unos instantes y tragó
saliva. Después respondió:
—Está bien. Haré lo que el senado considere oportuno.
Solo entonces Popilio Lenas le tendió la mano y se la estrechó como aliado y
amigo. Después, Antíoco y su ejército dieron media vuelta y regresaron por donde
habían venido. Antes de que se cumpliera el plazo fijado, habían abandonado Egipto.
Desde aquel día, Antíoco renunció a sus proyectos de conquistar el país de los
antiguos faraones.
Las fuentes de esta historia son Tito Livio y Polibio. Ninguno de ellos detalla cuál
era la composición de las tropas de Antíoco, por lo que he descrito un ejército
seléucida más o menos estándar. Tampoco explican cuántos senadores componían la
comisión que acompañaba a Popilio Lenas. Podrían haber sido tres, cinco, tal vez
diez. Pero lo que uno se pregunta realmente al leer esta anécdota es: ¿por qué un rey
tan poderoso se dejó humillar delante de decenas de miles de soldados por un hombre
vestido con un simple manto cuya única arma era un sarmiento?
La respuesta es sencilla: por lo que aquel hombre representaba. Antíoco era
tristemente consciente de que si se le ocurría no ya ponerle una mano encima a
Popilio Lenas, sino tan siquiera desobedecer sus órdenes, las legiones romanas
invadirían su territorio, destruirían sus ciudades y aniquilarían a sus ejércitos.
Tardarían más o menos en hacerlo, e incluso podrían sufrir algún revés en el proceso,
pero al final lo conseguirían. Porque aquellos romanos, que ni siquiera se gobernaban
por reyes como los pueblos civilizados, no eran del todo humanos y no comprendían
que a veces hay que negociar, recular, rendirse. Pero no, esas palabras no entraban en
su vocabulario.
Bien lo sabía Antíoco. Su padre había sido el más grande y poderoso de los
soberanos helenísticos, y había conducido a sus tropas hasta las fronteras de la India.
Sin embargo, los romanos, con un ejército inferior en número, le hicieron morder el
polvo en el año 190 a.C. en la batalla de Magnesia. Es más que probable que Antíoco
Epifanes, que tenía ya más de veinte años por aquel entonces, hubiese estado presente
en aquel infausto día. Y a esas alturas del año 168 ya debían de haberle llegado
noticias de lo que acababa de ocurrir en Pidna, donde las legiones del cónsul Emilio
Paulo habían aplastado a las falanges macedonias.
Así estaban las cosas en el Mediterráneo a mediados del siglo II. El poder de Roma
era tan grande y tan conocido que bastaba con que enviara a unos individuos
ataviados con mantos de lana para que todo un ejército diera media vuelta y regresara
a su país con el rabo entre las piernas como un perro apaleado.
Aun así, no todo el mundo reaccionó como Antíoco. Hubo pueblos que
decidieron enfrentarse a los romanos por pura desesperación, como los cartagineses.
Otros porque no los conocían y porque confiaban en sus propias fuerzas, como los
cimbrios y los teutones. Los había que moraban en tierras tan pobres que no tenían
gran cosa que perder luchando contra Roma, como los ligures o los lusitanos. Hubo
también líderes carismáticos que, por unas circunstancias u otras, pensaron que
podían poner en jaque a Roma, como Yugurta y Mitrídates, o a menor escala Viriato y
Espartaco.
Roma invicta es el relato de cómo la República se enfrentó a esos enemigos, a
veces por aumentar sus territorios y expoliar las riquezas ajenas, como César en la
Galia o Pompeyo en Oriente, y a veces por defender a su patria de una terrible
amenaza, como Mario contra los invasores germanos.
Pero, sobre todo, es el relato de cómo la República se enfrentó a sus propios
demonios. Ninguna de las guerras que hizo contra los enemigos exteriores fue tan
sangrienta y encarnizada como las luchas que libraron los romanos entre sí. Lo
increíble es que los adversarios de Roma no lograron aprovecharse a la larga de estas
guerras civiles, y que la República se levantó de ellas una y otra vez, siempre
aumentando su poder, siempre ampliando sus territorios. No obstante, en el proceso
se fue transformando. Aunque después de la muerte de César los romanos siguieron
refiriéndose a su estado como res publica, lo cierto era que se había convertido en
otra cosa para la que usamos el término «Imperio».
La historia del Imperio romano y de los césares ha sido y será contada en muchos
otros libros, no en este. El relato de Roma invicta arranca en el punto en que acabó
Roma victoriosa y termina con los idus de marzo.
Todo relato que se precie ha de tener personajes. Los que protagonizaron el último
siglo de la República poseían virtudes y defectos tan grandes y personalidades tan
intensas que al abrir las páginas de los libros de historia parecen salirse de ellas como
figuras talladas en relieve. Los conflictos entre ellos sacudieron los cimientos de Roma
una y otra vez, pero al mismo tiempo la engrandecieron.
Muchos son estos personajes y muchas fueron las rivalidades que se dirimieron
entre ellos, pues si algo caracterizaba a la sociedad romana es que era ferozmente
competitiva. Sin embargo, he articulado esta narración alrededor de tres momentos y
tres ejes de oposición. Hablaremos primero de Escipión Emiliano, el conquistador de
Cartago y Numancia, y de las reformas de los hermanos Graco, sus rivales políticos,
que elevaron la tensión social hasta ensangrentar las propias calles de Roma.
Contemplaremos luego el ascenso de Mario, sus campañas contra Yugurta y contra
unos misteriosos pueblos del norte, los cimbrios y teutones, y también cómo Sila
creció a su sombra hasta que los celos y el odio entre ambos condujeron a Roma a
una guerra civil. Por último, asistiremos a las conquistas de Pompeyo en Oriente y a
las de César en la Galia, y contemplaremos el duelo definitivo entre estos dos titanes,
un choque que se libró de un extremo del Mediterráneo a otro, desde Hispania hasta
las tierras de Egipto.
En Roma victoriosa dejamos a los romanos en el 146 a.C. arrasando Corinto y
convirtiendo a Grecia en una provincia más. En ese mismo año decidieron guerrear
por tercera vez contra una vieja enemiga, la ciudad de Cartago. Los cartagineses
habían demostrado una asombrosa capacidad de trabajo y superación tras la derrota y
habían recuperado la prosperidad de antaño; algo parecido a lo que consiguieron
alemanes y japoneses tras la Segunda Guerra Mundial, pero sin recibir nada parecido a
un Plan Marshall sino todo lo contrario, pues tenían que pagar religiosamente a los
romanos su indemnización de guerra.
Sin embargo, el poder militar de los cartagineses estaba reducido a la mínima
expresión y no había entre ellos ningún general de la talla de Aníbal. En la
Antigüedad, poseer riquezas sin un ejército potente que las defendiera suponía una
invitación al saqueo y una imprudencia que se pagaba muy cara. Cuando los ojos de
los romanos y sus aliados los númidas se posaron con codicia en Cartago, todo hacía
prever que la ciudad púnica se convertiría en una presa fácil y caería casi sin luchar.
Pero, como suele ocurrir, el tren de la historia no siguió las vías de lo previsible y
los romanos comprobaron que aquella presa que creían tan tierna como un cordero
escondía en su interior huesos de piedra y bronce. Para conquistarla, necesitarían

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