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Rompiendo las reglas – María Martínez

Rompiendo las reglas – María Martínez

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necesito una cerveza. ¿No podrías pasar
por alto el pequeño detalle del carné y
ponerme una? He tenido un día de
mierda.
El chico sonrió sin dejar de
observarla y se inclinó hacia delante.
Los músculos de sus brazos se marcaron
a través de la ropa y Cassie no pudo
evitar fijarse en él. Era guapo, con el
cabello negro y unos ojos igual de
oscuros. Su piel bronceada resaltaba
contra el blanco de su camiseta de Guns
N’ Roses. Era muy atractivo y parecía
simpático, por lo que el fallo debía de
estar en otra parte menos visible. En el
fondo, seguro que era un capullo, como
todos.
—Cuéntame tu día de mierda.
—¿Qué? —inquirió Cassie,
entornando los ojos con desconfianza.
—¿Quieres esa cerveza?
Convénceme de que merece la pena que
me juegue mi empleo por servirle
alcohol a una menor. Por cierto,
¿cuántos años tienes?
—Eso no es asunto tuyo. Ni tampoco
mis problemas.
Cassie le quitó su carné falso de las
manos y se bajó del taburete. Sin mirar
atrás, se encaminó a la salida,
maldiciendo por lo asquerosa que era su
vida y lo asquerosas que iban a ser esas
Navidades.
—¡Eh!

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Oyó que el camarero la llamaba, pero
no estaba de humor para aguantar
tonterías de nadie; por muy bueno que
estuviera. No ese día. Alzó la mano y le
enseñó el dedo corazón, con un «que te
jodan» a modo de despedida.
No tardó en encontrar otro antro,
bastante más cutre que el anterior y con
un camarero más interesado en hacer
caja que en meterse en un lío por
permitir la entrada a una menor. No iba
a ser ella quien se quejara.
El bar estaba hasta arriba de
militares. La base de Fort Bragg se
encontraba muy cerca de allí y ver
soldados en todas partes era lo habitual.
No tardó en entablar conversación con
un par de ellos. Eran simpáticos y
parecían inofensivos, por lo que dejó
que la invitaran a tomar algo.
Horas después, Cassie intentó enfocar
su mirada turbia en la pantalla de su
teléfono móvil. Dios, eran las dos de la
mañana. ¿Cómo demonios se había
hecho tan tarde? Tenía diez llamadas
perdidas de su padre y varios mensajes
de voz. Seguro que estaba cabreado; y a
ella, lejos de importarle.
—Chicos, tengo que ir al baño —
anunció.
—¿Necesitas que te acompañe? —le
propuso uno de los soldados. Su mirada
caliente la recorrió de arriba abajo.
Cassie arrugó la nariz con un gesto
coqueto.
—Gracias. Prefiero que te quedes ahí
sentadito como un buen chico.
Él no dijo nada y se limitó a sonreír,
sacudiendo la cabeza.
Cassie se puso de pie. Después, con
paso torpe, se dirigió a los servicios.
Empujó la puerta y lo que vio la hizo
vacilar. Estaban asquerosos. Apretó las
piernas con fuerza, pero cualquier
reserva que pudiera tener desapareció
bajo la apremiante necesidad de
deshacerse de todo el líquido sobrante
de su cuerpo.
—Mierda —masculló al comprobar
que todas las puertas estaban rotas, y
mejor no hablar de los retretes. Hacer
pis sin tocar nada se convirtió en todo
un reto de concentración y equilibrio.
Mientras se lavaba las manos,
observó su rostro en el espejo. Tenía un
aspecto horrible y notaba su estómago
en sintonía. Dios, estaba tan pedo que
era un milagro que aún pudiera tenerse
de pie.
Tragó saliva para contener una
arcada y se humedeció la cara y el
cuello. No estaba en condiciones de
nada, pero volver a casa no era una
opción. Aún recordaba sus manos sobre
ella y su olor envolviéndola como una
nube espesa y picante. No podía
regresar. De ningún modo iba a regresar.
¡Cabrón hijo de puta! ¡Pedazo de
mierda!
Si la gente supiera cómo era él en
realidad… pero la única que lo sabía
era ella. Y puede que alguna otra idiota
confiada que, al igual que ella, había
creído que todas aquellas muestras de
afecto no eran el asqueroso preludio de
un pervertido sexual a punto de atacar.
¡Cabrón! Se merecía que alguien le
diera una buena patada en su minúsculo
pene de mierda. Y su padre era aún peor
por no haberla creído. Nunca la creía.
Otra arcada, peor que la anterior, la
obligó a agarrarse al lavabo. Necesitaba
tumbarse y dormir. Miró en su bolso y
comprobó cuánto dinero le quedaba.
Apenas cincuenta dólares, pero con eso
podía coger una habitación en un motel.
Solo necesitaba silencio y una cama
decente, y todo desaparecería.
Abandonó el baño y se dirigió a la
salida, tratando de pasar inadvertida
mientras huía. Miró por encima del
hombro la mesa que había estado
ocupando y vio que un par de chicas se
habían sentado con los soldados. Bien,
así ni se darían cuenta de que se había
largado sin pagar una sola copa.
Una cara conocida llamó su atención
desde la barra. La observaba con
atención mientras daba pequeños sorbos
a una botella de cerveza, pero no perdió
ni un segundo en tratar de averiguar por
qué le sonaba.
Salió a la calle dando un traspié. La
recibió un soplo de aire frío, invernal,
que arrastraba el olor dulce e
inconfundible de la Navidad. Solo
faltaba un día para que Santa Claus
visitara cada hogar cumpliendo deseos.
Ojalá cumpliera el de ella y se la
llevara muy lejos de allí. Lejos de
cualquier parte.
Dio otro traspié y tuvo que apoyarse
en la pared del edificio para no caer de
bruces.
—¡Dios mío! —murmuró, arrepentida
de haber bebido tanto. Con torpeza se
quitó los zapatos de tacón y se
estremeció al notar la humedad del
asfalto en los pies.
—¿Necesitas ayuda?
Cassie dio un respingo y se giró. Un
tipo la observaba desde el otro lado de
la calle, apoyado en un coche,
escondido entre las sombras. Se
enderezó sin prisa y se acercó a ella.
Todos sus sentidos se pusieron alerta al
ver su aspecto. Debía de rondar los
treinta. Llevaba ropa de trabajo, el pelo
grasiento y los ojos vidriosos. Daba un
poco de miedo.
—¿Estás bien? No parece que lo
estés —dijo él con voz melosa y
tranquilizadora—. ¿Necesitas que te
ayude a llamar un taxi o algo?
Cassie se obligó a reaccionar. Un
nudo le oprimía la garganta, el extraño
presentimiento de que bajo aquella
aparente e inocente preocupación había
todo lo contrario.
—No, gracias. Estoy bien. Son estos
malditos zapatos nuevos. Nada más —
respondió, esforzándose en no arrastrar
las palabras para parecer serena.
—¿Seguro? Porque yo diría que estás
un poquito colocada y, en esas
condiciones, no deberías ir por ahí tú
sola. Podría ser peligroso —indicó él, y
sus ojos chispearon con un brillo
extraño.
—Estoy bien. No tiene de qué
preocuparse, pero gracias.
Echó a andar y las rodillas le
fallaron. Un brazo le rodeó la cintura,
sosteniéndola, y el olor a sudor y
alcohol le embotó el olfato.
—¡Cuidado, preciosa! —le susurró el
tipo al oído—. Vivo aquí cerca, ¿por
qué no vienes conmigo y dejas que me
ocupe de ti?
—Ya le he dicho que estoy bien —
replicó Cassie, a la vez que se sacudía
para quitárselo de encima, pero estaba
tan achispada que no era capaz de
coordinar sus movimientos y acabó
apoyada en su pecho.
—Eh, ¿todo bien por aquí?
Cassie intentó volver la cabeza hacia
la voz masculina. Aquel cuerpo que la
sostenía no se lo permitió.
—Todo bien, tío. Mi amiga se ha
pasado un poco con las copas, nada más.
—Ya. No sabía que Jane tenía amigos
como tú. ¿Os conocéis hace mucho?
La voz se acercaba y Cassie era
incapaz de hablar por las náuseas. El
tipo la abrazó con más fuerza.
—Somos muy buenos amigos, así que
lárgate.
—Ni siquiera se llama Jane —gruñó
el recién llegado—. Quítale tus putas
manos de encima. ¡Ahora!
Cassie gimió de alivio, agradecida al
notar cómo el hombre aflojaba su
agarre; pero no la soltó y el pánico brotó
de su garganta con un sonido lastimero.
¿Cómo demonios había acabado así? De
acuerdo que no era la persona más
sensata del mundo y que solía meterse
en problemas a menudo, pero aquel se
llevaba todos los premios.
—¿Quién coño te crees que eres para
decirme lo que tengo que hacer? Métete
en tus asuntos si no quieres tener
problemas —replicó el hombre.
—Contaré hasta tres… y como no la
sueltes voy a partirte la puta cara contra
el suelo. ¿Quieres apostar?
El tipo vaciló y una mueca diabólica
apareció en su rostro.
—Podemos compartirla. ¿Qué dices?
Esta zorrita lo está buscando. Mírala.
—Puto enfermo. ¡Estás muerto!
Con el miedo reflejado en el rostro,
el hombre soltó a Cassie, se dio la
vuelta y se largó de allí con paso rápido.
Ella se quedó inmóvil, tan impresionada
por lo que podría haber pasado que
empezó a temblar sin control. Sintió
cómo le cubrían los hombros con una
cazadora.
—¿Estás bien?
Cassie alzó la mirada y se encontró
con unos ojos negros, enormes y
preocupados, clavados en ella. Lo
reconoció. Era el camarero que había
descubierto su carné falso, el mismo que
la observaba desde la barra unos
minutos antes. Asintió una vez con la
cabeza y después negó con un gemido.
Se le doblaron las rodillas y perdió el
equilibrio. Todo le daba vueltas, y la
cerveza y el tequila que había ingerido
parecían empeñados en salir de su
cuerpo por donde habían entrado. Unos
fuertes brazos la sostuvieron.
—Joder, estás peor de lo que parece.
¿Sueles pillar estos pedos a menudo?
Porque esto te jode el cerebro, ¿sabes?
—Voy a vomitar. —Fue lo único que
pudo decir antes de que su cuerpo
empezara a convulsionarse.
Los espasmos se adueñaron de su
estómago y unos calambres horribles la
obligaron a doblarse hacia delante.
Vomitó sin parar durante una eternidad.
Notó vagamente que uno de aquellos
brazos la sostenía por la cintura y el otro
le sujetaba el pelo, mientras una voz
grave le susurraba que pronto se sentiría
mejor.
Cerró los ojos e inspiró. La calle olía
fatal. No, era ella la que olía de ese
modo tan asqueroso. Sintió vergüenza y
trató de apartarse.
—Deja que te ayude. No estás en
condiciones de moverte —le pidió él.
—Solo necesito un momento —
tartamudeó Cassie. La calle giraba a su
alrededor como una peonza. Se apoyó en
un coche, sintiendo las piernas
demasiado flojas, y se pasó la mano por
la frente sudorosa.
—Yo creo que necesitas un médico.
Estás pálida y no dejas de temblar. ¿Hay
alguien a quien pueda llamar para que
venga a buscarte?
—¡No! ¡No hay nadie! —exclamó a
la defensiva.
Él la miró con el ceño fruncido.
Sabía que le estaba mintiendo.
—Ya. Y… ¿tu casa? Puedo llevarte a
tu casa si me dices dónde vives.
—No, tampoco puedo ir a casa. No te
preocupes, buscaré un hotel.
El chico soltó un silbido y la miró de
arriba abajo, evaluándola como lo haría
un policía que trata de decidir hasta qué
punto es seguro quitarle las esposas a un
detenido.
—¿Tú sola en un hotel? Ni de coña.
Mañana la mujer de la limpieza
encontrará tu cadáver y yo me sentiré
culpable por ello. Venga, dime dónde
vives y te llevaré a casa. No soy
peligroso. Te lo juro.
Cassie se arrebujó bajo la cazadora.
Entonces se percató de que él solo
llevaba la fina camiseta con la que lo
había visto antes. Sin la barra de por
medio, pudo darse cuenta de que era
igual de guapo de cintura para abajo que
de cintura para arriba. Suspiró y notó
que le ardía la garganta con un sabor a
bilis espantoso. Tosió.
—No es eso, es que… Mi padre va a
matarme si me encuentra así; no hemos
tenido un buen día que digamos. Por
favor, no puede verme así o acabará
encerrándome en algún psiquiátrico o,
peor aún, en un correccional.
—¿Un correccional? A lo mejor el
que está en peligro soy yo.
Ella arrugó la cara con una mueca de
disgusto. Si era una broma, no tenía
gracia. Volvió a sentir náuseas y se
llevó la mano a la boca.
—En un hotel estaré bien. Solo
necesito dormir un poco.
Las rodillas le fallaron y él la atrapó
antes de que se desplomara. La atrajo
hacia su cuerpo y quedaron pecho contra
pecho, cara a cara.
—Vale, pero no voy a llevarte a un
hotel. Te vienes conmigo.
—¿Contigo? —inquirió Cassie con
desconfianza.
—Sí. Tengo alquilado un apartamento
a la vuelta de la esquina. No es gran
cosa, pero estarás bien.
Ella empezó a negar al tiempo que
trataba de apartarse. Su cuerpo no
respondía y le costaba respirar.
—No puedo… No puedo aceptar. Yo
no te…
—¿No me conoces de nada? —
terminó de decir él—. Es cierto, pero
acabas de vomitarme en los zapatos y te
he visto echar hasta los higadillos. Eso
nos convierte en amigos, en muy buenos
amigos, ¿no crees?
Cassie sonrió y se apoyó con ambas
manos en sus bíceps para mantener el
equilibrio. Su mirada vidriosa apenas
podía enfocar su cara.
—Soy inofensivo, te lo juro. Y en
cierto modo, me siento responsable. Si
antes te hubiera puesto esa cerveza,
quizá no habrías acabado aquí —añadió
él.
Ella lo miró a los ojos y se perdió en
ellos durante un largo segundo. Parecía
un buen chico. Había algo en él que
invitaba a confiar, que la hacía sentirse
segura en su compañía.
—Tú no tienes la culpa de que yo sea
imbécil.
—Es verdad. Pero hoy es la noche
que suelo rescatar a imbéciles borrachas
de las garras de un pervertido. Lo hago
todos los viernes, es algo así como un
segundo trabajo. Ya sabes, Bruce Wayne
y Batman, Peter Parker y Spiderman…
Esta vez Cassie soltó una risita.
—Entonces he tenido suerte de que
seas tú quien me encuentre.
—No me gusta presumir, pero sí. ¡Y
las mallas me quedan de muerte!
—Seguro que se lo dices a… Dios,
voy a vomitar otra vez.
Cassie se dobló hacia delante con las
manos en el estómago. Un sudor frío le
cubrió la piel y los temblores regresaron
con mayor intensidad. Estaba segura de
que iba a morir allí mismo. Quizá estaba
sufriendo un coma etílico. De repente, la
idea no le pareció tan mala. Si se
desmayaba, al menos dejaría de sentirse
tan mal.
Él volvió a sujetarle el pelo y la
sostuvo todo el tiempo.
—Me estoy muriendo —gimió entre
escalofríos.
—No te estás muriendo, aunque por
la mañana querrás estar muerta. Te
espera una buena resaca —dijo él en
tono divertido—. ¿Crees que serás
capaz de andar un poco?
Cassie asintió. Él le metió las manos
por las mangas de su cazadora, le rodeó
la espalda con un brazo y, sin prisa, la
guió por un par de calles.
—Es aquí —dijo mientras metía la
llave en la cerradura de una puerta y la
empujaba, sosteniéndola para que
Cassie pudiera pasar.
Entraron en el apartamento y la ayudó
a llegar hasta el sofá. Cassie miró a su
alrededor y se encontró con un salón
diminuto. No había muchos muebles y
estos eran incluso más viejos que el
propio edificio. Aun así estaba limpio y
ordenado, y olía bien.
—Voy a ver si tengo algo de ropa que
pueda servirte —anunció el chico.
Cassie clavó su mirada en él.
—¿Ropa? —¿Acaso quería que se
desnudara?
—Sí. Deberías quitarte ese vestido.
Está sucio y apesta.
Ella se miró de pies a cabeza y
asintió. Tenía razón. En sus medias
había restos que no quería imaginar qué
podían ser. Volvió a sentir náuseas y
cerró los ojos. El tiempo se desvaneció.
—Eh, no puedes dormirte ahora.
Cassie abrió los párpados y pestañeó
varias veces. Él continuó:
—He encontrado un pantalón y una
sudadera que pueden servirte. Ven, te
vendrá bien lavarte un poco.
Ella tomó la mano que le ofrecía y se
dejó llevar sin decir una sola palabra.
La hizo entrar en un pequeño cuarto de
baño. Sobre el lavabo había toallas
limpias y el agua de la ducha corría
formando una pequeña nube de vapor
sobre sus cabezas.
—¿Podrás tú sola?
—Sí, creo que sí.
—Vale. Estaré al otro lado de la
puerta. Si me necesitas solo tienes que
gritar.
Cassie asintió y le dedicó una
sonrisa. Cuando él la dejó sola, se quitó
la ropa como pudo y se metió bajo el
agua caliente. Minutos después, salió
del baño con un chándal gris que le
quedaba grande, pero estaba calentito y
limpio.
Un dolor profundo le atravesaba los
músculos y los huesos, y la cabeza le
palpitaba. Necesitaba sentarse porque
las piernas iban a fallarle en cualquier
momento. Una mano grande y suave le
rodeó el brazo y un atractivo rostro
moreno apareció en su campo de visión.
—¿Mejor?
Cassie notó que su cuerpo cedía bajo
la ley de la gravedad. Unos brazos la
alzaron y sintió que flotaba. Segundos
después descansaba sobre una cama
mullida. Alguien la estaba llamando
insistentemente y se obligó a abrir los
ojos. Su salvador la miraba preocupado
desde el borde de la cama.
—Cassandra, tienes que tomarte esto.
Después podrás dormir.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Lo ponía en tu carné falso. A no ser
que el nombre también lo sea… —
Frunció el ceño con un gesto muy mono
—. ¿Lo es?
Cassie negó con la cabeza y una
mueca de dolor deformó su rostro, como
si miles de agujas le atravesaran el
cerebro.
—Me llamo Cassandra, aunque mis
amigos me llaman Cassie.
—¿Y yo cómo debo llamarte?
—Te he vomitado encima, llevo
puesta tu ropa y estoy en tu cama. Te has
ganado el derecho a llamarme como te
apetezca.
El chico sonrió y se pasó una mano
por la nuca con aspecto cansado.
—Me gusta Cassie —susurró,
mirándola fijamente. Después alargó el
brazo y cogió de la mesita una taza y un
par de analgésicos—. Ten, tómate esto.
Por la mañana te sentirás mejor.
—¿Qué es?
—Una infusión de manzanilla con
miel y menta. Te relajará el estómago.
Cassie se incorporó sobre la
almohada. Luego cogió los analgésicos y
se los tragó con un poco de líquido
caliente. Se dejó caer y suspiró. Apenas
podía mantenerse despierta.
—Todo esto que estás haciendo por
mí… No sé cómo agradecértelo.
—Estamos en Navidad, se supone
que debemos ser buenos —dijo él al
tiempo que se encogía de hombros—.
Ahora duerme y no te preocupes por
nada. Estaré ahí mismo, en el sofá. Por
si me necesitas.
Le apartó un mechón de pelo de la
cara y la arropó con ternura. Cassie lo
miró a los ojos y una oleada de calor se
extendió por su cuerpo. Era guapo,
atento, divertido y estaba segura de que
sería gay, porque era imposible que un
chico así fuese tan perfecto y además
hetero.
—No vas a asesinarme mientras
duermo, ¿verdad?
Él se echó a reír con ganas. Se puso
de pie y la contempló desde arriba.
—Solo asesino a rubias guapas de
ojos azules los sábados.
—Pero ya estamos a sábado.
—Contigo haré una excepción. —Se
encaminó a la puerta, pero se detuvo un
segundo antes de salir de la habitación
—. Aun así, no mires bajo la cama, por
si acaso.
Cassie sonrió y se abrazó a la
almohada.
—Eh, ni siquiera sé cómo te llamas.
Él le sostuvo la mirada, con una
intensidad que le provocó un hormigueo
por toda la piel.
—Eric. Me llamo Eric.
1
Washington and Lee University.
Lexington, Virginia.
Mayo de 2015.
Mientras cerraba la última caja,
Cassie no podía creer que por fin
hubieran llegado las vacaciones de
verano. Su segundo año de universidad
finiquitado y se sentía como si hubiera
sobrevivido a un apocalipsis zombi:
destrozada, exhausta y… muerta de
hambre. Su estómago llevaba un buen
rato protestando, dejándole bien claro
que no estaba de acuerdo con la absurda
dieta que había iniciado. Ella tampoco
lo estaba, pero así era la vida. Tomabas
una decisión y después debías sufrir las
consecuencias. Funestas en su caso.
Gimió.
Solo podía pensar en comida y más
comida; aunque por nada del mundo
caería en la tentación. Iba a enfundarse
ese maldito vestido, costara lo que
costara. Había sido un capricho, lo
sabía, pero un capricho de doscientos
pavos que había sacado de la cuenta que
su padre le había abierto para
imprevistos. Papá iba a cabrearse, y
mucho, el vestido no había sido el único
imprevisto de ese mes. ¡Jodido coche!
La relación con su padre nunca había
sido buena y había caído en picado en
los últimos años. Él era demasiado
estricto y no perdía ninguna ocasión
para demostrar lo decepcionado que se
sentía con Cassie. Ella era su fracaso, el
error que ahora trataba de compensar
con sus nuevos hijos, su nueva familia,
sus nuevos amigos, su nueva casa… Ya
podría comprarse un nuevo planeta y
mudarse una temporadita.
Cassie se quedó mirando la funda que
colgaba de la puerta del armario. Cada
vez que se paraba a pensar en cómo
había acabado entrando en aquella
tienda, su mente se perdía entre vagos
recuerdos.
Había quedado con ese chico tan
mono que trabajaba en la cafetería que
había cerca de su residencia. Llevaban
unas semanas tonteando, con miradas y
sonrisas que ambos sabían a dónde
conducirían. Cassie se había prometido
a sí misma que no habría chicos en su
vida mientras durasen las clases. Tenía
muy claras sus prioridades. Pero ese
día, tras su último examen, había
mandado al cuerno la castidad.
Necesitaba deshacerse del estrés y de
toda esa tensión reprimida que había ido
acumulando durante el semestre.
La cita había sido un desastre. Tim,
Tom…, o como demonios se llamase,
tenía un rostro atractivo y un cuerpo que
quitaba el hipo, y hasta ahí llegaban sus
cualidades. Cassie había esperado
fuegos artificiales y al final ni siquiera
habían llegado a su habitación.
El tipo era un cretino, enamorado de
sí mismo y bastante cortito, cuya máxima
aspiración en la vida era la de ser
modelo para «Abercrombie and Fitch.»
Y no es que Cassie tuviera un problema
con eso, pero necesitaba algo más que
un cuerpo seductor. Necesitaba esa
reacción química e irracional que
provocan dos personas que conectan, y
no solo físicamente, sino también a un
nivel más mental. Un tío guapo, con una
mente bien despierta y una buena dosis
de humor ácido, y sus hormonas se
revolucionaban sin necesidad de
preliminares.
Encontrar un hombre con ese tipo de
conexión parecía un reto imposible. Y la
culpa la tenían sus malditas expectativas
y los dos idiotas que habían colocado el
listón demasiado alto para cualquier
otro ser humano con pantalones.
A lo largo de su vida, solo se había
sentido realmente atraída por dos
chicos. Con ese tipo de atracción que
licua las entrañas y hace parecer tonta
de remate. Como si de repente todo el
mundo se moviera a cámara lenta y el
primer plano se centrara en el tío cañón
que se acerca con actitud sugerente.
Por supuesto, los dos idiotas tenían
nombre: Eric y Tyler.
Eric había sido el primer chico por el
que Cassie había sentido algo especial.
Se había enamorado de él sin remedio.
También había sido el primero que le
había roto el corazón al marcharse sin ni
siquiera despedirse. Él nunca le
prometió nada, nunca le dijo que se
quedaría, más bien al contrario; pero
inconscientemente Cassie siempre había
esperado que la antepusiera a su deseo
de marcharse de Port Pleasant. Aún
tenía la sensación de que no había
superado esa relación y de que Eric
continuaba siendo ese fantasma que no
la dejaba avanzar. ¡Pero es que lo había
querido tanto! Y la herida que le dejó
aún dolía casi tres años después.
Con Tyler todo había sido mucho más
complicado. La atracción había sido
inmediata e innegable, el deseo
demoledor, pero eran tan parecidos que
chocaban todo el tiempo. Dos imanes
atrayéndose y repeliéndose sin
descanso. Sus duelos verbales habían
sido épicos y sus discusiones
catastróficas. Tratar de manejarlo había
sido agotador. Además, ninguno de los
dos había tenido el valor suficiente para
dejarse llevar, intentarlo y ver a dónde
los conducía lo que fuera aquello que
habían iniciado.
Cassie sabía que se había asustado
por todo lo que Tyler le hacía sentir. No
estaba preparada para que le volvieran a
romper el corazón y un sexto sentido le
había dicho que esa vez podría ser
mucho peor que la primera. Sin contar
con que todavía no se sentía capaz de
enfrentarse a la posibilidad de que otro
chico ocupara el lugar de Eric. Por todo
ello, siempre había mantenido las
distancias con Tyler y se había limitado
a disfrutar de lo único en lo que siempre
estaban de acuerdo, el sexo. ¡Y menudo
sexo!
Sin darse cuenta, pensando en todas
esas cosas, había acabado abrazada a
una tarrina de helado frente al
escaparate de una tienda outlet de ropa
de firma, comiéndose con los ojos un
precioso vestido de color gris perla.
Estaba segura de haber visto a Mila
Kunis con uno igualito a ese.
De repente, toda su vida se centró en
la necesidad de poseerlo. Ni
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