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Rumbo a ninguna parte – Pat Casala

Rumbo a ninguna parte - Pat Casala

Rumbo a ninguna parte – Pat Casala

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La oscuridad de la noche apenas se ve empañada por una débil luna menguante que se oculta tras las nubes amenazantes de tormenta. Unos pasos se alejan a
toda velocidad por la playa desierta, acompañados de una respiración entrecortada llena de miedo y vaho. El frío húmedo cala en los huesos.
El rumor de las olas, empujadas por la resaca, se une a un viento gélido que se levanta de golpe, augurando que las primeras gotas de lluvia no tardarán en golpear
sobre la arena. El olor a salitre es aún más espeso por la humedad, como si quisiera unirse a las lágrimas que desesperadas brotan de unos ojos negros que jamás podrán
mirar con la misma ilusión de antaño.
Corre, no puede dejar de correr para alejarse del horror, a pesar de lo que ha dejado atrás, sabe que no podrá huir de los remordimientos, de las mil angustias a las
que deberá enfrentarse después. Su vida se desmorona a marchas forzadas, es como si a cada paso rompiera con fiereza todo aquello que antes sustentaba, su felicidad y
la armonía de su existencia.

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Quizás la falta de madurez incrementará esa sensación de caer en un abismo. Solo tiene catorce años. Le faltan algunos para entender lo que en realidad ha
sucedido, las implicaciones exactas de una decisión que marcará su vida a partir de este instante.
Mientras los pasos rápidos y asustados consiguen poner distancia con la casa, escucha en busca de alguna señal de alarma, pero el silencio atronador es lo único
que atraviesa la soledad. El martilleo intenso de su corazón le perfora el alma. No hay vuelta atrás. Ha tomado una decisión y ya nada puede impedir las consecuencias.
¿Qué ha hecho? Jamás se perdonará su cobardía. ¿Por qué no ha cambiado su destino? ¿Quién es para ejercer de Dios y de verdugo?
Las piernas continúan alejándose, sin atender a los pensamientos confusos que no acaban de discernir el alcance de la realidad. No puede escapar, a pesar de la
distancia o del tiempo transcurrido, jamás se perdonará lo sucedido. Es una losa que aplastará cualquier intento de sonreír porque ya nada será como antes.
Imágenes felices de su travesía por los meses pasados se entremezclan con los últimos dos días, como si quisieran demostrarle lo que ha perdido y en lo que se
convertirán sus horas a partir de ahora.
Se ahoga, no puede respirar con normalidad, siente como si un puño le estrujara las vísceras.
¿Cómo avanzará por la vida a partir de ahora? ¿Será capaz de olvidar? ¿Acaso existe algún remedio para mitigar la culpa?
Niega con la cabeza en un gesto furioso y se para en seco, con la inquietud como compañera, sin deseos de continuar hacia adelante, de correr hacia el camino
erróneo de la libertad. Abre los ojos llenos de lágrimas y se coloca las manos sobre las rodillas resollando.
¿Si vuelve podrá enmendar su error? Es la única solución.
Mira en la distancia la casa que alberga su peor pesadilla, con los recuerdos intactos de los dos últimos días y la convicción absoluta de que su decisión le costará
cara. ¿Por qué es tan cobarde? La valentía era la única opción viable, pero no ha optado por encontrarla en su corazón. Solo pensaba en salvarse.
No puede imaginarse la vida a partir de ahora. ¿Por qué se ha decantado por la solución más sencilla? Nada lo justifica. Ojalá existiera un remedio contra los
recuerdos, ojalá pudiera borrar lo sucedido para siempre y no volver a sentir pánico ante una decisión que le parte el alma. Quizás si hubiera optado por otra vía…
Mira alrededor, buscando la tranquilidad que le proporcionaba ese paraje perfecto, pero no encuentra más que desasosiego, como si ahora se enfrentara a la
condena de sus palabras. Antes le encantaba caminar por la arena, llenarse con el caliche marino, observar las estrellas en su inmensidad durante la noche.
¿Volverá esa extraña sensación de paz? ¿O sus días se llenarán de reproches y recuerdos malditos?
Da la vuelta, con la vista enredada en la casa y las imágenes de los sucesos colándose impunes en su mente, con la cadencia angustiosa de las horas, de los
minutos, de los segundos. Aprieta los puños con fuerza, como si con ese gesto pudiera deshacer el miedo que ocupa cada átomo de su ser.
Sabe que se ha equivocado, que ha elegido mal, que nunca se perdonará si no regresa. Quizás no es demasiado tarde y todavía cuenta con tiempo para detenerles.
Toma una decisión y comienza a correr pero esta vez en dirección contraria, hacia la única casa que se alza majestuosa a un lado de la cala. Una edificación
rosada, con un techo bajo y recuerdos alegres de otras vidas.
¿Por qué ahora ya no siente la serenidad de antes?
Siempre le gustó imaginar historias románticas que sucedían en un lugar como este, con jinetes sobre caballos blancos que rescataban a sus princesas de un
futuro matrimonio infeliz… Pero en la vida real nunca sucede nada parecido. Hay que caminar por un sendero empinado, donde las curvas esconden demasiadas trampas
venenosas.
¿Dónde han quedado esas ideas de una vida de cuento? ¿Cómo encontrará ahora la manera de alejarse de la dolorosa realidad? La paz ya no regresará, su
imaginación se teñirá para siempre de negro.
Jamás debió pensar que estaba a salvo de la tiranía de unos desalmados. Fue estúpido creérselo.
Jadea, fuerza sus músculos al máximo mientras el tic tac del reloj le martillea en las sienes, con la constatación de que los segundos avanzan a una velocidad
demasiado vertiginosa. La casa está a doscientos metros. Se le acaba el tiempo, si no corre más rápido jamás la alcanzará antes de que la condena caiga sobre su espalda.
Aprieta el paso, aunque su respiración entrecortada apenas le ofrece tregua. Le duele el pecho, los pulmones y el alma. Por mucho empeño que le ponga su
cuerpo no acata las órdenes del cerebro. El cansancio extremo se apodera de cada soplido, restándole fuerza a las piernas.
Se ahoga, respira aceleradamente y apenas cuenta con aire para moverse. No quiere pararse. Necesita avanzar, detenerles, pero no consigue reanudar la carrera,
no con la respiración agitada, al borde del colapso.
Intenta ralentizar su corazón, cierra los ojos y se obliga a encontrar la energía perdida, y en un desesperado arrojo de fiereza reanuda sus pasos largos y
estresados hacia el lugar donde moran sus peores pesadillas. Debe llegar a tiempo.
De repente, cuatro disparos restallan en el silencio. Cae de rodillas en la arena, bajo la lluvia, con el llanto desbocado y el brazo alzado hacia la casa.
No ha llegado a tiempo.
1
—¡Aurora! —La voz de mi madre me perfora el cráneo—. ¡Haz el favor de levantarte! El avión sale en cinco horas y todavía no tienes hecha la maleta. Piensa
que vamos en coche hasta Sevilla…
Ronroneo tapándome con la almohada, sin ganas de abrir los ojos y descubrir la mañana soleada que se llena de calor y sofoco.
Mi madre enciende la luz y se mueve por la habitación haciendo ruido. Recoge la ropa de ayer, que dejé tirada en el suelo, maldice el desorden que impera en el
cuarto y me quita la sábana para despertarme.
—¡Joder! —me quejo—. ¡Lárgate! ¡Fuera! ¡Quiero dormir!
Apago la luz accionando el interruptor que hay sobre la mesilla de noche, me tapo de nuevo y escondo la cara bajo la almohada, apretándola contra los oídos
para evitar escuchar a la pesada de mi madre.
—Siempre con la misma canción —se queja, iluminando de nuevo el cuarto—. Pues ahora no me pienso mover de aquí si no me hablas con educación. ¡Parece
mentira! Te vas a un internado de lujo… ¿Y me lo pagas así? ¿Gritándome?
Inspiro con rudeza, me incorporo y encaro la mirada airada de mi madre.
—¡Es una puta cárcel de oro! —le espeto con rabia—. ¿De dónde has sacado la pasta para mandarme a Suiza? ¿Te importa una mierda que yo no quiera ir?
¡Porque no tengo la más mínima intención de coger el jodido avión! ¿Lo has entendido? —Mi mirada es puro fuego—. ¿Cómo te atreves a llamarlo internado? Sabes tan
bien como yo que es un lugar para niños con pasta que no sacan buenas notas. ¡Y no pienso ir sin saber quién paga ese lugar! ¿Es papá? ¿Salvador, quizás? ¿Te has
atrevido a aceptar su dinero después de lo que pasó?
Silencio. La expresión dolida de mi madre antecede siempre a una de sus largas y aburridas charlas. Se cree que me importan sus palabras… ¿No se da cuenta de
que he crecido? ¡Puedo tomar mis decisiones! Y si mi padre está involucrado no pienso subirme al puto avión.
Coge la silla de ruedas de IKEA, la coloca a escasos centímetros de la cama y suspira. Yo me siento, apoyada en el cabezal, con las piernas dobladas y el móvil
preparado para consultar qué se cuece en las redes sociales, ignorando deliberadamente la expresión furiosa de mi madre.
—Lo del internado no es negociable, ¿me oyes? —dice conteniendo la ira—. Ya lo hemos hablado, no debe preocuparte cómo lo he pagado. Lo importante es
que vas a ir porque es la única salida que tienes.
Observo cómo sus ojos luchan por contener las lágrimas.
—¿Y te crees que encerrándome con niños pijos las cosas van a cambiar? —La fulmino con la mirada antes de estirarme otra vez y colgar en Instagram la foto
que hice ayer antes de acostarme—. ¡No quiero ir a ese jodido internado en Crans-Montana! ¡No se me ha perdido nada en él! Y lo de la pasta sí es importante. ¿Acaso
no te acuerdas de lo que pasó la última vez que papá me pagó un internado? ¡Joder! ¡Eres una sumisa de mierda!
—Pensaba que te lo había dejado claro —replica en un tono más duro—. Vas a ir si no quieres acabar en el psiquiátrico del pueblo. ¿Quieres eso? ¿Prefieres
quedarte aquí con los jodidos locos? ¡Porque es lo que sucederá si no te vas a Suiza!
—¡Siempre con tus amenazas! —Levanto un segundo la vista de la pantalla y la fijo en ella con hastío—. ¿No sabes hacerlo mejor? ¡Joder! ¡Parece que solo me
educas con putas amenazas de mierda!
Ella niega con la cabeza antes de lanzarse al sermón con una voz más aguda, enfilada en la escala de la rabia.
—No son amenazas, son realidades, el juez lo dejó clarísimo. Necesitas internarte en un sanatorio y, aunque no tengo muy claro cómo, le convencí de que el
internado de Suiza era una alternativa perfecta. Tendrás terapia personal dos días a la semana y de grupo cada lunes. Así que, o te vas a Crans-Montana o te quedas en
el sanatorio de aquí. Tú eliges…
—¿Y si me escapo? ¡Estoy hasta las narices de hacer lo que decide papá y el jodido Salvador de los huevos! —me enciendo—. ¡A un psiquiátrico no me voy ni
de coña! ¿Te crees que el puto juez sabe más que yo? No pienso volver a darles a papá y a Salvador lo que quieren. ¿Te acuerdas cómo acabé después de lo de Galicia?
¿Quieres que lo vuelva a intentar?
Tembleque de labios, puños apretados, ojos entrecerrados y respiración intensa. No sabe comportarse de otra manera. Ahora me mira con aquellos ojos heridos
de muerte, como si mis palabras fueran puños que se ensañan con su cuerpo.
—Mientras estés bajo mi tutela harás lo que te ordene —me grita—. ¿Qué pasa si te escapas? Pues que cuando vuelvas a casa arrastrándote te mandaré al
psiquiátrico y dejarás de ser mi problema durante un tiempo. ¡No pienso tolerar que vuelvas a intentarlo ni una vez más! Antes te dejo a cargo del estado. —Suspira,
rabiosa—. ¿Sabes qué me dijo tu psicóloga? Que tienes un puto trauma de mierda, que has de superarlo. Y me parece que esta oportunidad es mejor que la otra.
Sé que habla en serio, a pesar de que las dos sabemos que tomar esa decisión le rompería el alma.
—Cuando cumpla dieciocho años pienso largarme. —Le aguanto la mirada.
—Todavía te quedan once meses y la mayor parte de ellos los vas a pasar en el internado de Suiza, rehaciendo tu vida de una vez por todas. —Intenta
acariciarme la cabellera castaña que se ondula cerca de los hombros, pero yo me aparto en el último minuto—. Te quiero cielo, y no me gusta verte así. Ya sabes que
escapar no es una alternativa. Tu padre y Salvador siempre te encontrarán.
—¿Cómo puedes decir que me quieres si serías capaz de encerrarme con los locos? —Le aparto el brazo con un manotazo—. Estaría mejor sola por el mundo.
¿Te has dado cuenta de que si papá y Salvador pagan el internado querrán algo a cambio? ¿Estás dispuesta a darles lo que pidan? ¡Seguro que eso será mil veces peor
que mi trauma!
—No puedo más —solloza—. Eras tú la que querías largarte de este pueblo. Ahora tienes una oportunidad de oro para escapar, dejar atrás los malos rollos y
empezar de cero. ¿No ves que es perfecto para ti?
—¿Un internado para ricachones en Suiza? ¿Pagado por papá y Salvador? —contesto con ironía—. ¿Me has visto bien? Soy la hija de una cajera de
supermercado, mi ropa es de lo más vulgar, digo tacos y no tengo ni un pelo de fina. ¿Crees que voy a ser una más entre putos pijos de mierda? —Le dirijo una mirada
hostil—. ¿Te has preguntado por qué me mandan allí? ¿Qué querrán a cambio? Porque las dos sabemos que no se conformarán con poca cosa.
Me levanto de la cama y camino hacia el baño sin esperar respuesta, angustiada al recordar la última vez que mi padre y Salvador me pagaron un internado. Ella
me sigue a corta distancia, con un silencio tenso que precede la inevitable explosión.
—¡Ya basta de gilipolleces! —exclama—. ¡Es un lugar maravilloso! Harás hípica, esquí, vela… ¡Joder! Si a tu edad me hubieran enviado a un sitio así…
Además, tus compañeros serán educados y no tendrán ni puta idea de lo que sucedió en Galicia. ¿No lo ves? ¡Te ha tocado la lotería! Allí puedes encontrarte a ti misma.
—Se queda en el marco de la puerta, con los ojos enrojecidos y gesticulando exageradamente con las manos—. Estarás lejos de tu padre y de Salvador una temporada.
Es un regalo divino.
—¡De Dios no viene la pasta para pagarlo! —contesto indignada—. No tenemos ni un puto duro, llevo un tiempo trabajando los fines de semana para ayudar y
nunca llegamos a fin de mes. ¿Quién paga el jodido internado de lujo en Suiza? ¿Has hecho unas cuantas esquinas? ¿Es eso? ¿O es papá quién dirige otra vez nuestras
vidas?
—¡Ni se te ocurra insinuar que soy una puta! —Contrae la cara en un gesto airado—. ¿Cuándo vas a respetarme?
—¡Dime cómo lo has pagado! ¡Admite de una jodida vez que te has vendido a papá y a Salvador! Prometiste que no lo harías nunca más.
Ella se da la vuelta y camina por el pasillo hacia la cocina, negándose a hablar conmigo de este tema. Hace dos semanas que intento descubrir cómo ha
conseguido esa fortuna y a qué capricho del destino se debe su obsesión de que pase diez meses en Crans-Montana.
Me levanto del váter con rapidez, tiro la cadena y, sin lavarme las manos, corro tras mi madre, indignada.
—¡Joder! —La agarro del brazo—. ¡Haz el puto favor de contestarme! ¡No pienso ir sin saber cómo coño has conseguido la pasta! Lo busqué por Internet y el
puto internado cuesta más de veinte mil euros al año. ¿Fueron papá y Salvador?
—Prepara la maleta.
Se suelta, camina hacia la cocina y me deja plantada en medio del pasillo, con la sensación de que nada puede impedir mi destino. Debería seguirla, insistir,
encontrar la manera de hacerla hablar, pero llevo tantos días intentándolo… No me apetece irme tan lejos, yo quería viajar, ser libre, alejarme de este lugar donde los
recuerdos me acosan. Por eso adoro la soledad, el anonimato que ofrece ser otra persona en las redes sociales, la posibilidad de dejar atrás el pasado para construir un
futuro lleno de incertidumbre.
El destino idóneo para enfrentarme a mis fantasmas no es un internado para niños ricos en Suiza, y mucho menos si mi padre y Salvador están involucrados en
esa decisión. Pero mi madre se ha empeñado en agarrarse a ella como la cura milagrosa que me hará reaccionar, sin que los recuerdos de la última vez le hagan entender
que es una treta de esos dos. O quizás la han amenazado… No sería la primera vez.
Necesito asegurarme de que no son su fuente de financiación. Ayer mismo revisé de nuevo las cuentas de la familia y siguen igual de escasas que siempre, y mi
madre me aseguró que yo recibiría una asignación de cuatrocientos euros al mes para mis gastos en Suiza. ¿De dónde los sacará? Está clara la respuesta, aunque es más
fácil para mí no contestarla, dejarla en aire, como si la ignorancia la desdibujara.
Es inútil seguirla a la cocina, está enfadada y no tiene la más mínima intención de compartir conmigo cómo encontró el internado ni la manera en la que ha
logrado que pase allí los próximos diez meses. Mi único consuelo es que al fin saldré de esta casa y que quizás sea el preludio para encontrar una pizca de la paz
necesaria para encarar la vida. Aunque estoy convencida de que el precio a pagar por esa serenidad será demasiado alto.
Regreso al baño para tomar una larga ducha de agua fresca. El calor arrecia por momentos en esta ciudad costera del sur de España, las temperaturas alcanzan
con facilidad los cuarenta grados centígrados y me llenan de gotas de sudor a todas horas.
Me enrollo una toalla sobre los pechos y camino hacia mi habitación, dándole vueltas a la situación. Me gustaría desentrañar el misterio antes de subirme al
avión. Si mi padre y Salvador están detrás de esto, seguro que hay gato encerrado. Son unos miserables cabrones a los que desearía apartar de mi vida para siempre. ¿Y
si me tienen reservada una de sus sorpresas?
Por desgracia no tengo demasiadas opciones. Me consta que la psicóloga, compinchada con la psiquiatra que lleva mi caso, han aconsejado mi ingreso en un
sanatorio mental y el juez ha ratificado esa opinión. Cuando mi madre les planteó la posibilidad de llevarme a Crans-Montana no dudaron en aceptar su sugerencia.
Aquí también se adivina la mano de mi padre y de Salvador.
Parece mentira que siempre consigan salirse con la suya. ¡Ojalá se pudrieran en algún agujero para el resto de su vida y se olvidaran de mi existencia!
Cuando cumpla dieciocho años me largaré para siempre, dejaré atrás esta realidad asquerosa que me ha tocado en suerte para establecerme en un lugar donde no
me encuentren. Aunque no tengo claro si existe porque muchas veces debemos aceptar que los recuerdos nos acompañarán siempre.
Coloco la maleta sobre la cama y la lleno sin ganas, con la ropa mal doblada, el pijama hecho un ovillo y las cosas tiradas de cualquier manera. Meto varias
sudaderas, un par de polares que me compró mi madre la semana pasada en el Decathlon, cuatro vaqueros, algunos shorts hiper cortos, de los que me gusta llevar en
verano, las botas negras de cordones, un par de bambas y una parka abombada, color naranja butano, que conseguí en las rebajas de H&M la última temporada. Está
claro que con esta ropa no encajaré entre los alumnos de mi nuevo hogar.
Media hora después estoy en la cocina, frente a un plato de tostadas con mantequilla y mermelada de fresa, un tazón de café con leche y una ración nada
desdeñable de cereales. Tengo la suerte de ser flacucha por naturaleza, puedo comer lo que me venga en gana sin engordar ni un gramo.
Estoy sola, mi madre se está duchando. No se ha dignado a contestarme cuando he insistido en preguntar, una y otra vez, si mi padre y Salvador están detrás de
mi nuevo destino. Su mutismo, esa manera de mirarme con fuego en los ojos y la fuerza que ejerce en la mandíbula, cada vez que la acuso de doblegarse ante el hijo de
puta de mi padre, demuestran que estoy en la pista correcta. Pero prefiero indagar antes que aceptarlo.
De nuevo en mi habitación repaso que no me falte nada. El portátil que me compré hace un año, tras un agosto trabajando en la heladería de José para conseguir
el dinero, está dentro del maletín, preparado para acompañarme en el avión, tengo el móvil a tope de batería, los cargadores en la maleta, cremas hidratantes, champú,
cepillo de dientes, peine…
El timbre de la puerta me sobresalta.
—¿Puedes abrir? —grita mi madre desde el baño.
—¿Esperas a alguien? —Camino hacia el recibidor con indecisión, no me gustan las sorpresas.
—A nadie —responde.
Titubeo unos segundos antes de comprobar a través de la mirilla quien está al otro lado de la puerta. Es un mensajero vestido con el uniforme de Seur.
—¿Sí? —pregunto entreabriendo la puerta, sin quitar la cadenilla de seguridad.
—¿Aurora Flores?
—La misma.
—Traigo este paquete para usted. —Señala la caja de cartón que está en el suelo. Es enorme, metro y poco de altura y unos noventa centímetros de largo.
Saco la cadena y abro la puerta para que el chico deje el bulto en el recibidor.
—¿Quién lo envía? —Firmo el recibo en una PDA—. No esperaba nada…
—Viene de Madrid —contesta él comprobando los datos—. No hay nombre del remitente, lo siento.
Muerta de curiosidad, la abro. Dentro hay una maleta de ruedas, marca Samsonite, último modelo, de color azul cielo. Con rapidez la llevo a mi habitación para
ponerla sobre la cama. En su interior encuentro una colección nada desdeñable de ropa de marca de mi talla, todavía con la etiqueta, junto con cuatro pares de bambas
nuevas a estrenar, unas botas altas de cuero, una parka de las que ahora llevan los pijos, varios cosméticos de lujo, un perfume Chanel número cinco y complementos a
juego.
También encuentro una caja Apple, con un iPhone 6S nuevecito de color blanco en su interior.
Busco una tarjeta, una carta, algo que explique la procedencia del paquete. Lo único que encuentro es un sobre con una hoja doblada donde se lee:
«Espero que te guste. Es un regalo para tu nuevo destino. D».
Tiemblo. El papel se convierte en una hoja zarandeada por mis manos angustiadas. Esa D, esa letra… No cabe duda de que es de mi padre, Darío Flores.
2
La moto está completamente montada, con las piezas en su sitio y a punto para descansar en el garaje durante una larga temporada. Bruno está frente a ella,
sentado en un taburete bajo de madera, con la vista puesta en la Yamaha y la sensación de que ya la echa de menos. Acaricia su marca personal en la pintura, una llama
rojiza atravesando el carenado, imprimiéndole fuerza a la máquina, sobre el azul metálico que él mismo le aplicó hace unos meses, cuando la pintó.
El garaje es grande, tiene una potente iluminación procedente de focos halógenos colocados estratégicamente en el techo que le acompañan cuando ejerce de
mecánico. Él tiene su espacio a un lado, alejado de los cuatro coches de la familia.
Suspira al contemplar por última vez la caja de herramientas abierta sobre la mesilla rectangular que se apoya en la pared, las piezas desperdigadas por los
estantes y su equipo de mecánico.
—Buenos días, Bruno —Rosa le saluda con su sonrisa habitual—. Tu madre ha dejado instrucciones para que os lleven al aeropuerto en una hora. Deberías
lavarte las manos y desayunar, tu hermana ya está en la cocina.
—Cinco minutos y estoy con vosotras —contesta—. Es difícil separarme de ella.
—¡Solo te vas diez meses! —Rosa le sonríe—. Y vendrás algunos fines de semana, ¿no? Te sentará bien el internado.
—¡Es una putada! Me jode la perspectiva de estar encerrado, sin posibilidad de conducir mi moto ni tener libertad…
—Estará bien dejar las carreras ilegales por un tiempo. ¡Venga! ¡No te hagas de rogar! Me apetece compartir este ratito con vosotros antes de que os marchéis.
—Baja el tono y añade—. Y siempre puedes buscarte una moto en Suiza, ¿no?
Cuando vuelve a quedarse a solas suspira con resignación. No le apetece lo más mínimo pasarse diez meses en un internado donde tienen una cantidad odiosa de
horas de terapia individual y en grupo. ¿Acaso sus padres se creen que así conseguirán que se comporte como ellos desean? ¡Lo único que le hace falta es que le
escuchen! Pero ellos prefieren seguir con la misma táctica de siempre.
—¡Mierda! —exclama cuando por fin se decide a tapar la Yamaha—. ¡Tú y yo nos entendemos bien! ¡Ojalá pudieras venir conmigo!
—¿Ahora hablas con la moto? —Emma está en el marco de la puerta, con una de sus habituales sonrisas iluminándola—. Vamos, ven a desayunar conmigo y
con Rosa, es nuestra última mañana juntos en casa, y quiero pasarla contigo. Rosa me ha dicho que estabas enganchado a la moto, como siempre …
Bruno se levanta y camina hacia su hermana, una chica tres años menor que él, con una sonrisa perfecta, un cuerpo bien cuidado y la simpatía propia de una
jovencita con las ideas bien asentadas en la cabeza.
—¿A qué viene esa sonrisa de felicidad? —le dice haciéndole cosquillas—. Parece que la idea

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