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Libro Salvando el para siempre Parte 1 – Lexy Timms

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PDF Descargar humor entre tu nombre y tu puesto, tus
excelentes antecedentes de éxito…– Él
señaló, y añadió con una voz
excesivamente amable. –Tu hermoso
rostro, además de que tu padre es en
realidad e l Dr. Thompson, no estoy
seguro de si deberíamos enviar el
comunicado de prensa a los periódicos
locales, o directamente al American
Journal of Medicine–. Él se puso de pie
y extendió la mano. –Nuevamente, estoy
bromeando, por supuesto. Todos
estamos muy emocionados de tenerte
con nosotros.
Charity se puso de pie y estrechó su
mano, asegurándose de añadir la firmeza
justa como para mostrar su fortaleza y
seguir manteniendo su femineidad.
–Estoy ansiosa por comenzar.
–Este hospital necesita de tu ayuda.
Nos encontramos en una situación grave.
Entre los recortes del gobierno y la falta
de fondos, nuestra sala de cuidados a
largo plazo y nuestro piso de cirugía
externa se encuentran desactualizados,
necesitamos actualizarlo o tendremos
que cerrar. Las personas están
comenzando a seguir de largo y
conducen los cuarenta y cinco minutos
adicionales hacia el Atlanta General–.
Él negó con la cabeza. –Ya sabes esto,
lo siento. Es que lo escucho todos los
días, muchas veces.
Charity se recostó y sacó su iPad del
maletín.
–Entonces necesitamos comenzar de
inmediato–. Ella volteó la pantalla hacia
el archivo en donde había anotado la
lista de elementos que necesitaría del
hospital. –Voy a necesitar los registros
financieros del hospital y un calendario
con los eventos que ya se llevaron a
cabo. Me gustaría planificar un almuerzo
de caridad dentro de las próximas seis
semanas para lanzar el proceso.
Recuerda, esto no es algo que se va a
solucionar en una noche. Es un proceso,
y el objetivo son dos años. Vamos a
lograrlo.
La vibración del celular del doctor
sobre su escritorio la hizo pausar.
Ambos miraron el teléfono y luego entre
sí.
–Continúa, por favor–. Él miró el
teléfono y luego a ella.
–Estás ocupado. Necesitas ocuparte
de las cuestiones del hospital. ¿Por qué
no hablo con tu asistente y reviso tu
calendario? Necesitamos elegir un día
dentro de cinco o seis semanas en el
cual puedas tomarte un almuerzo largo–.
Ella pensó acerca de su comentario
sobre un rostro bonito. –Necesitamos
usar tu atractivo para atraer algunas
encantadoras mujeres de la alta
sociedad que estén dispuestas a gastar
dinero en el hospital con el candente
doctor.
Él parpadeó, sorprendido.
–No estoy seguro de si debería
sentirme ofendido o satisfecho. ¿Doctor
candente?
Ella rio.
–A veces lo bonito funciona, y tienes
que usarlo–. Ella se puso de pie y
colocó la correa del maletín sobre su
hombro. –Lo siento doc., pero eres
soltero, atractivo, y divertido. Voy a
tener que usarte como una herramienta
de marketing para algunas caridades–.
Ella levantó la mano. –Prometo no
involucrarte en ninguna subasta de citas
ni en prostitución. Sólo necesito usar
tu…tu atmósfera para mostrar cuan
maravilloso es el personal y el hospital.
–Haré lo que sea necesario. Amo
este lugar y quiero que los demás lo
amen tanto como yo.
Se llevarían bien trabajando juntos.
–Necesitas ir a ser un buen médico y
yo necesito organizar mi oficina.
El doctor palmeó su frente.
–¡Casi lo olvido! Tu nueva oficina
se encuentra a la derecha del elevador.
La hice limpiar y se supone que tu
nombre va a estar en el vidrio para el
final del día. Le pediré a mi asistente
que te muestre a dónde está, y que te
alcance cualquier información que te sea
necesaria–. Él presionó el botón rojo
del intercomunicador sobre su
escritorio. –Amanda, ¿te importaría
ayudar a la Srta. Thompson?
Un segundo más tarde, la puerta de
la oficina se abrió para dejar entrar a
una pequeña mujer. Su cabello gris
peinado en un rodete sostenía un par de
gafas de lectura por encima de su
cabeza.
–Dr. Parker, el Dr. Mallone está
intentando comunicarse con usted. Lo
necesita urgente en emergencias–. Ella
se volvió, casi flotando como un hada. –
Vamos, Sra. Thompson–. Desapareció
por la puerta; sus pequeños zapatos
golpeaban por el pasillo.
Se sentía como volver a estar en
tercer grado. Charity alzó las cejas, pero
no iba a desobedecer a Amanda. Al dar
un paso hacia la puerta, una mano tocó
suavemente su codo.
–Ella es inofensiva– susurró
Malcolm; su aliento cálido haciendo
cosquillas en su oído, –pero nunca me
he enfrentado a ella–. Él sonrió al
dejarla ir. –Buena suerte.
Charity esbozó un sarcástico
Gracias y se apuró a salir por la puerta.
Podía sentir el aliento de Malcolm sobre
la piel mientras caminaba rápidamente
para alcanzar a Amanda.
–Hice que colocaran un escritorio
doble en tu oficina. También les pedí
que llevaran una biblioteca, pero no
sabía qué otra cosa necesitarías–Las
palabras de Amanda golpeaban al ritmo
de sus zapatos. Ella se detuvo frente a
una puerta de vidrio esmerilado y sacó
una llave de su bolsillo. –Este es el
tuyo–. Le entregó las llaves a Charity. –
Me alegra que hayas venido. Bienvenida
a Forever Hope. Hazme saber si
necesitas algo más–. Ella permaneció de
pie, esperando.
–Gracias–. Charity se dio cuenta de
que la mujer quería que ella abriera la
puerta, así que introdujo rápidamente la
llave en la cerradura y la giró. Empujó
la puerta para abrirla y sonrió al entrar.

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–¿Servirá? – preguntó Amanda.
La oficina tenía dos habitaciones,
una sala de espera y un arco que
mostraba un atisbo de un gran escritorio
doble de madera color claro. Las
paredes estaban completamente vacías
con la excepción de una capa de pintura
fresca color amarillo pálido. Iluminada
sin sentirse como un hospital. Le daba
una idea.
–¡Será perfecto!
–Me alegro. Si me necesitas, estoy
al final del pasillo–. Amanda
desapareció por la puerta.
Charity colocó su maletín contra la
pared junto a la puerta y presionó los
labios. Había organizado recaudaciones
millonarias, pero nunca antes había
tenido una oficina como esta. ¡Dos
habitaciones!
Corrió a través del arco blanco
recién pintado, inspeccionando la
segunda habitación. Era un poco más
pequeña que la primera, pero ambas
tenían grandes ventanales que miraban
sobre la ciudad. Día o noche, la vista
sería grandiosa. El escritorio doble
tenía una computadora nueva, todavía en
su caja, junto con un teléfono que ya
estaba conectado. La silla de cuero
parecía rogarle que la probara. Bueno,
no debería desilusionarla.
El cuero se sentía perfecto debajo
ella. Probó las ruedas e intentó
deslizarse de un lado del escritorio
hacia el otro. Sin problemas. Se quitó
los tacones y sintió el piso de madera
con los pies descalzos. Le daban ganas
de bailar. Concéntrate, Charity.
Empujó la silla lejos del escritorio y
se puso de pie para inspeccionar la
primera habitación. Esta sería una sala

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de conferencias perfecta. Si le daba una
atmósfera relajada y cálida,
posiblemente los donantes se sintiesen
cómodos al entrar. Sacó su BlackBerry
del bolsillo de su chaqueta roja, que
combinaba a la perfección con su
vestido negro.
Tal vez un pequeño sofá doble,
definitivamente una mesa redonda,
cuatro sillas confortables, dos otomanos,
una planta, un refrigerador, un armario
para copas, un botellero.
Miró a su alrededor. Había tres
paredes con las cuales trabajar, ya que
no quería poner nada salvo una pequeña
mesa cerca de la ventana. Si pintaba una
de las paredes con pintura de pizarra,
sería un anotador perfecto y funcionaría
como una pantalla de proyección para
las presentaciones.
Un zumbido en su mano llamó su
atención. Tenía una llamada. Guardó
rápidamente la lista de compras y
cambió la pantalla para ver el
identificador de llamadas. Casi deja
caer el teléfono al ver el número.
Capítulo 2
–¡Papá! – Su padre nunca llamaba a
menos que fuera una emergencia. –¿Está
todo bien?
–¿Hola? – La voz que respondió no
era la de su padre. Era ronca, con un
acento claro.
La tomó por sorpresa y, al mismo
tiempo, la hizo sentir un escalofrío a lo
largo de la columna.
–Lo siento, ¿hablo con Charity?
Ella colocó una mano sobre su
cabeza, intentando reconocer al
interlocutor. ¿Acento australiano? ¿O
neozelandés?
–¿Dónde está mi padre?
–No estoy seguro, en realidad–.
Balbuceó el extraño. –Me encontraba
con él en una reunión y dijo que
necesitaba llamarte. De repente, me
lanzó el teléfono y corrió para responder
a un código tres en el
intercomunicador–. Un leve sonido de
rastrillo hizo eco en el teléfono, como si
el extraño estuviese frotando su barbilla.
–Lo siento. Ni siquiera sé qué es lo que
quería decirte.
–Está bien. Él tiene el hábito de salir
corriendo para salvar el día. Por cierto,
¿con quién hablo?
–Soy Elijah.
–Hola Elijah, soy Charity–. Ella
sacudió la cabeza. ¿En serio estaba
coqueteando con un extraño por
teléfono? Con el teléfono de su padre,
por encima de todo. Realmente
necesitaba salir más.
–Es un placer conocerte– rio él. –
Bueno, por teléfono, de todos modos.
Ella sonrió.
–No para convertirte en el
mensajero, pero podrías decirle a mi
padre que ya llegué y si me puede llamar
en cuanto tenga un momento libre.
–¿Llegaste?
Ella sacudió la mano en el aire,
como ausente, y caminó alrededor de la
habitación analizando qué es lo que
debería hacer primero. Ferretería, tienda
de muebles.
–Acabo de comenzar un nuevo
contrato aquí en Atlanta.
–Un poco más cálido que Nueva
York en este momento.
–Definitivamente.
Se escucharon voces sordas a través
del teléfono.
–Lo siento nuevamente–, dijo Elijah,
–pero el Dr. Thompson me necesita.
–No hay problema. Que tengas una
excelente tarde.
–Tú también.
Charity colocó el teléfono en su
chaqueta y tomó su maletín. Se
preguntaba cómo se vería Elijah. Ese
acento sensual seguramente le pertenecía
a un hombre atractivo. Puso los ojos en
blanco. El hombre se encontraba a miles
de millas de distancia y ella tenía un
nuevo empleo con muchísimo trabajo
por hacer.
Hablando de trabajo. Necesitaba
una lista de los donantes pasados y
consultar los periódicos locales para
encontrar a la clase social alta. El
primer grupo serían las mujeres. Las
esposas de los médicos y las
celebridades locales. Ella tenía
conexiones con algunas bandas
populares que se prestarían para hacer
conciertos de caridad. Era simplemente
una cuestión de coincidir fechas y
planes.
Salió de la oficina y se dirigió hacia
el escritorio de Amanda.
Amanda se encontraba sentada
detrás de la computadora, llevaba las
gafas sobre la punta de su nariz. Al ver a
Charity, le sonrió.
–¿Qué necesitas, cariño?
Charity se desplomó en la silla
frente al escritorio de Amanda.
–Necesito listas. Las personas que
realizaron donaciones anteriormente al
hospital, cualquier persona de renombre
o adinerada que haya sido atendida aquí.
Incluso aquellos que desean discreción.
Me pondré en contacto con ellos de
manera discreta, pero necesito nombres–
Ella analizó mentalmente la lista de
aquellas cosas a las cuales no tendría
acceso. –¿La junta realizó los planos o
contrató a algún arquitecto para el
diseño de la nueva sala que Malcolm
quiere añadir?
Amanda negó con la cabeza.
–No creo que lo hayan hecho–. Su
mano se deslizó sobre el mouse y
cliqueó un par de veces. Las páginas
comenzaron a salir de la enorme
computadora detrás de ella. –El Dr.
Parker comenzó a recolectar datos
apenas estuvo seguro de que aceptarías
la propuesta.
La impresora continuó emitiendo
página tras página. Esa era una buena
señal. Más significaba miles de
opciones y posibilidades.
–¿Malc…el Dr. Parker o alguno de
los otros médicos trabajaron con atletas,
también? ¿Alguien de los Braves, los
Hawks o los Falcons?
–Estoy segura de que hay unos
cuantos.
–¿Todos los médicos tienen un
puesto en la junta?
Amanda sacudió la cabeza.
–No lo creo.
Su padre era riguroso con cada
persona que tuviera derecho a la
palabra. Organizaba reuniones exigentes
con relación a todos los médicos al
menos dos veces al año para discutir
cuestiones hospitalarias. Su hospital
sería todo un éxito y nunca necesitarían
de alguien como ella. La hacía sentirse
muy orgullosa de él.
–Bueno, necesitamos organizar una
reunión con todos–. Ella ignoró la
mirada irritada en el rostro de Amanda.
Charity tenía dos años para convertir
este lugar en un éxito y necesitaba de
todas las personas que estuvieran
dispuestas a trabajar con ella. Sabía qué
era lo que debía hacerse y, nunca era
fácil al principio, pero eso cambiaría. –
¿Qué tal si me envías la dirección de
correo electrónico de todos?
–No conseguirás reunir a todos al
mismo tiempo. El hospital tendría que
cerrar por el día.
Charity sonrió. Sabía que no debía
discutir.
–Tienes razón. Tendré que idear una
solución que funcione para todos–. Ella
se puso de pie y comprobó la hora. –
Tengo mandados que hacer para la
oficina, que deseo hacer mañana, y mis
cosas deberían ser entregadas en mi
departamento en algún momento después
de las cinco, hoy. Debo irme.
Amanda empujó la silla hacia atrás y
tomó la enorme pila de papel impreso.
–¿Quieres que abroche estas hojas
para ti?
–Eso sería grandioso. Comenzaré a
estudiarlas mañana.
–Buena suerte.
–Gracias, creo que voy a
necesitarla.

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–Y, ¿Charity? – Amanda colocó las
gafas por encima de su cabeza.
–¿Sí?
–Me alegra que estés aquí.
Amanda estaba llena de sorpresas.
Charity sonrió.
–A mí también.
Capítulo 3
Mientras intentaba sostener sus
comestibles y una botella de agua con
una mano, Charity deslizó la llave en la
puerta del apartamento con la otra. Se
había encontrado antes con la compañía
de mudanzas. No le había tomado
demasiado tiempo desempacar y lo
único que restaba eran cinco maletas
con ropa en su habitación. Luego, había
salido a comprar algo para la cena y
para el desayuno de la mañana siguiente.
Cerró la puerta de un golpe y miró a
su alrededor. Era un estudio con una
sala de estar doble, que se abría hacia
una cocina moderna. Los pisos eran de
un color gris suave y las dos
habitaciones estaban pintadas de blanco.
Muy iluminado y muy vacío.
Eso había sido hecho a propósito.
Un antiguo sofá de cuero de psicólogo
yacía contra la pared más lejana; otra
pared estaba cubierta de espejos y un
sistema de estéreo de alta tecnología
ocupaba la mayor parte del espacio de
la última pared. La única pared restante
tenía ventanas y una puerta que daba
lugar a un pequeño balcón.
Charity se quitó los zapatos y
caminó descalza hacia la cocina. Colocó
la botella de agua sobre la barra de
desayuno y guardó rápidamente los

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comestibles. Antes de colocar el agua
debajo de la mesa, tomó el control
remoto junto a su maleta y encendió el
estéreo. Los grandes parlantes cobraron
vida y Charity se estiró para alcanzar
una botella de la maleta. Mientras
caminaba hacia su habitación, sus dedos
golpeaban la botella de agua al ritmo de
la música. Para cuando llegó al cuarto,
estaba bailando.
Se puso unas calzas y una camiseta
deportiva, y luego volvió a la sala de
estar. Bailaba desde los seis años. Su
mama la había alentado a intentar todo
tipo de danza, y amaba todos los estilos.
De alguna manera, todos los estilos de
danzas habían sido incorporados en su
propia interpretación artística y era
fenomenal en ello, pero muy pocas
personas lo sabían. Era muy útil en las
galas y en las cenas, si alguien la sacaba
a bailar, y le permitía sorprender a los
invitados.
La danza era su rutina de ejercicios,
su forma de reducir el estrés, su
diversión y su momento de relax.
Una hora y una ducha más tarde,
comenzó a preparar la cena. Mientras
masticaba una zanahoria, la luz roja
intermitente de su teléfono le llamó la
atención. Hojeó su pantalla y vio varios
correos electrónicos de Amanda con
archivos adjuntos, un correo
confirmando que la pintura y los
muebles para su oficina llegarían a la
mañana siguiente y una llamada de su
padre hacía diez minutos.
Él no había dejado ningún mensaje,
así que presionó el botón de llamada y
lo puso en altavoz para poder seguir
cortando los vegetales.
–Dr. Thompson.
–Papá, soy yo–. Charity intentó no
poner los ojos en blanco. Él tenía
identificador de llamadas, así que ya
sabía que se trataba de ella.
–Charity. ¿Cómo puedo ayudarte?
Ella sacudió la cabeza.
–Me llamaste antes y volviste a
intentarlo hace algunos minutos. Yo
estaba en la ducha y acabo de ver la
llamada perdida. Asumo que querías
hablar conmigo–. Ningún “¿Cómo
estás?”, ni “¿Cómo está todo en
Atlanta?”
–Oh, sí. Lo hice. Iba a pedirle a mi
secretaria que te llamara, pero sabía que
dirías que no si ella te lo preguntaba.
Charity dejó el cuchillo. No quería
apuñalar al teléfono.
–Lindo, papá. Realmente aprecio
que comiences una conversación
telefónica de una manera tan negativa.
¿Por qué no me dices lo que necesitas y
yo te digo lo que pienso?
–Bien. El año que viene cumplo
sesenta y cinco–. Él hizo una pausa.
–Lo sé–. Un extraño pensamiento
cruzó por su mente. Ella nunca asumió
que lo haría, pero si… –¿Te vas a
retirar?
–¡Dios, no! Soy un médico mucho
más que competente, probablemente
mucho mejor que la mayoría de los
médicos que conozco.
No había ninguna mentira allí. Él era
uno de los mejores médicos del país,
incluso había un hospital que llevaba su
nombre.
–No pensé que lo harías, pero ¿por
qué me llamas seis meses antes de tu
cumpleaños?
–El hospital quiere hacer un gran
evento debido a
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