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Se busca Serie Bellón 3 – Julián Ibáñez

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Descargar libro PDF Nunca jugaba con gitanos. Se lo había oído decir un par de veces. Pero ahora estaba jugando con gitanos. Con dos gitanos y dos payos en una partida de giley.
Ninguno de los payos iba a dar la cara por él. Pero las partidas escaseaban y no podía elegir. Claro que no eran gitanos de chabola, eran otra clase de gitanos, eran
gitanos metidos en negocios. Aquello no me gustaba. Sabía que Mangas estaba vaciando carteras, incluidas las de los señores gitanos.
Cuando yo había llegado se acababan de sentar y Mangas no podía saber que me encontraba allí y tenía solucionado el problema de llegar entero a casa. Si ganaba, y
seguro que ganaría, a mí no me importaba esperar a ver qué decía. Le había llevado la cartera tres o cuatro veces, así que por ahí no habría problemas. Nunca nadie se
había metido con nosotros, porque le había acompañado hasta el coche y luego hasta Carabanchel que era por donde vivía. No lo habría olvidado. Siempre me había
metido un par de billetes en el bolsillo, que era lo habitual, aunque yo le había dicho que no era suficiente de alguien que acababa de vaciar cuatro o cinco carteras y él se
había limitado a mirar para otro lado y a meter de nuevo el fajo en el bolsillo.
Había otro par de gitanos pegados a la barra, ya se encontraban allí cuando yo había llegado. Estaba seguro de que esperaban a los otros dos de la partida, lo más
probable era que hubieran venido con ellos. Les conocía, aunque sólo de vista, de encontrármelos por ahí. Eran jóvenes, como de unos treinta o treinta y cinco, y
bastante fuertes, vestían traje, pero sin corbata y con la camisa blanca abotonada hasta el cuello. Bebían cerveza directamente del botellín. Sostenían la mirada a todo el
mundo sin motivo. No eran chabolistas, eran gitanos metidos en negocios y aquella noche el negocio era un tapete. Si había problemas vendrían por allí.
Me dediqué a sostenerlos la mirada por turnos, primero a uno y luego al otro, para que supieran que me encontraba allí, enviándoles el mensaje de que les tenía
controlados. Nos encontrábamos como a unos siete u ocho metros de distancia, la suficiente para que nuestras miradas no perdieran nada de su filo. Sólo eran miradas,
pero ellos conocían la razón de que llevara dos horas allí llevándome a los labios cada media hora el botellín que sostenía mi mano, sin dejar de mirarles.
El negocio de escolta no me gustaba. Casi siempre te tocaba resolver un problema grande por un billete pequeño. Un billete que me sabía a limosna. Ahora casi
prefería que a Mangas se le cambiara la suerte y devolviera a los gitanos parte de su dinero. Entonces me quedaría sin mi billete. Pero Mangas les vaciaría la cartera
porque era un profesional y casi siempre ganaba, y si perdía no perdía demasiado y a los gitanos no les gusta que te levantes del paño con un billete de cinco en el
bolsillo aunque se hayan apoderado de todos los de cincuenta.
Como a las tres y media se abrió la puerta del reservado. Demasiado pronto. Los dos gitanos salieron los primeros y a continuación lo hicieron los otros dos
primos de la partida, el color había desaparecido del rostro de los cuatro, como si un vampiro les hubiera chupado la sangre, un vampiro llamado Mangas porque la
expresión de éste, que salió el último, era relajada, una relajación forzada hasta que nos encontráramos a salvo dentro de su coche. Los dos gitanos se detuvieron antes de
llegar donde los otros dos, como esperando algo. Saqué una moneda y la dejé sobre la barra. Cuando Mangas pasó junto a los gitanos de la partida se limitaron a mirarle,
diciéndole sin palabras que la partida no había terminado.
Continuaba sin comprender cómo Mangas se había metido en una partida con gitanos, porque nunca tenían demasiado dinero y no era negocio, además se sentaban
al paño sólo para ganar, no para jugar, y casi siempre perdían porque se precipitaban, querían ganar demasiado y demasiado pronto.
Los dos gitanos de la barra se movieron para situarse junto a la puerta de la calle, uno cada lado, porque Mangas tenía que pasar por allí. Éste les echó una mirada
como distraída pero atenta. Sin detenerse y recurriendo al truco de la sonrisa, arrojó un par de billetes sobre la barra y continuó hacia la puerta, aparentemente tranquilo.
Me pegué a él, procurando que viera que lo hacía por trabajo, pero sin decirle nada, con mi aliento calentándole el cogote. Los dos gitanos sólo le miraban a él, con los
dedos de las dos manos entrelazados a la altura de la bragueta, que era la postura que adoptaban los gitanos que se dedicaban a los negocios para dar a entender que
habían cambiado la navaja por la paciencia. Yo no dejaba de mirarles porque quería que supieran que lo estaba haciendo. Me adelanté a Mangas, crucé entre los dos
gitanos y abrí la puerta con la mirada clavada en el más grande. Mangas pasó entre ellos y cruzó la puerta pagándome con un gracias innecesario, con una voz demasiado
firme porque no las tenía todas consigo ya que su expresión de indiferencia era postiza. Salimos a la calle.
—Otro día, payo.
Lo dijo el gitano grande. Una amenaza que no se refería al juego, se refería a que la partida había terminado pero que otras cosas no habían terminado. Iba a
volverme para que me explicara a qué se refería, pero entonces perdería a Mangas que se metería en el coche y se largaría.
Me limité a volver la cabeza. Pero la puerta del bar ya se había cerrado y los dos gitanos se habían quedado adentro. Además, si escoltaba a Mangas era para
evitarle problemas, no para creárselos. Pero no les había contestado y esto podía ser peor, porque podían tomarlo como una ofensa porque si un payo no te replica es
porque eres gitano y te ignora.
Nos metimos en el coche, un Opel, Mangas al volante y yo en el asiento del copiloto, y nos pusimos en marcha enfilando hacia Madrid. Mangas vivía por la zona
de Carabanchel y se sentaba al tapete en Móstoles, o en Fuenlabrada, yo suponía que lo hacía porque las partidas no abundaban, o porque estaba ya demasiado visto en
el padrón de Madrid.

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No hablamos. Era de suponer que estaría pensando en meterse en la cama y yo no tenía nada que decir. No sabía si estaba casado, en realidad no sabía nada de él.
Sólo que era uno de esos tipos de traje gris algo arrugado que andan por ahí. Nadie sabía nada de nadie. Podía tener unos cincuenta y se había cuidado; debían de dársele
bien las mujeres, aunque yo nunca le había visto con ninguna, por eso suponía que estaba casado y que sólo era un profesional del juego.
Hacia la salida de Loranca fijé mi atención en unos faros en el retrovisor exterior, estaban allí desde hacía algún tiempo, manteniendo la distancia, seguramente eran
unos faros cualquiera, había poco tráfico pero de vez en cuando nos cruzábamos con algún coche.
—Por ahí —le dije a Mangas con el índice estirado para que tomara el desvío, quería comprobar si aquellos faros lo hacían también. Pero ni siquiera le dio al
intermitente, siguió adelante sin molestarse en decirme nada como si el asiento del copiloto estuviera vacío. Me quedé mirándole, pero no lo advirtió o fingió no darse
cuenta. Al parecer mi especialidad era hablar sin que nadie me oyera.
Continuamos mudos hasta que el Opel se detuvo. Nos encontrábamos por la zona de Carabanchel. Mangas metió la mano en el bolsillo y, sin abrir la boca, me
pasó un par de billetes de veinte. No me gustó tener que estirar el brazo para cogerlos. De nuevo le miré pero él tenía la mirada puesta en el parabrisas. Abrí la puerta y
salí del coche. El Opel arrancó y se alejó calle adelante. El hijo de puta no quería que un tipo como yo supiera dónde vivía.
Todavía no circulaban ni el metro ni los autobuses por lo que tendría que regresar a pata por el arcén. Si cogía un taxi me costaría uno de los billetes, si encontraba
un taxi libre. Tendría que esperar a que abrieran el metro para ir a la estación de autobuses. Así que enfilé hacia Santa María de la Cabeza.
Algunas personas se apresuraban ya por las aceras, currantes que galopaban hacia su puesto de trabajo como si se lo fueran a quitar. Algunos coches circulaban a
buena marcha aprovechando que apenas había tráfico; la luz ámbar de los semáforos parpadeaba. Era demasiado pronto, la estación de autobuses estaría cerrada. Vi las
luces de un bar con tres o cuatro parroquianos en la barra. Empujé la puerta y entré.
Había luz en las ranuras de la persiana. Debían ser las diez. No me llegaba ningún sonido desde el interior del piso. Emilia no debía de estar en casa, no recordaba
qué turno tenía, quizás había salido a comprar algo, o a hacer cualquier cosa, como ir a la peluquería.
Me crucé con Bruna en el pasillo. Se suponía que tenía que estar trabajando, aunque a lo mejor era festivo, quizás era domingo y yo no me había enterado. Bajó la
vista pero, justo cuando nos rozábamos la levantó mirándome a los ojos, era una mirada retadora, no de quedona, como diciendo qué hay contigo, qué coño haces tú en
nuestro piso. Iba a preguntarle si no trabajaba y si sabía dónde estaba su hermana, pero no lo hice, estaba seguro de que aquella tía me despreciaba, o a lo mejor no, a lo
mejor estaba buscando que la pusiera la vacuna.
Me afeite, me puse el gabán y bajé a la calle.
El nombre de la empresa era Grupo de Compra Soria. El dueño se llamaba Ozaeta, sólo Ozaeta, y no era de Soria o de por los alrededores, era vasco al completo,
de Bilbao, o de Vitoria, o de cualquier otra parte, pero vasco. Sólo había hablado con él un par de veces, me había hecho algunas preguntas mientras revisaba el correo en
la bandeja de Goyita. Era uno de esos tipos amistosos, de los que después de darte la paga te palmean la espalda aconsejándote que lo gastes bien y que a los dos
minutos han olvidado tu nombre.
La oficina no era gran cosa, no correspondía con lo que yo pensaba que abarcaba el negocio, que debía ser bastante. Con sólo un par de mesas de despacho de las
corrientes y un par de secretarias también de las corrientes. Una puerta comunicaba con el despacho de Ozaeta donde yo nunca había entrado, porque nunca me habían
invitado a hacerlo, aunque adivinaba que no era mucho mejor, quizás la ventana era más grande y puede que hubiera un sillón. El jefe casi nunca se encontraba en su
despacho, me daba que sólo venía por la tarde, a última hora, y no todos los días, sin duda tenía otros negocios que atender.
La oficina se encontraba en un extremo sur de la nave, en la segunda planta, con entrada independiente; sobre una puerta en la planta baja que comunicaba con la
nave, un rótulo pintado a mano ponía “Almacén”, y luego había una escalera. Yo tampoco había entrado nunca en la nave, porque se suponía que nada tenía que hacer
allí, pero un par de veces me había cruzado en la calle con algún camión de cinco ejes, o con algún furgón de reparto, y también con tres o cuatro tipos de mono azul
oscuro, sin afeitar, con un palillo en la boca y sordomudos.
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