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Secretos imperfectos – Hjorth y Rosenfeldt

Secretos imperfectos – Hjorth y Rosenfeldt

Secretos imperfectos – Hjorth y Rosenfeldt

Descargar Secretos imperfectos En PDF sueño se repetía todas las noches.
No le daba tregua.
Siempre el mismo sueño, cargado con la misma angustia. Era desesperante; lo estaba volviendo loco. Aunque Sebastian Bergman sabía que podría resistirlo. Conocía
mejor que nadie el significado de los sueños y estaba mejor preparado que nadie para que los restos febriles del pasado no lo afectasen. Sin embargo, por muy preparado
que estuviera, por muy consciente que fuera del auténtico significado del sueño, no conseguía escapar de sus garras. Era como si el sueño hubiera encontrado el punto de
intersección exacto entre el significado que él conocía y su realidad.
4.43 horas.
Empezaba a amanecer. Sebastian tenía la boca seca. ¿Habría gritado? Por lo visto no, porque la mujer que estaba acostada a su lado no se había despertado. Su
respiración era pausada y el pelo largo le cubría a medias un pecho desnudo. Sebastian estiró los dedos agarrotados, sin dedicarles ni un solo pensamiento. Estaba
acostumbrado a despertarse con el puño derecho apretado. Trató de recordar el nombre de la persona que dormía a su lado.
¿Katarina? ¿Karin?
Seguramente se lo habría dicho en algún momento de la noche.
¿Kristina? ¿Karolin?
Tampoco tenía mucha importancia, porque no pensaba volver a verla, pero tratar de recordar lo ayudaba a ahuyentar los últimos restos etéreos del sueño que se le
habían quedado adheridos al pensamiento.
El sueño lo perseguía desde hacía más de cinco años. Todas las noches el mismo sueño, las mismas imágenes. Todo su subconsciente en acción, concentrado en lo
que su yo consciente no conseguía resolver durante el día.
Superar el sentimiento de culpa.
Se levantó lentamente de la cama, sofocó un bostezo y recogió la ropa que había dejado unas horas antes en una silla. Mientras se vestía, observó sin interés la
habitación donde había pasado la noche. Una cama; dos armarios blancos empotrados, uno de ellos con un espejo en la puerta; una sencilla mesa de noche blanca de
Ikea, con un despertador y una revista de fitness encima; y, justo al lado de la silla donde había estado su ropa, una mesita con la foto y los garabatos de un hijo de
padres separados. Varias reproducciones de cuadros anodinos colgaban de las paredes, pintadas de un color que un agente inmobiliario avispado habría descrito como
latte macchiato, aunque en realidad era un beige sucio. La habitación se parecía al sexo que había practicado aquella noche: carecía de fantasía y pecaba de aburrimiento,
pero cumplía con su función. Siempre lo hacía. Aunque, por desgracia, la satisfacción nunca duraba mucho.
Sebastian cerró los ojos. Ese momento siempre era el más doloroso. La vuelta a la realidad. El delicado cambio de sentido. Lo conocía muy bien. Se concentró en la
mujer acostada en la cama, sobre todo en el pezón que quedaba al descubierto. Seguía sin recordar cómo se llamaba…
Sabía que él se había presentado en el momento en que había vuelto con las copas, como siempre. Nunca decía su nombre cuando le preguntaba a la chica si la otra
silla estaba libre, ni qué quería beber, ni si le permitía invitarla. Se lo decía cuando le ponía la copa delante.
—Por cierto, me llamo Sebastian.
¿Y ella qué le había respondido? Algo con «K», de eso estaba bastante seguro. Se abrochó el cinturón, y la hebilla produjo un leve chasquido metálico.
—¿Te vas?
La voz de la mujer sonaba adormilada. Buscó un reloj con los ojos.
—Sí.
—Pensaba que ibas a quedarte a desayunar. ¿Qué hora es?
—Casi las cinco.
La mujer levantó un poco el torso, apoyada en un codo. ¿Qué edad tendría? ¿Cuarenta? Se quitó un mechón de la cara. Se estaba despabilando y empezaba a asimilar
la idea de que la mañana no sería como esperaba. El hombre se había levantado sigilosamente y se había vestido en silencio, para marcharse sin despertarla. No
desayunarían juntos, ni leerían el periódico hablando de trivialidades, ni aprovecharían el domingo para dar un paseo. Él no tenía ninguna intención de conocerla mejor,
ni la llamaría para quedar de nuevo, por mucho que dijera lo contrario.
Ella lo sabía. Por eso no dijo nada.
Tan sólo adiós.
Sebastian ni siquiera intentó acertar con su nombre. Ya no estaba seguro de que empezara con «K».
El silencio del amanecer impregnaba la calle. El tranquilo suburbio dormía y las luces parecían atenuadas, como para no despertar a nadie. Incluso el tráfico de
Nynäsvägen, a lo lejos, parecía discurrir con respetuosa sordina. Sebastian se detuvo en el cruce, junto al letrero de la calle: «VARPAVÄGEN». Estaba en algún lugar de
Gubbängen, a un buen trecho de su casa. ¿Estaría abierto el metro a esas horas? La noche anterior habían llegado en taxi. Habían entrado en un 7-Eleven a comprar pan
para el desayuno, porque ella había recordado que no le quedaba en casa y suponía que él querría quedarse a desayunar. Habían comprado pan y zumo, él y… esa
mujer… ¡Mierda! ¿Cómo demonios se llamaba? Sebastian echó a andar por la solitaria calle.
La había herido, fuera cual fuese su nombre.
Catorce horas después, partiría rumbo a Västerås a terminar su trabajo. Pero eso era diferente. A esa otra mujer ya no podía afectarla nada de lo que hiciera.
Empezó a llover.
Un asco de mañana.
En Gubbängen.
Todo estaba a punto de irse al infierno. El agente Thomas Haraldsson tenía los zapatos encharcados, su radio estaba muerta y había perdido de vista a sus compañeros.
El sol le daba justo en los ojos y tenía que entrecerrarlos para no tropezar con la maleza o con las raíces que crecían desordenadamente sobre el terreno cenagoso. Soltó
una maldición entre dientes y echó un vistazo al reloj. Faltaban dos horas para la pausa del almuerzo en el hospital. Jenny saldría, cogería el coche y se iría a casa, segura
de que él estaría allí. Pero no lo encontraría, porque seguiría metido en ese maldito bosque.
Se le hundió un poco más el pie izquierdo y sintió que el calcetín se empapaba del agua fría de dentro del zapato. En el aire flotaba la tibieza joven y fugaz de la
primavera, pero en el agua el frío del invierno aún mordía. Haraldsson se estremeció, sacó el pie del barro y buscó terreno firme donde pisar.
Miró a su alrededor. ¿Estaría el este en aquella dirección? ¿No andaban por allí los reclutas del servicio militar? ¿O serían los scouts? También era posible que
estuviera andando en círculos y hubiera perdido por completo el sentido de la orientación. Vio un pequeño montículo a escasa distancia y se dijo que cualquier altura
equivalía a terreno seco, un pequeño paraíso en medio de ese infierno de fango. Echó a andar hacia allá, pero volvió a hundir un pie en el barro, esta vez el derecho.
¡Fantástico!
La culpa de todo era de Hanser.

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Haraldsson no habría tenido ninguna necesidad de meterse en el barro hasta las pantorrillas de no haber sido porque Hanser quería aparentar energía y firmeza. Y sin
duda lo necesitaba, puesto que en realidad la muy perra ni siquiera era policía. Era una de esas personas que han estudiado Derecho y tienen la suerte de subir en el
escalafón y llegar a ser jefes sin mancharse de mierda las manos, ni mojarse los pies como él.
No; si Haraldsson hubiera podido decidir, habría tratado todo el asunto de una manera del todo distinta. Sí, de acuerdo, el chico no estaba en casa desde el viernes y,
según el reglamento, era correcto ampliar el área de búsqueda, sobre todo teniendo en cuenta que un informante había visto «actividad nocturna» y «luz en el bosque» en
la zona de Listakärr durante el fin de semana. Pero Haraldsson sabía por experiencia que toda la operación era un trabajo inútil. El chico seguramente estaría en
Estocolmo, partiéndose de risa de la preocupación de su madre. Tenía dieciséis años. Los chicos de su edad hacen esas cosas. Se ríen de sus madres.
Hanser.
Cuanto más se mojaba Haraldsson, más la odiaba. Era lo peor que había podido pasarle. Joven, atractiva, con éxito e interesada en la política. Una digna
representante de la nueva policía moderna.
Se le había atravesado en el camino. Desde que había convocado su primera reunión en la comisaría de Västerås, Haraldsson había comprendido que su carrera
entraba en punto muerto. Él quería el cargo, pero se lo habían dado a ella. Sería la jefa durante al menos cinco años. Cinco años de espera para él. Su imparable ascenso
quedaba truncado. Poco a poco, su carrera había empezado a estancarse, en lugar de subir, y tenía la sensación de que en cualquier momento empezaría a bajar. Era casi
simbólico encontrarse metido hasta las rodillas en el fango maloliente, en un bosque perdido a treinta o cuarenta kilómetros de Västerås.
HOY, ALMUERZO CON MIMOS, rezaba en letras mayúsculas el mensaje de texto que recibió esa mañana. Significaba que Jenny volvería a casa durante la pausa
del almuerzo y querría acostarse con él. Y por la noche volverían a hacerlo un par de veces más. Así era su vida desde hacía un tiempo. Jenny seguía un tratamiento de
fertilidad y, con ayuda del médico, había preparado una estrategia para optimizar las probabilidades de fecundación. Estaban en uno de los días más favorables, de ahí el
mensaje de texto. Haraldsson tenía sentimientos contradictorios al respecto. Por un lado, reconocía que su actividad sexual había aumentado más de un ciento por ciento
en los últimos tiempos y que Jenny siempre estaba receptiva. Pero, por otro, no podía eludir la sensación de que en realidad su mujer no lo deseaba a él, sino a su
esperma. De no ser porque estaba ansiosa por quedarse embarazada, jamás se le habría ocurrido volver a casa a la hora del almuerzo para echar un polvo rápido.
Haraldsson se sentía un poco como si viviera en una granja de sementales. En cuanto un óvulo iniciaba su marcha hacia el útero, tenían que comportarse como conejos.
También lo hacían entre ovulación y ovulación —había que reconocerlo—, pero sólo para asegurarse, y no por el placer, como antes, ni por sentir que estaban juntos y
se querían. ¿Qué había sido de la pasión? ¿Qué pasaba con el deseo? Y ahora ella llegaría a casa a la hora del almuerzo y se la encontraría vacía. La próxima vez le
preguntaría si quería que se hiciera una paja antes de salir, para dejarle el semen en un frasco en la nevera. Lo peor era que no estaba seguro de que a Jenny le pareciera
una mala idea.
Todo había empezado el sábado.
La centralita de emergencias le había pasado la llamada a la policía de Västerås hacia las tres de la tarde. Una madre quería denunciar la desaparición de su hijo de
dieciséis años. Tratándose de un menor, al caso le habían asignado prioridad máxima, tal como indicaba el reglamento.
Lo malo era que el caso prioritario se había quedado acumulando polvo sobre una mesa hasta el domingo, cuando una patrulla recibió la orden de investigar. Para
empezar, hacia las cuatro de la tarde dos agentes uniformados visitaron a la madre del chico desaparecido. Le tomaron declaración una vez más y, antes de irse a casa,
por la noche, registraron la denuncia. Nadie tomó ninguna medida más, aparte de asentar escrupulosamente dos denuncias idénticas de la misma desaparición, ambas
marcadas con el sello de máxima prioridad.
El lunes por la mañana a primera hora, cuando Roger Eriksson llevaba cincuenta y ocho horas desaparecido, el oficial al mando observó que nadie se había ocupado
del caso. Por desgracia, la reunión sindical acerca de los nuevos uniformes que había propuesto la dirección de la Policía Nacional se prolongó más de lo previsto, de
modo que el postergado caso llegó a manos de Haraldsson el lunes después de comer. Cuando vio la fecha de entrada, agradeció a su suerte que la patrulla hubiera
visitado a Lena Eriksson el domingo por la tarde. Desde entonces nadie había hecho nada, excepto redactar un informe, pero no era necesario que la madre del chico lo
supiera. No, la maquinaria policial se había puesto en marcha con toda seriedad el domingo, pero aún no había obtenido ningún resultado. Era la versión que Haraldsson
pensaba defender.
Consciente de que necesitaría más información antes de ir a hablar con Lena Eriksson, llamó por teléfono a la novia del chico, Lisa Hansson, pero le dijeron que aún
no había vuelto del colegio.
Buscó en el archivo los nombres de Lena Eriksson y de su hijo Roger, y encontró un par de denuncias contra el chico por pequeños hurtos en comercios. La última
era de un año antes, por lo que parecía difícil relacionarla con la desaparición. Sobre la madre no había nada.
Haraldsson llamó al ayuntamiento y averiguó que Roger estaba matriculado en el Instituto de Bachillerato Palmlövska.
«Mala cosa», pensó Haraldsson.
El Palmlövska era un colegio concertado, con algunos alumnos en régimen de internado. Figuraba entre los mejores del país en cuanto a resultados académicos. Sus
alumnos eran chicos talentosos y motivados para el estudio, con padres ricos y muy bien relacionados. Probablemente buscarían un culpable de que la investigación no
se hubiera puesto en marcha de inmediato, y entonces daría muy mala impresión que la policía no hubiera llegado a ninguna conclusión en tres días. Haraldsson decidió
desentenderse de todo lo demás. Su carrera estaba estancada por completo y habría sido una estupidez correr más riesgos.
Así que trabajó con intensidad en ese caso durante toda la tarde. Visitó el Palmlövska. El director, Ragnar Groth, y la tutora de Roger Eriksson, Beatrice Strand,
expresaron su profunda preocupación y su desconcierto al enterarse de la desaparición de un estudiante, pero no le ofrecieron ninguna ayuda. Hasta donde ellos sabían,
no había ocurrido nada extraño. Roger se había comportado como de costumbre y había acudido al colegio con normalidad. El viernes por la tarde había tenido un
examen importante de lengua y sus compañeros lo habían visto salir contento de la prueba.
Después, Haraldsson consiguió hablar con Lisa Hansson, la última persona que vio a Roger el viernes por la noche. Estaba en su mismo curso, pero en una clase
diferente. Haraldsson pidió que se la señalaran en la cafetería del colegio. Era guapa, con una belleza bastante corriente. Tenía el pelo rubio y liso, y se apartaba el
flequillo de la cara con una simple horquilla. Ojos azules, sin maquillaje. Blusa blanca cerrada casi hasta el último botón, con un chaleco encima. En cuanto se sentó
frente a ella, Haraldsson pensó en las mujeres de las Iglesias evangélicas, y en la niña de «La piedra blanca», una serie de televisión que veía cuando era pequeño. Le
preguntó si le apetecía algo de la cafetería y ella negó con la cabeza.
—Háblame del viernes, cuando Roger estuvo en tu casa.
Lisa lo miró y se encogió de hombros.
—Llegó sobre las cinco y media. Estuvimos viendo la tele en mi habitación y después se fue a su casa, en torno a las diez. O al menos fue lo que dijo.
Haraldsson asintió. Cuatro horas y media en su habitación. Dos chicos de dieciséis años. Viendo la tele. Y pretendía que se lo creyera. ¿O tal vez estaría él
influenciado por las circunstancias? ¿Cuánto tiempo hacía que no pasaba la noche viendo la tele con Jenny, sin echar un polvo rápido durante los anuncios? Meses.
—¿Ocurrió algo más? ¿Discutisteis? ¿Tuvisteis algún desacuerdo o algo parecido?
Lisa dijo que no con la cabeza y se puso a mordisquearse la uña casi inexistente del pulgar. Haraldsson observó que tenía la cutícula infectada.
—¿Ya había desaparecido alguna vez?
Lisa volvió a negar con la cabeza.
—No, que yo sepa, pero no hace mucho que estamos juntos. ¿No ha hablado con su madre?
Por un momento Haraldsson pensó que lo estaba acusando, pero enseguida se dio cuenta de que no era así, claro que no. Toda la culpa era de Hanser, que lo hacía
dudar de sí mismo.
—La interrogaron otros agentes, pero tenemos que hablar con todos, para hacernos una idea de conjunto.
Haraldsson se aclaró la garganta y preguntó por la relación de Roger con su madre. ¿Algún problema entre ellos?
Lisa volvió a encogerse de hombros. Haraldsson pensó que la chiquilla tenía un registro bastante limitado: no sabía más que negar con la cabeza y encogerse de
hombros.
—¿Discutían?
—Sí, a veces. A ella no le gustaba el colegio.
—¿Este colegio?
Lisa asintió.
—Lo encontraba esnob.
«En eso tiene toda la razón», pensó Haraldsson.
—¿El padre de Roger vive aquí en la ciudad?
—No sé dónde vive. Tampoco sé si lo sabe Roger. Nunca habla de su padre.
Haraldsson tomó nota. Un dato interesante. Quizá el hijo se había marchado en busca de sus raíces, al encuentro de un padre ausente. Tal vez se lo había ocultado a
su madre. Cosas más raras se han visto.
—¿Qué cree que le puede haber pasado?
La pregunta interrumpió los pensamientos de Haraldsson. Miró a Lisa y notó por primera vez que la chica estaba a punto de llorar.
—No sé. Probablemente aparecerá. Es posible que esté pasando una temporada en Estocolmo o algo parecido. Un poco de aventura, ya sabes.
—¿Por qué iba a hacer algo así?
Haraldsson reparó en su sincera expresión de perplejidad, con la uña carcomida y sin pintar, entre los labios sin maquillaje. No, la señorita Iglesia evangélica no
entendía la razón, pero Haraldsson estaba cada vez más seguro de que la desaparición era en realidad una fuga.
—A veces se nos ocurren ideas raras que en el momento nos parecen buenas. Seguramente aparecerá, ya lo verás.
Haraldsson sonrió con la intención de parecer convincente e infundir confianza, pero se dio cuenta, por la expresión de Lisa, de que no lo había conseguido.
—Te lo prometo —añadió.
Antes de irse, le pidió que le hiciera una lista con los nombres de los compañeros de Roger y de sus mejores amigos. Después de pensar un buen rato, la chica se
puso a escribir y le entregó el papel. Había solamente dos nombres: Johan Strand y Erik Heverin.
«Un chico solitario —pensó Haraldsson—. Los chicos solitarios se escapan de casa.»
Cuando el agente se metió en su coche ese lunes por la tarde, estaba muy satisfecho con su jornada de trabajo, aunque la conversación con Johan Strand no le había
aportado nada nuevo. La última vez que Johan había visto a Roger había sido el viernes, al salir del colegio. Lo único que sabía era que su amigo pensaba ir a casa de Lisa
y no tenía la menor idea de adónde había podido ir después. Erik Heverin, por su parte, estaba disfrutando de unas larguísimas vacaciones. Seis meses en Florida. Ya
llevaba siete semanas fuera. Su madre había conseguido trabajo en una empresa de consultoría en Estados Unidos, y toda la familia se había ido con ella.
«¡Qué bien viven algunos!», pensó Haraldsson intentando recordar a qué lugares exóticos lo había llevado su trabajo. Lo único que le vino a la memoria, así de
pronto, fue un seminario en Riga, donde había pasado la mayor parte del tiempo encerrado en la habitación, con gastroenteritis. Lo más irritante había sido oír cómo se
divertían sus colegas mientras él se pasaba el día entero con la vista fija en un cubo de plástico azul.
De todos modos, Haraldsson estaba muy satisfecho. Había seguido varias pistas y, lo más importante, había descubierto un posible conflicto entre madre e hijo que
apuntaba a que el asunto pronto dejaría de ser un caso policial. ¿Acaso no había dicho la madre, en la denuncia, que su hijo se había «marchado de casa»? Sí, eso mismo
había dicho. Haraldsson recordaba que la expresión le había llamado la atención al escuchar la conversación grabada. La mujer no había dicho que su hijo se había «ido»,
ni que había «desaparecido», sino que se había «marchado de casa». ¿No significaba eso que se había largado en un arrebato de ira? Un portazo y una madre resignada.
Haraldsson estaba cada vez más seguro. El chico tenía que estar en Estocolmo, ampliando horizontes.
Pero, para asegurarse, decidió darse una vuelta por el barrio de Lisa y llamar a algunas puertas. El plan era dejarse ver un poco, para que unas cuantas personas
pudieran reconocerlo en un futuro, cuando empezaran a preguntar por el desarrollo de la investigación. Hasta era posible que alguien hubiera visto a Roger mientras éste
se dirigía al centro o a la estación de trenes. Después iría a hablar otra vez con la madre, para hacerle admitir que discutía con su hijo. «Un buen plan», reconoció para sí,
y puso en marcha el vehículo. Entonces sonó el teléfono. Echó un rápido vistazo a la pantalla y sintió un leve escalofrío. Era Hanser.
—¿Qué carajo querrá ahora? —murmuró Haraldsson mientras apagaba otra vez el motor.
¿Qué podía hacer? ¿Rechazar la llamada? No le desagradaba la idea, pero era posible que el chico hubiera aparecido y que Hanser se lo quisiera comunicar. Tal vez
sólo quería decirle que había estado en lo cierto desde el principio. Cogió la llamada.
La conversación duró apenas dieciocho segundos y consistió en cuatro palabras por parte de Hanser.
—¿Dónde estás? —fueron las dos primeras.
—En el coche —respondió Haraldsson con absoluta veracidad—. Acabo de hablar con los profesores y con la novia del chico, en el colegio.
Para su enorme disgusto, Haraldsson notó que su actitud era defensiva, y su tono, sumiso. La voz le salía más aguda que de costumbre. ¡Mierda! ¿Por qué? ¡Si había
hecho todo lo que tenía que hacer!
—Ven enseguida.
Haraldsson habría querido explicarle adónde pensaba ir y preguntarle qué asunto tan importante lo reclamaba, pero no tuvo tiempo de decir nada porque Hanser le
colgó. La muy perra. Volvió a poner en marcha el coche, dio media vuelta y puso rumbo a la comisaría.
Allí lo esperaba Hanser. Sus ojos fríos. Su melena rubia casi demasiado perfecta. Su ropa favorecedora y seguramente cara. Acababa de recibir una llamada de Lena
Eriksson, alterada, que quería saber qué estaba pasando, y ahora Hanser se veía obligada a repetir la misma pregunta. ¿Qué estaba pasando?
Haraldsson le hizo un rápido resumen de sus actividades de la tarde, en el que logró intercalar un total de cuatro veces que a él le habían asignado el caso ese mismo
día después del almuerzo. Si la jefa quería quejarse a alguien, tendría que buscar a los responsables de las guardias del fin de semana.
—Es lo que pienso hacer —dijo ella con calma—. Pero ¿por qué no me informaste si te pareció que el caso estaba descuidado? Este tipo de cosas son precisamente
las que necesito saber.
Haraldsson notó que la situación estaba tomando un giro desagradable. Recurrió a las excusas.
—Son cosas que pasan. No puedo ir corriendo a buscarte cada vez que la maquinaria se atasca un poco. Tienes cosas más importantes que hacer.
—¿Más importantes que asegurarme de que vamos a investigar cuanto antes la desaparición de un chico?
Hanser lo miraba con expresión severa, pero Haraldsson guardó silencio. Nada le estaba saliendo como había planeado. Ni remotamente.
Eso había sido el lunes. Ahora estaba en Listakärr, con los calcetines mojados. Hanser había sacado la artillería pesada, había llamado a todas las puertas y había
organizado batidas con grupos cada vez más numerosos, sin ningún resultado hasta ese momento. La víspera, Haraldsson se había encontrado en la comisaría con el jefe
provincial y le había dejado caer, en tono desenfadado, que la operación no iba a salirles precisamente barata. Había muchos hombres trabajando muchas horas al día
para localizar a un chiquillo que con toda probabilidad se estaría divirtiendo en la gran ciudad. Haraldsson no había logrado interpretar del todo la reacción de su
superior, pero, cuando Roger volviera de su pequeña excursión, entonces el jefe se acordaría de lo que le había dicho y se daría cuenta de que Hanser derrochaba el
dinero. La sola idea le arrancó a Haraldsson una sonrisa. El reglamento era una cosa, y la intuición policial, otra muy distinta. Esas cosas no se aprendían.
Haraldsson se detuvo a medio camino del montículo. Se le había vuelto a hundir un pie en el barro, esta vez bien adentro. Consiguió sacar el pie, pero el zapato se le
quedó atrapado en el fango. Apenas tuvo tiempo de ver cómo se cerraba con avidez el lodazal en torno a su zapato negro del número 43 mientras el calcetín absorbía un
poco más de agua fría.
Fue la gota que colmó el vaso.
Estaba harto.
No podía más.
Se arrodilló para meter la mano en el barro y extraer el zapato. Después pensaba irse a casa. Los demás podían seguir adelante con su jodida búsqueda. Él tenía una
mujer que fecundar.
Un taxi y trescientas ochenta coronas después, Sebastian se encontró frente al portal de su apartamento de Grev Maningatan, en la zona de Östermalm. Hacía tiempo
que quería desprenderse de ese piso. Era caro, lujoso y parecía hecho a medida para un escritor y conferenciante de éxito, con formación académica y una amplia red de
contactos. Todo lo que él ya no era. Pero la idea de tener que limpiar, empaquetar y ocuparse de tantos objetos acumulados a lo largo de los años lo abrumaba. Por eso
había preferido cerrar gran parte del piso y utilizar solamente la cocina, la habitación de invitados y el baño pequeño. El resto permanecía intacto, a la espera de…
De lo que fuera.
Sebastian echó una mirada a su cama, que como siempre estaba sin hacer, pero se decantó por la ducha. Una ducha larga y caliente. La intimidad que había vivido esa
noche ya era cosa del pasado. ¿Había hecho bien en marcharse tan deprisa? ¿Qué le habría dado esa mujer si se hubiera quedado unas horas más? Más sexo, sin duda. Y
el desayuno. Zumo y tostadas. Pero ¿qué más? La despedida definitiva era inevitable. No había otro final posible. Por eso, era mejor no prolongar las cosas. Aun así,
echaba de menos los momentos de proximidad que durante un breve paréntesis le habían levantado el ánimo. Volvía a sentirse pesado y vacío. ¿Cuántas horas había
dormido esa noche? ¿Dos? ¿Dos y media? Se miró al espejo. Los ojos le parecieron más vidriosos que de costumbre y pensó que pronto tendría que hacer algo con el
pelo. Tal vez raparse al cero. No, le recordaría demasiado a su aspecto de antes. Y antes no era ahora. Sin embargo, podía arreglarse la barba, cortarse el pelo e incluso
hacerse unas mechas. Le sonrió a su imagen. Mostró su sonrisa más cautivadora. «Es increíble que funcione», pensó. De repente, se sintió tremendamente cansado.
Había completado el giro en redondo. Otra vez el vacío. Miró el reloj. Quizá pudiera acostarse un rato, después de todo. Sabía que volvería a soñar lo mismo, pero

Secretos imperfectos – Hjorth y Rosenfeldt

estaba demasiado cansado para preocuparse. Conocía tanto al sueño, su compañero, que incluso lo echaba de menos las raras veces que conseguía dormir sin que lo
despertara.
Al principio no había sido así. Tras sufrir varios meses el mismo tormento, estaba tan cansado de despertarse sobresaltado, tan agotado por la permanente danza
entre la angustia y el ahogo, entre la esperanza y la desesperación, que empezó a beber para conciliar el sueño. Después de todo, la bebida es el remedio número uno de
los hombres blancos de mediana edad con formación universitaria y vida sentimental complicada. Durante un tiempo dejó de soñar, pero muy pronto su subconsciente
encontró un atajo para eludir la barrera del alcohol, y entonces tuvo que beber más, o empezar a beber pronto, ya desde la tarde, para conseguir el mismo efecto. Al
final, se dio cuenta de que había perdido la batalla y dejó la bebida de un día para otro.
Decidió resistir hasta que el dolor se le hiciera tolerable.
Avanzar a su ritmo.
Sanar.
No le sirvió de nada. Al cabo de un tiempo de despertarse continuamente a lo largo de la noche, empezó a medicarse, algo que se había prometido no hacer nunca.
Pero no siempre se pueden cumplir las promesas —Sebastian lo sabía por experiencia—, sobre todo cuando uno se enfrenta a las grandes preguntas. En esos casos, hay
que ser más flexible. Se puso en contacto con varios antiguos pacientes con pocos escrúpulos y desempolvó el bloc de recetas. El trato era sencillo. Mitad para ellos y
mitad para él.
Las autoridades intervinieron, por supuesto; querían saber por qué de pronto se había puesto a recetar tantos fármacos. Pero Sebastian consiguió justificarlo con
unas cuantas mentiras bien articuladas sobre la «reanudación de la actividad», la «fase intensiva inicial» y la «inestabilidad de los pacientes en la etapa introductoria».
Aun así, incrementó un poco el número de pacientes, para que no se notara tanto lo que estaba haciendo.
Al principio, se inclinó por el Propaván, el Prozac y el Di-Gesic, pero los efectos eran de una brevedad irritante, por lo que empezó a investigar el Dolcontín y
otros derivados de la morfina.
En realidad, las autoridades sanitarias eran el menor de sus problemas, como se vio más adelante. A ellas podía controlarlas. Bastante peores eran los efectos de su
experimentación. El sueño que tanto lo atormentaba desapareció, desde luego. Pero también desaparecieron su apetito, su capacidad para dar conferencias y su impulso
sexual, una experiencia tan nueva como aterradora para él.
Aun así, lo peor de todo era el aturdimiento crónico. Era como si ya no pudiera producir pensamientos completos. Se le interrumpían por la mitad. Con mucho
esfuerzo, conseguía participar en una conversación sencilla sobre temas cotidianos, pero un debate o un razonamiento más complicados quedaban del todo fuera de su
alcance. En cuanto a análisis o conclusiones, le resultaban completamente imposibles.
Para Sebastian, cuya misma existencia reposaba sobre la idea de su intelecto, cuya autoimagen se basaba en la ilusión de una mente penetrante como un cuchillo, la
experiencia fue terrible. Vivir una vida aletargada —inmune al dolor, sí, pero también a muchas cosas más, a la vida misma— y no volver a sentir su agudeza mental
supusieron para él una frontera insuperable. Entonces supo que estaba obligado a elegir: la angustia, pero con la mente completa, o una vida adormecida y obtusa, con
pensamientos a medio desarrollar. Comprendió que su situación sería tan aborrecible en un caso como en el otro, por lo que se decidió por la angustia y abandonó los
fármacos, también de manera abrupta.
Desde entonces no había vuelto a beber ni a drogarse.
Ni siquiera tomaba medicinas para el dolor de cabeza.
Pero seguía teniendo el mismo sueño.
Todas las noches.
Se preguntó por qué se había puesto a pensar en todo eso mientras se miraba en el espejo del baño. ¿Por qué en ese momento? El sueño había sido su compañero
durante muchos años. Lo había estudiado y analizado. Lo había discutido con su terapeuta. Lo había aceptado. Había aprendido a vivir con él.
Entonces, ¿por qué ahora?
«Es por Västerås —pensó mientras colgaba la toalla y salía desnudo del baño—. La culpa es de Västerås.»
Västerås y su madre. Pero ese día iba a poner fin a ese capítulo de su vida.
Definitivamente.
Iba a ser un buen día.
Hacía tiempo que Joakim no pasaba un día tan bueno en el bosque, en las afueras de Listakärr, y mejoró todavía más cuando lo eligieron para ser uno de los tres
chicos que recibirían instrucciones directas del policía, sobre qué tenían que hacer y hacia dónde tenían que caminar. La concentración de scouts, por lo general pequeña
y aburrida, se había convertido de repente en una auténtica aventura. Mirando de soslayo al oficial que tenía delante y en particular a su pistola, Joakim decidió que de
mayor quería ser policía. Con uniforme y pistola. Como los scouts, pero mucho mejor. Y ya podía ser mejor, porque, a decir verdad, la vida de los scouts no era
precisamente lo más interesante del mundo, en opinión de Joakim. Ya no. Acababa de cumplir catorce años y la actividad de tiempo libre que practicaba desde los seis
empezaba a perder atractivo para él. El encanto se había roto. La vida al aire libre, la supervivencia, los animales, la naturaleza… No era que todas esas cosas le
parecieran estúpidas, aunque los otros chicos de su clase lo creyeran. No; era sólo que lo tenía superado. Al principio había sido muy divertido, sí, pero había llegado el
momento de hacer otra cosa. Algo auténtico.
Quizá Tommy, su líder, se había dado cuenta.
Quizá por eso, cuando los policías y los militares llegaron a Listakärr, se había acercado a ellos y les había preguntado qué ocurría.
Tal vez por eso les había ofrecido sus servicios y los del grupo.
Fuera cual fuese la razón, el oficial, que se llamaba Haraldsson, se lo había pensado un poco y, tras un momento de duda, había llegado a la conclusión de que tener
nueve pares de ojos más en el bosque no haría ningún daño. Podía asignarles un pequeño sector para ellos solos. Le había pedido a Tommy que los dividiera en grupos
de tres, que nombrara un jefe para cada grupo y que le enviara a los responsables para indicarles lo que tenían que hacer. A Joakim le tocó la lotería. Lo asignaron al
grupo de Emma y Alice, las dos chicas más guapas, y lo eligieron jefe.
Ahora iba de regreso, para reunirse con las chicas, que lo estaban esperando. Haraldsson le había parecido enérgico y poco hablador, lo mismo que los policías de
todas las películas de Martin Beck. Joakim se sentía tremendamente importante. Ya le parecía estar viendo lo que iba a suceder durante el resto de ese día fantástico.
Encontraría al chico desaparecido, herido de gravedad. El chico lo miraría con un gesto suplicante, como sólo un moribundo puede hacerlo. Estaría tan débil que no
podría hablar, pero su mirada lo diría todo. Joakim lo levantaría del suelo, se lo cargaría a la espalda y lo llevaría con los demás, de la manera más espectacular y
dramática posible. Cuando lo vieran, le sonreirían, lo aplaudirían, lo felicitarían y todo sería jodidamente perfecto.
Una vez de regreso, Joakim se puso a organizar su grupo, con Emma a su izquierda y Alice a su derecha. Haraldsson le había dado órdenes estrictas de mantener
unida la cadena, y Joakim, con seriedad, miró a las chicas y les transmitió que era muy importante permanecer juntos. Era lo esencial en ese momento. Al cabo de un
rato, que a todos les pareció una eternidad, Haraldsson les hizo una señal y la batida por fin pudo empezar.
Joakim comprendió enseguida que no era fácil mantener unida la cadena, aunque sólo estuviera formada por tres grupos de tres personas cada uno, sobre todo
cuando empezaron a adentrarse en el bosque y el terreno cenagoso los obligó a apartarse con frecuencia del recorrido preestablecido. Uno de los grupos se fue
rezagando, pero el otro no quiso reducir la velocidad y no tardó en desaparecer detrás de las colinas. Era justo lo que les había advertido Haraldsson, y eso no hizo más
que aumentar la admiración de Joakim por el policía, que parecía saberlo todo. Con una sonrisa, Joakim les repitió a las chicas las últimas palabras de Haraldsson.
—Si encontráis algo, gritad: «¡Aquí está!».
Emma asintió irritada.
—Ya nos lo has dicho por lo menos mil veces.
Joakim no se dejó abatir por la respuesta. El sol lo deslumbró, pero siguió avanzando, concentrado en mantener la dirección y las distancias, aunque cada vez le
resultaba más difícil. Además, había perdido de vista al grupo de Lasse, que hacía apenas un momento estaba a su izquierda.
Al cabo de media hora, Emma quiso descansar. Joakim intentó hacerle entender que no era posible, porque entonces se retrasarían y perderían a los otros.
—¿Qué otros?
Alice lo miró con una sonrisa irónica y Joakim comprendió que llevaban un buen rato sin ver a nadie.
—Creo que los oigo por ahí detrás.
Guardaron silencio y aguzaron un poco más el oído. Ruidos muy lejanos. Algunos gritos.
—No; será mejor que sigamos avanzando —dijo Joakim, aunque en el fondo sabía que era probable que Alice tuviera razón. Habían caminado demasiado deprisa. O
en la dirección equivocada.
—Entonces, tendrás que seguir tú solo —replicó Emma, mirándolo enfadada.
Joakim sintió por un instante que estaba a punto de perder el control del grupo y temió que Emma se marchara. ¡Precisamente ella, que durante los últimos treinta
minutos lo había mirado varias veces con ojos tiernos! Joakim empezó a sudar y no sólo porque hiciera demasiado calor para llevar ropa interior térmica. ¿No se daba
cuenta Emma de que había hecho correr al grupo sólo para impresionarla? ¡Y ahora se comportaba como si él tuviera la culpa!
—¿Tienes hambre?
La pregunta de Alice interrumpió sus reflexiones. La niña acababa de sacar de la mochila unos rollitos de pan de molde rellenos.
—No —respondió él con cierta precipitación, antes de darse cuenta de que sí estaba hambriento.
Se adelantó un poco y subió a una colina, para fingir que tenía un plan. Emma aceptó encantada uno de los rollitos y ni siquiera prestó atención al intento de Joakim
de parecer importante. Entonces, él comprendió que debería cambiar de táctica. Hizo una inspiración profunda y dejó que el aire fresco del bosque le inundara los
pulmones. Se había nublado el cielo, el sol había desaparecido, y con él la promesa de un día perfecto. Joakim volvió con las chicas, decidido a parecer más flexible.
—Te acepto un rollito de ésos si todavía te queda alguno —dijo, con tanta amabilidad como pudo.
—Sí, claro —respondió Alice y rescató del fondo de la mochila un rollo de pan aplastado. Le sonrió y Joakim comprendió que el cambio de táctica había sido un
acierto.
—¿Dónde estamos? —preguntó Emma, sacando del bolsillo un pequeño plano del lugar.
Los tres se agruparon en torno al plano e intentaron determinar su ubicación. No era fácil, porque el terreno carecía de puntos de referencia. No había más que
colinas, bosque y ciénagas. Pero conocían el punto de partida y sabían más o menos en qué dirección se habían desplazado.
—Hemos andado casi todo el tiempo hacia el norte, así que debemos de estar por esta zona —sugirió Emma.
Joakim asintió impresionado. ¡Qué lista era Emma!
—¿Queréis seguir o esperamos a los demás? —preguntó Alice.
—Yo digo que sigamos —respondió Joakim de inmediato, pero enseguida añadió—: A menos que vosotras queráis esperar.
Miró a las chicas: Emma, de ojos azul celeste y expresión dulce, y Alice, de rasgos un poco más angulosos. Eran ultraguapas las dos, y de pronto se sorprendió
deseando que le propusieran esperar a los demás. Y que los demás tardaran mucho muchísimo tiempo.
—Quizá sea mejor seguir. Si es cierto que estamos aquí, entonces no nos falta mucho para llegar al punto de reunión —dijo Emma, señalando el mapa.
—Sí, aunque también es cierto lo que decíais antes. Los otros vienen detrás y tal vez convendría esperarlos —intentó Joakim.
—¡Ah, pero yo pensaba que querías ganarlos! ¡Corrías como si te vinieran persiguiendo! —comentó Alice y las dos chicas se echaron a reír.
Joakim analizó un instante sus propios sentimientos y se dio cuenta de que era muy agradable reírse con dos chicas guapas. Siguiendo la broma, le dio un empujón a
Alice.—
¡Tú tampoco te has quedado atrás!
Empezaron a perseguirse entre risas, pasando entre charcos y lagunas. Al principio corrían sin propósito, pero, desde que Emma resbaló en uno de los charcos,
empezaron a mojarse entre ellos. Agradecieron este cambio, después de lo aburrida que había sido la batida; era justo lo que Joakim necesitaba. Echó a correr detrás de
Emma y consiguió cogerla por un brazo durante un instante. Ella se soltó y trató de apretar el paso para alejarse de él, pero con el pie izquierdo topó con una raíz que
sobresalía del suelo y perdió el equilibrio. Por un segundo, pareció como si fuera a mantenerse en pie, pero el fango era resbaladizo alrededor de la laguna y acabó metida
en el agua hasta la cintura. Joakim soltó una carcajada, pero Emma gritó. Él se puso serio y fue hacia ella. Emma no paraba de gritar. Joakim se extrañó, porque tampoco
era para tanto. Solamente era un poco de agua. Entonces vio el cuerpo pálido que sobresalía de la superficie, justo delante de la chica. Era como si hubiera estado
sumergido, acechando a la espera de una víctima. La inocencia y los juegos infantiles quedaron olvidados y en su lugar no hubo más que vértigo y pánico. Emma vomitó,
Alice rompió a llorar. Joakim se quedó parado, congelado en el tiempo, mirando con fijeza la imagen que lo perseguiría el resto de su vida.
Haraldsson estaba tumbado en la cama, medio dormido. Jenny yacía a su lado, con las plantas de los pies apoyadas en el colchón y un cojín debajo del trasero.
Había querido que fuera breve.
—Mejor despacharlo rápido, para tener tiempo de hacerlo otra vez antes de que me vaya.
«Despacharlo rápido.» ¿Habría otra expresión tan capaz de apagarle el ardor a cualquiera? Haraldsson lo dudaba. Pero sí, lo habían despachado rápido, y ahora
Haraldsson estaba dormitando. A lo lejos sonaba algo de ABBA. La canción Ring, ring.
—Es tu teléfono.
Jenny le dio un codazo y Haraldsson se despertó, plenamente consciente de que en ese momento no debería estar en la cama con su mujer. Cogió los pantalones del
suelo y sacó el móvil de un bolsillo. Claro, no podía ser nadie más. Hanser. Hizo una inspiración profunda y contestó

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