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Seducida por el millonario – Susan Mallery

Seducida por el millonario - Susan Mallery

Seducida por el millonario – Susan Mallery 

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Empresario se carga a la competencia.
Duncan Patrick de nuevo machaca a la competencia. El conocido empresario termina el año con dos adquisiciones más: una pequeña empresa europea de transporte por carretera y una lucrativa línea de ferrocarril en Sudamérica. Con las Industrias Patrick dominando el mercado del transporte, uno se atrevería a pensar que puede permitirse el lujo de ser magnánimo, pero aparentemente no es el caso. Por segundo año consecutivo, Duncan Patrick ha sido nombrado el empresario más odiado del país. Como era de esperar, el esquivo multimillonario ha rechazado ser entrevistado para este artículo.
—¡Esto es inaudito! —Lawrence Patrick tiró el periódico sobre la mesa del consejo de administración, furioso.
Duncan se echó hacia atrás en la silla, intentando disimular un bostezo.
—¿Querías que diese una entrevista?
—No me refiero a eso y tú lo sabes.
—¿Entonces? —le preguntó Duncan, mirando a su tío y a los demás miembros del consejo—. ¿Estamos ganando demasiado dinero? ¿Los inversores no están contentos?
—La cuestión es que la prensa te odia —replicó Lawrence—. Has comprado un camping de caravanas y echaste a los residentes, la mayoría de ellos personas mayores o sin medios económicos.
—El camping estaba al lado de una de nuestras nuevas instalaciones, necesitaba esa parcela para ampliarlas. Y el consejo de administración lo aprobó.
—¡No aprobábamos a las ancianas que salían en televisión llorando porque no tenían ningún sitio al que ir!
Duncan levantó los ojos al cielo.
—Pero bueno… parte del trato era llevar a los residentes a otro camping mucho más grande y que está en una zona residencial. Tienen un servicio de autobuses en la puerta y hemos pagado el traslado… nadie se ha quejado ni ha pedido un céntimo. Han sido los medios de comunicación los que han creado esa historia.
Uno de los miembros del consejo lo fulminó con la mirada.
—¿Estás negando que dejaste en la ruina a la competencia?
—No, en absoluto. Si quiero comprar una empresa y el dueño se niega a vendérmela encuentro la manera de convencerlo —Duncan se irguió en su silla—. Una manera legal, señores. Todos ustedes han invertido en la empresa y todos han ganado dinero. Me importa un bledo lo que la prensa diga de mí o de Industrias Patrick.
—Ahí está el problema —intervino su tío—. A nosotros, sí nos importa. Industrias Patrick tiene una reputación espantosa, igual que tú.
—Las dos inmerecidas.
—En cualquier caso, ésta no es tu empresa, Duncan —le recordó otro de los miembros del consejo—. Nos llamaste cuando necesitabas dinero para comprar la parte de tu socio y el trato es que tienes que contar con nosotros para tomar decisiones.
A Duncan no le gustaba nada eso. Él era quien había convertido a Industrias Patrick en un gigante cuando sólo era una empresa familiar. No el consejo de administración, él.
—Si estás amenazándome…
—No te estamos amenazando —dijo otro miembro del consejo—. Duncan, nosotros entendemos que hay una diferencia entre «agresivo» y «perverso», pero el público no lo entiende. Te estamos pidiendo que controles tu comportamiento durante los próximos meses.
—Sal de esa lista como sea —dijo su tío, moviendo el periódico frente a su cara—. Prácticamente estamos en Navidad. Da dinero a los huérfanos, encuentra una causa benéfica… rescata a un cachorro, sal con una buena chica para variar. Nos da igual que cambies de verdad o no, la percepción lo es todo y tú lo sabes.
Duncan sacudió la cabeza.
—Así que no os importa que sea el mayor canalla del mundo mientras nadie lo sepa, ¿no?
—Eso es.
—Muy bien, de acuerdo —Duncan se levantó de la silla. Podía «hacerse el bueno» durante unos meses, mientras buscaba dinero para comprar las acciones de los miembros del consejo. Entonces no tendría que dar explicaciones a nadie y así era como a él le gustaban las cosas.
Capítulo Uno
Annie McCoy podía aceptar una rueda pinchada porque el coche era viejo y debería haber cambiado las ruedas la primavera anterior. También podía entender que Cody hubiese comido tierra en el patio y que vomitase después sobre su falda favorita.
No se quejaría de la carta que había recibido de la compañía eléctrica señalando, muy amablemente, eso sí, que tenía pendiente la última factura… otra vez. Pero todo eso le había ocurrido el mismo día. ¿El universo no podía darle un respiro?
En el viejo porche de su casa, Annie revisó el resto del correo. No había más facturas, a menos que esa carta de UCLA exigiese el inmediato pago de la matrícula de su prima Julie.
La buena noticia era que su prima había conseguido entrar en la prestigiosa universidad. La mala noticia, que ella tenía que pagar sus estudios.
Incluso viviendo en casa, el coste de una carrera era enorme y Annie hacía lo que podía para ayudar.
—Un problema para otro momento —se dijo a sí misma mientras abría la puerta y dejaba el correo en la caja hecha de macarrones y pintada con purpurina dorada que sus alumnos le habían regalado el año anterior.
Suspirando, entró en la cocina para mirar la pizarra donde anotaba los horarios…

Seducida por el millonario – Susan Mallery 

Era miércoles, de modo que Julie tenía clase por la noche. Jenny, la gemela de Julie, estaría trabajando en el restaurante de Westwood. Y Kami, la estudiante de intercambio de Guam, había ido de compras con unos amigos.
De modo que tenía la casa para ella sola… al menos durante un par de horas. Y era como estar en el cielo.
Sonriendo, sacó de la nevera una botella de vino blanco y, después de servirse una copa, se quitó los zapatos y salió descalza al jardín.
La hierba era tan fresca bajo sus pies… alrededor de la verja crecían plantas y flores. Estaban en Los Ángeles y allí todo crecía de maravilla mientras pudieras pagar la factura del agua. Además, le recordaban a su madre, que había sido una estupenda jardinera.
Pero apenas se había dejado caer en el viejo y oxidado balancín bajo la buganvilla cuando sonó el timbre. Por un momento pensó no abrir pero, suspirando, volvió a entrar en la casa, abrió la puerta y miró al hombre que estaba en el porche.
Era alto y atlético, su traje de chaqueta destacando unos hombros y un torso anchísimos. Parecía uno de esos gigantes que estaban en las puertas de las discotecas. Tenía el pelo oscuro y los ojos grises más fríos que había visto nunca. Y parecía enfadado.
—¿Quién es usted? —le espetó, a modo de saludo—. ¿La novia de Tim? ¿Está él aquí?
Annie lo miró, perpleja.
—Hola —le dijo—. Imagino que es así como quería empezar la conversación.
—¿Qué?
—Diciendo «hola».
La expresión del hombre se ensombreció aún más.
—No tengo tiempo para charlar. ¿Está aquí Tim McCoy?
El tono no era nada amistoso y la pregunta no la animó en absoluto. Dejando la copa de vino sobre la mesita, Annie se preparó para lo peor.
—Tim es mi hermano. ¿Quién es usted?
—Su jefe.
—Ah.
Aquello no podía ser bueno, pensó, dando un paso atrás e invitándolo a entrar con un gesto. Tim no le había contado mucho sobre su nuevo trabajo y ella había tenido miedo de preguntar.
Tim era… un irresponsable. No, eso no era verdad del todo. A veces era encantador y cariñoso, pero tenía una vena diabólica.
El hombre entró en la casa y miró alrededor. El salón era pequeño y un poco destartalado, pero acogedor, pensó Annie. Por lo menos, eso era lo que quería creer.
—Yo soy Annie McCoy —le dijo, ofreciéndole su mano—. La hermana de Tim.
—Duncan Patrick.
Annie tuvo que disimular una mueca cuando el desconocido estrechó su mano. Afortunadamente, no había querido apretar porque podría haberle roto los dedos.
—O convertirlos en pan rallado.
—¿Qué?
—Ah, nada, es un cuento. ¿No quería la bruja de Hansel y Gretel pulverizar sus huesos para hacer pan rallado? No, ésos eran los gigantes… no me acuerdo. Tendré que volver a verlo.
Duncan frunció el ceño.
—No se preocupe —sonrió Annie—. No es nada contagioso, es que se me ocurren cosas raras de vez en cuando. Pero no se lo voy a pegar —nerviosa, se aclaró la garganta—. En cuanto a mi hermano, no vive aquí.
—Pero ésta es su casa.
¿Era ella o el tal Duncan Patrick no era el más listo de la clase?
—No vive aquí —repitió, hablando más despacio. A lo mejor eran todos esos músculos. Demasiada sangre en los bíceps y no la suficiente en el cerebro.
—Lo he entendido, señorita McCoy. ¿No es Tim el propietario de la casa? Él me dijo que era suya.
A Annie no le gustó nada oír aquello.
—No, es mi casa —le dijo, apoyándose en el respaldo de una silla—. ¿Por qué lo pregunta?
—¿Sabe dónde está su hermano?
—No, no lo sé.
Tim se había metido en algún lío, seguro. Duncan Patrick no parecía la clase de hombre que aparecía en casa de alguien por capricho y eso significaba que Tim había vuelto a meter la pata.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Ha robado dinero de mi empresa.
La habitación pareció girar de repente. Annie sintió que su estómago daba un vuelco y se preguntó si iba a pasarle lo que le había pasado a Cody en el patio.
Tim había robado dinero…
Le gustaría preguntar cómo era posible, pero en realidad ya sabía la respuesta: Tim tenía un problema con el juego. Le gustaba demasiado y vivir a cinco horas de Las Vegas complicaba el problema aún más.
—¿Cuánto? —le preguntó.
—Doscientos cincuenta mil dólares.

Seducida por el millonario – Susan Mallery 

Annie se quedó sin aire. Podría haber dicho un millón o diez millones. Era demasiado dinero, una cantidad imposible de devolver.
—Veo por su expresión que no sabía de las actividades de su hermano —dijo Duncan Patrick.
Annie negó con la cabeza.
—Que yo sepa, a Tim le encantaba su trabajo.
—Demasiado —dijo él, burlón—. ¿Es la primera vez que roba dinero?
Ella vaciló durante un segundo.
—Pues… ha tenido algún problema antes.
—¿Por culpa del juego?
—¿Lo sabe?
—Me dijo algo cuando hablé con él hace un rato. Pero también me dijo que tenía una casa en propiedad y que el valor de la casa era mayor que la cantidad robada.
Annie abrió mucho los ojos.
—¿Pero qué está diciendo?
—Lo que ha oído, señorita McCoy. ¿Es ésta la casa a la que se refería?
Ahora de verdad iba a vomitar, pensó ella. ¿Tim le había ofrecido la casa? ¿Su casa? Era todo lo que tenía.
Cuando su madre murió les había dejado la casa y el dinero del seguro a los dos y ella había usado su parte para comprarle la mitad de la casa a Tim. Supuestamente, su hermano iba a usar el dinero para pagar el préstamo universitario y dar la entrada para un apartamento… claro que, en lugar de hacerlo, se había ido a Las Vegas.
Pero eso fue casi cinco años antes.
—Esta es mi casa —le dijo—. Es mía y está a mi nombre.
La expresión de Duncan no cambió en absoluto.
—¿Su hermano tiene alguna otra propiedad?
Annie negó con la cabeza.
—Gracias por su tiempo —dijo él entonces, dirigiéndose a la puerta.
—Espere un momento —lo llamó Annie. Tim podía ser un auténtico irresponsable, pero era su hermano—. ¿Qué va a pasar ahora?
—Que su hermano irá a la cárcel.
—Tim necesita ayuda psicológica, no ir a la cárcel. ¿La empresa no tiene un seguro médico? Podrían enviarlo a una clínica de rehabilitación o algo así.
—Podríamos haberlo hecho… antes de que se llevase el dinero. Lo siento, pero si no puede devolverlo tendré que llamar a la policía. Doscientos cincuenta mil dólares es mucho dinero, señorita McCoy.
—Annie —dijo ella, sin pensar. Doscientos cincuenta mil dólares era más dinero del que aquel hombre podía imaginar—. ¿Y no podría devolvérselo poco a poco?
—No —Duncan Patrick miró alrededor de nuevo—. Pero si está dispuesta a hipotecar la casa para ayudarlo, tal vez podría retirar los cargos.
Hipotecar la…
—¿Y marcharme de aquí? Esto es todo lo que tengo en el mundo. No puedo hacerlo.
—¿Ni siquiera por su hermano? No perdería la casa si pagase la hipoteca todos los meses. ¿O también usted tiene un problema con el juego?
El desprecio que había en su tono era realmente irritante, pensó Annie, mirando el traje de chaqueta italiano y el reloj de oro que seguramente costaría más de lo que ella ganaba en tres meses. Y estaba segura de que si se asomaba al porche, en la puerta vería un lujoso deportivo. Con buenas ruedas.
Era increíble. Estaba agotada, hambrienta y aquello era lo último que necesitaba.
Tomando la factura de la luz de la cajita, Annie movió el papel delante de su cara.
—¿Usted sabe lo que es esto?
—No.
—Es una factura, una que no he podido pagar a tiempo. ¿Y sabe por qué?
—Señorita McCoy…
—Responda a mi pregunta. ¿Sabe usted por qué no he podido pagarla a tiempo?
Él parecía más divertido que asustado y eso la enfadó aún más.
—No. ¿Por qué?
—Porque ahora mismo tengo que ayudar a mis dos primas, que están en la universidad y sólo han conseguido la mitad de una beca. Su madre es peluquera y tiene muchos problemas… ¿usted ha visto cómo comen las chicas de dieciocho años? No sé dónde meten todo lo que comen con lo flacas que están, pero le aseguro que comen muchísimo —Annie hizo un gesto con la mano—. Venga aquí un momento.
Entró en la cocina y, sorprendentemente, Duncan Patrick la siguió sin protestar.
—¿Ve eso? —le preguntó, señalando la pizarra—. Es el horario de la gente que vive en esta casa, mis dos primas, Kami y yo. Kami es nuestra estudiante de intercambio. Es de Guam y no tiene dinero para pagar un apartamento, así que también vive aquí. Y aunque todas ayudan en lo que pueden, no es suficiente —Annie hizo una pausa para respirar—. Estoy dando de comer a tres estudiantes universitarias, pagando la mitad de las matrículas, los libros y la comida. Tengo un coche viejo, una casa que necesita reparaciones constantes y mi propio préstamo universitario que pagar. Y hago todo eso con el sueldo de una profesora de primaria. Así que no, hipotecar mi casa, lo único que tengo en el mundo, es algo que no puedo hacer.
Después de soltar su discurso se quedó mirando al extraño, rezando para que se compadeciese de ella.
Pero no fue así.
—Aunque todo eso es muy interesante —empezó a decir él—, me siguen faltando doscientos cincuenta mil dólares. Si sabe dónde está su hermano, sugiero que lo convenza para que se entregue, señorita McCoy. Si la policía tiene que detenerlo será aún peor para él.
El peso del mundo parecía haber caído sobre los hombros de Annie.
—No puede hacer eso. Yo le pagaré cien dólares al mes… doscientos dólares. Puedo hacerlo, se lo juro —le suplicó, pensando que podría buscar un trabajo por las tardes—. Sólo faltan cuatro semanas para Navidad. No puede meter a mi hermano en la cárcel… Tim necesita ayuda y mandarlo a la cárcel no cambiará nada. Además, usted no necesita dinero.
—¿Y por eso está bien que alguien me robe? —le espetó él, sus ojos más fríos que nunca.
—No, claro que no. Pero, por favor, escúcheme. Estamos hablando de mi familia.
—Entonces hipoteque su casa, señorita McCoy.
Lo había dicho con total frialdad. Estaba claro que pensaba meter a Tim en la cárcel.
¿Y qué podía hacer ella? La casa o la libertad de Tim. El problema era que no confiaba en que su hermano cambiase. ¿Pero cómo iba a dejar que lo metieran en la cárcel?
—Es imposible —le dijo.
—No, en realidad es muy fácil.
—Para usted, claro. ¿Quién es usted, el hombre más malvado del planeta?
Él se irguió entonces. Si no hubiera estado mirándolo fijamente no se habría dado cuenta de la repentina tensión en sus hombros.
—¿Qué ha dicho?
—Tal vez podamos encontrar otra solución, un compromiso. A mí se me da bien negociar —lo que quería decir era que se le daba bien negociar con niños difíciles, pero dudaba que Duncan apreciase la comparación.
—¿Está usted casada, señorita McCoy?
—¿Qué? —Annie miró alrededor, asustada—. No, pero todos mis vecinos me conocen y si me pusiera a gritar vendrían inmediatamente.
—No estoy amenazándola.
—Ah, qué suerte tengo. Pero está aquí para amenazar a mi hermano, que es lo mismo.
—Dice que es profesora de primaria… ¿desde cuándo?
—Es mi quinto año. ¿Por qué?
—¿Le gustan los niños?
—Soy profesora de primaria, ¿usted qué cree?
—¿Toma drogas? ¿Ha tenido problemas con el alcohol o alguna otra adicción?
Al chocolate, pensó ella, pero en realidad la adicción al chocolate era una cosa de chicas.
—No, pero yo…
—¿Alguno de sus ex novios está en prisión?
Annie lo miró, furiosa.
—Oiga, que está hablando de mí y estoy aquí mismo.
—No ha respondido a mi pregunta.
Annie se dijo a sí misma que no tenía por qué hacerlo, que su vida no era asunto de aquel extraño. Pero se encontró diciendo:
—No, por supuesto que no.
Él se apoyó en la encimera, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Y si hubiera una tercera opción? ¿Otra manera de salvar a su hermano?
—¿Y cuál sería?
—Faltan cuatro semanas para Navidad y me gustaría contratarla para las fiestas. A cambió, olvidaré la mitad de la deuda de Tim, lo enviaré a una clínica de rehabilitación y haré un programa de pagos por el resto del dinero, que Tim pagará cuando salga de la clínica.
Todo eso sonaba demasiado bueno para ser verdad.
—¿Qué tengo yo que valga ciento veinticinco mil dólares?
Por primera vez desde que entró en la casa, Duncan Patrick sonrió y eso transformó su rostro por completo, dándole un aspecto juvenil y muy atractivo.
Y también poniéndola a ella muy nerviosa.
—No estará hablando de sexo, ¿verdad?
—No, señorita McCoy. No quiero acostarme con usted.
Annie se puso colorada hasta la raíz del pelo.
—Sé que no soy una chica muy sexy… —empezó a decir. Duncan enarcó una ceja—. Soy más bien la mejor amiga —siguió ella, deseando que se la tragase la tierra—. La chica a la que los hombres le cuentan cosas, no con la que se acuestan. La que presentan a sus madres.
—Exactamente —dijo él.
—¿Quiere presentarme a su madre?
—No, quiero presentarle a todos los demás. Quiero que sea mi pareja en todos los eventos sociales a los que debo acudir durante las fiestas. Usted le demostrará al mundo que no soy un canalla sin corazón.
—No lo entiendo —murmuró Annie, perpleja—. Podría usted salir con quien quisiera.
—Sí, pero las mujeres con las que quiero salir no resuelven el problema. Usted sí.
—¿Cómo?
—Es usted profesora de primaria, cuida de su familia… es una buena chica y eso es lo que yo necesito. A cambio, su hermano no irá a la cárcel —dijo él.
—Pero yo…
—Annie, si me dices que sí, tu hermano tendrá la ayuda que necesita —la interrumpió Duncan entonces, tuteándola por primera vez—. Si me dices que no, irá a la cárcel.
—Pero eso no es justo. No está jugando limpio.
—Yo siempre juego para ganar. ¿Cuál es tu decisión?
Capítulo Dos
Mientras Duncan esperaba la respuesta, Annie tomó una silla y la colocó frente a la nevera. Luego se subió a ella para sacar un paquete de cereales con fibra del armario y de él sacó una bolsa llena de bolitas de color naranja.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó él, pensando que el estrés le había hecho perder la cabeza.
—Sacando mi chocolate de emergencia. Vivo con tres mujeres y si cree que algo de chocolate duraría más de cinco minutos en esta casa, está muy equivocado —Annie se echó un puñado de bolitas en la mano y volvió a cerrar la bolsa.
—¿Por qué son de color naranja?
Ella lo miró como si tuviera dos cabezas.
—Son M&M de Halloween. Los compré a primeros de noviembre, cuando estaban a mitad de precio —contestó metiéndose una bolita en la boca.
Muy bien, aquello era muy extraño, pensó Duncan.
—Antes estabas tomando una copa de vino. ¿Ya no la quieres?
—¿En lugar del chocolate? No.
Llevaba un jersey ancho de color azul, a juego con sus ojos, y una falda que le llegaba por la rodilla. Iba descalza y… tenía unas margaritas diminutas pintadas en cada uña. Aparte de eso, Annie McCoy no llevaba ni gota de maquillaje, ni joyas, sólo un reloj barato en la muñeca. Tenía el pelo rizado, de un bonito tono dorado, que caía sobre sus hombros. No parecía una mujer muy preocupada por su aspecto.
Y le parecía muy bien. El exterior se podía arreglar, lo que a él le preocupaba era el carácter. Por lo que había visto, era una persona compasiva y generosa. En otras palabras, una ingenua. Mejor para él. En aquel momento necesitaba una persona así para que los del consejo de administración lo dejasen en paz hasta que pudiese retomar el control.
—No has respondido a mi pregunta.
Annie suspiró.
—Lo sé, pero no he respondido porque sigo sin saber qué quiere de mí.
Él señaló las sillas que rodeaban la mesa de la cocina.
—¿Por qué no nos sentamos?
Era su casa, debería ser ella quien lo invitase a sentarse. Aun así, Annie se encontró apartando la silla. Debería ofrecerle también un caramelo de chocolate, pero tenía la impresión de que iba a necesitarlos todos.
Duncan Patrick se sentó frente a ella y apoyó los codos en la mesa.
—Soy el propietario de una empresa… Industrias Patrick.
—Dígame que es un negocio familiar —suspiró Annie—. Lo ha heredado, ¿verdad? No será tan egocéntrico como para haberle puesto su nombre, ¿no?
Él tuvo que disimular una sonrisa.
—Veo que el chocolate te da valor.
—Un poco, sí.
—Heredé la empresa cuando estaba en la universidad. Era una empresa pequeña y la convertí en una corporación multimillonaria en quince años.
Pues qué suerte, pensó ella. Pertenecer al dos por ciento de la población que había sacado un sobresaliente alto en la reválida no era precisamente impresionante comparado con sus millones.
—Para llegar tan lejos y tan rápido he tenido que ser despiadado —siguió él—. He comprado empresas y las he fusionado con la mía para modernizarlas y conseguir beneficios.
Annie contó los caramelos que le quedaban. Ocho bolitas de cielo.
—¿Esa es una manera amable de decir que se dedica a despedir gente?
Él asintió con la cabeza.
—Al mundo empresarial le encantan las historias de éxito, pero sólo hasta un punto. Ahora todos me consideran un monstruo y estoy teniendo mala prensa últimamente, así que necesito contraatacar.
—¿Y por qué le importa lo que la gente diga de usted?
—A mí no me importa, pero al consejo de administración sí. Tengo que convencer a todo el mundo de que soy… una buena persona.
Annie tuvo que sonreír.
—Y no lo es, ¿eh?
—No.
Tenía unos ojos inusuales, pensó ella. El gris daba un poquito de miedo, pero resultaba atractivo. Si no fuesen tan fríos…
—Tú eres exactamente lo que pareces, una profesora joven y guapa con más compasión que sentido común. A la gente le gusta eso y a la prensa también.
—¿A la prensa, qué prensa?
—Me refiero a la prensa económica, no a los programas de cotilleo. Desde hoy hasta el día de Navidad tengo que acudir a una docena de eventos y quiero que vayas conmigo.
—¿Para qué?
—Quiero que todo el mundo crea que estamos saliendo juntos. Por supuesto, todos pensarán que eres encantadora y, por asociación, cambiarán de opinión sobre mí.
Sonaba relativamente fácil, pensó ella.
—¿Y no sería más fácil ser una buena persona? Esto me recuerda al instituto, cuando la gente se esforzaba al máximo para hacer trampas. Podrían haber pasado todo ese tiempo estudiando y habrían conseguido sacar mejores notas, pero preferían copiar.
Duncan frunció el ceño.
—Mis razones no están a debate.
—Bueno, lo decía por decir —sonrió Annie, tomando otra bolita de chocolate.
—Si estás de acuerdo, tu hermano ingresará en una clínica inmediatamente, en las condiciones que hemos hablado antes, y tendrá la segunda oportunidad que tú pareces creer que merece. Pero si le cuentas a alguien que nuestra relación es falsa, si dices algo malo de mí, Tim irá a la cárcel.
Un trato con el diablo, pensó Annie, preguntándose cómo era posible que una buena chica como ella se hubiera metido en un apuro como aquél. Claro que ser «una buena chica» era lo único importante, por lo visto.
La sensación de estar atrapada era real. Como lo era que, aunque todo el mundo parecía creer que su obligación era cuidar de los demás, nadie, ni su hermano Tim ni, aparentemente, Duncan Patrick, se molestaban en pensar en ella.
—No pienso mentirle a mi familia —le dijo—. Mis primas y Kami tienen que saber la verdad.
Duncan pareció considerarlo un momento.
—Sólo ellas. Pero si se lo cuentas a alguien más…
—Ya, lo sé, lo sé, que me corten la cabeza. ¿Ha hecho algún seminario sobre comunicación o Relaciones Públicas? Yo creo que si se esforzase un poco podría…
Los ojos grises se volvieron de hielo, de modo que Annie decidió cerrar la boca.
—¿Estás de acuerdo?
¿Qué otra cosa podía hacer?, se preguntó ella. Tim necesitaba ayuda. Había intentado convencerlo muchas veces de que lo suyo era una enfermedad, pero su hermano no le hacía caso. Tal vez si le obligaban a ingresar en un hospital y hablar con un psicólogo podría cambiar.
Y como la alternativa era que acabase en la cárcel, ella no podía hacer nada.
—Muy bien, de acuerdo —dijo por fin—. Me haré pasar por su novia hasta Navidad. Le diré a todo el mundo que es amable, dulce y tiene el corazón blandito como una nube de algodón —Annie frunció el ceño—. Pero no sé nada sobre usted. ¿Cómo voy a hacerme pasar por su novia?
—Yo te daré el material que necesites.
—No creo que sea una lectura muy emocionante.

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