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Serendipia – Lorena Fuentes

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Descargar Serendipia En PDF este tipo”, me reprendo mentalmente
—Gracias —contesto y agrego—:
Vamos a mi oficina, así puede
explicarme mejor.
Me hace un gesto de asentimiento
con su cabeza y le indico a dónde ir.
Caminamos en silencio, él siguiéndome
los pasos y observándome como un
cazador a su presa, abro la puerta y me
quedo pegada del marco mientras él
pasa. Al entrar roza su cuerpo contra
mis brazos y simplemente me
estremezco a causa de esa extraña
energía. Definitivamente esto enciende
mi alarma de peligro. Entro a la oficina,
me acerco a la nevera, saco dos botellas
de agua, le ofrezco una, sus dedos rozan
los míos y ahí está de nuevo esa
corriente eléctrica entre los dos.
Me siento en mi sillón tratando de
ignorar lo que pasa. Él toma la botella,
la pone en el escritorio e
inmediatamente empieza hablar:
—El asunto es simple, estoy sin
coreógrafo, tengo aproximadamente
quince presentaciones y necesito uno.
Nacho me dijo que eres la mejor y
simplemente me mostró varias
coreografías tuyas, así que vine a verte
—me dice.
Se queda observándome al ver mi
reacción, si él supiera que estoy curada
del magnetismo de las estrellas. Respiro
profundamente para responderle:
—¿Quiere que siga las coreografías
de su actual coreógrafo o monte nuevas?
La idea me desconcierta, nunca me
ha gustado trabajar con coreografías de
otros y hacer nuevas requería de
tiempo… y por lo que intuyo, él no tiene
ese tiempo. Niega y sonríe.
¡Dios sus dientes son
completamente perfectos y blancos!
Este hombre podría decirse que es
perfecto.
—Quiero que bailes tú solamente
—responde con voz ronca—. Puedes
tutearme Andrea.
¿Tutearlo?
Me quedo observándolo y él
simplemente esboza una sonrisa, una de
sus comisuras se sube de un labio donde
aparece un hermoso hoyuelo.
¡Este hombre es un pecado para la
vista!—
Disculpa —le digo y me levanto
de la silla. Empiezo a caminar en la
oficina. Dentro de mi cabeza empiezan a
presentarse miles de escenarios.
Guillermo me sigue con la mirada y
pienso “bailar sola, es un artista de
pop…. No… sí he realizado montajes
de música pop, pero no las bailo, solo
coordino y lo hacen bailarines. Este
hombre está loco”.
»Yo no puedo ausentarme de mi

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academia —respondo automáticamente
—.Tengo responsabilidades, irme de
gira con algún artista no está en mis
planes y creo que Nacho pudo decírtelo.
—Sí, me lo dijo y mi manager te
llamará para el contrato —me contesta y
se levanta lentamente. Se queda
observándome—. Espero tu respuesta en
tres días.
¿Qué diablos?
Sale de mi oficina dejándome con
la palabra en la boca. Guillermo Cruz
quiere que baile en una de sus giras…
yo… yo quizás pueda ser la bailarina
principal y mi nombre sería reconocido
un poco más. No vendría mal en el
ámbito profesional, pero esa vocecita
interior, esa que todos tenemos dentro,
me dice con señales en fluorescente, que
Guillermo Cruz es peligro puro.
No tengo nada que pensar, mi vida y
mi carrera están en Venezuela. Así que
la respuesta es sencilla:
No aceptaré la propuesta de
Guillermo Cruz.
Capítulo 2
Hoy decidí quedarme hasta tarde
en el estudio, tenía en mente una
coreografía para el nuevo video musical
el dúo del momento Chino y Nacho. Está
era la cuarta vez que trabajaba con
ellos, lo cual me alegraba ya que son
encantadores y trabajar a su lado era
sinónimo de mejores contratos con otros
artistas. Estaba tomando un ligero
descanso, cuando estoy en estos
procesos creativos me exijo un poco
más antes de mis clases y después de las
mismas, como era el caso de hoy. Mi
mejor amigo y socio, Alberto, me sonríe
en este momento y los dos tenemos las
respiraciones entrecortadas por el
esfuerzo físico.
A Alberto lo conozco desde hace
ocho años, cuando bailamos en un video
musical, fue mi primera vez en uno y la
cuarta para él. Congeniamos al momento
y desde ahí nació una amistad fuera de
serie e inquebrantable. Normalmente era
mi pareja de baile en este tipo de
trabajo.
—Andy, ¿decidiste que harás? —
me pregunta.
Me levanto del piso y le respondo:
—¡La verdad es que no! —Suspiro
—. Es una gran oportunidad no te lo
niego, pero tendría que dejar la
academia. —“Además no te sacas de la
mente a cierto hombre de ojos verdes”
me dice una voz maliciosa en mi mente
la cual decido ignorar—. El pago es
estupendo y me daría cierto status en el
medio —agrego sacando esos
pensamientos de mi mente.
Alberto asiente y esboza una de sus
sonrisas tranquilizadoras, las que
normalmente usa para alentarme hacer
cosas que nunca me atrevería.
—La academia estaría en mis
manos y podría buscar una persona
adecuada para danza árabe, todos
sabemos que tus alumnas entenderían —
me dice y se acerca, me toma de la
cintura atrayéndome hacía a él. Toma mi
mentón y me pregunta—. ¿Le contaste a
tu madre?
Yo niego. Mi madre…, tengo tres
meses que no sé qué es tener una
conversación coherente con ella.
—No, ella me obligaría aceptar
sabes… —Me río—. Bueno tú sabes
cómo es ella. —Me imagino el sermón
al decirle que pienso rechazarlo, y no
sería de lo lindo, así que no pienso
decirle nada. Le digo—. ¿Te imaginas
su reacción? Ya tendría las maletas
hechas.
Alberto suelta una carcajada ronca,
toma el mando a distancia, enciende la
música y me alza por la cintura.
Empieza a dar vueltas y me rio por sus
locuras. Le grito que me suelte, que
tenemos que trabajar y él sigue dando
vueltas y gritando incoherencias como
que soy bella, que voy a comerme el
mundo y que nadie podrá detenerme,
pero se detiene abruptamente y me baja,
la cara de mi amigo es todo un poema y
me giro para ver qué lo perturba.
Y es que hasta yo me sorprendo. Me
estremezco al verlo. En la puerta del
estudio está parado Guillermo con una
mirada indescifrable y la verdad es que
da un tanto de miedo. Respiro hondo y
me recupero de la conmoción. Esbozo
una sonrisa porque sé muy bien que
viene en busca de una respuesta.
—Hola señor Cruz, ¿en qué puedo
ayudarle? —Me acerco a él y este se me
queda observando por un minuto o dos,
recorre mi cuerpo con su mirada y siento
chispas que empiezan a saltar entre los
dos como fuegos artificiales.
Hoy esta condenadamente sexy con
una barba incipiente de dos días, un jean
desgastado a la cadera que le queda
como un guante, se ciñe perfectamente a
sus músculos cincelados; y una camiseta
blanca, ¡está guapísimo!
Yo, definitivamente, tengo que estar
a kilómetros de distancias de él.
¿Desde cuándo me detengo a pensar
en un hombre de esa manera?
“Ninguno es Guillermo Cruz” me
responde la vocecita en mi mente.
Pongo los ojos en blanco ante mi
locura.
—Andrea —me llama arrastrando
cada silabas de mi nombre—.
¿Interrumpo? —pregunta con un tono
tirante.
Alberto carraspea y le hago señas
para que se acerque.
—La verdad es que sí, mi
compañero y yo estábamos tomando un
pequeño descanso, estamos ensayando.
—respondo. Alberto llega a mi lado, yo
le sonrío para infundirle confianza y él
me corresponde con un guiño—. Le
presento Alberto Sarmiento, es mi socio
en la academia.
Alberto le tiende la mano a
Guillermo y este le corresponde, aunque
el cruce de miradas es tan fuerte que la
tensión es palpable en el ambiente. Les
falta orinar encima de mí para marcar
territorio. ¡Hombres!
—Un gusto señor Cruz —Alberto le
dice.
—El gusto es mío. —Guillermo
rompe el apretón y centra de nuevo su
atención en mí—. Me gustaría invitarte a
cenar. No pasa desapercibido que no toma
en cuenta a Alberto; tampoco que me ha
vuelto a tutear. Pero igual pongo los
ojos como platos porque lo que menos
imaginé fue que vendría a eso. Alberto
me mira como esperando que diga que
no y que tenemos que trabajar, pero…
¡Dios!…, ¡es Guillermo Cruz!… ¡y
está tan jodidamente sexy!…
¡Por Dios Andrea!
Guillermo me da una sonrisa
intuyendo que mi respuesta será
positiva.
—Ehmm bueno… —titubeo y llevo
mi brazo al cuello, me paso la mano por
el cabello—, la verdad, es que estamos
cortos de tiempo para este montaje. —
Alberto sonríe ante mi respuesta, pero
sé que cuanto termine se le borrará—.
Pero sí me gustaría acompañarlo.
La sonrisa de Guillermo se
ensancha y a mi amigo se le transfigura
el rostro con una mueca de desagrado.
Les pido disculpas y me retiro un
momento a los vestidores. Me estoy
terminando de vestir y Alberto entra
hecho un demonio.
—¿Puedes explicarme de que va
eso? —Señala hacia afuera.
Pongo los ojos en blanco.
—Me pareció grosero decirle que
no y más cuando voy a rechazar la
propuesta de irme a la gira. —Levanto
mis hombros restándole importancia.
Suelta un bufido.
—Sí, claro… —responde poniendo
los ojos en blanco—. Te quiero aquí a
las cuatro de la mañana Andrea.
Su manera de reaccionar me
molesta y decido ignorarlo por ahora,
pero mañana le voy a aclarar todo. Me
termino de arreglar y me dispongo a
salir del vestidor, no sin antes decirle:
—Alberto no eres mi jefe y menos
eres mi novio. —Él suelta un bufido y
cruza sus brazos—. Eres mi socio y mi
amigo… y soy libre de salir con quien
quiera y cuando quiera. —Respiro
hondo—. ¿Estamos Claros?
No espero su respuesta y salgo del
vestidor.
Qué le sucede? ¿Ahora me tocará
darle explicaciones?
Al entrar al estudio Guillermo se
acerca para ayudarme con mi bolsa de
ejercicio, me da una sonrisa y me
escolta posando posesivamente su mano
en la parte baja de mi espalda. En el
estacionamiento nos espera un automóvil
con un chofer, entramos en la parte
trasera y él toma mi mano para darle un
beso sutil y mi piel se eriza desde la
cabeza a los pies, retiro mi mano y, él,
bueno él simplemente niega divertido
por mi reacción.
—Estoy encantado que hayas
aceptado venir conmigo —me dice con
voz ronca.
Me ruborizo, porque no estoy
acostumbrada a tal despliégale de
seducción. Hace tanto que no salgo con
hombres… pero ese es otro detalle de
mi vida. El trayecto por las calles de
Caracas se hace pesado, y como dirían
muchas personas:
Caracas y sus eternos atascos.
Llegamos a un sitio en Las
Mercedes y el chofer se detiene. Cierro
los ojos y empiezo a pensar miles de
excusas para negarme a esto. Sí, es
cierto que es que es una de las mejores
propuestas de mi vida; pero este hombre
es algo así como sacado del mejor
culebrón venezolano, es que tan solo
verlo es dejar de pensar coherentemente
e imaginarme muchas cosas más, cosas
que nos involucran a los dos en una
cama. Bajamos del auto, Guillermo hace
de caballero y me tiende la mano para
ayudarme a bajar, la tomo y sucede lo
mismo que las otras veces; esa corriente
eléctrica que hace que me sienta extraña
y que recorre mi cuerpo. Él percibe lo
mismo, esboza una sonrisa perfecta y en
sus mejillas se dibujan unos hoyuelos
que me hacen caer rendida ante él.
¡Dios mío!
¿Por qué tiene que ser tan hermoso?
Empezamos a andar hacia el local y
de nuevo coloca su mano de forma
descuidada en la parte baja de mi
espalda, retengo la respiración por unos
segundos infundiéndome valor.
Entramos al local y todos se deshacen en
atenciones.
Pongo los ojos en blanco.
Estoy habituada a estar con
personas de cierto estatus

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