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Si el amor te dijo “no” pregúntale otra vez – Silvia C. Carpallo

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Hacer el amor con prisas no es hacer el amor. Es desahogarse. Es cumplir con una de esas necesidades del cuerpo que son inevitables. Pero no es quererse, amarse,
admirarse. Eso es lo que debería hacer vibrar un matrimonio cuando se sienten el uno al otro. Eso es lo que ya no encuentro cada vez que nos tocamos Rafael y yo. Mi
marido me coge por detrás, como ya es costumbre, y comienza a besarme el cuello. Sabe que eso funciona, pero lo que desconoce es que preferiría que me mirase a los
ojos. Quizás eso tendría mucho más efecto, pero por alguna razón no se lo digo. No hay tiempo para muchos calentamientos, para las palabras tiernas. Así que
optamos por la solución más fácil: un poquito de lubricante. Porque él ya está listo, como casi siempre. Aprovechando que nuestra hija no está en casa, me lo hace en el
salón. Esa es nuestra gran innovación, salir de las cuatro paredes del dormitorio. Me pone bocabajo, apoyada en el sofá, y me penetra sin miramientos desde atrás.
Nunca mejor dicho, porque sé que en esa postura no me mira, no me siente, que podría estar pensando que se está follando a cualquiera y no a su mujer, con la que lleva
compartiendo su vida desde hace más de veinte años. De joven me gustaba esta postura, porque me hacía sentir más, ahora siento que es algo molesta y no termino de
saber si es una sensación que viene desde mi vagina, o desde mi cabeza. El caso es que no tengo que aguantarla mucho. Rafael no ha perdido el vigor de su erección con
los años, pero sí que ha conseguido llegar más rápido a su final. No sé si por una cuestión de cansancio, o de practicidad. Tras unos cuantos empujones, acompañados
por mis forzados jadeos,

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él se corre y yo me quedo con las ganas, como casi siempre. Antes fingía acompañarle en su éxtasis, pero ya he asumido que mi orgasmo no
nos importa tanto como antes a ninguno de los dos.
Después Rafael se atusa el pelo, me da un beso tierno en el hombro y se sube los pantalones. Yo me quedó allí, pensando que lo que más querría en este mundo es
restregarme contra el cojín como una loca, como cuando estoy sola, para encontrar al menos mi ratito de liberación. Sin embargo, por alguna razón pienso que estaría mal
hacerlo. Si algo he tenido siempre claro en esta relación es que no puedo dañar el ego de Rafael, porque en eso se sustenta todo. En que él piense que yo le necesito, que
le admiro, aunque hace mucho tiempo que él ni me necesita ni me admira.
Me meto directa al baño para darme una ducha, pero me paro un momento a mirarme desnuda en el espejo. Sigo siendo atractiva, o eso creo. Pese a mis curvas,
gracias al gimnasio, me mantengo en la misma talla de pantalón. Llevo el pelo largo, ahora todo revuelto, siempre cuidado, buscando que el castaño siga teniendo su brillo
natural, aunque ahora me preocupe más por ocultar las canas. La tersura y el tono de mi piel aún me dan un aspecto de juventud, aunque algunas arrugas en los ojos y
alrededor de los labios comienzan a desvelar que ya soy una mujer de mediana edad. En general, creo que sigo conservándome muy bien, pese a que nadie me lo diga.
Intento volver a centrar la cabeza. Esta noche tenemos cena con su hermano y su cuñada. Quizás necesite una ducha fría para poder despejarme y afrontar la noche
con otra perspectiva. Pero al final no puedo evitar permitirme el capricho de deleitarme con la sensación agradable del agua caliente derramándose sobre mi piel. Es
como si cumpliera la función de ese abrazo que me falta después de una sesión de sexo. Dejo que el agua se lleve todo lo malo, toda la confusión y el desengaño. Salgo lo
suficientemente recompuesta como para volver a sacar a relucir mi sonrisa de los actos sociales.
Espero a Rafael sentada de nuevo en nuestro salón, ese en el que tanto dinero hemos gastado en decorar. Muebles de diseño, mármol, madera de roble y cuadros que
en realidad ni siquiera entiendo qué pretenden transmitir, además del puro desconcierto. Lo absurdo es que todo lo elegí yo. Hice de esta casa otro de mis proyectos
vitales. Rafael estaba empeñado en comprar un chalé en las afueras, pero finalmente cedió a mis deseos de tener una casa en el centro de Madrid. Era una de esas
ilusiones que tenía desde niña. Pensé que tener la casa perfecta, en el barrio perfecto, me haría feliz. Siempre piensas que la felicidad llegará en el momento en el que por
fin tengas eso que te falta. Sin embargo, por alguna razón, la casa que recuerdo con más cariño es nuestro primer piso de alquiler. Pequeño, antiguo, desastroso…
simplemente maravilloso. Entonces solo soñaba con tener una gran casa como esta. Hoy pienso en que daría cualquier cosa por volver a disfrutar todo lo que vivimos en
aquella. Las primeras navidades con nuestro árbol del chino, el salón con los muebles de terraza que les sobraban a nuestros padres, la tele antigua con antenas… Todas
esas pequeñas cosas guardaban anécdotas, risas, momentos. Ahora estos muebles apenas tienen historias que contar, salvo acumulaciones de silencios.
—¿Estás lista?
—Para ti, siempre.
Vamos algo nerviosos en el coche, porque esta cena es un poco tensa y no llega en el mejor de los momentos. Antes salíamos mucho con su hermano y su mujer,
pero ahora las cosas están raras. Han conocido a unos nuevos amigos y nos hemos sentido un poco abandonados, por así decirlo. Para ser sinceros, el abandono lo he
sentido yo. Luis y Alicia, para mí, no eran solo familia, eran un pilar básico de mi escasa vida social y sentir que me han dejado de lado, que me han sustituido, me ha
hecho recordar demasiadas cosas que ya creía olvidadas.
Solíamos hacer planes juntos con los niños, que tenían edades similares. Irnos de vacaciones a la playa, hacer alguna escapada, salir a cenar, ir todos juntos al parque
de atracciones… Ese tipo de cosas. Todo muy idílico. Pero desde que mi hija Irene y mi sobrino Hugo ya no salen con nosotros, nos hemos dado cuenta de que no
tenemos tantas cosas en común como creíamos, más allá de los recuerdos de lo vivido. Ahora parece que ellos han encontrado a otras personas con quienes compartir
esta nueva etapa de sus vidas, mientras nosotros nos hemos quedado solos. Miente quien diga que las adversidades siempre unen, porque Rafael y yo no nos hemos
unido para nada. Llegamos a su casa con un par de botellas de vino y llamamos a la puerta de la que antes sentíamos como una segunda casa.
—Hola, ¿qué tal estáis? —Alicia nos recibe sonriente, tengo la sensación de que todo el mundo me sonríe mucho últimamente. Yo hago lo propio, sonrío, doy un
abrazo con dos besos y paso a dejar las botellas en la cocina—. Al final nos han dicho Javier y Rocío que también se apuntan a cenar, ¿os importa?
La cara de Rafael es un poema, pero la mía hace tiempo que ha perdido la capacidad de expresar casi nada.
—No, claro, cuantos más mejor, ¿no?
La cena transcurre hablando de temas intrascendentes. De esas cosas que habla todo el mundo: la actualidad, algo de política, el trabajo, los hijos… No aportamos
nada nuevo, ni llegamos a grandes conclusiones. Cada uno expone su opinión y tras escuchar la del otro se queda más convencido todavía de que él tenía toda la razón.
Lo que viene siendo una cena típica de matrimonios cuarentones.
A veces me gustaría hablar de las cosas que de verdad importan. De si ellos, con los años, también sienten ese extraño agujero negro en su interior que parece
absorber todo, para no llenarse de nada. De si alguna vez han pensado que la vida carece de sentido peleando siempre por las mismas cosas y enfrentándose siempre a
los mismos conflictos. De si buscan algo más, de si una vez cumplido todo aquello que se esperaba de nosotros nos quedan otras cosas por vivir; de si se les han
quedado sueños por el camino; de si creen que alguna vez los llegarán a cumplir; de si la vida puede ser algo más de lo que es, pero cuando retomo la conversación, están
hablando de coches.
—Buah, chaval, eso es porque no has visto mi coche nuevo, luego bajas y lo pruebas, cuando te digo que aparca solo, es que aparca solo. —El hermano de Rafael es
un fanfarrón de toda la vida. Antes me hacía gracia y le seguía la corriente. Me creía esa pose de macho ibérico, hasta el punto de aportarme cierta seguridad, idéntica a la
fingida actitud de mi marido. Ambos parecían dos hombres fuertes, confiables. Ahora creo que en el caso de Luis simplemente oculta sus inseguridades intentando tener
un montón de cosas, siempre mejores y más grandes que los otros hombres de la mesa. Como si fuera una guerra de penes. A veces me planteo si la crisis económica, la
burbuja inmobiliaria y el derroche constante de este país no tendrá que ver con una mala educación sexual y con un complejo generalizado de los hombres por el tamaño
de sus penes. Aunque si eso pasa con los españoles, vete a saber cómo serán los neoyorkinos, que construyeron la ciudad de los rascacielos.
—Hombre, nosotros hemos pensado en vender el monovolumen, total, ¡ya no vamos a llevar carritos! Estaba mirando un deportivo, pero no sé… —Javier, su
amigo, ha entrado en la crisis de los cuarenta, no hay duda.
—Pues la verdad es que yo también lo he pensado, que Alicia se quede con el coche grande y cogerme un deportivo para mí, que lo llevo diciendo desde los 18 años.
—Javier en seguida se pone por encima—. ¡Ya es hora de darse un capricho!
—Bueno, un capricho un poco caro, amor, que Hugo empezará la universidad en breve y no tenemos tampoco para derrochar. —Alicia coge a su marido del brazo y
le mira de esa manera en la que ella sabe que consigue que se le bajen los humos. La mujer de mi cuñado, con su gesto dulce y comprensivo, gana más batallas que las que
se lidian a gritos. Por eso su matrimonio parece seguir funcionando tan bien.
—También es verdad. —Javier, que tiene un carácter mucho más dócil y voluble, va reculando—. Pero es que hace tanto que no me doy un capricho de verdad…
—A lo mejor, en vez de un coche, podríamos hacer un viaje chulo, hace mucho que no nos hacemos un viaje… —responde Alicia, siempre atenta e inteligente, para
intentar desviar el tema—. O mejor, ¡lo podríamos hacer todos juntos! ¿Os apetecería?
—Pues no es mala idea. —Rafael interviene tras estar un rato callado. Él ya se compró su coche nuevo en su cuarenta cumpleaños. —Lo mismo un viaje por ahí te
animaba, ¿eh, Alejandra? Que andas últimamente así como apagadilla.
Me pilla totalmente por sorpresa. En primer lugar, porque es la primera vez que Rafael menciona que me ha notado decaída. En segundo, porque ha visto bien la
propuesta de hacer un viaje solo cuando Alicia lo ha mencionado, teniendo en cuenta que yo se lo he propuesto otras veces y no ha dicho nada, y por último, porque lo
haga en público, cuando ambos sabemos que yo no le puedo replicar, sobre todo porque la idea de irme con los amigos de mis cuñados no me seduce nada. No por ellos,
a los que realmente conozco muy poco, sino por la situación en sí.
—¿Y eso, nena? ¿Qué te pasa? —Alicia suelta el brazo de su marido y coge el mío. Ahora soy el centro de atención de la mesa, lo último que quería esta noche.
—No, no sé, ando un poco aburrida. Irene ya es mayor, Rafael siempre está trabajando, y bueno, se me cae un poco la casa encima, ya sabes. A veces creo que lo que
necesitaría es volver a trabajar —lo digo así, sin pensar, y me doy cuenta de que en realidad lo llevo pensando mucho tiempo.
—¿De maestra? —pregunta Alicia sorprendida.
—Bueno, sí, no sé…
—Sabes que hace mucho que lo dejaste. Ya estás muy desactualizada y desentrenada para un trabajo como ese, sería una locura, además, no nos hace falta el dinero
en casa —responde tajante el ego de mi marido.
—Ya, puede que tengas razón.
—Pero puedes hacer otra cosa. —La mujer de Javier, Rocío, habla casi por primera vez desde que empezó la cena—. A mí me pasaba lo mismo. No es por el dinero,
es por estar ocupada en algo, y oye, por tener también para tus cosas, ¿verdad? sentirte más útil, vaya.
—Sí, es exactamente eso. —Asiento sorprendida, en general, no suelo hablar mucho con Rocío, y nunca pensé que en esta mesa fuera a ser precisamente ella la que
más me entendiera.
—Mira, igual te parece una tontería, pero yo me apunté a esto de vender cosméticos, de estos que haces reuniones en casas, y me ha dado la vida. Conozco gente
nueva, salgo de casa y las reuniones, al final, son como una comida de amigas. Es muy divertido, sin presiones y además te hacen descuentos en las cremas, ¡que a
nuestra edad no está de más!
Me quedo pensativa. Nunca me he planteado vender cremitas a domicilio, pero tal y como lo pinta Rocío, podría animarme, por probar no pierdo nada.
—No sé, no me lo había planteado hasta ahora y no sé si Rafael…
—Bueno, mujer, así dicho no es tan mala idea, lo podéis hablar y te lo piensas con calma, no tienes prisa —responde él desubicándome de nuevo.
—Pues mientras las mujeres hablan de cremas, ¿qué os parece lo de la pitada del árbitro en el último Madrid-Barça?
Luis desvía rápidamente la conversación, Alicia y Rocío conversan entre ellas sobre cosméticos, mientras yo hago como que las escucho. Vender cremitas no era lo
que tenía pensado hacer con mi vida a estas alturas, la verdad, pero reconozco que lo de ser maestra también fue más una decisión de mis padres que mía.
Estudié sin vocación y puede que ese fuese parte del problema. Conocí a Rafael el primer año de carrera, cuando él ya estaba acabando Empresariales. Al principio
yo era muy reticente a ir en serio con él, estaba muy acostumbrada a la vida de mi barrio, y la vida universitaria me ofrecía un sinfín de oportunidades que tenía ganas de
aprovechar. Me hice un grupo nuevo de amigas, aún eran los 80, y nuestros cardados y nuestras camisetas anchas de lunares estaban hechas para comerse el mundo.
Pero al final, entre canciones de Mecano y los Hombres G, me dejé embaucar por el romanticismo y la insistencia de Rafael. No tardé mucho en caer en sus redes,
Rafael era de uno de esos pijos que iban con el jersey colgado a los hombros, como si fuera el Ken de la Barbie, pero tenía un lado gamberro y rebelde que terminó por
conquistarme. Tanto que dejé de salir con los amigos y me centré más en esas noches de sábado, tomando volcanes de largas pajitas en aquel bar hawaiano de nuestra
juventud que aún hoy sigue abierto.
Cuando acabé la universidad y comencé a hacer mis prácticas en un colegio, enseguida me agobié tanto por el trato con los niños y sus padres, como con la corrección
de exámenes y los deberes por las tardes. No me volqué demasiado en mi carrera profesional y la petición de mano no se hizo esperar. Fue en el recién inaugurado Faro
de Moncloa, delante de demasiada gente para mi carácter introvertido. La boda, financiada más por sus padres que por los míos, fue un día memorable. La convivencia
como recién casados, demasiado corta, porque Irene llegó casi sin avisar. Justo en ese momento, a Rafael le salió una oferta de empleo en Barcelona y decidimos
trasladarnos juntos para allá. Con una niña pequeña, sin ayuda de mi familia y con un marido volcado en su nuevo trabajo, me vi demasiado desbordada para buscar un
empleo propio, así que decidí centrarme unos años en Irene, en mi matrimonio y, en definitiva, en mi nueva familia.
Así, sin darme cuenta, fueron pasando los años, tantos, que ya era demasiado tarde como para volver a ejercer como maestra, ya que estaba del todo «desactualizada
y desentrenada», como me ha repetido una y mil veces mi marido. Volvimos a mudarnos a Madrid, donde él ya tenía un puesto importante y ganaba un buen sueldo,
suficiente para mantenernos a los tres, y me acomodé. La mayoría de mis compañeras de universidad tenían su vida, algunas de ellas no se habían casado, pocas tenían
hijos, y menos tan mayores, por lo que pese a volver a mi ciudad, me sentí igual de sola. Pensé que tenía la suerte de poder refugiarme en mi hermana Helena, pero
pronto descubrí que ni siquiera a ella la seguía teniendo. Así que me centré en la niña, en Rafael y poco después, en nuestra vida social con Luis y Alicia. Me refugié en
mi pequeño mundo perfecto y creí que podría quedarme allí guarecida para siempre.
—¿Y entonces qué, Alejandra? ¿Te animas? Vente un día, te presento a nuestro distribuidor, que te explique un poco todo, y ya después tú decides. —Rocío me
mira y Alicia asiente ilusionada, pensando que entre las dos, en un momento, me han resuelto la vida.
Hay gente que piensa que los problemas tienen soluciones fáciles, porque no esperan grandes cosas y quizás por ello, parecen ser siempre más felices.
***
Mi despertador es el primero en sonar en la casa, pese a que soy la única que no tiene un motivo para madrugar. Con los ojos medio cerrados, tras pasar por el baño,
voy a la cocina a poner una cafetera para Rafael, y a preparar un zumo de naranja para Irene, mientras escucho cómo suenan sus despertadores, cómo los apagan y
cómo vuelven a sonar poco después. Hay veces que no se puede negar que sean padre e hija, tienen muchas cosas en común, más en lo invisible que en lo visible. Pongo
la televisión para ver las noticias, mientras yo desayuno unas tostadas. Al poco aparece Rafael por la puerta. Recuerdo las primeras veces que se puso traje para ir a
trabajar. Me gustaba tanto, que al final siempre le entretenía, bien fuera en la habitación, en el sofá o en la encimera de la cocina, y él se dejaba entretener aunque llegase
tarde. Ahora, pese a que sigue estando guapo con su pelo rubio oscuro repeinado y su corbata carmesí, he de reconocer que no me produce el mismo cosquilleo.
Indudablemente, yo a él tampoco, porque ya hace mucho, mucho tiempo, que no hay revolcones matutinos. Por las mañanas, su saludo es un beso despistado en los
labios, con un «buenos días», mientras se bebe su café a toda prisa. Ahora sí le importa llegar tarde.
Irene llega a los pocos minutos. Mis sentimientos al verla entrar por la puerta son igual de encontrados: una vez más un punto extraño entre el amor y la pena. Entre
las ganas de abrazarla y el dolor de saber que pronto tendré que soltarla. Disfruto mirándola cuando no se da cuenta, admirando la mujer en la que se está convirtiendo.
Últimamente la escucho hablar embelesada, pensando que es más inteligente de lo que era yo a su edad. Disfruto observándola antes de salir en casa, cuando ha quedado
con sus amigas y se arregla para salir. Se pone esa ropa ancha, esas pulseras de cuero y se maquilla con los ojos con sombras oscuras, intentando esconder más que
realzar, la preciosidad en la que se está convirtiendo, porque en sus ganas de pasar desapercibida está claro que su físico le va en contra. Es guapa, muy guapa, y no es
porque sea mi hija. Porque en realidad no se parece a mí. Camina, gesticula y habla como su padre, pero en general, el físico, los ojos verdes, el pelo rubio y liso, la cara
fina y sobre todo, la forma de posar en las fotografías, es de mi hermana. Cada día que pasa se parece más a ella. Es una mezcla de lo mejor de ambos, de Rafael y de
Helena, una idea en la que no me detengo mucho, porque me produce angustia.
—Tu zumo, hija. —Irene me sonríe mientras le doy su zumo de naranja, recién exprimido y sin pulpa. Parecerá absurdo, pero creo que si sigo madrugando cada
mañana, aunque ya no tenga que acercarla al instituto, porque ya lleva dos años en la universidad, es para seguir siendo útil, para sentir que aún me necesita. Porque
cada día me doy cuenta de que ya no es así. Extrañamente, hoy se toma su zumo con calma, en vez de salir corriendo como todas las mañanas—. ¿Hoy no tienes prisa?
—Bueno, es que la clase de Contabilidad es un poco infumable, a veces llego tarde, entro por la puerta de atrás y el profesor no se da cuenta. No me pierdo nada, la
verdad.
La miro extrañada. Hace tiempo que a ella también la noto desganada. Siempre ha sido una alumna brillante y terminó el Bachillerato con Matrícula de Honor. De
hecho, me preocupaba que se exigiera tanto a sí misma, que disfrutase menos de las cosas con tal de sacar siempre las mejores notas. Supongo que ahora ha decidido
tomarse los estudios con más calma, y aunque me gusta que cambie de perspectiva, me preocupa que haya algo más detrás de todo eso.
—¿Va todo bien? Te noto más dispersa últimamente…
—Sí, no sé, ya sabes, solo que hay algunas clases más aburridas que otras, eso es todo.
—Ya… ¿Sales esta noche?
—Sí, he quedado con Sandra, iremos por ahí a tomar algo.
—Sandra parece buena chica, aunque creo que te tiene un poco de envidia.
—¿Y eso?
—No sé, cada vez que la veo se parece más a ti, tu forma de vestir, de andar…
—Bueno, pero eso es porque pasamos mucho tiempo juntas. —Irene aún tiene que aprender sobre algunas cosas. Aunque sonrío al ver que todavía conserva esos
pedacitos de inocencia, me reconcome pensar que pueda perderla a base de golpes. Sé que todos tenemos que sufrir palos, pero en lo posible, a ella, me gustaría
evitárselos.
—¿Y de chicos? ¿Cómo anda la cosa? ¿Qué pasó con aquel chico tan mono que se sentaba en la última fila de clase el año pasado?
—¿Edu? Dejó la universidad, por lo que dicen todos creo que se ha metido en una Escuela de Interpretación, siempre dijo que quería ser actor.
—¡Qué locura! Era mono, pero hoy en día todos quieren ser actores, o más

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